Belém y los Descubrimientos: imperio, especias y memoria en Lisboa

De la central de carbón a la Torre de Belém, pasando por los Jerónimos y el Padrão: la cara gloriosa y la cara oscura de la era de los descubrimientos, con Tordesillas como telón de fondo

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  1. 1. Central Tejo y MAAT: la luz de Lisboa

    Avenida de Brasília, 1300-598 Lisboa, Portugal

    Delante de ti, junto al río, dos edificios se miran: una central eléctrica de ladrillo rojo, con chimeneas y ventanales de catedral industrial, y a su lado una ola blanca y baja que parece derretirse hacia el Tajo, con un tejado por el que se puede caminar. La vieja es la Central Tejo; la nueva, el MAAT, el museo de arte, arquitectura y tecnología.

    Empezamos aquí, lejos de las carabelas, a propósito. Durante buena parte del siglo XX esta central quemó carbón para dar luz a Lisboa. El carbón llegaba en barco, sobre todo de Gran Bretaña, y dentro, junto a las calderas, trabajaban los fogoneros, alimentando el fuego a paladas con un calor insoportable. Dejó de producir electricidad en los años setenta y hoy se visita con sus calderas, turbinas y pasarelas, como un barco varado.

    El edificio blanco, inaugurado en 2016, es obra de la arquitecta británica Amanda Levete. Está revestido de miles de piezas de cerámica que reflejan la luz del río y cambian de tono con las horas, un guiño a los azulejos de la ciudad. Sube a su cubierta: desde ahí ves el Puente 25 de Abril, el Cristo Rei en la otra orilla y, hacia el oeste, Belém, que es adonde vamos.

    Y ahora cambia de escala. Unos centenares de metros más al oeste estaba la playa del Restelo, de donde zarpaban las naves hacia África, la India y Brasil. De allí salió Vasco da Gama en 1497, y por este mismo estuario entraron durante siglos especias, oro, azúcar... y personas esclavizadas. En este paseo vamos a mirar las dos caras de esa historia, la que sale en las postales y la que se cuenta menos.

    Para un oído español hay además un hilo propio: Portugal y Castilla se repartieron el mundo, literalmente, con un tratado firmado en un pueblo de Valladolid. Ya llegaremos a él. Cruza ahora la pasarela peatonal sobre las vías del tren y la avenida, y camina hacia el oeste hasta un gran edificio moderno de hormigón gris que parece flotar sobre pilares.

  2. 2. Museu Nacional dos Coches: el imperio sobre ruedas

    Avenida da Índia 136, 1300 Lisboa, Portugal

    Este gran bloque de hormigón gris, suspendido sobre pilares, guarda uno de los tesoros más inesperados de Lisboa: una de las colecciones de carruajes reales más ricas del mundo. Lo diseñó el brasileño Paulo Mendes da Rocha, premio Pritzker, y abrió en 2015. Un arquitecto de Brasil construyendo la casa de las carrozas de los antiguos reyes de Brasil... la historia tiene sentido del humor.

    El museo lo fundó en 1905 la reina Amélia en el antiguo picadero real, junto al palacio, que verás en la próxima parada. La reina quería salvar los coches de gala de la corte, que se estaban quedando sin uso con la llegada del automóvil. Hay sillas de manos, berlinas, calesas, coches de niño, literas... más de tres siglos de lujo sobre ruedas.

    Las joyas son los coches de la embajada que el rey Juan V envió al papa Clemente XI en 1716. En uno de ellos, el llamado coche de los Océanos, dos ancianos tallados se dan la mano en la parte trasera: son el Atlántico y el Índico, unidos por la ruta portuguesa del cabo de Buena Esperanza. Es propaganda dorada, el imperio contado con tallas, terciopelo y pan de oro, pagado en buena medida con el oro que llegaba entonces de Brasil.

    Y hay una pieza que interesa especialmente a un visitante español: el coche más antiguo de la colección, de finales del siglo XVI o principios del XVII, que la tradición asocia a Felipe II de Portugal, es decir, Felipe III de España. Se cree que lo usó en su viaje a Lisboa en 1619, cuando vino a que las Cortes juraran a su hijo como heredero. Un carruaje sobrio, casi austero, para un rey que visitaba su otro reino.

    Hay también un carruaje que nadie mira sin un escalofrío: el landó en el que viajaban el rey Carlos I y su hijo mayor cuando los asesinaron en 1908, en el Terreiro do Paço. Ahora camina hacia el oeste unos minutos, hasta una plaza ajardinada con una estatua sobre una columna, frente a una larga fachada rosa.

  3. 3. Palácio de Belém: el rey que no quiso volver a dormir bajo piedra

    Praça Afonso de Albuquerque, 1300 Lisboa, Portugal

    La fachada rosa que tienes delante, al otro lado del jardín de la Praça Afonso de Albuquerque, es el Palácio de Belém, residencia oficial del presidente de la República portuguesa. En el centro del jardín, sobre una alta columna, el virrey Afonso de Albuquerque mira hacia el río, como si todavía esperara noticias de la India.

    Albuquerque fue el gran arquitecto del imperio portugués en el Índico: tomó Goa en 1510, Malaca en 1511 y Ormuz en 1515, a sangre y fuego. Su estrategia era tan sencilla como brutal: controlar los estrechos y los puertos, no los territorios, y obligar a todos los barcos a pagar por navegar. Una red de fortalezas que convirtió a un pequeño reino atlántico en dueño del comercio de la pimienta.

    El palacio lo compró el rey Juan V en 1726 como casa de recreo junto al agua, y ese capricho salvó vidas. La mañana del terremoto de 1755 la familia real estaba aquí, en Belém, y no en el palacio de la Ribeira, que se derrumbó y ardió. José I quedó tan aterrado que no quiso volver a dormir bajo techo de piedra: vivió el resto de su vida en un palacio de madera y lona en la colina de Ajuda, la llamada Real Barraca.

    Y cerca de aquí se fraguó el episodio más oscuro de su reinado. Una noche de septiembre de 1758, unos disparos alcanzaron el carruaje del rey cuando volvía, dicen, de una cita secreta. Pombal culpó a la poderosa familia Távora y al duque de Aveiro, y en enero de 1759 fueron ejecutados en Belém con una crueldad que escandalizó a Europa. Verás su rastro en la próxima parada, junto al lugar más dulce de Lisboa.

    Antes de seguir, fíjate en el edificio neoclásico que flanquea el palacio por el este: es el antiguo picadero real, donde estuvieron los carruajes hasta 2015. Camina ahora hacia el oeste por la Rua de Belém, bajo los toldos y las fachadas bajas, y busca la cola de gente frente a una casa de azulejos azules con casi dos siglos de historia.

  4. 4. Pastéis de Belém y el Chão Salgado: azúcar y sal

    Rua de Belém 84-92, 1300-085 Lisboa, Portugal

    Huele a canela y a hojaldre caliente. Delante de esta fachada de azulejos azules y blancos de la Rua de Belém casi siempre hay cola, y dentro se abre un laberinto de salas donde sirven pastéis de nata recién salidos del horno, con la crema tostada a manchas oscuras. Aquí se llaman pastéis de Belém, y no es un capricho de marketing.

    La receta nació en el monasterio de los Jerónimos, a unos cientos de metros. Se cuenta que los conventos usaban claras de huevo para almidonar la ropa y les sobraban yemas, y de ahí tantos dulces portugueses de yema y azúcar. En 1834, tras la guerra entre liberales y absolutistas, se cerraron los conventos y se expulsó a las órdenes religiosas. Para sobrevivir, alguien del monasterio empezó a vender los pasteles en una refinería de azúcar vecina, y en 1837 abrió esta casa. Desde entonces la receta se guarda en secreto, en un obrador cerrado que solo conocen unos pocos maestros.

    Ahora camina unos pasos hacia el oeste por la misma acera, hasta un callejón: el Beco do Chão Salgado, el callejón del suelo salado. Allí verás un pilar bajo de piedra. Es el rastro del castigo de 1759: tras la ejecución de los acusados del atentado contra José I, Pombal mandó demoler el palacio del duque de Aveiro, que estaba aquí, y sembrar de sal el suelo para que nada volviera a crecer. El pilar lleva una inscripción que maldice su memoria.

    Es un contraste brutal: en la misma manzana, la cola alegre de los pasteles y una de las ejecuciones más crueles de la Europa ilustrada. Entre los condenados estaba la anciana marquesa Leonor de Távora, decapitada ante la multitud en un cadalso de Belém. Muchos historiadores creen hoy que Pombal aprovechó el atentado para aplastar a la alta nobleza y, de paso, expulsar a los jesuitas ese mismo año.

    Pero que no te quite el apetito: el pastel se come caliente, con canela y azúcar glas por encima, y cualquier lisboeta te dirá que en ningún otro sitio sabe igual. Después, sigue hacia el oeste hasta el Largo dos Jerónimos y entra por la verja de un jardín frondoso, lleno de palmeras y pavos reales, que esconde una historia incómoda.

  5. 5. Jardim Botânico Tropical: un mapa vegetal del imperio

    Largo dos Jerónimos, 1400 Lisboa, Portugal

    Bajo estas palmeras altísimas cuesta creer que la avenida está a dos pasos. Hay estanques con patos, pavos reales que se pasean como dueños, una avenida de palmeras, dragos, bambúes y árboles traídos de Brasil, de África y de Asia. Es el Jardim Botânico Tropical, y por dentro es un pequeño mapa vegetal del antiguo imperio.

    Nació a principios del siglo XX como Jardín Colonial, un centro de investigación para aclimatar plantas útiles de los trópicos y formar a los técnicos que irían a las colonias: café, cacao, caucho, quina. Era ciencia, sí, pero al servicio de una idea muy concreta: que África y Asia eran la despensa de Europa. Dentro del recinto queda también un palacete, el de los condes de Calheta, con azulejos antiguos.

    En 1940 la dictadura de Salazar organizó aquí al lado la Exposición del Mundo Portugués, para celebrar los ocho siglos de la fundación de Portugal y los tres de la Restauración de 1640. Y en este jardín instaló la sección colonial. Se construyeron aldeas que imitaban las de Guinea, Angola, Mozambique o Timor, y se trajeron personas de esas colonias para exhibirlas, viviendo en ellas, ante los visitantes. Un zoológico humano, en pleno siglo XX y en plena Lisboa.

    Durante décadas esa historia apenas se contó. Hoy el jardín pertenece a la Universidad de Lisboa, y la ciudad ha empezado a mirar de frente ese pasado con exposiciones, estudios y debates. Pasea con calma entre los estanques: la belleza del lugar y su origen incómodo forman parte de la misma historia, y no hace falta elegir entre una y otro.

    Y ahora prepárate para el edificio más espectacular de Portugal. Sal por la verja al Largo dos Jerónimos y camina hacia el oeste: la fachada blanca y labrada del monasterio te ocupará el horizonte entero, y no exagero.

  6. 6. Mosteiro dos Jerónimos: un monasterio pagado con pimienta

    Praça do Império, 1400-206 Lisboa, Portugal

    Más de trescientos metros de piedra caliza dorada se extienden frente a ti, y en el centro el portal sur de la iglesia sube como un retablo de encaje: pináculos, doseles, santos y, en lo alto, la Virgen de Belén. Es el Mosteiro dos Jerónimos, la obra maestra del estilo manuelino.

    El rey Manuel I lo mandó construir a partir de 1501, junto a la playa del Restelo, donde una pequeña ermita había visto rezar a los marineros antes de embarcar. La tradición dice que Vasco da Gama y sus hombres pasaron allí la noche antes de zarpar hacia la India en 1497. El dinero salió de un impuesto sobre el comercio de las especias, la vintena, el cinco por ciento de lo que traían las naves. El monasterio, literalmente, está pagado con pimienta y canela.

    Y aquí va un hilo español. El maestro que diseñó este portal y las grandes bóvedas de la iglesia fue João de Castilho, o mejor dicho Juan de Castillo, un cantero nacido en Cantabria. Su bóveda, sostenida por columnas finísimas como palmeras, resistió el terremoto de 1755 mientras media Lisboa se venía abajo. Busca en la piedra cuerdas, nudos marineros, esferas armilares y la cruz de la Orden de Cristo: el mar entero hecho escultura.

    Dentro descansan Vasco da Gama y un sepulcro dedicado a Luís de Camões, el poeta de Os Lusíadas, y en el claustro, desde 1985, los restos de Fernando Pessoa. Ese mismo año pasó aquí algo que también es historia de España: el 12 de junio de 1985, en este claustro, Portugal firmó su adhesión a la Comunidad Europea, el mismo día en que España lo hacía en Madrid. Dos vecinos que se habían dado la espalda durante siglos entraban juntos en Europa.

    Pero no olvides de dónde salió la riqueza que levantó estas piedras: de rutas abiertas a cañonazos, de fortalezas en costas ajenas y, cada vez más, del tráfico de africanos esclavizados. Cruza ahora el jardín geométrico de la Praça do Império, trazado por la dictadura para la exposición de 1940, y baja por el paso subterráneo hacia el río: te espera una enorme proa de piedra blanca.

  7. 7. Padrão dos Descobrimentos y Rosa dos Ventos: la línea de Tordesillas

    Avenida de Brasília, 1400-038 Lisboa, Portugal

    Una proa de piedra de más de cincuenta metros se adentra en el Tajo como una carabela petrificada, y por sus dos rampas suben, como en procesión, más de treinta figuras: navegantes, reyes, cartógrafos, frailes y un poeta. En la punta, el infante Enrique el Navegante sostiene una carabela entre las manos. Es el Padrão dos Descobrimentos.

    Nació en 1940 como estructura efímera para la exposición del Estado Novo, y en 1960 se rehízo en hormigón y piedra para los quinientos años de la muerte del infante. Busca a Vasco da Gama, a Pedro Álvares Cabral, que llegó a Brasil en 1500, a Camões con su libro y a la única mujer, Felipa de Lancaster, madre de Enrique. Y a uno que un español reconoce enseguida: Fernando de Magallanes, portugués de nacimiento, que dirigió la primera vuelta al mundo al servicio de Carlos I, culminada por Juan Sebastián Elcano.

    Ahora baja la vista al suelo de la explanada: es la Rosa dos Ventos, una gran rosa de los vientos de mármol con un mapamundi en el centro, regalo de Sudáfrica en 1960. Las carabelas dibujadas marcan las fechas de llegada portuguesas a cada costa. Busca el Atlántico e imagina una línea invisible: en 1494, en Tordesillas, Castilla y Portugal se repartieron el mundo con un meridiano trazado a trescientas setenta leguas al oeste de Cabo Verde. Lo de un lado para Castilla, lo del otro para Portugal. Por eso en Brasil se habla portugués.

    Este monumento, sin embargo, cuenta la historia solo desde la proa. No aparece nadie de los pueblos que esas naves encontraron, conquistaron o esclavizaron. Portugal abrió en el siglo XV el tráfico atlántico de esclavos y fue la potencia que más africanos transportó a través del océano: las estimaciones hablan de más de cinco millones de personas, la mayoría hacia Brasil. En la Lisboa del siglo XVI, una parte notable de la población era africana, en gran medida esclavizada, y desde hace años la ciudad proyecta un memorial a esas personas.

    Si subes al mirador de lo alto, la rosa de los vientos se ve entera, con todas sus rutas. Luego sigue hacia el oeste por el paseo junto al río, unos pocos minutos, hasta un edificio blanco y alargado, de líneas rectas y aire de los años cuarenta, que mira al río.

  8. 8. Museu de Arte Popular: el Portugal que quería ver el Estado Novo

    Avenida de Brasília, 1400 Lisboa, Portugal

    Este edificio blanco y alargado, de líneas rectas y aire sobrio, junto al paseo del río, no parece gran cosa al lado del Padrão. Pero es uno de los pocos supervivientes de la Exposición del Mundo Portugués de 1940, aquella ciudad efímera de yeso y cartón piedra que la dictadura levantó en Belém. Hoy es el Museu de Arte Popular.

    Tras la exposición, el edificio se adaptó para mostrar el arte del pueblo: cerámicas, tejidos, yugos pintados, trajes de fiesta, aperos, juguetes de madera, organizados región por región. Detrás estaba António Ferro, el gran propagandista del régimen de Salazar, que llamaba a su programa cultural la política del espíritu. Su idea era mostrar un Portugal rural, pobre pero honrado, católico y feliz con su suerte.

    Esa es la otra cara del imperio que celebraba esta orilla. Mientras el Padrão miraba hacia el mar, este museo miraba hacia dentro, hacia un campo idealizado donde no había huelgas, ni emigración, ni analfabetismo, aunque Portugal tenía entonces una de las tasas de analfabetismo más altas de Europa occidental. Hacia los años sesenta, cientos de miles de portugueses emigraban a Francia, muchos a pie y sin papeles, cruzando España de noche.

    Y sin embargo, conviene no tirar al niño con el agua del baño. Las piezas que se reunieron aquí son auténticas, hechas por manos anónimas de todo el país, y muchas de esas artesanías desaparecieron poco después de los pueblos. La propaganda las enmarcó, pero no las inventó. Si tienes ocasión, fíjate en los murales de la época que decoran sus salas: escenas de faenas, fiestas y romerías pintadas por artistas modernistas.

    Así que, entre la proa de piedra y este pabellón discreto, tienes los dos relatos con los que el Estado Novo quiso explicar Portugal: el de los navegantes y el de los campesinos. Sigue ahora hacia el oeste por el paseo, dejando la dársena del Bom Sucesso con sus veleros a tu derecha, hasta encontrar un hidroavión plateado posado sobre un pedestal.

  9. 9. Monumento a la primera travesía aérea del Atlántico Sur

    Avenida de Brasília, 1400 Lisboa, Portugal

    Sobre un pedestal junto al río parece a punto de despegar un hidroavión de metal brillante, con sus flotadores y su doble ala. Es la réplica del Santa Cruz, el aparato con el que dos oficiales de la Marina portuguesa, Gago Coutinho y Sacadura Cabral, cruzaron por primera vez el Atlántico Sur por el aire, en 1922.

    Salieron de Lisboa el 30 de marzo de 1922 y llegaron a Río de Janeiro el 17 de junio. Fue una odisea: el primer avión, el Lusitânia, quedó destrozado al amerizar junto a los peñascos de San Pedro y San Pablo, en mitad del océano, y el segundo acabó también en el agua. Solo con el tercero, el Santa Cruz, terminaron el viaje. Llegaron a un Brasil que celebraba aquel año el centenario de su independencia, y los recibieron como héroes.

    Lo más admirable no fue el valor, sino la navegación. Volaban sobre el océano sin más referencias que el sol y las estrellas, y Gago Coutinho había adaptado un sextante con un horizonte artificial para medir la altura de los astros desde el aire. Era el mismo problema que tenían los pilotos de las carabelas cuatro siglos antes: saber dónde estás cuando solo ves agua. Por eso el monumento está aquí, a la vista de la Torre de Belém.

    Aquel vuelo encajaba a la perfección con el relato que luego explotaría el Estado Novo: los portugueses, eternos navegantes, conquistando ahora el cielo. Pero admite una lectura más amable, porque la ruta terminaba en Brasil, la antigua colonia convertida en país hermano, y se celebró en las dos orillas del Atlántico.

    La historia tiene un final triste. Sacadura Cabral desapareció en 1924 con su avión sobre el mar del Norte, y nunca se encontraron sus restos. Gago Coutinho vivió muchos años más, y en Lisboa una gran avenida y una plaza llevan su nombre. Sigue ahora por el paseo ribereño hacia el oeste, apenas un par de minutos: la torre blanca y almenada que tienes delante fue durante siglos la puerta de Lisboa al mar.

  10. 10. Torre de Belém: la puerta de Lisboa al mar

    Avenida de Brasília, 1400-038 Lisboa, Portugal

    Ahí la tienes, blanca y casi de juguete, con sus garitas de cúpula, su balcón calado y sus almenas decoradas con la cruz de la Orden de Cristo. La Torre de Belém se alza hoy en la orilla, pero cuando se construyó, entre 1514 y 1520 más o menos, estaba dentro del río, sobre un islote rocoso, vigilando la entrada del puerto.

    La diseñó Francisco de Arruda, que había trabajado en las fortalezas portuguesas de Marruecos, y por eso hay quien ve en sus ventanas y cúpulas un aire norteafricano. Era a la vez baluarte y escaparate: tenía cañones a ras de agua para cruzar el fuego con los fuertes de la otra orilla, y una decoración que anunciaba a cualquier barco extranjero que entraba en la capital de un imperio. Con los siglos, el río cambió y la orilla avanzó, y la torre quedó casi pegada a tierra.

    Rodea la torre por el lado oeste y busca, bajo una de las garitas, una cabeza de rinoceronte tallada en piedra. Se cree que retrata al rinoceronte que un sultán de la India envió al rey Manuel en 1515, el primero vivo que se veía en Europa desde la Antigüedad, y Lisboa entera fue a verlo. Manuel lo regaló al papa León X, pero el barco naufragó frente a Italia y el animal se ahogó. Durero lo dibujó sin haberlo visto nunca, a partir de una descripción, y su grabado fijó durante siglos la imagen europea del rinoceronte.

    La torre tuvo también un lado sombrío. Se cuenta que ya en tiempos de los Felipes sus bodegas, que se inundaban con la marea, sirvieron de calabozo, y en las guerras civiles del siglo XIX allí se encerró a presos políticos. Desde 1983 es Patrimonio de la Humanidad, junto con los Jerónimos, y es el símbolo de Lisboa en mil postales.

    Piensa en lo que veían desde aquí los que se marchaban: la torre era lo último de Lisboa que quedaba a la vista. Muchos no volvieron nunca. Camina ahora unos minutos más hacia el oeste, siguiendo el río, hasta un fuerte bajo junto a un monumento con una llama encendida.

  11. 11. Forte do Bom Sucesso: la llama de la guerra colonial

    Avenida de Brasília, 1400 Lisboa, Portugal

    Junto a un fuerte bajo y macizo de finales del siglo XVIII, el Forte do Bom Sucesso, se alza un monumento de piedra de líneas angulosas sobre un estanque, con una llama encendida. En los muros del fuerte, columnas y columnas de nombres grabados. Es el Monumento a los Combatientes de Ultramar.

    Son los nombres de los soldados portugueses muertos en la guerra colonial que Portugal libró entre 1961 y 1974 en Angola, Guinea y Mozambique para no soltar su imperio africano, cuando el resto de Europa ya descolonizaba. Fueron trece años de guerra en tres frentes, con cientos de miles de jóvenes enviados a África, muchos contra su voluntad, y miles que huyeron del país para no ir.

    Y los nombres que no están aquí son muchos más. Los combatientes y civiles africanos muertos en esos años no se contaron con la misma precisión, pero fueron, con mucho, la mayoría de las víctimas. El monumento, inaugurado en 1994, recuerda a los de un solo lado. Mirarlo con calma es también preguntarse por los del otro.

    Esa guerra acabó con la dictadura. Los capitanes que organizaron el golpe del 25 de abril de 1974 venían de ella, hartos de una lucha sin salida, y en menos de dos años Guinea-Bisáu, Cabo Verde, Santo Tomé, Mozambique y Angola eran independientes. Cientos de miles de portugueses, los llamados retornados, volvieron de África a un país que muchos apenas conocían. El imperio africano que empezó con carabelas en esta misma orilla terminó, cinco siglos después, con soldados que volvían por el mismo río.

    Y así termina este paseo: empezaste junto a una central de carbón y lo acabas ante una llama. Entre una y otra has visto la gloria de las especias, la línea de Tordesillas, los dorados pagados con oro de Brasil, un zoológico humano y una lista de nombres. Belém es todo eso a la vez, y la mejor manera de honrarlo es no quedarse solo con la postal. Siéntate un momento junto al río, mira hacia la desembocadura del Tajo... y piensa en todos los que salieron por ahí.