Edimburgo georgiana: la New Town y el Calton Hill
Plazas perfectas, columnas griegas y un Partenón a medio hacer: la ciudad ilustrada que Edimburgo se dibujó a sí misma, de Charlotte Square a la Atenas del Norte
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1. Charlotte Square y la Georgian House
7 Charlotte Square, Edinburgh EH2 4DR, UK
Estás en Charlotte Square, y basta un vistazo para entender que esto es otra ciudad. Frente al laberinto de callejones de la Royal Mile, aquí todo es simetría: un jardín redondo en el centro y, alrededor, fachadas de piedra clara alineadas como soldados en un desfile. Mira sobre todo el lado norte: no parecen casas, parece un solo palacio.
Esa fachada la diseñó Robert Adam, el arquitecto escocés más famoso de su tiempo, en 1791. Murió al año siguiente, sin ver levantada ni una piedra. Pero la plaza es el final de una historia que empezó antes. A mediados del siglo XVIII el casco viejo reventaba: gente amontonada en torres de diez plantas, sin agua corriente ni alcantarillas. El alcalde George Drummond soñó con una ciudad nueva al otro lado del valle, y en 1766 un concurso lo ganó un arquitecto jovencísimo, James Craig, con poco más de veinte años y un plano de una sencillez genial: tres calles paralelas y una plaza en cada extremo.
Si entras en el número 7, la Georgian House, verás una casa amueblada tal como la habría vivido una familia acomodada hacia 1800. La compró en 1796 John Lamont, jefe del clan Lamont. Dentro están la vajilla, las cocinas del sótano y las campanillas con las que se llamaba al servicio, que vivía y trabajaba bajo tierra mientras los señores recibían arriba. La ciudad nueva también era vertical, solo que ahora las clases sociales se separaban por escaleras interiores, no por plantas de un mismo bloque.
Al lado, en el número 6, está Bute House, la residencia oficial de quien gobierna Escocia, el First Minister. Y unas puertas más allá, en el número 9, vivió en la década de 1870 Joseph Lister, el cirujano que convenció al mundo de que había que desinfectar las heridas y el quirófano. Antes de él, una operación sencilla podía matarte por infección; después, millones de personas sobrevivieron.
La plaza se llama así por la reina Charlotte, esposa de Jorge III, y la estatua ecuestre del jardín es la del príncipe Alberto, el marido de la reina Victoria. Sal por la esquina noroeste y baja hacia el norte por Glenfinlas Street y Ainslie Place, unos trescientos metros, hasta una plaza de doce lados.
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2. Moray Place: el anfiteatro de piedra
Moray Place, Edinburgh EH3 6DS, UK
Mira a tu alrededor: estás dentro de un polígono de doce lados, una especie de anfiteatro de piedra con columnas gigantes y fachadas tan solemnes que parecen ministerios. Es Moray Place, y aquí la ciudad nueva dejó de ser elegante para volverse monumental.
Cuando la primera New Town se llenó, Edimburgo siguió creciendo hacia el norte, y estos terrenos pertenecían al conde de Moray. A partir de 1822 los urbanizó con un plan del arquitecto James Gillespie Graham: una media luna, Randolph Crescent; un óvalo, Ainslie Place; y este gran polígono. Fíjate en cómo encajan: en un mapa parecen tres eslabones de una misma cadena.
El conde era exigentísimo. Las condiciones de venta fijaban cómo debía ser cada fachada hasta el último detalle, y quien compraba un solar tenía que construir exactamente lo que estaba dibujado. Nada de caprichos. Por detrás de las casas del lado norte, el terreno cae en picado hacia el río Water of Leith, y allí se reservaron unos jardines privados en terrazas de los que solo los vecinos tienen llave. Aún hoy es así.
Detrás de estas puertas vivió buena parte de la élite intelectual de la Edimburgo del siglo XIX. Uno de sus vecinos más ilustres fue Francis Jeffrey, abogado, juez y fundador de la Edinburgh Review, la revista que durante décadas decidió en Gran Bretaña qué libro valía la pena y cuál no. Una crítica publicada en ella ofendió tanto al joven Lord Byron que el poeta contestó con una sátira entera, Bardos ingleses y críticos escoceses. Imagina las veladas en esos salones, con la ciudad entera pendiente de quién había destrozado a quién en el último número.
Hay algo casi teatral en Moray Place: no tiene tiendas ni bares, y apenas pasa nadie. Es una ciudad hecha para ser contemplada. Sal por el lado este, por Darnaway Street, y sigue de frente: entrarás en Heriot Row, una larga hilera de casas frente a un jardín. Busca el número 17, a unos cuatrocientos cincuenta metros.
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3. Heriot Row: la casa de Robert Louis Stevenson
17 Heriot Row, Edinburgh EH3 6HP, UK
Camina despacio por Heriot Row y detente frente al número 17. A tu derecha, tras las rejas, se extienden los jardines privados de Queen Street; a tu izquierda, una puerta georgiana como tantas, con una placa. Aquí creció Robert Louis Stevenson, el autor de La isla del tesoro.
La familia se mudó a esta casa en 1857, cuando Louis tenía unos seis años. Era un niño enfermizo que pasaba inviernos enteros en la cama, tosiendo y con fiebre, cuidado por su niñera, Alison Cunningham, a la que llamaba Cummy, que le contaba historias de mártires covenanters y de aparecidos hasta quitarle el sueño. Desde la ventana veía pasar cada tarde al farolero que encendía las farolas de gas, y años después le dedicó un poema, The Lamplighter, en el que el niño sueña con acompañarle en su ronda.
Se dice que el estanque del jardín de enfrente fue una de las semillas de La isla del tesoro. Nadie puede probarlo, pero es fácil imaginar a un niño mirándolo durante horas desde la ventana. Lo que sí se cuenta en casa de los Stevenson es que en su habitación había un armario hecho por William Brodie, el famoso Deacon Brodie: respetable ebanista de día, ladrón de noche, ahorcado en 1788. Stevenson creció con esa doble vida en la cabeza, y en 1886 publicó El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde.
La calle misma es una lección de urbanismo. Se construyó a principios del siglo XIX y lleva el nombre de George Heriot, el joyero del rey Jacobo VI, porque estos terrenos pertenecían a la escuela benéfica que se fundó con su fortuna. Lo genial es que solo tiene casas de un lado. Enfrente, el jardín, de modo que todas las fachadas miran a los árboles, como si cada vecino tuviera un parque propio.
Stevenson vivió aquí más de veinte años, pero acabó muy lejos: murió en 1894 en Samoa, en mitad del Pacífico, buscando un clima que no le destrozara los pulmones. Sigue por Heriot Row y, en el primer cruce grande, gira a la derecha. Ojo, que ahora toca subir: unos trescientos metros cuesta arriba hasta George Street.
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4. George Street y las Assembly Rooms
54 George Street, Edinburgh EH2 2LR, UK
Estás en George Street, la columna vertebral de la New Town: una calle anchísima, trazada sobre la cresta de la colina para que los carruajes pudieran girar sin maniobras y para que, al mirar por cada calle transversal, apareciera el paisaje. Fíjate: hacia un lado, el casco viejo; hacia el otro, a lo lejos, el mar.
El plano de James Craig es un manifiesto político en piedra. Se dibujó dos décadas después de la última rebelión jacobita, y todo en él grita lealtad a la casa de Hannover. La calle principal se llama George por Jorge III; las dos plazas iban a ser St Andrew y St George, por los patrones de Escocia e Inglaterra, aunque la segunda acabó llamándose Charlotte. Y las callejuelas paralelas, Thistle Street y Rose Street, el cardo y la rosa: la unión de los dos reinos hasta en los callejones.
Delante tienes las Assembly Rooms, inauguradas en 1787 para los bailes y reuniones de la buena sociedad. Aquí, en 1827, durante una cena benéfica, Walter Scott admitió por fin en público lo que media Escocia sospechaba: que era el autor anónimo de las novelas de Waverley. Llevaba trece años sin reconocerlo. Hoy estos salones viven su mejor momento cada agosto, cuando el Fringe llena la calle de teatro y comedia.
Unos metros al este, en el cruce con Hanover Street, verás la estatua de Jorge IV. Recuerda la visita que hizo en 1822, la primera de un rey a Escocia en casi dos siglos. Walter Scott organizó el espectáculo y llenó la ciudad de tartanes, clanes y gaitas. El rey, que era bastante corpulento, apareció con falda escocesa y, según contaron con malicia los cronistas, unas medias rosas para taparse las piernas. Aquella visita ayudó a convertir el tartán en el símbolo nacional que hoy conoces.
Y un poco más allá, en la iglesia de St Andrew and St George, en 1843 cientos de ministros abandonaron la asamblea de la Iglesia de Escocia para fundar su propia iglesia libre: la Disrupción, la gran ruptura religiosa del siglo. Baja ahora por Hanover Street hasta Princes Street, gira a la izquierda y busca una aguja gótica oscura, como un cohete de piedra. Son unos trescientos metros cuesta abajo.
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5. Monumento a Scott y Princes Street
East Princes Street Gardens, Edinburgh EH2 2EJ, UK
Levanta la vista: tienes delante una aguja gótica de más de sesenta metros, tallada como el pináculo de una catedral que nunca llegó a existir, y ennegrecida por más de siglo y medio de humo. Es el Monumento a Scott, uno de los mayores monumentos del mundo dedicados a un escritor.
Su historia arranca con un concurso que ganó, en 1838, alguien que nadie esperaba: George Meikle Kemp, un carpintero y dibujante autodidacta que había recorrido a pie media Escocia estudiando abadías góticas. Presentó el proyecto con un nombre falso, temiendo que su falta de títulos le descalificara. Y su final es trágico: en 1844, una noche de niebla, Kemp cayó al canal de la Unión y se ahogó, sin ver terminada su obra.
Mira la base: bajo el arco, sentado en mármol blanco de Carrara, está Walter Scott con un libro, y a sus pies su perro Maida. Alrededor, en las hornacinas, decenas de personajes de sus novelas. Si tienes buenas piernas, puedes subir los 287 escalones hasta lo alto, cada vez más estrechos. Escocia le debe mucho a Scott: con sus novelas inventó una imagen del país, romántica, de clanes y castillos, que todavía vende postales.
Y mira a tu alrededor, porque Princes Street es una rareza: una gran avenida con edificios solo en un lado. Donde ahora hay jardines y vías de tren, en el valle, hubo un lago, el Nor' Loch, sucio y maloliente, que empezó a desecarse en 1759. Los vecinos de la New Town pelearon en los tribunales para que nadie construyera al otro lado y les tapara la vista del castillo, y ganaron. La estación de ahí abajo se llama Waverley, como la primera novela de Scott: quizá la única gran estación del mundo con nombre de novela.
Enfrente queda el edificio de los antiguos almacenes Jenners, fundados en 1838 y cerrados en 2020, y hacia el este, la torre del reloj del hotel Balmoral, que va siempre tres minutos adelantado para que nadie pierda el tren... salvo en Nochevieja. Cruza Princes Street con cuidado y sube por St Andrew Street hasta la plaza con una columna altísima en el centro.
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6. St Andrew Square y la columna de Melville
St Andrew Square, Edinburgh EH2 2AD, UK
En el centro de St Andrew Square se alza una columna estriada de más de cuarenta metros, y en lo alto, tan arriba que casi no se distingue, un hombre de piedra envuelto en una toga. Es Henry Dundas, primer vizconde Melville, y durante años fue uno de los hombres más poderosos del imperio británico.
Lo llamaban el rey sin corona de Escocia. Controlaba desde Londres los nombramientos, los votos y los cargos del país, y fue ministro del Interior, de la Guerra y responsable de la Marina. Sus amigos le levantaron esta columna, inspirada en la de Trajano en Roma, entre 1821 y 1823, y la estatua llegó después. Fue tan admirado como odiado: en 1806 se convirtió en el último político británico sometido a un impeachment, acusado de malversar fondos de la Marina. Le absolvieron.
Pero hay una sombra más larga. En 1792, cuando la Cámara de los Comunes debatía abolir la trata de esclavos, Dundas introdujo una palabra en la propuesta: gradualmente. Aquella enmienda retrasó la abolición, que no llegó hasta 1807, y en esos años muchos miles de africanos más fueron arrancados de su tierra. Hoy, al pie de la columna, una placa nueva lo cuenta abiertamente, fruto de un debate que estalló en 2020 y que todavía divide opiniones en la ciudad.
Ahora gira hacia el lado este de la plaza. Ese palacete con un jardín delante es Dundas House, y tiene una historia de puro descaro. El plano de Craig reservaba ese solar para una iglesia, pero sir Lawrence Dundas, un hombre riquísimo gracias a los contratos de suministro del ejército, se hizo con él y en 1774 construyó allí su mansión. La iglesia tuvo que irse a George Street. Desde el siglo XIX la casa es sede del Royal Bank of Scotland, y su sala de operaciones tiene una cúpula salpicada de estrellas.
Sal por el lado norte de la plaza y sigue un poco más, hasta Queen Street. A la derecha verás un palacio neogótico de piedra roja que desentona con todo lo que has visto hasta ahora. Esa es la siguiente parada.
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7. Galería Nacional de Retratos de Escocia
1 Queen Street, Edinburgh EH2 1JD, UK
Mira esta fachada de arenisca roja, cuajada de pináculos, arcos y estatuas: en una ciudad georgiana de piedra color miel, parece llegada de otro siglo. Es la Galería Nacional de Retratos de Escocia, y ese contraste es exactamente lo que buscaba su arquitecto.
La diseñó Robert Rowand Anderson y abrió sus puertas en 1889. Fue el primer edificio del mundo construido expresamente para ser una galería de retratos. Y no lo pagó el gobierno: lo pagó John Ritchie Findlay, propietario del periódico The Scotsman, que quería que Escocia tuviera un lugar donde mirarse la cara, de los reyes a los poetas, de los científicos a los reformadores.
Recorre con la mirada las hornacinas de la fachada: están ocupadas por figuras de la historia escocesa, como si el edificio te enseñara el índice de lo que guarda dentro. Y dentro, en el gran vestíbulo, levanta los ojos: un friso pintado recorre las paredes con una procesión de escoceses ilustres, desde los tiempos más remotos hasta la época victoriana, bajo un techo cubierto de estrellas.
Aquí cuelga uno de los retratos más famosos de Escocia: Robert Burns, pintado por su amigo Alexander Nasmyth. También está María Estuardo, a la que ya conocerás si has paseado por la Royal Mile, y los rostros de quienes construyeron la ciudad que estás recorriendo: arquitectos, filósofos, médicos de la Ilustración. En el siglo XVIII Edimburgo tenía tantas cabezas brillantes por metro cuadrado que, según se cuenta, un visitante inglés presumía de poder estrechar la mano de cincuenta genios en pocos minutos sin moverse de la cruz del mercado.
El edificio se restauró a fondo y reabrió en 2011, recuperando la luz original de sus salas. Ahora vuelve hacia St Andrew Square, bájala por su lado este hasta Princes Street y busca un edificio con cúpula y una estatua ecuestre delante. Son unos trescientos metros.
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8. General Register House y el duque de Wellington
2 Princes Street, Edinburgh EH1 3YY, UK
Delante de ti, un duque monta un caballo encabritado, y detrás se alza un edificio sereno de piedra clara con una cúpula baja en el centro. El jinete es el duque de Wellington, vencedor de Waterloo; el edificio es General Register House, uno de los primeros archivos del mundo construidos expresamente para serlo.
Lo diseñó Robert Adam, el mismo de Charlotte Square, y las obras empezaron en 1774. ¿Y quién lo pagó? En buena parte, los jacobitas derrotados: se usó dinero de las fincas confiscadas a los nobles que habían apoyado al príncipe Carlos Eduardo en 1745. Una forma muy elegante de recordar quién mandaba ahora.
Hasta entonces, los documentos de Escocia se amontonaban en sótanos húmedos del casco viejo, y muchos se habían perdido. Adam los protegió con muros gruesos y salas abovedadas, y en el centro, bajo esa cúpula, levantó una gran sala circular inspirada en el Panteón de Roma. Hoy guarda los Archivos Nacionales de Escocia, con tesoros como la Declaración de Arbroath de 1320, la carta en la que los nobles escoceses le dijeron al papa que, mientras quedaran cien de ellos con vida, nunca se someterían a Inglaterra.
Mira ahora a tu espalda: el gran hotel con torre del reloj es el Balmoral, que abrió en 1902 como hotel del ferrocarril, encima de la estación. Su reloj, como ya sabes, va adelantado. Y en una de sus habitaciones, en 2007, J. K. Rowling terminó el último libro de Harry Potter; dicen que dejó su firma escrita en un busto de mármol de la habitación.
Desde aquí, la calle se convierte en Waterloo Place, que lleva el nombre de la batalla, y salva un valle sobre el Regent Bridge, terminado en 1819. Camina hacia el este unos doscientos metros; al otro lado del puente, a la derecha, cruza la verja de un viejo cementerio en cuesta.
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9. Old Calton Burial Ground: la tumba de David Hume
Waterloo Place, Edinburgh EH1 3BQ, UK
Entra en el cementerio y busca la torre redonda y achaparrada que destaca nada más pasar la verja, como un castillo de juguete. No es una torre: es una tumba. Dentro descansa David Hume, el filósofo más importante que ha dado Escocia y uno de los más influyentes de la historia.
Hume dudaba de casi todo: de los milagros, de la causalidad, de la idea misma de un yo permanente. Para la Edimburgo devota del siglo XVIII era un escándalo con peluca. Y sin embargo era el hombre más amable de la ciudad, al que en París llamaban le bon David. Murió en 1776, sereno, bromeando con sus amigos sobre las excusas que le pondría a Caronte para retrasar el viaje. El mausoleo lo diseñó su amigo Robert Adam.
Cuenta la leyenda que, tras el entierro, la gente se agolpaba aquí convencida de que el diablo vendría a llevarse el alma del ateo, y que sus amigos montaron guardia junto a la tumba varias noches, con velas y pistolas. Otra historia dice que, cuando vivía en la New Town, una muchacha escribió con tiza en la esquina de su calle San David, por burla, y que él respondió que hombres mucho mejores que él habían sido hechos santos. Hoy esa calle se llama St David Street.
Cerca verás un obelisco altísimo. Recuerda a los Mártires Políticos, Thomas Muir y sus compañeros, que en 1793 y 1794 pidieron reformas y un voto más justo, y fueron condenados por sedición y deportados a Australia. Y junto a él, una sorpresa: una estatua de Abraham Lincoln, de 1893, en honor a los soldados escoceses que lucharon en la guerra civil estadounidense. Se dice que es la primera estatua de un presidente de Estados Unidos fuera de su país.
Sal de nuevo a Waterloo Place y busca, un poco más adelante en la acera de la izquierda, unas escaleras que suben por la ladera. Te toca trepar un buen rato: arriba está el Calton Hill, y la recompensa vale cada escalón.
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10. Monumento a Dugald Stewart: la vista de las postales
Calton Hill, Edinburgh EH7 5AA, UK
Recupera el aliento junto a este templete redondo de columnas y date la vuelta: delante tienes la vista más famosa de Edimburgo. El castillo sobre su roca, la aguja del Monumento a Scott, la torre del reloj del Balmoral, y Princes Street alargándose hacia el oeste. Es la foto de todas las postales, y ahora sabes la historia de cada pieza.
El templete es el monumento a Dugald Stewart, levantado en 1831 por William Henry Playfair a imitación de un pequeño monumento de la Atenas clásica, el de Lisícrates. Stewart era profesor de filosofía moral en la universidad, y sus clases eran tan célebres que venían a escucharle jóvenes de toda Gran Bretaña, de Europa y de América. Entre sus alumnos estuvo un futuro primer ministro británico, lord Palmerston.
¿Por qué un templo griego en una colina escocesa? Porque a principios del siglo XIX Edimburgo se veía a sí misma como la nueva Atenas: una ciudad de filósofos, científicos y críticos, con su acrópolis, esta colina, y su puerto, Leith, como el Pireo. La llamaron la Atenas del Norte, y Playfair y sus colegas se tomaron el apodo al pie de la letra, llenando la ciudad de columnas y frontones.
Justo detrás tienes otro edificio de Playfair, el Observatorio de la ciudad, de 1818, con planta de cruz griega y una cúpula en el centro. Los astrónomos acabaron marchándose porque el humo de la ciudad no les dejaba ver las estrellas, y se trasladaron a otra colina, más al sur. Hoy el recinto es un centro de arte contemporáneo, y uno de los mejores lugares para ver caer la tarde sobre la ciudad.
Fíjate también, hacia el este, en una torre que parece un catalejo puesto del revés y en una hilera de columnas griegas que no sostienen nada. Allí termina este paseo, a unos ciento cincuenta metros por la cima de la colina.
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11. Monumento Nacional y Monumento a Nelson
Calton Hill, Edinburgh EH7 5AA, UK
Camina entre estas doce columnas enormes de piedra gris y mira cómo terminan de golpe: sin tejado, sin paredes, sin nada detrás. Es el Monumento Nacional de Escocia, y tenía que ser una copia del Partenón de Atenas.
Se ideó para honrar a los soldados y marinos escoceses muertos en las guerras contra Napoleón. La primera piedra se colocó en 1822, durante aquella visita de Jorge IV que recordaste en George Street, y las obras arrancaron en 1826 con los planos de Charles Cockerell y William Playfair. Pero cada columna costaba una fortuna, la suscripción popular se quedó muy lejos de lo previsto, y en 1829 el dinero se acabó.
Durante años lo llamaron la vergüenza de Escocia, o la locura de Edimburgo. Hoy los vecinos le han cogido cariño: los niños trepan por sus escalones, los turistas se hacen fotos entre las columnas, y la noche del 30 de abril la colina suele arder con el festival de Beltane. Quizá sea el monumento más honesto de la ciudad: recuerda que hasta la Atenas del Norte tenía sus límites.
A unos pasos, la torre con forma de catalejo invertido es el monumento a Nelson, terminado en 1816 en homenaje al almirante que murió en Trafalgar, la batalla en la que cayeron las flotas española y francesa frente al cabo de Trafalgar, cerca de Cádiz. En lo alto hay una bola blanca que baja cada día a la una en punto, y desde 1861 coincide con el cañonazo del castillo: así los capitanes de los barcos del puerto de Leith, que veían caer la bola u oían el disparo, ponían en hora sus cronómetros.
Y desde aquí, mira atrás: el casco viejo apretado sobre su cresta, la ciudad nueva en su cuadrícula perfecta, y entre ambas el valle donde hubo un lago. Edimburgo se dibujó a sí misma dos veces, una por necesidad y otra por ambición, y en ningún sitio se entiende mejor que en esta colina. Quédate un rato... aquí termina nuestro paseo.