Caravaggio, el pintor maldito de Roma: luces y sombras del Campo Marzio
De la Galería Doria Pamphilj, donde Velázquez retrató a un papa, a las capillas de San Luis de los Franceses, Sant'Agostino y Santa Maria del Popolo, pasando por la calle del duelo de 1606 que convirtió al genio en fugitivo
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1. Galería Doria Pamphilj: la Magdalena y el papa de Velázquez
Via del Corso 305, 00186 Roma RM, Italy
Detente en la Via del Corso, frente a esta fachada larguísima y algo ennegrecida, con balcones barrocos y un portón por el que la gente entra y sale con prisa. Parece un banco o un ministerio. Pero detrás de estos muros vive todavía una de las grandes colecciones privadas de arte del mundo, en manos de la misma familia desde hace siglos: la de los Doria Pamphilj.
Ahí dentro cuelgan dos cuadros del joven Michelangelo Merisi, al que llamamos Caravaggio por el pueblo lombardo de su familia. Llegó a Roma hacia 1592, con poco más de veinte años, sin dinero y sin nombre. Uno de esos lienzos es la Magdalena penitente: una muchacha sentada en una silla baja, con la cabeza inclinada, una lágrima en la mejilla y las joyas tiradas por el suelo. No hay ángeles ni nubes. Es una chica cualquiera, y él la pintó tal cual.
Aquel fue su primer escándalo. Durante siglos se ha dicho que la modelo era una joven cortesana de su barrio, y la misma cara pelirroja parece reaparecer como la Virgen en otro cuadro de esta colección, el Descanso en la huida a Egipto, donde un ángel de espaldas toca el violín mientras san José le sostiene la partitura. Una santa y una virgen con el rostro de una muchacha de la calle: así empezó la revolución de Caravaggio.
Y en esta misma casa hay un tesoro con acento español. En 1650, durante su segundo viaje a Italia, Diego Velázquez retrató al papa Inocencio X, un Pamphilj, vestido de rojo y con una mirada desconfiada que corta como un cuchillo. Cuentan que el papa, al verlo, murmuró troppo vero, demasiado verdadero. Velázquez se había formado en una España que ya había descubierto el naturalismo de Caravaggio, en parte a través de los cuadros que José de Ribera enviaba desde Nápoles. Tres siglos después, Francis Bacon se obsesionó con ese retrato y lo convirtió en sus papas que gritan.
Así que piensa en esta fachada como el prólogo: aquí está el Caravaggio pobre y desconocido, y aquí está el eco de lo que su luz provocó en España. Ahora pon rumbo al oeste, por las callejas que pasan cerca del Panteón, hacia los palacios donde el joven pintor encontró por fin a los hombres que creyeron en él.
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2. Palazzo Giustiniani: el banquero que apostó por Caravaggio
Via della Dogana Vecchia 29, 00186 Roma RM, Italy
Fíjate en este palacio sobrio, con carabineros en la puerta y la bandera italiana sobre el portal. Hoy es la residencia oficial del presidente del Senado, y en una de sus salas se firmó, el 27 de diciembre de 1947, la Constitución de la República Italiana. Pero cuatrocientos años antes, entre estas paredes, se fraguaba otra revolución: la de un coleccionista que apostó por un pintor sin reputación.
Se llamaba Vincenzo Giustiniani, marqués y banquero de una familia genovesa que había hecho fortuna en la isla de Quíos, en el Egeo. Vivía aquí con su hermano, el cardenal Benedetto, y llenó el palacio de esculturas antiguas y pintura moderna. Llegó a reunir más de una docena de obras de Caravaggio, más que nadie en su tiempo. Y escribía de arte con una inteligencia rara: contaba que el propio Caravaggio le había dicho que le costaba el mismo esfuerzo pintar un buen cuadro de flores que uno de figuras.
Su joya era un cupido desnudo y descarado que se ríe de ti mientras pisa instrumentos musicales, libros y una armadura: el Amor victorioso. Dicen que Giustiniani lo guardaba tras una cortina de seda verde y que solo lo descubría al final de la visita, para que ningún otro cuadro pudiera competir con él. Hoy ese cupido insolente vive en Berlín.
Giustiniani fue también el hombre que rescató un rechazo. Cuando los clérigos de la iglesia de San Luis de los Franceses devolvieron el primer San Mateo de Caravaggio, porque el santo parecía un campesino tosco con los pies casi encima del espectador, fue él quien se quedó con el lienzo, y el pintor tuvo que hacer otro para el altar. Aquel primer San Mateo también acabó en Berlín, y desapareció en 1945, en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial.
Detrás de cada genio maldito hay alguien con dinero dispuesto a arriesgarse. Giustiniani fue uno; el otro vivía a menos de doscientos metros, al otro lado de la manzana. Camina hacia el Corso del Rinascimento: te espera el palacio de un cardenal que acogió a Caravaggio en su propia casa.
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3. Palazzo Madama: la casa del cardenal del Monte
Corso del Rinascimento, 00186 Roma RM, Italy
Ponte frente a esta fachada barroca, con su cornisa enorme y los guardias del Senado en la puerta. Desde 1871 aquí se reúne el Senado italiano. El nombre, sin embargo, viene de otra época, y tiene acento de los Austrias: Madama era Margarita de Austria, hija natural del emperador Carlos V, que vivió en este palacio de los Médicis tras enviudar de Alejandro de Médicis.
Hacia 1595 vivía aquí otro huésped de los Médicis: el cardenal Francesco Maria del Monte, diplomático al servicio de Florencia, músico aficionado, alquimista en sus ratos libres y gran coleccionista. Compró un cuadro de un desconocido, Los tahúres, dos pillos que despluman a un joven ingenuo en una partida de cartas, y le gustó tanto que se llevó a casa al autor. Caravaggio vivió bajo este techo unos cinco años, con cama, comida y una pensión.
Aquella casa era un mundo raro, refinado y algo ambiguo. El cardenal organizaba veladas musicales, y Caravaggio pintó para él muchachos de rostro andrógino con laúdes y partituras, como Los músicos, donde uno de los jóvenes del fondo tiene, según muchos, la cara del propio pintor. Para el laboratorio de alquimia del cardenal, en una villa cercana, pintó su única obra conocida sobre un techo. Y del Monte le encargó una Medusa pintada sobre un escudo para regalársela al gran duque de Toscana: hoy está en los Uffizi.
Pero lo decisivo fueron los contactos. Del Monte llevaba a sus invitados a ver al pintor de la casa, y gracias a él llegó el encargo que lo cambiaría todo: lienzos para una capilla en la iglesia de los franceses, a la vuelta de la esquina. Caravaggio pasó de pintar fruteros para venderlos en la calle a pintar para un altar.
El muchacho protegido, sin embargo, ya enseñaba los dientes. Los registros de la policía empiezan a llenarse con su nombre: espada sin licencia, insultos, peleas nocturnas. Y el cardenal, dicen, lo sacaba una y otra vez de apuros. Ahora rodea el palacio hasta la pequeña plaza de San Luis de los Franceses: entra y busca la última capilla de la izquierda, junto al altar mayor.
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4. San Luis de los Franceses: la Vocación de San Mateo
Piazza di S. Luigi de' Francesi, 00186 Roma RM, Italy
Recorre la nave izquierda hasta la última capilla, junto al altar mayor, y quédate un momento en la penumbra. Entonces ocurre: en el lienzo de la izquierda, una ráfaga de luz cruza una mesa de taberna, y cinco hombres que cuentan monedas levantan la vista. Dos figuras acaban de entrar por la derecha. Una de ellas señala.
Es la Vocación de San Mateo, pintada entre 1599 y 1600. Jesús entra casi oculto detrás de san Pedro, descalzo, y su mano extendida recuerda la de Adán en la Capilla Sixtina de Miguel Ángel. Fíjate en la luz: cae desde arriba a la derecha, en la misma dirección que la de la ventana real de la capilla. Caravaggio pintó pensando en este sitio exacto.
¿Y quién es Mateo? Aquí empieza uno de los debates más divertidos de la historia del arte. Durante siglos se dio por hecho que era el hombre barbudo que se señala a sí mismo, como diciendo, ¿yo? Pero hay estudiosos convencidos de que Mateo es el joven del extremo de la mesa, encorvado sobre el dinero, que ni siquiera levanta la cabeza... y de que el barbudo, en realidad, está señalando a ese chico. Mira bien y decide tú.
Enfrente, el Martirio de San Mateo es pura violencia: un verdugo desnudo, gente que huye, un ángel que tiende la palma del martirio desde una nube. Y al fondo, a la izquierda, un hombre barbudo mira hacia atrás con cara de angustia. Casi todos reconocen ahí un autorretrato de Caravaggio. El pintor se colocó en su propio cuadro como un testigo que no hace nada... curiosa premonición para alguien que acabaría huyendo de Roma con sangre en las manos.
En el centro está el tercer lienzo, San Mateo y el ángel: la segunda versión, la que los clérigos sí aceptaron. La capilla había sido de un cardenal francés, Mathieu Cointrel, Contarelli en italiano, y cuando se descubrieron estos cuadros media Roma vino a verlos: de la noche a la mañana, aquel lombardo pendenciero era el pintor más comentado de la ciudad. Sal, gira a la derecha y camina un par de minutos hacia el norte, hasta una escalinata blanca frente a una fachada de travertino.
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5. Sant'Agostino: la Virgen de los pies sucios
Piazza di Sant'Agostino 80, 00186 Roma RM, Italy
Sube la escalinata, entra en la iglesia y busca la primera capilla a la izquierda. En la penumbra, contra un muro de ladrillo desconchado, una mujer joven y descalza aparece en el umbral de una casa con un niño grande y desnudo en brazos. Frente a ella, de rodillas, dos peregrinos pobres. Y lo primero que ves de ellos, a la altura de tus ojos, son las plantas de unos pies sucios.
Es la Virgen de Loreto, o de los peregrinos, que Caravaggio pintó hacia 1604. Según la tradición, la casa de la Virgen voló de Nazaret a Loreto llevada por ángeles; aquí no hay ángeles, ni nubes, ni casa voladora. Solo un portal romano cualquiera, una madre que sostiene a su hijo en equilibrio y dos viejos que han caminado mucho. Lo sagrado aparece en la puerta de tu vecina.
Aquellos pies escandalizaron. Giovanni Baglione, pintor rival y enemigo jurado de Caravaggio, escribió que el cuadro había provocado un enorme alboroto entre la gente sencilla. La modelo de la Virgen también dio que hablar: la tradición la identifica con Maddalena Antognetti, Lena, a la que un informe de la policía llama la mujer de Michelangelo. En 1605, en una disputa por ella, Caravaggio atacó por la espalda a un notario y tuvo que esconderse unas semanas en Génova.
No te vayas sin mirar el resto de la iglesia. Aquí trabajaron también Rafael, con un profeta Isaías pintado en un pilar de la nave, y el escultor Jacopo Sansovino, con una Virgen del Parto rodeada de exvotos y velas, a la que las romanas embarazadas vienen a pedir un buen parto desde hace siglos. Lo sublime y lo popular bajo el mismo techo: justo el terreno donde Caravaggio se movía como nadie.
Junto con las capillas de San Luigi y de Santa Maria del Popolo, es uno de los pocos Caravaggio que siguen en Roma en el lugar exacto para el que fueron pintados. Mientras lo terminaba, su vida se desordenaba: denuncias, deudas, calabozos. Ahora baja la escalinata, toma hacia el río y busca la calle que lo bordea, la Via di Tor di Nona: allí estuvo la cárcel que el pintor conoció por dentro.
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6. Via di Tor di Nona: la cárcel junto al Tíber
Via di Tor di Nona, 00186 Roma RM, Italy
Camina por la Via di Tor di Nona, con el Tíber al otro lado del muro y las casas de colores pegadas unas a otras. Hoy es una de las calles más tranquilas del centro. Pero durante siglos aquí se alzaba una vieja torre medieval convertida en la cárcel más temida de Roma, la de Tor di Nona, y quien entraba no siempre salía.
Muy cerca, río abajo, en la plaza frente al puente de Sant'Angelo, la justicia papal ejecutaba a los condenados delante de todo el mundo. En septiembre de 1599 decapitaron allí a Beatrice Cenci, una joven noble condenada por el asesinato de su padre, un hombre brutal que la había maltratado durante años. Una multitud enorme la consideró una víctima. Hay estudiosos que creen que Caravaggio pudo estar entre el público y que aquella escena le rondaba cuando pintó a Judit cortando la cabeza de Holofernes. No hay prueba, pero las fechas encajan.
Lo que sí está documentado es que Caravaggio conoció esta cárcel por dentro. En 1603 el pintor Giovanni Baglione lo denunció por difamación: por Roma circulaban unos versos obscenos que ridiculizaban a Baglione y su pintura, y él acusó a Caravaggio y a sus amigos de haberlos escrito. Caravaggio acabó encerrado en Tor di Nona y tuvo que declarar ante el juez.
Esa declaración es un tesoro, porque es casi lo único que nos queda de su propia voz. Dice que no sabe nada de los versos, que de los pintores de Roma estima a muy pocos, y da su definición de valentuomo, de hombre de valía: el que sabe pintar bien e imitar bien las cosas naturales. Ahí está todo su programa artístico, dictado a un escribano en una celda. Salió al cabo de unas semanas gracias a la intercesión del embajador de Francia.
La torre ya no existe. Más tarde la cárcel cerró y en su lugar se levantó un teatro, el Tordinona, que en 1671 se convirtió en el primer teatro público de ópera de Roma, con el apoyo de la reina Cristina de Suecia. De la prisión al escenario: muy romano. Ahora deja el río a tu espalda y entra de nuevo en el laberinto, hacia la Via della Pallacorda. Lo que pasó allí una tarde de mayo de 1606 cambió la vida de Caravaggio para siempre.
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7. Via della Pallacorda y Palazzo Firenze: el duelo de 1606
Via della Pallacorda, 00186 Roma RM, Italy
Detente en esta calle corta y estrecha, entre fachadas ocres, a un paso de un palacio de piedra con un jardín escondido: el Palazzo Firenze, que fue la residencia de los representantes de los Médicis en Roma. La calle se llama Via della Pallacorda porque aquí había canchas de pallacorda, un antepasado del tenis que se jugaba con raqueta por encima de una cuerda. Era un juego de apuestas, gritos y espadas al cinto.
El domingo 28 de mayo de 1606, al atardecer, en esta zona se enfrentaron dos grupos de hombres armados. De un lado, Caravaggio y sus amigos; del otro, Ranuccio Tomassoni, un joven de Terni de familia influyente, y los suyos. Hubo espadas, heridas, gritos. Caravaggio recibió un corte en la cabeza. Tomassoni cayó con una herida en la ingle o en el muslo, y murió desangrado poco después.
¿Por qué se pelearon? Nadie lo sabe con certeza, y eso ha alimentado cuatro siglos de teorías. Las crónicas antiguas hablan de una disputa por una partida o por una apuesta. Otros apuntan a deudas, a viejas rencillas entre bandas o a una mujer: Fillide Melandroni, cortesana de Siena, cercana a Tomassoni, que había posado para Caravaggio. Hay incluso quien sostiene que fue un duelo de honor y que el pintor quiso herirlo en la entrepierna para humillarlo.
La justicia papal fue implacable. Caravaggio fue condenado al bando capital: cualquiera que lo encontrara en territorio del papa podía matarlo impunemente, y se dice que bastaba con presentar su cabeza. El pintor más famoso de Roma pasó, en una tarde, a ser un hombre al que se podía cazar. Escondido por sus protectores, huyó hacia los feudos de los Colonna, al sur de la ciudad, y desde allí a Nápoles. Nunca volvería a pisar Roma.
Fíjate en la ironía: desde entonces, en sus cuadros, las cabezas cortadas se multiplican, y alguna tiene su propia cara. Pero esa historia la terminaremos al final del paseo. Ahora camina unos pasos hasta el Vicolo del Divino Amore: vamos a ver dónde vivía Caravaggio el año antes del duelo, y por qué su casera estaba furiosa con él.
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8. Vicolo del Divino Amore: la casa de Caravaggio
Vicolo del Divino Amore, 00186 Roma RM, Italy
Entra en este callejón estrecho que se dobla entre casas modestas, con una iglesita y la ropa tendida en lo alto. En tiempos de Caravaggio se llamaba vicolo di San Biagio, y en una de estas casas, entre 1604 y 1605, el pintor vivía de alquiler. Por primera vez desde que llegó a Roma tenía casa propia, lejos de los palacios de los cardenales.
Su casera, Prudenzia Bruni, no tardó en arrepentirse. El inquilino no pagaba, recibía gente a todas horas y, además, había abierto un agujero en el techo de una de las habitaciones. ¿Para qué? Una explicación es que necesitaba altura para un lienzo enorme; otra, que buscaba controlar la luz desde arriba, esa luz que cae sobre sus figuras como un foco de teatro. Ella lo denunció, y él, según los documentos, respondió tirando piedras contra sus persianas.
Para cobrarse el alquiler, la casera hizo inventariar y embargar sus cosas en agosto de 1605. Y gracias a esa lista sabemos cómo vivía un genio: unas pocas sillas y una mesa, una cama, una guitarra y un violín, un espejo grande, espadas y puñales, una docena de libros cuyos títulos nadie anotó, y lienzos apoyados contra la pared. Ni oro ni lujos. Un taller, un dormitorio y un arsenal.
Ese espejo importa. Muchos historiadores creen que Caravaggio trabajaba con espejos y con la luz de una sola ventana en un cuarto a oscuras, colocando a sus modelos como actores. No se conserva ni un solo dibujo suyo: hacía incisiones en la preparación del lienzo con el mango del pincel y pintaba directamente del natural. Por eso sus santos tienen arrugas, uñas negras y la piel quemada por el sol.
Mientras su casera contaba sus sillas, Caravaggio pintaba algunas de sus obras más intensas, y su fama subía tan deprisa como sus problemas con la policía. Ahora sal del callejón hacia la Piazza Borghese: te espera un palacio tan largo y curvo que los romanos lo llaman el clavicémbalo, y en él, la familia que tenía en sus manos el perdón del pintor... y sus cuadros.
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9. Palazzo Borghese: el clavicémbalo y el perdón
Piazza Borghese, 00186 Roma RM, Italy
Colócate frente a este palacio enorme, de fachada interminable. Si lo rodeas verás que su planta tiene una forma extraña, ancha por un lado y estrecha por el otro: los romanos lo apodan il Cembalo, el clavicémbalo, porque visto desde arriba parece el instrumento. Entre sus primeros dueños figuró un cardenal español, Pedro de Deza; pero fue la familia Borghese, de origen sienés, la que lo convirtió en un palacio de papas.
En 1605 el cardenal Camillo Borghese fue elegido papa con el nombre de Pablo V, y su sobrino Scipione se convirtió en el hombre más poderoso de Roma después de él. Scipione era un coleccionista voraz y sin escrúpulos. Cuando en 1607 la justicia confiscó la colección del pintor Giuseppe Cesari, el Caballero de Arpino, en cuyo taller había trabajado el joven Caravaggio, los cuadros acabaron, qué casualidad, en manos de Scipione. Entre ellos, obras tempranas de Caravaggio como el Muchacho con cesto de frutas.
Scipione quería más Caravaggios, y el pintor necesitaba lo único que solo los Borghese podían darle: el perdón papal por la muerte de Tomassoni. Desde el exilio, Caravaggio pintó un David que sostiene la cabeza cortada de Goliat, un cuadro que acabó en manos de Scipione. Y esa cabeza, con la boca abierta y los ojos desiguales, es un autorretrato. Muchos lo leen como una súplica: aquí tienes mi cabeza, perdóname.
Los cuadros de Scipione ya no están aquí: la colección acabó en la villa que el cardenal se hizo construir en las afueras, hoy la Galería Borghese, que guarda seis obras de Caravaggio, uno de los conjuntos más importantes del mundo. Allí está también la Virgen de los Palafreneros, pintada para San Pedro del Vaticano y retirada del altar al poco tiempo. Scipione la compró enseguida. Lo que la Iglesia rechazaba, él lo coleccionaba.
Si el portón está abierto, asómate al patio: al fondo hay un jardín con fuentes y estatuas que los Borghese llamaban, nada menos, los baños de Venus. Pero no nos entretengamos. Sigue hacia el norte por la Via di Ripetta, paralela al río: vamos al barrio que los papas intentaron encerrar tras un muro.
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10. Via di Ripetta y el Ortaccio: las cortesanas de Caravaggio
Via di Ripetta, 00186 Roma RM, Italy
Camina por la Via di Ripetta, recta y algo austera, con el Mausoleo de Augusto asomando entre los edificios a tu derecha. Esta calle se abrió a principios del siglo dieciséis, bajo el papa León X, para unir el puerto fluvial de Ripetta con la Piazza del Popolo. Y en sus alrededores, en tiempos de Caravaggio, latía la zona más canalla de Roma.
En la segunda mitad del siglo dieciséis, los papas quisieron limpiar la ciudad y confinaron a las prostitutas en un recinto cerrado cerca de aquí, entre el mausoleo y el río, que los romanos bautizaron con desprecio el Ortaccio, el huerto feo. Las cortesanas de más categoría, en cambio, vivían en casas propias, recibían a nobles y diplomáticos y se movían por todo el Campo Marzio. Roma era una ciudad con muchos más hombres que mujeres, clérigos, peregrinos y soldados, y el negocio era enorme.
Ese era también el mundo de Caravaggio, y de ahí salieron algunas de sus modelos. Fillide Melandroni, la cortesana de Siena, posó como santa Catalina de Alejandría, con la rueda rota y la espada, en un cuadro que hoy puedes ver en Madrid, en el Museo Thyssen-Bornemisza. Y para muchos estudiosos ella es también la Judit que degüella a Holofernes en el Palazzo Barberini. Una mujer a la que la ley quería encerrar tras un muro, convertida en santa en la galería de un cardenal.
No era un mundo amable. Fillide pasó por los tribunales más de una vez, y en uno de esos procesos se la acusa de atacar con un cuchillo a otra mujer. Las cortesanas vivían entre el lujo y la cárcel, igual que el propio pintor. Caravaggio no las idealizaba ni las juzgaba: las miraba de frente, con la misma luz cruda con la que miraba a los santos.
Sigue por la Via di Ripetta hasta que se abra ante ti una gran plaza ovalada con un obelisco egipcio en el centro, el mismo que adornaba el Circo Máximo, plantado aquí en 1589, cuando Caravaggio era todavía un aprendiz en Milán. Al fondo, junto a la puerta norte de la ciudad, por donde entraban los viajeros que bajaban de Europa, se esconde una iglesia de fachada sencilla. Dentro está el final de nuestra historia.
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11. Santa Maria del Popolo: la capilla Cerasi y el final
Piazza del Popolo 12, 00187 Roma RM, Italy
Entra en la iglesia y avanza hasta la capilla a la izquierda del altar mayor, pequeña y estrecha. En el centro, un altar luminoso de Annibale Carracci, la Asunción de la Virgen, con colores limpios y gestos elegantes. Y a los lados, en penumbra, casi encajonados, dos lienzos que te empujan hacia dentro: son de Caravaggio, de 1600 y 1601.
A la derecha, la Conversión de San Pablo. Saulo yace de espaldas en el suelo, con los brazos abiertos y los ojos cerrados, cegado por una luz que no vemos. Encima de él, ocupando casi todo el cuadro, un caballo enorme levanta con cuidado una pata para no pisarlo, sujeto por un viejo mozo de cuadra. Una anécdota, probablemente inventada, cuenta que alguien le preguntó al pintor si acaso el caballo era Dios. Y Caravaggio respondió: no, pero está en la luz de Dios.
A la izquierda, la Crucifixión de San Pedro: tres hombres sin rostro, de espaldas o agachados, sudan para levantar una cruz con un viejo clavado cabeza abajo. Nada de heroísmo: es un trabajo pesado y sucio, de jornaleros. Y Pedro, en vez de mirar al cielo, gira la cabeza hacia los clavos de su mano, como preguntándose qué le está pasando.
Y ahora, el final. Tras el duelo de 1606, Caravaggio huyó a Nápoles, entonces gobernada por un virrey español. Luego navegó a Malta, donde los caballeros, los mismos que habían recibido la isla de Carlos V, lo armaron caballero en 1608. Allí pintó la Decapitación de San Juan Bautista, la única obra que firmó, con letras que brotan de la sangre del santo. Pero hirió a otro caballero, lo encarcelaron, escapó y fue expulsado. Sicilia, Nápoles otra vez, y una emboscada que le desfiguró la cara.
En el verano de 1610 se embarcó hacia Roma con varios cuadros para Scipione Borghese, convencido de que el perdón estaba al llegar. Según la versión más aceptada, lo detuvieron por error en Palo, en la costa, y el barco siguió viaje con sus lienzos. Persiguiéndolos llegó, enfermo, a Porto Ercole, una plaza fuerte que entonces pertenecía a la Corona española, y allí murió el 18 de julio de 1610, a los treinta y ocho años. Roma nunca volvió a verlo... pero aquí, en esta capilla, la luz sigue cayendo sobre un caballo, exactamente donde él la puso.