El Madrid de los Austrias: de la Puerta del Sol a Botín entre plazas, conventos y leyendas

El corazón más antiguo de Madrid a pie: el Kilómetro Cero, chocolate en San Ginés, la tumba perdida de Velázquez, la Plaza Mayor de los autos de fe, monjas que venden dulces sin dejarse ver y el restaurante más antiguo del mundo

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  1. 1. Puerta del Sol: el Kilómetro Cero, el reloj y el Oso

    Puerta del Sol 7, 28013 Madrid, Spain

    Plántate delante de la Real Casa de Correos, el edificio de ladrillo rojo con el reloj en lo alto, y baja la mirada al suelo. A tus pies hay una losa con el contorno de España y dos palabras: Kilómetro Cero. Desde este punto se cuentan los kilómetros de las grandes carreteras radiales del país. Písala sin vergüenza, que aquí lo hace todo el mundo... hasta los madrileños, aunque juren que no.

    El edificio nació como casa de correos en tiempos de Carlos III, terminado en 1768 por un arquitecto francés, Jaime Marquet. Desde entonces ha cambiado de inquilino casi tanto como España de gobierno: fue Ministerio de la Gobernación, durante el franquismo sede de la Dirección General de Seguridad, con unos calabozos que muchos madrileños todavía recuerdan con un nudo en el estómago, y hoy alberga la presidencia de la Comunidad de Madrid. El reloj llegó en 1866, regalo de un relojero leonés que había hecho fortuna en Londres, José Rodríguez de Losada.

    Esta plaza ha visto pasar la historia a empujones. El 2 de mayo de 1808 los madrileños se lanzaron aquí contra las tropas de Napoleón, y la tradición sitúa en este lugar la carga de los mamelucos que pintó Goya. El 14 de abril de 1931, desde el balcón de este mismo edificio, se proclamó la Segunda República ante una multitud que desbordaba las calles. Y cada 31 de diciembre media España se come las uvas mirando esa torre por televisión.

    ¿Y por qué del Sol, si aquí no queda ninguna puerta? En el siglo XV se abría en este lugar una de las entradas de la cerca que rodeaba Madrid, orientada hacia el este, por donde sale el sol. Hay quien dice que tenía un sol pintado sobre el arco; otros, que simplemente recibía la primera luz de la mañana. Nadie lo sabe con certeza... y a los madrileños nos da igual, porque el nombre es demasiado bonito para discutirlo.

    Antes de irte, busca al oso. Está en el lado este de la plaza, de bronce, estirándose hacia un madroño para alcanzar sus frutos: es el escudo de la villa convertido en estatua, obra de Antonio Navarro Santafé, de 1967, y el punto de encuentro más famoso de la ciudad. Ahora cruza la plaza hacia el oeste y entra en la calle del Arenal. En cuanto huelas a chocolate caliente, sabrás que vas bien.

  2. 2. San Ginés: Quevedo, El Greco y chocolate con churros

    Calle del Arenal 13, 28013 Madrid, Spain

    Métete por el pasadizo estrecho que sale de la calle del Arenal y verás, pegadas una a otra, la tapia de una de las iglesias más antiguas de Madrid y la fachada de una chocolatería que sirve churros desde 1894. En esta ciudad lo sagrado y lo frito siempre han sido vecinos, y nadie ha encontrado nunca un buen motivo para separarlos.

    San Ginés ya figura entre las parroquias del Fuero de Madrid de 1202, cuando la villa era poco más que un puñado de calles alrededor del alcázar. El templo que ves se levantó de nuevo en el siglo XVII. Aquí bautizaron en 1580 a Francisco de Quevedo, el poeta de la lengua más afilada del Siglo de Oro, y dentro se guarda un tesoro que casi nadie viene a buscar: una Expulsión de los mercaderes del templo pintada por El Greco.

    El nombre de la calle también tiene su historia. Por aquí bajaba un arroyo que arrastraba arena hacia el Manzanares, y cuando la ciudad lo enterró, se quedó el nombre: el Arenal. Hoy es una de las calles peatonales más transitadas del centro, el camino natural entre la Puerta del Sol y el Palacio Real.

    El pasadizo tiene además su leyenda literaria. Muchos identifican esta chocolatería con la buñolería modernista del pasadizo de San Ginés que aparece en Luces de bohemia, la obra de Valle-Inclán publicada en 1920, por donde vaga de madrugada el poeta ciego Max Estrella. Es el Madrid del esperpento: bohemios sin un duro, cafés llenos de humo y conversaciones que duraban hasta que salía el sol.

    Y ahora, el chocolate. Desde hace más de un siglo este es el final clásico de las noches madrileñas: de los teatros y los cafés de antaño a las discotecas de hoy, generaciones enteras han acabado aquí mojando churros en un chocolate tan espeso que la cuchara casi se tiene en pie. Si quieres hablar como un madrileño, pide porras, que son los churros gordos. Luego sigue por Arenal hacia el oeste y, poco antes del Teatro Real, desvíate a la izquierda hacia una plazuela tranquila: allí se perdió la pista del pintor más grande de esta ciudad.

  3. 3. Plaza de Ramales: la tumba perdida de Velázquez

    Plaza de Ramales, 28013 Madrid, Spain

    Esta plazuela con bancos, árboles y balcones de hierro parece de las que uno cruza sin mirar, camino de otra cosa. Detente un momento, porque en algún punto bajo tus pies podría descansar el hombre que pintó Las Meninas.

    Aquí se levantaba la parroquia de San Juan Bautista, una de las más antiguas de Madrid, a un paso del alcázar de los Austrias. En agosto de 1660 enterraron en ella a Diego Velázquez, pintor de cámara de Felipe IV. Había vuelto agotado de la frontera con Francia, donde, como aposentador mayor del rey, se ocupó de preparar el escenario de la entrega de la infanta María Teresa, que iba a casarse con Luis XIV. Murió pocas semanas después, en su casa junto al alcázar.

    Siglo y medio más tarde llegó José Bonaparte, el hermano de Napoleón, decidido a dar aire a una ciudad apretada de conventos y callejones. Derribó tantos edificios para abrir plazas que los madrileños, que no le perdonaban una, le pusieron el mote de Pepe Plazuelas. La iglesia de San Juan cayó en esas obras a comienzos del siglo XIX, y con ella se perdió la pista de la tumba de Velázquez.

    A finales de los años noventa, un equipo de arqueólogos levantó el suelo de la plaza para buscarlo. Encontraron los cimientos de la iglesia, enterramientos y muchos restos humanos, pero ninguno se pudo atribuir con seguridad al pintor. Madrid tiene esa costumbre rara de extraviar a sus genios: a Cervantes no lo localizaron hasta 2015, y aun así mezclado con otros huesos. A Velázquez todavía lo estamos esperando.

    Sal por la calle de San Nicolás, cuesta abajo. A los pocos pasos verás una torre de ladrillo con arquillos ciegos: es la de San Nicolás de los Servitas, probablemente la iglesia más antigua que conserva Madrid, con una torre de origen mudéjar. Allí está enterrado Juan de Herrera, el arquitecto de El Escorial... al menos a él no lo hemos perdido. Sigue bajando hasta la calle Mayor: la plaza de la Villa te espera al otro lado.

  4. 4. Plaza de la Villa: la torre de los Lujanes y un rey francés prisionero

    Plaza de la Villa, 28005 Madrid, Spain

    Estás en una de las plazas más pequeñas y más antiguas de Madrid, y en ella caben, casi rozándose, tres siglos de historia: una torre de ladrillo del siglo XV, un palacio plateresco cargado de escudos y la Casa de la Villa, con sus torres rematadas en chapiteles de pizarra. En el centro, sobre su pedestal, don Álvaro de Bazán, el marino que luchó en Lepanto, vigila a los turistas como si fueran galeras enemigas.

    Durante siglos el concejo de Madrid ni siquiera tuvo casa propia: los regidores se reunían en el atrio de la iglesia de San Salvador, en la calle Mayor, hoy desaparecida. La Casa de la Villa se empezó en 1644 con trazas de Juan Gómez de Mora, el mismo arquitecto de la Plaza Mayor, y tardó medio siglo en terminarse. Fue el ayuntamiento de la ciudad hasta 2007, cuando la alcaldía se mudó al palacio de Cibeles.

    Ahora fíjate en la torre de los Lujanes, la de ladrillo con la puerta gótica. La familia Luján levantó aquí su casa en el siglo XV, y la tradición asegura que en esa torre estuvo preso Francisco I de Francia, capturado por las tropas de Carlos V en la batalla de Pavía, en 1525. Los historiadores creen más bien que lo encerraron en el alcázar, a pocos pasos de aquí, pero la leyenda es tan madrileña que nadie quiere soltarla.

    Al otro lado se alza la Casa de Cisneros, de 1537, construida por un sobrino del cardenal Cisneros, el que fue regente de Castilla. Es puro plateresco, ese estilo en el que el gótico se viste con los adornos del Renacimiento. El Ayuntamiento acabó comprándola, y un pasadizo elevado la une con la Casa de la Villa, de modo que los concejales podían cruzar de un edificio a otro sin pisar la calle.

    Sal a la calle Mayor y camina hacia el este. A tu derecha verás una caja de hierro y cristal llena de gente: es el Mercado de San Miguel, inaugurado en 1916, donde hoy se tapea de pie y codo con codo. Déjalo atrás, sigue un poco más y entra en la Plaza Mayor por cualquiera de sus arcos.

  5. 5. Plaza Mayor: toros, autos de fe y tres incendios

    Plaza Mayor, 28012 Madrid, Spain

    Entra y deja que la plaza se abra de golpe: un rectángulo enorme, cerrado por los cuatro costados, con fachadas de color almagre, balcones de hierro y, en el centro, Felipe III a caballo. Gira despacio sobre ti mismo, porque desde dentro no se ve ni un trozo de la ciudad que la rodea. La Plaza Mayor se pensó como un gran salón al aire libre, con el cielo por techo.

    Antes de que existiera, aquí había una explanada a las afueras de la villa, la plaza del Arrabal, donde se montaba el mercado más concurrido de Madrid. Cuando la corte se instaló en la ciudad, aquel descampado se quedó pequeño y desordenado para una capital, y Felipe III encargó a Juan Gómez de Mora una plaza a su medida, que se terminó en 1619. La Casa de la Panadería, la de las pinturas en la fachada, ya existía antes y se integró en el conjunto.

    Esta plaza fue escenario de todo: corridas de toros, canonizaciones, fiestas reales... y autos de fe. En el de 1680, el rey Carlos II asistió desde un balcón a una jornada entera de sentencias de la Inquisición, y la escena quedó en un gran lienzo de Francisco Rizi que hoy está en el Prado. También se ejecutaba aquí. En 1621 subió al cadalso don Rodrigo Calderón, que había sido el hombre de confianza del duque de Lerma, y lo hizo con tanta entereza que nació un dicho: tener más orgullo que don Rodrigo en la horca. Curiosamente, no lo ahorcaron: lo degollaron.

    La plaza ardió tres veces, en 1631, en 1672 y en 1790. Tras el último incendio, el más devastador, Juan de Villanueva, el arquitecto del Museo del Prado, la reconstruyó: rebajó la altura de los edificios y cerró las esquinas con arcos, y esa es la plaza que pisas. Las pinturas de la Casa de la Panadería son mucho más recientes, de 1992, obra de Carlos Franco.

    Mira ahora el caballo. La estatua la empezó Giambologna y la terminó Pietro Tacca en Florencia, en 1616, y no llegó a esta plaza hasta 1848. Cuentan que el animal tenía la boca abierta, que durante décadas los gorriones se colaban dentro y no sabían salir, y que en 1931 un petardo le reventó la panza y dejó la plaza sembrada de huesecillos de pájaro. Después le cerraron la boca. Sal por el arco de la esquina sur, el de la calle de Toledo, y baja por ella hasta una fachada de piedra enorme.

  6. 6. Colegiata de San Isidro: la catedral provisional de Madrid

    Calle de Toledo 37, 28005 Madrid, Spain

    Esta fachada colosal de piedra, con sus columnas gigantes, parece demasiado grande para una calle tan estrecha y tan comercial como la de Toledo. Y tiene su lógica: no se pensó como una iglesia de barrio, sino como el templo de un colegio donde se educaba a la élite de un imperio.

    Lo fundaron los jesuitas gracias al legado de la emperatriz María de Austria, hija de Carlos V, y por eso se llamó Colegio Imperial. La iglesia se levantó a lo largo del siglo XVII. Por sus aulas pasaron Quevedo y Calderón de la Barca, y allí se enseñaban latín, griego y matemáticas a los hijos de la nobleza y de la corte. Imagínate la calle de Toledo de entonces, llena de estudiantes con sotana, carros de grano y vendedores camino de la Plaza Mayor.

    En 1767 Carlos III expulsó a los jesuitas de todos sus reinos, y el templo cambió de dueño... y de santo. El rey lo dedicó a san Isidro, el labrador patrón de Madrid, y mandó trasladar aquí su cuerpo y el de su esposa, santa María de la Cabeza. Desde entonces, para los madrileños, esto es simplemente San Isidro.

    Y aquí viene la paradoja. Madrid fue capital desde 1561, pero no tuvo diócesis propia hasta 1885, porque dependía del arzobispado de Toledo. Cuando por fin la tuvo, faltaba la catedral, y esta iglesia hizo de catedral provisional... durante más de un siglo, hasta que se consagró la Almudena en 1993. En Madrid, lo provisional siempre ha tenido vocación de quedarse. En julio de 1936, al comienzo de la Guerra Civil, un incendio destruyó buena parte de su interior, que se rehízo en la posguerra.

    Ahora cruza hacia el oeste buscando la plaza de Puerta Cerrada, con una cruz de piedra en medio. Debe su nombre a una puerta de la muralla medieval que, según cuentan, se mantenía cerrada porque los maleantes se escondían en sus recovecos. Desde allí, la calle del Nuncio te lleva junto a la torre mudéjar de San Pedro el Viejo, una de las más antiguas de Madrid, y un poco más arriba se abre la plaza de la Paja.

  7. 7. Plaza de la Paja: el corazón del Madrid medieval

    Plaza de la Paja, 28005 Madrid, Spain

    Llegas a una plaza en cuesta, alargada, con terrazas, bancos y una verja tras la que asoma un jardín. Hoy parece un rincón tranquilo de barrio, pero en la Edad Media este fue el centro de Madrid: aquí estaba el mercado y aquí vivían las familias más poderosas de la villa, mucho antes de que existiera la Plaza Mayor.

    ¿Por qué de la Paja? La explicación más repetida dice que los vecinos traían aquí la paja con la que se pagaba una parte de los tributos, o con la que se alimentaba a las mulas de los capellanes de la capilla que preside la parte alta de la plaza. Otros lo atribuyen sin más al mercado de forraje. Elige la versión que más te guste: en Madrid las dos tienen sus partidarios.

    Ese edificio de piedra con contrafuertes es la Capilla del Obispo, levantada entre 1520 y 1535 por la familia Vargas. Toma su nombre de Gutierre de Vargas y Carvajal, obispo de Plasencia, y dentro guarda un retablo de Francisco Giralte, una joya del Renacimiento castellano. Su historia tiene algo de despecho: se pensó en principio para custodiar el cuerpo de san Isidro, pero los pleitos con la parroquia vecina de San Andrés hicieron que el santo nunca llegara a ocuparla.

    Los Vargas no eran cualquiera. Según la tradición, san Isidro trabajó como labrador para un Iván de Vargas que vivía aquí al lado. Cuenta la leyenda que, mientras Isidro rezaba, unos ángeles araban por él, y que un día su hijo cayó a un pozo y el santo hizo subir el agua hasta devolvérselo sano y salvo. Por eso, cada mes de mayo, todo Madrid celebra a un labrador que, según sus vecinos, tenía mejores contactos que nadie.

    Asómate a la verja del jardín del Príncipe de Anglona, uno de los pocos jardines privados del siglo XVIII que han llegado hasta hoy en el centro de Madrid. Después baja hacia el oeste por las callejuelas de la antigua Morería, el barrio donde vivieron los musulmanes de Madrid tras la conquista cristiana, hasta salir a la calle de Bailén. Allí te espera un puente con vistas.

  8. 8. Viaducto de Segovia: el puente sobre el barranco

    Calle de Bailén, 28005 Madrid, Spain

    Acércate a la barandilla y mira abajo: la calle de Segovia corre por el fondo de un barranco, muy por debajo de tus pies, y al fondo se abren los árboles de la Casa de Campo y, en los días claros, la sierra de Guadarrama. Estás sobre el viaducto de Segovia, el puente que Madrid tuvo que construir para saltar por encima de su propia geografía.

    Madrid nació sobre colinas cortadas por arroyos, y uno de ellos, el de San Pedro, abrió este valle que hoy ocupa la calle de Segovia. Durante siglos, para ir del palacio a San Francisco el Grande había que bajar la cuesta y volver a subirla. La idea de un puente que lo evitara ya rondaba en tiempos de José Bonaparte, pero el primer viaducto, de hierro, no se inauguró hasta 1874.

    El que pisas es su sustituto, de 1934, proyectado por el arquitecto Francisco Javier Ferrero: hormigón, líneas rectas y arcos limpios, uno de los grandes ejemplos de arquitectura racionalista de la ciudad. Visto desde la calle de Segovia parece un acueducto moderno tendido entre dos colinas, y es una de las imágenes más fotografiadas de Madrid.

    Si sigues con la mirada la calle hacia el río, llegarías al puente de Segovia, que Juan de Herrera levantó para Felipe II en el siglo XVI, el puente más antiguo que conserva la ciudad. Era tan grande para un río tan modesto que los poetas del Siglo de Oro se burlaban sin piedad: decían que Madrid tenía que vender el puente o comprarse un río. El Manzanares, eso sí, ha aguantado las bromas con mucha paciencia.

    Durante décadas, el viaducto cargó también con una fama triste, y por eso hoy lo protegen esas mamparas de cristal. Ahora camina hacia la calle Mayor y busca, junto a ella, la calle del Sacramento: allí se esconden una iglesia barroca que casi nadie mira y el palacio de un hijo que traicionó a su padre.

  9. 9. Calle del Sacramento: el palacio de Uceda y la iglesia castrense

    Calle del Sacramento 1, 28005 Madrid, Spain

    En esta calle estrecha, entre fachadas discretas, aparece de pronto una iglesia barroca de una elegancia que no esperabas: es la del Sacramento, hoy catedral de las Fuerzas Armadas. Y pegado a ella, asomado a la calle Mayor, se alza un gran palacio de los Austrias que perteneció a uno de los hombres más ambiciosos del Siglo de Oro.

    Ese hombre era Cristóbal Gómez de Sandoval, duque de Uceda, hijo del todopoderoso duque de Lerma, el valido de Felipe III. A principios del siglo XVII construyó su palacio y fundó a su lado un convento de monjas bernardas, cuya iglesia es la que tienes delante, terminada mucho más tarde, ya en el siglo XVIII. El palacio sirvió después a los Consejos de la Monarquía y hoy es la sede del Consejo de Estado.

    Y aquí viene la intriga. En 1618 el hijo se alió con los enemigos de su padre en la corte y consiguió desplazarlo del favor del rey. Lerma, que se había hecho nombrar cardenal para protegerse, tuvo que retirarse, y los madrileños, que nunca han tenido pelos en la lengua, lo despidieron con una copla: para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se vistió de colorado. Uceda ocupó su lugar... aunque por poco tiempo, porque con el nuevo rey, Felipe IV, cayó él también.

    Esta esquina guarda además uno de los días más negros de la ciudad. El 31 de mayo de 1906, durante el cortejo de boda de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, el anarquista Mateo Morral lanzó desde un balcón del número 88 de la calle Mayor una bomba escondida en un ramo de flores. Los reyes salieron ilesos, pero murieron más de veinte personas entre soldados y espectadores, y un monumento en la calle Mayor las recuerda.

    Sigue ahora la calle del Sacramento hacia la plaza del Cordón y vuelve a asomarte a la esquina de la plaza de la Villa. De allí sale un callejón que se dobla como un brazo y que se llama, con toda lógica, calle del Codo. Al final te esperan unas monjas a las que no verás nunca la cara.

  10. 10. Calle del Codo y las Carboneras: dulces de clausura

    Plaza del Conde de Miranda 3, 28005 Madrid, Spain

    Al salir del codo del callejón desembocas en la plaza del Conde de Miranda, y frente a ti verás la fachada sobria de un convento, casi sin adornos. No hay escaparate ni cartel luminoso, y sin embargo aquí se venden algunos de los dulces más buscados del Madrid antiguo... por unas monjas que no se dejan ver.

    Es el monasterio del Corpus Christi, de monjas jerónimas, fundado en 1605 por Beatriz Ramírez de Mendoza, condesa de Castellar. Lo curioso es la fecha: en 1605 Madrid ni siquiera era capital, porque Felipe III se había llevado la corte a Valladolid en 1601 y no volvería hasta 1606. Fundar un convento aquí en aquel momento era casi un acto de fe en la ciudad.

    ¿Y por qué todo Madrid lo llama las Carboneras? La tradición cuenta que una imagen de la Virgen que se venera dentro apareció en una carbonería, entre sacos de carbón, y que de allí la rescataron para el convento. El mote se le pegó a las monjas, y cuatro siglos después nadie las llama de otra manera.

    Lo mejor está en el torno. Entras en el zaguán, llamas, y una voz al otro lado de una rueda de madera te pregunta qué quieres. Pides, dejas el dinero en la rueda, la rueda gira... y vuelve con una caja de pastas y dulces de almendra hechos en el obrador del convento. Nunca ves la cara de quien los ha horneado: es la clausura, y forma parte del encanto.

    Antes de irte, mira hacia la calle de San Justo: esa fachada curva, a la italiana, es la basílica de San Miguel, levantada en el siglo XVIII por encargo del infante don Luis, hijo de Felipe V, que había recibido el arzobispado de Toledo con ocho años. Ahora rodea el Mercado de San Miguel y baja por la Cava de San Miguel, la calle curva que sigue el foso de la vieja muralla, hasta el pie del Arco de Cuchilleros.

  11. 11. Arco de Cuchilleros y Sobrino de Botín: el restaurante más antiguo del mundo

    Calle de Cuchilleros 17, 28005 Madrid, Spain

    Estás al pie del Arco de Cuchilleros, la escalinata empinada por la que se baja de la Plaza Mayor, rodeado de casas altísimas que se apoyan en lo que fue la cerca medieval. A unos pasos, en el número 17, una fachada de madera presume de fecha: 1725. Es Sobrino de Botín.

    La calle debe su nombre a los cuchilleros, el gremio que forjaba los cuchillos que necesitaban los carniceros de la Plaza Mayor. Y aquí, en 1725, un cocinero francés llamado Jean Botín abrió con su mujer una casa de comidas. El negocio pasó después a un sobrino, y de ahí el nombre que sigue en el letrero. Hoy el libro Guinness de los récords lo reconoce como el restaurante más antiguo del mundo que sigue funcionando.

    El corazón de la casa es su horno de leña, que según presumen sus dueños no se ha dejado apagar nunca. De él salen el cochinillo y el cordero asados, la gran tradición castellana, en unos comedores de vigas de madera y azulejos que bajan hasta unas bodegas abovedadas. Comer aquí es lo más parecido a sentarse a la mesa del Madrid del siglo XVIII.

    Cuenta la leyenda que, hacia 1765, un joven pintor aragonés que había venido a probar suerte en la Academia trabajó aquí fregando platos: se llamaba Francisco de Goya. Nadie ha podido demostrarlo, pero la casa lo cuenta con orgullo. Lo que sí es seguro es que Hemingway lo adoraba: en la última escena de Fiesta, los protagonistas comen cochinillo asado precisamente en Botín.

    Y así termina este paseo. Empezaste en el Kilómetro Cero, donde se mide toda España, y acabas en el restaurante más antiguo del mundo. Entre medias has pisado la tumba perdida de Velázquez, la torre de un rey prisionero, la plaza de los autos de fe, un puente sobre un barranco y el torno de unas monjas invisibles. Eso es el Madrid de los Austrias: una villa pequeña que se convirtió de golpe en capital de un imperio y que todavía guarda en cada esquina el desorden de aquella prisa. Y si te ha entrado hambre... ya sabes dónde estás.