Plazas, cúpulas y fuentes: la Roma barroca de Piazza Navona a la Fontana di Trevi

Bernini contra Borromini, el Río de la Plata en mármol, la cúpula pintada de San Ignacio, la fuente de las monedas y el éxtasis de Teresa de Ávila: un paseo por el gran teatro barroco de Roma

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  1. 1. Stadio di Domiziano: el estadio bajo Piazza Navona

    Via di Tor Sanguigna 3, 00186 Roma RM, Italy

    Asómate a la barandilla de Piazza di Tor Sanguigna, justo detrás del extremo norte de Piazza Navona: varios metros por debajo de la calle asoman arcos de ladrillo y bloques de travertino. Luego vuélvete hacia la plaza y mírala a lo largo. Larguísima, estrecha, con un extremo redondeado. No es un capricho de urbanista: estás sobre las gradas de un estadio.

    Es el estadio de Domiciano, inaugurado hacia el año 86 para los juegos atléticos al estilo griego que tanto le gustaban al emperador: carreras a pie, lucha, lanzamiento de disco. Medía unos doscientos setenta y cinco metros de largo, y se calcula que cabían entre veinte y treinta mil espectadores. Cuando el estadio se arruinó, los romanos construyeron sus casas sobre las gradas, y por eso la plaza conserva su silueta exacta: el suelo que pisas es la pista, y los edificios, las tribunas.

    Incluso el nombre es un fósil. Las competiciones griegas se llamaban agones, y el lugar se conoció como in agone. En boca de los romanos, in agone se convirtió en n'agone, y de ahí, con los siglos, en Navona. La iglesia que preside la plaza conserva todavía el nombre antiguo: Sant'Agnese in Agone, Santa Inés del estadio.

    Santa Inés es la protagonista de la leyenda más antigua de este lugar. Era una muchacha romana de unos doce o trece años que, a comienzos del siglo IV, se negó a casarse y a renunciar a su fe. Según la tradición, la expusieron desnuda bajo los arcos del estadio, que entonces servían de prostíbulo, y su cabello creció de golpe hasta cubrirla por completo. Murió mártir, y sobre el lugar de su humillación se levanta hoy la iglesia barroca.

    Y la plaza nunca dejó de ser un espectáculo. Desde mediados del siglo XVII hasta 1866, en los fines de semana de agosto se taponaban los desagües de las fuentes y Navona se inundaba: los nobles la cruzaban en carroza salpicando a todo el mundo y el pueblo se refrescaba entre risas. Lo llamaban el lago de Piazza Navona. Ahora camina por la plaza hacia el centro, hasta la fuente más grande, la del obelisco.

  2. 2. Fontana dei Quattro Fiumi: el Río de la Plata en mármol

    Piazza Navona, 00186 Roma RM, Italy

    Tienes delante la fuente más teatral de Roma: una montaña de travertino horadada como una cueva, de la que brotan palmeras, animales y cascadas, y sobre ella, en un equilibrio que parece imposible, un obelisco rematado por una paloma con una rama de olivo en el pico. A sus pies, cuatro gigantes de mármol se retuercen.

    Son los cuatro grandes ríos de los cuatro continentes conocidos: el Danubio por Europa, el Nilo por África, el Ganges por Asia... y el Río de la Plata por América. Búscalo: tiene a su lado un montón de monedas, símbolo de las riquezas del Nuevo Mundo, y una criatura extraña que suele identificarse como un armadillo. El Nilo, en cambio, se cubre la cabeza con un paño, porque entonces nadie sabía dónde nacía.

    La encargó el papa Inocencio X Pamphilj, cuyo palacio familiar da a esta misma plaza, y Gian Lorenzo Bernini la terminó en 1651. Pero Bernini no era entonces el favorito: había sido el artista estrella del papa anterior, un Barberini, y el nuevo papa lo había apartado. Cuenta la historia que Bernini preparó una maqueta del proyecto y se las arregló para que el papa la viera, como por casualidad. Inocencio X habría comentado que, para no encargarle nada a Bernini, había que no ver sus obras.

    Y ahora, la leyenda favorita de los guías. Frente a la fuente está Sant'Agnese in Agone, cuya fachada cóncava diseñó Francesco Borromini, el gran rival de Bernini. Dicen que el Nilo se tapa los ojos para no ver la iglesia de su enemigo, y que el Río de la Plata levanta la mano como si temiera que se le viniera encima. Es una historia irresistible... y falsa: la fuente se terminó en 1651 y Borromini no se hizo cargo de la fachada hasta 1653.

    La rivalidad, eso sí, existió, y fue feroz. Bernini, napolitano, encantador, cortesano, un mago del mármol. Borromini, nacido a orillas del lago de Lugano, solitario, atormentado, un genio de la geometría. Los dos compitieron durante décadas por los mismos papas y las mismas plazas. Para conocer mejor al segundo, sal de la plaza por el lado de Corso del Rinascimento: a pocos pasos te espera su obra más extraña.

  3. 3. Sant'Ivo alla Sapienza: la espiral de Borromini

    Corso del Rinascimento 40, 00186 Roma RM, Italy

    Si el portón del Palazzo della Sapienza está abierto, entra en el patio porticado y mira al fondo; si no, retrocede hasta Piazza di Sant'Eustachio y levanta la vista sobre los tejados. Verás una cúpula blanca que no se parece a ninguna otra de Roma, rematada por una linterna en espiral que sube girando como un sacacorchos hasta una corona de llamas de piedra.

    Es Sant'Ivo alla Sapienza, la iglesia de la antigua universidad de Roma, que funcionó en este palacio durante siglos. Y tiene una ironía escondida: Borromini consiguió en 1632 el puesto de arquitecto de la Sapienza gracias a una recomendación de Bernini. La iglesia la construyó entre 1642 y 1660. Su planta es una estrella de seis puntas formada por dos triángulos entrelazados, con los lados alternando curvas hacia dentro y hacia fuera. Hay quien ve en ella una abeja, el animal del escudo de los Barberini.

    Borromini no disponía de mármoles caros ni de presupuestos de príncipe. Trabajaba con ladrillo, estuco blanco y geometría pura, y con eso conseguía que los muros se ondularan como si respiraran. La espiral de la linterna se ha interpretado como la torre de Babel, como la llama de la sabiduría, o como el camino del conocimiento, que asciende dando vueltas. Él nunca lo explicó del todo, y quizá esa sea la gracia.

    Borromini era un hombre difícil, perfeccionista y desconfiado. Vestía siempre de negro, a la española, discutía con sus clientes y veía cómo Bernini se llevaba los encargos más brillantes. En el verano de 1667, enfermo y deprimido, se arrojó sobre su propia espada. Tardó horas en morir, y aún tuvo fuerzas para dictar un relato sereno de lo ocurrido. Fue enterrado, como había pedido, en la tumba de su maestro y pariente Carlo Maderno.

    Hoy el palacio alberga el Archivo de Estado de Roma, y la iglesia abre sus puertas muy de vez en cuando. Pero la espiral está ahí para quien levante la mirada. Sigue ahora por las callejuelas hacia el este, cruza Piazza di Sant'Eustachio, y en un par de minutos desembocarás frente a un pórtico de columnas de granito que lleva en pie casi diecinueve siglos.

  4. 4. Panteón: la cúpula de Adriano y la tumba de Rafael

    Piazza della Rotonda, 00186 Roma RM, Italy

    Quédate junto a la fuente de Piazza della Rotonda y mira el pórtico: dieciséis columnas de granito, cada una de una sola pieza, traídas desde Egipto, y encima una inscripción enorme que asegura que esto lo hizo Marco Agripa. Es mentira. O casi.

    Agripa, el yerno de Augusto, construyó aquí un primer templo hacia el año 25 antes de Cristo, pero se quemó. El edificio que ves lo levantó el emperador Adriano, otra vez él, hacia el año 125, y con una modestia rarísima en un emperador volvió a poner el nombre del fundador original. Panteón significa de todos los dioses. En el año 609 el papa Bonifacio IV lo consagró como iglesia, Santa María de los Mártires, y por eso se salvó: a un templo convertido en iglesia nadie lo usa como cantera.

    Entra y mira hacia arriba. La cúpula mide más de cuarenta y tres metros de diámetro, exactamente lo mismo que la altura desde el suelo: dentro cabría una esfera perfecta. Casi diecinueve siglos después sigue siendo la mayor cúpula de hormigón sin armar del mundo. Los constructores aligeraron la mezcla a medida que subían, con piedra pómez en lo más alto. Y en el centro, el óculo, un agujero de unos nueve metros abierto al cielo. Cuando llueve, el agua cae dentro y desaparece por pequeños desagües del suelo.

    Aquí empieza también nuestra historia barroca, y no de la mejor manera. El papa Urbano VIII Barberini mandó arrancar el bronce que cubría las vigas del pórtico, sobre todo para fundir cañones. Los romanos no se lo perdonaron y colgaron en la estatua parlante de Pasquino una frase célebre: lo que no hicieron los bárbaros, lo hicieron los Barberini. Además, a Bernini se le atribuyeron dos campanarios añadidos al pórtico, que el pueblo bautizó como las orejas de burro. Se derribaron en el siglo XIX.

    Dentro, en el lado izquierdo, descansa Rafael, muerto en 1520 con solo treinta y siete años. Su epitafio, escrito por el cardenal Pietro Bembo, viene a decir que mientras vivió la naturaleza temió ser vencida por él, y que al morir él temió morir también. Cuando salgas, rodea el edificio por la izquierda hacia la plaza que hay detrás: te espera un elefante.

  5. 5. Elefantino della Minerva: el pollito de Bernini

    Piazza della Minerva, 00186 Roma RM, Italy

    En el centro de la plaza de la Minerva te espera una de las esculturas más tiernas de Roma: un elefantito de mármol, con una gualdrapa bordada, la trompa girada y un aire casi travieso, que lleva sobre el lomo un obelisco egipcio. Los romanos lo llaman con cariño il Pulcino della Minerva, el pollito de la Minerva.

    El obelisco apareció en 1665 en el jardín del convento dominico que tienes delante, junto a la iglesia de Santa Maria sopra Minerva, llamada así porque se creía construida sobre un templo de esa diosa. Es egipcio, del siglo VI antes de Cristo. El papa Alejandro VII quiso exhibirlo, y Bernini propuso un elefante como pedestal, inspirado en un extraño libro ilustrado del Renacimiento, el Sueño de Polífilo. Lo talló su colaborador Ercole Ferrata y se inauguró en 1667.

    La inscripción de la base explica el mensaje: hace falta una mente robusta para sostener una sabiduría sólida. El elefante, el más fuerte de los animales, carga con el obelisco, símbolo del saber. Pero hay una historia menos edificante. Cuenta la tradición que un fraile del convento, el padre Domenico Paglia, insistió en que el vientre del animal no podía quedar hueco bajo tanto peso, y Bernini tuvo que meter un bloque de piedra entre las patas. Lo disimuló con la gualdrapa, y por eso el elefante parece tan macizo.

    Y la venganza, dicen, fue sutil. Fíjate hacia dónde apunta la parte trasera del elefante: directamente hacia el convento de los dominicos, con la cola ligeramente apartada, como si el animal se despidiera de los frailes con un gesto muy poco piadoso. Nadie ha demostrado que fuera intencionado... pero los romanos no tienen ninguna duda.

    Aquellos frailes, por cierto, pertenecían a la orden fundada por un castellano, Santo Domingo de Guzmán, nacido en Caleruega, en tierras de Burgos. Y en ese mismo convento, en 1633, Galileo Galilei se arrodilló para abjurar de la idea de que la Tierra gira alrededor del Sol. Ahora sal de la plaza hacia el este por Via del Piè di Marmo, donde un enorme pie de mármol romano descansa en plena acera, y sigue hasta una plaza que parece un decorado de teatro.

  6. 6. Sant'Ignazio: la cúpula que no existe

    Piazza di Sant'Ignazio, 00186 Roma RM, Italy

    Detente en la plaza de Sant'Ignazio y gira despacio sobre ti mismo. Los edificios que la rodean tienen fachadas curvas, ondulantes, con esquinas redondeadas, como los bastidores de un teatro. Y eso es lo que es: un decorado del siglo XVIII, diseñado por Filippo Raguzzini, donde la fachada de la iglesia hace de público... o de escenario, según se mire.

    La iglesia está dedicada a San Ignacio de Loyola, el vasco que fundó la Compañía de Jesús. Nacido en 1491 en Azpeitia, en Gipuzkoa, era un hombre de armas ambicioso hasta que una bala de cañón le destrozó la pierna en la defensa de Pamplona, en 1521. Durante la convalecencia pidió novelas de caballerías, solo encontró vidas de santos, y cambió de vida. Acabó en Roma, fundó aquí al lado el Colegio Romano y murió en esta ciudad en 1556.

    Entra y camina por la nave central hasta un disco de mármol marcado en el suelo. Mira hacia arriba. El techo se abre en un cielo lleno de figuras que vuelan hacia la luz: es la Apoteosis de San Ignacio, pintada a finales del siglo XVII por un hermano jesuita, Andrea Pozzo, que prolongó la arquitectura con el pincel. En las esquinas, cuatro figuras femeninas representan los continentes, América incluida. Desde el punto exacto no sabes dónde acaba la piedra y dónde empieza la pintura.

    Luego avanza hacia el crucero y mira la cúpula. Preciosa, ¿verdad? Pues no existe. Es un lienzo plano, pintado por Pozzo con una perspectiva tan precisa que parece una cúpula de verdad. La real nunca se construyó: faltó dinero, y se cuenta que los dominicos vecinos protestaron porque les quitaría la luz de su biblioteca. Pozzo resolvió el problema con un pincel. Eso sí, apártate unos pasos y verás cómo la ilusión se deforma: el truco solo funciona desde un punto.

    Una curiosidad antes de irte: San Ignacio fue canonizado el 12 de marzo de 1622, el mismo día que otros cuatro santos, tres de ellos también españoles: Francisco Javier, Teresa de Ávila e Isidro Labrador. Al final de este paseo, Teresa te estará esperando. Ahora sal de la plaza hacia el norte por la callecita de Via de' Burrò y en un minuto llegarás a una plaza donde un templo romano se ha convertido en edificio de oficinas.

  7. 7. Piazza di Pietra: el templo de Adriano y la columna de Marco Aurelio

    Piazza di Pietra, 00186 Roma RM, Italy

    Ante ti, a lo largo de toda la plaza, se alinean once columnas de mármol enormes, estriadas, gastadas y ennegrecidas, incrustadas en la fachada de un edificio con ventanas modernas. Es como si un templo romano se hubiera quedado atrapado dentro de una oficina. Y, en cierto modo, eso es exactamente lo que pasó.

    Es el templo de Adriano, el mismo emperador del Panteón. Lo dedicó su hijo adoptivo y sucesor, Antonino Pío, en el año 145, cuando Adriano ya había sido declarado dios. De su gran columnata sobreviven estas columnas corintias de casi quince metros. A finales del siglo XVII, el papa Inocencio XII mandó construir aquí la aduana de Roma, la Dogana di Terra, aprovechando los restos del templo como fachada.

    Desde entonces el edificio no ha dejado de cambiar de oficio: tras la aduana fue sede de la Bolsa de Roma, y hoy pertenece a la Cámara de Comercio, que lo usa para congresos y exposiciones. Aduaneros, corredores de bolsa, funcionarios... casi dos mil años de trámites bajo las mismas columnas. Acércate y mira el mármol: está lleno de golpes, agujeros y cicatrices, las huellas de siglos de reutilización.

    Ahora toma la callejuela que sale hacia el norte, Via dei Bergamaschi, y en un minuto estarás en Piazza Colonna, frente a una columna de casi treinta metros envuelta en una espiral de relieves. Es la columna de Marco Aurelio, el emperador filósofo, hijo adoptivo de Antonino Pío. Narra sus guerras contra los pueblos germánicos del Danubio, y una de sus escenas más famosas muestra un milagro: un dios de la lluvia, con alas y barba chorreante, que salva al ejército romano de morir de sed.

    En 1589 el papa Sixto V la hizo restaurar y colocó en la cima una estatua de San Pablo, igual que había puesto a San Pedro sobre la columna de Trajano. Pero en la inscripción de la base se equivocaron de emperador y la atribuyeron a Antonino Pío. Al lado está el Palazzo Chigi, sede de la presidencia del Gobierno italiano. Cruza Via del Corso, toma Via delle Muratte y déjate guiar por el rumor del agua.

  8. 8. Fontana di Trevi: Océano y las monedas

    Piazza di Trevi, 00187 Roma RM, Italy

    Lo oyes antes de verlo: un rugido de agua que crece al doblar la esquina, y de pronto la plaza diminuta se llena con una fachada de palacio convertida en fuente, rocas, caballos encabritados, tritones y, en el centro, un gigante de mármol de pie sobre una concha. Es la Fontana di Trevi, y casi no cabe en su propia plaza.

    El agua llega por el Acueducto Virgen, inaugurado por Agripa en el año 19 antes de Cristo, y que todavía funciona más de dos mil años después. La leyenda cuenta que fue una muchacha quien mostró a los soldados romanos el manantial, y por eso se llamó Virgo. Busca el relieve de arriba a la derecha: ahí está la joven señalando el agua. El nombre de Trevi, según la explicación más repetida, viene de tre vie, las tres calles que confluían aquí.

    La fuente que ves costó décadas de proyectos y concursos. En 1732 el papa Clemente XII eligió el diseño de Nicola Salvi, un arquitecto romano poco conocido, y las obras se arrastraron durante treinta años. Salvi murió en 1751 sin verla terminada, y la completó Giuseppe Pannini en 1762. La figura central es Océano, sobre un carro en forma de concha tirado por dos caballos marinos: uno tranquilo y otro desbocado, el mar en calma y el mar en tempestad.

    A la derecha, sobre la balaustrada, hay un gran jarrón de piedra que parece fuera de lugar. Los romanos lo llaman el as de copas, y la historia dice que Salvi lo colocó allí para tapar la vista a un barbero que no paraba de criticar las obras desde su tienda. Y luego está el rito: de espaldas a la fuente, se lanza una moneda con la mano derecha por encima del hombro izquierdo, y eso asegura volver a Roma. Cada año se recoge del fondo más de un millón de euros, que se destina a la caridad.

    En 1960, Federico Fellini metió aquí a Anita Ekberg, con un vestido negro, para la escena más famosa de La dolce vita. Hoy bañarse está prohibido y multado, así que confórmate con la moneda. Cuando te despidas del agua, sube por las cuestas que salen de la plaza hacia el sureste: arriba está la colina del Quirinal, una de las más altas de Roma, donde vivían los papas.

  9. 9. Piazza del Quirinale: el palacio de papas, reyes y presidentes

    Piazza del Quirinale, 00187 Roma RM, Italy

    Has subido a una plaza amplia y abierta por un lado sobre los tejados de Roma: desde la balaustrada, en un día claro, se ve a lo lejos la cúpula de San Pedro. En el centro, dos gigantes desnudos sujetan a dos caballos encabritados junto a un obelisco y una fuente. Y enfrente se extiende un palacio enorme, con guardias en la puerta.

    Es el Palacio del Quirinal. Los papas empezaron a construirlo en 1583, con Gregorio XIII, como residencia de verano: aquí arriba el aire era más sano que en el Vaticano, junto al río y sus fiebres. Acabó siendo su residencia principal durante casi tres siglos, y en él se celebraron varios cónclaves. Cuando Roma pasó a ser la capital de Italia, en 1870, el palacio fue para los reyes de la casa de Saboya, y tras el fin de la monarquía en 1946 se convirtió en la sede de la presidencia de la República.

    El palacio vio escenas de novela. En la noche del 5 al 6 de julio de 1809, soldados de Napoleón escalaron sus muros, entraron en las habitaciones del papa Pío VII y se lo llevaron detenido. Pasó años prisionero y no volvió a Roma hasta 1814. Y en noviembre de 1848, en plena revolución, el papa Pío IX huyó de este palacio disfrazado de simple sacerdote, rumbo a Gaeta, en el reino de Nápoles.

    Los dos colosos del centro son Cástor y Pólux, los Dioscuros, gemelos de la mitología, estatuas romanas de más de cinco metros que adornaban unas termas de esta misma colina. Durante siglos se creyó que eran obra de Fidias y de Praxíteles, porque así lo decían, sin fundamento, las inscripciones de las bases. El obelisco procede del mausoleo de Augusto y se colocó aquí en 1786, y la gran taza de granito de la fuente sirvió durante siglos de abrevadero para el ganado en el Foro.

    Asómate a la balaustrada antes de irte: cúpulas, terrazas, antenas y gaviotas, Roma entera a tus pies. Luego sigue por Via del Quirinale, a lo largo del larguísimo muro del palacio. Pasarás junto a una pequeña joya ovalada de Bernini, Sant'Andrea al Quirinale, y un poco más allá, en el cruce de las cuatro fuentes, te espera la respuesta de Borromini.

  10. 10. San Carlo alle Quattro Fontane: el San Carlino de los trinitarios españoles

    Via del Quirinale 23, 00187 Roma RM, Italy

    Estás en un cruce de calles con una fuente en cada esquina: cuatro figuras recostadas, dos dioses fluviales y dos figuras femeninas, encajadas en los chaflanes de los edificios. Y en una de esas esquinas, una fachada estrecha de piedra que se ondula, entra y sale, como si la iglesia respirara. Es San Carlo alle Quattro Fontane, a la que los romanos llaman con cariño San Carlino.

    Es tan pequeña que, según se dice, cabría entera dentro de uno de los pilares que sostienen la cúpula de San Pedro. Y tiene un vínculo inesperado con España: la encargaron los trinitarios descalzos españoles, una rama reformada en España a finales del siglo XVI, que quería en Roma un convento modesto en una parcela diminuta. Le dieron el trabajo a un arquitecto que hasta entonces había sido ayudante de otros: Francesco Borromini. Fue su primera gran obra en solitario, a partir de 1634.

    Si puedes entrar, mira la cúpula ovalada. Está cubierta de casetones en forma de cruces, octógonos y hexágonos que se van haciendo más pequeños a medida que suben, y eso la hace parecer mucho más alta y profunda de lo que es. La luz entra por ventanas escondidas. Todo es blanco: ni oro ni mármoles de colores, solo geometría y luz. Se cuenta que, una vez terminada, llegaron peticiones de los planos desde media Europa.

    La fachada fue lo último, y también lo último que Borromini proyectó en su vida: la empezó en la década de 1660 y no la vio terminada. Mira cómo el muro se curva hacia dentro, hacia fuera y otra vez hacia dentro, con un ritmo que nadie se había atrevido a darle a la piedra. Y a menos de doscientos metros, calle abajo, está Sant'Andrea al Quirinale, de Bernini, también ovalada, también pequeña, pero rica en mármoles y oro. Las dos rivales, casi frente a frente.

    Antes de irte, colócate en una de las esquinas y mira por las cuatro calles: al fondo de cada una asoma un obelisco o una puerta monumental. Es el urbanismo del papa Sixto V, que trazó grandes avenidas rectas para unir las basílicas de los peregrinos. Ahora sigue por Via XX Settembre hacia el noreste: en pocos minutos llegarás a una iglesia donde una santa de Ávila vive su momento más famoso.

  11. 11. Santa Maria della Vittoria: el éxtasis de Teresa de Ávila

    Via XX Settembre 17, 00187 Roma RM, Italy

    Detrás de una fachada de travertino más bien sobria se esconde una de las escenas más intensas del arte barroco. Entra, deja que tus ojos se acostumbren al brillo de los mármoles y los dorados, y busca en el brazo izquierdo del crucero un pequeño escenario de piedra iluminado desde arriba.

    Es la capilla Cornaro, y en su centro está el Éxtasis de Santa Teresa, que Bernini esculpió entre 1647 y 1652. Teresa de Ávila, la monja reformadora del Carmelo, había contado en su Libro de la vida una visión: un ángel pequeño y hermosísimo le atravesaba el corazón con un largo dardo de oro con la punta encendida, dejándola, escribió, toda abrasada en amor grande de Dios. Bernini tomó esas palabras casi al pie de la letra y las convirtió en mármol.

    Mira a la santa: desmayada sobre una nube, la cabeza echada hacia atrás, los ojos entornados, la boca entreabierta. El ángel sonríe con el dardo en la mano. Los pliegues del hábito se agitan como en una tormenta. Por encima, unos rayos de bronce dorado reciben la luz de una ventana escondida que Bernini colocó para que el resplandor pareciera bajar del cielo. Más de un visitante ha salido murmurando que aquel éxtasis parecía muy poco espiritual... y el debate dura ya casi cuatro siglos.

    Ahora mira a los lados. En dos palcos, como en un teatro, varios miembros de la familia Cornaro, la del cardenal veneciano que pagó la capilla, conversan, leen y comentan la escena. Son espectadores, igual que tú. Según su hijo, Bernini consideraba esta capilla la menos mala de sus obras... lo cual, viniendo de él, era el mayor de los elogios.

    La propia iglesia lleva nombre de batalla: celebra la victoria católica de la Montaña Blanca, cerca de Praga, en 1620, atribuida a una imagen de la Virgen que llevaba consigo un carmelita aragonés, fray Domingo de Jesús María. Así termina este paseo: con una santa de Ávila convertida en mármol por Bernini, a pocas calles de la iglesia de Borromini para los trinitarios españoles. Desde aquí, Via XX Settembre te lleva en pocos minutos hacia Piazza della Repubblica y la estación de Termini... pero tómate tu tiempo para salir.