Triana, la otra orilla de Sevilla: flamenco, cerámica y cofradías

Del Puente de Triana a la calle Betis: el castillo de la Inquisición, los alfareros de Santa Justa y Rufina, la Cava de los gitanos, la soleá, el Cachorro y la Esperanza de un barrio que se siente república

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  1. 1. Puente de Isabel II: el Puente de Triana

    Puente de Isabel II, 41010 Sevilla, Spain

    Ponte en mitad del puente, apóyate en la baranda y mira hacia abajo: el Guadalquivir pasa lento y verdoso, y en el agua se reflejan unos aros de hierro que parecen anillos de boda. A tu espalda queda Sevilla; delante tienes Triana. Y entre las dos, este puente que lleva el nombre de una reina, Isabel II, aunque aquí nadie lo llame así. Para todo el mundo es el Puente de Triana, y punto.

    Durante casi siete siglos no hubo aquí ni piedra ni hierro, sino un puente de barcas: una hilera de embarcaciones amarradas con cadenas y tablones por encima. Lo tendieron los almohades en 1171 y, con mil remiendos, aguantó hasta mediados del siglo XIX. Cada riada lo rompía, cada barco que quería subir río arriba obligaba a abrirlo, y cuando el río se ponía bravo Triana se quedaba sola en su orilla. Imagínate cruzar de noche, con el suelo moviéndose bajo los pies y el agua sonando debajo.

    En 1852 se inauguró este, obra de dos ingenieros franceses, Gustave Steinacher y Ferdinand Bernadet, que se inspiraron en un puente de París, el del Carrusel, sobre el Sena. Lo gracioso es que el de París se desmontó hace muchísimo... y el de Sevilla sigue aquí, presumiendo de ser el puente de hierro más antiguo que se conserva en España. Esos aros entre los arcos no están de adorno: forman parte del sistema que reparte el peso, inventado por un ingeniero francés llamado Polonceau.

    Pero para un trianero esto no es ingeniería, es una frontera sentimental. Por aquí cruzan cada Semana Santa las cofradías del barrio camino de la Catedral, y por aquí vuelven, con la gente cantándoles saetas desde la orilla. Y por aquí cruzaban en el siglo XIX los cantaores y las bailaoras que iban a ganarse el jornal a los cafés cantantes del centro. Triana ponía el cante... y Sevilla ponía el escenario y la taquilla.

    Los viejos del barrio todavía dicen que no van a Sevilla, sino que cruzan el puente, como quien sale de su país. Hay quien llama a Triana república independiente, medio en broma y medio en serio. Sigue hasta el final del puente, donde una capillita con forma de mechero te da la bienvenida a la otra orilla.

  2. 2. Plaza del Altozano: la Capillita del Carmen y Juan Belmonte

    Plaza del Altozano, 41010 Sevilla, Spain

    Fíjate en la capillita de ladrillo y azulejo que remata el puente por este lado, con su cúpula alta y estrecha: los sevillanos la llaman el mechero, y en cuanto la miras entiendes por qué. Es la Capillita del Carmen, y la firmó Aníbal González, el mismo arquitecto de la Plaza de España, en los años veinte del siglo pasado.

    La Virgen del Carmen es la patrona de la gente del mar, y Triana fue durante siglos barrio de marineros, de calafates y de hombres que se embarcaban rumbo a las Indias. Por eso la capilla mira al río. Y Aníbal González la vistió de cerámica trianera, porque en esta orilla lo contrario habría sido casi una ofensa.

    Ahora date la vuelta hacia el centro de la plaza. Esa figura de bronce, como hecha a trozos, es Juan Belmonte, el Pasmo de Triana. Nació en 1892 en la calle Feria, al otro lado del río, pero se crió aquí, entre chiquillos que soñaban con ser toreros. Y cambió el toreo para siempre: donde los demás se apartaban del toro, él se quedaba quieto, con los pies clavados, dejando que el animal pasara rozándole. Decían que con ese cuerpo menudo y esas piernas torpes era imposible. Él lo hizo posible.

    Su biógrafo, el periodista Manuel Chaves Nogales, contó cómo de chaval cruzaba el Guadalquivir a nado, de noche, desnudo, para torear a la luz de la luna las reses que pastaban en la dehesa de Tablada. Volvía empapado, con la ropa en un hatillo sobre la cabeza... y con la cabeza llena de toros.

    Belmonte vivió la rivalidad más famosa de la historia del toreo con Joselito el Gallo, y le sobrevivió más de cuarenta años. Murió en 1962, en su finca, por su propia mano. Triana lo puso aquí, a la entrada del barrio, mirando hacia el puente. Junto a la plaza se alza el Mercado de Triana. Bordéalo por el lado del río hasta un callejón estrecho que sube hacia la calle Castilla.

  3. 3. Castillo de San Jorge y Callejón de la Inquisición

    Callejón de la Inquisición, 41010 Sevilla, Spain

    Métete en el callejón estrecho que une la orilla del río con la calle Castilla, entre paredes encaladas, y fíjate en el azulejo con su nombre: Callejón de la Inquisición. A tu espalda, bajo el suelo del Mercado de Triana, entre los puestos de pescado, aceitunas y especias, duermen los cimientos de un castillo que durante tres siglos fue la palabra más temida de Sevilla.

    Era el Castillo de San Jorge, una fortaleza de origen almohade que guardaba la cabeza del puente de barcas. En 1481 se instaló en él el tribunal de la Inquisición, recién creado por los Reyes Católicos, y ese mismo año, en febrero, se celebró en Sevilla el primer auto de fe: seis personas quemadas vivas. Casi todos los perseguidos de aquellos primeros años eran conversos, judíos bautizados o hijos de bautizados, acusados de seguir practicando su fe en secreto.

    Imagina lo que significaba que te llamaran a declarar. No sabías quién te había denunciado, ni de qué exactamente. Tus bienes quedaban embargados. Las celdas estaban a la orilla del río, y se dice que cuando venía una riada el agua entraba en los calabozos. Cuenta la tradición que por este mismo callejón pasaban los presos, de modo que el barrio entero los veía.

    El tribunal se quedó en el castillo hasta finales del siglo XVIII, cuando las crecidas lo dejaron tan dañado que tuvo que mudarse. La Inquisición no se abolió definitivamente hasta 1834. Después, el castillo se derribó y sobre su solar se instaló el mercado de abastos, como si el barrio hubiera querido tapar aquella memoria con lo más vivo que tenía: comida, gritos y regateo.

    Hoy, bajo el mercado, puedes visitar los restos excavados de la fortaleza, convertidos en un espacio de memoria sobre la intolerancia. Es raro y muy sevillano a la vez: arriba, alguien pide un cuarto de gambas; abajo, los muros donde se decidía quién era buen cristiano. Sube ahora el callejón hasta la calle Castilla, una de las vías más antiguas del barrio, y tuerce a la derecha hasta una iglesia blanca con una torre de azulejos.

  4. 4. Iglesia de Nuestra Señora de la O, calle Castilla

    Calle Castilla 30, 41010 Sevilla, Spain

    Levanta la vista hacia esa torre blanca rematada con azulejos azules que brillan con el sol de la tarde: es la iglesia de Nuestra Señora de la O, en plena calle Castilla. La fachada es sencilla, casi de casa de vecinos, pero la torre te dice enseguida que estás en Triana, donde hasta los campanarios se visten de cerámica.

    ¿Y qué es eso de la O? Tiene su gracia. En los días antes de Navidad, la liturgia antigua cantaba unas antífonas que empezaban todas con una exclamación: oh. De ahí viene la Virgen de la O, la Virgen embarazada que espera el parto, la de la Expectación. Una letra convertida en advocación, que solo podía tomarse tan en serio una ciudad como esta.

    El templo se levantó a finales del siglo XVII, entre 1697 y 1702, y dentro guarda una joya: el Nazareno de la O, tallado por Pedro Roldán hacia 1685. Roldán fue el gran escultor de la Sevilla barroca, y su hija Luisa, la Roldana, llegaría a ser escultora de cámara del rey. Cada Viernes Santo, la hermandad de la O cruza el puente camino de la Catedral, y la calle Castilla se llena de vecinos para verla salir.

    Esta calle es la columna vertebral de la Triana antigua: corre paralela al río, entre la orilla y las huertas que había detrás. Aquí vivieron alfareros, marineros y familias gitanas, en casas de vecinos donde el cante salía por las ventanas igual que el olor a puchero. Si te fijas en los portales, todavía verás zócalos de azulejo y patios que se adivinan al fondo de los zaguanes.

    Los trianeros más viejos dicen que una saeta cantada en la calle Castilla no suena igual que en el centro, porque aquí la cantan los vecinos, no los profesionales. Sigue calle Castilla adelante, sin prisa, casi hasta su final. Allí te espera el Cristo más famoso de Triana, con una leyenda que todavía pone la piel de gallina.

  5. 5. Basílica del Cristo de la Expiración: el Cachorro

    Calle Castilla 182, 41010 Sevilla, Spain

    Al final de la calle Castilla, casi donde Triana se asoma al río, entra en la basílica y busca con la mirada al crucificado del altar: la cabeza echada hacia atrás, la boca entreabierta, los ojos vueltos hacia arriba. No está muerto. Está muriendo. Es el Cristo de la Expiración, y en Sevilla nadie lo llama así: es el Cachorro.

    Lo talló Francisco Antonio Ruiz Gijón en 1682, un escultor de Utrera que no llegó a la fama de Roldán ni de Montañés, pero que con esta sola obra entró para siempre en la historia de la ciudad. ¿Y por qué Cachorro? Ahí empieza la leyenda.

    Cuentan que en la Triana de entonces vivía un gitano al que llamaban el Cachorro, cantaor según unos, simplemente un muchacho del barrio según otros. Una noche lo apuñalaron en una reyerta, y el escultor, que andaba buscando cómo dar a su Cristo el último aliento, corrió a verlo agonizar en la calle. Dicen que apuntó en su memoria cada gesto, cada músculo tenso, y que cuando la gente vio la talla terminada reconoció en ella la cara del gitano muerto. Es una leyenda, y no hay papel que la pruebe... pero en Triana nadie la discute.

    Lo que sí se puede comprobar es el efecto. Cada Viernes Santo por la tarde, cuando el Cachorro cruza el Puente de Triana, el silencio es tan grande que se oye crujir la madera del paso. Y desde los balcones y desde la orilla brotan saetas, ese cante a palo seco que es oración y queja a la vez, y que tantas veces han cantado gargantas gitanas de este mismo barrio.

    El Cachorro resume Triana: la devoción y el flamenco no van por caminos distintos, sino que son la misma pena dicha de dos maneras. Ahora desanda unos pasos y métete a la derecha, hacia el interior del barrio, buscando la calle Alfarería. El nombre ya te lo dice todo: vamos a donde el barro se convertía en oficio.

  6. 6. Calle Alfarería: Santa Justa, Santa Rufina y el barro de Triana

    Calle Alfarería, 41010 Sevilla, Spain

    Camina despacio por la calle Alfarería y fíjate en las fachadas: placas de azulejo, zócalos pintados, algún rótulo antiguo de fábrica de loza. Esta calle se llama así porque durante siglos fue eso, una calle de alfares, de hornos humeando y de hombres con las manos rojas de barro.

    El barro venía del propio río. Las orillas del Guadalquivir dan una arcilla fina y fácil de trabajar, y ya en época romana se fabricaban por esta zona ánforas para el aceite de la Bética. Ese aceite viajaba hasta Roma, y allí las ánforas vacías se rompían y se amontonaban... hasta formar una colina entera, el monte Testaccio, que sigue en pie. Así que, en cierto modo, un trozo de Roma está hecho con trabajo sevillano.

    Y de este mundo de alfareros salen las patronas de Sevilla. Cuenta la tradición que Justa y Rufina eran dos hermanas cristianas de Triana que vendían cacharros de barro a finales del siglo III. Cuando unas mujeres paganas les pidieron vasijas para una procesión en honor de una diosa, se negaron, rompieron la imagen y acabaron martirizadas, hacia el año 287. Por eso en los cuadros de Murillo o de Goya las verás siempre con platos y botijos en la mano.

    La leyenda tiene una segunda parte que a los sevillanos les encanta: dicen que, en un terremoto, las dos santas sostuvieron la Giralda para que no se cayera. Por eso muchas veces las pintan abrazando la torre, como dos guardianas un poco desproporcionadas.

    En el siglo XIX la cerámica trianera vivió una edad de oro, con fábricas que exportaban azulejos a medio mundo. Muchas cerraron en el siglo XX, cuando la industria salió del barrio, y hoy quedan talleres más pequeños que siguen pintando a mano. Baja ahora hacia el sur, hacia la calle Antillano Campos, donde una de aquellas grandes fábricas ha conservado sus hornos intactos.

  7. 7. Centro Cerámica Triana: la antigua fábrica Santa Ana

    Calle Callao 16, 41010 Sevilla, Spain

    Párate delante de la fachada forrada de azulejos, con sus letras pintadas y sus cenefas de colores: parece un escaparate, y en cierto modo lo fue. Esto era la fábrica de cerámica Santa Ana, y hoy es el Centro Cerámica Triana, el museo donde el barrio cuenta su oficio con sus propias manos.

    Lo mejor está dentro. Se conservan los hornos de la fábrica, unas bocas de ladrillo ennegrecido donde se cocían las piezas a temperaturas altísimas durante horas. Al excavar el solar aparecieron además restos de hornos mucho más antiguos, porque en Triana, si escarbas un poco, siempre encuentras a otro alfarero debajo del anterior. Imagina el calor de aquellas naves en pleno agosto sevillano, con los hornos encendidos y los operarios entrando y saliendo con las piezas en tablas sobre el hombro.

    Aquí entiendes cómo cambió el azulejo sevillano. Primero fueron las técnicas heredadas del mundo andalusí, la cuerda seca y la arista, donde los colores se separaban con pequeños relieves para que no se mezclaran. Y hacia 1500 llegó a Sevilla un ceramista italiano, Niculoso Pisano, que empezó a pintar sobre el azulejo plano como quien pinta un cuadro. Aquello fue una revolución: de repente un muro podía contar una historia, con figuras, paisajes y santos.

    La gran explosión llegó con la Exposición Iberoamericana de 1929. Sevilla se llenó de edificios regionalistas vestidos de cerámica, y los bancos de las provincias de la Plaza de España, por ejemplo, salieron de talleres trianeros. Durante unos años, media ciudad se fabricó en esta orilla, y los barcos que bajaban por el Guadalquivir llevaban cajas de azulejos trianeros hacia América.

    Fíjate bien en los azulejos de la fachada, porque muchos sevillanos pasan por delante sin mirarlos, como quien no mira su propia cocina. Ahora toma la calle San Jorge o la de San Jacinto hacia el sur y busca la calle Pagés del Corro. Vamos a cambiar el sonido del barro por el sonido del martillo... y del cante.

  8. 8. Calle Pagés del Corro: la Cava, los corrales y la soleá

    Calle Pagés del Corro, 41010 Sevilla, Spain

    Mira lo larga y recta que es la calle Pagés del Corro, cómo corre paralela al río por detrás de las casas: no es casualidad. Aquí había un foso, una cava excavada para defender el barrio, que con el tiempo se rellenó y se convirtió en calle. Y en un tramo de esa cava vivía tanta familia gitana que el barrio lo bautizó a su manera: la Cava de los Gitanos.

    Muchos de aquellos hombres eran herreros. Tenían sus fraguas a pie de calle, y al compás del martillo sobre el yunque cantaban. De ese cante sin guitarra, solo voz y golpe, nace el martinete, uno de los palos más antiguos y más duros del flamenco. Si alguna vez lo oyes, piensa en esta calle: el ritmo es el de un martillo que no para.

    La otra gran escuela fueron los corrales de vecinos: casas con un patio central y decenas de habitaciones alrededor, una familia por cuarto, una pila para lavar y un retrete para todos. Allí se celebraban bodas, bautizos y velatorios, y en todos se cantaba. De esas fiestas salió la soleá de Triana, cuyo nombre viene de soledad. Los aficionados recuerdan a cantaoras del siglo XIX como La Andonda, y a figuras como El Fillo, cuya voz ronca dio nombre a una forma de cantar: la voz afillá.

    Todavía quedan algunos corrales en pie, como el de Herrera, a pocos pasos de aquí, aunque hoy sean viviendas muy distintas. Entra con la imaginación en uno: ropa tendida en el patio, macetas, una vecina que empieza a cantar mientras friega... y otra que le contesta desde el piso de arriba.

    Esa Triana se rompió a mediados del siglo XX. La reforma urbana y la especulación expulsaron a buena parte de las familias gitanas hacia barrios nuevos de la periferia, y muchos corrales se derribaron. El flamenco sobrevivió, pero lejos de su cuna. Camina ahora hacia el río, hacia la torre que asoma entre los tejados: es la parroquia más antigua de Sevilla.

  9. 9. Iglesia de Santa Ana: la Catedral de Triana

    Plaza de Santa Ana, 41010 Sevilla, Spain

    Busca la torre de ladrillo con su remate de azulejo y acércate a la iglesia que se esconde entre las casas: es Santa Ana, y en Triana nadie la llama así a secas. Para el barrio es la Catedral de Triana, y no lo dicen en broma.

    Es la parroquia más antigua de Sevilla. Según la tradición, la mandó levantar el rey Alfonso X el Sabio hacia 1266, en agradecimiento a Santa Ana por haberle curado una enfermedad de los ojos. Fíjate en lo que eso significa: apenas dieciocho años después de que Fernando III conquistara la ciudad, la primera iglesia de nueva planta, según se suele decir, no se construyó en el centro, sino aquí, en la orilla de los marineros y los alfareros.

    Dentro hay una pila bautismal a la que en el barrio llaman la pila de los gitanos. Dice la creencia popular que los niños bautizados en ella reciben el don del cante, y durante generaciones las familias flamencas de Triana traían aquí a sus criaturas por si acaso. No hay documento que lo demuestre, claro... pero cuenta cuántos cantaores han salido de esta orilla y decide tú.

    Hay otra costumbre todavía más curiosa. En el templo está la sepultura de un tal Íñigo López, con una lápida de azulejos pintados por Niculoso Pisano a comienzos del siglo XVI. Cuentan que las mozas que querían casarse le daban una patadita a la losa para encontrar novio, y que la costumbre sigue viva entre las más supersticiosas. Sevilla es así: un sepulcro renacentista convertido en oráculo sentimental.

    Y en julio, por la fiesta de Santa Ana, la calle Betis celebra la Velá, una de las fiestas populares más antiguas de la ciudad, con casetas, pescaíto y la cucaña, un palo untado de grasa sobre el río por el que los valientes intentan trepar. Sal por la calle Pureza hacia el norte, unos pasos. Allí vive la otra gran devoción del barrio, la Esperanza de Triana.

  10. 10. Calle Pureza: la Capilla de los Marineros y la Esperanza de Triana

    Calle Pureza 53, 41010 Sevilla, Spain

    Quédate frente a la pequeña capilla de la calle Pureza, con su portada barroca y la gente que entra y sale aunque no haya misa: unos se santiguan desde la acera, otros pasan un momento y vuelven a su compra. Es la Capilla de los Marineros, y dentro está la Esperanza de Triana.

    El nombre de la capilla lo dice todo. Triana fue el barrio de los hombres de mar, los que se enrolaban en las flotas que salían hacia América cuando Sevilla tenía el monopolio del comercio con las Indias. La capilla se levantó en el siglo XVIII para la corporación de los mareantes, y con el tiempo pasó a ser la casa de esta hermandad, la de Nuestro Padre Jesús de las Tres Caídas y Nuestra Señora de la Esperanza.

    Y ahora viene lo serio. En Sevilla hay dos Esperanzas, y son el gran pique sentimental de la ciudad: la Macarena, en la otra punta, y esta, la de Triana. Las dos salen la madrugada del Viernes Santo, la famosa Madrugá, y cada una tiene su barrio, sus devotos y sus coplas. Preguntarle a un trianero cuál es más guapa es buscarse una conversación muy larga.

    Cuando la Esperanza vuelve a su capilla, ya de día, después de toda una noche por la ciudad, la calle Pureza no cabe ni un alfiler. Los costaleros la mecen al compás, los vecinos le cantan saetas desde los balcones, y hay quien llora sin saber explicar muy bien por qué. Es una de esas escenas donde el flamenco y la fe se confunden del todo.

    Un consejo de amigo: si un día alguien de Triana te dice que la Esperanza es la Virgen de los marineros, dale la razón. Y si alguien de la Macarena te dice lo mismo de la suya, también. Ahora cruza hacia el río por cualquiera de las bocacalles. Te espera la calle Betis, el mejor balcón de Sevilla.

  11. 11. Calle Betis: el balcón de Triana sobre el Guadalquivir

    Calle Betis, 41010 Sevilla, Spain

    Asómate al pretil de la calle Betis y deja que la vista cruce el río: enfrente, la Torre del Oro, la Maestranza y, más allá, la Giralda asomando sobre los tejados. A tu espalda, una fila de casas pintadas de albero, añil y almagra. Este es el mejor balcón de Sevilla, y lo tiene Triana.

    El nombre de la calle es un viaje en el tiempo. Betis viene de Baetis, como llamaban los romanos al río, el que daba nombre a toda la provincia de la Bética. Los árabes lo rebautizaron al-wadi al-kabir, el río grande, y de ahí sale Guadalquivir. Dos mil años y tres lenguas para el mismo agua... y un equipo de fútbol, el Real Betis, que se llevó el nombre romano.

    Desde esta orilla se veía el puerto de Indias. Tras la creación de la Casa de Contratación en 1503, por este río salieron las flotas hacia América y volvieron cargadas de plata. Y por este río llegaron también barcos con personas esclavizadas, africanas e indígenas, que se vendían en Sevilla: en el siglo XVI la ciudad tuvo una de las mayores poblaciones esclavas de Europa. La riqueza que ves en la otra orilla tiene esa sombra, y conviene nombrarla.

    Pero la calle Betis es sobre todo fiesta. En julio, en la Velá de Santa Ana, aquí se monta la cucaña sobre el río, y los chavales se resbalan por el palo engrasado hasta caer al agua entre aplausos. Y al caer la tarde, en verano, la orilla se llena de gente sentada en el muro con una cerveza, mientras desde alguna ventana se escapan unas palmas.

    Aquí termina el paseo. Empezaste en un puente que antes era de barcas y acabas mirando el mismo río que lo hizo todo posible: el barro de los alfareros, el oficio de los marineros, la plata y el dolor. Si esperas un poco a que caiga el sol, quizá oigas una soleá saliendo de algún patio... y entonces sabrás que Triana sigue cantando.