Palazzo Madama: la casa del cardenal del Monte

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Ponte frente a esta fachada barroca, con su cornisa enorme y los guardias del Senado en la puerta. Desde 1871 aquí se reúne el Senado italiano.

Key Facts

PlacePalazzo Madama: la casa del cardenal del Monte
AddressCorso del Rinascimento, 00186 Roma RM, Italy
Geo Coordinates41.89880, 12.47360
Part of WalkCaravaggio, el pintor maldito de Roma: luces y sombras del Campo Marzio
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Ponte frente a esta fachada barroca, con su cornisa enorme y los guardias del Senado en la puerta. Desde 1871 aquí se reúne el Senado italiano. El nombre, sin embargo, viene de otra época, y tiene acento de los Austrias: Madama era Margarita de Austria, hija natural del emperador Carlos V, que vivió en este palacio de los Médicis tras enviudar de Alejandro de Médicis.

Hacia 1595 vivía aquí otro huésped de los Médicis: el cardenal Francesco Maria del Monte, diplomático al servicio de Florencia, músico aficionado, alquimista en sus ratos libres y gran coleccionista. Compró un cuadro de un desconocido, Los tahúres, dos pillos que despluman a un joven ingenuo en una partida de cartas, y le gustó tanto que se llevó a casa al autor. Caravaggio vivió bajo este techo unos cinco años, con cama, comida y una pensión.

Aquella casa era un mundo raro, refinado y algo ambiguo. El cardenal organizaba veladas musicales, y Caravaggio pintó para él muchachos de rostro andrógino con laúdes y partituras, como Los músicos, donde uno de los jóvenes del fondo tiene, según muchos, la cara del propio pintor. Para el laboratorio de alquimia del cardenal, en una villa cercana, pintó su única obra conocida sobre un techo. Y del Monte le encargó una Medusa pintada sobre un escudo para regalársela al gran duque de Toscana: hoy está en los Uffizi.

Pero lo decisivo fueron los contactos. Del Monte llevaba a sus invitados a ver al pintor de la casa, y gracias a él llegó el encargo que lo cambiaría todo: lienzos para una capilla en la iglesia de los franceses, a la vuelta de la esquina. Caravaggio pasó de pintar fruteros para venderlos en la calle a pintar para un altar.

El muchacho protegido, sin embargo, ya enseñaba los dientes. Los registros de la policía empiezan a llenarse con su nombre: espada sin licencia, insultos, peleas nocturnas. Y el cardenal, dicen, lo sacaba una y otra vez de apuros. Ahora rodea el palacio hasta la pequeña plaza de San Luis de los Franceses: entra y busca la última capilla de la izquierda, junto al altar mayor.

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