Picasso en Barcelona: el Born, la Ribera y Santa Maria del Mar

De la Llotja donde estudió con trece años a Els Quatre Gats y el Museu Picasso: el joven pintor, el Palau de la Música, el mercado de colores y la catedral del mar de Barcelona

Barcelona · 11 stops · 25 min audio · Generated

  1. 1. Porxos d'en Xifré: la fortuna de un indiano

    Passeig d'Isabel II 14, 08003 Barcelona, Spain

    Estás bajo unos soportales neoclásicos de arcos amplios, y sobre ellos corre una fachada larga decorada con relieves: figuras del comercio, anclas, medallones con rostros de otra época. Al otro lado de la calle, el edificio solemne de la Llotja. En esta esquina entre el puerto y el Born empieza la historia de un muchacho de Málaga que llegó a Barcelona con trece años.

    Pero antes, la historia de la casa. Los Porxos d'en Xifré se construyeron a partir de 1836 para Josep Xifré i Casas, un indiano: un catalán que había hecho fortuna en Cuba y en Nueva York y volvió rico a su ciudad. Quiso un edificio que lo contara todo sin palabras, y por eso en la fachada aparecen alegorías del comercio y la navegación, y medallones con navegantes y conquistadores ligados a América. Es un currículum de piedra, y un poco presumido.

    Bajo estos mismos arcos abrió en 1836 un restaurante que todavía existe, uno de los más antiguos de la ciudad, famoso por sus arroces. Es fácil imaginar a los comerciantes del puerto saliendo de comer, a finales del siglo XIX, y cruzándose con un chico moreno de ojos enormes, con una carpeta de dibujos bajo el brazo, camino de clase.

    Porque en septiembre de 1895 la familia Ruiz Picasso llegó a Barcelona y se instaló en las calles que hay entre el puerto y la Mercè, a un par de minutos de aquí. El padre, José Ruiz Blasco, era profesor de dibujo y había conseguido plaza en la escuela de Bellas Artes que funcionaba en la Llotja. Su hijo Pablo tenía trece años y todavía firmaba como Pablo Ruiz.

    En este paseo vas a ver cómo aquel chico se convierte en Picasso, y cómo la Ribera, el barrio de los mercaderes y los marineros, se convirtió en uno de los grandes escenarios del arte de Barcelona. Nueve años de juventud, dos museos, un café, una calle con mala fama y una iglesia levantada por estibadores. Cruza la calle y ponte frente a la fachada de la Llotja.

  2. 2. La Llotja: donde Picasso aprendió a dibujar

    Passeig d'Isabel II 1, 08003 Barcelona, Spain

    Tienes enfrente una fachada neoclásica, severa, con columnas y frontón, que parece un templo griego dedicado al dinero. Es la Llotja de Mar, la antigua lonja de los mercaderes de Barcelona. Pero detrás de esa cara del siglo XVIII se esconde algo mucho más antiguo.

    Dentro está el Saló de Contractacions, una gran sala gótica del siglo XIV con arcos altísimos sobre columnas finísimas, donde los comerciantes cerraban tratos de telas, especias, trigo y seguros marítimos. Durante siglos, aquí latió el corazón económico de una ciudad que comerciaba con todo el Mediterráneo, y el edificio sigue siendo la sede de la Cambra de Comerç.

    En 1775, los comerciantes fundaron en el piso de arriba una escuela gratuita de dibujo, para formar diseñadores para la industria textil, que entonces estampaba telas de algodón. Con el tiempo se convirtió en la escuela de Bellas Artes de la ciudad, conocida simplemente como la Llotja, y por sus aulas pasaron artistas como Joan Miró. Y en otoño de 1895 entró por esta puerta un alumno de trece años, hijo del nuevo profesor.

    Cuenta la leyenda que el examen de ingreso, para el que otros aspirantes tenían un mes, Pablo lo resolvió en uno o dos días. Los historiadores discuten los detalles, pero los dibujos de aquellos años se conservan, y basta verlos: estudios de yesos clásicos y desnudos de una seguridad asombrosa, hechos por un adolescente. A Picasso se le atribuye la frase de que a esa edad ya dibujaba como Rafael, y que le llevó toda la vida aprender a dibujar como un niño.

    Y se cuenta otra historia, más amarga: que el padre, viendo el talento del hijo, le entregó un día sus pinceles y dejó de pintar. Probablemente es una leyenda familiar, pero dice mucho de lo que se vivía en aquella casa. Sigue ahora hacia el oeste por Carrer Ample, entre fachadas de antiguos comerciantes, hasta la Basílica de la Mercè.

  3. 3. La Mercè: los primeros cuadros de un adolescente

    Plaça de la Mercè 1, 08002 Barcelona, Spain

    Fíjate en la fachada curva de piedra dorada y, en lo alto de la cúpula, en la gran estatua de la Virgen que se recorta contra el cielo, mirando hacia el puerto. Es la Basílica de la Mercè, la casa de la patrona de Barcelona, y una de las pocas grandes iglesias barrocas de una ciudad que prefirió casi siempre el gótico.

    La tradición cuenta que en 1218 la Virgen se apareció a Pere Nolasc para pedirle que fundara una orden dedicada a rescatar cautivos cristianos: los mercedarios. Y siglos después, en 1687, según la tradición, la ciudad la proclamó patrona tras verse libre de una plaga de langostas. Por eso, cada septiembre, la fiesta mayor de Barcelona lleva su nombre: la Mercè, con gigantes, castellers y fuegos.

    Y ahora, Picasso. En la cercana Carrer de la Mercè vivió la familia Ruiz Picasso en sus primeros años barceloneses. Y en Carrer de la Plata, a unos pasos, Pablo tuvo con apenas quince años su primer taller, con la ayuda de su padre, que soñaba con verlo convertido en un pintor académico de éxito.

    En aquellos años pintó dos cuadros grandes, pensados para triunfar en las exposiciones oficiales. En La primera comunión, de 1896, una niña vestida de blanco se arrodilla ante el altar, y la modelo fue su hermana Lola. En Ciencia y caridad, de 1897, el médico que toma el pulso a una enferma es su propio padre. Ese cuadro obtuvo una mención honorífica en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid. Su autor tenía quince años.

    Los dos cuelgan hoy en el Museu Picasso, más adelante en este paseo. Míralos con atención cuando llegues: son lo mejor que podía pintar un alumno brillante del siglo XIX... y justo lo que él estaba a punto de hacer saltar por los aires. Camina hacia el norte y entra en Carrer d'Avinyó, una calle estrecha que sube hacia el corazón del Barri Gòtic.

  4. 4. Carrer d'Avinyó y Les Demoiselles

    Carrer d'Avinyó, 08002 Barcelona, Spain

    Ahora caminas por Carrer d'Avinyó, una calle estrecha y recta del Barri Gòtic, con tiendas pequeñas, persianas pintadas y balcones de hierro que casi se tocan de un lado a otro. Si su nombre te suena, es por uno de los cuadros más famosos del siglo XX.

    En 1907, en París, Picasso pintó cinco mujeres desnudas, angulosas, con rostros que parecen máscaras, mirando de frente a quien las observa. Él lo llamaba el burdel. Años después, en 1916, cuando el cuadro se expuso por primera vez, un amigo suyo, el escritor André Salmon, le dio el título con el que el mundo lo conoce: Les Demoiselles d'Avignon.

    ¿Avignon, la ciudad francesa de los papas? Probablemente no. La explicación más repetida es que el cuadro recordaba un burdel de esta calle, Carrer d'Avinyó, que el joven pintor conocía de sus años barceloneses. Pero hay otras versiones, y en el círculo de Picasso circulaban también bromas sobre una abuela de Avignon. Lo honesto es decirlo así: la calle reclama el cuadro, y el cuadro nunca terminó de confirmarlo.

    Lo que sí es seguro es lo que hizo esa pintura. Rompió la perspectiva, el cuerpo y la idea de belleza tal como la pintura europea los entendía desde el Renacimiento, y abrió el camino al cubismo. Desde 1939 cuelga en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Y en su origen, quizá, hay una calle de Barcelona por la que estás caminando ahora mismo.

    Esa es la paradoja de la Barcelona de Picasso: la ciudad que lo formó como pintor académico fue también la que le mostró la noche, la miseria y los márgenes que luego llevaría a sus lienzos, sobre todo en la época azul. Sigue Avinyó hacia el norte, cruza Carrer de Ferran y continúa por las callejuelas del Gòtic hasta la Plaça Nova, junto a las torres romanas y la catedral.

  5. 5. El friso de Picasso en la Plaça Nova

    Plaça Nova 5, 08002 Barcelona, Spain

    Gira la cabeza hacia el edificio moderno de vidrio y hormigón que cierra la plaza, frente a las torres romanas, y mira la franja clara que recorre su fachada. Son dibujos de líneas sencillas, como hechos con tiza sobre una pizarra: figuras que bailan, gigantes de fiesta, niños con ramas. Son de Picasso.

    El edificio es la sede del Col·legi d'Arquitectes de Catalunya, terminado a principios de los años sesenta. Sus arquitectos quisieron una obra de Picasso para la fachada, y él aceptó. Dibujó los frisos en Francia, y el artista noruego Carl Nesjar los grabó en el hormigón con chorro de arena, siguiendo sus trazos línea por línea. La obra quedó terminada en 1962, cuando Picasso rozaba los ochenta años. La técnica le fascinó: la línea no se pinta, se excava en el muro, y por eso no la borran ni la lluvia ni el sol de sesenta veranos.

    Hay un detalle que lo cambia todo: Picasso nunca los vio en persona. Desde la Guerra Civil vivía en Francia y había decidido no volver a España mientras gobernara Franco. Murió en 1973, dos años antes que el dictador, sin haber regresado. Así que estos dibujos son, en cierto modo, una carta enviada a una ciudad a la que su autor ya no volvería.

    Y fíjate en lo que eligió dibujar. No toros, ni mujeres que lloran, ni guerra. Escenas de fiesta en la calle, gigantes, niños, una celebración popular, como las que él mismo había visto de joven en estas plazas. Es el recuerdo de la Barcelona que conoció entre los trece y los veintidós años, devuelto a la ciudad en forma de línea.

    Muchos barceloneses pasan por delante cada día sin levantar la vista, y muchos visitantes lo confunden con un grafiti elegante. Ahora camina unos pasos por la Avinguda del Portal de l'Àngel y gira a la derecha por Carrer de Montsió, una calle pequeña donde un café guarda una historia enorme.

  6. 6. Els Quatre Gats: la primera exposición

    Carrer de Montsió 3 bis, 08002 Barcelona, Spain

    Aquí la tienes: una fachada neogótica de ladrillo y piedra, con ventanales de hierro forjado y un farol, en una calle estrecha a pocos pasos del bullicio comercial. Es la Casa Martí, obra de Josep Puig i Cadafalch, y en su planta baja abrió en 1897 un café que cambió el arte de Barcelona: Els Quatre Gats.

    El nombre es una broma: en catalán, quatre gats, cuatro gatos, es lo que se dice cuando hay muy poca gente. Lo fundó Pere Romeu, un personaje excéntrico, con el apoyo de los pintores Ramon Casas y Santiago Rusiñol y del crítico Miquel Utrillo, inspirados en los cabarets de artistas de París como Le Chat Noir. Aquí había tertulias, teatro de marionetas, lecturas, exposiciones y mucha discusión sobre el arte moderno.

    Y aquí, en febrero de 1900, un Picasso de dieciocho años hizo su primera exposición individual: decenas de retratos de sus amigos de tertulia, dibujados al carboncillo, colgados en las paredes del café. Era su respuesta a los célebres retratos de Ramon Casas, el pintor estrella del local. El joven de Málaga ya no quería ser el alumno aventajado: quería ser el rival.

    También diseñó para el café la cubierta de su carta, uno de sus primeros encargos. Y si entras, verás una copia de un famoso cuadro de Ramon Casas en el que él mismo y Pere Romeu pedalean en un tándem. El original está en el Museu Nacional d'Art de Catalunya, en Montjuïc.

    El café cerró en 1903, arruinado, y pasaron décadas antes de que el local recuperara su nombre y su ambiente. Pero en esos seis años se cruzaron aquí el modernismo de los maestros y la rebeldía de los jóvenes, y Barcelona descubrió a Picasso antes que París. Sal por Carrer de Montsió, cruza la Via Laietana y busca, en una esquina del barrio de Sant Pere, uno de los edificios más deslumbrantes de la ciudad: el Palau de la Música Catalana.

  7. 7. Palau de la Música Catalana

    Carrer del Palau de la Música 4-6, 08003 Barcelona, Spain

    Estás ante una esquina que parece un estallido: columnas cubiertas de mosaico de flores, bustos de músicos, ladrillo rojo, cerámica de colores y, en el chaflán, un grupo de figuras de piedra que brota de la fachada como una ola. Es el Palau de la Música Catalana, de Lluís Domènech i Montaner.

    Se construyó entre 1905 y 1908 para el Orfeó Català, un coro nacido al calor de la Renaixença, el movimiento que reivindicaba la lengua y la cultura catalanas. La escultura de la esquina, de Miquel Blay, se titula La cançó popular catalana: una muchacha en el centro, rodeada de pescadores, campesinos, ancianos y niños, con san Jorge velando por todos desde arriba. Es un manifiesto tallado en piedra.

    Dentro es todavía más increíble. La sala de conciertos se ilumina de día con luz natural, y del techo cuelga una enorme claraboya de vidrio de colores, un sol invertido de tonos dorados y azules que parece derramarse sobre el público. En el escenario, dieciocho musas emergen de la pared, con el busto en relieve y el resto del cuerpo en mosaico, tocando instrumentos. Se suele decir que es la única sala de conciertos de Europa que, de día, se ilumina solo con luz natural.

    En 1997, la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad, junto al Hospital de Sant Pau del mismo arquitecto. Pero hubo un tiempo, a mediados del siglo XX, en que el modernismo se consideraba recargado y pasado de moda, y muchos edificios de esa época se perdieron o se mutilaron. Este sobrevivió, y hoy es difícil imaginar Barcelona sin él.

    Antes de irte, levanta la vista hacia los bustos de la fachada principal: Palestrina, Bach, Beethoven y Wagner, vigilando la calle como si esperaran su turno para salir al escenario. Ahora baja por Carrer de Sant Pere Més Alt y luego hacia el sur, entre callejuelas del barrio de Sant Pere, hasta un mercado con un tejado ondulado de mil colores.

  8. 8. Mercat de Santa Caterina: el tejado de colores

    Avinguda de Francesc Cambó 16, 08003 Barcelona, Spain

    Delante de ti, un tejado que ondula como un mar de colores: miles de piezas hexagonales de cerámica en verdes, naranjas, amarillos y rojos, ondeando sobre una fachada antigua de arcos blancos. Es el Mercat de Santa Caterina, y lo que ves desde aquí es solo una parte de su historia.

    Aquí se levantaba el convento de Santa Caterina, de los dominicos, uno de los grandes conventos góticos de la ciudad. En el verano de 1835, en plena ola de revueltas anticlericales, ardieron varios conventos de la ciudad, y este fue uno de ellos: incendiado, abandonado y poco después derribado. En su lugar se abrió, a mediados del siglo XIX, un mercado, uno de los primeros mercados cubiertos de Barcelona.

    A finales del siglo XX el mercado estaba agotado, y el encargo de renovarlo fue para Enric Miralles y Benedetta Tagliabue. Conservaron los muros del XIX y pusieron encima este tejado imposible, con cientos de miles de piezas de cerámica cuyos colores evocan las frutas y verduras de los puestos. Miralles murió en el año 2000, antes de ver la obra terminada, y el mercado reabrió en 2005, completado por Tagliabue, su socia y esposa.

    Y bajo los pies hay más. Durante las obras aparecieron los cimientos del antiguo convento, y una parte se dejó a la vista. Así que en un solo edificio conviven un convento medieval, un mercado del siglo XIX y una cubierta del XXI. Es casi un resumen de Barcelona: la ciudad pocas veces borra del todo su pasado... lo entierra, lo reutiliza o lo cubre de colores.

    Para quien mira con ojos de pintor, este tejado es una paleta gigante tendida al sol, y la mejor vista es desde arriba, desde cualquier azotea vecina. Camina ahora hacia el sur por las calles del barrio, cruza Carrer de la Princesa y entra en Carrer de Montcada, la calle de los palacios.

  9. 9. Carrer de Montcada y el Museu Picasso

    Carrer de Montcada 15-23, 08003 Barcelona, Spain

    Entras en Carrer de Montcada, una calle medieval estrecha, de piedra, flanqueada por palacios con grandes portones. Si te asomas a sus patios verás escaleras exteriores que suben a galerías de arcos góticos sobre columnas finas. Aquí vivieron, desde la Edad Media, las grandes familias de mercaderes de Barcelona.

    La calle se abrió en el siglo XII y lleva el nombre de la familia Montcada, una de las más poderosas de la Cataluña medieval. Cuando el comercio mediterráneo enriqueció a la ciudad, aquí era donde había que tener casa: a pocos pasos del puerto y de Santa Maria del Mar, la iglesia del barrio. Los patios con escalera descubierta que ves al pasar son un rasgo típico de los palacios góticos catalanes: la casa se exhibía hacia dentro, no hacia la calle.

    En 1963 abrió en el Palau Aguilar, uno de estos palacios, el Museu Picasso. Pero en la España de Franco el nombre de Picasso resultaba incómodo: era el autor del Guernica y un exiliado declarado. Así que, al principio, se presentó oficialmente como la colección Sabartés, el legado de Jaume Sabartés, amigo de juventud del pintor, de los tiempos de Els Quatre Gats, y su secretario durante décadas.

    Después llegaron las grandes donaciones. Tras la muerte de Sabartés, Picasso regaló al museo su serie de Las Meninas, decenas de variaciones sobre el cuadro de Velázquez pintadas en 1957. Y en 1970 donó cientos de obras de juventud que su familia había conservado en Barcelona: los dibujos de la Llotja, los cuadros académicos, los cuadernos de niño. Ningún otro museo cuenta tan bien cómo se hizo pintor.

    Hoy el museo ocupa cinco palacios medievales unidos por dentro, y pasar de uno a otro es como recorrer la propia calle sin salir a ella. Y ahí te esperan La primera comunión y Ciencia y caridad, los cuadros de la Mercè. Al salir, sigue Montcada hasta el final, donde desemboca en un paseo ancho y alargado: el Passeig del Born.

  10. 10. Passeig del Born y el Fossar de les Moreres

    Plaça del Fossar de les Moreres, 08003 Barcelona, Spain

    Estás entre el Passeig del Born, un paseo alargado de terrazas y fachadas antiguas, y el costado de Santa Maria del Mar. Junto a la iglesia se abre una plaza de ladrillo rojo, ligeramente inclinada, con un alto pebetero metálico donde arde una llama. Parece una plaza más. No lo es.

    Born viene a significar liza, el campo de los torneos. Durante la Edad Media y mucho después, este paseo fue el escenario de justas de caballeros, fiestas, mercados y carnavales, y también de algunos autos de fe de la Inquisición. Era la gran plaza de la Ribera, el barrio de los marineros y mercaderes, y al fondo todavía se ve la gran estructura de hierro del antiguo mercado del Born.

    Pero 1714 lo cambió todo. Tras más de un año de asedio, Barcelona cayó el 11 de septiembre ante las tropas borbónicas. Según la tradición, muchos de sus defensores fueron enterrados aquí, en el antiguo cementerio de la parroquia de Santa Maria del Mar: el Fossar de les Moreres, el cementerio de las moreras.

    En el siglo XIX, el dramaturgo Frederic Soler, Pitarra, le dedicó un poema con un verso que se hizo célebre: en el Fossar de les Moreres no se entierra a ningún traidor. La plaza que ves se diseñó a finales de los años ochenta, y cada 11 de septiembre, la Diada, el día nacional de Cataluña, se llena de flores y de gente.

    Muchos visitantes se sientan a la sombra sin saber que están en un antiguo cementerio, y la llama sigue ardiendo entre las terrazas como si nada. Así es la Ribera: la fiesta y la memoria pegadas pared con pared. Y en las noches de verano, cuando las terrazas se llenan, el Passeig del Born vuelve a ser lo que fue durante siglos: el salón del barrio. Ahora rodea la basílica por Carrer de Santa Maria hasta su fachada principal, en la pequeña plaza de enfrente. Es la última parada.

  11. 11. Santa Maria del Mar: la catedral del barrio

    Plaça de Santa Maria 1, 08003 Barcelona, Spain

    Estás frente a la fachada de Santa Maria del Mar: piedra desnuda, dos torres octogonales, un gran rosetón en el centro y muy poca decoración. Si puedes, entra. Dentro, el espacio se abre de golpe, altísimo y luminoso, sostenido por columnas finísimas separadas por una distancia que parece imposible.

    Es el gótico catalán en estado puro. Se construyó entre 1329 y 1383, en poco más de cincuenta años, una rapidez extraordinaria para una iglesia de este tamaño, y por eso tiene una unidad de estilo que casi ninguna catedral medieval conserva. Sus columnas octogonales están separadas por unos trece metros, una de las mayores distancias de todo el gótico europeo.

    Pero lo más bonito no es la técnica, sino quién la levantó. No la pagó un rey ni un obispo: la empujó el barrio, marineros, mercaderes y artesanos. Y la tradición recuerda sobre todo a los bastaixos, los estibadores del puerto, que cargaban a la espalda las piedras desde la cantera de Montjuïc. Busca sus figuras, hombres doblados bajo una piedra, en las puertas de bronce y en el interior. Son el verdadero escudo de esta iglesia.

    En 1936, al comienzo de la Guerra Civil, un incendio ardió durante días en su interior y destruyó los altares barrocos, el coro y casi todo el mobiliario. Fue una pérdida enorme. Y, paradójicamente, dejó al descubierto la arquitectura gótica tal como la pensaron sus constructores: desnuda, limpia, hecha de piedra y de luz. Décadas después, la novela La catedral del mar, de Ildefonso Falcones, llevó esta historia a millones de lectores.

    Y así se cierra el círculo de este paseo. Empezaste junto a la Llotja, donde un chico de trece años aprendía a dibujar como los clásicos, y terminas ante una iglesia levantada por estibadores, a pocas calles de donde ese chico se hizo artista. Picasso se fue a París y cambió la pintura del mundo... pero esta luz, esta piedra y este barrio ya iban con él.