Florencia para comérsela: mercados, buchette del vino y cafés históricos
Del lampredotto del Mercato Centrale al chocolate de Rivoire: bistecca, la cocina medieval del Palazzo Davanzati, las ventanitas de vino de la peste, la leyenda del gelato y el mercado de barrio de Sant'Ambrogio
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1. Mercato Centrale: hierro, cristal y lampredotto
Piazza del Mercato Centrale, 50123 Firenze FI, Italy
Entra en esta enorme nave de hierro y cristal y deja que te golpee el olor: pan, quesos curados, café, y por debajo, insistente, un aroma de caldo que lleva horas hirviendo. Estás en el Mercato Centrale de San Lorenzo, la despensa de Florencia desde 1874.
Lo diseñó Giuseppe Mengoni, el mismo arquitecto de la Galería Vittorio Emanuele de Milán, en los años en que Florencia acababa de ser capital de Italia y quería parecer una ciudad moderna. Hierro fundido, grandes ventanales, luz cenital: París y Londres en versión toscana. Poco después, el viejo mercado medieval del centro fue demolido para abrir la actual Piazza della Repubblica, y los puestos se repartieron por los nuevos mercados cubiertos. La planta alta, hoy convertida en un gran patio de comidas, es una incorporación reciente; abajo sigue latiendo el mercado de siempre.
Y abajo está el plato que define a Florencia mejor que cualquier bistecca: el lampredotto. Es el cuarto estómago de la vaca, el abomaso, cocido lentamente en un caldo con tomate, cebolla, apio y perejil. Se sirve cortado a cuchillo dentro de un panecillo redondo, con salsa verde y, si te atreves, un chorrito de aceite picante. El truco final es pedir que mojen la tapa del pan en el caldo: los florentinos dicen bagnato, mojado.
El nombre tiene su leyenda. Dicen que viene de la lamprea, el pez que antiguamente se pescaba en el Arno, porque los pliegues oscuros de este estómago recuerdan su boca. Comida de pobres, de carreteros y obreros, servida desde siempre en carritos y quioscos por los trippai, los tripicalleros. Su primo, la trippa alla fiorentina, se guisa con tomate y se cubre de parmesano. Dos platos que cuentan cómo una ciudad de banqueros comía de verdad: sin desperdiciar nada.
Antes de salir, mira los mostradores de carne y de legumbres: aquí compran todavía muchos cocineros de la ciudad. Ahora sal hacia el oeste por Via Sant'Antonino y Via Panzani, rodea por el sur la plaza de Santa Maria Novella y baja por Via della Scala y Via Palazzuolo hasta una calle estrecha y sin pretensiones, Via del Porcellana. Allí te espera la reina carnívora de la cocina florentina.
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2. Via del Porcellana: la bistecca alla fiorentina
Via del Porcellana 25r, 50123 Firenze FI, Italy
Avanza por esta calle estrecha, sin monumentos ni escaparates, y busca una puerta modesta con un rótulo antiguo: es la Trattoria Sostanza, que da de comer a los florentinos desde 1869. No hay mejor rincón para hablar del plato que todo visitante quiere probar al menos una vez.
La bistecca alla fiorentina es un corte de lomo con su hueso en forma de T, que reúne en una sola pieza el solomillo y el lomo bajo. Se corta gruesa, unos tres dedos, y una sola puede pesar más de un kilo: se pide para compartir. La carne clásica es de buey toscano, a menudo de raza chianina, una vaca blanca y enorme que se cría en el valle de la Chiana desde hace siglos.
Las reglas son casi religiosas. Brasas de carbón, ni gas ni sartén. Unos minutos por cada lado, luego unos minutos de pie, apoyada sobre el hueso, para que el calor llegue hasta dentro. La sal y el aceite, al final. Y por dentro, roja: pedirla muy hecha en Florencia es exponerse a que el camarero te mire como si hubieras insultado a su madre.
El origen tiene su leyenda. Cuentan que en las fiestas de San Lorenzo, el 10 de agosto, los Médici mandaban asar bueyes enteros en la plaza y repartir la carne, y que unos viajeros ingleses gritaban beef steak, beef steak... y los florentinos acabaron llamándola bistecca. Bonita, improbable y repetida hasta el infinito. Lo que sí es historia es que en 2001, con la crisis de las vacas locas, Europa prohibió durante un tiempo la carne con columna vertebral, y los carniceros florentinos llegaron a organizarle un funeral simbólico.
Sostanza es famosa, además, por algo más inesperado: unas pechugas de pollo cocinadas en mantequilla, servidas en la misma sartén. Ahora vuelve hacia el este por Via della Vigna Nuova, cruza la elegante Via de' Tornabuoni y sigue de frente por Via Porta Rossa. Busca a la izquierda un palacio medieval alto, con la fachada erizada de ganchos de hierro.
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3. Palazzo Davanzati: la cocina en el último piso
Via Porta Rossa 13, 50123 Firenze FI, Italy
Levanta la vista hacia esta fachada alta de piedra y fíjate en los hierros que sobresalen entre las ventanas: ganchos, anillas y barras que parecen puestos al azar. Servían para colgar ropa a secar, jaulas de pájaros, estandartes en días de fiesta y antorchas por la noche. Es el Palazzo Davanzati, y por dentro es lo más parecido a entrar en una casa florentina del siglo XIV.
Lo construyó a mediados del siglo XIV la familia Davizzi, mercaderes ricos, y en 1578 lo compró Bernardo Davanzati, un erudito que tradujo a Tácito al toscano. A comienzos del siglo XX un anticuario, Elia Volpi, lo restauró y lo llenó de muebles de época, y hoy es un museo del Estado: el Museo de la Casa Florentina Antigua. Aquí no se viene a ver obras maestras, sino a ver cómo se vivía.
Y la sorpresa está arriba del todo: la cocina. En las casas grandes de la época se colocaba en el último piso, por dos razones muy prácticas. El humo salía mejor por el tejado, y si el fuego se escapaba, ardía la parte alta antes que las salas nobles y los almacenes. Allí verás el gran hogar, ollas, morteros y utensilios, y un detalle asombroso: un pozo interior con una polea que subía el agua hasta cada planta. Agua corriente, o casi, en la Edad Media.
¿Qué se comía en una casa así? Pan, mucho pan, legumbres, verduras del huerto, vino de las propias tierras, y carne o caza cuando había dinero. Y especias: pimienta, jengibre, canela, azafrán, que los mercaderes florentinos compraban en los puertos de Oriente y que en la mesa eran casi una forma de presumir. Una salsa bien especiada decía a los invitados que la casa iba bien en los negocios.
Fíjate en lo moderno que resulta todo: la despensa abajo, la cocina arriba, el agua a mano, la comida como escaparate social. Ahora sigue por Via Porta Rossa hacia el este, pasa junto al mercado del Porcellino y toma Via Vacchereccia hasta la gran plaza del poder. En su esquina espera un café que lleva desde 1872 sirviendo chocolate.
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4. Caffè Rivoire: el chocolate de Florencia
Piazza della Signoria 5r, 50122 Firenze FI, Italy
Quédate un momento junto a las mesas del café, en la esquina de Via Vacchereccia, con el palacio del gobierno enfrente, y observa las tazas: casi todas contienen algo oscuro y espeso, coronado de nata. Es el chocolate de Rivoire, el café histórico que abrió en esta esquina en 1872.
Su fundador, Enrico Rivoire, era un chocolatero del Piamonte que, según cuenta la casa, trabajaba para la corte de los Saboya y llegó a Florencia cuando la ciudad era capital del nuevo Reino de Italia. La capital se marchó a Roma en 1871, pero él se quedó, y un año después abrió aquí su negocio. Turín era entonces la capital europea del chocolate, y trajo consigo esa tradición: un chocolate caliente tan denso que la cuchara casi se sostiene de pie.
Pero Florencia ya tenía su propia historia chocolatera, y mucho más extravagante. A finales del siglo XVII, el gran duque Cosimo III de' Medici era un apasionado del chocolate, y en su corte se preparaba una receta secreta perfumada con jazmín. Su médico y poeta, Francesco Redi, la custodiaba celosamente: se dice que estaba prohibido divulgarla. El chocolate había llegado de América a través de España, y en la corte medicea se convirtió en un lujo aromático, casi un perfume que se bebía.
Mira también la plaza con otros ojos. Durante siglos fue el escenario de anuncios oficiales, ejecuciones y fiestas, y en la Florencia de los mercados se pregonaban aquí los bandos sobre el precio del pan y el vino. Comer y gobernar, en esta ciudad, siempre fueron temas de la misma conversación.
Si te sientas, pide el chocolate con nata, que aquí llaman panna, y tómatelo despacio, como un ritual. Después sal de la plaza por la esquina del palacio, toma Via della Ninna junto a los Uffizi y sigue hasta Via dei Neri. Enseguida verás un edificio porticado con el busto de un gran duque: el antiguo granero de la ciudad.
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5. Loggia del Grano: el pan sin sal de Florencia
Via dei Neri, 50122 Firenze FI, Italy
Fíjate en este edificio de arcos de piedra, hoy cerrados, con el busto de un gran duque presidiendo la fachada y una pequeña fuente con un mascarón en la esquina. Es la Loggia del Grano, construida en 1619 por Giulio Parigi para el gran duque Cosimo II, como mercado de cereales de la ciudad.
El grano era la gran obsesión de cualquier gobierno florentino. Una mala cosecha significaba pan caro, y el pan caro significaba hambre y revueltas. Por eso la ciudad controlaba el comercio de cereales con oficinas y almacenes públicos, y por eso Orsanmichele, a pocas calles de aquí, empezó su vida a finales del siglo XIII como logia del grano, antes de convertirse en iglesia. Los Médici, que sabían de política, sabían también que un pueblo bien alimentado protesta menos.
Y ahora, una pregunta que todo visitante se hace al probar el pan toscano: ¿por qué no tiene sal? Las explicaciones son varias. La más contada habla de una guerra medieval con Pisa, que habría bloqueado la llegada de sal a Florencia; otra, de los impuestos que encarecían la sal. Sea cual sea el origen, el pan sciocco, soso, se quedó, y tiene su lógica: acompaña embutidos y quesos muy salados.
Hay incluso un verso famoso que muchos leen en esa clave. En el Paraíso, Dante, desterrado, se lamenta de lo salado que sabe el pan ajeno. Para un florentino, cada mesa extranjera recordaba el exilio. Y ese pan sin sal que se endurece pronto dio origen a toda una cocina de aprovechamiento: la ribollita, la pappa al pomodoro, la panzanella. Nada se tiraba.
Mira cómo el edificio ha sobrevivido a sus funciones: la ciudad cambia de oficio, las piedras se quedan. Ahora sigue hacia el este por Via dei Neri, cruza Via de' Benci y continúa hasta una callejuela de nombre extraño, Via dell'Isola delle Stinche. Allí hablaremos de cárceles... y de helado.
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6. Via dell'Isola delle Stinche: buchette del vino y la leyenda del gelato
Via dell'Isola delle Stinche, 50122 Firenze FI, Italy
Recorre esta callejuela estrecha y fíjate en el nombre de la placa: Via dell'Isola delle Stinche, la isla de las Stinche. Suena a mar, pero aquí se alzaba la gran cárcel medieval de Florencia, un bloque cerrado como una isla en medio del barrio, donde en 1513 estuvo preso Maquiavelo. En el siglo XIX la derribaron, y en su solar se levantó el teatro que hoy se llama Teatro Verdi.
Ahora mira las fachadas con atención, a la altura de la mano: en esta calle sobrevive una buchetta del vino, una ventanita en arco del tamaño de una botella. Las grandes familias florentinas tenían viñedos en el campo y querían vender su vino sin intermediarios, y en el siglo XVI se les permitió venderlo al por menor desde sus propias casas. Abrieron un hueco en la pared: el cliente llamaba, un criado abría la portezuela, cogía el frasco vacío y lo devolvía lleno. La más fotografiada está en el Palazzo Antinori, de una familia que ya figuraba en el gremio de vinateros en 1385, y en la ciudad se conocen más de ciento cincuenta.
Luego llegó la peste de 1630, y el médico Francesco Rondinelli contó cómo el vino pasaba por estas ventanitas sin contacto, y las monedas se recogían en una paleta de metal que se lavaba con vinagre. En 2020, durante la pandemia, algunas volvieron a abrirse, y en esta misma calle una heladería sirvió helados a través de su buchetta.
Porque esta calle huele hoy a helado, y es el lugar perfecto para la leyenda que Florencia repite con orgullo. Su protagonista es Bernardo Buontalenti, arquitecto y escenógrafo de los Médici en el siglo XVI, tan famoso por sus fuegos artificiales que lo apodaban Bernardo de las Girándulas. Cuentan que para una fiesta de la corte, en honor de una delegación española según algunas versiones, presentó un postre helado de crema, leche y huevo, enfriado con la nieve que los Médici guardaban en neveras. Ningún documento lo prueba, pero el sabor crema Buontalenti existe, y lo encontrarás en muchas vitrinas florentinas.
Pruébalo como se prueba una leyenda: sin pedir pruebas. Después sal a Via Ghibellina, sigue hacia el este y sube por las callejuelas que van hacia el norte hasta una plaza abierta con una elegante logia de columnas: la que se construyó para vender pescado.
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7. Piazza dei Ciompi y la Loggia del Pesce
Piazza dei Ciompi, 50122 Firenze FI, Italy
Delante de ti se levanta una logia elegante de arcos y columnas, y si te acercas verás en sus medallones de cerámica peces, cangrejos y otras criaturas marinas. Es la Loggia del Pesce, la logia del pescado, y está en un sitio que no es el suyo.
La diseñó Giorgio Vasari en la década de 1560, por encargo del gran duque Cosimo I, para los pescaderos de la ciudad. Se alzaba en el Mercato Vecchio, el gran mercado medieval del centro. Cuando a finales del siglo XIX ese mercado fue derribado para abrir la Piazza della Repubblica, la logia se desmontó pieza a pieza y se guardó en almacenes. Pasaron décadas, y en los años cincuenta del siglo XX se volvió a levantar en esta plaza. Un edificio que se mudó de barrio.
Y la plaza tiene su propia historia. Los ciompi eran los cardadores de lana, los obreros peor pagados de la industria que había hecho rica a Florencia, sin derecho a gremio ni voz política. En 1378 se rebelaron, tomaron el palacio del gobierno y durante unas semanas uno de ellos, Michele di Lando, se encontró al frente de la ciudad. La revuelta fue aplastada, pero su nombre quedó aquí, en el corazón de su viejo barrio.
El pescado, por cierto, tenía mala fama en Florencia: se pudría pronto, olía, y por eso a los pescaderos se les obligaba a vender en lugares concretos. La ciudad no tiene mar, pero tenía el Arno, y en las mesas pobres el pescado de río y el bacalao salado eran el plato de los días de vigilia. Durante décadas, además, esta plaza acogió un mercadillo de antigüedades y trastos, otra forma de comercio de barrio.
Fíjate en cómo los medallones de Vasari parecen hoy decoración pura, cuando nacieron como un letrero: aquí se vende pescado. Ahora toma Via Pietrapiana hacia el este, apenas unos pasos, hasta la plaza de la iglesia de Sant'Ambrogio. Allí te espera un milagro con vino.
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8. Sant'Ambrogio: el milagro del cáliz
Piazza di Sant'Ambrogio, 50121 Firenze FI, Italy
Ante ti tienes una fachada sencilla, casi de pueblo, que preside una plaza de barrio con terrazas y bicicletas apoyadas en cualquier sitio: es la iglesia de Sant'Ambrogio. Por fuera no promete mucho. Por dentro guarda una historia de vino que todo el barrio conocía de memoria.
La iglesia lleva el nombre de san Ambrosio, el obispo de Milán, que según la tradición pasó por Florencia a finales del siglo IV. Durante siglos fue la parroquia de un barrio de artesanos, tintoreros y obreros de la lana, a las puertas de las murallas, con huertos y conventos alrededor. Un barrio de gente que trabajaba con las manos y comía lo que daba el mercado.
Y aquí ocurrió, en 1230, lo que los florentinos llamaron el milagro de Sant'Ambrogio. Cuenta la tradición que un sacerdote, al terminar la misa, olvidó limpiar bien el cáliz, y que al día siguiente encontró en él el vino convertido en sangre viva. La reliquia se conserva en una capilla de la iglesia, y durante siglos se llevó en procesión, sobre todo en tiempos de peste o de guerra.
Más de dos siglos después, Cosimo Rosselli pintó en esa capilla un fresco con la procesión del milagro, lleno de florentinos de su época, con sus ropas y sus caras, como un reportaje gráfico del siglo XV. Y en esta misma iglesia está enterrado Andrea del Verrocchio, el escultor en cuyo taller se formó un muchacho llamado Leonardo da Vinci. No está mal para una parroquia que casi nadie visita.
Fíjate en la vida de la plaza: aquí la gente del barrio se encuentra antes y después de la compra, y por la tarde las terrazas se llenan para el aperitivo. Ahora gira hacia el sur, apenas unos pasos, hasta una gran nave de hierro rodeada de puestos al aire libre. Es el mercado donde compran los florentinos de verdad.
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9. Mercato di Sant'Ambrogio: la compra de los florentinos
Piazza Lorenzo Ghiberti, 50122 Firenze FI, Italy
Abre bien los ojos y los oídos: puestos al aire libre con montañas de alcachofas, calabacines con flor y hojas oscuras de cavolo nero, vendedores que llaman a sus clientes por el nombre y señoras que discuten el precio de los tomates con una seriedad de notario. Estás en el Mercato di Sant'Ambrogio.
Se inauguró en 1873, también con proyecto de Giuseppe Mengoni, el arquitecto del Mercato Centrale, y es su hermano pequeño: la misma idea de hierro y cristal, pero a escala de barrio. Dentro están los carniceros, los queseros, los panaderos; fuera, los puestos de fruta y verdura, muchos de ellos de productores del campo de los alrededores. Aquí apenas se oyen idiomas extranjeros.
Este es el mejor lugar para entender la cocina florentina de verdad, la cucina povera, la cocina pobre. Con el pan sin sal endurecido se hace la ribollita, una sopa espesa de legumbres y cavolo nero que se recalienta al día siguiente, de ahí su nombre, rehervida. Con tomates maduros y pan viejo, la pappa al pomodoro. Con pan mojado, cebolla, pepino y albahaca, la panzanella del verano. Y con las alubias blancas, los fagioli, que valieron a los toscanos el apodo de mangiafagioli, comealubias.
Fíjate también en los puestos de casquería y en los cortes que en otros mercados ya no se ven. Aquí se sigue comprando lo que la cocina antigua sabía aprovechar: lengua, callos, carnes para el caldo largo. Y no muy lejos de la entrada suele haber un quiosco de lampredotto, el mismo plato humilde que viste al empezar el paseo, cerrando así el círculo de los estómagos florentinos.
Si tienes hambre, este es tu momento: compra fruta, un trozo de pecorino o un panecillo, y come como come el barrio. Después cruza la calle hacia el sur, hacia Via Ghibellina, donde un antiguo convento convertido en cárcel y luego en plaza te espera para la última historia.
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10. Le Murate: de convento y cárcel a plaza
Piazza delle Murate, 50122 Firenze FI, Italy
Entra en estos patios abiertos, con mesas, libros y gente charlando bajo los soportales, y levanta la vista a los muros altos y a las ventanas estrechas que los rodean. Te lo dirán todo: esto fue un convento y después una cárcel. Se llama Le Murate, las emparedadas.
La historia empieza a finales del siglo XIV con unas mujeres que decidieron vivir en clausura absoluta, encerradas en una pequeña celda junto a un puente sobre el Arno. La comunidad creció, y en el siglo XV se trasladó aquí, a Via Ghibellina, donde se convirtió en un gran convento benedictino. Las monjas eran famosas por su vida austera... y las familias ricas confiaban a sus hijas a sus muros.
Una de esas niñas fue Caterina de' Medici. Durante el asedio de Florencia de 1529 y 1530, con la familia expulsada de la ciudad, la pequeña Caterina, que tenía unos diez años, quedó como rehén en un convento, y pasó una parte de ese tiempo aquí, en Le Murate. Cuentan que las monjas la protegieron cuando algunos exaltados pedían su cabeza. Pocos años después, en 1533, se casó con el futuro rey Enrique II de Francia.
Y con ella llega la leyenda gastronómica más famosa de Florencia: que Caterina llevó a Francia a sus cocineros, el tenedor, los helados, las alcachofas y el pato a la naranja, y que la gran cocina francesa nació de la toscana. Los historiadores la discuten casi frase por frase. Pero en Florencia se cuenta con orgullo, y en la mesa, ya sabes, la leyenda siempre gana. En el siglo XIX el convento se convirtió en cárcel, y lo fue hasta los años ochenta; luego la ciudad lo recuperó como viviendas, cafés y espacios culturales.
De monjas a presos, de presos a vecinos tomando un café: pocas plazas resumen mejor cómo Florencia recicla sus piedras. Has empezado el paseo entre el caldo del lampredotto y lo terminas entre leyendas de reinas y cocineros. Busca una mesa, pide algo de comer y brinda por la ciudad que convirtió el pan duro en arte y el vino en ventanitas.