Hospital de la Caridad y Reales Atarazanas
Why is it significant?
Mira la fachada blanca con paneles de azulejos azules y, antes de entrar en su órbita, fíjate en las naves de ladrillo que tienes al lado.
Key Facts
| Place | Hospital de la Caridad y Reales Atarazanas |
|---|---|
| Address | Calle Temprado 3, 41001 Sevilla, Spain |
| Geo Coordinates | 37.38410, -5.99520 |
| Part of Walk | Sevilla, Puerto de Indias: el Arenal, la Maestranza y la Torre del Oro |
| Generated | Generated |
Mira la fachada blanca con paneles de azulejos azules y, antes de entrar en su órbita, fíjate en las naves de ladrillo que tienes al lado. Son las Reales Atarazanas, los astilleros que mandó construir Alfonso X hacia 1252, poco después de la conquista cristiana: diecisiete naves con arcos apuntados donde se fabricaban y reparaban galeras. El hospital se metió, literalmente, dentro de una parte de ellas.
Su alma fue Miguel de Mañara, hijo de un rico comerciante de origen corso que había hecho fortuna con el comercio de Indias. Mañara vivió como un caballero de su tiempo, con lujo y con fama, hasta que en 1661 murió su mujer. Al año siguiente entró en la Hermandad de la Santa Caridad, una cofradía que se dedicaba a algo que nadie quería hacer: recoger a los ahogados del río y enterrar a los ajusticiados. Él la convirtió en un hospital para los pobres que morían en la calle.
Dentro, en la iglesia de San Jorge, te esperan dos cuadros de Juan de Valdés Leal que no se olvidan. En uno, la Muerte apaga una vela con la mano y una inscripción dice In ictu oculi, en un abrir y cerrar de ojos. En el otro, un obispo y un caballero se pudren en sus ataúdes. Mañara los encargó para que nadie saliera de allí sin pensar en su final. Murillo, que era hermano de la Caridad, pintó para la iglesia las obras de misericordia, aunque varios lienzos se los llevó el mariscal Soult en 1810 y nunca volvieron.
La leyenda romántica quiso ver en Mañara al Don Juan arrepentido. No lo era: El burlador de Sevilla ya circulaba cuando él era un niño. Pero él mismo alimentó el mito con su epitafio, enterrado a la entrada para que todos le pisaran: aquí yacen los huesos y cenizas del peor hombre que ha habido en el mundo.
Hoy la hermandad sigue cuidando ancianos, más de tres siglos después. Sigue la calle Temprado hasta la calle Santander y gira a la izquierda: verás una torre octogonal medio escondida entre casas y, detrás, la fábrica donde la plata de América se volvía dinero.