Plaza de Cascorro: el héroe de la Inclusa y el nombre del Rastro
Why is it significant?
En lo alto de esta plaza en cuesta, un soldado de bronce te observa con el fusil en una mano, una lata de petróleo en la otra y una cuerda atada a la cintura. Los domingos por la mañana apenas se le ve, rodeado de toldos, puestos y miles de personas regateando. Bienvenido al Rastro.
Key Facts
| Place | Plaza de Cascorro: el héroe de la Inclusa y el nombre del Rastro |
|---|---|
| Address | Plaza de Cascorro, 28005 Madrid, Spain |
| Geo Coordinates | 40.41060, -3.70730 |
| Part of Walk | Cocido, Rastro y vermut: La Latina y Lavapiés, el Madrid castizo que se come |
| Generated | Generated |
En lo alto de esta plaza en cuesta, un soldado de bronce te observa con el fusil en una mano, una lata de petróleo en la otra y una cuerda atada a la cintura. Los domingos por la mañana apenas se le ve, rodeado de toldos, puestos y miles de personas regateando. Bienvenido al Rastro.
El soldado se llamaba Eloy Gonzalo, y su vida empezó con una nota. En 1868 lo dejaron recién nacido en la Inclusa de Madrid, la casa donde se abandonaba a los niños que sus madres no podían criar, con un papel que decía su nombre. Creció como hijo de nadie, se hizo soldado y en 1896 estaba en Cuba, en un pueblo llamado Cascorro, sitiado por los insurrectos.
Se ofreció voluntario para una misión casi suicida: acercarse a una casa desde la que disparaba el enemigo y prenderle fuego con petróleo. Pidió que le ataran una cuerda, para que sus compañeros pudieran recuperar su cuerpo si caía. No cayó. La casa ardió, el cerco se aflojó y Madrid tuvo un héroe salido de su propia Inclusa. Murió al año siguiente en Cuba, de enfermedad, y esta estatua se inauguró en 1902.
¿Y por qué Rastro? La explicación más repetida es que cuesta abajo estaba el matadero de la villa, y que las reses, arrastradas hacia las tenerías, dejaban por la calle un rastro de sangre. Con el tiempo, la palabra se quedó pegada al barrio y al mercado de cosas viejas que nació a su sombra.
Y donde hay matadero, hay casquería. De los despojos que los ricos despreciaban nació media cocina castiza: los callos a la madrileña, guisados durante horas con chorizo, morcilla y pimentón, que en invierno resucitan a cualquiera. Comida de pobres que hoy se pide con devoción de gourmet, y que muchos madrileños juran que está aún mejor recalentada al día siguiente. Ahora déjate llevar cuesta abajo por la Ribera de Curtidores: esa calle tiene la segunda mitad de la historia.