Notre-Dame y las dos islas: el corazón medieval de París

De la plaza donde se ejecutaba y se pedía trabajo a la catedral que renació de sus cenizas: la Isla de la Cité, la cripta romana, Eloísa y Abelardo, el memorial de los deportados y los palacios silenciosos de la Isla de San Luis

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  1. 1. Torre de Saint-Jacques: donde empezaba el Camino de Santiago

    Square de la Tour Saint-Jacques, 39 Rue de Rivoli, 75004 Paris, France

    Levanta la vista hacia esa torre gótica solitaria, blanca, erizada de pináculos y gárgolas, que se alza en medio de un jardín como si alguien hubiera olvidado la iglesia a la que pertenecía. Eso es exactamente lo que pasó. Es la torre de Saint-Jacques, y para cualquier viajero de habla hispana su nombre suena a casa: Santiago.

    Fue el campanario de la iglesia de Saint-Jacques-de-la-Boucherie, Santiago de la Carnicería, la parroquia de los prósperos carniceros de París, que pagaron esta torre entre 1509 y 1523. Y de aquí, durante siglos, partieron muchos peregrinos hacia Santiago de Compostela: cruzaban el río, subían por la calle de Saint-Jacques, en la otra orilla, y tomaban el camino de Tours, una de las grandes rutas francesas hacia Galicia. Por eso la torre forma parte del patrimonio mundial de la UNESCO, dentro de los Caminos de Santiago en Francia.

    La iglesia no sobrevivió a la Revolución. Se vendió como bien nacional y se derribó a finales del siglo dieciocho. La torre se salvó, y según se cuenta tuvo durante un tiempo un oficio insólito: desde lo alto se dejaba caer plomo fundido que, al enfriarse en el aire, se convertía en perdigones de caza. En el siglo diecinueve, en plena reforma de la ciudad, se restauró y se rodeó de este jardín, considerado el square más antiguo de París.

    Fíjate en la estatua que hay a sus pies: es Blaise Pascal. Se dice que aquí, hacia 1648, se repitieron sus experimentos sobre el peso del aire, comparando la altura del mercurio abajo y en lo alto de la torre. Y en esta parroquia estuvo enterrado Nicolas Flamel, un escribano de finales de la Edad Media al que la leyenda convirtió en alquimista capaz de fabricar oro y de vivir para siempre. Su lápida se conserva hoy en el museo de Cluny.

    En lo alto, a unos cincuenta metros, el propio Santiago vigila la ciudad, rodeado de un león, un águila y un toro, símbolos de los evangelistas. Hoy la torre también alberga instrumentos meteorológicos... un peregrino de piedra que mide el viento. Ahora baja hacia el río, cruza el muelle y camina hacia la izquierda hasta el puente de hierro de Arcole.

  2. 2. Puente de Arcole: la plaza de Grève, la leyenda y la Nueve

    Pont d'Arcole, 75004 Paris, France

    Camina hasta el centro del puente y nota cómo se arquea bajo tus pies en un solo salto de hierro, sin un solo pilar que toque el agua. Ahora vuélvete hacia la orilla derecha: ese palacio enorme, todo torrecillas, banderas y estatuas, es el Ayuntamiento de París, y la explanada que se abre delante fue durante siglos la plaza de Grève.

    Grève quiere decir orilla de arena y grava, donde atracaban las barcas. Allí esperaban los hombres sin trabajo a que alguien los contratara para descargar mercancías, y de ahí viene la expresión faire grève, que hoy en francés significa hacer huelga. Pero aquella plaza era también el patíbulo de París: en 1610 murió allí descuartizado Ravaillac, el asesino del rey Enrique IV, y en 1792 se estrenó en ella una máquina nueva, la guillotina.

    El nombre del puente tiene su propia leyenda. Cuentan que el 28 de julio de 1830, durante la revolución que derribó a Carlos X, los insurgentes intentaron cruzar por aquí, cuando todavía era una pasarela colgante, para tomar el Ayuntamiento. Un muchacho se adelantó con la bandera tricolor, gritó que recordaran su nombre, Arcole, y cayó abatido. Nadie ha encontrado su rastro en los archivos, y lo más probable es que el puente recuerde la batalla de Arcole, ganada por Bonaparte en 1796... pero París prefirió quedarse con la leyenda.

    El palacio que ves tampoco es el original. En mayo de 1871, en los últimos días de la Comuna, el viejo edificio renacentista ardió con sus archivos dentro, y se reconstruyó casi idéntico por fuera hasta inaugurarse en 1882. El puente, por su parte, sustituyó a mediados del siglo diecinueve aquella pasarela por un arco metálico de unos ochenta metros, para que pudieran pasar los carruajes.

    Y ahora, una historia que en España se ha contado demasiado poco. La noche del 24 de agosto de 1944, entre los primeros vehículos aliados que llegaron a ese Ayuntamiento para anunciar que París volvía a ser libre, estaban los de la Nueve, una compañía de la división del general Leclerc formada sobre todo por republicanos españoles exiliados. Sus semiorugas llevaban pintados nombres como Guadalajara, Teruel o Ebro, y detrás del Ayuntamiento un jardín lleva hoy su nombre. Baja ahora del puente hacia la isla y gira a la derecha por el muelle: te espera un mercado de flores.

  3. 3. Mercado de las flores Reina Isabel II

    Place Louis Lépine, 75004 Paris, France

    Respira hondo: huele a tierra mojada, a hojas recién regadas y, según la estación, a jazmín o a lavanda. Estás entre los pabellones de hierro verde y cristal del mercado de las flores, uno de los últimos mercados de plantas al aire libre que le quedan al centro de París.

    Hay flores en este rincón de la isla desde principios del siglo diecinueve, en tiempos de Napoleón, y los pabellones de hierro que ves llegaron hacia 1900. Durante generaciones, los parisinos vinieron aquí a buscar el geranio del balcón, el ramo del domingo o el limonero que luego nunca cabía en el piso. Y durante mucho tiempo, los domingos, entre las macetas se vendían también pájaros en jaulas, y la plaza se llenaba de trinos.

    Su nombre oficial te va a sorprender: mercado de las flores Reina Isabel II. En 2014, durante la visita de la soberana británica por el aniversario del desembarco de Normandía, la ciudad le dedicó el mercado, y ella lo recorrió entre los puestos. Una reina inglesa en el corazón de la isla donde los reyes de Francia tuvieron su primer palacio... los parisinos todavía sonríen al leer el cartel.

    Mira ahora lo que rodea a las flores: edificios severos, enormes, de piedra gris. Al sur se alza la prefectura de policía. La plaza lleva el nombre de Louis Lépine, un prefecto de policía que en 1901 creó un concurso de inventores que todavía hoy lleva su nombre. Y un poco más allá, en el número 36 del muelle de los Orfebres, tuvo su sede durante más de un siglo la policía judicial, la misma donde Georges Simenon sentó a su comisario Maigret.

    Al este, el gran edificio con patio es el Hôtel-Dieu, el hospital más antiguo de París. La tradición dice que lo fundó un obispo en el siglo séptimo, a la sombra de la catedral, para acoger a pobres, peregrinos y enfermos, y desde entonces nunca ha dejado de curar en esta isla. En la Edad Media, cuando faltaba sitio, se llegaba a acostar a varios enfermos en una misma cama. Sal del mercado hacia el lado de la catedral: dos minutos más y estarás en la gran explanada frente a Notre-Dame.

  4. 4. El Parvis y la cripta arqueológica: Lutecia bajo tus pies

    7 Parvis Notre-Dame - Place Jean-Paul II, 75004 Paris, France

    Detente al borde de esta gran explanada de piedra clara y, por un momento, olvida la catedral y mira el suelo. Verás líneas de losas de otro tono que dibujan rectángulos y pasillos sin sentido aparente. Son fantasmas: el trazado de calles, casas e iglesias que se alzaban aquí hasta el siglo diecinueve.

    En la Edad Media, frente a Notre-Dame no había una gran plaza, sino un atrio pequeño rodeado de un laberinto de callejas, tabernas, capillas y un hospicio para niños abandonados. La fachada aparecía de golpe, al final de una calle estrecha, y el efecto debía de ser sobrecogedor. Fue Haussmann quien lo arrasó todo y multiplicó varias veces el tamaño del atrio, dejando este vacío inmenso que hoy nos parece eterno.

    Lo que el prefecto no imaginaba es lo que quedaba debajo. En los años sesenta del siglo veinte se proyectó aquí un aparcamiento subterráneo, y al excavar apareció la historia de París apilada como las capas de un pastel. El aparcamiento se abandonó, y en 1980 abrió la cripta arqueológica, cuya entrada tienes en el extremo de la explanada más alejado de la catedral.

    Allí abajo, en penumbra, caminas entre los restos de un muelle del puerto de Lutecia, donde atracaban las barcazas de los comerciantes del Sena, unas termas galorromanas, la muralla que los romanos levantaron en los últimos siglos del Imperio, cuando el miedo a las invasiones los obligó a encerrarse en la isla, y los sótanos de las casas medievales que derribó Haussmann. Y un detalle que sorprende: la isla era entonces más pequeña y más baja. Siglos de rellenos la han ido ensanchando y elevando.

    En 2006 la explanada recibió un nombre nuevo, plaza de Juan Pablo II, aunque casi todo el mundo la sigue llamando el Parvis. Y esconde otro secreto, este diminuto, muy cerca de la puerta central de la catedral: una estrella de bronce encastrada en el suelo. Camina hacia la fachada y búscala con la mirada baja.

  5. 5. Punto cero y la fachada de Notre-Dame

    Parvis Notre-Dame - Place Jean-Paul II, 75004 Paris, France

    Busca en el suelo, a unos pasos de la puerta central, una losa con una estrella de bronce y una rosa de los vientos: es el Punto cero de las carreteras de Francia. Desde aquí se miden las distancias entre París y el resto del país... y si ves a alguien pisándola con los ojos cerrados, es que conoce la superstición: quien la pisa, dicen, volverá a París.

    Ahora sí, levanta la vista. La fachada de Notre-Dame es un libro abierto en piedra. La catedral se empezó en 1163, y esta fachada fue creciendo durante buena parte del siglo trece. Tres portadas: a la izquierda, la de la Virgen; a la derecha, la de Santa Ana; y en el centro, el Juicio Final, donde el arcángel pesa las almas en una balanza mientras un demonio intenta hacer trampa inclinando el platillo.

    Sobre las puertas corre una fila de veintiocho reyes de piedra. Son reyes de Judá, antepasados de Cristo, pero en 1793 los revolucionarios creyeron que eran reyes de Francia y los decapitaron. Las estatuas que ves son copias del siglo diecinueve. Y entonces, en 1977, durante unas obras en el patio de un banco cerca de la Ópera, aparecieron enterradas veintiuna de las cabezas originales. Alguien las había rescatado y escondido casi dos siglos antes, y nadie sabe con certeza quién. Hoy se exponen en el museo de Cluny.

    Las torres miden sesenta y nueve metros, y en la del sur vive la campana más grave, Emmanuel, fundida en 1686. Allí arriba, entre gárgolas y quimeras, Victor Hugo colocó a Quasimodo, el campanero jorobado. Hugo publicó su novela en 1831, en parte para defender un edificio que entonces estaba ruinoso y mutilado. En el prólogo cuenta que descubrió, grabada en un rincón oscuro de una de las torres, una palabra griega, ananké, fatalidad, y que de ella nació todo el libro.

    El éxito fue tan enorme que el Estado encargó una gran restauración, en la que el arquitecto Viollet-le-Duc trabajó durante unos veinte años y añadió buena parte de las quimeras que hoy parecen medievales. Rodea ahora la catedral por la izquierda y métete en las callejuelas del lado norte: allí sobrevive el viejo barrio de los canónigos.

  6. 6. Rue Chanoinesse: el claustro de Eloísa y Abelardo

    Rue Chanoinesse, 75004 Paris, France

    Entra en esta calle estrecha y curva, y deja que el bullicio de la explanada se apague a tu espalda. Rue Chanoinesse, la calle de los canónigos. En la Edad Media todo esto era el claustro de Notre-Dame, un barrio cerrado con puertas donde vivían los canónigos de la catedral con sus criados, sus libros y sus alumnos.

    Por eso aquí empezó, en cierto modo, la universidad de París. Antes de que los maestros cruzaran el río hacia la orilla izquierda, enseñaban en las escuelas del claustro. Y el profesor más brillante, más arrogante y más admirado de comienzos del siglo doce se llamaba Pedro Abelardo. Los estudiantes llegaban de toda Europa para oírle.

    Hacia 1117, un canónigo llamado Fulberto, que vivía en este claustro, le confió la educación de su sobrina Eloísa, una joven que, según se decía, leía latín, griego y hebreo, algo excepcional en su tiempo. El maestro se instaló en la casa. Y, como él mismo escribiría años después, en aquellas lecciones hubo más besos que explicaciones. Eloísa quedó embarazada, tuvieron un hijo al que llamaron Astrolabio, y se casaron en secreto.

    Fulberto se sintió traicionado y humillado. Una noche, sus hombres entraron en el cuarto de Abelardo y lo castraron. Él se hizo monje y ella monja, y nunca volvieron a vivir juntos. Pero se escribieron, y sus cartas, apasionadas y lúcidas, son una de las grandes historias de amor de Europa. En el cercano muelle de las Flores, una placa recuerda la casa de los amantes, aunque el edificio actual es del siglo diecinueve. Sus restos descansan hoy juntos en el cementerio del Père-Lachaise.

    Estas calles guardan también una leyenda mucho más siniestra. Se contaba que en una calleja vecina, hoy desaparecida, un barbero degollaba a sus clientes y un pastelero de al lado vendía, con su carne, unos pasteles famosos en todo París. Es solo una leyenda, claro... aunque tiene siglos. Sigue la calle hacia el este y después busca el jardín que se abre detrás del ábside de la catedral.

  7. 7. Square Jean-XXIII: el incendio y el renacer de Notre-Dame

    Square Jean-XXIII, 75004 Paris, France

    Siéntate un momento en uno de los bancos de este jardín y mira la catedral por detrás. Desde aquí ves lo que la fachada esconde: el ábside redondeado, rodeado de arbotantes que se abren como las patas de una araña gigantesca, sujetando los muros desde fuera para que el interior pueda llenarse de vidrieras.

    Al caer la tarde del 15 de abril de 2019, el mundo entero vio arder Notre-Dame en directo. El fuego prendió en la cubierta, en la armadura de madera que los parisinos llamaban el bosque, un entramado de vigas de roble en parte del siglo trece. Poco antes de las ocho de la tarde, la aguja de Viollet-le-Duc, que se alzaba a unos noventa y seis metros, se desplomó entre las llamas. Durante horas nadie supo si las torres aguantarían.

    Los bomberos de París las salvaron por muy poco. Su capellán entró con ellos en la catedral para poner a salvo las reliquias, entre ellas la corona de espinas que había traído a París el rey San Luis. Y al día siguiente, entre los escombros, apareció abollado pero entero el gallo de cobre que coronaba la aguja.

    Luego llegó la reconstrucción, una de las obras más observadas del planeta. Hubo debate sobre una aguja moderna, pero se decidió devolverle su forma original. Llegaron más de ochocientos millones de euros en donaciones, y carpinteros, canteros y vidrieros trabajaron con técnicas antiguas; las nuevas vigas de roble se labraron a mano, con hacha, como en la Edad Media. El 7 de diciembre de 2024, poco más de cinco años y medio después del incendio, Notre-Dame volvió a abrir sus puertas.

    Busca la aguja con la mirada: en lo alto hay un gallo nuevo, con alas que parecen llamas doradas. Dentro guarda reliquias y, según se contó, un documento con los nombres de unas dos mil personas que trabajaron en la reconstrucción. Las catedrales siempre han recordado así a quienes las levantan. Ahora sal del jardín por su punta oriental y cruza la calle: al borde del agua, bajo los árboles, hay un monumento que casi nadie ve.

  8. 8. Memorial de los Mártires de la Deportación

    Square de l'Île-de-France, 75004 Paris, France

    Baja por esta escalera estrecha y empinada, tan estrecha que casi te obliga a ir solo. Abajo, un patio de piedra cerrado: el ruido de la ciudad desaparece y solo ves el cielo arriba y, por una abertura con barrotes de hierro afilados, el agua del Sena. Estás en el Memorial de los Mártires de la Deportación.

    Lo diseñó el arquitecto Georges-Henri Pingusson y lo inauguró el general De Gaulle en 1962. Recuerda a los deportados desde Francia a los campos nazis: resistentes, judíos, presos políticos. Todo está pensado para que el cuerpo sienta lo que las palabras no alcanzan: el encierro, la estrechez, la imposibilidad de huir. Ves el agua, ves la libertad... pero no puedes llegar a ella.

    Dentro de la cripta, un largo pasillo brilla con doscientos mil pequeños bastoncillos de cristal iluminados, uno por cada deportado que, según se calcula, no volvió. En los muros se leen los nombres de los campos de concentración y de exterminio. Y entre ellos hay uno que a cualquier español le encoge el corazón: Mauthausen.

    Porque a Mauthausen, en Austria, fueron a parar unos siete mil republicanos españoles. Muchos habían huido a Francia en 1939, al final de la guerra civil; cayeron prisioneros de los alemanes en 1940 y, como el régimen de Franco no quiso saber nada de ellos, acabaron en el campo como apátridas, con un triángulo azul y una S cosida en el uniforme. Cerca de cinco mil no salieron con vida.

    A uno de ellos le debemos algunas de las pruebas más terribles del horror nazi. Francesc Boix, un joven fotógrafo de Barcelona, trabajaba en el laboratorio fotográfico del campo y, con la ayuda de otros presos españoles, logró esconder y sacar cientos de negativos de las SS. En 1946 subió al estrado como testigo en el juicio de Núremberg. Sube de nuevo a la luz, respira, y cruza el puente peatonal de San Luis, donde casi siempre toca algún músico. Al otro lado empieza otra isla, silenciosa y aristocrática: gira a la derecha por el muelle de Orléans, con una de las mejores vistas del ábside de Notre-Dame, y síguelo hasta la punta de la isla.

  9. 9. Hôtel Lambert: Voltaire, Chopin y la Polonia en el exilio

    2 Rue Saint-Louis en l'Île, 75004 Paris, France

    Has llegado a la punta oriental de la isla de San Luis. Detrás de ese muro alto y de ese gran portón se esconde uno de los palacios privados más bellos de Francia: el Hôtel Lambert. Asómate un momento al muelle y verás su galería curva mirando al Sena como la proa de un barco.

    Lo construyó Louis Le Vau en la década de 1640 para Jean-Baptiste Lambert, un financiero que murió poco después de verlo terminado, y lo heredó su hermano Nicolas. Para decorarlo llamaron a los mejores pintores del momento, Charles Le Brun y Eustache Le Sueur. La galería de Hércules, pintada por Le Brun, fue un ensayo de lo que años más tarde haría en la Galería de los Espejos de Versalles.

    En los años cuarenta del siglo dieciocho vivieron aquí Voltaire y su amante, Émilie du Châtelet, una de las grandes científicas de su época, la mujer que tradujo al francés los Principia de Newton. Imagina las veladas: filosofía, física, versos y celos, todo bajo los techos pintados por Le Brun.

    En 1843 lo compró el príncipe polaco Adam Czartoryski, exiliado tras el fracaso del levantamiento contra Rusia, y el palacio se convirtió durante décadas en la capital de una Polonia que no existía en los mapas. Aquí se celebraban bailes benéficos en los que tocó Chopin, y por sus salones pasaba toda la emigración polaca: poetas, músicos, soldados y conspiradores que soñaban con volver a casa.

    En 2007 lo compró un miembro de la familia real de Catar, y en 2013, durante unas obras, un incendio dañó gravemente la cubierta y parte de las pinturas. Se restauró con enorme minucia, y en 2022 cambió de nuevo de manos: hoy pertenece al empresario francés Xavier Niel. Tres siglos y medio de historia de Europa, y sigue siendo una casa particular, cerrada a los curiosos. Ahora entra en la calle de San Luis en la Isla y recórrela hacia el oeste: a los pocos minutos, un reloj de hierro asoma sobre la acera.

  10. 10. Iglesia de San Luis en la Isla: la isla inventada

    19 bis Rue Saint-Louis en l'Île, 75004 Paris, France

    Detente bajo ese reloj sostenido por un brazo de hierro forjado que asoma sobre la acera, y mira más arriba: un campanario calado como un encaje de metal. Es la iglesia de San Luis en la Isla, la parroquia de este pequeño mundo, y su torre es una de las más raras de París: en lugar de piedra maciza, hierro agujereado por el que se ve el cielo.

    La iglesia se empezó en 1664 con planos de Louis Le Vau, el mismo arquitecto del Hôtel Lambert, que vivía en esta isla y que también trabajó para Luis XIV en Versalles. Pero el dinero se acababa una y otra vez, y la obra no se completó hasta el siglo dieciocho. Por fuera casi parece una casa más de la calle; por dentro estalla en mármoles, dorados y luz, como un pequeño Versalles de barrio.

    Y ahora, lo más sorprendente: hace cuatrocientos años esta isla no existía... al menos, no así. A comienzos del siglo diecisiete había aquí dos islotes de prados, propiedad del cabildo de Notre-Dame: la isla de Notre-Dame y la isla de las Vacas, adonde se llevaba el ganado a pastar. En 1614, un empresario llamado Christophe Marie firmó con el rey un contrato audaz: unir los dos islotes, rodearlos de muelles de piedra, trazar calles rectas y tender un puente. A cambio, podría vender las parcelas. Fue una de las primeras urbanizaciones planificadas de París.

    Fíjate en cómo esta calle corre recta de punta a punta, cortada en ángulo recto por las demás: es el trazado del siglo diecisiete, casi intacto. Aquí no pasó Haussmann, no hay estación de metro y apenas hay tráfico, y se cuenta que algunos viejos isleños, cuando cruzaban un puente, decían que iban a París, como si esto fuera otro pueblo.

    Esta calma tiene, sin embargo, un enemigo antiguo: el río. En la gran crecida de enero de 1910, el Sena subió más de ocho metros en la escala del puente de Austerlitz, inundó sótanos y muelles de media ciudad, y la isla quedó como un barco a la deriva. Sigue la calle hacia el oeste y, en la esquina de la calle Le Regrattier, gira a la derecha hasta salir al muelle de Borbón.

  11. 11. Muelle de Borbón: el taller de Camille Claudel

    19 Quai de Bourbon, 75004 Paris, France

    Sal al muelle de Borbón y camina despacio bajo los álamos, con el Sena a tus pies y una fila de fachadas de piedra dorada a tu lado. Enfrente, en la orilla derecha, asoman las torres del Ayuntamiento y la iglesia de Saint-Gervais; a esta hora el muelle suele ser de los más tranquilos de París.

    Cuando la isla se puso de moda, a mediados del siglo diecisiete, este muelle se llenó de palacetes de financieros, magistrados y nobles que querían vivir cerca del poder y lejos del barro. Fíjate en los portones de madera tallada, en los balcones de hierro forjado, en los mascarones sobre las ventanas: muchos esconden patios que nunca verás desde la calle.

    En el número 19 vivió y trabajó, de 1899 a 1913, la escultora Camille Claudel. Había sido alumna, modelo, amante y rival de Auguste Rodin, y hoy muchos piensan que su talento no era menor que el de su maestro. Tras romper con él, se encerró aquí cada vez más sola, más pobre y más convencida de que Rodin la perseguía. Llegó a destruir parte de sus obras a martillazos.

    Una de sus esculturas más famosas, La edad madura, muestra a una joven arrodillada que suplica, mientras un hombre maduro se aleja arrastrado por una mujer vieja. Muchos han querido leer en ella su ruptura con Rodin, aunque ella nunca lo explicó así. Su hermano era Paul Claudel, el poeta y diplomático, una de las grandes figuras de las letras francesas... y una presencia ambigua en el final de esta historia.

    En marzo de 1913, apenas una semana después de la muerte de su padre, su familia la hizo internar en un hospital psiquiátrico. Vivió treinta años más encerrada, sin volver a esculpir, y murió en 1943 en un asilo cerca de Aviñón. Una placa recuerda hoy su taller, con una frase de una de sus cartas: siempre hay algo ausente que me atormenta. Sigue el muelle hacia el este hasta el viejo puente de piedra que tienes delante.

  12. 12. Puente Marie: un puente con casas y un beso

    Pont Marie, 75004 Paris, France

    Sube al puente Marie y detente en el centro. Mira bien sus arcos: ninguno es exactamente igual a otro, y en los pilares verás unas hornacinas vacías, nichos pensados para estatuas que nunca llegaron. Es uno de los puentes más antiguos de París, y lleva el nombre del hombre que inventó la isla que dejas a tu espalda.

    Christophe Marie, el empresario del contrato de 1614, lo construyó entre 1614 y 1635 como parte de su acuerdo con el rey. Como casi todos los puentes de la época, se cubrió de casas: una calle entera colgada sobre el río, con tiendas abajo y viviendas arriba. Imagínalo... cruzar el Sena sin ver el agua.

    En 1658, una gran crecida del Sena se llevó dos de sus arcos, con una veintena de casas y muchos de quienes vivían en ellas. Los arcos se reconstruyeron, pero en el siglo dieciocho se decidió derribar todas las casas de los puentes de París, por miedo a nuevos derrumbes y para que circularan el aire y la luz. Las del puente Marie desaparecieron a finales de ese siglo.

    Los parisinos le tienen un cariño especial. Dice la tradición que si pasas por debajo en barco con la persona amada y la besas bajo el arco pidiendo un deseo, se cumplirá. Y en la orilla de la isla, hacia el este, arranca el muelle de Anjou: en el número 17, el Hôtel de Lauzun, vivió un joven Baudelaire, y allí se reunía con Théophile Gautier el llamado Club de los Hachichinos.

    Desde aquí abarcas buena parte del paseo de hoy. A un lado, la isla de San Luis, la isla inventada; río abajo, detrás de los tejados, la aguja nueva de Notre-Dame, que vigila este río desde hace casi nueve siglos y ha sobrevivido a revoluciones, crecidas y al fuego. Delante, la orilla derecha y las calles del Marais. Has recorrido la isla donde nació París y la isla que París se inventó. Aquí termina nuestro paseo: gracias por caminar conmigo, y que esta ciudad te siga sorprendiendo.