Brera, el barrio del arte de Milán: Mantegna, Hayez y los canales de Marte

De la casa de Manzoni a las iglesias gemelas de Corso Garibaldi: la Pinacoteca, el Palazzo Citterio, el jardín botánico, el observatorio de Schiaparelli, Mozart y el Réquiem de Verdi en el barrio bohemio de Milán

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  1. 1. Casa del Manzoni: el novelista del Milán español

    Via Gerolamo Morone 1, 20121 Milano MI, Italy

    Ponte frente a esta casa de ladrillo rojo, con las ventanas rodeadas de terracota labrada: entre tanto palacio gris, parece casi una tarta de cumpleaños. Aquí vivió Alessandro Manzoni desde 1814 hasta su muerte en 1873, casi sesenta años entre las mismas paredes. Si en Italia hay un escritor que todo el mundo ha leído, aunque sea a la fuerza en el colegio, es él.

    Su novela, I promessi sposi, Los novios, cuenta la historia de Renzo y Lucia, dos jóvenes humildes de la orilla del lago de Como a los que un señorito prepotente, don Rodrigo, impide casarse. Y fíjate en la fecha: la acción transcurre entre 1628 y 1630, cuando Milán pertenecía a la Corona española. Hay gobernadores españoles, bandos que se pregonan con gran solemnidad y que nadie cumple, una revuelta por el precio del pan y, al final, la peste. Muchos lectores del siglo XIX entendieron enseguida que, al hablar de los españoles de antes, Manzoni hablaba también de los austriacos de su tiempo.

    Lo más curioso es que la novela que hoy se lee es la segunda versión. Manzoni la publicó en 1827, pero no le convencía su lengua, demasiado lombarda, y se fue a Florencia para, como él mismo dijo, lavar sus trapos en el Arno. Reescribió el libro frase por frase en el toscano de los florentinos cultos y lo volvió a publicar entre 1840 y 1842. Ese italiano acabó siendo, en buena medida, el italiano que se habla hoy.

    Su vida privada, en cambio, fue una sucesión de duelos: perdió a dos esposas y a la mayoría de sus hijos. Cuando murió, el 22 de mayo de 1873, Giuseppe Verdi, que lo veneraba, decidió escribir una misa de difuntos en su memoria. Guarda bien esa fecha, porque volverá a aparecer en este paseo, dentro de una iglesia de Brera. Y guarda también su cara: el retrato más famoso de Manzoni lo pintó Francesco Hayez en 1841, y cuelga en la Pinacoteca que vas a ver dentro de un rato.

    Hoy la casa es un museo dedicado al escritor, con su estudio, su biblioteca y los recuerdos de toda una vida. Desde aquí, camina hacia el oeste por las calles tranquilas hasta Via Brera, la arteria del barrio de los artistas. Busca un palacio sobrio del siglo XVIII que tardó medio siglo en abrir sus puertas.

  2. 2. Palazzo Citterio: medio siglo de espera

    Via Brera 12, 20121 Milano MI, Italy

    Estás en Via Brera, delante de un palacio del siglo XVIII de fachada discreta, de esos que en Milán pasan desapercibidos entre portales y patios. Es el Palazzo Citterio, y su historia es la de una paciencia casi infinita. Por cierto, el nombre del barrio viene de braida, una vieja palabra lombarda de origen germánico que significa campo, prado: hace siglos, todo esto eran huertos a las puertas de la ciudad.

    El Estado italiano compró el palacio en 1972 con una idea sencilla: la Pinacoteca de Brera, a doscientos metros, se había quedado pequeña y necesitaba crecer. Así nació el proyecto de la Grande Brera. Lo que vino después fueron décadas de proyectos, excavaciones, obras paradas, cambios de arquitecto y de ministro. Generaciones de milaneses crecieron oyendo que el palacio iba a abrir pronto... y nunca abría.

    Hasta diciembre de 2024. Entonces, por fin, el Palazzo Citterio abrió sus salas como parte del museo de Brera, dedicadas al arte del siglo XX. Aquí se exponen colecciones donadas a Brera, como la de Emilio y Maria Jesi, con nombres como Boccioni, Modigliani, Morandi o Picasso. El contraste con su hermano mayor es delicioso: la Pinacoteca te habla de santos y madonas; este palacio, de motores, de multitudes y de botellas silenciosas sobre una mesa.

    Si entras, busca un cuadro de Umberto Boccioni de 1910, Riña en la Galería. Muestra a una multitud que se arremolina bajo la luz eléctrica, delante de un café de la Galleria Vittorio Emanuele, mientras dos mujeres se pelean. Los futuristas querían pintar la velocidad, el ruido y la ciudad moderna, y Milán era su laboratorio. Boccioni murió joven, en 1916, al caer de un caballo durante un entrenamiento militar en plena Primera Guerra Mundial.

    Medio siglo de espera para un palacio a dos pasos de su museo: en una ciudad que presume de ir siempre deprisa, es casi una ironía. Pero en Brera las cosas buenas llegan tarde y se quedan mucho tiempo. Ahora rodea el gran palacio de Brera por su lado sur, por Via Fiori Oscuri, hasta la verja de un jardín escondido.

  3. 3. Orto Botanico y Observatorio de Brera: los canales de Marte

    Via Fratelli Gabba 10, 20121 Milano MI, Italy

    Cruza la verja y, de golpe, el ruido de Milán se apaga: parterres, estanques ovalados, árboles enormes y, por encima de los tejados del palacio, unas cúpulas que no son de iglesia. Estás en el Orto Botanico di Brera, un jardín pequeño y secreto que muchos milaneses no han pisado nunca.

    Los jesuitas, dueños del palacio, ya cultivaban aquí plantas. Pero el jardín botánico nació oficialmente en 1774, por voluntad de la emperatriz María Teresa de Austria, justo después de que el papa suprimiera la Compañía de Jesús. Para entonces Milán ya no era española, sino austriaca. Busca los dos ginkgos: están entre los más antiguos de Italia, plantados a finales del siglo XVIII. En otoño se vuelven de un amarillo tan intenso que parecen encendidos por dentro.

    Las cúpulas pertenecen al Observatorio Astronómico de Brera, fundado por los jesuitas en 1764. En 1877, su director, Giovanni Virginio Schiaparelli, aprovechó un gran acercamiento de Marte a la Tierra para dibujar el planeta con un detalle nunca visto. En sus mapas aparecían unas líneas oscuras y finas que llamó canali... una palabra que en italiano puede significar simplemente cauces o surcos naturales.

    Y ahí empezó el malentendido más fértil de la historia de la astronomía. En inglés, canali se entendió como canals, canales artificiales, obra de ingenieros. El millonario estadounidense Percival Lowell se construyó un observatorio en Arizona para estudiarlos y llegó a describir una civilización marciana que regaba un planeta moribundo. De ese clima nació buena parte de la fiebre marciana de la ciencia ficción. Los canales no existían: eran ilusiones ópticas, manchas sueltas que el ojo humano une por su cuenta.

    Schiaparelli fue mucho más prudente que Lowell con los marcianos. Y una sobrina suya, Elsa Schiaparelli, acabaría siendo una de las grandes diseñadoras de moda de París. Los instrumentos históricos del observatorio se conservan hoy en el museo astronómico del palacio. Sal del jardín y vuelve a Via Brera, a la entrada principal: te espera un patio donde Napoleón se exhibe completamente desnudo.

  4. 4. Pinacoteca di Brera: Mantegna, Rafael y un Napoleón desnudo

    Via Brera 28, 20121 Milano MI, Italy

    Atraviesa el portón y entra en el gran patio de doble galería: en el centro, sobre un pedestal, un Napoleón de bronce completamente desnudo, con una pequeña Victoria alada en la mano. Es un vaciado de la estatua de Antonio Canova que presenta al emperador como Marte pacificador. Se dice que al propio Napoleón tanto desnudo heroico no le terminó de convencer.

    El edificio resume la historia de Milán. Aquí hubo un convento medieval de los Humiliati, después un colegio de los jesuitas, y la forma que ves se levantó en el siglo XVII, cuando la ciudad era española, según el proyecto de Francesco Maria Richini. Con los austriacos llegaron la Academia de Bellas Artes, la biblioteca y el observatorio. Y con Napoleón, en 1809, la Pinacoteca: los cuadros llegaban de iglesias y conventos suprimidos de todo el norte de Italia, para crear un gran museo en la capital de su Reino de Italia.

    Arriba, en las salas, te espera una de las imágenes más impactantes del Renacimiento: el Cristo muerto de Andrea Mantegna. El cuerpo yace sobre una losa de mármol y lo ves desde los pies, en un escorzo brutal, con las heridas de los clavos casi a un palmo de tu cara. Y Mantegna hizo trampa con la perspectiva: pintó los pies más pequeños de lo que deberían ser, para que no taparan el rostro. El cuadro seguía en su taller cuando murió, en 1506.

    Muy cerca, otro mundo: Los desposorios de la Virgen, que Rafael pintó en 1504, con apenas veintiún años. Al fondo se alza un templo redondo perfecto, y en él el joven pintor firmó y fechó la obra, como quien deja su tarjeta de visita. Entre los pretendientes de María, fíjate en el muchacho que rompe su vara contra la rodilla: la suya no ha florecido, y es José quien se lleva a la novia. Y si te queda energía, busca la Cena de Emaús de Caravaggio, pintada en 1606, cuando huía de Roma tras haber matado a un hombre.

    En otra sala cuelga El beso de Francesco Hayez. Pero esa historia te la cuento en la calle, porque se entiende mejor entre los adoquines por donde paseaban los alumnos de la Academia. Sal de nuevo a Via Brera y entra, justo enfrente, en Via Fiori Chiari, la calle más fotografiada del barrio.

  5. 5. Via Fiori Chiari: flores claras, flores oscuras y El beso

    Via Fiori Chiari, 20121 Milano MI, Italy

    Baja despacio por esta calle estrecha y empedrada, entre fachadas ocres, macetas en los balcones y mesitas que se adueñan de la acera. Es Via Fiori Chiari, la calle de las flores claras; al otro lado de Via Brera la continúa su gemela, Via Fiori Oscuri, la de las flores oscuras.

    Sobre esos nombres circula una leyenda muy milanesa. Se cuenta que las flores claras eran las muchachas decentes, y las oscuras... las que trabajaban de noche en las casas de citas de la zona. Los historiadores son más prudentes y hablan de viejos nombres de casas o de jardines. Pero Brera fue durante mucho tiempo un barrio pobre, de artistas, de tabernas y de vida nocturna, y la leyenda le sienta como un guante.

    Ahora, la historia prometida. Francesco Hayez, un veneciano que enseñó durante años en la Academia de Brera, pintó en 1859 El beso: un joven con capa y sombrero besa a una muchacha vestida de seda azul clara, con un pie ya apoyado en el escalón, como si tuviera que marcharse enseguida. Parece una escena de amor medieval. Pero se presentó en Brera pocos meses después de que las tropas francesas y piamontesas entraran en Milán y echaran a los austriacos. Y muchos leyeron en sus colores un mensaje: el voluntario que se despide para ir a luchar por Italia.

    En el siglo XX, el barrio vivió su gran época bohemia. Alrededor de la Academia se reunían pintores, poetas, periodistas y modelos, y en los años cincuenta y sesenta por los bares de Brera pasaba un artista que no tenía nada que ver con el novelista, aunque se llamaba igual: Piero Manzoni. En 1961 enlató su propia... digamos, producción personal, en noventa latas numeradas, con el título Mierda de artista. Hoy esas latas están en grandes museos, y alguna se ha subastado por cifras que harían llorar a Hayez.

    Brera sigue teniendo algo de aquello: estudiantes con carpetas enormes, galerías, alguna echadora de cartas en la calle y, algunos domingos, puestos de antigüedades. Al final de Via Fiori Chiari, tuerce hacia el sur por las callejuelas hasta una plaza tranquila, dominada por una gran iglesia de ladrillo.

  6. 6. Santa Maria del Carmine: la Virgen del Carmen en el Milán español

    Piazza del Carmine 2, 20121 Milano MI, Italy

    Delante de ti, al fondo de la plaza, se alza una fachada de ladrillo de aire gótico, con su rosetón, sus arcos apuntados y sus pináculos. Es Santa Maria del Carmine, la iglesia de los carmelitas, y parece llevar aquí desde la Edad Media sin cambiar una piedra.

    Pues no del todo. Los carmelitas llegaron a Milán en la Edad Media y levantaron aquí su iglesia, que se rehízo en el siglo XV en estilo gótico lombardo. Pero la fachada te engaña: es del siglo XIX. La terminó en 1880 Carlo Maciachini, el mismo arquitecto del Cimitero Monumentale, en una época en la que Milán se enamoró de la Edad Media y la reinventó un poco más medieval de lo que había sido.

    Dentro, la nave es amplia y en penumbra, y de pronto se abre una capilla barroca dedicada a la Virgen del Carmen, cargada de mármoles, dorados y estucos. Es el gusto del siglo XVII, el de los españoles, y se nota: devoción, oro y un poco de teatro.

    La Virgen del Carmen es, por cierto, una devoción muy querida en España, patrona de marineros en tantos puertos. Durante casi dos siglos, de 1535 a 1706, Milán fue una pieza clave de la monarquía hispánica en Italia. Desde aquí arrancaba el llamado Camino Español, la ruta por la que los tercios marchaban hacia Flandes. Los gobernadores vivían en el palacio ducal, junto al Duomo, y la ciudad se llenó de soldados, de impuestos... y de iglesias barrocas. Y fue también el siglo de la gran peste de 1630, la que describe Manzoni en Los novios.

    Fíjate, al salir, en el trazado de las calles que rodean la plaza: estrechas, torcidas, con nombres de oficios y de conventos. Brera conserva una red de callejuelas que buena parte del centro perdió con los grandes derribos de los siglos XIX y XX. Ahora camina hacia el oeste, hasta Largo Greppi: vas a pasar del silencio de una iglesia al aplauso de un teatro.

  7. 7. Piccolo Teatro Strehler: Arlequín y el último ensayo

    Largo Antonio Greppi 1, 20121 Milano MI, Italy

    Ahora tienes delante un edificio moderno de ladrillo rojizo, con grandes volúmenes y el nombre del teatro bien visible sobre la plaza. Es la sede principal del Piccolo Teatro di Milano, uno de los teatros más influyentes de Europa, y lleva el nombre del hombre que lo inventó: Giorgio Strehler.

    La historia empieza en 1947, en un Milán todavía lleno de escombros. Strehler, un joven director nacido en Trieste, y Paolo Grassi, un organizador incansable, convencieron al ayuntamiento de que la ciudad necesitaba un teatro público, un teatro de arte para todos, como un servicio más, igual que el agua o el tranvía. Lo abrieron en un antiguo cine de Via Rovello, cerca del Castello. Era una sala pequeña, y de ahí el nombre: el Piccolo, el pequeño.

    Ese mismo año, Strehler montó Arlequín, servidor de dos amos, de Goldoni: un criado hambriento que sirve a dos señores a la vez y hace malabares para que ninguno lo descubra. La obra se convirtió en leyenda. Se ha representado durante décadas en medio mundo, con distintos actores que se pasaban la máscara de Arlequín como quien pasa una antorcha. Ferruccio Soleri la llevó puesta durante tantos años que muchos espectadores ya no distinguían al actor del personaje.

    Este edificio nuevo tardó muchísimo en construirse, entre polémicas, presupuestos y obras interminables. Y la historia tiene un final que parece escrito por un dramaturgo. Strehler murió en la Navidad de 1997, mientras preparaba Così fan tutte de Mozart, el espectáculo con el que debía inaugurarse esta sala. El teatro abrió en enero de 1998 con esa ópera... y sin él.

    Mozart, por cierto, nos espera más adelante en este paseo, de carne y hueso, con solo catorce años. Antes, sube por Corso Garibaldi hacia el norte y tuerce a la derecha: hay una basílica que mandó construir el mismísimo san Ambrosio, y cuyos muros siguen en pie después de más de mil seiscientos años.

  8. 8. San Simpliciano: la basílica de san Ambrosio y las palomas de Legnano

    Piazza San Simpliciano 7, 20121 Milano MI, Italy

    Entra en esta plaza recogida y mira la fachada de ladrillo, sencilla, con su portal de piedra: a primera vista, una iglesia románica más. Pero los muros que tienes delante esconden algo extraordinario... en buena parte son los del siglo IV.

    La fundó san Ambrosio, el gran obispo de Milán, a finales del siglo IV, como una de las basílicas que levantó alrededor de la ciudad romana. Se la conocía como la basílica de las Vírgenes. La terminó su sucesor, Simpliciano, que le dio nombre y está enterrado aquí. Simpliciano fue también el anciano sacerdote que acompañó la conversión de un joven profesor africano de retórica, un tal Agustín, el futuro san Agustín. Y lo asombroso es que los muros paleocristianos siguen en pie, recubiertos y reforzados por los siglos, como un esqueleto dentro de un cuerpo nuevo.

    Aquí reposan también tres mártires del valle de Anaunia, en el Trentino: Sisinio, Martirio y Alejandro. Y la leyenda cuenta que el 29 de mayo de 1176, el día de la batalla de Legnano, tres palomas salieron volando de su sepulcro y fueron a posarse sobre el carroccio, el gran carro que llevaba el estandarte de la Liga Lombarda. Aquel día, los milaneses y sus aliados derrotaron al emperador Federico Barbarroja. Verdad o no, la ciudad nunca olvidó a quién debía dar las gracias.

    Dentro, levanta la vista hacia el ábside: la Coronación de la Virgen de Bergognone, pintada a principios del siglo XVI. Es un coro de ángeles músicos en azul y oro, con laúdes, arpas y violas, que parece sonar en silencio sobre tu cabeza. En un barrio de pintores, este es uno de sus tesoros menos conocidos.

    San Simpliciano casi nunca aparece en las listas de imprescindibles de Milán, y por eso a menudo la tendrás casi para ti. Disfrútala: pocas iglesias del mundo te permiten tocar una pared que ya estaba aquí cuando caía el Imperio romano. Ahora camina hacia el este por las calles del barrio hasta Piazza San Marco, donde te espera una iglesia gótica enorme y un niño prodigio.

  9. 9. San Marco: Mozart a los catorce años y el Réquiem de Verdi

    Piazza San Marco 2, 20121 Milano MI, Italy

    Ante ti tienes una fachada alta y estrecha, de ladrillo y piedra, con un gran rosetón, en una plaza tranquila donde antes había agua y barcas. San Marco parece una iglesia más del barrio, pero por dentro es una de las más grandes de Milán, con una nave larguísima y capillas a ambos lados.

    La fundaron los agustinos en 1254. Una tradición cuenta que la dedicaron al evangelista de Venecia en agradecimiento a los venecianos, que habrían ayudado a Milán en tiempos de Barbarroja; los historiadores no lo dan por seguro. Lo que sí es seguro es que, justo al lado, llegaba un canal navegable con su pequeño puerto, el laghetto de San Marco, donde se descargaban mercancías. Se cubrió en el siglo XX, y la plaza guarda todavía algo de muelle tranquilo.

    En el convento vecino, a comienzos de 1770, se alojaron un padre y su hijo llegados de Salzburgo: Leopold y Wolfgang Amadeus Mozart. El chico tenía catorce años y estaba de gira por Italia; una lápida recuerda su estancia. Milán le trajo suerte: durante aquella visita le encargaron su primera gran ópera seria italiana, Mitridate, re di Ponto, que se estrenó en la ciudad en diciembre de ese mismo año.

    ¿Recuerdas la fecha del principio del paseo? El 22 de mayo de 1874, exactamente un año después de la muerte de Manzoni, Giuseppe Verdi dirigió aquí, en San Marco, el estreno de su Misa de Réquiem. Eligió esta iglesia por su tamaño y su sonoridad, con un coro y una orquesta enormes. Imagina el Dies irae estallando bajo estas bóvedas como un trueno... y a los milaneses llorando a su escritor.

    Se cuenta que, como en aquella época no estaba bien visto que las mujeres cantaran en una iglesia, las solistas tuvieron que actuar ocultas tras una celosía, con velo. Pocos días después, el Réquiem se repitió en La Scala, y desde entonces no ha dejado de sonar en todo el mundo. Sal de la plaza y camina hacia el norte hasta Via Solferino: te espera la casa de un periódico que también es un pedazo de historia del arte.

  10. 10. Via Solferino: el Corriere della Sera y las portadas pintadas

    Via Solferino 28, 20121 Milano MI, Italy

    Camina por Via Solferino hasta este edificio de aire clásico, con su fachada ordenada y solemne: es la sede histórica del Corriere della Sera, el gran diario de Milán. En Italia basta decir Via Solferino para que todo el mundo entienda que hablas del periódico.

    El Corriere nació el 5 de marzo de 1876, fundado por el periodista napolitano Eugenio Torelli Viollier, y en 1904 se trasladó a este edificio, proyectado por Luca Beltrami, el arquitecto que restauró el Castello Sforzesco. Y el nombre de la calle es otra pieza del rompecabezas: recuerda la batalla de Solferino de 1859, la misma campaña que sacó a los austriacos de Milán y que flota detrás de El beso de Hayez.

    Pero aquí te interesa el arte. En 1899 el periódico lanzó un semanario ilustrado, La Domenica del Corriere, y durante casi medio siglo sus portadas en color las pintó a mano Achille Beltrame. Terremotos, naufragios, coronaciones, inventos, guerras: millones de italianos que no tenían fotografías vieron el mundo a través de sus pinceles. Era, en cierto modo, el telediario del domingo antes de la televisión.

    Y en esta redacción trabajó durante décadas Dino Buzzati, periodista, autor de El desierto de los tártaros... y pintor. Buzzati decía que era un pintor que escribía, no un escritor que pintaba, y en 1969 publicó Poema a fumetti, una novela gráfica que reinterpretaba el mito de Orfeo en el Milán de su tiempo. Pocas redacciones del mundo pueden presumir de un cronista así.

    Detrás de estas ventanas se escribieron también algunas de las páginas más duras de la historia del país, de la guerra a los años de plomo. Un periódico es una máquina de olvidar y de recordar a la vez. Ahora sigue hacia el norte y sal a Corso Garibaldi: el paseo termina ante dos iglesias que nacieron como un matrimonio.

  11. 11. Santa Maria Incoronata: las iglesias gemelas de Corso Garibaldi

    Corso Giuseppe Garibaldi 116, 20121 Milano MI, Italy

    Al final de Corso Garibaldi, fíjate en esta fachada extraña: no es una iglesia, son dos, idénticas y pegadas, con dos portales y dos rosetones, como dos hermanos que se dan el brazo. Es Santa Maria Incoronata, y no hay nada parecido en todo Milán.

    La primera iglesia se levantó a mediados del siglo XV, en tiempos de Francesco Sforza, el condotiero que se convirtió en duque de Milán. Pocos años después se construyó la segunda, gemela, a su lado. La tradición dice que las dos iglesias representan el matrimonio de Francesco y su esposa, Bianca Maria Visconti, la heredera de la familia que había gobernado la ciudad. Un matrimonio de poder, convertido en ladrillo.

    Dentro, las dos naves se comunican por arcos, como si fueran una sola casa con dos habitaciones. Los frailes agustinos tuvieron aquí su convento, y sus salas todavía guardan una biblioteca con frescos del Renacimiento, una de las bibliotecas monásticas más antiguas de la ciudad.

    Y mira la calle por la que has llegado. Corso Garibaldi era la antigua salida hacia Como, la Porta Comasina, que tras la unificación de Italia pasó a llamarse Porta Garibaldi. Durante siglos fue un barrio de artesanos, posadas y gente humilde, de patios con barandillas compartidas. Hoy es una calle de terrazas y aperitivos, pero si levantas la vista aún verás las viejas casas de balcones corridos.

    Has recorrido Brera de punta a punta: de la casa de un novelista que escribió sobre el Milán español a un Napoleón desnudo, de los canales imaginarios de Marte a un Arlequín inmortal, de un Mozart adolescente al Réquiem de Verdi. En este barrio, el arte nunca estuvo encerrado en los museos: estaba en la calle, en los bares, en las redacciones y en las iglesias. Siéntate en una terraza del Corso, pide un aperitivo y deja que Brera te siga hablando un rato más.