Galería Doria Pamphilj: la Magdalena y el papa de Velázquez

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Detente en la Via del Corso, frente a esta fachada larguísima y algo ennegrecida, con balcones barrocos y un portón por el que la gente entra y sale con prisa. Parece un banco o un ministerio.

Key Facts

PlaceGalería Doria Pamphilj: la Magdalena y el papa de Velázquez
AddressVia del Corso 305, 00186 Roma RM, Italy
Geo Coordinates41.89800, 12.48140
Part of WalkCaravaggio, el pintor maldito de Roma: luces y sombras del Campo Marzio
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Detente en la Via del Corso, frente a esta fachada larguísima y algo ennegrecida, con balcones barrocos y un portón por el que la gente entra y sale con prisa. Parece un banco o un ministerio. Pero detrás de estos muros vive todavía una de las grandes colecciones privadas de arte del mundo, en manos de la misma familia desde hace siglos: la de los Doria Pamphilj.

Ahí dentro cuelgan dos cuadros del joven Michelangelo Merisi, al que llamamos Caravaggio por el pueblo lombardo de su familia. Llegó a Roma hacia 1592, con poco más de veinte años, sin dinero y sin nombre. Uno de esos lienzos es la Magdalena penitente: una muchacha sentada en una silla baja, con la cabeza inclinada, una lágrima en la mejilla y las joyas tiradas por el suelo. No hay ángeles ni nubes. Es una chica cualquiera, y él la pintó tal cual.

Aquel fue su primer escándalo. Durante siglos se ha dicho que la modelo era una joven cortesana de su barrio, y la misma cara pelirroja parece reaparecer como la Virgen en otro cuadro de esta colección, el Descanso en la huida a Egipto, donde un ángel de espaldas toca el violín mientras san José le sostiene la partitura. Una santa y una virgen con el rostro de una muchacha de la calle: así empezó la revolución de Caravaggio.

Y en esta misma casa hay un tesoro con acento español. En 1650, durante su segundo viaje a Italia, Diego Velázquez retrató al papa Inocencio X, un Pamphilj, vestido de rojo y con una mirada desconfiada que corta como un cuchillo. Cuentan que el papa, al verlo, murmuró troppo vero, demasiado verdadero. Velázquez se había formado en una España que ya había descubierto el naturalismo de Caravaggio, en parte a través de los cuadros que José de Ribera enviaba desde Nápoles. Tres siglos después, Francis Bacon se obsesionó con ese retrato y lo convirtió en sus papas que gritan.

Así que piensa en esta fachada como el prólogo: aquí está el Caravaggio pobre y desconocido, y aquí está el eco de lo que su luz provocó en España. Ahora pon rumbo al oeste, por las callejas que pasan cerca del Panteón, hacia los palacios donde el joven pintor encontró por fin a los hombres que creyeron en él.

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