Múnich de los Wittelsbach: del Stachus a la Residencia y la Feldherrnhalle
Siete siglos de duques, príncipes electores y reyes de Baviera en el centro histórico de Múnich: la huella del diablo, la tumba de Luis II, el Glockenspiel, los patios de la Residencia y el Hofgarten
Munich · 12 stops · 30 min audio · Generated
-
1. Karlsplatz (Stachus) y el Karlstor: el príncipe al que nadie quiso
Karlsplatz, 80335 München, Germany
Ponte de espaldas al tráfico y al surtidor de la fuente, y mira la puerta de piedra con sus dos torres redondas: es el Karlstor, la entrada occidental del viejo Múnich. Por ese arco pasaban los carros que llegaban de Augsburgo, y al otro lado empieza la calle peatonal que te va a llevar, paso a paso, al corazón de una dinastía.
La puerta es medieval. Formaba parte de la segunda muralla de la ciudad, levantada hacia 1300, y durante siglos se llamó Neuhauser Tor. Su nombre actual se lo debe a un príncipe elector que llegó en 1777 desde el Palatinado, Carlos Teodoro. Él mandó derribar buena parte de las fortificaciones, abrir esta plaza y bautizarla con su propio nombre en 1791. Un gesto de ciudad moderna... y también un gesto de vanidad.
El problema es que los muniqueses no lo querían. Carlos Teodoro heredó Baviera por una carambola dinástica, cuando se extinguió la rama bávara de los Wittelsbach, y nunca disimuló que echaba de menos su corte de Mannheim. Peor todavía: negoció con los Habsburgo cambiar Baviera entera por los Países Bajos austriacos, más o menos la Bélgica de hoy. Así que la ciudad se vengó a su manera. Nadie dice Karlsplatz. Todo el mundo dice Stachus, y la explicación más repetida es que el nombre viene de una taberna con jardín que regentaba por aquí un tal Eustaquio Föderl. Dos siglos después, el tabernero le sigue ganando al príncipe.
La puerta tampoco se libró de los sustos. En el siglo diecinueve una explosión de pólvora destrozó la torre central que la coronaba, y lo que ves hoy es en buena parte una reconstrucción de aire neogótico. Y bajo tus pies hay otra ciudad: en los años setenta, con la llegada del metro y del tren de cercanías, se excavó debajo de la plaza un laberinto de pasillos, tiendas y andenes.
Cruza ahora la puerta. Al otro lado empieza la Neuhauser Straße, parte de la antigua ruta de la sal que atravesaba Múnich de oeste a este, y que hizo rica a la ciudad. A pocos pasos, a tu izquierda, verás una fachada blanca cubierta de estatuas de duques y emperadores. Ahí empieza de verdad la historia de esta familia.
-
2. Michaelskirche: la cripta de Luis II
Neuhauser Straße 6, 80333 München, Germany
Detente frente a la fachada blanca de la Michaelskirche y busca, entre los dos portales, la figura de bronce: un arcángel san Miguel con las alas abiertas que aplasta a un demonio medio hombre, medio bestia. Encima, en hornacinas, una fila de duques, reyes y emperadores de piedra, como un árbol genealógico colgado sobre la calle.
Esta iglesia la quiso el duque Guillermo V, al que llamaron el Piadoso. Era la época de la Contrarreforma, y Baviera había elegido bando: católica, fiel a Roma, con los jesuitas como punta de lanza. Las obras empezaron en 1583, y el resultado fue la mayor iglesia renacentista al norte de los Alpes, con una bóveda de cañón de unos veinte metros de ancho, sin columnas que la sostengan, de las más atrevidas de su tiempo.
En 1590, en plena obra, la torre se vino abajo y aplastó parte del coro. Cualquiera habría visto una catástrofe. Guillermo vio un mensaje del cielo: la iglesia era demasiado pequeña. Así que mandó ampliarla. Tanto gastó en ella, y en todo lo demás, que acabó ahogado por las deudas, y en 1597 abdicó en su hijo Maximiliano. Te vas a encontrar a los dos, padre e hijo, en casi todas las paradas de este paseo.
Pero mucha gente entra por otro motivo. Bajo el presbiterio está la cripta de los Wittelsbach, y entre decenas de ataúdes hay uno que casi siempre tiene flores frescas: el del rey Luis II. El rey de los castillos de cuento, el mecenas de Wagner, declarado incapaz por sus ministros y muerto en junio de 1886 en las aguas del lago de Starnberg, junto al psiquiatra que lo vigilaba. Nadie ha aclarado del todo qué pasó aquella noche. Su cuerpo descansa aquí; su corazón, según la costumbre de la familia, se guarda en una urna en el santuario de Altötting.
Dentro hay además un monumento inesperado: el sepulcro de Eugenio de Beauharnais, hijastro de Napoleón, que se casó con una princesa bávara y terminó sus días en Múnich. Lo esculpió el danés Thorvaldsen... un mausoleo napoleónico dentro de un templo jesuita. Sal, sigue por la calle peatonal y gira a la izquierda por la Augustinerstraße: dos torres de ladrillo con cúpulas verdes te están esperando.
-
3. Frauenkirche: la huella del diablo y el emperador
Frauenplatz 12, 80331 München, Germany
Entra en la Frauenkirche y quédate en la penumbra bajo el órgano, sobre las losas del suelo: ahí, marcada en la piedra, hay una huella de pie con una especie de espolón en el talón. Los muniqueses la llaman Teufelstritt, el paso del diablo.
La leyenda cuenta que el maestro de obras hizo un trato con el diablo: él le ayudaría a terminar la iglesia si el templo no tenía ni una sola ventana. Cuando el diablo entró a comprobarlo, se detuvo exactamente aquí, y desde este punto las columnas tapan todas las ventanas. Satisfecho, soltó una carcajada... hasta que dio un paso más y vio la luz entrando por todas partes. Pateó el suelo con tanta rabia que dejó su huella para siempre. Otra versión dice que salió hecho viento, y que por eso sopla tanto alrededor de las torres.
La realidad es casi igual de asombrosa. Jörg von Halsbach levantó esta enorme iglesia de ladrillo entre 1468 y 1488, en apenas veinte años, una velocidad increíble para la época. Las cúpulas de las torres, que hoy son el símbolo de Múnich, se añadieron después, hacia 1525, y se suele decir que imitan las cúpulas orientales que los peregrinos describían en Jerusalén. Las torres rozan los cien metros, y en 2004 los muniqueses votaron en referéndum que ningún edificio nuevo del centro las supere.
Para un paseo sobre reyes, lo importante está cerca de la entrada: un gran monumento oscuro de mármol y bronce, el cenotafio del emperador Luis IV, Luis el Bávaro. Fue el primer Wittelsbach coronado emperador, en Roma, en 1328, y lo hizo enfrentado al papa, que lo excomulgó. El monumento lo encargó casi tres siglos después Maximiliano I, el hijo de Guillermo V, que necesitaba recordar a todo el mundo que su familia ya había llevado la corona imperial. Bajo el coro, en la cripta, descansan otros miembros de la casa.
Desde 1821 este templo es catedral, sede del arzobispo de Múnich y Frisinga. Sal por donde entraste y camina hacia el sureste: en dos minutos se abre la plaza más famosa de la ciudad, con un ayuntamiento que parece una catedral y un reloj que baila.
-
4. Marienplatz: el Glockenspiel y la columna de la Virgen
Marienplatz 8, 80331 München, Germany
Busca un hueco en Marienplatz, levanta la vista hacia la torre del Nuevo Ayuntamiento y localiza, a media altura, los dos pisos de figuritas de colores en el mirador: es el Glockenspiel, el carillón más famoso de Alemania. Cuando empieza a sonar, las figuras giran, y media plaza saca el móvil a la vez.
El edificio engaña. Parece gótico del siglo quince, pero se construyó entre 1867 y 1908, obra de Georg von Hauberrisser. La burguesía muniquesa quería un ayuntamiento tan solemne como los palacios del rey, y en la fachada colocó toda una galería de duques, electores y reyes Wittelsbach. La ciudad y la corona, mirándose de frente.
El carillón, instalado en 1908, cuenta dos historias. En el piso de arriba se celebra una boda real: la de Guillermo V, el de la Michaelskirche, con Renata de Lorena, en 1568. Hay un torneo, y el caballero bávaro de blanco y azul derriba siempre al de Lorena. Aquella boda duró días y se recordó durante generaciones como la fiesta más fastuosa del siglo. En el piso de abajo bailan los toneleros, el Schäfflertanz: se cuenta que, tras una epidemia de peste, fueron los primeros en salir a la calle a bailar para devolver el ánimo a la gente. Al final, un gallito dorado canta tres veces.
En el centro de la plaza se alza la Mariensäule, la columna de la Virgen. La mandó levantar en 1638 el elector Maximiliano I, para dar gracias porque la ciudad no fue arrasada cuando los suecos la ocuparon en la guerra de los Treinta Años. Fíjate en los cuatro angelotes de la base: luchan contra un león, un dragón, una serpiente y un basilisco, que representan la guerra, el hambre, la herejía y la peste.
Y un detalle para los atentos: en lo más alto de la torre del ayuntamiento hay una figurilla, el Münchner Kindl, el niño monje del escudo de la ciudad, porque Múnich nació junto a unos monjes. Ahora camina hacia el este, pasa bajo el arco del Antiguo Ayuntamiento, el edificio gótico blanco que cierra la plaza, y sigue recto por la calle llamada Tal hasta la torre que la corta al fondo.
-
5. Isartor: el triunfo pintado de Luis el Bávaro
Tal 50, 80331 München, Germany
Quédate frente al Isartor, la gran puerta de la muralla con su torre central y sus dos torres más bajas, y busca sobre los arcos el largo fresco de colores: un desfile de caballeros, estandartes, trompetas y un hombre a caballo que avanza entre aclamaciones.
La puerta se levantó en tiempos de Luis el Bávaro, en la primera mitad del siglo catorce, cuando Múnich crecía deprisa y necesitaba una segunda muralla. Por aquí entraba la ruta de la sal, que cruzaba el río unos cientos de metros más allá. La sal era el gran negocio de la ciudad, y quien controlaba el puente y la puerta cobraba peaje a cada carro. Por eso esta entrada era la más importante de todas.
El fresco cuenta un triunfo: la entrada de Luis el Bávaro en Múnich tras la batalla de Mühldorf, en 1322, en la que derrotó y capturó a su primo y rival, Federico el Hermoso de Habsburgo, que le disputaba la corona. Pero no te dejes engañar por el estilo: la pintura no es medieval. Se hizo en el siglo diecinueve, en tiempos del rey Luis I, un monarca obsesionado con recordar las glorias de su familia en cada muro disponible. Es propaganda dinástica con quinientos años de retraso.
La vida de aquel emperador fue una pelea constante. Tras la victoria vino la guerra con el papado: el papa de Aviñón lo excomulgó, y Luis respondió haciéndose coronar en Roma en 1328 sin bendición papal. Murió en 1347, de un ataque repentino durante una cacería de osos cerca de Fürstenfeldbruck, todavía excomulgado. Ya viste su cenotafio en la Frauenkirche: los Wittelsbach nunca dejaron de presumir de él.
Y ahora la sorpresa. Dentro de esta puerta imperial hay un museo dedicado a Karl Valentin, el gran cómico muniqués de comienzos del siglo veinte, maestro del absurdo, al que admiraba el joven Bertolt Brecht. Un emperador en la fachada y un payaso genial en la torre... muy de Múnich. Desanda unos pasos por el Tal y sube hacia el norte por las callejuelas de la derecha: pronto oirás música de metales y entrechocar de jarras.
-
6. Hofbräuhaus: la cervecería de la corte
Platzl 9, 80331 München, Germany
Entra en el Platzl y escucha antes de mirar: música de metales, jarras que chocan, conversaciones en todos los idiomas del mundo. Delante tienes el Hofbräuhaus, la cervecería más famosa del planeta, con su fachada de ventanas en arco y las letras HB coronadas sobre la puerta.
La palabra clave es Hof: corte. En 1589 el duque Guillermo V, el de la Michaelskirche, fundó una cervecería de la corte por una razón muy práctica: la casa ducal importaba cerveza de Einbeck, en el norte de Alemania, y le salía carísima. Mejor fabricarla en casa. Su hijo Maximiliano I fue todavía más listo: se reservó el monopolio de la cerveza de trigo, y durante generaciones aquel privilegio llenó las arcas del Estado bávaro.
Aquella cerveza de Einbeck dejó huella en el idioma. En boca de un bávaro, Einbeck sonaba algo así como ainpock, y de ahí, según la explicación más aceptada, viene la palabra Bock, la cerveza fuerte que todavía se bebe en primavera. Y fue el rey Luis I, ya en el siglo diecinueve, quien abrió la cervecería de la corte a cualquier vecino con sed.
El edificio que ves es de 1897: la fábrica se trasladó al otro lado del río, y aquí quedaron las salas. Su historia no es solo de jarras. El 24 de febrero de 1920, en el gran salón del primer piso, Hitler presentó ante unas dos mil personas el programa del partido que en esos días pasó a llamarse nacionalsocialista. La cervecería, como tantos locales de Múnich, fue escenario de aquellos años, y es justo saberlo mientras uno mira las mesas.
Fíjate, ya dentro, en las taquillas cerradas con candado junto a las mesas: ahí guardan los clientes habituales su propia jarra de piedra, y hay lista de espera para conseguir una. Algunas mesas llevan generaciones reservadas para la misma tertulia. Cuando salgas, toma la Pfisterstraße hacia el oeste. Al final te espera un patio donde, hace setecientos años, vivía un emperador.
-
7. Alter Hof: el primer castillo de los Wittelsbach
Alter Hof 1, 80331 München, Germany
Entra en el patio del Alter Hof y date la vuelta hacia la torre de la puerta: verás un mirador gótico que sobresale de la pared, coronado por un tejadillo de tejas vidriadas de colores dispuestas en rombos. Es lo más parecido que conserva Múnich a la cara de su primera corte.
Aquí empezó todo. Hacia 1255, cuando Baviera se repartió entre dos hermanos, el duque Luis el Severo eligió Múnich como residencia y levantó este castillo pegado a la muralla. Era pequeño y apretado, más fortaleza que palacio. Y en él creció el Wittelsbach más poderoso de la Edad Media: Luis el Bávaro, el emperador del fresco del Isartor. Durante su reinado, el Alter Hof fue residencia imperial, y entre estos muros se guardaron las insignias del Sacro Imperio: la corona, el cetro, la lanza sagrada.
La leyenda más querida del patio es la del mono. Se cuenta que un mono de la corte sacó al pequeño Luis de su cuna y trepó con él hasta lo alto de una torre, mientras abajo la corte entera contenía el aliento. Al final el animal bajó tan tranquilo y devolvió al niño sano y salvo. Por eso los muniqueses llamaron a aquella torre la torre del mono, aunque ya no esté en pie.
¿Por qué se marcharon los duques de aquí? Por miedo a sus propios súbditos. A finales del siglo catorce los burgueses de Múnich se rebelaron más de una vez, y los duques decidieron construirse un castillo nuevo en una esquina de la muralla, rodeado de agua, fuera del alcance de la ciudad: la Neuveste, el núcleo de la futura Residencia. El Alter Hof quedó para oficinas, tesorería y archivos, y así siguió durante siglos.
Mira el patio con otros ojos: casi no hay rastro de oro, ni de mármol, y sin embargo aquí se decidió durante décadas la política de medio imperio. Sal ahora hacia el norte por el Hofgraben, el antiguo foso, y en un par de minutos se abrirá ante ti una plaza enorme, con un rey sentado en el centro.
-
8. Max-Joseph-Platz y el Teatro Nacional: el rey de Napoleón y las óperas de Luis II
Max-Joseph-Platz 2, 80539 München, Germany
Colócate junto al monumento del rey sentado, en el centro de Max-Joseph-Platz, y gira despacio sobre ti mismo: a un lado el templo de columnas del Teatro Nacional, a otro la larga fachada de la Residencia, copiada de los palacios de Florencia, y al tercero el antiguo edificio de Correos con sus arcadas pintadas de rojo.
El hombre de bronce es Maximiliano I José, el primer rey de Baviera. Hasta 1806 era príncipe elector; ese año, gracias a su alianza con Napoleón, Baviera se convirtió en reino y él estrenó corona. Supo además cambiar de bando a tiempo, en 1813, cuando el emperador francés empezaba a perder, y conservó el trono. Dio al país una constitución en 1818, y los muniqueses lo recordaban con cariño. La estatua es de Christian Daniel Rauch y se inauguró en 1835, diez años después de su muerte.
El teatro tiene una historia de fuego. Se inauguró en 1818 y en enero de 1823 ardió durante una función. Hacía tanto frío que el agua estaba helada, y se cuenta que los vecinos intentaron sofocar las llamas con cerveza del Hofbräuhaus, que estaba a dos pasos. No lo consiguieron. Leo von Klenze lo reconstruyó; las bombas lo destruyeron de nuevo en 1943, y no volvió a abrir hasta 1963.
Aquí se escribió un capítulo entero de la historia de la ópera. En 1861 un príncipe de quince años vio Lohengrin en este teatro y quedó deslumbrado para siempre: era el futuro Luis II. Nada más subir al trono llamó a Wagner a Múnich, le pagó las deudas, y aquí se estrenaron Tristán e Isolda en 1865 y Los maestros cantores de Núremberg en 1868. Años después, el rey se hacía representar óperas enteras para él solo, sentado en la oscuridad de una sala vacía.
Ahora camina a lo largo de la fachada de la Residencia por la Residenzstraße. Junto a los portales verás leones de bronce que sostienen escudos: fíjate en lo brillantes que están, porque los muniqueses los frotan al pasar para tener suerte. Haz lo mismo, si quieres, y entra por el portal hacia los patios.
-
9. Los patios de la Residencia: Antiquarium, gruta y fuente de los Wittelsbach
Residenzstraße 1, 80333 München, Germany
Atraviesa el portal de la Residenzstraße y deja que el ruido se quede fuera: estás en los patios públicos de la Residencia, el palacio de los Wittelsbach durante más de cuatro siglos. Pasadizos abovedados, fachadas pintadas, fuentes de bronce... y, muchas veces, casi nadie.
La Residencia no es un palacio, es una pequeña ciudad de palacios. Empezó en 1385 como la Neuveste, aquel castillo rodeado de agua que los duques levantaron para protegerse de los burgueses, y cada generación le fue añadiendo alas, salones y patios, hasta reunir diez. Aquí vivieron duques, electores y reyes hasta noviembre de 1918, cuando el último rey, Luis III, salió de Múnich en plena revolución y la monarquía bávara se acabó en una sola noche.
Detrás de estos muros se esconden dos maravillas que solo se ven desde el museo, pero merece la pena saber que están ahí, a pocos metros de ti. El Antiquarium, construido hacia 1570 para que el duque Alberto V luciera su colección de esculturas antiguas: una sala abovedada de más de sesenta metros de largo, la mayor sala renacentista al norte de los Alpes. Y el patio de las Grutas, el Grottenhof, de la época de Guillermo V, con una gruta artificial forrada de conchas, cristales y piedras de colores y una fuente de Perseo en el centro. Una corte bávara soñando con ser Florencia.
En uno de los pasajes entre patios, busca una gran piedra junto a la pared y, muy arriba, unos clavos hundidos en el muro. La leyenda dice que el duque Cristóbal, llamado el Fuerte, levantó del suelo esa piedra de más de ciento cincuenta kilos a finales del siglo quince, y que los clavos marcan la altura de sus saltos. Nadie ha conseguido repetirlo... o nadie lo ha intentado en serio.
El patio de la Fuente, el Brunnenhof, lo preside la fuente de los Wittelsbach, encargada por Maximiliano I a comienzos del siglo diecisiete. En lo alto está Otón de Wittelsbach, el primero de la familia que recibió Baviera, en 1180; a su alrededor, dioses y figuras de los ríos del país. Así se veía la dinastía: como el manantial del que brotaba todo. Vuelve a la Residenzstraße y síguela hacia el norte, hasta donde la calle desemboca bajo una logia gigantesca.
-
10. Feldherrnhalle: la logia de los generales y el 9 de noviembre de 1923
Odeonsplatz, 80333 München, Germany
Quédate al pie de la escalinata de la Feldherrnhalle, entre sus dos leones de piedra, y mira hacia el norte: la Ludwigstraße se aleja recta como una regla hasta un arco de triunfo lejano. Detrás de ti, tres arcos enormes abiertos al aire, como un escenario de teatro sin telón.
Luis I quería que su capital pareciera Italia, y aquí lo dijo sin disimulo. Encargó a Friedrich von Gärtner una copia de la Loggia dei Lanzi de Florencia, construida entre 1841 y 1844, para honrar al ejército bávaro. Dentro están las estatuas de dos generales: Tilly, el gran jefe católico de la guerra de los Treinta Años, que se había formado en los tercios españoles de Flandes, y Wrede, de las guerras napoleónicas. Un chiste muniqués dice que la logia honra a dos generales, uno que no era bávaro y otro que no era un gran general.
Pero lo que marcó este lugar fue el 9 de noviembre de 1923. Ese día Hitler, Ludendorff y unos dos mil seguidores marcharon desde una cervecería para intentar tomar el poder en Baviera. Aquí, frente a la logia, la Policía del Estado bávaro les cortó el paso. Hubo un tiroteo; murieron cuatro policías y varios golpistas, y el golpe fracasó. Después de 1933, el régimen convirtió la logia en un altar de sus propios muertos: había guardia permanente de las SS y quien pasaba por delante debía hacer el saludo nazi.
Muchos muniqueses preferían dar un rodeo por un callejón que pasa detrás, la Viscardigasse, y la gente lo apodó el callejón de los escaqueados. Hoy una franja de adoquines dorados en el suelo de ese callejón recuerda aquel pequeño gesto de desobediencia, y una placa en la plaza honra a los cuatro policías que murieron defendiendo al Estado frente al golpe.
Antes de irte, compara los dos leones de la escalinata, añadidos en 1906: el que mira hacia la Residencia tiene la boca abierta; el que mira hacia la iglesia, cerrada. Los muniqueses lo explican a su manera: ante el poder se ruge, ante Dios se calla. Ahora cruza la plaza hacia el este y entra por la puerta de arcos en el jardín de la corte.
-
11. Hofgarten y el templete de Diana
Hofgartenstraße 1, 80539 München, Germany
Camina hasta el centro del Hofgarten, donde se cruzan los senderos de grava, y entra bajo la cúpula del pequeño pabellón de arcos: es el templete de Diana. Si tienes suerte habrá alguien tocando el violín o el acordeón, porque la acústica bajo esa cúpula es tan buena que los músicos callejeros se disputan el sitio.
Este jardín lo mandó trazar el elector Maximiliano I entre 1613 y 1617, a la italiana: geometría, setos bajos, avenidas rectas. El templete, de 1615, es su centro exacto. En lo alto de la cúpula hay una figura de bronce que todo el mundo llama Diana, pero que en realidad representa a Tellus Bavarica, la tierra bávara, rodeada de los símbolos de la riqueza del país. La original, obra del taller de Hubert Gerhard, está protegida dentro de la Residencia; arriba ves una copia.
Maximiliano I es el personaje que más veces ha aparecido en este paseo, y no por casualidad. Gobernó medio siglo, de 1597 a 1651, encabezó la Liga Católica en la guerra de los Treinta Años y consiguió para su familia, en 1623, la dignidad de príncipe elector. Construyó, coleccionó, ahorró con fama de tacaño y dejó Baviera convertida en una potencia. También vio a los suecos entrar en Múnich en 1632 y llevarse rehenes para cobrar rescate. Este jardín ordenado era su idea de un mundo en paz.
Mira las arcadas que cierran el jardín por el oeste y por el norte: están decoradas con frescos del siglo diecinueve, encargados por Luis I, que narran la historia de la casa Wittelsbach. Al fondo, hacia el este, verás la Cancillería del Estado bávaro, un edificio de vidrio levantado alrededor de la cúpula del antiguo Museo del Ejército, que la guerra había dejado en ruinas.
Siéntate un momento en un banco: oficinistas comiendo, ancianos jugando a la petanca bajo los árboles, el murmullo de la ciudad muy lejos. Cuesta creer que estás a cien metros de una avenida. Cuando quieras, vuelve hacia la puerta de arcos del oeste. Al cruzarla, tendrás enfrente una fachada amarilla con dos torres y una cúpula: la última parada.
-
12. Theatinerkirche: la iglesia de una promesa
Theatinerstraße 22, 80333 München, Germany
Ponte frente a la fachada amarilla de la Theatinerkirche, con sus dos torres de volutas y la gran cúpula detrás, y fíjate en el color: un ocre cálido que los muniqueses llaman amarillo teatino. Después de tanto gris y tanto ladrillo, parece que el sur de Europa hubiera aterrizado en Odeonsplatz.
Esta iglesia es una promesa cumplida. El elector Fernando María y su esposa, Enriqueta Adelaida de Saboya, juraron levantar el templo más bello si Dios les daba un heredero. En 1662 nació Max Emanuel, y al año siguiente empezaron las obras, con arquitectos italianos y la mirada puesta en Sant'Andrea della Valle, la iglesia de los teatinos en Roma. Enriqueta Adelaida, criada en la corte de Turín, trajo a Múnich el gusto italiano... y la ciudad nunca lo devolvió.
La obra fue lenta. Las torres y la cúpula llegaron a finales del siglo diecisiete, y la fachada que tienes delante no se terminó hasta casi un siglo después, ya en estilo rococó, con el sello de François de Cuvilliés. Dentro, todo es blanco: estucos de hojas, ángeles y conchas sin una gota de color, como si el templo entero estuviera tallado en nata.
Bajo el suelo hay una cripta de la casa Wittelsbach. Allí descansa Maximiliano I José, el rey sentado de la plaza del teatro, y también Otón, el príncipe bávaro que fue rey de Grecia hasta que lo expulsaron en 1862. Max Emanuel, el niño de la promesa, creció para ser un príncipe ambicioso que soñó con la corona de España para su hijo, que murió siendo un niño. Los Wittelsbach estuvieron, por un momento, a un paso de Madrid.
Así termina este paseo: empezaste en una puerta bautizada por un príncipe al que nadie quería y acabas ante una iglesia nacida de la alegría por un heredero. Entre una y otra, siete siglos de duques, electores y reyes que levantaron una ciudad a su medida. Siéntate un momento en la escalinata de la Feldherrnhalle, mira Odeonsplatz... y piensa que todo esto empezó en un castillo pequeño junto a un mono.