Malasaña, del Dos de Mayo a la Movida: la banda sonora rebelde de Madrid
De los cañones de Monteleón y la costurera de diecisiete años a los bares, guitarras y casetes de los ochenta, y de las sonatas de Scarlatti a la casa de los derechos de autor: un paseo por el Madrid que nunca se ha callado
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1. Cuartel del Conde Duque: de la guardia del rey a los conciertos de verano
Calle del Conde Duque 9, 28015 Madrid, Spain
Ponte frente a esta portada de piedra que parece una cascada barroca, con columnas que se estrechan hacia abajo, volutas, trofeos militares y un escudo real coronándolo todo, incrustada en una fachada de ladrillo larguísima. Detrás hay un edificio tan grande que dentro caben tres patios, una biblioteca, un archivo, un museo... y, en verano, un concierto.
Es el antiguo Cuartel del Conde Duque, construido a partir de 1717 para la Guardia de Corps, la escolta personal del rey Felipe V. La portada es de Pedro de Ribera, el arquitecto que llenó el Madrid del siglo dieciocho de piedra retorcida y al que volverás a encontrar más adelante en este paseo. El nombre, en cambio, recuerda a un vecino anterior: el conde-duque de Olivares, el todopoderoso valido de Felipe IV, que tuvo propiedades en estos terrenos.
En 1869 un incendio devoró los pisos altos y la torre que lo coronaba, y durante un siglo el cuartel fue languideciendo entre usos militares, almacenes y abandono. A finales de los sesenta pasó a manos del Ayuntamiento, y en los años ochenta, en pleno Madrid de la Movida, empezó su nueva vida como centro cultural.
Y aquí arranca nuestra banda sonora. El gran patio del Conde Duque es uno de los escenarios del verano madrileño, y durante años los Veranos de la Villa han traído aquí flamenco, jazz, pop y rock bajo las estrellas, con las ventanas del viejo cuartel como decorado. Escuchar una guitarra eléctrica en el patio donde formaban los guardias del rey tiene algo de pequeña venganza de la historia.
Un secreto para curiosos: entre estas paredes duerme buena parte de la memoria escrita de la ciudad, con el Archivo de Villa y la Hemeroteca Municipal, donde se guardan periódicos que contaron cada revuelta, cada verbena y cada estreno de Madrid. Ahora sal a la calle del Conde Duque y camina unos pasos hacia el este: una placita tranquila te espera junto a un convento de caballeros... y de monjas.
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2. Plaza de las Comendadoras: monjas de Santiago y la cruz de Velázquez
Plaza de las Comendadoras, 28015 Madrid, Spain
Entras en una plaza recogida, casi de pueblo, con árboles, terrazas, niños en bicicleta y, en un costado, la fachada de ladrillo de un convento con su iglesia. Cuesta creer que estés a diez minutos a pie de la Gran Vía.
Es el convento de las Comendadoras de Santiago, fundado a mediados del siglo diecisiete para las religiosas de la Orden de Santiago, la orden militar nacida en el siglo doce cuyos caballeros llevaban en el pecho una cruz roja con forma de espada. No era un convento cualquiera: estaba ligado a la Corona y a la nobleza, y sus monjas procedían en buena parte de las mismas familias que nutrían la Orden. La iglesia, levantada en la segunda mitad de aquel siglo por los arquitectos Manuel y José del Olmo, es una de las joyas barrocas menos conocidas de Madrid.
Y aquí va la historia escondida. El caballero de Santiago más famoso de todos los tiempos no fue un guerrero, sino un pintor: Diego Velázquez. Para recibir el hábito, en 1659, tuvo que superar una larga investigación en la que debía demostrar la nobleza de su familia y que nunca había vivido de su oficio... algo complicado para el pintor del rey. Hicieron falta dispensas del papa para que lo consiguiera.
En Las Meninas, pintadas en 1656, Velázquez aparece con la cruz roja de Santiago en el pecho. Pero el cuadro es anterior a su nombramiento, así que la cruz se añadió después. La leyenda asegura que fue el propio Felipe IV quien la pintó, con su mano, como homenaje a su amigo. Nadie ha podido demostrarlo, y nadie ha querido dejar de contarlo.
Hoy la plaza es el salón al aire libre del barrio de Conde Duque, un vecindario de estudios, talleres y gente que vive en la calle, con la misma afición a la noche que Malasaña pero con el volumen algo más bajo. Sal por el lado este de la plaza, cruza la calle de San Bernardo y busca la calle de Manuela Malasaña: vamos al encuentro de una costurera de diecisiete años.
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3. Calle de Manuela Malasaña: la costurera que dio nombre a un barrio
Calle de Manuela Malasaña, 28004 Madrid, Spain
Estás en una calle estrecha y animada, de balcones con macetas, librerías, bares de mesas pequeñas y portales con historia, que lleva el nombre de una chica de diecisiete años. Una costurera. Y su apellido acabó bautizando a todo el barrio.
El 2 de mayo de 1808, cuando Madrid se levantó contra las tropas de Napoleón, Manuela Malasaña murió en estas calles. Sobre cómo ocurrió hay más de una versión. La más conocida cuenta que volvía del taller donde cosía y que unos soldados franceses la registraron, le encontraron las tijeras de costurera y la mataron allí mismo por ir armada. Otra versión la sitúa en el Parque de Artillería de Monteleón, ayudando a los defensores. Lo que sabemos con certeza es que murió aquel día, siendo casi una niña.
Madrid nunca la olvidó. Su nombre pasó a esta calle, y con el tiempo los madrileños empezaron a llamar Malasaña a todo el barrio, aunque en los planos municipales su nombre oficial sea otro: Universidad. Antes aún, la zona se conocía como el barrio de Maravillas, y sus mozos, los chisperos, muchos de ellos herreros, presumían de valentía frente a los manolos de Lavapiés. Fíjate en las calles de alrededor: Daoíz, Velarde, Dos de Mayo, Ruiz... el barrio entero es un monumento a aquella jornada.
Más de ciento setenta años después, en estas mismas calles estalló otra revuelta, esta vez sin bayonetas. A finales de los setenta y durante los ochenta, con la dictadura recién terminada, Malasaña se llenó de bares, garitos, locales de ensayo y tiendas de discos, y se convirtió en uno de los corazones de la Movida madrileña. Las heroínas de 1808 cosían; las de 1980 llevaban laca, medias de rejilla y un bajo eléctrico.
Pasea despacio y mira hacia arriba: entre los balcones verás carteles de conciertos, pegatinas de grupos y algún grafiti que podría tener la edad de tus padres. Sigue esta calle hacia el este, hasta la glorieta de Bilbao, donde un café centenario lleva más de un siglo viendo pasar Madrid.
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4. Café Comercial y glorieta de Bilbao: mármol, ajedrez y metro desde 1887
Glorieta de Bilbao 7, 28004 Madrid, Spain
En esta esquina de la glorieta de Bilbao te espera un café de los de antes: grandes ventanales, espejos, columnas, mesas de mármol y el murmullo de cien conversaciones a la vez. Abrió sus puertas en 1887, y es uno de los cafés más antiguos que siguen en pie en Madrid.
En el Madrid de finales del siglo diecinueve, el café era la oficina, el club y el parlamento de quien no podía pagarse nada de eso. Por el precio de un café se alquilaba una mesa para toda la tarde, y en ella nacían tertulias, revistas, conspiraciones y amores. El Comercial fue durante décadas refugio de escritores, estudiantes y profesores, y en su piso de arriba los aficionados al ajedrez libraban batallas silenciosas que podían durar horas.
Bajo tus pies pasa otra historia. El 17 de octubre de 1919, el rey Alfonso XIII inauguró la primera línea del Metro de Madrid, de Sol a Cuatro Caminos, y Bilbao fue una de sus estaciones. Imagina a los clientes del café asomándose a la glorieta para ver a sus vecinos bajar, un poco asustados, a un tren que corría bajo tierra.
En 2015 el café cerró, y la ciudad lo vivió como un pequeño duelo: hubo artículos, carteles y vecinos lamentando la pérdida de un trozo del alma de Madrid. Reabrió dos años después, renovado pero fiel a sus espejos y a su mármol, y los madrileños volvieron a sus mesas como quien vuelve a casa.
Para nuestra banda sonora, la glorieta de Bilbao era además la puerta natural a la noche de Malasaña: en los ochenta, quien llegaba en metro a la Movida salía aquí, a la superficie, y se perdía calle abajo hasta el amanecer. Haz tú lo mismo: baja por la calle de Velarde hacia el suroeste, hasta la plaza donde empezó todo el 2 de mayo de 1808.
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5. Plaza del Dos de Mayo: el arco de Monteleón y la plaza de la Movida
Plaza del Dos de Mayo, 28004 Madrid, Spain
Esta plaza cuadrada, con su parque infantil, sus terrazas y sus bancos siempre ocupados, tiene en el centro un arco de ladrillo y piedra que no lleva a ninguna parte. Bajo él, dos militares de mármol permanecen en pie, juntos, uno de ellos con la espada en la mano.
Ese arco es lo único que queda del palacio de los duques de Monteleón, convertido en Parque de Artillería. El 2 de mayo de 1808, mientras el pueblo de Madrid se levantaba contra las tropas francesas, dos capitanes de artillería, Luis Daoíz y Pedro Velarde, desobedecieron la orden de permanecer en los cuarteles, abrieron el parque, repartieron armas a los vecinos y lo defendieron con un puñado de soldados y civiles frente a fuerzas muy superiores. Los dos murieron aquel día.
El grupo de mármol que los recuerda es obra del escultor Antonio Solá, que lo terminó en 1822. Y si quieres ponerle imágenes a aquella jornada, Goya las pintó en dos cuadros que hoy cuelgan en el Prado: la carga de los mamelucos en la Puerta del Sol y los fusilamientos del 3 de mayo. Pocas veces el miedo de una ciudad ha quedado tan bien retratado.
Ahora cambia de siglo. A principios de los ochenta, esta plaza fue el salón al aire libre de la Movida. Los bares de alrededor cerraban tarde, la gente se sentaba en el suelo con casetes, litronas y cazadoras de cuero, y en las fiestas del barrio, alrededor del 2 de mayo, se montaban escenarios para grupos jóvenes. Era la primera generación que salía de noche en libertad después de cuarenta años de dictadura, y lo celebraba a todo volumen.
Hubo también sombras. La heroína golpeó con dureza a muchos de aquellos chicos, y el barrio vivió unos años difíciles de los que todavía se habla en voz baja. Por eso esta plaza es tan madrileña: memoria heroica, fiesta y advertencia, todo a la vez. Sal por la calle de San Andrés, hacia el sur, y busca en una esquina una fachada cubierta de azulejos.
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6. Azulejos de Malasaña: los anuncios que no se borran
Calle de San Vicente Ferrer esquina Calle de San Andrés, 28004 Madrid, Spain
Detente en esta esquina y lee la pared como si fuera un periódico de hace cien años. Los azulejos de la fachada, pintados a mano con letras elegantes y colores que el tiempo apenas ha apagado, anuncian remedios de botica para males que entonces daban mucho miedo.
Este tipo de anuncio de cerámica se puso de moda en Madrid en las primeras décadas del siglo veinte. Los comerciantes encargaban los paneles a talleres de Sevilla o de Talavera, que trabajaban con la vieja técnica del azulejo pintado. Tenían una ventaja imbatible: no se borraban con la lluvia ni con el sol. Un cartel de papel duraba semanas; uno de cerámica, un siglo.
Por eso Malasaña está llena de fantasmas publicitarios. Paseando por el barrio encontrarás azulejos de antiguas hueverías, lecherías, tiendas de vinos y boticas que siguen anunciando productos que nadie vende ya, en locales que han cambiado de dueño y de oficio muchas veces. Es la publicidad más tenaz de la historia de Madrid: sobrevivió a sus anunciantes, a sus clientes y a la mayoría de sus enfermedades.
Y aquí va el guiño a nuestra banda sonora. La Movida no fue solo música: fue también imagen. Pintores, fotógrafos e ilustradores como Ceesepe, Ouka Leele o El Hortelano llenaron Madrid de carteles, portadas de discos, fanzines y fotografías de colores imposibles, y muchos vivían y trabajaban en estas calles. Al barrio siempre le ha gustado anunciarse en las paredes, ya fuera con azulejos de botica o con carteles de conciertos.
Los vecinos cuidan estos azulejos como si fueran de la familia, porque son la prueba de que el barrio existía mucho antes de estar de moda. Sigue hacia el sur y luego hacia el este, en dirección a la calle del Espíritu Santo, hasta una placita con nombre de santo y memoria de mercado.
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7. Plaza de San Ildefonso y calle del Espíritu Santo: el mercado perdido y el estallido de 1980
Plaza de San Ildefonso, 28004 Madrid, Spain
Esta plaza pequeña e irregular, con su iglesia de fachada clara, sus bancos y sus terrazas, fue durante más de un siglo el mercado del barrio. Cierra los ojos un momento e imagina el griterío de los puestos de verdura, las pescaderas pregonando y los carros abriéndose paso entre la gente.
El mercado de San Ildefonso, abierto en 1835, se cuenta entre los primeros mercados cubiertos de Madrid, y abasteció durante generaciones a todo el viejo barrio de Maravillas. En el siglo veinte lo derribaron y la plaza quedó despejada, tal como la ves. El nombre ha resucitado hace poco en un mercado gastronómico de la calle de Fuencarral, pero el original estaba aquí.
Junto a la plaza corre la calle del Espíritu Santo, una de las arterias de la noche madrileña de los ochenta. Pero ¿cuándo empezó la Movida? Muchos sitúan su pistoletazo de salida el 9 de febrero de 1980, en el concierto homenaje a Canito, el batería del grupo Tos, muerto en un accidente de tráfico pocas semanas antes. Se celebró en la Escuela de Caminos, y en el cartel estaban Nacha Pop, Alaska y los Pegamoides y los propios compañeros de Canito, que poco después pasarían a llamarse Los Secretos.
Ese mismo año, Nacha Pop publicaba La chica de ayer, una canción de Antonio Vega que se convirtió en himno de varias generaciones, y se estrenaba Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, el primer largometraje comercial de un tal Pedro Almodóvar, con una Alaska adolescente en el reparto. Todo se rodaba, se grababa y se tocaba con muy poco dinero y muchísimas ganas.
No fue un movimiento con manifiesto ni con sede: fue la explosión de libertad de gente muy joven que hacía canciones con tres acordes y fotos con cámaras prestadas. Y, como toda explosión, duró poco y dejó huella en todo lo que vino después. Baja ahora por la Corredera Alta de San Pablo, hacia el sur, hasta una iglesia que esconde uno de los interiores más sorprendentes de Madrid.
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8. San Antonio de los Alemanes: la iglesia pintada y la ronda de pan y huevo
Corredera Baja de San Pablo 16, 28004 Madrid, Spain
Desde fuera, esta iglesia de ladrillo en la esquina de la Corredera Baja de San Pablo no promete gran cosa. Empuja la puerta, si la encuentras abierta, y prepárate: no queda un solo palmo de pared sin pintar.
La historia empieza en 1606, cuando Felipe III fundó aquí un hospital para los portugueses que vivían en Madrid; entonces Portugal y España compartían rey. Cuando Portugal recuperó su independencia, la reina Mariana de Austria cedió el hospital en 1668 a los católicos de lengua alemana, y de ahí el nombre que ha llegado hasta hoy. El santo titular es Antonio de Padua... que, para más enredo, había nacido en Lisboa.
La planta es una elipse, algo poco frecuente en Madrid, y la cúpula y los muros están cubiertos de frescos de Francisco Ricci, Juan Carreño de Miranda y Luca Giordano, con escenas de la vida y los milagros de San Antonio y figuras de reyes que parecen asomarse desde balcones pintados. Entrar aquí es como meterse dentro de una caja de música barroca: todo gira, todo sube, todo te mira.
Desde 1702 la cuida la Hermandad del Refugio, una cofradía nacida para socorrer a los pobres de Madrid. Durante siglos sus hermanos recorrían de noche las calles en la llamada ronda de pan y huevo, repartiendo a quienes dormían al raso un panecillo y un huevo cocido. Más de trescientos años después, la Hermandad sigue dando de comer a gente necesitada a pocos pasos del bullicio de Malasaña.
En un barrio famoso por su ruido, esta iglesia es un silencio pintado, y el contraste forma parte de la experiencia. Madrid tiene templos mucho más grandes, pero pocos tan sorprendentes por metro cuadrado. Al salir, busca la calle de Fuencarral y súbela hacia el norte: te espera un antiguo hospicio con la portada más exagerada de la ciudad.
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9. Museo de Historia de Madrid: la portada de Ribera y el cuadro que no paraba de cambiar
Calle de Fuencarral 78, 28004 Madrid, Spain
Para ante esta portada de piedra que parece un retablo de iglesia sacado a la calle: columnas que se estrechan hacia abajo, cortinajes de piedra, guirnaldas y, arriba del todo, San Fernando, rey y santo, rodeado de ángeles. Esto no es una iglesia. Era un hospicio para pobres.
El Real Hospicio de San Fernando acogía a mendigos, huérfanos y vagabundos, que aprendían allí un oficio. Su portada la diseñó Pedro de Ribera, el mismo del cuartel del Conde Duque, en la década de 1720, y es la cumbre del barroco madrileño más desatado... tan exagerada que, en el siglo diecinueve, los académicos de gusto clásico la ponían como ejemplo de todo lo que no había que hacer.
Ese desprecio estuvo a punto de costarle la vida. A comienzos del siglo veinte se planteó derribar el viejo hospicio, y la protesta de artistas e intelectuales ayudó a salvarlo: en 1919 fue declarado monumento. Hoy es el Museo de Historia de Madrid.
Dentro guarda un cuadro con una historia muy española: la Alegoría de la Villa de Madrid, que Goya pintó en 1810. En el óvalo central iba el retrato de José Bonaparte. Cuando los franceses se marcharon, lo taparon con la palabra Constitución; con el regreso del absolutismo, pusieron a Fernando VII; luego volvió la Constitución, y otra vez el rey... hasta que en el siglo diecinueve se zanjó el asunto escribiendo, sencillamente, Dos de Mayo. Un solo lienzo, y media historia política del país repintada encima.
Busca también la gran maqueta de Madrid que León Gil de Palacio construyó en 1830: la ciudad entera en miniatura, casa por casa, con calles que acabas de recorrer. Cuando salgas, cruza Fuencarral y sigue hacia el este, cruzando la calle de Hortaleza, hasta la calle de Fernando VI: ahí te espera un palacio que parece llegado de Barcelona y que hoy custodia los derechos de las canciones de media España.
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10. Palacio de Longoria: modernismo en la corte y la casa de los autores
Calle de Fernando VI 4, 28004 Madrid, Spain
Mira esta fachada que parece moverse: piedra clara que se curva como cera derretida, balcones ondulados, rejas que trepan como enredaderas y una esquina redondeada coronada por una cúpula. En una ciudad de ladrillo y granito, es casi una provocación.
El palacio se construyó a comienzos del siglo veinte para el banquero Javier González Longoria, y su arquitecto fue el catalán José Grases Riera. Es el ejemplo más célebre de modernismo en Madrid, una ciudad que nunca abrazó ese estilo con el entusiasmo de Barcelona. Por eso sorprende tanto: es como encontrarse a Gaudí de visita en la corte.
Y ahora, la música. Desde 1950 el palacio es la sede de la Sociedad General de Autores y Editores, la SGAE, la entidad que gestiona los derechos de compositores, letristas y escritores. Sus raíces están en la Sociedad de Autores Españoles, fundada en 1899 por un grupo en el que figuraba el compositor Ruperto Chapí, el de La Revoltosa, para que los autores cobraran por las obras que llenaban teatros de toda España.
Piénsalo: cada vez que sonó en una radio, una discoteca o una verbena una canción de la Movida, de Alaska, de Nacha Pop o de Radio Futura, el rastro de sus derechos de autor pasaba, de una forma u otra, por la entidad que tiene aquí su casa. Radio Futura, por cierto, publicó en 1980 Enamorado de la moda juvenil, una canción que miraba con mucha ironía la propia moda que estaba naciendo en estas calles.
El interior es aún más espectacular que la fachada, con una escalera modernista de hierro bajo una claraboya de vidrio que parece un caleidoscopio. Si alguna vez tienes ocasión de entrar, mira hacia arriba. Ahora sigue unos pasos más hacia el este: la última parada es un convento real con banda sonora barroca.
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11. Salesas Reales: la reina melómana y las sonatas de Scarlatti
Calle del General Castaños 2, 28004 Madrid, Spain
Delante de ti, al fondo de una plaza con árboles, se levanta una iglesia de piedra con su cúpula, unida a un enorme edificio que hoy alberga el Tribunal Supremo. Iglesia y tribunal, rezos y sentencias, puerta con puerta.
Esto fue el convento de la Visitación, el de las Salesas Reales, fundado por la reina Bárbara de Braganza, esposa de Fernando VI, y construido en la década de 1750. La reina temía quedarse viuda y sin hijos, a merced de su suegra, la temible Isabel de Farnesio, y quiso un refugio propio donde retirarse llegado el caso. Al final fue ella quien murió primero, en 1758.
El gasto fue tan descomunal que los madrileños, siempre con la lengua afilada, sacaron una coplilla que todavía se recuerda: bárbara reina, bárbara obra, bárbaro gasto. Dentro de la iglesia descansan la reina y su marido, en sepulcros diseñados por Sabatini, y Fernando VI es uno de los pocos reyes de España que no está enterrado en El Escorial.
Pero la gran banda sonora de esta parada es otra. Bárbara fue una reina melómana, y su maestro de clave desde niña, en Lisboa, fue nada menos que Domenico Scarlatti. Cuando ella llegó a España, en 1729, él la siguió, y pasó aquí el resto de su vida componiendo más de quinientas sonatas para teclado, muchas pensadas para las manos de su alumna. En la misma corte cantaba Farinelli, el castrato más famoso de Europa, y se cuenta que durante años entonó cada noche las mismas arias para aliviar la melancolía del rey Felipe V.
Scarlatti murió en Madrid en 1757, un año antes que su reina. Y aquí se cierra el círculo: empezaste en el patio de un cuartel donde hoy suenan conciertos de verano, cruzaste la plaza de una revuelta contra Napoleón, la calle de una costurera, un café centenario, los bares de la Movida y la casa de los derechos de autor... para terminar ante la tumba de la reina que trajo a Madrid las sonatas de Scarlatti. Del clave al sintetizador, esta ciudad nunca se ha quedado callada.