Lisboa a bocados: ginjinha, pasteles, bacalao y mercados

Un paseo gastronómico por Lisboa, de la Rua das Portas de Santo Antão al Cais do Sodré: la ginjinha de 1840, la Confeitaria Nacional, el café de Pessoa, el bacalao, las conservas y el Mercado da Ribeira

Lisbon · 11 stops · 25 min audio · Generated

  1. 1. Rua das Portas de Santo Antão

    Rua das Portas de Santo Antão, 1150-268 Lisboa, Portugal

    Camina despacio por esta calle peatonal y deja que los escaparates te hablen: bogavantes, centollos, nécoras y percebes colocados sobre hielo como joyas, y detrás, camareros con chaqueta que te invitan a entrar. Bienvenido a la Rua das Portas de Santo Antão, el comedor más ruidoso de la Baixa de Lisboa y el punto de partida perfecto para un paseo que se hace con la boca abierta.

    El nombre ya cuenta una historia. Aquí se abría una de las puertas de la muralla que el rey Fernando mandó levantar en la década de 1370, la cerca fernandina. Al otro lado empezaban los huertos y los caminos hacia el norte, y por esta puerta entraba en la ciudad buena parte de lo que se comía en ella: verduras, gallinas, vino en carros.

    En el siglo XIX la calle se convirtió en una de las más animadas de Lisboa. Aquí está el Coliseu dos Recreios, inaugurado en 1890, donde han actuado desde compañías de ópera hasta circos; aquí tiene su sede la Sociedad de Geografía de Lisboa, fundada en 1875, que organizaba expediciones africanas; y aquí abrieron teatros, cafés y cervecerías. Después del espectáculo, la gente quería cenar... y la calle aprendió a darle de comer.

    Fíjate en la palabra cervejaria. En Lisboa no es solo un sitio para beber cerveza: es un templo del marisco. Gambas al ajillo, almejas a Bulhão Pato con ajo, aceite y cilantro, cangrejo abierto en la mesa a martillazos. Y una costumbre lisboeta que sorprende a todo el mundo: al final de una mariscada, en lugar de postre, mucha gente pide un prego, un bocadillo de filete de ternera con ajo. Sí, carne después del marisco. Es casi un rito.

    Un consejo de amigo: en esta calle conviven casas históricas y trampas para turistas, así que mira lo que comen los lisboetas antes de sentarte. Y ahora baja unos pasos por la misma calle. Fíjate en el número 58: una puerta discreta, casi anodina. No te dejes engañar: detrás se esconde un palacio que parece salido de Granada.

  2. 2. Casa do Alentejo

    Rua das Portas de Santo Antão 58, 1150-268 Lisboa, Portugal

    Cruza la puerta discreta del número 58 y sube la escalera: de repente estás en un patio de arcos de herradura, columnas finas y azulejos, con un aire tan andaluz que parece un trocito de la Alhambra caído en plena Lisboa. Es la Casa do Alentejo, y el contraste entre la calle y este patio ya vale el paseo.

    El edificio es un palacio del siglo XVII, el Palácio Alverca. Su decoración neoárabe no es antigua: llegó a principios del siglo XX, cuando el palacio se convirtió en un casino de moda, el Magestic Club, en plena fiebre del exotismo. Desde los años treinta lo ocupa la Casa do Alentejo, una asociación de alentejanos que vivían en la capital y que querían un lugar para reunirse, bailar y, sobre todo, comer como en casa. Arriba, los salones conservan grandes paneles de azulejos.

    El Alentejo, la gran llanura del sur, ocupa cerca de un tercio de Portugal, y su cocina es la de un campo pobre que convirtió la escasez en arte. El pan del día anterior no se tira: se convierte en açorda, una sopa de pan con ajo, cilantro, aceite y huevo escalfado, o en migas. Y luego está el porco preto, el cerdo negro que se cría en la dehesa comiendo bellotas... sí, primo hermano de tu cerdo ibérico.

    Prueba a pedir carne de porco à alentejana y verás un plato desconcertante: cerdo con almejas, tierra y mar en la misma cazuela. Su origen se discute, y hay quien dice que nació más bien en el Algarve, pero se ha quedado con el apellido del Alentejo. En esta casa también resuena a veces el cante alentejano, un canto coral de hombres y mujeres que la UNESCO declaró patrimonio inmaterial en 2014.

    Guarda sitio, porque esto acaba de empezar. Vuelve a la calle y sigue bajando hacia el sur. Donde la calle desemboca en una plaza alargada, junto a una iglesia, busca una barra minúscula con un solo mostrador y gente bebiendo de pie en vasitos: ahí te espera el licor más lisboeta de todos.

  3. 3. A Ginjinha, Largo de São Domingos

    Largo de São Domingos 8, 1100-201 Lisboa, Portugal

    Busca la barra más pequeña que hayas visto nunca: un mostrador de madera, botellas alineadas, un camarero que llena vasitos sin parar y gente que bebe de pie, en la acera, a cualquier hora. Es A Ginjinha, abierta en 1840 en el Largo de São Domingos, y desde entonces apenas ha cambiado.

    La ginjinha, o simplemente ginja, es un licor de guindas, esas cerezas ácidas que en Portugal se llaman ginjas, maceradas en aguardiente con azúcar. La receta exacta de cada casa es un secreto. Y aquí viene un detalle que te va a hacer sonreír: el fundador de este bar, Francisco Espinheira, era gallego. La leyenda dice que se inspiró en la receta de un fraile de la vecindad. Un gallego enseñando a beber a Lisboa... los aguadores y los taberneros gallegos fueron durante mucho tiempo parte del paisaje de esta ciudad.

    Cuando pidas, el camarero te hará la pregunta clave: com elas ou sem elas, ¿con ellas o sin ellas? Se refiere a las guindas. Si dices que sí, te caerá en el vaso una cereza empapada de licor, y la tradición es comérsela al final. Dulce, ácido, fuerte, en un trago: así es la ginjinha, que los lisboetas toman como aperitivo, como digestivo o como excusa.

    Pero esta plaza también guarda memoria de lo peor. En abril de 1506, durante la Pascua, empezó aquí una matanza de cristianos nuevos, judíos convertidos a la fuerza, que en tres días dejó miles de muertos en Lisboa. Desde 2008 un memorial recuerda a las víctimas, y en una pared cercana se lee la frase Lisboa, ciudad de la tolerancia, escrita en muchos idiomas. A tu lado está la iglesia de São Domingos, cuyo interior quemado en 1959 se dejó así, con las cicatrices a la vista.

    Brinda en silencio por los que no pudieron hacerlo, y sigue. Cruza hacia la plaza grande de al lado, la Praça da Figueira, con su estatua ecuestre, y busca en la esquina una pastelería con escaparates de madera y letras doradas. Es el siguiente pecado.

  4. 4. Confeitaria Nacional

    Praça da Figueira 18B, 1100-241 Lisboa, Portugal

    Ponte delante del escaparate de madera oscura, con sus letras doradas y sus vitrinas llenas de dulces amarillos, brillantes, de huevo. Estás ante la Confeitaria Nacional, abierta en 1829, una de las pastelerías más antiguas de Lisboa y todavía en manos de la misma familia que la fundó.

    La casa presume de un récord dulce: según su propia historia, fue la primera en hacer en Portugal el bolo-rei, el roscón de Reyes portugués, con una receta traída de Francia en la segunda mitad del siglo XIX. Es una corona de masa con frutas confitadas y frutos secos, y durante años escondía dentro un haba seca y una pequeña sorpresa. La tradición manda que a quien le toque el haba pague el bolo-rei del año siguiente. Así que ya sabes: en Navidad, en Lisboa, mastica con prudencia.

    Fíjate en ese color amarillo que domina las vitrinas. Es la huella de la doçaria conventual, los dulces de los conventos. Monjas y frailes usaban grandes cantidades de claras de huevo para almidonar la ropa y clarificar el vino, y les sobraban las yemas. Con ellas y con el azúcar que llegaba de Madeira y de Brasil, inventaron cientos de recetas: toucinho do céu, papos de anjo, ovos moles. Un azúcar, conviene recordarlo, que se producía en plantaciones trabajadas por personas esclavizadas.

    Y de ese mundo nace el rey de todos: el pastel de nata. Su origen está en el monasterio de los Jerónimos, en Belém. Cuando en 1834 se suprimieron las órdenes religiosas, la receta salió del convento, y en 1837 abrió junto al monasterio la casa que todavía hoy los vende con el nombre de pastéis de Belém, con su fórmula guardada en secreto. Hoy cualquier pastelería de Lisboa tiene los suyos, también esta. El truco lisboeta: canela y azúcar glas por encima, y comerlo templado.

    Pide uno, o un bolo-rei si es temporada, y cómelo de pie en la barra, como se hace aquí. Después baja hacia el río por la Rua da Madalena, cuesta abajo, unos quinientos metros. Cuando el aire empiece a oler a sal, gira a la izquierda por la Rua dos Bacalhoeiros.

  5. 5. Rua dos Bacalhoeiros

    Rua dos Bacalhoeiros, 1100-068 Lisboa, Portugal

    Estás en una calle larga y estrecha, paralela al río, con tiendas a pie de calle, olor a mar y alguna fachada que asoma con un aire diferente al fondo. Es la Rua dos Bacalhoeiros, la calle de los comerciantes de bacalao. En Lisboa, hasta las calles tienen apetito.

    Aquí viene la gran paradoja de la cocina portuguesa. El bacalao es el plato nacional, el fiel amigo, como lo llaman, y sin embargo no vive en las aguas de Portugal. Es un pez de mares fríos. Desde el siglo XVI, pescadores portugueses cruzaron el Atlántico hasta los bancos de Terranova para capturarlo, salarlo a bordo y traerlo de vuelta. La sal convertía un pescado perecedero en un alimento que aguantaba meses, perfecto para un país de marinos y de ayunos religiosos.

    Durante el Estado Novo, la dictadura de Salazar convirtió el bacalao en asunto de Estado. Se organizó la llamada Frota Branca, la flota blanca, con veleros pintados de blanco que pasaban meses en Terranova y Groenlandia. Los pescadores salían solos, en pequeños botes de un solo hombre, los dóris, en medio de la niebla y del hielo... y muchos no volvieron. Detrás de cada bacalao de Navidad hubo, durante décadas, un trabajo durísimo.

    Los portugueses dicen que hay mil y una maneras de cocinar bacalao, y no exageran demasiado. Bacalhau à Brás, deshilachado con patata paja y huevo; bacalhau com natas, gratinado con nata; pataniscas, unos buñuelos fritos; y el de Nochebuena, cocido con coles, patatas y garbanzos, regado con buen aceite. Hoy la mayor parte llega de Noruega, pero la manera de prepararlo sigue siendo muy portuguesa.

    Al fondo de la calle verás la fachada cubierta de puntas de diamante de la Casa dos Bicos, de 1523, hoy sede de la Fundación José Saramago. Camina hacia ella y sigue un poco más, hasta salir a una explanada abierta junto al río. Tiene uno de los nombres más sabrosos de Lisboa: el Campo das Cebolas, el campo de las cebollas.

  6. 6. Campo das Cebolas

    Campo das Cebolas, 1100-134 Lisboa, Portugal

    Sal a esta explanada abierta junto al río, con árboles, bancos y el Tajo brillando al fondo, y respira hondo. Su nombre, Campo das Cebolas, el campo de las cebollas, es todo un programa. Durante siglos esto fue la Ribeira Velha, la vieja orilla donde se descargaba y se vendía lo que llegaba por el agua.

    Aquí estaba uno de los grandes mercados de la Lisboa medieval y moderna. Las barcas cruzaban el río cargadas de verduras, frutas, cebollas y pescado de la otra orilla, y todo se vendía a gritos en la ribera. Imagina el ruido, el olor, las cestas, los animales... Nada que ver con la tranquilidad de hoy, cuando la plaza, reformada hace pocos años, esconde un aparcamiento bajo los pies.

    Y ya que hablamos de pescado, toca hablar de las latas. Seguro que has visto en Lisboa tiendas con paredes enteras de latas de sardinas, caballa y atún, con etiquetas de colores que parecen carteles antiguos. La conserva en lata se inventó a principios del siglo XIX, y Portugal, con su costa atlántica llena de sardina, se convirtió en uno de sus grandes productores. Hubo fábricas en Setúbal, en Matosinhos, en el Algarve.

    La Primera Guerra Mundial disparó la demanda: los ejércitos necesitaban comida que no se estropeara, y las conservas portuguesas viajaron a las trincheras. En las fábricas trabajaban sobre todo mujeres, que limpiaban y empacaban el pescado a mano, por turnos que dependían de la llegada de los barcos, a veces de noche. Con el tiempo muchas fábricas cerraron, pero la lata sobrevivió, y hoy vuelve a estar de moda como pequeño lujo.

    Un consejo: una lata de sardinas en aceite, pan alentejano y un vaso de vino verde son una comida digna de reyes, y cabe en una mochila. Ahora pon rumbo al oeste, por la avenida que bordea el río, hacia la gran plaza de los arcos amarillos. En su esquina, bajo los soportales, te espera un café que tiene más de doscientos cuarenta años.

  7. 7. Martinho da Arcada

    Praça do Comércio 3, 1100-148 Lisboa, Portugal

    Bajo los soportales de la esquina de la gran plaza, busca una puerta antigua con el nombre Martinho da Arcada. Entra y deja que tus ojos se acostumbren a la penumbra: madera, espejos, manteles blancos y fotografías en blanco y negro. Estás en el café más antiguo de Lisboa, abierto en 1782.

    Cuando abrió, la plaza que tienes al lado era nueva. Tras el terremoto de 1755, el Marqués de Pombal había reconstruido la Baixa con calles rectas y edificios iguales, y estos soportales eran el escaparate de la Lisboa moderna. El café ha cambiado de nombre varias veces a lo largo de su historia, pero nunca de sitio. Por sus mesas pasaron conspiradores liberales, políticos, artistas y, sobre todo, escritores.

    El más famoso de todos fue Fernando Pessoa. En sus últimos años venía casi a diario, después de trabajar en las oficinas comerciales de la Baixa. Aquí escribía, quedaba con amigos de las revistas literarias y, cuentan, pasaba horas con una taza de café y una copa de aguardiente. Su mesa, en un rincón, se conserva todavía. Muchas décadas después, otro gigante, el Nobel José Saramago, también fue cliente de la casa.

    Y ya que estás aquí, haz lo que haría un lisboeta: pide una bica. Así llaman en Lisboa al café solo, corto y fuerte, lo que en España sería un expreso. Sobre el origen de la palabra corren varias historias, ninguna demostrada, y a los lisboetas les encanta discutirlas. Acompáñala con un pastel de nata, si te queda hueco, y tendrás el desayuno más clásico de la ciudad.

    Antes de irte, mira hacia el río a través de los arcos e imagina a Pessoa saliendo por esa misma puerta, con su sombrero y su gabardina, perdiéndose entre la gente. Luego cruza la plaza por el lado del río, hacia el oeste, y entra en la Rua do Arsenal, la calle que nace en la esquina opuesta. Allí vamos a hablar de lo que comían los navegantes.

  8. 8. Rua do Arsenal

    Rua do Arsenal, 1100-038 Lisboa, Portugal

    Avanza por la Rua do Arsenal y fíjate en las tiendas de toda la vida: bacalao seco apilado en planchas, jamones colgados, botellas de vino y de oporto hasta el techo. A tu izquierda, hacia el río, se extendía el antiguo arsenal de la marina. Aquí se construían los barcos que daban la vuelta al mundo.

    Desde los tiempos del rey Manuel I, hacia 1500, esta orilla fue la Ribeira das Naus, el gran astillero real. De aquí salían las naos de la Carrera de la India, y un viaje de ida a Goa podía durar seis meses. La gran pregunta era: ¿qué comían durante tanto tiempo en el mar?

    La respuesta no era muy apetitosa. La base era el bizcocho, un pan cocido dos veces, duro como una piedra, que se horneaba en los hornos reales de Vale de Zebro, al otro lado del Tajo. A eso se sumaban carne y pescado en salazón, legumbres, aceite, vinagre y vino, mucho vino. Al cabo de semanas, el agua se pudría, el bizcocho se llenaba de gusanos y aparecía el escorbuto, la enfermedad de la falta de vitaminas, que mataba a una parte de las tripulaciones.

    Pero a la vuelta, esos barcos traían el mundo entero a la cocina. La pimienta, el clavo, la canela de la India y de Ceilán, que por eso perfuma hoy el arroz con leche portugués. Y los portugueses también llevaron sabores por el planeta: el chile americano llegó a la India y a África en sus barcos. Incluso se cuenta que el tempura japonés desciende de un plato portugués de judías verdes rebozadas, los peixinhos da horta, los pececitos del huerto.

    Así que esta calle tan sencilla es, en realidad, una esquina de la historia mundial del sabor. Sigue caminando hacia el oeste, siempre recto, dejando a un lado la plaza del Município. Cuando llegues al barrio del Cais do Sodré, busca una calle paralela al río pintada de un rosa imposible.

  9. 9. Rua Nova do Carvalho

    Rua Nova do Carvalho, 1200-292 Lisboa, Portugal

    Mira el suelo: está pintado de rosa, de punta a punta. Encima, un puente de piedra cruza la calle, y a los lados se suceden bares con letreros antiguos y nombres de puertos lejanos. Es la Rua Nova do Carvalho, la calle rosa del Cais do Sodré, y su historia es mucho menos inocente que su color.

    Durante buena parte del siglo XX, este fue el barrio de los marineros. Los barcos atracaban a pocos metros, y los hombres que bajaban a tierra después de semanas en el mar buscaban tres cosas: comida, bebida y compañía. Por eso muchos bares de la zona se llamaban como ciudades portuarias del norte de Europa, para que un marino escandinavo o británico se sintiera un poco en casa. Y por eso la calle tuvo también, durante décadas, fama de barrio rojo.

    Era una zona dura, con peleas, contrabando y pobreza, que la ciudad prefería no mirar. Cuando el tráfico de mercantes se fue alejando del centro, el barrio entró en decadencia. La transformación llegó a comienzos de la década de 2010: la calle se peatonalizó, se pintó el suelo de rosa y los antiguos bares de marineros se convirtieron en locales de moda.

    Para nuestro paseo gastronómico, esta calle es la Lisboa de los petiscos, las tapas portuguesas. Aquí y en todo el barrio vas a encontrar las grandes clásicas de la comida rápida lisboeta: la bifana, un bocadillo de cerdo marinado en ajo y vino blanco, y el caldo verde, una sopa de patata y col cortada finísima, con una rodaja de chorizo. Es lo que se comía, y se sigue comiendo, a altas horas, cuando el cuerpo pide algo caliente.

    De día la calle duerme, y es el mejor momento para mirar las fachadas y los letreros viejos sin gente. De noche, se llena hasta reventar. Ahora sal hacia el oeste y cruza hacia la avenida grande que bordea el río. Enfrente verás un enorme edificio con una cúpula: el mercado.

  10. 10. Mercado da Ribeira

    Avenida 24 de Julho 49, 1200-479 Lisboa, Portugal

    Ponte frente al gran edificio con la cúpula y entra. Dentro descubrirás dos mundos bajo el mismo techo: a un lado, puestos de pescado, fruta, verdura y flores; al otro, una gran nave llena de mostradores de comida y mesas corridas donde se sienta medio mundo. Es el Mercado da Ribeira, el gran mercado de abastos de Lisboa.

    El mercado abrió aquí en 1882, en terrenos ganados al río, cuando Lisboa construía la avenida ribereña y necesitaba un mercado central moderno, de hierro y cristal, junto a los muelles. Era el destino natural de lo que llegaba por agua: el pescado de las barcas, las verduras de la otra orilla. Durante generaciones, aquí venían de madrugada los cocineros, los tenderos y las amas de casa de toda la ciudad.

    Y aquí trabajaban las varinas, las vendedoras de pescado. Muchas venían de Ovar, en el norte, de ahí el nombre. Cargaban cestas sobre la cabeza, caminaban descalzas por las cuestas de Lisboa y pregonaban la sardina y el jurel por los barrios. Se convirtieron en un símbolo de la ciudad, tanto que aparecen en postales, azulejos y canciones de fado.

    Como tantos mercados europeos, este fue perdiendo clientes frente a los supermercados. En 2014 la mitad del edificio se transformó en un gran espacio de restauración, con puestos de cocineros conocidos, y se llenó de visitantes. La otra mitad sigue siendo mercado tradicional, sobre todo por la mañana, con sus pescaderas y sus fruteros. Mi consejo: entra primero por ese lado, el del mercado de verdad, porque ahí es donde late Lisboa.

    Mira el hielo con las sardinas, los besugos, el pulpo, el carapau... y si es junio, prepárate, porque viene la gran fiesta de la sardina. Sal ahora del mercado, camina hacia el río pasando junto a la estación y llega hasta el muelle del Cais do Sodré, donde salen los barcos que cruzan el Tajo. Allí termina el paseo.

  11. 11. Cais do Sodré

    Cais do Sodré, 1200-450 Lisboa, Portugal

    Llega hasta el borde del muelle y mira el Tajo, tan ancho aquí que parece un mar. Los barcos de pasajeros cruzan hacia Cacilhas, en la otra orilla, las gaviotas planean sobre el agua y, a lo lejos, a tu derecha, ves el gran puente rojo. Estás en el Cais do Sodré, el muelle donde termina nuestro paseo.

    Este lugar ha sido siempre una puerta. Por el río llegaban el pescado, la fruta y el vino; por el tren, desde finales del siglo XIX, llegaban y salían los viajeros de la línea de la costa, hacia Belém, Estoril y Cascais. Muchos lisboetas cruzan todavía el río en barco solo para comer pescado y marisco en las tascas de la otra orilla, mirando Lisboa de frente al atardecer. Es uno de los placeres más sencillos de la ciudad.

    Si vienes en junio, vas a entender la otra pasión de Lisboa: la sardina. En las fiestas de los santos populares, sobre todo en la noche del 12 al 13 de junio, víspera de San Antonio, la ciudad entera huele a brasa. Se asan sardinas en la calle y se comen sobre una rebanada de pan que se empapa de grasa, con pimientos asados y vino. Dicen los lisboetas que la sardina buena es la de los meses sin erre... y junio no la tiene.

    Y si te quedaste con ganas del pastel de nata original, desde la estación que tienes detrás salen los trenes de la línea de Cascais, que paran en Belém. Allí, junto al monasterio de los Jerónimos, sigue la casa de 1837 con su receta secreta. Lo hemos contado en la confitería: un dulce nacido de las yemas que sobraban a los frailes.

    Mira atrás y repasa el camino: el marisco de Portas de Santo Antão, el cerdo negro del Alentejo, la ginjinha de un gallego, el bolo-rei, el bacalao de Terranova, las latas, la bica de Pessoa, el bizcocho de los navegantes y el mercado. Lisboa se entiende mejor comiendo. Busca un banco frente al río, quédate a ver cómo cambia la luz sobre el agua, y brinda por la próxima vez.