Florencia verde: del Giardino Bardini a San Miniato y el Piazzale Michelangelo

Glicinas, olivos y murallas medievales: un paseo por las colinas de la orilla sur, de la casa de Galileo a la iglesia más bella de Florencia, con la ciudad entera a tus pies

Florence · 11 stops · 24 min audio · Generated

  1. 1. Ponte alle Grazie: el puente de las ermitañas

    Ponte alle Grazie, 50122 Firenze FI, Italy

    Apóyate en el pretil, en mitad del puente, y mira río arriba y río abajo. A un lado, el Ponte Vecchio con sus tiendas colgadas sobre el agua. Enfrente, al sur, una colina verde con cipreses, una iglesia blanca y verde en lo alto y un muro de piedra que sube por la ladera. Ese es nuestro paseo: vamos a subir allí.

    Este puente nació en 1237, cuando el podestà Rubaconte da Mandello mandó echar sobre el Arno un puente de piedra que durante siglos llevó su nombre. Era largo y sólido, y en la gran riada de 1333, que se llevó por delante los demás puentes de la ciudad, fue el que resistió. Sobre sus pilas fueron creciendo casitas, tiendas y capillas. En una de ellas se veneraba una imagen de la Virgen de las Gracias, y de ahí su nombre actual.

    Y en algunas de esas celdas sobre el agua vivían mujeres ermitañas, encerradas por voluntad propia, que rezaban y recibían limosnas por una ventanita. Cuenta la tradición que de una de aquellas comunidades nació el convento de las Murate, las emparedadas, que más tarde se trasladó a la otra orilla. Imagina el puente lleno de rezos por encima, y de barcas y pescadores por debajo.

    Las casitas se derribaron en el siglo diecinueve para ensanchar el paso. Y en la noche del 3 al 4 de agosto de 1944, las tropas alemanas en retirada volaron este puente, como todos los de Florencia salvo el Ponte Vecchio, cuyas entradas bloquearon derribando las casas de ambos extremos. Lo que pisas es el puente de posguerra, inaugurado en los años cincuenta, sencillo y bajo, pensado para no competir con el paisaje.

    Y el paisaje es el verdadero protagonista. El Arno parece tranquilo, pero en noviembre de 1966 se desbordó y llenó de barro media ciudad. Hoy las garzas pescan en los azudes, y las colinas de enfrente siguen casi como las pintaban en el Renacimiento. Termina de cruzar hacia la orilla sur: en la placita de los Mozzi, justo al final del puente, te espera la casa de un anticuario genial y un poco loco.

  2. 2. Museo Bardini: el príncipe de los anticuarios

    Via dei Renai 37, 50125 Firenze FI, Italy

    Mira el palacio que cierra la Piazza de' Mozzi por el lado del río: ventanas de piedra de distintas épocas, un portal que no acaba de casar con la fachada. Si te parece un rompecabezas, es porque lo es. Este edificio lo montó pieza a pieza un hombre que vendía Florencia al mundo.

    Se llamaba Stefano Bardini, vivió entre 1836 y 1922, y lo llamaban el príncipe de los anticuarios. En 1881 compró aquí una antigua iglesia y su convento, y los transformó en su sala de exposición. Puertas, techos de madera, chimeneas, escaleras y ventanas sacadas de palacios y villas en ruinas acabaron incrustados en estos muros. Por sus salas pasaban los grandes coleccionistas de Europa y América, y muchas piezas que hoy ves en museos de Londres, Berlín o Nueva York salieron de aquí.

    Bardini tenía un truco escenográfico: pintó las paredes de un azul intenso, casi de lapislázuli, porque sobre ese fondo el mármol, el bronce y el oro brillaban más. Hoy en Florencia lo llaman el azul Bardini. Al morir dejó el palacio y sus colecciones a la ciudad. Entre ellas hay una sorpresa: el jabalí de bronce original de Pietro Tacca, el Porcellino del Mercato Nuovo. El que acarician los turistas es una copia.

    La plaza también tiene su historia. Los Mozzi eran banqueros riquísimos en el siglo trece, y en su palacio, el de la esquina, se alojó el papa Gregorio X en 1273, cuando vino a intentar poner paz entre güelfos y gibelinos. La paz duró muy poco. La vieja iglesia que Bardini compró se llamaba precisamente San Gregorio della Pace.

    Y ahora viene lo que nos importa en este paseo. Detrás de estos palacios, trepando por la colina, Bardini compró en 1913 un jardín enorme y abandonado. Hoy es uno de los más bellos de Florencia, y lo vamos a ver desde arriba. Sigue por Via de' Bardi hacia el oeste y toma a la izquierda una de las cuestas que trepan hasta la empinada Costa San Giorgio.

  3. 3. Costa San Giorgio: la cuesta de Galileo

    Costa San Giorgio 19, 50125 Firenze FI, Italy

    Respira hondo: la Costa San Giorgio sube sin piedad entre muros altos, adoquines gastados y portones que dejan ver, de pronto, un jardín colgado. Apenas pasan coches, y a los pocos metros el ruido del centro desaparece. Parece imposible que el Ponte Vecchio esté a cinco minutos.

    En el número 19, una lápida en la fachada recuerda a un vecino ilustre: Galileo Galilei. En 1610, después de descubrir con su telescopio las lunas de Júpiter, Galileo las bautizó como astros mediceos en honor de la familia gobernante, y el gran duque Cosimo II le devolvió el favor nombrándolo matemático y filósofo de la corte. Así volvió a Florencia, y durante una temporada vivió en esta cuesta.

    Piensa en lo que significaba para él este lugar: desde las colinas de la orilla sur el cielo está más limpio y el horizonte más abierto. Aquí siguió observando, escribiendo y peleando por escrito con medio mundo académico. Y desde aquí tenía cerca a sus hijas, que había hecho entrar en un convento de monjas en Arcetri, al sur, en las colinas que pronto verás detrás de las murallas.

    La historia no acabó bien. En 1633 la Inquisición lo condenó en Roma por defender que la Tierra gira alrededor del Sol. Tuvo que abjurar y pasó sus últimos años en arresto domiciliario en su villa de Arcetri, Il Gioiello, cerca de su hija Virginia, sor Maria Celeste, que le escribía cartas llenas de ternura y que murió antes que él. Galileo, ya ciego, murió en Arcetri en 1642.

    Las cartas de sor Maria Celeste se conservan, las de Galileo a ella no. Solo oímos una mitad de esa conversación entre un padre y una hija... Sigue subiendo la cuesta. A tu izquierda, detrás de un muro, se abre un jardín en terrazas con una de las mejores vistas de Florencia.

  4. 4. Giardino Bardini: glicinas sobre Florencia

    Costa San Giorgio 2, 50125 Firenze FI, Italy

    Asómate a la terraza más alta del jardín y deja que la vista te golpee: la cúpula de Brunelleschi parece estar al alcance de la mano, con el campanario de Giotto, la torre del Palazzo Vecchio y Santa Croce alineados delante, y abajo, entre los tejados, la cinta verde del Arno.

    Esta ladera lleva siglos cultivada. En la Edad Media era el huerto de los Mozzi, los banqueros de la plaza de abajo. En el siglo diecisiete se construyó arriba la villa que hoy llamamos Villa Bardini, y los jardines fueron cambiando de dueño y de estilo: una parte a la italiana, con su escalinata barroca, otra de bosque inglés, otra de huerta y frutales.

    Pero si vienes en primavera, todo lo demás desaparece. Hay un túnel de glicinas, una pérgola larga por la que cuelgan racimos morados, y a finales de abril el aire huele a miel. Después llegan las hortensias, de las que el jardín guarda una colección enorme, y en otras terrazas los lirios, la flor que Florencia lleva en su escudo, aunque allí el lirio rojo parezca más una flor heráldica que una de verdad.

    El jardín estuvo a punto de perderse. Stefano Bardini lo compró en 1913, su hijo Ugo lo heredó, y a la muerte de este, en 1965, la herencia acabó enredada en décadas de pleitos. Mientras tanto, la vegetación se lo comía todo. Solo tras una larga restauración volvió a abrir al público en 2007, con sus terrazas recuperadas y su vieja pérgola otra vez en flor.

    Busca un rincón con sombra y escucha: abejas, el agua de una fuente, campanas a lo lejos, y casi nada de tráfico. Así sonaba Florencia antes de los motores. Ahora sal por la parte alta, de nuevo a la Costa San Giorgio, y sube los últimos metros hasta la puerta en las murallas, a la sombra de una fortaleza en forma de estrella.

  5. 5. Forte di Belvedere y Porta San Giorgio

    Via di San Leonardo 1, 50125 Firenze FI, Italy

    Atraviesa el arco de piedra de Porta San Giorgio y date la vuelta: encima del paso, en relieve, un san Jorge a caballo atraviesa al dragón con su lanza. Junto a la puerta se levantan los muros inclinados de una fortaleza, y hacia el sur empieza el campo. En diez pasos has salido de la ciudad.

    La puerta es de 1324, la más antigua que conserva Florencia, y el san Jorge que ves es una copia: el original está en el Palazzo Vecchio. Por aquí salía el camino hacia las colinas del sur, y por aquí entraban los campesinos con el aceite, el vino y la leña.

    La fortaleza es otra historia. El gran duque Ferdinando I la mandó levantar a partir de 1590, con proyecto de Bernardo Buontalenti, en forma de estrella, sobre el punto más alto de esta parte de las murallas. Oficialmente debía defender la ciudad y el Palazzo Pitti, que queda justo debajo. Pero fíjate hacia dónde mira: buena parte de sus cañones dominaban la propia Florencia. Los Médici no se fiaban del todo de sus súbditos. Y se cuenta que en sus sótanos guardaban parte de su tesoro.

    Ahora mira hacia el sur, a Via di San Leonardo, que se aleja entre dos muros de piedra con olivos asomando por encima. Es uno de los caminos más hermosos de Florencia, casi intacto desde hace siglos. Lleva a la iglesita de San Leonardo in Arcetri, que guarda un púlpito medieval de mármol, y más allá a las colinas de Arcetri, donde Galileo pasó sus últimos años. En una villa de esta misma calle pasó una temporada, en 1878, el compositor Piotr Chaikovski.

    Nosotros vamos por el otro lado. Toma Via di Belvedere, la calle que corre hacia el este pegada a las murallas, con los muros almenados a tu izquierda y los olivares a tu derecha. Es bajada casi todo el rato. Al final encontrarás otra puerta, mucho más modesta.

  6. 6. Via di Belvedere y Porta San Miniato: las murallas entre olivos

    Porta San Miniato, Via di San Miniato, 50125 Firenze FI, Italy

    Acabas de bajar junto al muro más largo que le queda a Florencia, y ahora estás ante una puerta sencilla, un arco sin torre abierto en la muralla. Al otro lado del arco, las casas del barrio de San Niccolò se apiñan contra la piedra. A tu espalda, hacia el sur, el terreno sube entre cipreses.

    Estas murallas se construyeron entre finales del siglo trece y 1333, y en su tiempo rodeaban toda la ciudad: unos ocho kilómetros y medio de muro, con decenas de torres y de puertas. En la orilla norte casi todo se derribó en la década de 1860, cuando Florencia fue capital de Italia y el arquitecto Giuseppe Poggi abrió en su lugar grandes avenidas. Aquí, en la colina, el muro sobrevivió porque no estorbaba a nadie.

    Por eso Via di Belvedere es tan especial. Durante unos minutos caminas entre la muralla y los olivares, con su verde plateado que cambia de color cuando sopla el viento, y en otoño, si tienes suerte, ves las redes extendidas bajo los árboles para la cosecha. Es el campo toscano, a quinientos metros de la Signoria.

    Y estas piedras conocieron la guerra. Durante el asedio de 1529 y 1530, cuando el ejército imperial rodeó Florencia, Miguel Ángel, nombrado responsable de las fortificaciones de la república, reforzó con bastiones de tierra la colina de San Miniato, justo encima de ti, porque desde allí la artillería enemiga habría dominado la ciudad entera.

    Ahora cruza la calle y empieza a subir por Via del Monte alle Croci, una rampa empedrada que se convierte en escalinata entre cipreses. Su nombre viene de las cruces del viacrucis que la acompañaban. A mitad de camino pasarás junto a San Salvatore al Monte, una iglesia tan sencilla y elegante que, según Vasari, Miguel Ángel la llamaba su bella villanella, su bella campesina. Sigue hasta el final: arriba te espera la iglesia de mármol.

  7. 7. San Miniato al Monte: la iglesia del santo sin cabeza

    Via delle Porte Sante 34, 50125 Firenze FI, Italy

    Recupera el aliento en lo alto de la escalinata y date la vuelta antes de mirar la iglesia. Toda Florencia está ahí abajo, tejados rojos, cúpula, torres, y detrás las colinas de Fiesole. Ahora sí, gírate: una fachada de mármol blanco y verde, geométrica como un tablero, con un mosaico dorado que brilla en lo alto.

    Cuenta la leyenda que Minias, o Miniato, fue un cristiano, quizá un príncipe venido de Oriente, decapitado a orillas del Arno hacia el año 250. Y que, tras la ejecución, recogió su propia cabeza, cruzó el río y subió andando esta colina hasta la cueva donde vivía como ermitaño. Allí cayó por fin, y allí lo enterraron.

    Sobre ese lugar, en 1018, el obispo Ildebrando empezó la iglesia que ves, una de las más bellas del románico toscano. En lo alto de la fachada busca un águila de cobre dorado que aprieta un fardo de tela entre las garras: es el símbolo del gremio de Calimala, los mercaderes de paños, que pagaban el mantenimiento del templo. Dentro, el suelo de mármol tiene un zodíaco fechado en 1207, y en el ábside un Cristo en mosaico te mira desde el oro.

    Esta iglesia también vivió el asedio de 1529. Su campanario era un blanco perfecto para los cañones imperiales, y Vasari cuenta que Miguel Ángel lo protegió colgando de él colchones y fardos de lana que amortiguaban los proyectiles. Desde 1373 viven aquí monjes benedictinos olivetanos, que todavía cultivan, rezan y elaboran licores y miel, y al atardecer se les puede oír cantar en gregoriano.

    Alrededor de la iglesia se extiende el cementerio monumental de las Porte Sante, con tumbas de mármol entre cipreses. Allí está enterrado Carlo Collodi, el creador de Pinocho. Cuando te despidas, baja por la escalinata y las rampas hacia la gran explanada que ves abajo, llena de autobuses y de gente: es el balcón más famoso de Florencia.

  8. 8. Piazzale Michelangelo: el balcón de Florencia

    Piazzale Michelangelo, 50125 Firenze FI, Italy

    Acércate a la balaustrada y busca un hueco entre la gente. Delante tienes la postal: el Arno con sus puentes en fila, el Ponte Vecchio, la torre del Palazzo Vecchio, la cúpula enorme sobre los tejados, y al fondo las colinas de Fiesole. Detrás de ti, en el centro de la explanada, se alza un David de bronce verde oscuro.

    Esta explanada no tiene nada de antiguo. La diseñó el arquitecto Giuseppe Poggi a finales de la década de 1860, cuando Florencia fue durante unos años la capital del nuevo Reino de Italia, entre 1865 y 1871. La ciudad quería parecerse a París: derribó las murallas del norte, trazó avenidas, y en esta colina abrió el Viale dei Colli, una carretera panorámica entre árboles que termina en esta terraza.

    El monumento es un homenaje a Miguel Ángel: una copia en bronce del David rodeada de copias de las cuatro figuras de las tumbas de los Médici, el Día, la Noche, la Aurora y el Crepúsculo. Se instaló en 1873, y dicen que el gigante de bronce subió la cuesta arrastrado por varias parejas de bueyes. Poggi también levantó la logia que ves detrás, pensada como museo de Miguel Ángel. Nunca lo fue. Acabó convertida en café y restaurante.

    Es decir, el lugar más visitado dedicado a Miguel Ángel no tiene ni una sola obra suya. Pero a él probablemente no le habría importado: era la colina que defendió.

    Un consejo de amigo: vuelve al atardecer, cuando el sol se pone detrás de las colinas del oeste y el río se vuelve de cobre. Y si es mayo, busca justo al lado el Jardín del Iris, que solo abre en la floración, con cientos de variedades de la flor de Florencia. Ahora toma el Viale Giuseppe Poggi y baja unos pasos hacia el oeste: tras una verja, entre terrazas, te espera otro jardín, este de rosas.

  9. 9. Giardino delle Rose: rosas bajo el Piazzale

    Viale Giuseppe Poggi 2, 50125 Firenze FI, Italy

    Entra por la verja y baja las primeras terrazas: de pronto el bullicio del Piazzale se apaga y te rodean rosas de todos los colores, trepando por arcos, en arbustos, en hileras ordenadas. Y en el fondo, entre ramas, la misma vista de antes, pero para ti solo.

    El jardín forma parte del mismo proyecto de Giuseppe Poggi que el Piazzale, y abrió al público a finales del siglo diecinueve. Las terrazas aprovechan la pendiente de la colina, y en ellas se cultivan cientos de variedades de rosas, algunas antiguas y otras modernas, cada una con su cartelito. La gran explosión llega en mayo, pero hasta bien entrado el verano siempre hay alguna en flor.

    Busca entre los rosales unas figuras de bronce que parecen salidas de un cuento, de líneas suaves y redondeadas, con ese hombrecillo de sombrero que aparece en tantas de sus obras. Son del artista belga Jean-Michel Folon, pintor, ilustrador y escultor, que tuvo una relación muy estrecha con Florencia, y llegaron al jardín como donación. Colocadas entre las flores y con la ciudad de fondo, juegan con el paisaje como si formaran parte de él: te invitan a pararte, a sentarte, a mirar.

    Y en una esquina se esconde otro mundo: un pequeño jardín japonés, con piedras, agua y plantas podadas con paciencia infinita, fruto del hermanamiento entre Florencia y Kioto. Dos antiguas capitales de templos, artesanos y jardines, que se reconocen una en la otra. Siéntate un momento en silencio: aquí el ruido de los autobuses del Piazzale, a solo unos metros, parece venir de otro planeta.

    Este es un buen momento para pensar en el paisaje que has recorrido. Murallas, olivos, cipreses, conventos con huerta: las colinas del sur de Florencia se salvaron de la expansión urbana casi por milagro, y hoy están protegidas. Ahora sal por la parte baja y desciende por las rampas del Poggi, entre grutas y fuentes, hasta la torre que verás al pie de la colina, junto al río.

  10. 10. Porta San Niccolò y las Rampas del Poggi

    Piazza Giuseppe Poggi, 50125 Firenze FI, Italy

    Al final de las rampas, levanta la vista hacia la torre solitaria que se alza en medio de la plaza, casi a orillas del Arno. Es alta, delgada, de piedra parda, con un gran arco en la base. Parece un faro olvidado entre los coches.

    Es Porta San Niccolò, construida en 1324 como parte de las murallas que has seguido toda la tarde. En el siglo dieciséis, con la llegada de la artillería, las torres altas se habían vuelto un blanco demasiado fácil, y casi todas las puertas de Florencia fueron recortadas. Esta no. Protegida por la colina que tiene detrás, conservó su altura completa, y hoy es la única que se ve como la vieron los florentinos de la Edad Media.

    Las rampas por las que acabas de bajar son del mismo Giuseppe Poggi, de la década de 1870. Escaleras, terrazas, grutas artificiales y una cascada que se desliza por rocas falsas, todo pensado como una gran escenografía romántica para unir el río con el Piazzale. Era la manera del siglo diecinueve de convertir una cuesta en un paseo, y de llevar a los florentinos, de domingo, hasta la nueva terraza.

    Desde aquí el muro corría hasta el río y se cerraba con la orilla. Y en noviembre de 1966 el Arno se desbordó sobre este barrio bajo, pegado al río, que quedó bajo el agua y el barro. En los muros de estas calles quizá encuentres alguna placa con el nivel que alcanzó. Los florentinos no lo olvidan, y cada cierto tiempo el río les recuerda que sigue ahí.

    En algunos meses de verano se puede subir a lo alto de la torre por una escalera estrecha, y la vista sobre el río es estupenda. Pero ahora toca otra cosa: entra en Via di San Niccolò, la calle que sale de la plaza hacia el oeste, la del barrio más pueblerino de Florencia. A unos trescientos metros verás una iglesia con un secreto.

  11. 11. San Niccolò Oltrarno: el escondite de Miguel Ángel

    Via di San Niccolò, 50125 Firenze FI, Italy

    Detente ante la fachada sencilla de la iglesia de San Niccolò, metida entre casas en esta calle estrecha, con su campanario asomando por encima de los tejados. Alrededor, talleres, bares de barrio, gatos, bicicletas. Es el Oltrarno de siempre, el que no sale en las postales.

    Y sin embargo guarda una historia de miedo. En agosto de 1530, Florencia se rindió tras diez meses de asedio, y los Médici volvieron. Miguel Ángel, que había dirigido las fortificaciones contra ellos, sabía que su vida corría peligro. Sus biógrafos cuentan que se escondió en casa de un amigo, y la tradición del barrio asegura que ese escondite estaba aquí, en el campanario de San Niccolò, a pocos pasos de la colina que él mismo había fortificado.

    Al final no hizo falta mucho tiempo. El papa Clemente VII, un Médici, era también su cliente más importante: necesitaba que terminara las tumbas familiares de San Lorenzo. Así que lo perdonó y lo devolvió al trabajo. Miguel Ángel siguió unos años en Florencia, esculpiendo para la familia contra la que había combatido, y en 1534 se marchó a Roma para siempre.

    La iglesia también sufrió en 1966. El agua de la riada subió dentro de la nave y dañó altares y pinturas, y los restauradores trabajaron durante años para recuperarlos. Aquella catástrofe trajo a Florencia voluntarios de todo el mundo, jóvenes que sacaban libros y cuadros del barro a mano. Los florentinos los llamaron los ángeles del barro.

    Y así se cierra tu paseo: empezaste en un puente sobre el Arno y terminas a unos pasos de él, después de haber subido entre glicinas, olivos y cipreses hasta lo alto de San Miniato. Sigue Via di San Niccolò hacia el oeste y llegarás de nuevo al Ponte alle Grazie. Antes de cruzar, mira atrás, a la colina verde: ahora conoces cada uno de sus secretos.