La Barceloneta y el mar: pescadores, arroces y la bomba de Barcelona
Del muelle de los pescadores al pez dorado de Gehry: el barrio que nació sobre un banco de arena, sus quarts de casa, sus chiringuitos perdidos y la cocina humilde que se convirtió en orgullo de Barcelona
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1. Palau de Mar: los almacenes del puerto
Plaça de Pau Vila 3, 08003 Barcelona, Spain
Tienes delante un edificio larguísimo de ladrillo rojo, con arcadas abiertas al muelle y una fila de terrazas donde, a mediodía, huele a marisco a la plancha. Detrás de ti, los mástiles de los veleros del Port Vell tintinean con el viento. Lo llaman Palau de Mar, palacio de mar... pero nació como almacén, y a mucha honra.
Hacia 1900, el puerto de Barcelona necesitaba dónde guardar todo lo que llegaba por agua, y aquí se levantaron los Magatzems Generals de Comerç, los almacenes generales de comercio. Sacos, barriles, fardos, cajas: la despensa entera de una ciudad que no paraba de crecer entraba por estas puertas, a hombros de estibadores. De aquella generación de grandes almacenes del muelle, este es el que ha llegado en pie hasta hoy.
Cuando la actividad del puerto se desplazó hacia el sur y los contenedores sustituyeron a los sacos, el edificio se quedó vacío y medio olvidado. La ciudad lo rescató con la gran transformación del frente marítimo que acompañó a los Juegos Olímpicos, y desde 1996 alberga el Museu d'Història de Catalunya. Desde su terraza, en lo más alto, se ve exactamente lo que vas a recorrer: un triángulo de calles que se mete en el mar.
Y aquí está la primera paradoja de este paseo: ese triángulo, la Barceloneta, no existía hace quinientos años. Cuando Barcelona empezó a construir el rompeolas de su puerto, en el siglo XV, la arena que arrastraban las corrientes se fue amontonando contra él, año tras año, hasta formar una lengua de playa nueva. Sobre ese banco de arena, regalado por el mar, acabaría naciendo un barrio entero... con su propia manera de cocinar, de hablar y de vivir en la calle.
Y nació de una herida, pero esa historia se cuenta mejor delante de su iglesia. De momento, quédate con el olor de las terrazas: en este barrio de pescadores, la cocina siempre ha empezado en el muelle. Camina hacia el interior de la Barceloneta, cruzando el Passeig de Joan de Borbó, hasta una plaza pequeña presidida por una iglesia barroca de piedra clara.
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2. Sant Miquel del Port: la iglesia del barrio nuevo
Plaça de la Barceloneta, 08003 Barcelona, Spain
Estás en una plaza pequeña y luminosa, y frente a ti se alza una fachada barroca de piedra clara, con la figura del arcángel san Miguel en lo alto. Alrededor, balcones con ropa tendida, sillas de bar en la acera y vecinos que charlan en catalán como si la plaza fuera el salón de su casa. Es Sant Miquel del Port, la iglesia con la que empezó todo el barrio.
Para entenderla hay que volver a 1714. Tras un largo asedio, Barcelona cayó ante las tropas de Felipe V, y el nuevo poder decidió vigilarla de cerca. Para levantar una enorme fortaleza, la Ciutadella, derribó buena parte del barrio de la Ribera, a unos pasos de aquí: cientos de casas, calles enteras, talleres y huertos. Miles de personas se quedaron sin hogar, y muchas acabaron viviendo en barracas sobre esta misma playa.
Casi cuarenta años después, en 1753, el capitán general, el marqués de la Mina, ordenó construir un barrio de verdad sobre el arenal. El ingeniero militar Juan Martín Cermeño lo trazó con escuadra y cartabón: calles rectas, manzanas largas y estrechas, casas idénticas. Suele decirse que fue el primer barrio planificado de Barcelona, un siglo antes del Eixample. Y esta iglesia, terminada en 1755, fue su corazón, el primer gran edificio de un barrio que hasta entonces había sido un arenal.
El patrón del barrio es san Miguel, y su fiesta, a finales de septiembre, sigue marcando la Festa Major de la Barceloneta. Los vecinos decoran sus calles, sacan mesas larguísimas a la calzada y cenan juntos, con música hasta tarde. En un barrio de pisos diminutos, la calle siempre ha sido el comedor, y la sobremesa, un asunto colectivo.
El mercado del barrio está a la vuelta de la esquina, pero lo dejaremos para más tarde, cuando el paseo te haya abierto el apetito. Ahora vuelve hacia el agua, hasta el Passeig de Joan de Borbó, y síguelo hacia el sur, entre restaurantes de arroces, hasta donde amarran las barcas de pesca bajo una vieja torre con reloj.
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3. Moll de Pescadors: barcas, lonja y suquet
Moll de Pescadors, 08039 Barcelona, Spain
A tu derecha, amarradas en fila, están las barcas de pesca de Barcelona: cascos pintados, redes amontonadas sobre el muelle, cajas apiladas y gaviotas atentas a cualquier descuido. Por encima de todas asoma una torre esbelta de piedra con un reloj. Es la Torre del Rellotge, y antes de dar la hora, daba luz.
Se levantó en el siglo XVIII como faro del puerto, cuando este punto marcaba el extremo del muelle. Pero el puerto siguió creciendo mar adentro, el faro se quedó tierra adentro, y en lugar de derribarlo le pusieron un reloj. La torre siguió sirviendo a los marineros, solo que de otra manera: antes les decía dónde estaba el puerto, ahora les dice si llegan tarde.
Este es el Moll de Pescadors, y sigue trabajando. Cuando las barcas de arrastre vuelven por la tarde, el pescado pasa a la lonja del muelle, donde se subasta a los compradores que lo llevarán a mercados y cocinas de toda la ciudad. Gambas, salmonetes, merluza, rape... parte de lo que se come esta noche en Barcelona ha pasado por aquí hace unas horas.
Pero la cocina de la Barceloneta no nació del pescado caro, sino del que nadie quería comprar. Los pescadores vendían las mejores piezas y se quedaban con la morralla: pescado de roca pequeño, lleno de espinas, perfecto para el caldo. Con él hacían el suquet, un guiso cuyo nombre viene de suc, jugo en catalán, con patata, ajo y lo que hubiera traído la red. La misma lógica está detrás del arroz a banda, plato de pescadores de toda la costa mediterránea: el arroz se cuece en ese caldo, y el pescado se sirve aparte, a banda.
Hay una ironía deliciosa en todo esto: los platos que hoy se piden con mantel blanco en el paseo empezaron como comida de pobres, cocinada en la cubierta de una barca o en una cocina minúscula. Sigue ahora el Passeig de Joan de Borbó hasta casi el final, hacia una torre de acero altísima de la que salen unos cables que cruzan el puerto.
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4. Torre de Sant Sebastià y el teleférico del puerto
Passeig de Joan de Borbó 88, 08039 Barcelona, Spain
Levanta la vista: sobre ti se alza una torre de acero de casi ochenta metros, rematada por una plataforma, y de ella parten unos cables que cruzan el puerto entero hacia la montaña de Montjuïc. De vez en cuando, una cabina se desliza por ellos, colgada sobre los barcos como una gota a punto de caer.
Es el Transbordador Aeri del Port, el teleférico del puerto. Se proyectó para la Exposición Internacional de 1929, la que transformó Montjuïc, pero las obras se alargaron y no se inauguró hasta 1931, cuando la exposición ya había cerrado sus puertas. La línea tiene tres estaciones: esta Torre de Sant Sebastià; la Torre de Jaume I, que se levanta en mitad del puerto y supera los cien metros; y la estación de Miramar, en la ladera de la montaña.
Imagina lo que suponía, en aquellos años, cruzar el puerto por el aire, dentro de una cabina suspendida de un cable, con los barcos de vapor a tus pies. Era la Barcelona que quería parecer moderna, de acero y electricidad, la ciudad de las exposiciones universales que se miraba en París y en Nueva York.
Luego llegó la Guerra Civil, y el teleférico dejó de funcionar. Pasó años parado, y no volvió a dar servicio hasta los años sesenta. Hoy el trayecto dura unos minutos, y probablemente es la mejor manera de entender la geografía de la ciudad: la montaña, el puerto, la playa y, en medio, la cuadrícula de la Barceloneta, tan ordenada que parece dibujada con regla... porque lo fue.
Desde aquí arriba, los pescadores de la Barceloneta parecían figuritas, y las barcas que acabas de ver, juguetes. Pero el barrio todavía tiene una punta más. Mira al final del paseo: una vela gigante de cristal brilla al sol. Camina hacia ella, siguiendo el borde del agua, hasta el último extremo de la Barceloneta.
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5. La Vela: el Hotel W en la punta del puerto
Plaça de la Rosa dels Vents 1, 08039 Barcelona, Spain
Delante de ti, una gigantesca vela de cristal se hincha frente al Mediterráneo, como si todo el edificio estuviera a punto de soltar amarras. Su fachada refleja el cielo, las nubes y el agua, y cambia de color con la hora. Los barceloneses la llaman sencillamente la Vela.
Es el Hotel W, diseñado por Ricardo Bofill e inaugurado en 2009. Mide casi cien metros de altura y se levanta sobre terrenos ganados al mar, en la nueva bocana, la entrada sur del puerto. Bofill, uno de los arquitectos españoles más conocidos del siglo XX, la imaginó como una puerta marítima de la ciudad: lo primero que ven los barcos al llegar, y lo último al marcharse.
No todo el mundo la recibió con aplausos. Muchos vecinos y urbanistas criticaron que un hotel de lujo ocupara la punta de la playa, en primera línea de mar, en un barrio que ya sentía la presión del turismo y de los alquileres. La Vela se convirtió en el símbolo de una pregunta que Barcelona todavía se hace en voz alta: para quién es el mar.
Hay otra forma de mirarla, más antigua. Durante siglos, esta punta de arena fue el extremo de un barrio de pescadores, calafates y estibadores: aquí terminaba la ciudad y empezaba el trabajo. Hoy, a unos cientos de metros de las suites, siguen amarrando las barcas que salen de madrugada, y en la misma tarde puedes ver las barcas volviendo al muelle y un cóctel de diseño en la terraza. Pocos lugares ponen el lujo y el oficio tan cerca uno del otro.
Date la vuelta y mira la playa que se extiende hacia el norte: kilómetros de arena que hoy parecen eternos y que tienen una historia mucho más accidentada de lo que aparentan. Camina por el paseo hacia el norte, con el mar a tu derecha, hasta el edificio blanco de un viejo club de natación junto a la arena.
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6. Platja de Sant Sebastià y el Club Natació Barcelona
Passeig de Joan de Borbó 93, 08039 Barcelona, Spain
Estás en la Platja de Sant Sebastià, la más meridional de la Barceloneta, y junto a la arena se extienden las piscinas y las pistas del Club Natació Barcelona. Si vienes un domingo de invierno, verás a gente mayor nadando en el mar con gorros de colores, como si el frío fuera solo un rumor.
Este club nació en 1907 y es el decano de la natación española. Lo fundó un grupo de entusiastas que querían convertir en deporte algo que entonces parecía una excentricidad: nadar por gusto. Ese mismo año inventaron una tradición que sigue viva, la Copa Nadal, una travesía a nado por el agua del puerto que se celebra cada día de Navidad. Más de un siglo después, cientos de nadadores siguen lanzándose al agua fría el 25 de diciembre, y el público aplaude desde el muelle.
Antes de los clubes, llegaron los baños. A finales del siglo XIX, la playa de la Barceloneta se llenó de balnearios de madera, con casetas para cambiarse, y el baño de mar se vendía como remedio para la salud, casi como una receta médica. Hombres y mujeres se bañaban por separado, con trajes que cubrían casi todo el cuerpo, y entrar al agua era un ritual con horarios y normas.
Y donde hay bañistas, hay hambre. Alrededor de la playa fueron apareciendo merenderos y casetas donde se comía pescado frito y arroz con vistas al agua, y las familias obreras bajaban los domingos con la fiambrera. La comida junto al mar dejó de ser cosa de pescadores y se convirtió en la gran fiesta semanal de Barcelona: el arroz del domingo, con la arena todavía en los pies.
Esos merenderos acabaron convirtiéndose en algo legendario, y luego desaparecieron casi de un día para otro. La prueba está un poco más adelante, plantada en la arena. Sigue por el paseo marítimo hacia el norte hasta una extraña torre de cubos oxidados.
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7. L'Estel Ferit: la memoria de los chiringuitos
Passeig Marítim de la Barceloneta, 08003 Barcelona, Spain
Ahí la tienes, clavada en la arena: una columna torcida de cuatro cubos de hierro oxidado y cristal, uno encima de otro, ligeramente desplazados, como si fueran a caerse con la próxima ráfaga de viento. Los niños la rodean, los turistas la fotografían, y casi nadie sabe qué está recordando.
Se llama L'Estel Ferit, la estrella herida, y es obra de la artista alemana Rebecca Horn, que la instaló en 1992, el año de los Juegos Olímpicos. Muchos la llaman simplemente los cubos. Horn la concibió como un homenaje a la vida de esta playa antes de la gran transformación, y en particular a algo que ya no existe.
Durante décadas, toda esta orilla estuvo ocupada por chiringuitos: casetas de madera y ladrillo plantadas sobre la arena, con mesas al aire libre, donde las familias de Barcelona comían paella y pescado frito con los pies casi en el agua. Eran ruidosos, improvisados, muchos sin un permiso claro... y adorados. En 1991, en plena preparación olímpica y con la ley de costas en la mano, fueron derribados.
Fíjate en los cubos: cada uno parece una pequeña habitación, una caseta de playa apilada sobre otra. Es como si la artista hubiera recogido aquellos comedores desaparecidos y los hubiera puesto en pie, uno sobre otro, para que la playa no los olvidara. Hay quien sigue echando de menos el olor a sofrito que salía de ellos los domingos, y quien recuerda una playa sucia, con vertidos que llegaban al agua. Las dos memorias son verdad.
Los Juegos dieron a Barcelona estas playas limpias y abiertas que hoy parecen de toda la vida. Pero se llevaron por delante un pedazo de memoria, y el arte lo guarda. Ahora deja la arena y entra en el barrio por una de las calles perpendiculares, hasta Carrer de Sant Carles, para ver cómo vivía de verdad la gente de la Barceloneta.
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8. Casa de la Barceloneta 1761 y los quarts de casa
Carrer de Sant Carles 6, 08003 Barcelona, Spain
Fíjate en la casa que tienes delante: estrecha, de poca altura, con una puerta y un balcón, mucho más baja que sus vecinas. Es la Casa de la Barceloneta 1761, una de las viviendas que conservan la escala de los primeros años del barrio, recuperada como centro cultural para contar cómo se vivía aquí.
El plan de 1753 era estricto: manzanas largas y estrechas, casas todas iguales, de planta baja y un solo piso. Y no por modestia. Se suele explicar que la altura se limitó por razones militares, para que desde la Ciutadella y las defensas del puerto se dominara el horizonte por encima de los tejados. Un barrio entero pensado desde el punto de vista de la artillería.
Esa disciplina duró poco. Con la industria del siglo XIX llegaron miles de obreros a trabajar en fábricas y talleres del barrio, como La Maquinista Terrestre y Marítima, que construía máquinas de vapor y locomotoras. Faltaba sitio, así que las casas crecieron hacia arriba, piso sobre piso, y cada planta se partió en cuatro. Así nacieron los famosos quarts de casa, los cuartos de casa: pisos de unos treinta metros cuadrados donde a menudo vivía una familia entera.
Y aquí la arquitectura explica la cocina. En un cuarto de casa no cabe una mesa para ocho, así que la vida salía a la calle: las sillas en la acera, la ropa al sol, el olor del sofrito del vecino subiendo por la escalera. La cocina del barrio también se hizo así: platos de una sola olla o de una sola sartén, que se preparan en poco espacio y se comparten en la puerta.
Aún hoy, si miras las fachadas de las calles cercanas, verás balcones idénticos repetidos hasta el infinito, y ropa tendida en casi todos. Es la cuadrícula de 1753, crecida hacia el cielo. Sigue ahora unos pasos hacia el norte por Carrer de Sant Carles, hasta una plaza abierta donde se levanta el mercado del barrio. Y ve preparando el apetito.
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9. Mercat de la Barceloneta y la bomba
Plaça del Poeta Boscà 1, 08003 Barcelona, Spain
Delante de ti, un mercado de hierro con una cubierta moderna que se curva sobre la vieja estructura como una ola a punto de romper. Dentro, pescaderas que llaman a sus clientes por el nombre, cajas de hielo con gambas, sepias y almejas, y, en la plaza, el olor del aceite caliente de los bares.
El mercado se abrió a finales del siglo XIX, cuando la Barceloneta ya era una colmena obrera, y se renovó a fondo a principios de este siglo, conservando la estructura metálica original bajo el tejado nuevo. Sigue siendo un mercado de barrio: aquí compran familias que llevan generaciones en estas calles, y el pescado del muelle que viste antes tiene aquí uno de sus destinos naturales.
Y ahora, la bomba. Es una bola de patata del tamaño de un puño, rellena de carne guisada, rebozada y frita, que se sirve con una salsa picante y un poco de allioli por encima. A pocos pasos de aquí, en Carrer del Baluard, una vieja taberna del barrio, La Cova Fumada, sostiene que la bomba nació en su cocina a mediados del siglo XX. Es su tradición, y el barrio entero la repite con orgullo.
¿Y por qué bomba? La explicación que se cuenta en el barrio es que el nombre recuerda a las bombas de los anarquistas, que entre finales del siglo XIX y principios del XX dieron a Barcelona el apodo de la Rosa de Foc, la rosa de fuego. La salsa roja sería la mecha encendida, y el allioli blanco, el humo. Puede que sea pura leyenda... pero es una leyenda que se come de un bocado.
Es la gran lección de esta cocina: con patata, un poco de carne y mucho ingenio, un barrio sin dinero inventó un clásico que hoy se pide en toda la ciudad. Ahora sal de la plaza hacia el mar y camina hacia el noreste por el paseo marítimo, hasta el Hospital del Mar, donde la playa guarda la historia más dura de la Barceloneta.
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10. Somorrostro: la playa de Carmen Amaya
Passeig Marítim de la Barceloneta 25, 08003 Barcelona, Spain
A tu izquierda, el edificio del Hospital del Mar; a tu derecha, una franja ancha de arena con redes de voleibol, duchas y gente tomando el sol. Todo parece nuevo, limpio y despreocupado. Y sin embargo, durante buena parte del siglo XX, aquí se levantó uno de los barrios de barracas más conocidos de Barcelona: el Somorrostro.
Desde finales del siglo XIX, familias llegadas del campo y de otras regiones de España, muchas de ellas gitanas, construyeron chabolas de madera, latón y lo que encontraban, directamente sobre la arena. No había agua corriente ni alcantarillado, y los temporales de invierno se llevaban casas enteras. En sus peores años vivieron aquí miles de personas, a un paso de una ciudad que prefería no mirar.
Y de esta playa salió una de las grandes artistas del siglo XX. Carmen Amaya nació en el Somorrostro, y de niña bailaba por las tabernas del puerto para ganar unas monedas mientras su padre tocaba la guitarra. Acabó llenando teatros en Buenos Aires, Nueva York y Hollywood, con una fuerza y una velocidad de pies que nadie había visto, y bailando a menudo con pantalones, algo casi escandaloso para una bailaora de su época.
A mediados de los años sesenta, el Somorrostro fue desmantelado y sus vecinos, realojados en barrios de la periferia. No quedó ni una tabla. Pero hoy este tramo de arena vuelve a llevar su viejo nombre, Platja del Somorrostro, y unos metros atrás, en la Plaça de Brugada, junto al paseo marítimo, una fuente dedicada a Carmen Amaya recuerda a la niña que bailaba entre redes y barcas.
La cocina del Somorrostro era la de la necesidad: lo que daba el mar, guisado al aire libre sobre la arena, a pocos cientos de metros de los balnearios donde se bañaban los barceloneses acomodados. Dos ciudades en la misma playa, separadas por unas tablas. Sigue caminando por el paseo marítimo, con el mar a tu derecha. Al fondo ya brilla, a los pies de dos rascacielos, un enorme pez dorado.
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11. El Peix de Frank Gehry
Carrer de la Marina 19, 08005 Barcelona, Spain
Ahí está, a los pies de dos torres gemelas: un pez gigantesco de láminas doradas, con la cola levantada, que parece nadar en el aire por encima del paseo. Según la hora y la luz, es de oro, de cobre o de plata. Es el Peix, el pez de Frank Gehry, y es la última parada de este paseo.
Gehry lo diseñó para los Juegos Olímpicos de 1992, cuando todo este frente marítimo, antes ocupado por fábricas, almacenes y vías de tren, se convirtió en la Vila Olímpica y el Port Olímpic. Mide más de cincuenta metros de largo y está hecho de una malla metálica que deja pasar la luz y el viento. Detrás, las dos torres, el Hotel Arts y la Torre Mapfre, se inauguraron ese mismo año y durante años fueron los edificios más altos de España.
Hay un detalle que lo convierte en una pieza de la historia de la arquitectura. Para resolver sus curvas, el estudio de Gehry recurrió a un programa informático creado para diseñar aviones, y este pez fue uno de sus primeros proyectos hechos así. Aquella manera de trabajar le llevaría, años después, al Museo Guggenheim de Bilbao. Dicho de otro modo: antes que Bilbao, hubo un pez en Barcelona.
¿Y por qué un pez? Gehry ha contado muchas veces que, de niño, su abuela compraba carpas vivas y las dejaba nadar en la bañera antes de cocinarlas. El pequeño Frank se pasaba horas mirándolas. Aquel pez en la bañera se quedó con él para siempre... y de algún modo acabó flotando aquí, sobre el Mediterráneo, convertido en un gigante dorado.
Mira hacia atrás, hacia la Barceloneta. Has recorrido un banco de arena regalado por el mar, un barrio levantado para los desplazados, un muelle de pescadores, playas de balnearios, de chiringuitos y de barracas. Y en todas las paradas había lo mismo: una cocina humilde que acabó siendo orgullo de toda Barcelona. Si te ha entrado hambre, ya sabes el camino de vuelta... el barrio está a tu espalda, y el arroz, en el fuego.