Iglesia de la Anunciación y Panteón de Sevillanos Ilustres
Why is it significant?
Ahora estás en la calle Laraña, ante una iglesia de fachada sobria, casi severa, que no se parece al barroco exuberante que has visto en la Magdalena.
Key Facts
| Place | Iglesia de la Anunciación y Panteón de Sevillanos Ilustres |
|---|---|
| Address | Calle Laraña, 41003 Sevilla, Spain |
| Geo Coordinates | 37.39260, -5.99250 |
| Part of Walk | Sevilla de piedra, ladrillo y madera: de la Magdalena a las Setas y la Casa de Pilatos |
| Generated | Generated |
Ahora estás en la calle Laraña, ante una iglesia de fachada sobria, casi severa, que no se parece al barroco exuberante que has visto en la Magdalena. Es la iglesia de la Anunciación, construida entre 1565 y 1579 para la casa profesa de los jesuitas, con trazas atribuidas a Hernán Ruiz el Joven, el mismo arquitecto que coronó la Giralda con su campanario renacentista.
Esa sobriedad tiene sentido: los jesuitas querían templos claros y ordenados, pensados para predicar. Pero en 1767 Carlos III los expulsó de España, y este conjunto pasó poco después a la Universidad de Sevilla. Durante casi dos siglos, aquí se formaron generaciones de abogados, médicos y poetas, y todavía hoy muchos sevillanos mayores hablan de la Universidad de Laraña. El edificio de al lado sigue siendo universitario: allí estudian los alumnos de Bellas Artes.
Lo más emocionante, sin embargo, está bajo tus pies. En la cripta se creó en el siglo diecinueve el Panteón de Sevillanos Ilustres, un lugar para que la ciudad guardara a los suyos. Y entre ellos descansan dos hermanos: el poeta Gustavo Adolfo Bécquer y el pintor Valeriano Bécquer.
Gustavo Adolfo nació en Sevilla en 1836 y murió en Madrid en 1870, con solo treinta y cuatro años, pobre y casi desconocido; su hermano Valeriano había muerto pocos meses antes. Sus Rimas se publicaron después de su muerte, gracias a los amigos que reunieron sus papeles. En 1913, Sevilla trajo los restos de los dos hermanos a esta cripta. Así que el poeta del volverán las oscuras golondrinas acabó volviendo él mismo, cuarenta y tres años después, a la ciudad que tanto había echado de menos.
Piénsalo un momento: la iglesia de unos jesuitas expulsados, convertida en templo de una universidad, guarda en su sótano a un romántico que en vida nunca tuvo un duro. Sevilla tiene esa costumbre de reconocer tarde a sus hijos... pero de reconocerlos a lo grande. Sigue por Laraña unos pasos hacia el este: delante de ti aparecerá algo que no se parece a nada, unas setas gigantes de madera.