Múnich verde: el río Isar, los surfistas del Eisbach y el Jardín Inglés
De una piscina de 1901 que parece un palacio a un lago con barcas: islas del Isar, un ángel dorado, una ola que nunca rompe y el parque que un estadounidense regaló a Múnich
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1. Müller'sches Volksbad: una piscina con alma de palacio
Rosenheimer Straße 1, 81667 München, Germany
Ponte frente a este edificio de piedra clara, con su cúpula, su torre y sus tejados de cobre, justo al final del puente Ludwigsbrücke, y dime qué te parece. ¿Una iglesia barroca? ¿El balneario de un emperador? Pues es una piscina pública. El Müller'sches Volksbad abrió sus puertas en 1901, y todavía hoy cualquier vecino de Múnich entra con su toalla bajo el brazo.
El nombre lo explica casi todo. Karl Müller era un ingeniero muniqués que había hecho fortuna, y a finales del siglo XIX donó a la ciudad una suma enorme con un destino muy concreto: un baño para el pueblo. Eso significa Volksbad. Hay que imaginar el Múnich de entonces: la mayoría de las familias obreras no tenía bañera ni ducha en casa, y lavarse a fondo era un lujo semanal, si llegaba.
El arquitecto Carl Hocheder no escatimó en nada. Mezcló el neobarroco con el Jugendstil, la versión alemana del modernismo, y dentro levantó dos grandes naves de natación bajo bóvedas, una más grande para los hombres y otra más pequeña para las mujeres, además de un baño de vapor romano-irlandés con salas de distinto calor. Cuando se inauguró, se decía que era la piscina más grande y más cara del mundo.
El lugar tampoco es casual. Esta orilla del Isar, la de Au y Haidhausen, era entonces un barrio de jornaleros, artesanos y lavanderas, gente humilde que vivía en casitas apiñadas al pie de la ladera, muy lejos de los palacios del otro lado del río. El baño se plantó donde más falta hacía... y con una fachada digna de un rey, como diciendo que la limpieza y la belleza también eran para ellos.
Este paseo va a seguir el agua: el río y sus islas, un arroyo helado donde la gente surfea en plena ciudad y un parque inmenso que, curiosamente, inventó un estadounidense. Baja ahora hacia la orilla y camina río abajo, hacia el norte, con el agua a tu izquierda... la primera isla aparece enseguida, entre dos brazos del Isar.
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2. Praterinsel: la isla que se divertía como Viena
Praterinsel, 80538 München, Germany
Cruza el puente y escucha cómo cambia el sonido: el tráfico se queda atrás y lo que oyes ahora es el agua corriendo a ambos lados. Estás en la Praterinsel, una isla estrecha y larga en medio del Isar, con árboles altos, edificios de ladrillo y ese aire de rincón que la ciudad ha olvidado un poco... por suerte.
El nombre te sonará si conoces Viena. El Prater es el gran parque de recreo de los vieneses, y a comienzos del siglo XIX un hostelero muniqués copió la idea en esta isla: música, baile, juegos y cerveza al aire libre. Los domingos, la gente cruzaba el río para divertirse en su pequeño Prater, y el nombre se quedó pegado a la isla para siempre.
Después llegó la industria. Durante décadas aquí hubo talleres y una destilería de licores, y el verde de los domingos se llenó de chimeneas y almacenes. En 1911 se instaló en uno de los edificios el Museo Alpino del Club Alpino Alemán, que sigue en la isla. Tiene sentido: el club se fundó precisamente en Múnich, en 1869, y esta ciudad vive mirando hacia las montañas. Los días de Föhn, un viento cálido que baja de los Alpes, las cumbres parecen tan cerca que casi se tocan... y medio Múnich le echa la culpa de su dolor de cabeza.
Asómate a la orilla un momento. Este agua verde y fría nace en el Karwendel, en el Tirol, y baja con prisa hacia el Danubio. Durante siglos, por este mismo río bajaban almadías, balsas enormes de troncos atados, cargadas de madera, piedra, cal y a veces pasajeros, que llegaban desde la montaña y seguían río abajo hasta Viena o más lejos.
Mira ahora hacia el este, al otro lado del brazo más ancho. Arriba, coronando la ladera, verás un palacio largo hecho de arcos que mira de frente a la ciudad. Sal de la isla por ese lado, cruza el puente de la Maximilianstraße y sube la cuesta: es el Maximilianeum, y no tiene pérdida.
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3. Maximilianeum: el palacio de los diputados y los becarios
Max-Planck-Straße 1, 81675 München, Germany
Levanta la vista hacia lo alto de la rampa: arcos sobre arcos, galerías abiertas y, en la parte alta, mosaicos con fondo dorado que al atardecer se encienden como un retablo. El Maximilianeum parece el palacio de un rey, pero desde 1949 es la casa del Parlamento de Baviera, el Landtag.
Lo mandó levantar Maximiliano II, que reinó entre 1848 y 1864. Era un rey estudioso, más de biblioteca que de caballo, y quería un estilo nuevo para su tiempo, ni copia griega ni copia gótica. El arquitecto Friedrich Bürklein mezcló arcos de aire medieval con proporciones de palacio renacentista. Las obras empezaron en 1857, el rey murió en 1864 sin verlas terminadas, y el edificio no se completó hasta 1874. Cuando se puso la primera piedra, esta ladera estaba casi vacía, en el borde mismo de la ciudad: el palacio se pensó como un telón de fondo, para que la nueva avenida del rey terminara en algo digno de mirarse.
Lo curioso es que no se pensó para políticos, sino para estudiantes. Maximiliano creó una fundación que daba casa y estudios gratuitos a jóvenes bávaros especialmente brillantes, y este palacio era su hogar. La fundación existe todavía, y sus becarios siguen viviendo aquí. Imagina preparar tus exámenes a unos pasillos de donde se votan las leyes de Baviera.
Las bombas de la Segunda Guerra Mundial dañaron gravemente el edificio. Después de la guerra se reconstruyó, y cuando Baviera volvió a tener un parlamento democrático, eligió esta colina para reunirse. Hay algo de simbólico en ello: la ciudad que el nazismo había llamado capital del movimiento ponía su nueva democracia en un edificio levantado para la educación.
Date la vuelta antes de irte. Desde la terraza, la Maximilianstraße corre en línea recta hacia el centro, cruza el río y llega hasta la Residenz, como un pasillo real entre dos palacios. Ahora toma el camino que baja hacia el norte, a tu derecha, entre los árboles de la ladera. Sigue la orilla alta hasta que veas brillar algo dorado sobre una columna.
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4. El Ángel de la Paz (Friedensengel)
Prinzregentenstraße, 81675 München, Germany
Sube la escalinata y deja que la columna te domine: allá arriba, sobre un capitel, un ángel dorado con las alas abiertas parece a punto de despegar hacia el centro de la ciudad. Es el Friedensengel, el Ángel de la Paz, y desde su terraza tienes una de las mejores vistas de esta orilla del Isar.
Se inauguró en 1899 para celebrar los veinticinco años de paz que siguieron a la guerra franco-prusiana de 1870 y 1871. El modelo de la figura es griego: imita a la Niké de Peonio, una Victoria alada que arqueólogos alemanes habían desenterrado en Olimpia apenas un par de décadas antes. Múnich, que ya se llamaba a sí misma la Atenas del Isar, no podía resistirse.
Mira hacia el oeste. La Prinzregentenstraße baja en línea recta, cruza el río por el puente Luitpoldbrücke y sigue hasta el Haus der Kunst y el Jardín Inglés. La avenida lleva el nombre del príncipe regente Luitpoldo, que gobernó Baviera en nombre de sus sobrinos, el famoso rey Luis II y su hermano Otón, declarados incapaces. Bajo su regencia la ciudad creció a toda prisa, con avenidas anchas, museos y villas. Unos pasos más arriba, en esta misma calle, el pintor Franz von Stuck se construyó hacia 1898 una villa que parece un templo, porque en aquella Múnich hasta los artistas querían vivir como dioses griegos.
Y aquí viene la ironía que los muniqueses conocen bien. Un monumento a la paz inaugurado en 1899... quince años después estalló la Primera Guerra Mundial, y la paz que celebraba el ángel resultó ser solo un intervalo. Por eso esta figura dorada se mira hoy con una mezcla de cariño y melancolía.
En Nochevieja, mucha gente sube a esta terraza con una botella para ver los fuegos sobre los tejados, y en verano es el sitio de las parejas al caer la tarde. Baja ahora la escalinata, cruza el río por el puente Luitpoldbrücke y, nada más llegar a la otra orilla, toma a la derecha el camino que baja al agua: las praderas del Isar te esperan allí abajo.
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5. Las praderas del Isar
Prinzregentenstraße, 80538 München, Germany
Baja hasta el agua y quítate las prisas: hierba, sauces, piedras blancas y un río verde que corre rápido y frío delante de ti. Estás en las praderas del Isar, junto al puente Luitpoldbrücke, y lo que estás viendo es algo que pocas grandes ciudades se pueden permitir: un río casi salvaje en pleno centro.
En verano, esta orilla se convierte en el salón de los muniqueses. Gente tomando el sol en la grava, amigos con una cerveza, familias con barbacoas portátiles, perros que se tiran al agua, valientes que meten los pies y salen gritando. El agua del Isar baja de los Alpes y rara vez está templada... ni siquiera en agosto. Y río arriba, en las playas del Flaucher, hay familias que pasan el domingo entero a la orilla, como si Múnich tuviera costa.
Pero el río no siempre fue tan amable. El Isar de montaña crecía en pocas horas con el deshielo o las tormentas, y a lo largo de los siglos se llevó puentes y casas. Para domarlo, en los siglos XIX y XX lo encerraron entre muros de piedra y lo enderezaron como un canal. Más seguro, sí, pero también triste y sin vida.
Y entonces Múnich hizo algo poco habitual. Entre 2000 y 2011, río arriba, al sur del centro, la ciudad devolvió al Isar unos ocho kilómetros de libertad: quitó muros, ensanchó el cauce y dejó que el agua dibujara sola sus islas y sus playas de grava, sin perder la protección contra las crecidas. Volvieron los peces, volvieron las aves... y volvió la gente.
Fíjate en los muros altos de la orilla y en los parques que trepan por la ladera de enfrente: la ciudad aprendió hace mucho a construir lejos del agua y a dejarle sitio cuando se enfada. Ahora vuelve a subir a la Prinzregentenstraße y síguela hacia el oeste, alejándote del río. Cuando veas un grupito de gente asomada a la barandilla de un puentecito, para: has llegado a la ola.
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6. El Eisbach y sus surfistas
Prinzregentenstraße, 80538 München, Germany
Apóyate en la barandilla del puente y mira abajo: un chorro de agua verde sale furioso de debajo de la calle y se levanta en una ola que no rompe nunca. Encima, con traje de neopreno, alguien está surfeando... en el centro de Múnich, a varios cientos de kilómetros del mar más cercano.
El Eisbach, el arroyo helado, no es un río natural. Es uno de los canales que la ciudad derivó del Isar hace siglos para mover molinos y alimentar los estanques del parque. Justo aquí, el agua sale con fuerza de un túnel bajo la calle, choca contra unos bloques de piedra en el fondo y forma una ola estacionaria de alrededor de un metro, siempre en el mismo sitio.
Los primeros en probarla, según se cuenta, fueron unos chavales en los años setenta, con más valor que técnica. Durante mucho tiempo, surfear aquí fue terreno prohibido y la policía aparecía de vez en cuando para sacarlos del agua. Con los años, la ciudad acabó aceptando lo que ya era una institución, y hoy surfistas de medio mundo vienen a probar la ola más famosa de un río europeo. Múnich se ha convertido así en una capital del surf de río, con otra ola más suave al sur de la ciudad, en la Floßlände, donde aprenden los principiantes.
Pero que el espectáculo no te engañe. La corriente es brutal, el agua está fría todo el año y el fondo es de piedra. Solo se meten surfistas con experiencia, y hacen cola en ambas orillas, esperando su turno con una disciplina muy alemana. Bañarse en el Eisbach ha costado vidas, y los carteles lo recuerdan sin rodeos.
Quédate un rato a mirar el ritual: cada surfista aguanta lo que puede, cae, la corriente lo arrastra unos metros, sale nadando hacia la orilla y vuelve a la fila, empapado y feliz. Cuando te canses, gira hacia el enorme edificio de columnas que tienes justo al lado. Es el Haus der Kunst, y su historia pesa bastante más que una tabla de surf.
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7. Haus der Kunst: mirar el pasado de frente
Prinzregentenstraße 1, 80538 München, Germany
Recorre con la mirada la larga fila de columnas cuadradas, frías y todas iguales, sobre un zócalo de piedra clara. Es el Haus der Kunst, la Casa del Arte, y para entender Múnich hay que mirarlo de frente, sin prisa y sin adornos.
Lo construyó el régimen nazi entre 1933 y 1937, con el nombre de Casa del Arte Alemán. Lo proyectó Paul Ludwig Troost, el arquitecto preferido de Hitler, que murió en 1934 sin verlo terminado. En julio de 1937 se inauguró con la primera Gran Exposición de Arte Alemán: campesinos idealizados, desnudos heroicos, paisajes patrióticos, todo lo que el régimen consideraba arte sano.
Al mismo tiempo, a pocos minutos de aquí, en las galerías del Hofgarten, se abrió la otra cara: la exposición de Arte Degenerado, que ridiculizaba obras de Kandinsky, Klee, Kirchner, Nolde y muchos otros. Paradójicamente, aquella muestra de burla atrajo a muchos más visitantes que la oficial. Y con su habitual ironía, los muniqueses bautizaron este edificio con un apodo poco respetuoso: Palazzo Kitschi.
Después de la guerra, el edificio vivió una historia inesperada. El ejército estadounidense lo usó durante un tiempo como club de oficiales, y en 1955 estas mismas salas acogieron una gran retrospectiva de Pablo Picasso, con el Guernica colgado en sus paredes. El cuadro que denunciaba el bombardeo de un pueblo vasco por la aviación alemana e italiana, expuesto en la casa que Hitler había inaugurado. Pocas veces la historia ha devuelto un golpe tan elegante. Durante décadas, además, una de sus alas acogió colecciones de pintura del Estado bávaro, porque los museos de la ciudad habían quedado en ruinas.
Hoy el Haus der Kunst es un centro de arte contemporáneo sin colección propia, que en las últimas décadas ha decidido no esconder su pasado, sino explicarlo y discutirlo. Rodea ahora el edificio por el lado del parque y entra en el Jardín Inglés, siguiendo el agua hacia el norte. Busca entre los árboles una pequeña casa de madera sobre un estanque.
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8. La casa de té japonesa
Englischer Garten, 80538 München, Germany
Busca, al otro lado del estanque, una casita de madera de tejado bajo y paneles claros, sobre una pequeña isla rodeada de agua tranquila. Después del ruido de la ola y del peso del Haus der Kunst, este rincón parece otro país... y en cierto modo lo es.
Es una casa de té japonesa y llegó a Múnich con los Juegos Olímpicos de 1972. La ciudad quería presentarse al mundo como una Alemania nueva, abierta y alegre, y una escuela de té de Kioto, la Urasenke, ayudó a levantar esta casa siguiendo las reglas tradicionales del arte del té.
La ceremonia del té es casi lo contrario de una cervecería bávara. Todo es lento y medido: cómo se calienta el agua, cómo se bate el té verde en polvo, cómo se gira el cuenco antes de beber para no apoyar los labios en su lado más bonito. Antes del té se sirve un pequeño dulce japonés, para que el amargor del té verde se disfrute mejor. En temporada, algunos días se celebran aquí ceremonias, y los muniqueses se sientan descalzos, en silencio, a pocos metros de los surfistas.
Aquellos Juegos de 1972 querían ser los Juegos alegres, y durante diez días lo fueron. Pero el 5 de septiembre, un comando palestino asaltó el alojamiento del equipo israelí en la Villa Olímpica, y el asalto terminó con once miembros del equipo asesinados, además de un policía alemán. Esta casita es uno de los pocos recuerdos que quedan de la primera parte de aquel verano, la de la esperanza.
Y mira a tu alrededor con otros ojos: el estanque, los puentecillos, las praderas onduladas, los grupos de árboles... nada de esto es natural. Todo fue dibujado a mano, hace más de doscientos años, para parecer campo inglés. Sigue ahora el camino hacia el norte por la gran pradera. Delante, sobre una colina, verás un templete redondo de columnas blancas: sube, la vista lo merece.
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9. El Monopteros: un templo griego para mirar Múnich
Englischer Garten, 80538 München, Germany
Sube la colina por el sendero en curva y quédate un momento entre las columnas del templete. Ahora date la vuelta: ahí tienes todo el perfil de Múnich, las torres con cúpula de la Frauenkirche, el campanario del ayuntamiento, las torres de la Theatinerkirche, asomando por encima de los árboles como en un cuadro.
Esto es el Monopteros, que en griego significa más o menos un solo anillo de columnas, sin muros. Lo encargó el rey Luis I, enamorado de la Antigüedad clásica, y lo diseñó su arquitecto de cabecera, Leo von Klenze, en la década de 1830. Es el mismo Klenze que firmó la Gliptoteca y los Propileos de la Königsplatz, y el gran templo del Walhalla junto al Danubio. Luis I estaba tan obsesionado con Grecia que su propio hijo, Otón, acabó siendo nombrado rey de los griegos en 1832.
La colina que pisas tampoco es natural. Se levantó a mano para que el templo dominara la pradera, como en los cuadros de paisajes ideales que tanto gustaban entonces. Un templo griego, en un parque de estilo inglés, en la capital de Baviera... el siglo XIX tenía muy claro que la belleza no necesitaba pasaporte.
Este rincón ha tenido muchas vidas. En los años sesenta y setenta, la colina fue punto de encuentro de los jóvenes de Schwabing, el barrio bohemio vecino: guitarras, melenas, humo dulzón y discusiones hasta la madrugada. Y en la pradera de abajo, desde hace décadas, nadie se escandaliza si alguien toma el sol sin ropa. Múnich es conservadora en muchas cosas... pero no en esta.
Antes de bajar, mira hacia el norte. Entre los árboles asoma algo que no encaja con un templo griego ni con un parque inglés: el tejado de una pagoda. Baja por el otro lado de la colina y camina hacia allí, siguiendo el sonido de la música de banda y el olor a pretzel recién hecho.
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10. La Torre China y el conde Rumford
Englischer Garten 3, 80538 München, Germany
Párate al pie de esta pagoda de madera de cinco pisos, con sus tejadillos superpuestos, rodeada de cientos de mesas largas de jardín de cerveza. Es la Torre China, y es el mejor lugar para contarte cómo nació este parque... gracias a un estadounidense.
Se llamaba Benjamin Thompson y había nacido en 1753 en Massachusetts. En la guerra de Independencia luchó del lado británico, contra sus propios vecinos, y cuando Gran Bretaña perdió tuvo que buscarse la vida en Europa. Acabó en Múnich al servicio del príncipe elector Carlos Teodoro. Reformó el ejército, sacó a los mendigos de la calle con casas de trabajo y repartió una sopa barata de cebada, guisantes y patata que todavía lleva su nombre: la sopa Rumford.
En 1789 propuso algo insólito: transformar los terrenos de caza de la corte, junto al Isar, en un gran parque abierto a todo el mundo, sin distinción de clases. El elector aceptó, y el paisajista Friedrich Ludwig von Sckell diseñó praderas, arroyos y bosquecillos al estilo inglés. Hoy el Jardín Inglés es más grande que el Central Park de Nueva York. Como premio, Thompson fue nombrado conde del Sacro Imperio y eligió llamarse conde Rumford, el antiguo nombre del pueblo de Nuevo Hampshire donde se había casado.
La torre se levantó en 1789 y 1790, inspirada en la pagoda de los jardines de Kew, en Londres, cuando media Europa estaba loca por todo lo chino. Ardió en un bombardeo en 1944 y se reconstruyó igual entre 1951 y 1952. Cada verano, un domingo de julio de madrugada, aquí se celebra el Kocherlball, un baile que recuerda cuando criadas y cocineros venían a bailar al amanecer, antes de empezar su jornada.
Y un secreto más: Rumford era también físico, y en un arsenal de Múnich, observando cómo se taladraban cañones, demostró que el calor nace del movimiento. Ahora sigue hacia el norte por el camino principal, dejando atrás la música. Al cabo de unos minutos verás brillar el agua de un lago.
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11. Kleinhesseloher See: el lago del final
Kleinhesselohe, 80802 München, Germany
Acércate a la orilla y deja que el paseo termine despacio: agua quieta, patos, alguna barca de remos que avanza en zigzag y unas islas cubiertas de árboles en medio del lago. Es el Kleinhesseloher See, y para muchos muniqueses es el rincón más romántico de todo el Jardín Inglés.
El lago es tan artificial como la colina del Monopteros. Se excavó a comienzos del siglo XIX, cuando Sckell amplió el parque hacia el norte, y toma su nombre de Kleinhesselohe, un antiguo paraje de la zona. Sckell pensaba como un pintor: cada curva de la orilla y cada isla están colocadas para que, camines por donde camines, el paisaje parezca natural y siempre cambie. Dedicó a este parque más de treinta años, hasta su muerte en 1823, y nunca lo consideró terminado.
Y el parque no termina aquí. Al norte del lago sigue durante kilómetros, cada vez más tranquilo y más silvestre, hasta las praderas donde todavía pasta un rebaño de ovejas que hace de cortacésped. En total, el Jardín Inglés tiene más de setenta kilómetros de caminos. Hay muniqueses que lo cruzan cada mañana en bici para ir al trabajo, sin pisar el asfalto.
Piensa en el camino que has hecho. Empezaste en un baño construido para quienes no tenían bañera en casa, y terminas en un parque que un soldado estadounidense abrió para todos, sin distinción de clases. Dos ideas, separadas por un siglo, con algo en común: que el agua, la sombra y la belleza no deberían ser un privilegio.
Así que haz como los de aquí. Busca un sitio en la orilla, en la hierba o en la terraza junto al agua, y quédate un rato mirando las barcas. Si te quedan fuerzas, sigue el lago hacia el norte y piérdete por el parque; si no, has llegado al final del paseo. Gracias por caminar conmigo por el Múnich verde.