Ribera de Curtidores: tenerías, almonedas y el Rastro de los domingos

Why is it significant?

Esta calle ancha baja en pendiente con decisión, flanqueada por tiendas de muebles viejos, almonedas y patios interiores donde se amontonan lámparas, espejos y sillas de otro siglo. Si es domingo, ni la verás: estarás nadando entre puestos.

Key Facts

PlaceRibera de Curtidores: tenerías, almonedas y el Rastro de los domingos
AddressCalle de la Ribera de Curtidores, 28005 Madrid, Spain
Geo Coordinates40.40800, -3.70770
Part of WalkCocido, Rastro y vermut: La Latina y Lavapiés, el Madrid castizo que se come
GeneratedGenerated

Open the walk

Esta calle ancha baja en pendiente con decisión, flanqueada por tiendas de muebles viejos, almonedas y patios interiores donde se amontonan lámparas, espejos y sillas de otro siglo. Si es domingo, ni la verás: estarás nadando entre puestos.

Ribera de Curtidores significa exactamente lo que dice: la orilla de los curtidores. Por esta ladera bajaba un arroyo hacia el Manzanares, y junto al agua se instalaron las tenerías, donde las pieles del matadero se lavaban, se trataban y se convertían en cuero. Era un oficio pestilente, y por eso se hacía aquí, fuera de las murallas, lejos de las narices de la corte.

El mercado de los domingos lleva siglos montándose en estas calles. Primero se vendían pieles, cueros y ropa usada; después, absolutamente todo. Hoy, cada domingo y festivo, se instalan alrededor de un millar de puestos, y la regla no escrita sigue siendo la misma: se regatea, se mira dos veces y nunca se compra lo primero que se ve. Hay quien encontró aquí un grabado antiguo entre postales de los setenta... y hay quien se llevó a casa una silla de contrachapado convencido de que era isabelina.

En 1914 el escritor Ramón Gómez de la Serna le dedicó al Rastro un libro entero. Lo veía como el lugar al que van a parar las cosas cuando el mundo ya no las quiere, una especie de cementerio que, cada domingo, les da una segunda vida. Pasea despacio por los patios de anticuarios y entenderás por qué un escritor podía pasarse aquí mañanas enteras sin comprar nada.

Y cuando aprieta el hambre, la costumbre manda: un bocado de pie, una caña bien tirada y vuelta al lío. El Rastro no se termina, se abandona, normalmente cuando alguien del grupo anuncia que tiene sed. Baja hasta el final de la calle y tuerce hacia el este, buscando la calle de Embajadores: allí te espera un caserón de ladrillo donde trabajaron miles de mujeres.

Nearby stories