La Gran Vía de Madrid: cien años de cúpulas, cines y rascacielos

Del Edificio Metrópolis al Templo de Debod: la avenida que Madrid abrió a golpe de piqueta en 1910, con su primer rascacielos, sus palacios del cine y un atardecer egipcio como final

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  1. 1. Círculo de Bellas Artes: Minerva vigila la Gran Vía

    Calle de Alcalá 42, 28014 Madrid, Spain

    Párate en la acera de la calle de Alcalá, delante de este edificio de piedra clara que sube por escalones, como una tarta de bodas muy seria, y busca con la mirada lo más alto. Allí, sobre la torre, una diosa de bronce con casco y lanza contempla la ciudad. Es Minerva, la diosa de la sabiduría y de las artes, y desde mediados de los años sesenta vigila el comienzo de la Gran Vía.

    El Círculo de Bellas Artes nació en 1880 como una reunión de pintores y escultores que buscaban un sitio donde charlar, exponer y, ya puestos, divertirse. Durante décadas fue famoso por sus bailes de máscaras de Carnaval, a los que acudía medio Madrid disfrazado. Cuando la sociedad creció, encargó su sede a Antonio Palacios, el arquitecto gallego que también levantó el Palacio de Comunicaciones de Cibeles y diseñó las primeras estaciones del metro. El edificio se inauguró en 1926 y es un rompecabezas de volúmenes: cada cuerpo parece apoyado en el anterior, hasta rematar en esa torre.

    Pero el verdadero tesoro está arriba. Desde su azotea, la ciudad se abre como un mapa: a tus pies, la cúpula negra y dorada del Edificio Metrópolis, y detrás, la Gran Vía doblándose hacia el oeste entre fachadas que parecen sacadas de París, de Chicago y de Nueva York a la vez. Desde allí entiendes lo que fue esta calle: una herida enorme abierta a golpe de piqueta en el Madrid viejo, para que la capital pareciera, por fin, una metrópoli moderna.

    Y aquí va la paradoja más madrileña de todas. En 1886, más de veinte años antes de que se derribara una sola casa, los teatros ya se reían de la Gran Vía. La zarzuela La Gran Vía, con música de Federico Chueca y Joaquín Valverde, convertía en personajes a las calles que el proyecto amenazaba con borrar, y el público salía tarareando sus melodías. Madrid tuvo canción antes que avenida... y durante años pareció que la avenida no iba a llegar nunca.

    Al final llegó, en tres tramos, entre 1910 y 1929, y se llevó por delante cientos de casas y decenas de callejuelas. Lo que vas a recorrer ahora es ese experimento: medio siglo de arquitectura en poco más de un kilómetro, del adorno parisino al rascacielos americano y a los gigantes de la posguerra. Cruza Alcalá con cuidado y camina hacia el oeste, hasta la gran cúpula que parte la calle en dos.

  2. 2. Edificio Metrópolis: la proa dorada de la Gran Vía

    Calle de Alcalá 39, 28014 Madrid, Spain

    Tienes delante la imagen de todas las postales de Madrid: un edificio en forma de cuña, redondeado en la punta como la proa de un barco, con una cúpula de pizarra negra salpicada de oro y, encima, una figura alada con los brazos abiertos. A su derecha arranca la Gran Vía; a su izquierda sigue, cuesta arriba, la calle de Alcalá.

    Lo encargó una aseguradora, La Unión y el Fénix, y lo diseñaron dos arquitectos franceses, los hermanos Jules y Raymond Février. Se construyó entre 1907 y 1911, así que es un poco mayor que la propia avenida: cuando se inauguró, la Gran Vía era todavía un caos de derribos y polvo. Por eso su estilo mira a París y no a Nueva York: columnas pareadas, balcones, grupos escultóricos alegóricos y esa cúpula pensada para verse desde lejos, como un faro para quien subía desde Cibeles.

    Fíjate en la estatua de lo alto, porque no es la original. La compañía coronó su edificio con su emblema, un ave fénix con una figura humana a lomos. En 1972 el edificio cambió de dueño, y la aseguradora se llevó su fénix a su sede del Paseo de la Castellana. El nuevo propietario, la compañía Metrópolis, colocó en su lugar una Victoria alada del escultor Federico Coullaut-Valera. Así, un edificio que los madrileños habían llamado durante sesenta años el de la Unión y el Fénix acabó llevando el nombre de otra empresa... y nadie volvió a llamarlo de otra manera.

    Ahora mira al otro lado de la boca de la Gran Vía. Allí está la iglesia de San José, la antigua iglesia del convento carmelita de San Hermenegildo, donde en 1802 se casó un joven caraqueño de dieciocho años llamado Simón Bolívar. Y fue junto a ella, en la casa del cura de la parroquia, donde el 4 de abril de 1910 el rey Alfonso XIII dio con una piqueta de plata el primer golpe de las obras de la Gran Vía. La avenida nació, literalmente, derribando la casa de un párroco.

    Pegado a la iglesia, el número 1 de la Gran Vía es el Edificio Grassy, con su templete circular y su reloj, levantado en plena Primera Guerra Mundial. Ahora vamos a desviarnos un momento: sigue por la acera de Alcalá, cuesta arriba hacia Sol, hasta un palacio barroco al que la Ilustración le afeitó la fachada, y un casino que se estrenó el mismo año que la avenida.

  3. 3. Real Academia de San Fernando y Casino de Madrid: dos palacios en Alcalá

    Calle de Alcalá 13, 28014 Madrid, Spain

    Detente ante este palacio sobrio, casi severo, de ventanas ordenadas y piedra gris, y fíjate en su planta baja: unos bloques de piedra rugosa que parecen demasiado salvajes para el resto de la fachada. No es un descuido. Es la cicatriz de una operación estética del siglo XVIII.

    El edificio lo levantó José Benito de Churriguera hacia 1725 para un banquero navarro, Juan de Goyeneche, y lucía la decoración barroca más exuberante, esa que hoy llamamos churrigueresca precisamente por su familia. Pero en 1773 lo compró la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, la institución encargada de enseñar el buen gusto neoclásico. ¿Y qué hizo? Encargó a Diego de Villanueva que le arrancara los adornos. Una academia de arte afeitando a un palacio para que no escandalizara a sus alumnos... difícil encontrar una declaración de principios más clara.

    Dentro se guarda una de las colecciones más sorprendentes de Madrid. Goya fue académico y llegó a dirigir la enseñanza de pintura, y aquí cuelgan obras suyas tan inquietantes como El entierro de la sardina. En el mismo edificio está la Calcografía Nacional, que conserva las planchas de cobre de muchos de sus grabados. Y por sus aulas pasaron dos alumnos poco disciplinados: un Picasso adolescente, que se matriculó en 1897 y apenas pisó las clases, y Salvador Dalí, que fue expulsado en 1926.

    Ahora mira el edificio de al lado, mucho más festivo, con su fachada cargada de balcones, columnas y esculturas. Es el Casino de Madrid, un club fundado en 1836, que estrenó esta sede en 1910... justo el año en que, unos metros más abajo, empezaban los derribos de la Gran Vía. Durante más de un siglo, tras esas ventanas se han celebrado bailes, banquetes y tertulias en salones que muy pocos madrileños han pisado.

    Dos ideas de ciudad, pared con pared: la academia que predicaba el orden y el casino que celebraba el lujo. La Gran Vía tomará un poco de cada una, y no siempre en las mismas proporciones. Ahora sube por la calle de la Virgen de los Peligros, que corre junto al Casino, hasta la calle del Caballero de Gracia, donde te espera un templo que tuvo que cambiar de cara por culpa de la avenida.

  4. 4. Real Oratorio del Caballero de Gracia: el templo de las dos caras

    Calle del Caballero de Gracia 5, 28013 Madrid, Spain

    Estás en una calle estrecha y tranquila, a un paso del estruendo, frente a una fachada clásica con columnas encajada entre edificios, como un libro antiguo en una estantería moderna. Es el Real Oratorio del Caballero de Gracia, y guarda una peculiaridad que descubrirás si luego te asomas a la Gran Vía: este templo tiene dos caras.

    Su historia empieza con un personaje de novela. Jacobo Gratij, un noble italiano de Módena, llegó a Madrid en el siglo XVI al servicio de un enviado del papa, se quedó, se hizo sacerdote y fundó una congregación dedicada al culto eucarístico. Los madrileños lo llamaron el Caballero de Gracia, y su apodo acabó dando nombre a la calle. La tradición popular lo pinta como un galán de juventud agitada que terminó sus días entre rezos, y asegura que vivió cerca de cien años.

    El oratorio que ves lo diseñó, a finales del siglo XVIII, Juan de Villanueva, el mismo arquitecto del Museo del Prado. Por dentro es una basílica romana en miniatura: una nave flanqueada por columnas corintias, proporciones medidas al milímetro y una sensación de grandeza que no cabe en un solar tan pequeño. Muchos lo consideran una joya escondida del neoclasicismo madrileño, y la mayoría de quienes pasan por la Gran Vía no sabe que existe.

    Entonces llegó la avenida. Su trazado pasaba justo por detrás del templo, y la cabecera, que hasta entonces daba a un patio, quedó de repente expuesta a la calle nueva. En los años de las obras, el arquitecto Carlos de Luque le añadió una fachada hacia la Gran Vía, y desde entonces el oratorio da la cara a una calle tranquila y la espalda, muy bien vestida, a la avenida más ruidosa de Madrid.

    Y hay un guiño final. En la zarzuela La Gran Vía, de 1886, uno de los números más famosos es el vals del Caballero de Gracia, en el que la calle, convertida en personaje, se presenta como un señorito presumido que enamora a todas. Aquel vals se sigue cantando más de un siglo después. Sal ahora a la Gran Vía y camina hacia el oeste hasta el gran cruce donde la avenida se encuentra con Montera, Hortaleza y Fuencarral: allí te espera el primer rascacielos de Madrid.

  5. 5. Edificio Telefónica: el primer rascacielos de Madrid

    Gran Vía 28, 28013 Madrid, Spain

    Echa la cabeza hacia atrás todo lo que puedas: esta torre escalonada de piedra clara, con su remate barroco allá arriba, fue en 1929 el edificio más alto de Madrid y uno de los primeros rascacielos de Europa. Unos noventa metros de altura en una ciudad donde, hasta entonces, mandaban las cúpulas de las iglesias.

    La Compañía Telefónica Nacional de España nació en 1924, con capital de la estadounidense ITT, y quiso una sede que lo dijera bien alto. Por eso esto es un rascacielos de estructura de acero, a la manera de Nueva York, disfrazado de palacio madrileño. El proyecto lo firmó el joven arquitecto Ignacio de Cárdenas, que trabajó codo con codo con los técnicos americanos de la compañía. El resultado es un híbrido delicioso: esqueleto de Manhattan, adornos del barroco castizo.

    Durante la Guerra Civil, el frente quedó a pocos kilómetros, en la Casa de Campo y la Ciudad Universitaria. Desde lo alto de la Telefónica se dominaba el horizonte, y por eso servía de observatorio; y como se veía desde todas partes, era también una referencia para la artillería. Los proyectiles caían a lo largo de la avenida con tanta frecuencia que los madrileños la apodaron la avenida de los obuses. Aquí trabajaban los corresponsales extranjeros, que transmitían sus crónicas bajo la censura de prensa, dirigida durante un tiempo por el escritor Arturo Barea.

    Ahora baja la vista al cruce: es la Red de San Luis. En el centro hubo durante medio siglo un templete monumental diseñado por Antonio Palacios, el acceso a la estación de metro, que se inauguró en 1919 con la primera línea de la ciudad. En 1970 lo desmontaron para ganar espacio... y, años después, acabó en O Porriño, el pueblo gallego donde nació Palacios. Un trocito de la Gran Vía vive hoy a seiscientos kilómetros de aquí.

    En este cruce termina el primer tramo de la avenida y empieza el segundo, más ancho y más comercial, el de los grandes almacenes y los cines de estreno. Sigue la Gran Vía hacia el oeste, por cualquiera de sus aceras, hasta que se abra a tu izquierda una plaza llena de pantallas y de gente: Callao.

  6. 6. Plaza del Callao: el corazón de los cines de la Gran Vía

    Plaza del Callao, 28013 Madrid, Spain

    Mira a tu alrededor: pantallas gigantes, luces, gente que ha quedado aquí porque en Madrid todo el mundo queda en Callao, y alrededor de la plaza, como los palcos de un teatro, algunos de los mejores edificios de los años veinte de la ciudad. Si la Gran Vía fue alguna vez el Broadway madrileño, aquí estaba su patio de butacas.

    El nombre no tiene nada que ver con callarse. Recuerda el combate naval del Callao, en 1866, cuando una escuadra española bombardeó ese puerto peruano y los dos países se proclamaron vencedores. La plaza es más antigua que la avenida: nació de los derribos que ordenó José Bonaparte, el rey al que los madrileños apodaron Pepe Plazuelas por su manía de abrir plazas. Cuando se trazó el segundo tramo de la Gran Vía, Callao quedó convertido en una encrucijada.

    Fíjate en el edificio alto que hace esquina con la avenida: es el Palacio de la Prensa, levantado a finales de los años veinte por Pedro Muguruza para la Asociación de la Prensa de Madrid, con un gran cine en su interior. Y en la plaza, el Cine Callao, de 1926, obra de un jovencísimo Luis Gutiérrez Soto, que después llenaría Madrid de cines y de edificios modernos. Dos arquitectos, dos estilos, una misma obsesión: que ir al cine fuera una ceremonia.

    Durante buena parte del siglo XX, estrenar en Callao era estrenar en España. Las colas daban la vuelta a la manzana, los carteles se pintaban a mano en lienzos enormes colgados de las fachadas, y una película de éxito podía pasar meses en la misma sala. Muchos de aquellos cines de la Gran Vía han cerrado o se han convertido en tiendas y teatros de musicales, pero esta plaza sigue siendo el escenario de los grandes estrenos, con alfombra roja incluida.

    La avenida ha cambiado de nombre más veces que de cines. Cada tramo tuvo el suyo: Conde de Peñalver, Pi y Margall, Eduardo Dato. Durante el franquismo toda ella se llamó oficialmente Avenida de José Antonio, aunque los madrileños nunca dejaron de decir Gran Vía, y en 1981 recuperó oficialmente su nombre. Ahora acércate a la esquina de enfrente, donde un edificio curvo con un anuncio luminoso parece zarpar hacia la Plaza de España.

  7. 7. Edificio Carrión: el transatlántico del anuncio de Schweppes

    Gran Vía 41, 28013 Madrid, Spain

    Delante de ti, la avenida gira y un edificio la acompaña doblando la esquina como la proa de un transatlántico: bandas horizontales, ventanas corridas, una torre que se eleva por escalones... y, en lo alto, el anuncio luminoso de Schweppes, que lleva décadas parpadeando sobre Callao.

    Es el Edificio Carrión, aunque casi todo el mundo lo llama Capitol, por el cine que guarda dentro. Lo levantaron entre 1931 y 1933 los arquitectos Vicente Eced y Luis Martínez-Feduchi, y su modelo no estaba en París sino en Alemania: las curvas dinámicas del expresionismo, los grandes almacenes que Erich Mendelsohn construía por aquellos años. Si el Metrópolis era un caballero con levita, el Carrión es un coche de carreras.

    Era un edificio pensado para vivir en el futuro: cine, hotel, apartamentos, cafetería y oficinas, todo en una sola manzana. El solar era triangular y difícil, y los arquitectos convirtieron el problema en el argumento: la esquina curva es la que da al edificio su silueta inconfundible, la que aparece en cualquier foto de la Gran Vía de noche. Las obras empezaron con la Segunda República recién proclamada, y el edificio respira ese optimismo de los primeros años treinta.

    El anuncio de Schweppes llegó en los años setenta y, con el tiempo, se ha vuelto parte del paisaje tanto como la piedra. El cine lo ha usado una y otra vez: en El día de la bestia, la película de Álex de la Iglesia de 1995, el desenlace transcurre colgando de ese mismo letrero, sobre el tráfico de la avenida. Pocas ciudades le tienen tanto cariño a un anuncio de tónica.

    Un consejo: vuelve por aquí cuando anochezca. Las letras se encienden, la curva del edificio se ilumina y entiendes por qué los fotógrafos de medio mundo plantan aquí su trípode. Ahora sigue por la Gran Vía cuesta abajo, hacia el oeste, por el tercer tramo de la avenida, el último en terminarse. Detente cuando veas, a tu derecha, la marquesina del Teatro Coliseum.

  8. 8. Edificio Coliseum: la casa que pagaron las zarzuelas

    Gran Vía 78, 28013 Madrid, Spain

    Mira la fachada alta y ordenada del número 78, con el nombre del Coliseum sobre la entrada. Parece un edificio de oficinas más en la avenida... pero detrás hay una historia preciosa, porque este edificio lo pagaron, literalmente, las canciones que silbaba toda España.

    Su promotor fue Jacinto Guerrero, un músico nacido en Ajofrín, un pueblo de Toledo, que llegó a ser uno de los compositores de zarzuela más populares de su tiempo. Los gavilanes, El huésped del sevillano, La rosa del azafrán... sus melodías se cantaban en las cocinas, en los cafés y en los organillos de las verbenas. Y con lo que ganó con ellas decidió hacer algo que pocos artistas se atreven a hacer: construirse su propio teatro en la avenida de moda.

    El proyecto lo firmaron Pedro Muguruza, el mismo del Palacio de la Prensa, y Casto Fernández-Shaw, un arquitecto fascinado por la modernidad, autor de una gasolinera de 1927 en la calle de Alberto Aguilera que todavía hoy parece una nave espacial. Y aquí hay un guiño de familia: Casto era hijo de Carlos Fernández Shaw, libretista de zarzuelas como La revoltosa. El hijo del libretista levantando la casa del compositor... la zarzuela, otra vez, metida en los cimientos de la Gran Vía.

    El Coliseum abrió en 1932 como teatro y cine, con una sala enorme para la época, y desde entonces ha vivido de todo: revistas, estrenos de películas, conciertos y, en las últimas décadas, grandes musicales. Fíjate en cómo la fachada ya no tiene nada de parisino: líneas rectas, volúmenes limpios, una verticalidad que anuncia lo que viene unos metros más allá. Y la calle que baja junto a la Plaza de España lleva hoy el nombre del compositor: la calle del Maestro Guerrero.

    Jacinto Guerrero murió en 1951, en plena posguerra, cuando a pocos pasos de su teatro ya crecía un gigante de ladrillo que iba a cambiar el perfil de Madrid. No llegó a verlo terminado. Sigue unos pasos más hacia el oeste, hasta donde la Gran Vía desemboca en la Plaza de España, y levanta la vista hacia esa mole que se alza en la esquina.

  9. 9. Edificio España: el gigante de la posguerra

    Gran Vía 84, 28013 Madrid, Spain

    Ahora tienes encima un gigante: un bloque inmenso de ladrillo y piedra que sube en escalones hasta más de cien metros, con una portada de aire barroco en la base, como si un palacio de los Austrias se hubiera estirado hasta tocar las nubes. Es el Edificio España, y cuando se terminó, en 1953, era el más alto del país.

    Lo proyectaron los hermanos Julián y Joaquín Otamendi para su propia inmobiliaria, en plena posguerra, cuando el acero escaseaba y España vivía aislada del mundo. Era una ciudad vertical de 117 metros: hotel, viviendas, oficinas, tiendas y galerías comerciales bajo un mismo techo. Para muchos madrileños, subir a sus plantas altas y ver la sierra de Guadarrama era una excursión en sí misma.

    Su estilo dice mucho de su tiempo. Mientras Nueva York empezaba a construir torres de vidrio, aquí se eligió un lenguaje que miraba al pasado: ladrillo, piedra, frontones, portadas barrocas. Era la imagen que el régimen quería dar de sí mismo, modernidad por dentro y tradición por fuera. Por eso el edificio es a la vez un orgullo de la ciudad y una cápsula del tiempo de los años cincuenta.

    Y estuvo a punto de desaparecer. A partir de 2006 quedó vacío, cambió varias veces de dueño y uno de sus compradores pretendió derribarlo casi por completo. La ciudad se plantó: la fachada estaba protegida y tenía que quedarse. Tras años de polémica, el interior se rehízo de arriba abajo y el edificio reabrió en 2019 como hotel, con una terraza en lo alto desde la que hoy se ve todo Madrid.

    Con él, la Telefónica dejó de ser el techo de Madrid después de más de veinte años. Pero el reinado del Edificio España también duró poco: en la esquina norte de la plaza, al otro lado de la calle de la Princesa, iba a crecer enseguida una torre todavía más alta. Cruza con cuidado hacia ese lado de la plaza y mírala desde su base.

  10. 10. Torre de Madrid: la jirafa de hormigón

    Plaza de España 18, 28008 Madrid, Spain

    Desde aquí abajo cuesta abarcarla entera: una lámina clara y estrecha que sube y sube, mucho más esbelta que su vecino, rematada por antenas. Los madrileños la bautizaron enseguida como la jirafa. Es la Torre de Madrid, y con sus 142 metros dejó pequeño al Edificio España apenas unos años después de que este se terminara.

    La firmaron los mismos hermanos Otamendi, que así se superaban a sí mismos en la misma plaza. Las obras empezaron en 1954 y terminaron en 1960, y su estructura es de hormigón armado, no de acero, algo poco habitual para un rascacielos de esa altura. Durante un tiempo se presentó como el edificio de hormigón más alto del mundo, un título que en la España de entonces sonaba casi a hazaña espacial.

    Fue durante décadas el techo de España, hasta que a finales de los años ochenta los nuevos rascacielos del norte de la Castellana empezaron a superarla. Hoy las torres del antiguo recinto de la Ciudad Deportiva del Real Madrid le sacan más de cien metros. Aun así, ninguna tiene su presencia: la Torre de Madrid está en pleno centro, mirando a la sierra, al Palacio Real y a la Casa de Campo.

    Si alguna vez contemplas Madrid desde el oeste, desde la Casa de Campo o el Parque del Oeste, fíjate en el horizonte: la cúpula de la Almudena, el Palacio Real... y estas dos torres de la Plaza de España, que son desde hace más de sesenta años la firma de la ciudad. Ningún rascacielos posterior ha conseguido quitarles ese papel.

    Hay una ironía en todo esto: los rascacielos de la Gran Vía nacieron para que Madrid se pareciera a Nueva York, y acabaron pareciéndose solo a Madrid. Cada uno es hijo de su década, del optimismo de los años veinte a la autarquía de los cincuenta, y juntos cuentan el siglo mejor que muchos libros. Ahora entra en la plaza, hacia su centro, donde un escritor de piedra mira pasar a sus dos personajes más famosos.

  11. 11. Plaza de España: Cervantes, don Quijote y Sancho

    Plaza de España, 28008 Madrid, Spain

    Camina hasta el gran monumento del centro y colócate frente a las dos figuras de bronce: un caballero flaco y altísimo sobre un caballo en los huesos y, a su lado, un hombre bajito y redondo sobre un burro. Don Quijote y Sancho Panza. Detrás de ellos, sentado en piedra, los contempla su creador, Miguel de Cervantes.

    La idea nació para el tercer centenario de la muerte de Cervantes, que se cumplía en 1916. Se convocó un concurso y lo ganaron el arquitecto Rafael Martínez Zapatero y el escultor Lorenzo Coullaut Valera. Pero las obras fueron lentísimas: el monumento se inauguró a medias en 1929 y no se dio por terminado hasta 1957, cuando el hijo del escultor, Federico Coullaut-Valera, completó las figuras que faltaban. Sí, el mismo que puso la Victoria alada sobre el Metrópolis, al principio de la avenida.

    Busca a las dos mujeres a los lados del conjunto: en realidad son la misma, vista de dos maneras. Una es Aldonza Lorenzo, la labradora de carne y hueso del Toboso. La otra es Dulcinea, la dama idealizada que don Quijote cree ver en ella. Realidad y fantasía, una frente a otra, como en toda la novela. Y en lo más alto del monumento, un globo terráqueo recuerda que el Quijote se lee en todo el mundo.

    La plaza tiene su propia memoria. Aquí se alzaba el cuartel de San Gil, escenario en 1866 de una sublevación de sargentos que terminó con decenas de fusilados, y que fue derribado a comienzos del siglo XX. En su lugar se abrió esta gran explanada, que en 2021 se reformó a fondo: menos coches, más árboles y un paseo peatonal que la une con el entorno del Palacio Real.

    Mira por última vez a la pareja de bronce: Sancho, con su sombrero y su panza, parece hablarle a su señor mientras cabalgan, como si siguieran discutiendo después de cuatro siglos. Ahora deja la plaza por su lado oeste, cruza la calle de Ferraz y sube a la colina del parque, donde te espera un templo de más de dos mil años... y la mejor puesta de sol de Madrid.

  12. 12. Templo de Debod: un atardecer egipcio en Madrid

    Calle de Ferraz 1, 28008 Madrid, Spain

    Sube a la loma y acércate al estanque: delante de ti, reflejado en el agua, se alza un templo egipcio de piedra dorada, precedido por dos puertas sueltas, como si alguien hubiera trasladado un pedazo de las orillas del Nilo al centro de Madrid. Y eso es, exactamente, lo que pasó.

    El templo de Debod se levantó hace unos dos mil doscientos años en la Baja Nubia, al sur de Egipto, por orden de Adijalamani, un rey de Meroe, que lo dedicó a Amón y a Isis; los Ptolomeos lo ampliaron después. En los años sesenta del siglo pasado, la gran presa de Asuán iba a inundar toda la región, y la UNESCO pidió ayuda internacional para salvar los monumentos de Nubia. España colaboró en aquella campaña, y en 1968 Egipto le regaló este templo en agradecimiento.

    Llegó desmontado, en cientos de cajas, y se reconstruyó piedra a piedra en lo alto de este parque. Se abrió al público en 1972, con la misma orientación de este a oeste que tenía junto al Nilo. Por eso, al caer la tarde, el sol se pone detrás de la Casa de Campo, frente a sus puertas, y el templo y el agua del estanque se tiñen de naranja. Es uno de los rituales más queridos de Madrid.

    Este lugar tiene también una memoria más cercana. Aquí se alzaba el Cuartel de la Montaña, que en julio de 1936, en los primeros días de la Guerra Civil, fue asaltado en unos combates que costaron muchas vidas. El edificio quedó en ruinas y se derribó después de la guerra. Hoy, donde hubo un cuartel, hay un templo de dos milenios y gente sentada en la hierba esperando a que se ponga el sol.

    Has recorrido medio siglo de arquitectura en poco más de dos kilómetros: la cúpula parisina del Metrópolis, el rascacielos americano de la Telefónica, las curvas del Capitol, los gigantes de la posguerra... y has terminado ante unas piedras que ya tenían casi dos siglos cuando Augusto se convirtió en el primer emperador de Roma. Asómate al mirador, de cara a la Casa de Campo y a la sierra. Cuando el sol se esconda, la Gran Vía que acabas de recorrer estará encendiendo sus luces a tu espalda.