Cocido, Rastro y vermut: La Latina y Lavapiés, el Madrid castizo que se come

De las posadas de arrieros de la Cava Baja al pozo de San Isidro, del matadero que bautizó el Rastro a las cigarreras de Embajadores y el cine de las pipas: una ruta por Madrid con la cuchara en la mano

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  1. 1. Calle de la Cava Baja: el foso que se convirtió en calle de posadas

    Calle de la Cava Baja, 28005 Madrid, Spain

    Estás en una calle estrecha que dibuja una curva suave, como si siguiera el cauce de un río invisible, con balcones de hierro, fachadas color teja y una puerta de taberna detrás de otra. Esa curva no es un capricho de ningún arquitecto. Es la huella de un foso.

    Cava quiere decir zanja. Por aquí corría el foso que protegía por fuera la muralla cristiana, la que Madrid levantó en el siglo doce, cuando la villa era poco más que una fortaleza asomada al Manzanares. Cuando la muralla dejó de hacer falta, los vecinos rellenaron la zanja y construyeron encima siguiendo su trazado. Por eso la Cava Baja no es recta... y por eso, en algún sótano de esta calle, todavía asoman piedras de aquella muralla.

    Durante siglos esta fue la calle de las posadas. Al final de la cuesta estaba la Puerta de Moros, y por ella entraban los arrieros, carreteros y labradores que traían a la corte el trigo, el vino, el aceite y el carbón de los pueblos del sur. Llegaban con las mulas reventadas, dejaban el carro en el patio, dormían arriba y comían abajo. Fíjate en los portales anchos y altos: estaban pensados para que cupiera un carro cargado. Algunos de aquellos patios siguen en pie, convertidos en comedores.

    ¿Y qué comía un arriero en pleno enero? Cocido. El plato más castizo de Madrid desciende, según muchos historiadores de la cocina, de la adafina, el guiso de garbanzos que las familias judías dejaban al fuego lento para el sábado. Tras la expulsión de 1492 la receta se quedó... pero con tocino, chorizo y morcilla, y hay quien piensa que el cerdo entró en la olla para que nadie dudara de la fe del que comía. Se sirve en tres vuelcos: primero la sopa, luego los garbanzos con la verdura y, al final, las carnes.

    Hoy la Cava Baja es la gran calle de tapas de La Latina, y un domingo a mediodía, después del Rastro, aquí no cabe un alfiler. Pero si miras por encima de las cabezas, la calle de los arrieros sigue ahí, debajo de la calle de las cañas. Camina hasta el final, donde la calle se abre en la plaza del Humilladero, y sigue unos pasos hacia el oeste: una iglesia de cúpula alta te espera junto a la casa de un labrador que acabó siendo el patrón de Madrid.

  2. 2. San Andrés y el Museo de San Isidro: el pozo del patrón labrador

    Plaza de San Andrés 2, 28005 Madrid, Spain

    Delante de ti se alza una iglesia de ladrillo y piedra con una cúpula rematada por una linterna, y a su lado una casa de aspecto sencillo que guarda, en su interior, un pozo. Hace unos novecientos años, este rincón pertenecía al mundo de un hombre que se ganaba la vida arando tierras ajenas.

    Se llamaba Isidro, y la tradición cuenta que nació en Madrid a finales del siglo once y trabajó como jornalero para un caballero, Iván de Vargas, en los campos del otro lado del río. Sus compañeros le acusaron de llegar siempre tarde por quedarse rezando. Cuando el amo fue a comprobarlo, dice la leyenda, lo encontró rezando... mientras dos ángeles araban por él con una yunta de bueyes blancos.

    Su milagro más famoso tiene que ver con agua. Según la tradición, el hijo pequeño de Isidro cayó a un pozo, y el santo y su mujer, María de la Cabeza, rezaron hasta que el agua subió y devolvió al niño sano y salvo. En el Museo de San Isidro, aquí al lado, te enseñan un pozo que la tradición identifica con aquel, y durante siglos los madrileños bebieron su agua como remedio contra las fiebres.

    Isidro fue canonizado en 1622, el mismo día que Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola, Francisco Javier y Felipe Neri, y se cuenta que en Roma bromeaban con que el papa había hecho santos a cuatro españoles... y a un santo. Madrid lo celebra cada 15 de mayo como solo Madrid sabe: chulapos y chulapas con parpusa y clavel, chotis en la pradera del otro lado del río, la misma que pintó Goya, y rosquillas. Las tontas, sin nada por encima. Las listas, bañadas en un glaseado de azúcar. Discutir cuál es mejor forma parte del rito.

    La iglesia que ves no es exactamente la del santo. Sus restos se trasladaron en el siglo dieciocho a la Colegiata de la calle de Toledo, y San Andrés ardió en julio de 1936, al comienzo de la Guerra Civil; lo que hoy se visita es fruto de una larga restauración. Ahora baja hacia el sur, hasta la Carrera de San Francisco: al fondo asoma ya la cúpula más grande de España.

  3. 3. Basílica de San Francisco el Grande: la cúpula más grande de España

    Calle de San Buenaventura 1, 28005 Madrid, Spain

    Levanta la vista hacia esa cúpula enorme, que parece demasiado grande para la plaza que la rodea. No es una ilusión: por dentro mide unos treinta y tres metros de diámetro, más que cualquier otra cúpula de España, y suele contarse entre las mayores de toda la cristiandad.

    La leyenda dice que el mismísimo Francisco de Asís, de camino a Santiago hacia 1217, fundó en este cerro una humilde ermita junto a una fuente. No hay un solo documento que lo pruebe, pero el convento franciscano sí existió durante siglos aquí, a las afueras de la villa. En el siglo dieciocho, la orden decidió sustituirlo por un templo a la altura de una corte que se sentía capital de un imperio.

    La obra fue un quebradero de cabeza. El proyecto era de un fraile lego, Francisco de las Cabezas, y era tan ambicioso que muchos arquitectos dudaban de que aquella cúpula fuera a sostenerse. Hubo informes, cambios de manos y correcciones, hasta que Francesco Sabatini, el arquitecto favorito de Carlos III, remató el conjunto en 1784. La cúpula aguantó... y sigue aguantando.

    Dentro, en una de las capillas, cuelga un cuadro de un Goya todavía joven, con ganas de abrirse paso en la corte: San Bernardino de Siena predicando ante el rey Alfonso V de Aragón. Fíjate en un personaje de la derecha que no mira al santo, sino hacia fuera, hacia ti. Se suele decir que es el propio Goya, que se coló en su propio encargo.

    Y ahora, la nota de cocina. A las puertas de conventos como este se repartía la sopa boba, un caldo con pan y sobras para pobres, estudiantes sin blanca y pícaros de toda condición. De ahí viene la expresión vivir de la sopa boba: comer sin dar golpe, a costa de otro. Con el estómago lleno de historia, vuelve hacia el este por la Carrera de San Francisco: te espera la plaza donde Madrid compraba su grano.

  4. 4. Plaza y Mercado de la Cebada: grano, horca y bocadillo de calamares

    Plaza de la Cebada 15, 28005 Madrid, Spain

    Delante tienes una plaza en cuesta, ruidosa y viva, y en ella un mercado de hormigón de los años sesenta del que a cualquier hora sale alguien con una bolsa de naranjas o un paquete de pescado bajo el brazo. El nombre de la plaza ya te cuenta lo que se compraba aquí antes que nada.

    Cebada. Y trigo, y grano de todo tipo para el pan de los madrileños y el pienso de las mulas que llenaban las posadas de la Cava Baja. Esta fue durante siglos la plaza del mercado de granos, justo a las puertas de la antigua muralla, donde el campo entregaba a la ciudad lo que la ciudad no sabía producir.

    La plaza tuvo también un uso mucho más sombrío: aquí se celebraron ejecuciones públicas. En noviembre de 1823 fue ahorcado en ella el general Rafael del Riego, el militar que había obligado a Fernando VII a jurar la Constitución de Cádiz. Su himno sobrevivió a su verdugo y, más de un siglo después, sería el himno oficial de la Segunda República.

    En 1875 se levantó aquí un mercado de hierro y cristal, de esos que en el siglo diecinueve eran el orgullo de toda ciudad moderna. Aguantó unas ocho décadas, y el edificio actual se inauguró en 1962. Dentro, entre carnicerías, fruterías y pescaderías, entenderás una paradoja muy madrileña: una ciudad a cientos de kilómetros del mar que presume de comer el mejor pescado de España. Con el ferrocarril, el pescado empezó a llegar a la capital en pocas horas, y Madrid acabó siendo, como dicen los castizos, el mejor puerto del país.

    De esa paradoja nació un clásico: el bocadillo de calamares. Calamar rebozado, pan crujiente y nada más, ni salsas ni adornos. Un madrileño te dirá muy serio que es el plato más típico de una ciudad sin costa, y no le faltará razón. Ahora cruza la calle de Toledo y toma la corta calle de San Millán: en lo alto de una plazuela te espera un soldado de bronce con una lata en la mano.

  5. 5. Plaza de Cascorro: el héroe de la Inclusa y el nombre del Rastro

    Plaza de Cascorro, 28005 Madrid, Spain

    En lo alto de esta plaza en cuesta, un soldado de bronce te observa con el fusil en una mano, una lata de petróleo en la otra y una cuerda atada a la cintura. Los domingos por la mañana apenas se le ve, rodeado de toldos, puestos y miles de personas regateando. Bienvenido al Rastro.

    El soldado se llamaba Eloy Gonzalo, y su vida empezó con una nota. En 1868 lo dejaron recién nacido en la Inclusa de Madrid, la casa donde se abandonaba a los niños que sus madres no podían criar, con un papel que decía su nombre. Creció como hijo de nadie, se hizo soldado y en 1896 estaba en Cuba, en un pueblo llamado Cascorro, sitiado por los insurrectos.

    Se ofreció voluntario para una misión casi suicida: acercarse a una casa desde la que disparaba el enemigo y prenderle fuego con petróleo. Pidió que le ataran una cuerda, para que sus compañeros pudieran recuperar su cuerpo si caía. No cayó. La casa ardió, el cerco se aflojó y Madrid tuvo un héroe salido de su propia Inclusa. Murió al año siguiente en Cuba, de enfermedad, y esta estatua se inauguró en 1902.

    ¿Y por qué Rastro? La explicación más repetida es que cuesta abajo estaba el matadero de la villa, y que las reses, arrastradas hacia las tenerías, dejaban por la calle un rastro de sangre. Con el tiempo, la palabra se quedó pegada al barrio y al mercado de cosas viejas que nació a su sombra.

    Y donde hay matadero, hay casquería. De los despojos que los ricos despreciaban nació media cocina castiza: los callos a la madrileña, guisados durante horas con chorizo, morcilla y pimentón, que en invierno resucitan a cualquiera. Comida de pobres que hoy se pide con devoción de gourmet, y que muchos madrileños juran que está aún mejor recalentada al día siguiente. Ahora déjate llevar cuesta abajo por la Ribera de Curtidores: esa calle tiene la segunda mitad de la historia.

  6. 6. Ribera de Curtidores: tenerías, almonedas y el Rastro de los domingos

    Calle de la Ribera de Curtidores, 28005 Madrid, Spain

    Esta calle ancha baja en pendiente con decisión, flanqueada por tiendas de muebles viejos, almonedas y patios interiores donde se amontonan lámparas, espejos y sillas de otro siglo. Si es domingo, ni la verás: estarás nadando entre puestos.

    Ribera de Curtidores significa exactamente lo que dice: la orilla de los curtidores. Por esta ladera bajaba un arroyo hacia el Manzanares, y junto al agua se instalaron las tenerías, donde las pieles del matadero se lavaban, se trataban y se convertían en cuero. Era un oficio pestilente, y por eso se hacía aquí, fuera de las murallas, lejos de las narices de la corte.

    El mercado de los domingos lleva siglos montándose en estas calles. Primero se vendían pieles, cueros y ropa usada; después, absolutamente todo. Hoy, cada domingo y festivo, se instalan alrededor de un millar de puestos, y la regla no escrita sigue siendo la misma: se regatea, se mira dos veces y nunca se compra lo primero que se ve. Hay quien encontró aquí un grabado antiguo entre postales de los setenta... y hay quien se llevó a casa una silla de contrachapado convencido de que era isabelina.

    En 1914 el escritor Ramón Gómez de la Serna le dedicó al Rastro un libro entero. Lo veía como el lugar al que van a parar las cosas cuando el mundo ya no las quiere, una especie de cementerio que, cada domingo, les da una segunda vida. Pasea despacio por los patios de anticuarios y entenderás por qué un escritor podía pasarse aquí mañanas enteras sin comprar nada.

    Y cuando aprieta el hambre, la costumbre manda: un bocado de pie, una caña bien tirada y vuelta al lío. El Rastro no se termina, se abandona, normalmente cuando alguien del grupo anuncia que tiene sed. Baja hasta el final de la calle y tuerce hacia el este, buscando la calle de Embajadores: allí te espera un caserón de ladrillo donde trabajaron miles de mujeres.

  7. 7. La Tabacalera de Embajadores: aguardiente, naipes y cigarreras

    Calle de Embajadores 53, 28012 Madrid, Spain

    Frente a ti se extiende un caserón de ladrillo y granito, largo y sobrio, con filas de ventanas iguales que ocupan media manzana de la calle de Embajadores. Parece un cuartel o un convento, pero durante casi dos siglos aquí se olía el tabaco desde la acera.

    El edificio se levantó a finales del siglo dieciocho como Real Fábrica de Aguardientes y Naipes: dentro se destilaba licor y se imprimían barajas, dos negocios que eran monopolio de la Corona. A principios del siglo diecinueve cambió de oficio y se convirtió en la Real Fábrica de Tabacos de Madrid. Del anís a los cigarros, el edificio siempre se dedicó a los pequeños vicios del reino.

    Y entonces llegaron ellas: las cigarreras. Miles de mujeres del barrio liaban a mano cigarros y cigarrillos en largas naves, y se ganaron fama de lengua afilada, de solidaridad feroz y de no dejarse pisar. Muchas llevaban a sus hijos pequeños al trabajo, y más de una vez plantaron cara a la dirección con protestas que pusieron en vilo a todo Madrid. En un tiempo en que pocas mujeres cobraban un sueldo propio, ellas eran una potencia.

    La fábrica cerró en el año 2000 y el gigante se quedó dormido. A partir de 2010, una parte se abrió como centro social autogestionado por vecinos y colectivos, y otra como sala de exposiciones del Ministerio de Cultura. En sus naves y patios cuelgan murales, se ensaya teatro y se discuten en asamblea los asuntos del barrio... la casa de las cigarreras sigue siendo un lugar donde la gente se organiza.

    Un apunte goloso antes de seguir. Estas calles de Embajadores son tierra de gallinejas y entresijos, tiras de tripa de cordero fritas hasta quedar crujientes, la merienda castiza por excelencia en las verbenas de barrio. No son para todos los estómagos, pero quien las prueba en una verbena de agosto no las olvida. Sube ahora por la calle de Embajadores hacia el norte y gira a la derecha hacia la calle del Mesón de Paredes: vas a ver un edificio abierto en canal.

  8. 8. La Corrala de Mesón de Paredes: la vida en el corredor

    Calle del Mesón de Paredes 79, 28012 Madrid, Spain

    Mira esa fachada que parece un edificio abierto en canal: pisos de corredores con barandillas de madera y hierro, uno encima de otro, puertas pequeñas en fila y ropa tendida al sol. Es una corrala, y esta es la más famosa de Madrid.

    La corrala fue la gran vivienda popular del Madrid del siglo diecinueve. Alrededor de un patio, largos corredores daban acceso a viviendas diminutas, muchas de una o dos piezas, donde se apretaban familias enteras. El agua estaba en el patio y el retrete era común, al final del pasillo. Todo se compartía: la escalera, el tendedero, los chismes, las peleas y las fiestas.

    Esta, entre las calles del Mesón de Paredes y de Tribulete, se construyó hacia mediados del siglo diecinueve, y su patio quedó a la vista de la calle cuando se derribó el edificio vecino. Lo que había sido la trastienda de la vida del barrio se convirtió de golpe en escaparate. En 1977 fue declarada monumento histórico-artístico, y hoy es casi un emblema de Lavapiés.

    Si alguna vez la ves con sillas en el patio y luces colgadas de las barandillas, quizá sea noche de zarzuela. La corrala es el escenario natural del género chico, y La Revoltosa, de Ruperto Chapí, estrenada en 1897, transcurre precisamente en un patio de vecindad como este, entre celos, coplas y vecinas asomadas al corredor. En los veranos madrileños se han representado zarzuelas aquí mismo, con el público mirando hacia arriba y los cantantes en los balcones.

    En una corrala, además, la cocina era asunto público. El puchero del cocido hervía desde primera hora en hornillos de carbón, y el olor subía por los corredores hasta el último piso. Todo el mundo sabía qué comía el vecino... y quién no tenía nada que echar al puchero. Sigue por la calle de Tribulete hacia el este: en un par de minutos estarás en el corazón de Lavapiés.

  9. 9. Plaza de Lavapiés: leyendas, manolos y ochenta acentos

    Plaza de Lavapiés, 28012 Madrid, Spain

    Has llegado a una plaza abierta, con árboles, bancos, niños detrás de un balón y un teatro moderno de ladrillo y cristal, y a tu alrededor oyes castellano de toda la vida mezclado con bengalí, wólof, árabe o chino. Esto es Lavapiés, y aquí todo el mundo es de algún sitio.

    Nadie sabe con certeza de dónde viene el nombre. La versión más romántica dice que en esta zona había una fuente donde los judíos se lavaban los pies antes de entrar en la sinagoga, y que una iglesia cercana se levantó sobre ella. Es una historia preciosa... pero los historiadores no han encontrado pruebas sólidas de que la judería de Madrid estuviera aquí. Lo que sí es seguro es que esto fue durante siglos un arrabal fuera de las murallas, de gente humilde y oficios duros.

    En el siglo dieciocho, Lavapiés era la tierra de los manolos y las manolas, los majos más castizos de la ciudad, con sus redecillas, sus mantones y su chulería. Presumían de rivalidad con los chisperos del barrio de Maravillas, al norte, y las peleas y los piques entre los dos barrios alimentaron los sainetes de Ramón de la Cruz y los cartones que Goya pintaba para la Real Fábrica de Tapices.

    Hoy Lavapiés es uno de los barrios más mezclados de España, y se suele decir que en él conviven vecinos de más de ochenta nacionalidades. La calle de Lavapiés, que sube desde aquí, huele a curry y a especias, y en las fruterías hay yuca, mangos y guindillas que una abuela castiza no habría sabido ni nombrar. El barrio de los manolos se ha convertido en el barrio del mundo, y sigue siendo igual de suyo.

    El edificio moderno de la plaza es el Teatro Valle-Inclán, del Centro Dramático Nacional, abierto en 2006 donde antes había una vieja sala de barrio. Teatro, sainete y vida de calle: Lavapiés nunca ha distinguido mucho entre el escenario y la acera. Ahora toma la calle de Argumosa, la que sale de la plaza bajo una hilera de árboles: se acerca la hora del vermut.

  10. 10. Calle de Argumosa: el cirujano del éter y la hora del vermut

    Calle de Argumosa, 28012 Madrid, Spain

    Pasea por esta calle larga y arbolada, con terrazas a ambos lados, mesas metálicas al sol y gente que estira la mañana del domingo con un vaso de vermut y una aceituna clavada en un palillo. Es la calle más tranquila de un barrio que no lo es.

    Debe su nombre a Diego de Argumosa, un cirujano cántabro que en 1847 realizó en Madrid una de las primeras operaciones con anestesia de éter en España, apenas unos meses después de la célebre demostración de Boston. Tiene sentido que su calle esté aquí: a pocos pasos estaba el gran Hospital General, el edificio que hoy ocupa el Museo Reina Sofía. Dormir a un paciente antes de abrirlo... en su época, aquello parecía magia.

    El vermut nació en Turín a finales del siglo dieciocho, pero Madrid lo adoptó como propio. En las tabernas castizas se servía de grifo, directamente del barril, con su rodaja de naranja y su chorrito de sifón, y la hora del vermut, ese rato entre la misa o el Rastro y la comida del domingo, se convirtió en una institución.

    El ritual tiene sus reglas no escritas. Vermut rojo, sin prisas, una tapa de boquerones en vinagre, unas patatas fritas o una banderilla de encurtidos que te pique en la lengua. Y, sobre todo, no cometas el error de tratarlo como un simple aperitivo para salir corriendo a comer. En Madrid, un vermut bien llevado puede enlazar sin problema con la merienda.

    Argumosa es también un retrato de cómo ha cambiado Lavapiés. Las tabernas de siempre conviven con locales nuevos, y los vecinos de toda la vida ven subir los alquileres y llegar las maletas con ruedas de los pisos turísticos. Es el gran debate del centro de Madrid, y aquí se discute, cómo no, en la terraza. Para terminar, sube hacia el norte, hacia la plaza de Antón Martín: junto a su mercado te espera un cine muy especial.

  11. 11. Cine Doré: el Palacio de las Pipas

    Calle de Santa Isabel 3, 28012 Madrid, Spain

    Y ahí lo tienes: una fachada modernista, blanca y curvada, con guirnaldas, molduras y el nombre del cine bien visible, encajada en una calle estrecha junto al mercado de Antón Martín. Parece una caja de bombones... y en cierto modo lo es.

    El Doré abrió en 1912 como cine de barrio, cuando el cinematógrafo todavía era una novedad de feria. La fachada que ves es de 1923, obra del arquitecto Críspulo Moro Cabeza, y además del salón tenía una terraza al aire libre para las noches de verano. Las sesiones eran dobles, las entradas baratas y el público, el de la calle.

    Los vecinos lo bautizaron enseguida como el Palacio de las Pipas. La gente llenaba la sala con su cucurucho de pipas de girasol y no paraba de comer en toda la película, y al terminar la función el suelo crujía bajo los pies como una playa de cáscaras . Pocas cosas hay más madrileñas que una tarde de cine con un puñado de pipas.

    Como tantos cines de barrio, el Doré entró en decadencia y cerró en los años sesenta. Estuvo a punto de desaparecer, pero el Ayuntamiento lo compró en 1982 y, tras una larga restauración, reabrió en 1989 como sede de la Filmoteca Española. Hoy proyecta clásicos, ciclos de autor y copias restauradas, y Pedro Almodóvar lo convirtió en escenario de una escena de Hable con ella, en 2002, como homenaje a las salas de toda la vida.

    Aquí termina el paseo. Empezaste en la calle de los arrieros y el cocido, pasaste por el pozo de San Isidro, la cúpula de la sopa boba, el rastro del matadero, las cigarreras y el vermut de Argumosa, y acabas en el palacio de las pipas. Este Madrid se cuenta mejor con la boca llena. Y si después de tanta historia te ha entrado hambre, el mercado de Antón Martín está justo al lado.