Sevilla se come: mercados, tornos de convento y tabernas centenarias

De la calle Feria a Casa Morales: El Rinconcillo de 1670, las yemas de San Leandro, los bollitos de Santa Inés, la pringá, el pescaíto frito y una copa de manzanilla en el centro de Sevilla

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  1. 1. Calle Feria y El Jueves: la despensa del barrio

    Calle Feria, 41003 Sevilla, Spain

    Ponte en el tramo norte de la calle Feria, mira calle abajo y escucha: carritos de la compra, persianas que suben, vecinas que se saludan de acera a acera. Estás en la despensa de media Sevilla, una calle que vive de comprar y vender desde hace siglos.

    Y si hoy es jueves, estás de suerte. Por la mañana, la calle Feria se llena de los puestos de El Jueves, el mercadillo de cosas viejas que presume de ser el más antiguo de Sevilla; la tradición le atribuye raíces medievales. Entre lámparas, discos, libros y cachivaches imposibles, cualquier sevillano tiene una historia de una ganga encontrada aquí... y otra de un timo. Y entre puesto y puesto, siempre hay alguien con un cucurucho de algo frito en la mano.

    Unos pasos calle abajo está el Mercado de Feria, uno de los mercados de abastos más antiguos de la ciudad. Dentro, la banda sonora la ponen los placeros, que así se llama en Sevilla a los vendedores del mercado, cantando el género y llamando a las clientas por su nombre. Huele a pescado recién llegado, a naranja, a aceituna aliñada y a suelo recién fregado, y el pescadero sabe quién quiere las pijotas limpias y quién prefiere limpiarlas en casa.

    En los puestos de pescado verás acedías, pijotas, boquerones, chocos y cazón, todo lo que luego acaba en la sartén de una freiduría, y gambas y langostinos que llegan de la costa de Huelva y de Cádiz. En otros cuelgan chacinas de la sierra, se apilan quesos y se amontonan aceitunas aliñadas con ajo, tomillo e hinojo. Y en los últimos años algunos puestos sirven también de comer, así que a mediodía vecinos y visitantes se toman una tapa entre cajas de pescado.

    La gracia de este barrio es que no es un decorado: aquí la gente sigue haciendo la compra de la semana, y los bares abren temprano para el café con tostada de los placeros. Baja ahora por la calle Feria hacia el sur, pasando junto al mercado, y sigue sin prisa, mirando las tiendas a pie de calle.

  2. 2. Calle Feria: pescaíto frito y adobo

    Calle Feria, 41003 Sevilla, Spain

    Camina por la calle Feria fijándote en las tiendas a pie de calle: ultramarinos, despachos de pan, mercerías, bares de barrio y alguna freiduría con el mostrador lleno de cartuchos de papel. Esta calle se llama así porque desde la Edad Media aquí se celebraba feria, es decir, mercado. Llevas siglos de compra y venta bajo los pies.

    Hablemos de una religión sevillana que no sale en procesión: el pescaíto frito. En una freiduría no te sientas a comer: pides por peso, te lo envuelven en un cucurucho de papel de estraza y te lo llevas a casa o a la barra de al lado. El secreto, dicen las abuelas, es la harina de trigo duro, el aceite de oliva bien caliente y no amontonar el pescado en la sartén. Lo que sale es crujiente por fuera y jugoso por dentro, y nunca, jamás, aceitoso.

    Aprende los nombres, que aquí se los saben hasta los niños. Las acedías son pequeños lenguados, las pijotas son merluzas chicas que se fríen enroscadas mordiéndose la cola, y los chocos son sepias cortadas en tiras. Y luego está la reina: el cazón en adobo, trozos de pescado que pasan horas marinando en vinagre, ajo, comino, orégano y pimentón antes de freírse. Ese comino, por cierto, tiene un acento que muchos relacionan con la cocina andalusí.

    Hay más frituras sevillanas que merecen un aplauso: las pavías de bacalao, rebozadas y doradas, que se comen en barra con una caña. Y en Cuaresma, cuando la ciudad entera huele a incienso, las casas y las pastelerías se llenan de torrijas, pan empapado en leche o en vino, frito y bañado en miel o azúcar. La cocina sevillana siempre ha sabido convertir el pan duro en fiesta.

    Al final de la calle verás la iglesia de San Juan de la Palma, de donde sale cada Domingo de Ramos la cofradía de la Amargura. Ese día, en las freidurías del barrio, las colas son casi tan largas como la procesión. Desde allí, gira hacia el sureste y busca la calle Doña María Coronel: vamos a llamar a la puerta de unas monjas.

  3. 3. Convento de Santa Inés: bollitos por el torno

    Calle Doña María Coronel 5, 41003 Sevilla, Spain

    Busca en la calle Doña María Coronel la puerta del convento de Santa Inés y, dentro, una ventanita con una rueda de madera giratoria. Eso es el torno, y es la única forma de comprarle dulces a unas monjas que viven en clausura y a las que nunca vas a ver la cara.

    El ritual tiene su gracia. Tocas el timbre y esperas. Una voz al otro lado dice: Ave María Purísima. Tú contestas: sin pecado concebida. Pides lo que quieres, pones el dinero en la rueda, la rueda gira... y vuelve con tu caja de dulces. Sin caras, sin nombres, como un pequeño milagro de madera.

    Este convento de clarisas lo fundó en 1374 doña María Coronel, una noble sevillana cuya historia se ha contado mil veces. La leyenda dice que el rey Pedro I la perseguía con insistencia y que ella, para librarse de él, se desfiguró el rostro con aceite hirviendo. Su cuerpo se conserva en el convento y, según la tradición, se muestra a los fieles cada 2 de diciembre. La calle que pisas lleva su nombre.

    Y ahora, lo que has venido a buscar: los bollitos de Santa Inés. Son unas tortitas finas y crujientes, con su punto de matalahúga, que es como llaman en Andalucía al anís en grano, perfectas para mojar en el café o para comérselas una detrás de otra sin darte cuenta. Las monjas las hacen a mano con una receta que se transmite de generación en generación dentro de los muros.

    Una última sorpresa: esta iglesia es el escenario de una de las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, Maese Pérez el organista. En ella, la noche de Nochebuena, el órgano de Santa Inés vuelve a sonar tocado por un músico que ya había muerto. Así que estos muros tienen fantasma literario además de dulces. Sigue la calle hacia el este hasta la esquina donde se juntan las calles Gerona y Alhóndiga, frente a una iglesia de ladrillo: allí te espera el bar más antiguo de Sevilla.

  4. 4. El Rinconcillo: la barra de 1670

    Calle Gerona 40, 41003 Sevilla, Spain

    Estás en la esquina de las calles Gerona y Alhóndiga, frente a una fachada de azulejos y madera oscura, con la iglesia de Santa Catalina mirándote de frente. Es El Rinconcillo, abierto en 1670 y considerado el bar más antiguo de Sevilla.

    Ponte en situación: cuando aquí se sirvió la primera copa, Murillo todavía pintaba en esta ciudad, y Sevilla seguía siendo la puerta de las Indias, el puerto por donde entraba la plata de América. Desde entonces el local ha cambiado de manos y ha tenido sus reformas, pero conserva lo esencial: los azulejos, las estanterías de botellas, los jamones colgando del techo y una barra de madera gastada por siglos de codos.

    Y fíjate en esa barra, porque tiene truco. Los camareros apuntan lo que tomas con tiza, directamente sobre la madera, delante de ti. Cuando pides la cuenta, suman los palotes, la borran con un trapo, y aquí no ha pasado nada. Es el sistema de contabilidad más antiguo y más honrado de Sevilla.

    Ahora la comida. Pide espinacas con garbanzos, el plato sevillano por excelencia: espinacas guisadas con garbanzos, ajo, comino, pimentón y pan frito majado, una receta en la que muchos ven la huella de la cocina andalusí. También son clásicos el bacalao con tomate y los montaditos. En Sevilla la tapa se toma de pie, en barra, y se va pidiendo poco a poco, nunca todo de golpe. Ir de tapas no es cenar: es una manera de estar en la calle.

    Al lado se abre la plaza de los Terceros, que debe su nombre al antiguo convento de franciscanos de la Orden Tercera, y alrededor se reparten tabernas y bares de barrio. Esta esquina lleva más de tres siglos y medio dando de comer y de beber a los sevillanos, y sigue llena. Cuando termines, baja por la calle Alhóndiga hacia el sur, hasta una plaza con una iglesia blanca de columnas, la de San Ildefonso.

  5. 5. Convento de San Leandro: las yemas más famosas

    Plaza de San Ildefonso 1, 41003 Sevilla, Spain

    Frente a ti, la iglesia blanca y neoclásica de San Ildefonso, con sus dos torres; a su lado, tras unos muros sobrios, el convento de San Leandro. Si ves entrar a alguien con prisa y salir con una cajita en la mano, ya sabes a qué ha venido.

    Las yemas de San Leandro son probablemente el dulce de convento más famoso de Sevilla. Son pequeñas bolitas de yema de huevo y almíbar, envueltas una a una en papel, suaves, intensas y tan dulces que una sola te arregla la tarde. Las monjas agustinas las elaboran a mano desde hace generaciones, y hay sevillanos que no conciben una visita familiar sin una caja de yemas bajo el brazo.

    ¿Por qué tantos dulces de convento llevan yema? Se cuenta que las bodegas de vino usaban claras de huevo para clarificar sus caldos, y que las yemas sobrantes acababan en los conventos, que las convertían en dulces. Es una de esas historias que se repiten de bodega en bodega y de torno en torno; sea del todo cierta o no, explica bien por qué medio recetario conventual andaluz es amarillo.

    El convento lleva el nombre de San Leandro, obispo de Sevilla en el siglo seis y hermano mayor de San Isidoro. Leandro fue una figura clave de la Hispania visigoda: participó en el Tercer Concilio de Toledo, en 589, cuando el rey Recaredo abandonó el arrianismo y abrazó el catolicismo. Las agustinas llevan siglos en este edificio, rezando, cantando y, por la cuenta que nos trae, batiendo huevos.

    Sevilla fue una ciudad de conventos, decenas de ellos, y muchos sobrevivieron gracias a la repostería. Cada diciembre una muestra reúne los dulces de las clausuras de la provincia, y los sevillanos hacen cola para comprarlos. Ahora vuelve hacia el noroeste por la plaza del Cristo de Burgos y la plaza de San Pedro, y toma la calle Imagen hasta la Encarnación: allí, bajo una estructura de madera gigante, está el gran mercado del centro.

  6. 6. Mercado de la Encarnación: la plaza de abastos

    Plaza de la Encarnación s/n, 41003 Sevilla, Spain

    Busca la planta de calle, debajo de la gran plataforma de las Setas, y entra en el mercado: puestos en fila, mostradores de acero, básculas, y placeros despachando con una mano mientras gesticulan con la otra. Arriba se hacen fotos los turistas; aquí abajo se compra el almuerzo.

    Este mercado tiene una historia de mudanzas que daría para una novela. Donde estás se levantaba el convento de la Encarnación, que fue derribado durante la ocupación francesa, a partir de 1810, para abrir una plaza. A mediados del siglo diecinueve se construyó en ella un mercado de abastos, que fue el gran mercado del centro durante más de un siglo, hasta que lo derribaron en 1973. Lo que vino después fue casi cuarenta años de puestos provisionales, mientras la plaza se convertía en un solar y en una discusión eterna.

    El mercado volvió a su sitio en 2011, ya bajo las Setas, y los placeros, por fin, recuperaron un techo de verdad. Algunos puestos han pasado de padres a hijos durante todas esas idas y venidas, y si preguntas con simpatía, te contarán más de una batallita.

    Ahora fíjate en lo que se vende. Pescado de las lonjas de Huelva y Cádiz, chacinas, carnes, verduras de la vega del Guadalquivir y, sobre todo, aceitunas. Sevilla es tierra de aceitunas de mesa, y aquí verás las dos grandes variedades sevillanas: la manzanilla, pequeña y fina, y la gordal, enorme y carnosa. Las aliñan con ajo, tomillo, hinojo, pimiento y vinagre, y cada placero jura que la receta de su abuela es la buena.

    Un consejo de amigo: en un mercado sevillano se pregunta, se prueba y se conversa. Nadie te va a reñir por pedir que te pongan cuarto y mitad de algo, y si pides consejo, te lo darán con generosidad... y con su opinión sobre el tiempo, el Betis o el Sevilla incluida. Sal hacia el oeste por la calle Laraña y sigue hasta la plaza donde empieza la calle Sierpes.

  7. 7. Confitería La Campana: dulces desde 1885

    Calle Sierpes 1, 41004 Sevilla, Spain

    En la esquina donde arranca la calle Sierpes, mira el escaparate de la Confitería La Campana: maderas nobles, vitrinas, espejos y bandejas de dulces ordenadas como si fueran joyas. Lleva abierta desde 1885, y en Sevilla eso la convierte en institución.

    Por esta puerta han pasado generaciones de sevillanos con el mismo encargo: la bandeja de pasteles del domingo, para llevar a casa de la suegra o para acabar la comida familiar. Dentro hay yemas, pasteles de crema, bizcochos y dulces de temporada, y el ritual consiste en señalar con el dedo, dudar, cambiar de opinión dos veces y acabar pidiendo uno más de lo previsto.

    Hablemos de la gran repostería sevillana, la que se hereda. En Cuaresma mandan las torrijas, y en Navidad, los pestiños, tiras de masa frita bañadas en miel, y los polvorones y mantecados, que en Andalucía tienen en Estepa su capital. Y todo el año, las tortas de aceite, finas, crujientes y con azúcar por encima, que vienen de Castilleja de la Cuesta, un pueblo del Aljarafe a pocos kilómetros de aquí. Es una repostería de aceite, almendra, miel y anís: se nota que por estas tierras pasaron muchas culturas.

    Esta esquina es también sagrada por otra razón. La plaza de La Campana es el punto donde empieza la Carrera Oficial de la Semana Santa, y aquí se instala el palquillo ante el que cada cofradía se presenta antes de entrar en Sierpes. Esa semana, conseguir un hueco en esta acera es casi más difícil que conseguir una yema del día.

    Así que si te apetece, entra, elige algo pequeño y cómetelo caminando, como hacen los sevillanos que van a lo suyo. Después, baja por la calle Cuna, la paralela a Sierpes, hacia el sur, y sigue hasta encontrarte con la parte trasera de la iglesia del Salvador, rodeada de tiendecitas.

  8. 8. Plaza del Pan: montaditos y pringá

    Plaza de Jesús de la Pasión, 41004 Sevilla, Spain

    Fíjate en las tiendecitas pegadas al muro de la iglesia del Salvador, diminutas, como si la piedra las hubiera dejado crecer a su sombra. Oficialmente estás en la plaza de Jesús de la Pasión, pero ningún sevillano la llama así: para todos es la Plaza del Pan.

    El nombre es literal. Desde la Edad Media, aquí se vendía el pan que comía la ciudad, y buena parte de él venía de Alcalá de Guadaíra, un pueblo cercano tan famoso por sus hornos que durante siglos se le llamó Alcalá de los Panaderos. Cada madrugada, las bestias cargadas de pan entraban en Sevilla, y aquí se despachaban las hogazas y los bollos que acababan en todas las mesas, ricas y pobres.

    Y del pan nace uno de los grandes inventos sevillanos: el montadito. Un panecillo pequeño, abierto y relleno, que se come en dos o tres bocados en la barra. Los hay de lomo, de jamón, de queso, de pringá... y aquí tengo que pararme, porque la pringá merece un monumento. Es lo que queda en la olla del puchero: la carne, el chorizo, la morcilla y el tocino, desmigados y mezclados hasta formar una pasta jugosa que se mete en el pan. Es la cocina de aprovechamiento de las abuelas, y probablemente el bocado más sevillano que existe.

    El puchero es plato de invierno, y de él salía todo: primero el caldo, luego los garbanzos y las verduras, y al final la pringá, que en muchas casas se comía al día siguiente. Así que cuando pidas un montadito de pringá, piensa que te estás comiendo un domingo entero de una familia sevillana.

    Alrededor se extiende el viejo entramado de calles de mercado: la Alcaicería, donde se vendía la seda, y calles con nombres de oficios que te cuentan lo que se hacía en cada una. Ahora sal hacia el sur, cruza la Plaza de San Francisco, sigue por la avenida de la Constitución y baja hacia el Arenal, hasta una puerta de la vieja muralla que lleva el nombre del aceite.

  9. 9. Postigo del Aceite: la puerta del oro líquido

    Calle Almirantazgo, 41001 Sevilla, Spain

    Ponte frente al arco del Postigo del Aceite y mira los lienzos de muralla que lo abrazan: este es uno de los pocos accesos que se conservan de la cerca que rodeaba Sevilla. Por aquí no entraban reyes ni procesiones: por aquí entraba la comida.

    El nombre lo dice todo. Por este postigo pasaba el aceite que llegaba al puerto del Arenal y el de los olivares del Aljarafe, la comarca de colinas al oeste del río, que durante siglos fue uno de los grandes olivares de Andalucía. La puerta actual es fruto de una reforma de 1573, obra del arquitecto Benvenuto Tortello, en plena época dorada de la ciudad.

    Y es que aquel aceite no era solo para freír pescado. Desde 1503, con la Casa de Contratación, Sevilla controló el comercio con América, y de este puerto salían barcos cargados de aceite, vino y vinagre en botijas de barro rumbo a las Indias, donde los colonos no querían renunciar a su dieta. De vuelta llegaba la plata. Pero el puerto tuvo también su cara más oscura: Sevilla fue en esos siglos uno de los grandes mercados de personas esclavizadas de Europa, y esa historia forma parte de la riqueza que ves en sus palacios.

    Muy cerca se levantan las Reales Atarazanas, los astilleros que mandó construir Alfonso X a partir de 1252, con sus enormes naves de ladrillo. Imagina toda esta zona como un hormiguero: barcos, mulas, toneles, botijas, aduaneros, marineros y pícaros. Aquel Arenal bullicioso es el que retrató Cervantes, y el que llenó de vida las novelas picarescas.

    Hoy el Postigo es un rincón tranquilo, con su pequeña capilla y los coches pasando a su lado. Pero cuando pongas aceite de oliva en una tostada sevillana, acuérdate de este arco. Ahora cruza el Postigo y sube por la calle Almirantazgo hasta la calle García de Vinuesa: la última parada es una taberna llena de tinajas.

  10. 10. Casa Morales: tinajas, fino y manzanilla

    Calle García de Vinuesa 11, 41001 Sevilla, Spain

    Empuja la puerta de Casa Morales y deja que los ojos se acostumbren a la penumbra: enormes tinajas de barro alineadas contra la pared, una barra antigua, botellas, y el murmullo de gente que lleva toda la vida viniendo. Esta taberna abrió en 1850, y entrar aquí es lo más parecido a viajar en el tiempo con una copa en la mano.

    Como tantas tabernas sevillanas antiguas, Casa Morales nació como tienda de vinos y comestibles, donde los vecinos compraban a granel y, ya de paso, se tomaban un vaso de pie. Esas tinajas gigantes guardaban el vino, y hoy siguen siendo las verdaderas protagonistas del local, testigos mudos de casi dos siglos de conversaciones.

    Y ahora, la lección final: el fino y la manzanilla, los vinos que acompañan una tapa sevillana mejor que nada. Los dos son vinos blancos secos de la tierra, criados bajo un velo de levaduras llamado flor, que los protege del aire y les da ese sabor punzante, casi de pan y almendra. El fino se cría en Jerez y en el Marco de Jerez, y también en Montilla, en Córdoba. La manzanilla, en cambio, solo puede criarse en Sanlúcar de Barrameda, junto a la desembocadura del Guadalquivir, y dicen que ese aire de mar le deja un punto salino.

    Un consejo: pídelos bien fríos, en catavino, la copa estrecha y alta, y acompáñalos con algo salado, unas aceitunas, un poco de chacina o un montadito. Y en la Feria de Abril, la manzanilla se mezcla con refresco de lima limón y se convierte en rebujito, que los puristas miran con desconfianza y medio Real de la feria bebe sin parar.

    Mira atrás un momento: has empezado entre el mercadillo y los puestos de pescado de la calle Feria, has llamado al torno de dos conventos, te has apoyado en la barra de 1670, has seguido el pan hasta la Plaza del Pan y el aceite hasta la muralla. Sevilla se cuenta en sus libros de historia, pero se entiende en sus barras. Levanta la copa, brinda por las monjas, los placeros y los taberneros, y que aproveche.