El Eisbach y sus surfistas

Why is it significant?

Apóyate en la barandilla del puente y mira abajo: un chorro de agua verde sale furioso de debajo de la calle y se levanta en una ola que no rompe nunca. Encima, con traje de neopreno, alguien está surfeando... en el centro de Múnich, a varios cientos de kilómetros del mar más cercano.

Key Facts

PlaceEl Eisbach y sus surfistas
AddressPrinzregentenstraße, 80538 München, Germany
Geo Coordinates48.14350, 11.58780
Part of WalkMúnich verde: el río Isar, los surfistas del Eisbach y el Jardín Inglés
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Apóyate en la barandilla del puente y mira abajo: un chorro de agua verde sale furioso de debajo de la calle y se levanta en una ola que no rompe nunca. Encima, con traje de neopreno, alguien está surfeando... en el centro de Múnich, a varios cientos de kilómetros del mar más cercano.

El Eisbach, el arroyo helado, no es un río natural. Es uno de los canales que la ciudad derivó del Isar hace siglos para mover molinos y alimentar los estanques del parque. Justo aquí, el agua sale con fuerza de un túnel bajo la calle, choca contra unos bloques de piedra en el fondo y forma una ola estacionaria de alrededor de un metro, siempre en el mismo sitio.

Los primeros en probarla, según se cuenta, fueron unos chavales en los años setenta, con más valor que técnica. Durante mucho tiempo, surfear aquí fue terreno prohibido y la policía aparecía de vez en cuando para sacarlos del agua. Con los años, la ciudad acabó aceptando lo que ya era una institución, y hoy surfistas de medio mundo vienen a probar la ola más famosa de un río europeo. Múnich se ha convertido así en una capital del surf de río, con otra ola más suave al sur de la ciudad, en la Floßlände, donde aprenden los principiantes.

Pero que el espectáculo no te engañe. La corriente es brutal, el agua está fría todo el año y el fondo es de piedra. Solo se meten surfistas con experiencia, y hacen cola en ambas orillas, esperando su turno con una disciplina muy alemana. Bañarse en el Eisbach ha costado vidas, y los carteles lo recuerdan sin rodeos.

Quédate un rato a mirar el ritual: cada surfista aguanta lo que puede, cae, la corriente lo arrastra unos metros, sale nadando hacia la orilla y vuelve a la fila, empapado y feliz. Cuando te canses, gira hacia el enorme edificio de columnas que tienes justo al lado. Es el Haus der Kunst, y su historia pesa bastante más que una tabla de surf.

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