Sevilla, Puerto de Indias: el Arenal, la Maestranza y la Torre del Oro
Del convento donde empezó la Inquisición al muelle de los galeones: toros, ópera, el hospital de Mañara, la plata de América y la cara oculta del monopolio de Indias
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1. Puerta Real: la puerta de los reyes y la casa de Hernando Colón
Calle San Laureano, 41002 Sevilla, Spain
Busca en la esquina de la calle Goles con San Laureano un trozo de muro encalado y una lápida. Eso es todo lo que queda de la Puerta Real, una de las entradas de la muralla de Sevilla. Parece poca cosa para empezar un paseo, pero por aquí entraban los reyes, y a un paso de aquí vivió el hijo de Colón.
Durante siglos se llamó Puerta de Goles, un nombre que algunos eruditos quisieron relacionar con Hércules, el héroe al que la leyenda atribuía la fundación de la ciudad. En 1570 entró por ella Felipe II, y Sevilla, que ya era la ciudad más rica de sus reinos, lo recibió con arcos triunfales, músicas y fachadas engalanadas. Desde entonces se llamó Puerta Real. En 1864, cuando la ciudad derribó casi todas sus murallas para respirar y crecer, cayó también ella.
Ahora la historia que más me gusta. Aquí al lado, fuera de las murallas y mirando al río, se construyó su casa Hernando Colón, el hijo del almirante. Hernando había viajado con su padre a América siendo un adolescente, pero su verdadera aventura fueron los libros. Recorrió media Europa comprándolos y reunió alrededor de quince mil, una de las mayores bibliotecas de su tiempo. Y tenía una manía maravillosa: en cada libro apuntaba dónde lo había comprado, en qué fecha y cuánto le había costado.
Hernando murió en 1539, y su biblioteca pasó al cabildo de la Catedral, donde sobrevive como la Biblioteca Colombina. Por desgracia, buena parte se perdió con los siglos, por descuido, por humedad y por robos. Lo que queda, sin embargo, sigue siendo un tesoro para entender cómo pensaba la Europa que acababa de descubrir que el mundo era más grande de lo que creía.
Fíjate en que todo empezó en este borde, entre la muralla y el río: reyes que entran, libros que llegan, barcos que salen. El Arenal era eso, la franja de arena de fuera de la ciudad donde todo se cargaba y se descargaba. Baja ahora hacia el sur, hacia la Plaza de Armas, y busca un edificio de ladrillo y cerámica con una gran marquesina de hierro: la estación de trenes que llegó cuando el puerto ya no era lo que había sido.
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2. Antigua Estación de Plaza de Armas
Plaza de la Legión 8, 41001 Sevilla, Spain
Mira la fachada de ladrillo, con sus arcos de herradura, sus paños de azulejos azules y, detrás, la gran nave de hierro y cristal que cubría los andenes. Esto fue la Estación de Córdoba, la que todo el mundo llama de Plaza de Armas, inaugurada en 1901. Por aquí salían los trenes hacia Córdoba y Madrid.
Es curioso que una estación de tren parezca una mezquita. Pero es que Sevilla, a finales del siglo XIX, estaba buscando su propia imagen, y la encontró mirando hacia atrás: ladrillo, cerámica y arcos de inspiración mudéjar, mezclados con lo más moderno de la época, que era el hierro. Este edificio es un adelanto de lo que veinte años después estallará en la Exposición de 1929.
Y fíjate en dónde la pusieron: pegada al río, en el antiguo Arenal. Cuando llegó el ferrocarril, a mediados del siglo XIX, el gran puerto de Indias llevaba más de un siglo de decadencia. Las mercancías empezaron a viajar sobre raíles, y el muelle donde antes se amontonaban fardos de plata y cacao se fue llenando de almacenes, vías y humo de carbón.
El propio río cambió de forma. Para acabar con las riadas que inundaban la ciudad, a mediados del siglo XX se cerró con un dique el brazo del Guadalquivir que pasa por delante de Sevilla, el llamado tapón de Chapina. Desde entonces el agua que ves desde el Arenal es una dársena, casi sin corriente, y el río de verdad corre más al oeste, por un cauce nuevo. Así que cuando un sevillano te diga que mires el Guadalquivir, guíñale un ojo.
La estación cerró a principios de los noventa, cuando abrió Santa Justa para recibir al AVE y a la Expo del 92, y después se restauró como centro comercial y de ocio. Entra un momento si quieres y levanta la vista: la marquesina de hierro sigue ahí. Luego baja por el Paseo de Cristóbal Colón, con el agua a tu derecha, hasta el puente de Triana. Te espero junto a una escultura de hormigón en el Muelle de la Sal.
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3. Muelle de la Sal y el Monumento a la Tolerancia
Muelle de la Sal, Paseo de Cristóbal Colón, 41001 Sevilla, Spain
Asómate a la baranda y mira el agua, ancha, quieta, color de café con leche. A tu espalda, una mole de hormigón que parece un abrazo que no termina de cerrarse. Y enfrente, al otro lado del agua, Triana, con el mercado donde estuvo el castillo de San Jorge.
Esa escultura es el Monumento a la Tolerancia, de Eduardo Chillida, el gran escultor vasco. Se levantó en 1992, el año de la Expo, cuando Sevilla celebraba los quinientos años del viaje de Colón. Pero 1492 fue también el año del decreto que expulsó a los judíos de los reinos de Castilla y Aragón. Y fíjate en lo que tiene enfrente: el lugar del castillo donde la Inquisición tuvo su sede y su cárcel durante siglos. Es difícil mirarla sin pensar en las dos cosas a la vez.
Sevilla había sufrido antes otra herida. En junio de 1391, las predicaciones del arcediano Ferrán Martínez desataron aquí un asalto a la judería que se extendió por media península. Muchos murieron y muchos se convirtieron a la fuerza. De esos conversos y de sus nietos se ocupó, noventa años después, la Inquisición, que llegó a Sevilla en 1480 y se instaló primero en el convento de San Pablo. El 6 de febrero de 1481 se celebró el primer auto de fe, y seis personas murieron en la hoguera. Poco después el tribunal cruzó el río y se encerró en ese castillo de enfrente.
Y ahora mira el río con otros ojos. Todo este borde, desde aquí hasta la Torre del Oro, era el puerto de Sevilla. Durante casi dos siglos, por ley, las flotas de Indias tenían que salir de aquí y volver aquí. Barcos amarrados de dos en dos, toneles, fardos, mulas, marineros de medio mundo, y el Arenal, este barrio que estaba fuera de las murallas, convertido en un hormiguero. El nombre del muelle lo recuerda: la sal llegaba por el río, y sin ella no había forma de conservar el pescado y la carne de unos viajes que duraban meses.
A mí me gusta pensar que el río es la calle más larga de la ciudad, la que a Sevilla la hizo rica y luego la dejó a medias, cuando los barcos crecieron y el Guadalquivir se les quedó pequeño. De eso hablaremos al final. Ahora date la vuelta, cruza el Paseo de Cristóbal Colón y busca una fachada blanca y albero: la plaza de toros más bonita del mundo, y no lo digo yo solo.
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4. Plaza de Toros de la Real Maestranza y el Baratillo
Paseo de Cristóbal Colón 12, 41001 Sevilla, Spain
Ponte frente a la fachada blanca con molduras color albero y busca la puerta grande de hierro sobre el Paseo de Colón. Esa es la Puerta del Príncipe, y para un torero salir por ella a hombros es lo más parecido a entrar en el cielo sin morirse. Hay figuras que se han retirado sin conseguirlo nunca.
La plaza pertenece a la Real Maestranza de Caballería, una corporación de nobles fundada en 1670 para entrenarse a caballo. Las obras empezaron a mediados del siglo XVIII y fueron tan lentas que el anillo no se cerró del todo hasta 1881. Por eso, si entras, notarás algo raro: el ruedo no es redondo. Es ligeramente ovalado, porque hubo que encajarlo en un solar que ya tenía calles y casas alrededor.
La arena de dentro tiene nombre propio, albero, una tierra amarilla que se trae de Alcalá de Guadaíra, y ese amarillo ha acabado siendo el color de Sevilla: lo verás en las fachadas, en el suelo de la Feria, en los paseos del parque. Y aquí, en la explanada de enfrente, se muere Carmen. En la ópera de Bizet, Don José la mata a la puerta de la plaza mientras dentro el público aclama a Escamillo. La Sevilla de ópera tiene más sangre que la de verdad, que ya es decir.
Rodea un momento la plaza por la calle Adriano. Pegada a sus muros está la capilla de la Hermandad del Baratillo, que sale en procesión cada Miércoles Santo. El nombre viene del baratillo, el mercadillo de trastos viejos que se montaba en este arenal, territorio de pícaros. Cervantes, que conocía bien Sevilla porque pasó años aquí como recaudador y hasta estuvo preso en su cárcel, puso a sus Rinconete y Cortadillo a buscarse la vida como esportilleros en estas calles.
Así que en cien metros tienes la nobleza a caballo, la devoción de barrio y la picaresca, todo junto, como siempre en Sevilla. Sigue ahora por el Paseo de Colón, río abajo, hasta un edificio cilíndrico de ladrillo con una fachada antigua delante: el teatro donde Sevilla canta las óperas que le escribieron otros.
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5. Teatro de la Maestranza: la ciudad de las óperas
Paseo de Cristóbal Colón 22, 41001 Sevilla, Spain
Delante tienes un tambor enorme de ladrillo, moderno, y pegada a él una fachada del siglo XIX que parece de otro edificio. Lo es. El Teatro de la Maestranza se inauguró en 1991, a tiempo para la Expo del 92, y sus arquitectos decidieron conservar la vieja fachada de la Maestranza de Artillería, el taller militar que ocupaba este solar.
¿Y por qué Sevilla necesitaba un teatro de ópera? Porque pocas ciudades del mundo han sido escenario de tantas óperas sin haber estrenado casi ninguna. Aquí transcurren Don Giovanni y Las bodas de Fígaro, de Mozart; El barbero de Sevilla, de Rossini; Fidelio, la única ópera de Beethoven; y, claro, Carmen. Compositores que jamás pisaron Sevilla la eligieron como decorado, porque en la imaginación europea esta ciudad era sinónimo de pasión, celos y balcones.
A mí me hace gracia pensar en Beethoven, en Viena, imaginando una cárcel sevillana sin haber visto nunca el Guadalquivir. Sevilla, durante siglos, fue más un sueño de los demás que una ciudad que se contaba a sí misma.
Y el sueño más famoso nació de una obra de teatro española: El burlador de Sevilla, atribuida a Tirso de Molina, de hacia 1630, donde aparece por primera vez Don Juan. De ese seductor sevillano sin escrúpulos saldrán el Don Giovanni de Mozart y, mucho después, el Don Juan Tenorio de Zorrilla. Quédate con ese nombre, porque a la vuelta de la esquina vas a encontrar a un sevillano de carne y hueso al que la leyenda confundió con él.
Hoy el Maestranza programa ópera, conciertos y flamenco, y es la casa de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. En las noches de estreno, el Paseo de Colón se llena de gente arreglada, y en el descanso alguno se escapa a mirar el río. A pocos pasos, en la calle Almirantazgo, queda el Postigo del Aceite, una de las puertas de la muralla que aún guarda las ranuras de sus compuertas contra las riadas. Nosotros rodeamos el teatro por la calle Temprado, junto a unas naves de ladrillo muy antiguas, hasta una puerta blanca con azulejos: el hospital del hombre que decía ser el peor del mundo.
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6. Hospital de la Caridad y Reales Atarazanas
Calle Temprado 3, 41001 Sevilla, Spain
Mira la fachada blanca con paneles de azulejos azules y, antes de entrar en su órbita, fíjate en las naves de ladrillo que tienes al lado. Son las Reales Atarazanas, los astilleros que mandó construir Alfonso X hacia 1252, poco después de la conquista cristiana: diecisiete naves con arcos apuntados donde se fabricaban y reparaban galeras. El hospital se metió, literalmente, dentro de una parte de ellas.
Su alma fue Miguel de Mañara, hijo de un rico comerciante de origen corso que había hecho fortuna con el comercio de Indias. Mañara vivió como un caballero de su tiempo, con lujo y con fama, hasta que en 1661 murió su mujer. Al año siguiente entró en la Hermandad de la Santa Caridad, una cofradía que se dedicaba a algo que nadie quería hacer: recoger a los ahogados del río y enterrar a los ajusticiados. Él la convirtió en un hospital para los pobres que morían en la calle.
Dentro, en la iglesia de San Jorge, te esperan dos cuadros de Juan de Valdés Leal que no se olvidan. En uno, la Muerte apaga una vela con la mano y una inscripción dice In ictu oculi, en un abrir y cerrar de ojos. En el otro, un obispo y un caballero se pudren en sus ataúdes. Mañara los encargó para que nadie saliera de allí sin pensar en su final. Murillo, que era hermano de la Caridad, pintó para la iglesia las obras de misericordia, aunque varios lienzos se los llevó el mariscal Soult en 1810 y nunca volvieron.
La leyenda romántica quiso ver en Mañara al Don Juan arrepentido. No lo era: El burlador de Sevilla ya circulaba cuando él era un niño. Pero él mismo alimentó el mito con su epitafio, enterrado a la entrada para que todos le pisaran: aquí yacen los huesos y cenizas del peor hombre que ha habido en el mundo.
Hoy la hermandad sigue cuidando ancianos, más de tres siglos después. Sigue la calle Temprado hasta la calle Santander y gira a la izquierda: verás una torre octogonal medio escondida entre casas y, detrás, la fábrica donde la plata de América se volvía dinero.
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7. Casa de la Moneda y Torre de la Plata
Calle Habana, 41004 Sevilla, Spain
Antes de entrar en el antiguo recinto de la Moneda, para un momento en la calle Santander y busca la torre octogonal que asoma entre los edificios. Es la Torre de la Plata, almohade, del siglo XIII, hermana pequeña y olvidada de la Torre del Oro. Las dos formaban parte del mismo lienzo de muralla que bajaba del Alcázar al río.
El nombre de la Plata se lo pusieron por simetría con su vecina dorada, pero la casualidad acabó teniendo sentido, porque a cincuenta metros se acuñaba la plata de medio mundo. Aquí estuvo la Casa de la Moneda de Sevilla, y cuando empezaron a llegar los metales de América, sus hornos y sus martillos no paraban.
Tienes que imaginar el volumen. Tras el descubrimiento de las minas de Potosí, en 1545, y de las de México, los barcos de la flota traían plata por toneladas. Una parte se fundía y se acuñaba aquí, sobre todo en piezas de ocho reales, los famosos reales de a ocho. Esa moneda acabó siendo la primera divisa global de la historia: circuló por Europa, cruzó el Pacífico desde Manila y terminó en China, donde los comerciantes la aceptaban porque conocían su ley. Durante mucho tiempo, el dólar de plata español fue también moneda corriente en las colonias inglesas de Norteamérica.
Pero no olvides de dónde salía. La plata de Potosí se sacaba con el trabajo forzado de miles de indígenas, mediante la mita, y en condiciones que mataron a muchísimos. Y gran parte de ese tesoro apenas se quedaba en Sevilla: pasaba por aquí camino de los banqueros de Génova y de Amberes, que financiaban las guerras de la Corona.
Cuando la Casa dejó de acuñar, en el siglo XIX, sus patios y naves se llenaron de vecinos, y todavía hoy se vive dentro de lo que fue una de las fábricas de dinero más importantes de Europa. Sal ahora hacia la Avenida de la Constitución por la calle Santo Tomás. En la esquina te espera otra torre de la muralla, y detrás de ella, la oficina que gobernaba todo este tráfico.
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8. Torre de Abd el Aziz y la Casa de la Contratación
Avenida de la Constitución, 41004 Sevilla, Spain
Busca, en la esquina de la Avenida de la Constitución con la calle Santo Tomás, una torre de muralla de planta hexagonal, incrustada entre edificios como una muela antigua. Casi todo el mundo pasa por delante camino de la Catedral sin verla. Es la Torre de Abd el Aziz, de época almohade, el último resto de la muralla que unía el Alcázar con la Torre de la Plata y la del Oro.
El nombre es un regalo de la imaginación. Abd al-Aziz fue el primer gobernador musulmán de al-Ándalus, hijo del conquistador Musa, y tuvo su corte en Sevilla a principios del siglo VIII, casado según las crónicas con Egilona, la viuda del rey visigodo Rodrigo. Fue asesinado aquí en el año 716. La torre es cuatro siglos posterior, pero a los sevillanos nos gustó la historia y le dejamos el nombre. La tradición también dice que en ella se izó el pendón de Castilla cuando la ciudad se rindió en 1248.
Detrás de estos muros, en el Alcázar, funcionó desde 1503 la Casa de la Contratación, el organismo que controlaba todo el comercio con América. Registraba barcos, mercancías y pasajeros, cobraba impuestos y formaba pilotos: Américo Vespucio fue su primer piloto mayor, en 1508, y murió en Sevilla. Pero también administraba las licencias para llevar personas esclavizadas de África a las Indias. La Corona cobraba por cada una, y más tarde vendió ese negocio en grandes contratos, los asientos.
Y la esclavitud no era solo cosa de ultramar. En el siglo XVI Sevilla tenía una de las mayores poblaciones esclavizadas de Europa: varios miles de personas, africanas y moriscas, sirviendo en casas, talleres y muelles. Desde finales del siglo XIV existía incluso una hermandad propia, la de los Negritos, que todavía hoy sale en Semana Santa.
Enfrente, en la antigua Lonja de mercaderes, se guardan hoy los papeles de todo aquel imperio. Pero nosotros vamos hacia el sur: baja por la Avenida de la Constitución, cruza la Puerta de Jerez y busca una portada barroca recargada como un retablo. Allí estudiaban los niños que iban a gobernar los barcos.
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9. Palacio de San Telmo
Avenida de Roma s/n, 41013 Sevilla, Spain
Ponte frente a la portada principal y déjate marear un poco: columnas, guirnaldas, figuras femeninas y, arriba del todo, San Telmo, patrón de los navegantes. Es barroco sevillano en estado puro, de la familia de Leonardo de Figueroa, el arquitecto que vistió de barroco media Sevilla.
Lo curioso es para qué se construyó. A partir de 1682, la Universidad de Mareantes, el gremio de la gente de mar, levantó aquí un colegio para huérfanos y niños pobres. Se les daba casa, comida y una carrera: aprendían matemáticas, astronomía y navegación para servir como pilotos y marineros en la Carrera de Indias. La Corona necesitaba gente que supiera llevar un galeón hasta Veracruz, y la ciudad tenía demasiados niños en la calle. Las dos cosas se resolvieron aquí.
En 1849 cambió de vida por completo. Lo compraron los duques de Montpensier, la infanta María Luisa Fernanda y Antonio de Orleans, que lo convirtieron en una pequeña corte. Sevilla, que llevaba siglos sin rey, de repente tenía bailes, visitas de la realeza y un palacio con jardines enormes que llegaban hasta donde hoy está el parque. De aquí salió su hija Mercedes para casarse con Alfonso XII. Esa historia, y la de los jardines, te la contará el otro paseo, el del Parque de María Luisa.
Rodea el edificio por la calle Palos de la Frontera y mira la fachada lateral: doce estatuas de sevillanos ilustres, esculpidas por Antonio Susillo a finales del siglo XIX. Entre ellos están Velázquez y Murillo, pintores, junto a poetas, sabios y clérigos de la ciudad... una especie de selección de la ciudad de todos los tiempos, puesta en fila para que no se nos olvide.
Después fue seminario, y desde finales del siglo XX es la sede de la Presidencia de la Junta de Andalucía, el corazón político de la comunidad. El colegio de huérfanos marineros manda hoy sobre ocho provincias. Sigue ahora por la calle Palos de la Frontera hacia el río y sube al Puente de San Telmo, que desde allí se entiende lo que fue este puerto.
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10. Puente de San Telmo: el puerto de Indias
Puente de San Telmo, 41001 Sevilla, Spain
Quédate en mitad del puente y mira río arriba: a la derecha, la Torre del Oro; a la izquierda, Triana. Ahora date la vuelta: por ahí abajo quedan unos ochenta kilómetros de río hasta el mar, hasta Sanlúcar de Barrameda. Por ese camino de agua lenta salió y entró, durante casi dos siglos, casi todo lo que España llevó a América y trajo de ella.
Desde este puerto, en agosto de 1519, bajaron río abajo las cinco naos de Fernando de Magallanes. Tres años después, en septiembre de 1522, volvió una sola, la Victoria, con Juan Sebastián Elcano y dieciocho hombres agotados. Habían dado la primera vuelta al mundo. Al día siguiente caminaron descalzos, con velas en las manos, para cumplir su promesa ante la Virgen. Imagínatelos bajando a tierra justo aquí, en estas orillas.
¿Por qué Sevilla, que está tierra adentro, y no un puerto de mar? Precisamente por eso. Un puerto interior era más fácil de defender de los piratas y, sobre todo, de controlar. Con todo el comercio pasando por un solo embudo, la Corona sabía qué salía, qué entraba y cuánto tenía que cobrar. Las flotas zarpaban en convoy, protegidas por galeones de guerra, y volvían cargadas de plata, tabaco, cacao y tintes.
Pero el río tenía trampas. A la salida, en Sanlúcar, la barra de arena se tragaba barcos, y los galeones fueron creciendo hasta que el Guadalquivir se les quedó corto. Cádiz, con su bahía abierta, fue quitándole terreno a Sevilla, y en 1717 la Casa de la Contratación se trasladó allí. Para la ciudad fue el principio de una larga siesta de la que solo la sacaron, siglos después, dos exposiciones.
Ahora mira al otro lado, hacia la orilla de Triana: allí estaba el barrio de los marineros, los calafates y los ceramistas que llenaban los barcos de tinajas. Vuelve a la orilla del Arenal y camina hacia la torre dorada. Te espera para cerrar este paseo, que es justo donde llevaba ochocientos años esperando a todo el que llegaba por el río.
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11. Torre del Oro
Paseo de Cristóbal Colón s/n, 41001 Sevilla, Spain
Aquí la tienes, la Torre del Oro, plantada en la orilla como un centinela que nunca se ha ido a casa. Cuenta sus lados: doce en el primer cuerpo, doce en el segundo, y arriba un remate redondo con su cupulita dorada. Si vienes al atardecer, entenderás el nombre sin que nadie te lo explique.
La levantaron los almohades hacia 1220 y 1221, cuando Sevilla era una de las grandes capitales de al-Ándalus, para cerrar el puerto y proteger el Alcázar. El nombre, según la explicación más aceptada, viene del brillo dorado que tenía su revestimiento de mortero de cal y paja al darle el sol. La leyenda prefiere otra versión, mucho más rentable: que guardó dentro el oro de las Indias. No hay prueba, pero el nombre le sentó como un guante a la ciudad que vino después.
Desde su base salía una gruesa cadena que cruzaba el río hasta Triana, para impedir el paso de barcos enemigos. En 1248, durante el asedio de Fernando III, las naves del almirante Ramón Bonifaz rompieron el puente de barcas que unía Sevilla con Triana, y con eso dejaron la ciudad aislada. Pocos meses después Sevilla se rindió.
El último cuerpo, el cilíndrico con la cúpula, es mucho más moderno: se añadió en el siglo XVIII, tras los daños del terremoto de Lisboa de 1755. Y en el siglo XIX estuvo a punto de desaparecer, porque había quien quería derribarla para ensanchar el paseo. Los sevillanos se plantaron y la torre se quedó. Hoy dentro hay un pequeño museo naval, con cartas, instrumentos y maquetas de aquellos barcos.
Mírala una última vez con todo lo que has visto hoy: la puerta de los reyes y los libros de Hernando Colón, la hoguera y la sal, la plata, el hospital de los ahogados, el colegio de los niños marineros, la vuelta al mundo. Todo pasó por delante de esta torre. Ella vio salir las flotas y vio cómo dejaban de volver. Siéntate un rato en la orilla, que el río sigue bajando hacia el mar como entonces... y el paseo termina aquí.