Milán romana y medieval: de Sant'Ambrogio a San Lorenzo y los Reyes Magos
Tras las huellas de Mediolanum, capital del Imperio: la basílica de san Ambrosio y san Agustín, el palacio imperial, el foro, las columnas de San Lorenzo, la peste de 1630 en la Vetra y las reliquias de los Magos en Sant'Eustorgio
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1. Pusterla di Sant'Ambrogio: la puerta de las murallas medievales
Via San Vittore 2, 20123 Milano MI, Italy
Delante de ti, una puerta de ladrillo con dos arcos y una torre almenada, encajada entre el tráfico, los tranvías y las bocas del metro. Es la Pusterla di Sant'Ambrogio, y aunque parezca un decorado, es la mejor manera de entrar en la Milán de la Edad Media.
Pusterla significa poterna, puerta pequeña: no era una de las grandes puertas de la ciudad, sino un paso secundario en las murallas que los milaneses levantaron en el siglo XII. ¿Por qué entonces? Porque en 1162 el emperador Federico Barbarroja había tomado Milán y la había mandado arrasar. Los milaneses volvieron, reconstruyeron su ciudad y la rodearon de un foso lleno de agua y de un cinturón de murallas. Aquel foso, con el tiempo, se convirtió en el anillo de canales que daba la vuelta al centro.
Te lo confieso: lo que ves no es del todo original. La pusterla se reconstruyó en 1939, aprovechando piedras y elementos antiguos, cuando la ciudad quiso recuperar su memoria medieval. Fíjate en el nicho sobre el arco, con las figuras de san Ambrosio y de los mártires Gervasio y Protasio, los protectores de este rincón de Milán.
A pocos pasos se alza un monumento de mármol blanco de los años veinte, el Tempio della Vittoria, dedicado a los milaneses caídos en la Primera Guerra Mundial. Medio siglo XII, medio siglo XX, y debajo de tus pies, una ciudad romana entera. Así es este paseo: Milán se construyó encima de sí misma una y otra vez, y casi nunca tiró los cimientos.
Porque mucho antes de las murallas medievales, esto era Mediolanum, una ciudad que a finales del siglo III se convirtió en capital del Imperio romano de Occidente. Emperadores, obispos, santos y filósofos caminaron por estas calles cuando Roma ya no era el centro del mundo. Cruza la calle y camina hacia la gran basílica de ladrillo que asoma detrás de la puerta: es la de san Ambrosio, el hombre que hizo temblar a un emperador.
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2. Basílica de Sant'Ambrogio: el obispo, el emperador y Agustín
Piazza Sant'Ambrogio 15, 20123 Milano MI, Italy
Cruza el gran atrio porticado de ladrillo rojo y detente en el centro: frente a ti, la fachada de la basílica con su doble galería de arcos, y a cada lado, un campanario distinto. Pocas iglesias de Europa tienen un patio de entrada tan perfecto, tan silencioso, tan medieval.
La fundó san Ambrosio en 379, en el cementerio de los mártires, a las afueras de la ciudad romana. Ambrosio no era sacerdote: era gobernador. En 374, mientras intentaba calmar una asamblea que discutía a gritos quién debía ser el nuevo obispo, se dice que un niño gritó Ambrosio obispo, y la multitud lo eligió allí mismo, aunque ni siquiera estaba bautizado. Cuenta otra leyenda que, de bebé, un enjambre de abejas se posó sobre su boca sin picarle: señal de la elocuencia de miel que tendría.
Y vaya si la tuvo. En 390, tras la matanza de Tesalónica, Ambrosio exigió penitencia pública al emperador Teodosio, un hispano nacido, según la tradición, en Cauca, la actual Coca de Segovia. La leyenda lo sitúa ante las puertas de una iglesia de Milán, con el obispo cerrándole el paso al hombre más poderoso del mundo. Y el emperador obedeció.
En la Pascua de 387, Ambrosio bautizó en Milán a un profesor de retórica llegado de África, inquieto y brillante: Agustín de Hipona. Las Confesiones cuentan cómo Agustín se quedaba asombrado viendo a Ambrosio leer en silencio, sin mover los labios, algo rarísimo entonces. Hoy Ambrosio reposa en la cripta, entre los mártires Gervasio y Protasio, y en el presbiterio brilla el altar de oro de Vuolvinio, del siglo IX.
Y los dos campanarios cuentan una pelea de vecinos: el más bajo era el de los monjes; el más alto, del siglo XII, el de los canónigos, que compartían la basílica y discutieron durante siglos por las campanas, las ofrendas y las procesiones. Al salir, busca en la plaza, junto a la basílica, una columna romana con dos agujeros: la leyenda dice que son los cuernos del diablo, que se quedaron clavados tras embestir en vano contra san Ambrosio. Luego camina hacia el norte por las calles tranquilas hasta Corso Magenta, donde te espera un monasterio de monjas con una torre romana en el jardín.
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3. Monastero Maggiore: San Maurizio y la torre de Maximiano
Corso Magenta 15, 20123 Milano MI, Italy
Desde Corso Magenta, la fachada de San Maurizio parece sobria, casi severa, de piedra gris. Empuja la puerta y prepárate: dentro, cada centímetro de pared, de arco y de bóveda está pintado. Los milaneses la llaman, sin modestia ninguna, la Capilla Sixtina de Milán.
Era la iglesia del Monastero Maggiore, el monasterio femenino más importante de la ciudad, de monjas benedictinas. La iglesia actual se empezó en 1503 y está partida en dos por un muro: delante, la sala para los fieles; detrás, el coro de las monjas de clausura, que seguían la misa sin ser vistas, a través de pequeñas aberturas. Dos mundos separados por una pared... y unidos por los mismos frescos.
Buena parte de esas pinturas son de Bernardino Luini y de su taller, el pintor milanés más dulce de la escuela de Leonardo. En la sala pública reconocerás a los benefactores, Alessandro Bentivoglio y su esposa Ippolita Sforza, retratados de rodillas, como si asistieran a la misa para siempre. Y en el coro de las monjas, por encima de sus antiguos bancos de madera, se abre todo un ciclo de escenas de la Pasión.
Ahora, el salto en el tiempo. En el claustro del monasterio, que hoy forma parte del Museo Arqueológico, siguen en pie dos torres romanas. Una, poligonal, formaba parte de las murallas que mandó levantar el emperador Maximiano, que a finales del siglo III hizo de Mediolanum la capital del Imperio de Occidente. La otra, cuadrada, pertenecía al circo, la gran pista de carreras de carros que el emperador quería tener junto a su palacio, como en Roma.
Piensa en lo que significa: las monjas rezaban con un trozo de muralla imperial en el jardín, y probablemente lo usaban como torre de su convento. Nadie derribaba una buena pared en Milán; se le daba otro trabajo. Ahora sigue hacia el este, a pocos pasos, hasta Via Brisa: allí, a cielo abierto, asoman los restos del palacio del emperador.
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4. Via Brisa: las ruinas del palacio imperial
Via Brisa, 20123 Milano MI, Italy
Asómate a la verja de este recinto hundido en medio de la calle, rodeado de edificios de posguerra: muros bajos de ladrillo, restos de suelos, columnas cortadas como tocones. Parece un solar olvidado, pero es un pedazo del palacio de los emperadores romanos.
Durante más de un siglo, Mediolanum fue una de las capitales del mundo romano. Desde aquí, desde un enorme complejo de salas, patios, termas y estancias de representación, los emperadores gobernaban el Occidente y vigilaban las fronteras de los Alpes y del Danubio, mucho más cerca que desde Roma. El palacio se extendía por buena parte de este barrio; lo que ves es solo un fragmento de aquel conjunto.
Y lo más irónico es cómo salió a la luz. Durante la Segunda Guerra Mundial, en 1943, los bombardeos aliados destruyeron las casas que lo cubrían. Al retirar los escombros aparecieron estos muros. Una tragedia del siglo XX desenterró un palacio del siglo IV.
Ahora imagina el año 313. En Milán se reúnen dos emperadores, Constantino y Licinio, para sellar una alianza y una boda: Licinio se casa con la hermanastra de Constantino. De ese encuentro sale el acuerdo que la historia llama Edicto de Milán, que reconocía a los cristianos la libertad de culto y les devolvía sus bienes. Es muy probable que las conversaciones tuvieran lugar en este palacio, en salas como las que estás mirando.
Un consejo de amigo: antes de seguir, busca a pocos pasos, en Via Gorani, una torre medieval de ladrillo, la de los Gorani, una de las pocas que quedan en el centro. Romanos, medievales y modernos, todos en el mismo cruce. Camina ahora hacia el este hasta Piazza Affari, la plaza de la Bolsa: bajo un palacio de mármol de la época fascista se esconde un teatro romano... y en la plaza, un dedo que no pasa desapercibido.
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5. Palazzo Mezzanotte: un teatro romano bajo la Bolsa
Piazza degli Affari 6, 20123 Milano MI, Italy
Ante ti se alza un palacio solemne de mármol claro, con columnas gigantes y estatuas alegóricas: el Palazzo Mezzanotte, sede de la Bolsa de Milán, terminado a comienzos de los años treinta. Y delante, en el centro de la plaza, una mano de mármol blanco con todos los dedos cortados... menos uno.
Es una obra de Maurizio Cattelan, de 2010, y se titula L.O.V.E., iniciales en italiano de libertad, odio, venganza y eternidad. Iba a quedarse aquí unas semanas, pero se quedó para siempre. El dedo corazón apunta, muy tieso, hacia la Bolsa, y cada cual lo interpreta como quiere: una crítica a las finanzas, un saludo romano al que le han amputado los dedos, o simplemente una broma muy milanesa.
Pero lo que buscas está debajo. Cuando se excavaron los cimientos del palacio aparecieron los restos del teatro romano de Mediolanum, construido en los primeros tiempos del Imperio. Sus muros curvos se conservan hoy en los sótanos de la Bolsa, a pocos metros de donde se negocian acciones. Donde antes se aplaudían comedias y tragedias, hoy se aplauden, o se lloran, las cotizaciones.
Piensa en la escala de aquella ciudad. Mediolanum tenía su teatro, su anfiteatro, su circo, sus termas y su palacio imperial, todo en un radio que hoy recorres en un cuarto de hora a pie. Y casi todo sigue ahí, bajo el asfalto, los sótanos y los aparcamientos, asomando cada vez que alguien excava un poco más hondo.
La Bolsa de Milán, por cierto, nació en 1808, bajo Napoleón, y tardó más de un siglo en tener una casa a su altura. Le tocó una con un teatro en el sótano: muy propio de una ciudad que siempre ha sabido mezclar el negocio con el espectáculo. Ahora camina hacia el sureste, unos minutos, hasta Piazza San Sepolcro: estás a punto de pisar el centro exacto de la ciudad romana.
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6. Piazza San Sepolcro: el foro de Mediolanum
Piazza San Sepolcro, 20123 Milano MI, Italy
Llegas a una plaza pequeña y silenciosa, encajada entre palacios, con una iglesia de ladrillo de fachada neorrománica y dos campanarios. Cuesta creerlo, pero estás en el corazón de la Milán romana: aquí se extendía el foro de Mediolanum, la plaza pública donde se cruzaban las dos calles principales de la ciudad.
En el foro estaban los templos, los tribunales, los comercios y la vida política. La iglesia que tienes delante se fundó en 1030 con otro nombre, y tras la primera cruzada se dedicó al Santo Sepulcro de Jerusalén, el gran sueño de los cruzados. Bajo ella hay una cripta románica, y se cree que parte del suelo de aquella zona conserva las losas de piedra del antiguo foro. Debajo de los adoquines que pisas, la ciudad romana sigue entera.
Pegada a la plaza está la Biblioteca Ambrosiana, fundada por el cardenal Federico Borromeo y abierta en 1609, en pleno dominio español, como una de las primeras bibliotecas públicas de Europa. Hoy guarda tesoros como el Códice Atlántico de Leonardo y la Canasta de frutas de Caravaggio. Y Federico Borromeo es también un personaje de Los novios de Manzoni: el arzobispo bondadoso que convierte al temible Innominado y que no abandona la ciudad durante la peste.
Esta plaza guarda también una memoria incómoda. El 23 de marzo de 1919, en una sala de uno de estos edificios, Benito Mussolini fundó los Fasci di combattimento, el movimiento del que nacería el fascismo. Unos pocos cientos de hombres en una reunión que entonces casi nadie tomó en serio. Veinte años después, Italia estaba en guerra.
Así es Milán: en una sola plaza, el foro de los romanos, una iglesia de cruzados, la biblioteca de un cardenal de la época española y el inicio de una dictadura. Ahora sal hacia el sur por las calles estrechas hasta Via Torino y sigue hasta el Carrobbio, el viejo cruce de caminos donde se abría la puerta de la ciudad romana hacia Pavía.
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7. Carrobbio: el cruce de caminos hacia Pavía
Largo Carrobbio, 20123 Milano MI, Italy
Estás en un cruce irregular, con tranvías que chirrían al girar, calles que llegan en ángulos raros y fachadas de todas las épocas. Es el Carrobbio, y su desorden tiene casi dos mil años de explicación.
El nombre viene del latín quadrivium, un cruce de cuatro caminos, que el habla lombarda fue gastando hasta dejarlo en Carrobbio. Aquí se abría la puerta de la ciudad romana hacia el sur, la Porta Ticinensis, la que llevaba a Ticinum, la actual Pavía, y desde allí al río Po y a Roma. Via Torino, por la que has llegado, sigue más o menos el trazado de aquella calle que unía el foro con la puerta.
La ciudad romana era sorprendentemente pequeña: podías cruzarla a pie en un cuarto de hora. Fuera de esta puerta empezaba un arrabal de tiendas, posadas y cementerios a lo largo del camino. Y allí, extramuros, a finales del siglo IV se levantó una de las iglesias más grandes y audaces de la cristiandad, que vas a ver en un minuto.
Los siglos fueron añadiendo murallas como anillos de un árbol. Primero las romanas, luego las medievales del siglo XII, y por fin las murallas españolas, levantadas a mediados del siglo XVI por orden del gobernador Ferrante Gonzaga, que encerraban una ciudad mucho mayor. En cada anillo hubo una Porta Ticinese: la romana, aquí; la medieval, unos metros más abajo; y la del recinto español, sustituida a comienzos del siglo XIX por el arco neoclásico que hoy se alza junto a la Darsena.
Tres puertas con el mismo nombre en la misma calle: es la mejor lección de historia urbana que te puede dar Milán, y es gratis. Ahora baja por Corso di Porta Ticinese, siguiendo el antiguo camino de Pavía. En pocos pasos verás aparecer, en medio de la acera, una fila de columnas romanas que parecen haberse escapado de un museo.
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8. Colonne di San Lorenzo: dieciséis columnas romanas
Corso di Porta Ticinese 39, 20123 Milano MI, Italy
De repente, en medio de la acera y con los tranvías pasando a un palmo, se levanta una fila de dieciséis columnas corintias, altas, gastadas, unidas arriba por un fragmento de arquitrabe. Detrás, la mole de una basílica con cúpula. Delante, un emperador de bronce. Estás en las Colonne di San Lorenzo, uno de los lugares más fotografiados y vividos de Milán.
Las columnas son romanas, de los siglos II o III, pero no nacieron aquí. Pertenecían a algún edificio público, quizá un templo o unas termas, y a finales del siglo IV o principios del V se trajeron para formar el pórtico de la nueva basílica. Los romanos ya practicaban el reciclaje a lo grande: si había una buena columna, no se tallaba otra.
La estatua de bronce es Constantino, el emperador del Edicto de Milán. Es una copia moderna, de los años treinta, de una estatua antigua que se conserva en Roma. Y si sigues con la mirada Corso di Porta Ticinese hacia el sur, verás a pocos pasos la puerta medieval de la ciudad, con sus arcos de ladrillo, rehecha en el siglo XIV con un tabernáculo de mármol de la escuela de Giovanni di Balduccio.
Durante siglos, entre las columnas y la iglesia se apiñaban casas, talleres y callejones. Muchas de esas casas desaparecieron con los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y con los derribos de la posguerra, y el espacio que dejaron detrás de la basílica se convirtió en el parque que recorrerás enseguida.
Vuelve aquí una noche de verano: las columnas se llenan de estudiantes sentados en los escalones, con una cerveza en la mano, igual que hace dos mil años la gente se sentaba bajo un pórtico a charlar. Es la plaza informal más democrática de Milán. Ahora pasa entre las columnas y rodea la basílica por su lado derecho, hacia una capilla octogonal que guarda los mosaicos más antiguos de la ciudad.
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9. Basílica de San Lorenzo y la capilla de Sant'Aquilino
Corso di Porta Ticinese 35, 20123 Milano MI, Italy
Mira esta mole de piedra y ladrillo, con su gran cúpula octogonal y sus cuatro torres en las esquinas: no se parece a ninguna otra iglesia de Milán. No es una nave larga, sino un enorme espacio central, como un gran salón redondo bajo una cúpula. Es San Lorenzo Maggiore, y lleva aquí desde finales del siglo IV.
Nadie sabe con certeza quién la mandó construir. Por su tamaño y su lujo, muchos historiadores piensan en la corte imperial, que entonces residía en Milán: quizá una iglesia palatina, ligada al palacio que viste en Via Brisa. Lo que sí sabemos es que fue una de las construcciones más audaces de su tiempo, un modelo que resuena en iglesias de planta central de todo el Mediterráneo.
Su cúpula, en cambio, no tuvo tanta suerte. Se hundió en 1573, en pleno dominio español, y se reconstruyó en las décadas siguientes según el proyecto del arquitecto Martino Bassi. Por eso, si entras, verás un interior de proporciones antiguas vestido con formas del Renacimiento tardío. Una iglesia romana con ropa del siglo XVI.
Ahora busca, en el lado sur, la capilla de Sant'Aquilino. Es un edificio octogonal de la misma época, probablemente un mausoleo imperial; una tradición, sin pruebas, lo atribuye a Gala Placidia. En sus nichos sobreviven mosaicos paleocristianos: Cristo joven, sin barba, sentado entre los apóstoles como un maestro de filosofía, y restos de un carro de fuego que sube al cielo. Son de los mosaicos más antiguos de Milán.
Y el detalle que casi nadie ve: bajo la capilla, en los cimientos, se ven grandes bloques de piedra reutilizados, que según los arqueólogos proceden del anfiteatro romano. La ciudad de los gladiadores, convertida en base de una capilla cristiana. Ahora rodea la basílica por detrás, por el lado del ábside, hasta la plaza abierta y el parque: es la Vetra, y allí la historia se vuelve oscura.
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10. Piazza Vetra: la peste de 1630 y los untori
Piazza della Vetra, 20123 Milano MI, Italy
Detrás del ábside de San Lorenzo se abre una gran explanada verde, con bancos, paseantes y perros, y al fondo, la silueta de otra basílica. Es la Vetra, hoy parte del Parque de las Basílicas. Un lugar tranquilo... con una de las historias más negras de Milán.
Durante siglos, aquí se ejecutaba a los condenados. Por esta zona corría también un canal donde trabajaban curtidores y lavanderas, y las casas eran pobres y apiñadas. En 1630, cuando Milán era española, llegó la peste, traída según se dijo por los soldados que bajaban de los Alpes. En pocos meses murieron decenas de miles de personas, quizá cerca de la mitad de los habitantes.
Y el miedo buscó culpables. Corrió el rumor de que unos untori, unos untadores, embadurnaban puertas y paredes con ungüentos que contagiaban la peste. Una mañana de junio, una vecina vio a un comisario de sanidad, Guglielmo Piazza, rozar con los dedos las paredes de una calle de esta zona. Lo detuvieron, lo torturaron y, para salvarse, acusó a un barbero, Gian Giacomo Mora, de fabricar el ungüento.
Bajo tortura, los dos confesaron lo que sus jueces querían oír, y fueron ejecutados de forma atroz ese mismo verano. La casa del barbero, muy cerca de aquí, en la esquina con Corso di Porta Ticinese, fue derribada, y en su solar se levantó una Colonna Infame, una columna de la infamia, para que nadie olvidara el supuesto crimen. Estuvo en pie hasta 1778.
Fue Manzoni quien dio la vuelta a la historia: en la Historia de la columna infame, publicada con la edición definitiva de Los novios, demostró que los culpables eran los jueces y la tortura, no aquellos dos hombres. Hoy una calle cercana lleva el nombre del barbero Mora, como una reparación tardía. Ahora cruza el parque hacia el sur, pasando junto a los restos de las viejas murallas medievales, hasta la basílica de los Reyes Magos.
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11. Sant'Eustorgio: los Reyes Magos y la estrella del campanario
Piazza Sant'Eustorgio 1, 20122 Milano MI, Italy
Al final del parque, levanta la vista hacia el campanario de ladrillo de Sant'Eustorgio: en lo más alto no hay una cruz, sino una estrella de metal. Es la estrella de los Reyes Magos, y explica por qué esta basílica fue durante siglos uno de los grandes destinos de peregrinación de Europa.
La leyenda cuenta que en el siglo IV el obispo Eustorgio trajo desde Constantinopla las reliquias de los Magos en un gran sarcófago de piedra, sobre un carro tirado por bueyes. Al llegar aquí, fuera de las murallas, los bueyes se negaron a dar un paso más, y el obispo entendió que los Reyes querían quedarse en este lugar. Dentro aún puedes ver el enorme sarcófago, vacío.
Vacío, porque en 1164, después de arrasar Milán, Federico Barbarroja se llevó las reliquias como botín. Su canciller, el arzobispo Reinaldo de Dassel, las trasladó a Colonia, y para guardarlas se construyó después la gran catedral alemana. Milán tardó siglos en recuperar una parte: algunos fragmentos volvieron en 1904. Y cada 6 de enero un cortejo de los Reyes Magos atraviesa la ciudad hasta esta iglesia.
Detrás del ábside se esconde una joya del primer Renacimiento lombardo, la capilla Portinari, levantada en la década de 1460 para Pigello Portinari, agente del banco de los Médici en Milán, y pintada por Vincenzo Foppa. En su centro reposa en un sepulcro de mármol de 1339, obra de Giovanni di Balduccio, san Pedro de Verona, un inquisidor dominico asesinado en 1252.
Los dominicos de esta basílica dirigieron durante siglos la Inquisición en Milán: otra forma de recordar que la fe y el miedo caminaron juntos por estas calles, desde los mártires romanos hasta los untori de la peste. Has recorrido casi dos mil años en unos pocos kilómetros: el palacio de los emperadores, el obispo que doblegó a un emperador hispano, el foro, las columnas, la peste y los Reyes Magos. A unos pasos, hacia el sur, el agua de la Darsena te espera para el aperitivo.