Sevilla de piedra, ladrillo y madera: de la Magdalena a las Setas y la Casa de Pilatos

Un paseo por la arquitectura del centro de Sevilla: conventos convertidos en plazas, un Ayuntamiento con dos caras, la calle Sierpes de Cervantes, las Setas de la Encarnación y una mezquita escondida bajo el Salvador

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  1. 1. Iglesia de la Magdalena: el antiguo convento de San Pablo

    Calle San Pablo 10, 41001 Sevilla, Spain

    Párate en la calle San Pablo y deja que la mirada se te vaya hacia arriba, hasta esa cúpula vidriada que brilla sobre los tejados como un dulce recién glaseado. Estás ante la iglesia de la Magdalena... aunque durante más de cinco siglos este templo no se llamó así. Era la iglesia del gran convento dominico de San Pablo, fundado poco después de que Fernando III entrara en Sevilla en 1248.

    El nombre lo heredó, como tantas cosas en esta ciudad, por culpa de los franceses. Durante la ocupación napoleónica, entre 1810 y 1812, se derribó la vieja parroquia de la Magdalena, que estaba a pocas calles de aquí, y la feligresía se mudó al templo de los frailes. Con la mudanza llegó también la pila bautismal en la que, según la tradición, recibió el agua en 1618 un niño llamado Bartolomé Esteban Murillo. Así que el pintor más dulce de Sevilla tiene su pila en una iglesia que él conoció con otro nombre.

    Lo que ves es obra de Leonardo de Figueroa, el arquitecto que le puso a la Sevilla barroca su color de ladrillo y almagra. La iglesia medieval estaba tan maltrecha a finales del siglo diecisiete que hubo que levantarla casi de nuevo, y Figueroa la terminó en 1709. Si entras, busca la cúpula pintada por Lucas Valdés, hijo de Valdés Leal, y una capilla mudéjar con sus bóvedas de ladrillo, superviviente del convento antiguo.

    Pero este edificio también guarda una memoria oscura. En 1480 llegaron a este convento dos frailes dominicos con el nombramiento de los Reyes Católicos: eran los primeros inquisidores de Castilla. Desde aquí empezaron a perseguir a los conversos sevillanos, y en febrero de 1481 se celebró el primer auto de fe, en el que seis personas murieron en la hoguera. Poco después, el tribunal se instaló en el castillo de San Jorge, al otro lado del río.

    Y aquí viene la paradoja que tanto le gusta a Sevilla: en esta misma casa fue consagrado obispo, en 1544, fray Bartolomé de las Casas, el dominico que dedicó su vida a denunciar los abusos contra los pueblos indígenas de América. Sal ahora por la calle Méndez Núñez, hacia el este... en pocos minutos se te abrirá una plaza enorme con un rey a caballo en el centro.

  2. 2. Plaza Nueva: el convento que se convirtió en plaza

    Plaza Nueva, 41001 Sevilla, Spain

    Ponte a la sombra de las palmeras y mira al jinete de bronce que preside la plaza. Es Fernando III, el rey que conquistó Sevilla en 1248 y al que aquí nadie llama por su número: para los sevillanos es, sencillamente, San Fernando, patrón de la ciudad.

    Lo curioso es que esta plaza, que parece el salón de Sevilla de toda la vida, es una de las más jóvenes del centro. Donde ahora pisas se levantaba la Casa Grande de San Francisco, el convento más grande de la ciudad en el Siglo de Oro, con claustros, huertas y capillas pagadas por los mercaderes que se hacían ricos con el comercio de América. Tras la ocupación francesa y la desamortización de 1835, el convento quedó vacío y arruinado, y a mediados del siglo diecinueve se derribó para abrir este espacio. Por eso los sevillanos la bautizaron, sin romperse mucho la cabeza, Plaza Nueva.

    Del convento casi no queda nada... casi. En uno de los lados de la plaza, entre fachadas de bancos y hoteles, se esconde una portada pequeña y discreta: la capilla de San Onofre, el último resto de aquel convento gigantesco. Mucha gente pasa por delante cada día sin saber que esa puertecita es lo único que sobrevivió a la piqueta.

    Ahora gira la vista hacia el este, hacia el edificio largo y solemne que cierra la plaza. Es el Ayuntamiento, pero por este lado te enseña su cara seria, una fachada del siglo diecinueve, ordenada y clasicista, como de traje y corbata. La estatua de San Fernando llegó en 1924, obra del escultor sevillano Joaquín Bilbao, y desde entonces la plaza ha cambiado de nombre oficial varias veces, al compás de la política española. Pero para la gente siempre ha sido la Plaza Nueva: aquí se queda con los amigos, aquí se viene a manifestarse y aquí se espera el tranvía.

    Lo mejor del Ayuntamiento, sin embargo, está detrás, y tiene casi cuatrocientos años más de lo que aparenta esta fachada. Rodea el edificio por su extremo sur, pasando bajo el arquillo, y sal a la Plaza de San Francisco, donde te espera su otra cara.

  3. 3. Ayuntamiento y Plaza de San Francisco: la cara plateresca

    Plaza de San Francisco, 41004 Sevilla, Spain

    Date la vuelta y acércate a la esquina del Ayuntamiento que mira a la Plaza de San Francisco. La piedra parece encaje, y si te pegas un poco verás que cada palmo está ocupado por algo: un escudo, una cara, un niño con alas, un monstruo que te saca la lengua.

    Esto es el plateresco, el estilo que imita el trabajo fino de los plateros, y esta es una de sus joyas en Andalucía. Las obras empezaron en 1527 bajo la dirección de Diego de Riaño, y no por casualidad. Un año antes, en 1526, el emperador Carlos V se había casado con Isabel de Portugal en el Real Alcázar, y Sevilla, puerto y puerta de las Indias, quería unas casas consistoriales a la altura de una capital imperial.

    Busca entre los relieves a dos personajes que los sevillanos del siglo dieciséis veneraban como fundadores: Hércules y Julio César. La leyenda decía que el héroe griego levantó la ciudad y el romano la amuralló, y una vieja inscripción lo resumía así: Hércules me edificó, Julio César me cercó de muros. Entre ellos corren grutescos, sirenas, tritones y alguna figura con bastante poca ropa para estar en un edificio oficial... el Renacimiento era así.

    Durante siglos, esta fue la plaza mayor de Sevilla, el escenario de todo lo importante. Aquí se corrían toros y se celebraban juegos de cañas, aquí se ajusticiaba a los condenados, y aquí se celebraron grandes autos de fe de la Inquisición, como los de 1559 y 1560 contra los protestantes sevillanos, entre ellos varios monjes del monasterio de San Isidoro del Campo. Detrás de esa misma fachada tan alegre, la ciudad miraba arder a sus vecinos.

    Hoy la plaza vive de otra manera: en Semana Santa se llena de palcos, porque por aquí pasa la Carrera Oficial de todas las cofradías, y en el Corpus la cruza la custodia de la Catedral. Ahora busca la esquina norte de la plaza: de ahí sale una calle estrecha, comercial y siempre llena, la más famosa de Sevilla. Métete en ella.

  4. 4. Calle Sierpes y la Cárcel Real de Cervantes

    Calle Sierpes, 41004 Sevilla, Spain

    Métete en la corriente de gente de la calle Sierpes y camina despacio, que aquí nadie tiene prisa aunque lo parezca. En verano, si tienes suerte, verás los toldos tendidos de lado a lado, y entenderás enseguida por qué esta calle es el pasillo de la casa de todos los sevillanos.

    El nombre tiene más versiones que bares la ciudad. Hay quien dice que venía de un mesón con una sierpe pintada en el letrero, y hay quien cuenta una leyenda mucho más sabrosa: una serpiente gigantesca que vivía en las alcantarillas y se comía a los niños, hasta que un preso de la cárcel cercana la mató a cambio de su libertad. Nadie lo sabe a ciencia cierta, y a los sevillanos, francamente, les da igual.

    Lo que sí es historia es la cárcel. En el extremo sur de la calle, junto a la Plaza de San Francisco, estaba la Cárcel Real, una de las más temidas de España. En 1597 entró en ella un recaudador de impuestos llamado Miguel de Cervantes, porque el banquero donde había depositado el dinero de la Corona quebró. En el prólogo del Quijote, Cervantes habla de un hijo que se engendró en una cárcel, y la tradición sevillana está convencida de que fue en esta. Una placa en la fachada lo recuerda, y su novela Rinconete y Cortadillo retrata el hampa sevillana que conoció tan de cerca.

    Ahora haz lo que casi nadie hace: olvida los escaparates y mira hacia arriba. Sobre las tiendas aparecen balcones de hierro, miradores acristalados, cerámica y fachadas historicistas y regionalistas de finales del siglo diecinueve y principios del veinte. Aquí estaban los cafés, los casinos y los círculos donde la Sevilla bien pasaba la tarde discutiendo de toros, de política y de la vida ajena.

    Y en Semana Santa, esta calle se transforma. Las cofradías la recorren en la Carrera Oficial, los pasos rozan casi las fachadas, y en la madrugada del Viernes Santo se puede escuchar el silencio de miles de personas apretadas. Sube Sierpes hasta el final, a la plaza de La Campana, gira a la derecha y sigue por la calle Laraña: busca una iglesia de fachada sobria con aire de colegio.

  5. 5. Iglesia de la Anunciación y Panteón de Sevillanos Ilustres

    Calle Laraña, 41003 Sevilla, Spain

    Ahora estás en la calle Laraña, ante una iglesia de fachada sobria, casi severa, que no se parece al barroco exuberante que has visto en la Magdalena. Es la iglesia de la Anunciación, construida entre 1565 y 1579 para la casa profesa de los jesuitas, con trazas atribuidas a Hernán Ruiz el Joven, el mismo arquitecto que coronó la Giralda con su campanario renacentista.

    Esa sobriedad tiene sentido: los jesuitas querían templos claros y ordenados, pensados para predicar. Pero en 1767 Carlos III los expulsó de España, y este conjunto pasó poco después a la Universidad de Sevilla. Durante casi dos siglos, aquí se formaron generaciones de abogados, médicos y poetas, y todavía hoy muchos sevillanos mayores hablan de la Universidad de Laraña. El edificio de al lado sigue siendo universitario: allí estudian los alumnos de Bellas Artes.

    Lo más emocionante, sin embargo, está bajo tus pies. En la cripta se creó en el siglo diecinueve el Panteón de Sevillanos Ilustres, un lugar para que la ciudad guardara a los suyos. Y entre ellos descansan dos hermanos: el poeta Gustavo Adolfo Bécquer y el pintor Valeriano Bécquer.

    Gustavo Adolfo nació en Sevilla en 1836 y murió en Madrid en 1870, con solo treinta y cuatro años, pobre y casi desconocido; su hermano Valeriano había muerto pocos meses antes. Sus Rimas se publicaron después de su muerte, gracias a los amigos que reunieron sus papeles. En 1913, Sevilla trajo los restos de los dos hermanos a esta cripta. Así que el poeta del volverán las oscuras golondrinas acabó volviendo él mismo, cuarenta y tres años después, a la ciudad que tanto había echado de menos.

    Piénsalo un momento: la iglesia de unos jesuitas expulsados, convertida en templo de una universidad, guarda en su sótano a un romántico que en vida nunca tuvo un duro. Sevilla tiene esa costumbre de reconocer tarde a sus hijos... pero de reconocerlos a lo grande. Sigue por Laraña unos pasos hacia el este: delante de ti aparecerá algo que no se parece a nada, unas setas gigantes de madera.

  6. 6. Metropol Parasol: las Setas de la Encarnación y el Antiquarium

    Plaza de la Encarnación, 41003 Sevilla, Spain

    Colócate debajo y levanta la vista: seis enormes setas de madera se abren sobre la plaza como una nube de panal, y la luz se cuela entre sus celdas dibujando cuadrículas en el suelo. Esto es el Metropol Parasol, aunque en Sevilla nadie lo llama así. Aquí son, y serán siempre, las Setas de la Encarnación.

    El proyecto lo ganó en un concurso de 2004 el arquitecto alemán Jürgen Mayer, y se inauguró en 2011. La estructura mide unos ciento cincuenta metros de largo y alcanza cerca de veintiséis de altura, y está hecha de madera laminada traída de Finlandia, protegida con una capa de poliuretano contra el sol sevillano, que no perdona. Se presume como una de las mayores estructuras de madera del mundo, y su construcción fue un quebradero de cabeza: retrasos, cambios técnicos y un presupuesto que se disparó muy por encima de lo previsto.

    Al principio, a muchos sevillanos les pareció un mamotreto plantado en mitad del casco antiguo, y las discusiones en los bares duraron años. Hoy los mismos que la criticaban suben al mirador para enseñar la ciudad a las visitas.

    Pero lo más sorprendente está debajo. Cuando se excavó la plaza en los años noventa para un aparcamiento, apareció un barrio romano entero: casas con patios y mosaicos, entre ellos uno con el rostro de Medusa, y restos de una vivienda de época almohade. El aparcamiento se quedó en el cajón, y en su lugar se creó el Antiquarium, un museo en el subsuelo donde caminas por pasarelas sobre las calles de la Hispalis romana. Encima, el mercado de abastos, y encima del mercado, una plaza elevada y el mirador: cuatro pisos de Sevilla, uno sobre otro.

    Si subes a la pasarela al atardecer, verás la Giralda encenderse a lo lejos y los tejados del centro teñirse de naranja. Cuando bajes, sal por el lado este de la plaza y toma la calle Imagen: en un par de minutos llegarás a una plaza pequeña presidida por una torre mudéjar.

  7. 7. Iglesia de San Pedro: el bautismo de Velázquez

    Plaza de San Pedro, 41003 Sevilla, Spain

    Fíjate primero en la torre: abajo, ladrillo mudéjar, recio y sin adornos; arriba, un remate barroco de azulejos y curvas, como si a una señora seria le hubieran puesto un sombrero de feria. Estás ante la iglesia de San Pedro, una de las parroquias más antiguas de Sevilla.

    San Pedro pertenece a la familia de las llamadas iglesias fernandinas, las parroquias que se levantaron en los siglos trece y catorce, tras la conquista castellana. Muchas ocupan el lugar de antiguas mezquitas, y todas comparten una mezcla muy sevillana: estructura gótica, la que traían los conquistadores, construida por alarifes que trabajaban a la manera mudéjar, con ladrillo, lacerías y techumbres de madera. Es la arquitectura de una ciudad que cambió de dueños pero no de manos.

    Y ahora el dato que hace que esta plaza tenga otro peso. El 6 de junio de 1599, en la pila de esta iglesia, bautizaron a un niño llamado Diego Rodríguez de Silva y Velázquez. La partida de bautismo se conserva en el archivo de la parroquia. Aquel crío del barrio de San Pedro acabaría siendo pintor de cámara de Felipe IV y pintaría Las Meninas, probablemente el cuadro más estudiado de la historia del arte.

    Velázquez se formó en Sevilla con Francisco Pacheco, se casó con su hija Juana, y a los veinticuatro años se marchó a Madrid para no volver. Pero su primera escuela fueron estas calles: los bodegones de su juventud, con sus huevos fritos y sus cántaros de agua, están llenos de la luz y de la gente de esta ciudad. A pocas calles de aquí, en la calle Padre Luis María Llop, se señala la casa donde, según la tradición, nació.

    Si la puerta está abierta, asómate a ver las techumbres y las capillas, que guardan siglos de devoción del barrio. Después baja hacia el sureste, cruza la recoleta plaza del Cristo de Burgos y sigue por las calles estrechas hasta la plaza de Pilatos: te espera el palacio más bonito de Sevilla que no es un Alcázar.

  8. 8. Casa de Pilatos: el palacio del Vía Crucis

    Plaza de Pilatos 1, 41003 Sevilla, Spain

    Delante de ti se alza una portada de mármol blanco en forma de arco de triunfo, labrada en Génova y colocada en 1529. Detrás de ella espera uno de los palacios más hermosos de España, y uno de los pocos en Sevilla que sigue en manos de la misma familia que lo heredó hace siglos: la Casa Ducal de Medinaceli.

    La casa la empezaron a finales del siglo quince Pedro Enríquez y Catalina de Ribera, pero quien le dio su nombre fue su hijo, Fadrique Enríquez de Ribera, primer marqués de Tarifa. Entre 1518 y 1520 hizo un largo viaje a Tierra Santa, y volvió a Sevilla con una idea fija: instituir un Vía Crucis que saliera de su casa y terminara en el templete de la Cruz del Campo, a las afueras de la ciudad. La leyenda asegura que la distancia era la misma que separaba en Jerusalén el pretorio de Pilatos del Calvario. Y así, la primera estación estaba aquí, y el palacio se quedó para siempre con el nombre de Casa de Pilatos.

    Por cierto, la famosa cerveza sevillana toma su nombre de aquel mismo templete de la Cruz del Campo. Así que, sin saberlo, medio país brinda en memoria de un Vía Crucis del siglo dieciséis.

    Dentro, el patio principal es una lección de mestizaje: arcos y yeserías mudéjares, balaustradas góticas, fuentes y columnas renacentistas, y estatuas romanas traídas de Italia por Per Afán de Ribera, virrey de Nápoles. Y luego están los azulejos, que forran las paredes con miles de piezas del siglo dieciséis: lazos, estrellas y escudos en verde, azul, melado y blanco, una de las colecciones más ricas que se conservan en España.

    Lo bonito es que no se siente un museo, sino una casa. Las plantas cuelgan, el agua suena en la fuente y la luz cambia con las horas, como cuando la habitaban. Al salir, baja hacia el sur por las calles de la antigua judería hasta la calle Santa María la Blanca: allí te espera una iglesia que antes fue sinagoga.

  9. 9. Santa María la Blanca: de sinagoga a joya barroca

    Calle Santa María la Blanca 5, 41004 Sevilla, Spain

    Por fuera, la iglesia de Santa María la Blanca no presume de nada: una portada antigua y sencilla, encajada entre casas y terrazas. Pero empuja la puerta, si está abierta, y prepárate, porque dentro el techo entero parece de encaje blanco.

    Antes de ser iglesia, este edificio fue una de las sinagogas de la judería de Sevilla. En junio de 1391, azuzados por las predicaciones del arcediano Ferrán Martínez, grupos de vecinos asaltaron la judería: muchos judíos fueron asesinados y muchos otros, obligados a bautizarse para salvar la vida. Aquella violencia se extendió después por media Península. Las sinagogas de Sevilla se convirtieron en iglesias, y esta pasó a ser Santa María de las Nieves, la Blanca. Un siglo después, en 1492, llegaría la expulsión.

    Lo que ves dentro es otra época. Entre 1659 y 1665 la iglesia se reconstruyó casi por completo y se cubrió de yeserías barrocas: hojas, flores, ángeles y roleos que trepan por bóvedas y arcos como si el yeso fuera nata montada. Las columnas que sostienen las naves son finas y elegantes, y el conjunto transmite una ligereza rarísima en el barroco sevillano.

    La reforma se terminó a tiempo para unas fiestas sonadas, en 1665, que celebraban un documento del papa Alejandro VII a favor de la Inmaculada Concepción, la gran pasión religiosa de la Sevilla de entonces. Para la ocasión, Murillo pintó unos grandes lienzos en forma de medio punto que contaban la leyenda de la nevada milagrosa de Roma, el origen del nombre de las Nieves. Durante la ocupación francesa se los llevaron, y hoy los admiran los visitantes del Museo del Prado.

    Así que en un solo edificio tienes el rastro de una comunidad destruida, el orgullo de una ciudad barroca y el saqueo de un ejército extranjero. Todo bajo un techo de yeso blanco. Ahora vuelve hacia el norte por la calle Águilas y sus callejas, hasta desembocar en una plaza pequeña, siempre animada, con nombre de forraje.

  10. 10. Plaza de la Alfalfa y San Isidoro

    Plaza de la Alfalfa, 41004 Sevilla, Spain

    Llegas a la Plaza de la Alfalfa: pequeña, irregular, rodeada de terrazas y de balcones con macetas, con ese ruido de vasos y conversaciones que en Sevilla nunca termina del todo. El nombre no engaña: durante siglos, aquí se vendía alfalfa y forraje para las bestias que entraban cada día en la ciudad.

    Pero lo que hay debajo es mucho más antiguo. Muchos historiadores creen que por esta zona latía el corazón de la Hispalis romana, el foro donde se cruzaban las calles principales, se hacían negocios y se votaba. Las calles estrechas que salen de la plaza conservan, dicen, algo de aquel trazado, y cada obra que se hace por aquí asoma algún resto romano.

    Ahora busca, muy cerca, la calle Cabeza del Rey Don Pedro, porque guarda una de las leyendas más sevillanas que existen. Se cuenta que una noche el rey Pedro I mató a un hombre en un duelo, en estas calles. Una anciana se asomó con un candil y reconoció al asesino por el crujido de sus rodillas, famoso en toda la ciudad. El rey había prometido colgar la cabeza del culpable en el lugar del crimen... y cumplió a su manera, colocando allí un busto suyo. Por eso la calle vecina se llama Candilejo, y el busto del rey sigue en su hornacina.

    A pocos pasos se levanta la iglesia de San Isidoro, otra de las parroquias gótico-mudéjares de la ciudad. Lleva el nombre del gran obispo de la Sevilla visigoda, autor de las Etimologías, la enciclopedia que leyó media Europa durante la Edad Media. Dentro guarda una joya: el Tránsito de San Isidoro, pintado por Juan de Roelas en 1613, con el santo moribundo y un cielo abierto lleno de ángeles.

    Tómate un momento en la plaza: aquí se mezclan estudiantes, vecinos de toda la vida y algún turista despistado, y todos parecen tener razón. Después camina hacia el oeste por las calles estrechas que salen de la plaza, y en unos minutos desembocarás en una plaza grande frente a una fachada enorme de ladrillo rosado. Es el final del paseo.

  11. 11. Iglesia del Salvador: la mezquita de Ibn Adabbás

    Plaza del Salvador 3, 41004 Sevilla, Spain

    Y aquí, en la Plaza del Salvador, termina el paseo, ante una fachada enorme de ladrillo rosado y piedra, coronada por cúpulas. Es la iglesia del Salvador, la segunda más grande de Sevilla después de la Catedral, y te aseguro que guarda un secreto mucho más viejo que su fachada.

    En este mismo lugar se levantó, hacia el año 830, la mezquita mayor de Ibn Adabbás, mandada construir en tiempos del emir Abd al-Rahman II. Fue la primera gran mezquita de Isbiliya, mucho antes de que los almohades levantaran la de la Giralda. Tras la conquista de 1248 se convirtió en iglesia, pero a finales del siglo diecisiete el viejo edificio estaba tan arruinado que hubo que derribarlo. El templo nuevo se construyó entre 1674 y 1712, y quien lo terminó fue Leonardo de Figueroa, el mismo arquitecto de la Magdalena donde empezaste.

    Pero la mezquita no se fue del todo. Si entras al patio, verás arcos que descansan sobre columnas reaprovechadas, algunas de origen romano y visigodo, que ya sostenían la sala de oración musulmana. Y la parte baja de la torre es el antiguo alminar. Dentro, el retablo mayor de Cayetano de Acosta es una explosión dorada, y en una capilla espera Jesús de la Pasión, la imagen tallada por Juan Martínez Montañés, a quien la ciudad dedica la estatua que tienes en mitad de la plaza.

    Ahora mira a tu alrededor. A mediodía y al caer la tarde, esta plaza es un salón al aire libre: gente sentada en las gradas de la iglesia, cañas en la mano, conversaciones que saltan de mesa en mesa. Justo detrás, en la Plaza del Pan, los panaderos vendían su género desde la Edad Media.

    Y si te fijas, has hecho todo el recorrido sobre capas: un convento que se volvió plaza, una cárcel que se volvió leyenda, casas romanas bajo unas setas de madera, una sinagoga cubierta de yeso barroco y una mezquita escondida dentro de una iglesia. Sevilla nunca tira nada... simplemente construye encima. Pide algo fresco, siéntate en las gradas y brinda por los arquitectos de todas las épocas.