El Vaticano y el Borgo de los peregrinos: de Sant'Angelo a San Pedro en Roma

Los ángeles de Bernini, la tumba de un emperador de familia hispana, el pasadizo secreto de los papas y el saco de 1527: el camino de los romeros hasta la plaza de San Pedro y las murallas del Vaticano

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  1. 1. Ponte Sant'Angelo: el puente de los ángeles

    Ponte Sant'Angelo, 00186 Roma RM, Italy

    Estás pisando un puente que tiene casi diecinueve siglos. Bajo tus pies, el Tíber corre verde y lento, y a ambos lados, sobre la barandilla de travertino, diez ángeles de mármol te miran pasar, cada uno con un objeto en las manos: una corona de espinas, unos clavos, una esponja, una lanza.

    El puente lo mandó construir el emperador Adriano, hacia el año 134, para unir la ciudad con el enorme mausoleo que se levantaba al otro lado del río. Se llamaba Pons Aelius, por el apellido familiar del emperador. Durante la Edad Media se convirtió en el camino obligado hacia San Pedro, y por aquí pasaron, siglo tras siglo, peregrinos de toda Europa: ingleses, francos, castellanos, sajones... con los pies destrozados y el corazón en la garganta.

    Esa multitud tenía un precio. En el jubileo de 1450, según las crónicas, una mula se espantó en medio del gentío, la gente se apretujó contra los pretiles y más de un centenar de peregrinos murieron aplastados o ahogados en el río. Y en la plazuela del otro extremo se alzaba el patíbulo: allí fue decapitada en 1599 la joven Beatrice Cenci, condenada por la muerte de un padre brutal. La leyenda dice que cada año, en la noche del 10 al 11 de septiembre, su fantasma cruza el puente con la cabeza entre las manos.

    Los ángeles llegaron mucho después. En 1667 el papa Clemente IX encargó a Gian Lorenzo Bernini convertir el puente en una meditación sobre la Pasión: el peregrino debía avanzar hacia San Pedro contemplando, uno a uno, los instrumentos del sufrimiento de Cristo. Bernini diseñó los diez y talló él mismo dos, el de la corona de espinas y el del letrero con la inscripción INRI. Eran tan bellos que nadie quiso dejarlos a la intemperie, y hoy los originales están en la iglesia de Sant'Andrea delle Fratte. Los que ves aquí son copias.

    Fíjate en sus túnicas: parece que el viento del río las agita, aunque sean de piedra. Bernini quería que el puente se moviera contigo. Ahora levanta la vista hacia el final del puente: ese tambor gigantesco de piedra que lo cierra todo es la tumba del hombre que construyó este paso. Cruza hasta el otro lado y detente frente a sus muros.

  2. 2. Castel Sant'Angelo: la tumba de Adriano

    Lungotevere Castello 50, 00193 Roma RM, Italy

    Tienes delante un cilindro de piedra de unos sesenta y cuatro metros de diámetro, rodeado de murallas, troneras y ventanucos, y arriba del todo un ángel de bronce que envaina su espada. Parece una fortaleza, y lo fue durante siglos... pero nació como una tumba.

    Es el mausoleo de Adriano, el emperador viajero, el que levantó un muro de costa a costa en Britania. Su familia procedía de Itálica, la ciudad romana junto a la actual Sevilla, igual que la de su predecesor Trajano. La principal fuente antigua dice que nació en Roma, pero muchos historiadores sospechan que vino al mundo en Hispania. Mandó construir este sepulcro hacia el año 130, y su sucesor lo terminó en el 139, un año después de su muerte. Por fuera estaba revestido de mármol blanco y coronado de estatuas.

    Unos muros tan gruesos eran demasiado tentadores. A finales de la Antigüedad la tumba quedó integrada en las murallas de la ciudad, y desde entonces fue fortaleza, cárcel y refugio de los papas. En el año 590 Roma sufría una peste terrible. El papa Gregorio Magno encabezaba una procesión de penitencia cuando, según la tradición, vio sobre el mausoleo al arcángel Miguel guardando su espada: la epidemia había terminado. De ahí el nombre, castillo del Santo Ángel, y de ahí la estatua de bronce de la cima, colocada en 1753.

    Entre estos muros estuvo preso Benvenuto Cellini, el orfebre florentino, que en 1538 se fugó descolgándose con sábanas anudadas y se rompió una pierna en la caída. Y aquí termina una de las óperas más célebres del mundo: en Tosca, de Puccini, estrenada en Roma en 1900, la protagonista descubre que el fusilamiento de su amado no era una farsa y se lanza al vacío desde lo alto de estas murallas. Media Roma ha salido del teatro tarareando ese final.

    Pero el secreto mejor guardado del castillo está fuera: un muro largo de ladrillo que sale de la fortaleza hacia el oeste y se pierde entre las casas, camino del Vaticano. Sobre él corre el pasadizo por el que huyeron los papas. Antes de seguirlo, rodea el castillo y baja hacia el río, hasta Borgo Santo Spirito: allí te espera una historia de niños abandonados.

  3. 3. Santo Spirito in Sassia: el torno de los expósitos

    Borgo Santo Spirito 2, 00193 Roma RM, Italy

    Camina junto a la fachada larga y sobria del hospital, en Borgo Santo Spirito, y busca en el muro, cerca de la iglesia, una pequeña abertura protegida por una reja. Parece poca cosa. Durante siglos fue la puerta más triste y, a la vez, más esperanzadora de Roma.

    Es el torno de los expósitos, la ruota. Una madre que no podía criar a su hijo lo colocaba en un cilindro giratorio de madera, lo hacía girar hacia dentro y tocaba una campanilla. Al otro lado, alguien recogía al bebé sin ver jamás el rostro de quien lo entregaba. Nadie preguntaba nombres. El hospital lo bautizaba, lo alimentaba y le daba, al menos, una oportunidad.

    Todo empezó, cuenta la leyenda, con una pesadilla. Hacia el año 1200, el papa Inocencio III supo que los pescadores del Tíber sacaban en sus redes cuerpos de recién nacidos arrojados al río. Horrorizado, fundó aquí un hospital y lo confió a la orden del Espíritu Santo. El torno se convirtió en su símbolo, fue uno de los primeros de Europa y el modelo se copió por todo el continente, también en las inclusas españolas, durante siglos.

    El nombre del lugar guarda una historia aún más antigua. Sassia viene de los sajones. En el siglo VIII, los peregrinos ingleses levantaron aquí su propia hospedería, la Schola Saxonum, con iglesia, albergue y cementerio, para los que llegaban desde el otro extremo de Europa a rezar ante la tumba de Pedro. Francos, frisones y lombardos tenían las suyas al lado. Este barrio era, literalmente, un barrio de extranjeros devotos.

    El gran edificio que ves lo reconstruyó el papa Sixto IV para el jubileo de 1475, con una sala para enfermos de más de cien metros de largo, la corsia sistina. Y lo más asombroso es que sigue siendo un hospital: más de ocho siglos curando en el mismo lugar. Ahora sube hacia el norte, hasta la gran avenida que se abre hacia la cúpula de San Pedro.

  4. 4. Via della Conciliazione: la avenida que borró un barrio

    Via della Conciliazione, 00193 Roma RM, Italy

    Ahora estás en medio de una avenida recta, ancha y solemne, flanqueada por farolas con forma de pequeño obelisco que marchan en fila hasta la plaza de San Pedro. La cúpula de Miguel Ángel parece estar a un paso. Disfruta la vista... y luego imagina que hace un siglo nada de esto existía.

    Hasta 1936, aquí se alzaba la llamada spina di Borgo, una manzana alargada de casas, palacetes, tiendas y talleres que ocupaba el centro, entre dos calles estrechas y paralelas. El peregrino avanzaba por esas callejuelas sin ver casi nada, y de repente, al desembocar, la plaza y la basílica estallaban ante sus ojos. Era un golpe de teatro que encajaba a la perfección con la plaza de Bernini.

    Todo cambió con los Pactos de Letrán de 1929, que reconciliaron al Estado italiano con la Santa Sede después de casi sesenta años de ruptura. Para celebrar esa conciliación, Mussolini dio en octubre de 1936 el primer golpe de pico, y en pocos años la spina entera desapareció. Los arquitectos Marcello Piacentini y Attilio Spaccarelli diseñaron la avenida, que se terminó para el jubileo de 1950. Muchas familias del barrio tuvieron que marcharse a la periferia. Todavía hoy los romanos discuten si fue una apertura gloriosa o una herida.

    Un poco más adelante, a la derecha, verás la iglesia de Santa Maria in Traspontina, que sobrevivió a la piqueta. También ella tiene su historia de demoliciones: la iglesia medieval estaba más cerca del castillo y en el siglo XVI se derribó porque estorbaba a los cañones de Sant'Angelo. Y algo aún más antiguo desapareció por aquí: una pirámide romana, la llamada Meta de Rómulo, parecida a la de Cayo Cestio. La mandó derribar hacia 1499 el papa Alejandro VI, el valenciano Rodrigo Borgia, para abrir una calle nueva antes del jubileo de 1500.

    Así que, cuando camines por esta avenida tan rectilínea, piensa que aquí hubo calles enteras, con sus vecinos, sus bodegas y sus santos de esquina. Ahora gira a la derecha y sube por una de las callejuelas hasta Borgo Sant'Angelo: allí te espera un muro alto de ladrillo con almenas, y encima de él, un pasadizo que salvó la vida a dos papas.

  5. 5. Passetto di Borgo: la huida del papa en 1527

    Borgo Sant'Angelo, 00193 Roma RM, Italy

    Delante de ti corre un muro de ladrillo largo y alto, con arcos que dejan pasar las calles por debajo y, en lo alto, una hilera de almenas. Los romanos lo llaman el Passetto, el pasadizo. Parece una vieja muralla más, pero encima, a la altura de los tejados, hay un corredor que va desde los palacios del Vaticano hasta el castillo de Sant'Angelo.

    El muro es antiquísimo: forma parte de las murallas que el papa León IV levantó en el siglo IX, después de que unos piratas sarracenos saquearan la basílica de San Pedro en el año 846. Hacia 1277, el papa Nicolás III aprovechó su parte alta para construir el pasadizo, de unos ochocientos metros. Era una vía de escape: si Roma se rebelaba o llegaba un ejército enemigo, el papa podía correr desde su palacio hasta la fortaleza sin pisar la calle.

    Lo usó el papa Borgia, Alejandro VI, en 1494, cuando el rey Carlos VIII de Francia entró en Roma con sus tropas. Pero la carrera más dramática ocurrió el 6 de mayo de 1527. Aquella mañana, un ejército imperial de lansquenetes alemanes, soldados españoles e italianos asaltó las murallas. Eran las tropas del emperador Carlos V, rey de España, sin paga desde hacía meses, hambrientas y furiosas. Su comandante, el duque de Borbón, cayó de un disparo al comienzo del asalto, y ya nadie pudo contenerlas.

    El papa Clemente VII, un Médici, estaba rezando. Corrió por este pasadizo hacia el castillo, y se cuenta que alguien le echó por encima un manto oscuro para que su blanco no lo delatara ante los arcabuceros que disparaban desde abajo. Llegó a salvo. Detrás de él, Roma vivió semanas de saqueo, incendios y asesinatos. El papa resistió sitiado en el castillo cerca de un mes antes de rendirse, y luego pasó meses como prisionero del emperador.

    El escándalo en toda Europa fue enorme: las tropas de un emperador católico habían saqueado la capital de la cristiandad. Carlos V no había ordenado el saqueo, pero sacó partido de él durante años. Muchos historiadores ven en 1527 el final del gran Renacimiento romano. Ahora camina una calle más hacia el norte, cruzando bajo uno de los arcos del muro, y entra en Borgo Pio, la calle de los romeros.

  6. 6. Borgo Pio: la calle de los romeros

    Borgo Pio, 00193 Roma RM, Italy

    Bienvenido a Borgo Pio: una calle peatonal estrecha, de adoquines negros, con macetas, mesitas en la acera y escaparates llenos de rosarios, medallas y estampas. No es raro cruzarte con un seminarista con prisa o con una monja cargada con la compra. Es el barrio de quienes trabajan al otro lado del muro.

    La palabra Borgo tiene raíz germánica: es el burg, el burgo, el asentamiento. Así llamaban los peregrinos del norte a este arrabal que crecía junto a la tumba de Pedro, fuera de la ciudad y al otro lado del río. Durante siglos fue una ciudadela aparte, la Ciudad Leonina, rodeada por sus propias murallas. Solo en 1586 el papa Sixto V la convirtió oficialmente en uno de los barrios, los rioni, de Roma.

    Esta calle debe su nombre a Pío IV, el papa que en la década de 1560 urbanizó esta zona, todavía medio vacía, y la cerró con nuevas murallas y una puerta, la Porta Angelica, que llevaba su nombre de pila: Giovanni Angelo de' Medici. La puerta se derribó a finales del siglo XIX para dejar paso al tráfico. Del barrio que soñaba aquel papa queda, sobre todo, esta calle.

    Imagina este lugar en un año santo de la Edad Media: posadas repletas, vendedores de insignias de plomo con las llaves de San Pedro que los peregrinos cosían al sombrero, cambistas, guías improvisados, pícaros y carteristas. En italiano a aquellos viajeros se les llamaba romei; en castellano, romeros, y de esa misma raíz viene nuestra palabra romería. Durante más de mil años, la fe ha llenado de vida y de negocio este barrio.

    Y a pesar de todo, aquí sigue viviendo gente: ropa tendida, persianas verdes, un vecino que charla con otro de ventana a ventana. Es un pueblo pegado al Estado más pequeño del mundo. Ahora baja hacia el sur por las calles del Borgo hasta la gran plaza abierta donde termina la Via della Conciliazione, justo entre los dos brazos de columnas.

  7. 7. Piazza Pio XII: la frontera y la columnata de Bernini

    Piazza Pio XII, 00193 Roma RM, Italy

    Detente justo donde la avenida desemboca en la plaza, entre los dos brazos de columnas. En el suelo, de un extremo a otro, corre una franja de travertino blanco, discreta, que pocos turistas notan. Pisa este lado y estás en Italia. Da un paso y estás en otro país.

    Esa línea nació el 11 de febrero de 1929 con los Pactos de Letrán, que crearon el Estado de la Ciudad del Vaticano: unas cuarenta y cuatro hectáreas, el país más pequeño del mundo. No hay aduana ni control de pasaportes, y por acuerdo con Italia es la policía italiana la que suele vigilar la plaza. Pero la frontera es real. Durante la ocupación alemana de Roma, en 1943, hubo soldados de la Wehrmacht apostados justo al borde de esta línea, sin cruzarla.

    Ahora mira los brazos que te rodean. La columnata la diseñó Bernini a partir de 1656 para el papa Alejandro VII: doscientas ochenta y cuatro columnas en cuatro filas y, encima, ciento cuarenta estatuas de santos que vigilan la plaza desde lo alto. Bernini explicó su idea con una imagen: eran los brazos maternos de la Iglesia, abiertos para estrechar a los católicos, reunir a los herejes y mostrar la fe a los que no creían.

    Lo que pocos saben es que el abrazo iba a cerrarse. Bernini proyectó un tercer brazo, más corto, más o menos donde estás tú, para cerrar la plaza por este lado. Así el peregrino que llegaba por las calles estrechas del Borgo solo descubriría el gran óvalo al cruzar ese último pórtico, de golpe. Pero Alejandro VII murió en 1667 y el tercer brazo nunca se construyó. Tres siglos después, la Via della Conciliazione abrió de par en par la perspectiva que Bernini quería guardar como sorpresa.

    Cruza la línea. Ya estás en el Vaticano. Avanza hacia el centro de la plaza, hacia la aguja de granito que se levanta entre las dos fuentes, y antes de llegar fíjate en el suelo: hay un disco de piedra desde el que vas a ver un pequeño milagro óptico.

  8. 8. Obelisco Vaticano: ¡agua a las cuerdas!

    Piazza San Pietro, 00120 Città del Vaticano

    Estás a los pies de una aguja de granito de unos veinticinco metros, sin un solo jeroglífico, apoyada sobre cuatro leones de bronce. A tu alrededor la plaza se abre en un óvalo inmenso, y a cada lado murmura una fuente. Es el centro exacto del escenario.

    Este obelisco vino de Egipto. Lo trajo a Roma el emperador Calígula en un barco gigantesco, construido a propósito, que después se hundió deliberadamente para servir de cimiento al puerto de Ostia. Lo colocó en el circo que tenía en esta colina, el mismo que luego usaría Nerón. La tradición sitúa en ese circo el martirio de San Pedro. Si es así, esta piedra es el último testigo que queda en pie. Y es el único obelisco de Roma que nunca cayó desde la Antigüedad.

    Durante quince siglos estuvo junto al flanco de la vieja basílica. En 1586, el papa Sixto V decidió trasladarlo al centro de la plaza y confió la hazaña al arquitecto Domenico Fontana. Hicieron falta unos novecientos hombres, ciento cuarenta caballos y decenas de cabrestantes. El papa exigió silencio absoluto durante la maniobra. Y cuenta la leyenda que, mientras la piedra subía, las cuerdas empezaron a humear y a estirarse. Un marinero de la Liguria, Benedetto Bresca, desobedeció y gritó: ¡agua a las cuerdas! Las mojaron, se tensaron, y el obelisco quedó en pie.

    En lugar de castigarlo, dice la historia, el papa lo premió: su familia obtuvo el privilegio de suministrar las palmas del Domingo de Ramos a San Pedro. Durante siglos se creyó, además, que la bola de bronce de la punta guardaba las cenizas de Julio César. Cuando la bajaron, no encontraron ninguna urna, y hoy esa bola se conserva en los Museos Capitolinos. En su lugar, en lo alto, hay una cruz.

    Ahora busca entre el obelisco y cada una de las fuentes un disco de piedra con la inscripción centro del colonnato. Ponte encima y mira hacia la columnata: las cuatro filas de columnas se alinean y parecen una sola. Bernini lo calculó así. Después levanta la vista hacia el fondo, donde te espera la fachada de la basílica, y camina hacia ella.

  9. 9. Basílica de San Pedro: la Piedad y la cúpula

    Piazza San Pietro, 00120 Città del Vaticano

    Frente a ti se levanta la fachada de la iglesia más grande de la cristiandad: unos ciento quince metros de ancho y, en lo alto, trece estatuas gigantes, Cristo, Juan Bautista y once apóstoles. Detrás, la cúpula parece retroceder, medio escondida. Es un efecto de la perspectiva: la fachada, ancha y alta, le roba protagonismo desde aquí.

    Debajo de todo hay una tumba. Según la tradición, junto al circo de Nerón fue enterrado Pedro, y en el siglo IV el emperador Constantino levantó sobre ella una gran basílica. Aquella iglesia aguantó más de mil años, hasta que en 1506 el papa Julio II tomó una decisión que escandalizó a muchos: derribarla y empezar otra. Las obras duraron ciento veinte años y pasaron por las manos de Bramante, Rafael, Miguel Ángel, Maderno y Bernini.

    Semejante obra costó una fortuna, y una de las formas de pagarla fue la venta de indulgencias. En Alemania, un fraile llamado Martín Lutero se indignó, y en 1517 escribió sus noventa y cinco tesis. De algún modo, esta basílica contribuyó a partir en dos la cristiandad occidental. Miguel Ángel se hizo cargo de la obra con más de setenta años y diseñó la cúpula, pero no la vio terminada: Giacomo della Porta la cerró en 1590. La cruz de la cima está a unos ciento treinta y seis metros del suelo.

    Al entrar, a la derecha, en la primera capilla, está la Piedad. Miguel Ángel la esculpió con poco más de veinte años. Cuentan que, al oír a unos visitantes atribuirla a otro escultor, volvió de noche y grabó su nombre en la cinta que cruza el pecho de la Virgen. Es la única obra que firmó. En 1972 un hombre la atacó con un martillo, y desde entonces la ves detrás de un cristal.

    Cerca de la entrada, en el suelo de la nave, un gran disco de pórfido rojo recuerda, según la tradición, el lugar donde Carlomagno fue coronado emperador la Navidad del año 800, todavía en la basílica antigua. Al salir, con la fachada a tu espalda, cruza la plaza hacia la izquierda, atraviesa la columnata norte y sal a Via di Porta Angelica: allí, junto a una verja, te esperan unos soldados muy especiales.

  10. 10. Porta Sant'Anna: la Guardia Suiza

    Via di Porta Angelica, 00120 Città del Vaticano

    Delante de ti se abre una verja con mucho trajín: coches con matrícula vaticana, empleados con su tarjeta, repartidores, algún sacerdote en bicicleta. Y junto a la entrada, firme y serio, un guardia suizo. Es la Puerta de Santa Ana, la entrada de servicio al Estado de la Ciudad del Vaticano.

    La Guardia Suiza es el ejército más pequeño del mundo y uno de los más antiguos que siguen en activo. La fundó el papa Julio II, el mismo que encargó a Miguel Ángel la bóveda de la Capilla Sixtina: el 22 de enero de 1506 llegaron a Roma los primeros ciento cincuenta soldados suizos, entonces considerados los mejores mercenarios de Europa. Hoy siguen siendo jóvenes católicos de nacionalidad suiza, que sirven unos años y luego vuelven a casa.

    Su fecha sagrada es el 6 de mayo. Aquel día de 1527, mientras las tropas de Carlos V irrumpían en el Borgo, la guardia se plantó junto a la vieja basílica para cubrir la huida del papa. De ciento ochenta y nueve guardias murieron ciento cuarenta y siete. Los cuarenta y dos supervivientes escoltaron a Clemente VII por el pasadizo hasta el castillo. Por eso, cada 6 de mayo, los nuevos reclutas juran su cargo levantando tres dedos de la mano derecha, en memoria de aquel sacrificio.

    ¿Y el famoso uniforme de rayas azules, rojas y amarillas? Mucha gente te dirá que lo diseñó Miguel Ángel. Es una leyenda bonita, pero falsa. El diseño actual es de principios del siglo XX, obra de un comandante de la guardia, Jules Repond, que se inspiró en los frescos de Rafael. Se dice que los colores evocan los escudos de los papas Médici y Della Rovere. Y cada uniforme se cose a medida dentro de los muros.

    Junto a la puerta está la pequeña iglesia de Santa Ana de los Palafreneros, la parroquia del Vaticano, ligada a la cofradía de los mozos de cuadra del papa. Mira a los guardias, pero no esperes que te devuelvan la sonrisa: están de servicio. Ahora sigue Via di Porta Angelica hacia el norte, pegado a la muralla, hasta la plaza donde el muro gira hacia el oeste.

  11. 11. Piazza del Risorgimento: las murallas del papa prisionero

    Piazza del Risorgimento, 00192 Roma RM, Italy

    Estás en la esquina donde las murallas del Vaticano giran hacia el oeste: un muro altísimo de ladrillo y piedra, con baluartes en punta como la proa de un barco. A este lado de la calle, tráfico, tranvías y bares. Y la plaza donde estás se llama, con toda la ironía de la historia, Piazza del Risorgimento.

    Estas murallas no son las de León IV, las del Passetto. Son más modernas, en su mayor parte de los siglos XVI y XVII, cuando los papas, escarmentados por el saco de 1527, decidieron que el Vaticano no volvería a quedar indefenso. Los ingenieros de la época diseñaron baluartes en ángulo, pensados para resistir la artillería, que era entonces la gran amenaza. Mira cómo las aristas apuntan hacia fuera: así ningún tramo de muro quedaba sin cubrir.

    El nombre de la plaza recuerda el Risorgimento, el movimiento que unificó Italia en el siglo XIX. Y para unificarla había que quitarle al papa su Estado. El 20 de septiembre de 1870, las tropas italianas abrieron una brecha en la muralla de Roma junto a la Porta Pia y entraron en la ciudad. El papa Pío IX se negó a aceptarlo: se encerró tras estos muros y se declaró prisionero en el Vaticano. Durante casi sesenta años, los papas se negaron a salir.

    Hubo incluso un gesto simbólico. La bendición del nuevo papa desde el balcón exterior de San Pedro dejó de darse a la plaza, como protesta, y durante décadas los papas recién elegidos bendijeron hacia el interior de la basílica. Hasta que en 1922 Pío XI volvió a asomarse al balcón exterior, y siete años más tarde firmó los Pactos de Letrán. La plaza con nombre laico y la muralla papal acabaron haciendo las paces.

    Ahora sigue la muralla cuesta arriba por Viale Vaticano, con la piedra a tu izquierda. Es muy probable que veas una larga cola de gente pegada al muro: todos esperan para entrar en el mismo lugar al que tú vas. Al final de la subida, la muralla se abre.

  12. 12. Museos Vaticanos: el final del camino

    Viale Vaticano, 00165 Roma RM, Italy

    Has llegado a la entrada de los Museos Vaticanos: un gran portal abierto en la muralla, con dos figuras esculpidas sobre el arco, Miguel Ángel y Rafael, que parecen mirarte como si fueran a tomarte examen. Detrás de estos muros se esconde una de las colecciones de arte más grandes del planeta.

    Todo empezó con un hallazgo casual. En enero de 1506, unos trabajadores que cavaban en una viña del Esquilino encontraron bajo tierra un grupo de mármol: un sacerdote troyano y sus dos hijos atacados por serpientes. Era el Laocoonte, la escultura que Plinio había elogiado en la Antigüedad. El papa Julio II mandó a verlo al arquitecto Giuliano da Sangallo, que según su hijo fue acompañado por Miguel Ángel. El papa lo compró y lo instaló en el patio del Belvedere. Ese fue el primer núcleo de los museos.

    Hoy los museos guardan decenas de miles de obras y reciben millones de visitantes cada año. Allí están las estancias que pintó Rafael, con la Escuela de Atenas, y al final del recorrido, la Capilla Sixtina, cuya bóveda pintó Miguel Ángel entre 1508 y 1512, de pie sobre un andamio y con la cabeza echada hacia atrás, y no tumbado, como se suele creer. Años después volvió para pintar en la pared del altar el Juicio Final.

    Y en esa misma capilla se elige al papa. Durante el cónclave, los cardenales votan bajo los frescos de Miguel Ángel, y las papeletas se queman en una estufa cuya chimenea asoma al tejado, a la vista de toda la plaza de San Pedro: humo negro si no hay acuerdo, humo blanco cuando hay nuevo papa. Desde aquí no se ve, pero estás a pocos cientos de metros de ese tejado.

    Has hecho el camino de los peregrinos de siempre: cruzaste el puente de los ángeles, rodeaste la tumba de Adriano, pasaste bajo el corredor de la huida de 1527, recorriste la calle de los romeros, atravesaste la frontera de un Estado y llegaste a la tumba de Pedro. Mil quinientos años de fe, poder, arte y miedo caben en estos pocos kilómetros. Lo que guardan estos muros ya es otra aventura... y merece un día entero.