Berlín del Reichstag al Tiergarten: cúpulas, memoriales y la plaza que volvió de la nada

Del parlamento de cristal de Berlín a la Columna de la Victoria y la Potsdamer Platz: un siglo de incendios, guerras, muros y renacimientos a través del gran parque de la ciudad

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  1. 1. El Reichstag y su cúpula de cristal

    Platz der Republik 1, 11011 Berlin, Germany

    Delante de ti se alza un palacio de piedra gris con cuatro torres en las esquinas y, encima, una cúpula de cristal que brilla como una lámpara encendida en pleno día. Sobre las columnas de la entrada, en letras de bronce, se lee Dem deutschen Volke: al pueblo alemán. Es el Reichstag, y pocas fachadas de Europa han visto tanto en tan poco tiempo.

    Lo construyó el arquitecto Paul Wallot entre 1884 y 1894, para un parlamento imperial que el propio emperador miraba con desdén; se cuenta que Guillermo II lo llamaba la casa imperial de los monos. La famosa dedicatoria no llegó hasta 1916, en plena Primera Guerra Mundial, porque en palacio parecía demasiado democrática. Las letras salieron de la fundición de una familia judía berlinesa, los Loevy... un detalle que la historia posterior volvería amargo.

    La noche del 27 de febrero de 1933, apenas cuatro semanas después de que Hitler fuera nombrado canciller, el edificio ardió. Dentro detuvieron a un joven comunista neerlandés, Marinus van der Lubbe, y al día siguiente un decreto de emergencia suspendió los derechos fundamentales. Quién estuvo realmente detrás del fuego todavía se discute; lo indiscutible es que los nazis lo usaron para aplastar a toda la oposición. Doce años después, en la primavera de 1945, soldados soviéticos tomaron el edificio en ruinas y escribieron sus nombres en las paredes, en cirílico, con carbón y tiza.

    Esos grafitis siguen ahí dentro. Cuando el arquitecto británico Norman Foster rehízo el interior en los años noventa, se decidió conservarlos como cicatrices a la vista. Antes, en el verano de 1995, los artistas Christo y Jeanne-Claude envolvieron el Reichstag entero en tela plateada durante dos semanas, y millones de personas vinieron a ver un parlamento convertido en regalo. En 1999 el Bundestag volvió a reunirse aquí, bajo la cúpula nueva.

    Esa cúpula es la clave de todo. Una rampa en espiral sube por dentro, y en el centro un cono cubierto de 360 espejos lanza la luz del día hacia el salón de plenos. La idea es tan sencilla como poderosa: los ciudadanos caminan literalmente por encima de sus diputados y pueden mirarles por encima del hombro. Ahora rodea el edificio hacia el sur y cruza la calle: entre los árboles te espera un pequeño claro donde el agua guarda silencio.

  2. 2. Memorial a los sinti y romaníes asesinados

    Simsonweg, 10557 Berlin, Germany

    Entra en este pequeño claro rodeado de árboles y paneles de cristal, y baja la voz. Ante ti hay un estanque redondo, oscuro como un espejo negro, y en el centro una piedra triangular sobre la que descansa una sola flor fresca. Si prestas atención, quizá oigas una nota larga y baja de violín.

    Es el Memorial a los sinti y romaníes de Europa asesinados bajo el nacionalsocialismo, inaugurado en octubre de 2012 y diseñado por el artista israelí Dani Karavan. Los historiadores calculan que hasta medio millón de personas de estos pueblos fueron asesinadas en la Europa ocupada: en guetos, en los fusilamientos masivos del Este, en Auschwitz-Birkenau, donde existía un recinto que los nazis llamaban campo gitano. En romaní este genocidio tiene nombre propio: Porajmos, o Samudaripen.

    Fíjate en la piedra triangular. El triángulo recuerda el distintivo que llevaban los prisioneros en los campos. Cada día la piedra se hunde bajo el agua y vuelve a emerger con una flor nueva. Es un gesto mínimo, casi doméstico, y precisamente por eso conmueve: el recuerdo aquí no es un héroe de bronce, sino un cuidado que alguien tiene que repetir todos los días. En el borde del estanque corre, en letras de metal, el poema Auschwitz del autor romaní italiano Santino Spinelli.

    El reconocimiento llegó tarde, terriblemente tarde. Durante décadas, en la Alemania de posguerra, muchas oficinas y tribunales trataron la persecución de sinti y romaníes como una medida policial contra la delincuencia y no como persecución racial, y las indemnizaciones se negaron o se retrasaron. Solo en 1982 el canciller Helmut Schmidt reconoció oficialmente el genocidio. Los paneles de cristal que rodean el claro cuentan esa cronología, desde las primeras leyes discriminatorias hasta las deportaciones.

    Y fíjate en la ubicación: a un lado el Reichstag, al otro la Puerta de Brandeburgo. El memorial no está escondido en una periferia, sino en el corazón simbólico del Estado. Cuando hace pocos años se planeó una obra ferroviaria que podía afectar al claro, la comunidad sinti y romaní protestó con fuerza... recordar también significa defender el lugar del recuerdo. Sal ahora hacia el oeste, hasta la ancha avenida Straße des 17. Juni, y busca una columnata con un soldado de bronce.

  3. 3. Memorial Soviético del Tiergarten

    Straße des 17. Juni, 10557 Berlin, Germany

    Camina por la acera de la Straße des 17. Juni y de pronto aparece, casi incongruente en medio del verde, una columnata curva de piedra rojiza coronada por un soldado de bronce con el fusil al hombro. Delante, sobre pedestales, dos tanques T-34 y dos cañones apuntan hacia la avenida.

    Es el Memorial Soviético del Tiergarten, inaugurado el 11 de noviembre de 1945, apenas seis meses después del final de la guerra en Europa. No es solo un monumento: detrás de la columnata están enterrados más de dos mil soldados del Ejército Rojo caídos en la batalla de Berlín. Aquella batalla, entre abril y mayo de 1945, costó la vida a decenas de miles de soldados soviéticos y a un número enorme de civiles berlineses.

    Una historia muy repetida en Berlín cuenta que parte de la piedra procede de las ruinas de la Nueva Cancillería de Hitler, que estaba a muy poca distancia. Sea cierta en cada bloque o no, la imagen es poderosa: el material del poder vencido convertido en tumba de los vencedores. También se dice que los dos tanques estuvieron entre los primeros en entrar en la ciudad... de nuevo, más leyenda que documento.

    Ahora la paradoja de la Guerra Fría. Este memorial soviético quedó dentro del sector británico, es decir, en Berlín Occidental. Durante décadas, una guardia de honor soviética venía desde el Este para custodiarlo, rodeada de un mundo que no era el suyo. En 1970 un extremista de derechas disparó contra uno de los centinelas y lo hirió, y desde entonces fueron los soldados británicos quienes protegieron a los guardias soviéticos. Los turistas occidentales fotografiaban a aquellos muchachos inmóviles como si fueran parte del decorado.

    Fíjate en el nombre de la avenida. Se llama Straße des 17. Juni por el levantamiento obrero de 1953 en Berlín Oriental, aplastado precisamente por tanques soviéticos. Dos memorias enfrentadas a pocos metros: los libertadores de 1945 y los represores de 1953, a veces el mismo ejército. Berlín no elige una sola versión; las deja convivir, incómodas, una al lado de la otra. Ahora camina hacia el norte, deja el Reichstag a tu derecha y busca un enorme edificio blanco junto al río Spree.

  4. 4. La Cancillería Federal y el Spreebogen

    Willy-Brandt-Straße 1, 10557 Berlin, Germany

    Delante de ti se abre un patio de honor flanqueado por dos alas bajas, y al fondo un cubo blanco con un enorme círculo recortado en la fachada, como el ojo de una lavadora gigante. Los berlineses, que no dejan pasar una, lo llaman exactamente así: die Waschmaschine, la lavadora.

    Es la Cancillería Federal, el despacho del jefe de gobierno alemán, obra de los arquitectos Axel Schultes y Charlotte Frank, terminada en 2001. Helmut Kohl la impulsó, pero nunca gobernó desde aquí; el primer inquilino fue Gerhard Schröder. Por eso circuló otro mote, el Kohlosseum. Se repite a menudo que es varias veces más grande que la Casa Blanca, y basta mirar la longitud de sus alas para creérselo.

    Ahora busca en el patio una escultura de acero oxidado: dos brazos enormes que se buscan sin llegar a tocarse. Se titula Berlin y es obra del vasco Eduardo Chillida, del año 2000. Dos manos de hierro que casi se encuentran: no hay forma más sencilla de contar una ciudad partida en dos y cosida después. Un escultor de San Sebastián resumiendo Berlín frente a la puerta del canciller... a los berlineses les encanta ese detalle.

    Pero la verdadera obra solo se entiende desde el aire. La Cancillería forma parte del llamado Band des Bundes, la cinta de la Federación: una larga franja de edificios que corre de oeste a este a través del meandro del Spree, el Spreebogen, y cruza el río dos veces. En su extremo oriental salta sobre el agua justo por donde pasaba la frontera entre los dos Berlines. Los arquitectos quisieron atar las dos orillas, las dos mitades, con una línea de hormigón y cristal.

    Y un último detalle. En esta misma curva del río, el régimen nazi planeaba levantar la Gran Sala de su capital soñada, Germania: una cúpula gigantesca para más de ciento cincuenta mil personas. Nunca se construyó. Hoy, en su lugar, hay un césped donde los berlineses toman el sol y un edificio de gobierno con paredes de cristal. Sigue ahora el paseo junto al río hacia el oeste y verás un tejado curvo que parece una ostra a punto de abrirse.

  5. 5. Haus der Kulturen der Welt, la ostra embarazada

    John-Foster-Dulles-Allee 10, 10557 Berlin, Germany

    Ante ti, al final de un largo estanque, flota un tejado blanco de curvas imposibles, levantado hacia el cielo como una concha. En el agua reposa una gran escultura de bronce de Henry Moore, dos formas que parecen las alas de una mariposa. Los berlineses bautizaron este edificio con su crueldad cariñosa habitual: die schwangere Auster, la ostra embarazada.

    Hoy es la Haus der Kulturen der Welt, la Casa de las Culturas del Mundo, pero nació en 1957 como Kongresshalle, un regalo de Estados Unidos a Berlín Occidental con motivo de la gran exposición internacional de arquitectura, la Interbau. Lo diseñó el estadounidense Hugh Stubbins, y no era un regalo inocente. En plena Guerra Fría, a la vista del sector oriental, tenía que ser un escaparate de libertad, de debate abierto y de modernidad occidental.

    La audacia tuvo un precio. El 21 de mayo de 1980 una parte del tejado se desplomó de repente. Murió una persona y varias resultaron heridas. Las investigaciones apuntaron a la corrosión de los elementos de acero que sostenían la cubierta, un fallo de ejecución y mantenimiento más que de la idea original. Berlín decidió reconstruirla, y la ostra volvió a abrirse en 1987, a tiempo para el 750 aniversario de la ciudad.

    Hay más historia escondida en este rincón del parque. Muy cerca de aquí, en la antigua calle In den Zelten, el médico Magnus Hirschfeld fundó en 1919 su Instituto de Ciencia Sexual, uno de los primeros lugares del mundo que defendió a homosexuales y personas trans. En mayo de 1933 estudiantes nazis lo saquearon, y sus libros acabaron en la hoguera de la plaza de la Ópera. Hoy la orilla del Spree junto a la Cancillería lleva su nombre.

    Un poco más al este asoma entre los árboles una torre negra de granito: es el Carillon, con sesenta y ocho campanas, regalado a la ciudad para ese mismo aniversario de 1987. En verano, a veces, sus conciertos se oyen por todo el parque. Ahora camina hacia el suroeste, entre los árboles, hasta una gran pradera abierta: parece el lugar más tranquilo del paseo.

  6. 6. Zeltenplatz: la pradera de las tiendas

    Zeltenplatz, John-Foster-Dulles-Allee, 10557 Berlin, Germany

    Sal a esta pradera abierta y date una vuelta sobre ti mismo: hierba, robles y castaños, ciclistas que pasan, alguna pelota de fútbol olvidada. Parece el rincón más tranquilo y menos histórico de todo el paseo. Pues es justo al revés.

    Este lugar se llama Zeltenplatz, la plaza de las tiendas, y el nombre viene del siglo XVIII. En tiempos de Federico el Grande se permitió a unos comerciantes, según la tradición hugonotes de origen francés, montar aquí tiendas de lona para vender refrescos a quienes paseaban por el Tiergarten. Las lonas se convirtieron en pabellones, los pabellones en grandes cervecerías y salones de baile, y In den Zelten, en las tiendas, pasó a ser el destino de moda de los domingos berlineses.

    Y donde hay gente reunida, tarde o temprano hay política. En marzo de 1848, cuando la revolución recorría Europa de París a Viena, miles de berlineses se congregaron aquí en asambleas populares para exigir libertad de prensa, derecho de reunión y una constitución. Pocos días después hubo barricadas y muertos en las calles del centro. Esta pradera tan inocente fue uno de los lugares donde Berlín aprendió a hablar en voz alta.

    Todo esto ocurría dentro de un antiguo coto de caza. Tiergarten significa literalmente jardín de animales: desde el siglo XVI los príncipes electores de Brandeburgo cazaban aquí ciervos y jabalíes, en un bosque cercado a las puertas de la ciudad. Fue Federico el Grande quien, en el siglo XVIII, encargó a su arquitecto Knobelsdorff transformarlo en un parque de paseo, con avenidas, setos y estatuas. Del coto real nació el gran salón verde de los berlineses.

    Cierra los ojos un momento e imagina el olor a cerveza y a salchichas, la música de una orquesta, los carruajes, los discursos de 1848... y luego, siglos después, solo el viento entre la hierba. Berlín tiene esa costumbre: borra los decorados y deja los nombres. Ahora sigue hacia el oeste por los caminos del parque hasta ver aparecer, tras una verja, un palacio blanco: allí trabaja el presidente de Alemania.

  7. 7. Schloss Bellevue, la casa del presidente

    Spreeweg 1, 10557 Berlin, Germany

    A través de la verja ves un palacio blanco de tres alas que abrazan un patio de honor, con columnas en el cuerpo central y un tejado sereno. Mira el mástil: si ondea el estandarte con el águila, el presidente de la República Federal está en Berlín.

    Es el Schloss Bellevue, construido en 1786 para el príncipe Augusto Fernando de Prusia, el hermano menor de Federico el Grande. Su arquitecto, Philipp Daniel Boumann, lo levantó en un estilo clásico y contenido, y suele decirse que fue el primer edificio neoclásico de Alemania. El nombre es francés, bella vista, porque desde sus ventanas se dominaba el Spree... y porque en la corte prusiana del siglo XVIII se hablaba francés con más gusto que alemán.

    Su historia no siempre fue tan serena. En la época nazi el palacio se convirtió en casa de huéspedes del Reich, y en noviembre de 1940 se alojó en él Viacheslav Mólotov, el ministro de Exteriores soviético, cuando Hitler y Stalin todavía eran aliados. Siete meses después, Alemania invadía la Unión Soviética. Las bombas dejaron el edificio muy dañado, y se restauró en los años cincuenta.

    La República de Bonn lo eligió como sede berlinesa del jefe del Estado en 1959, cuando la capital aún estaba a orillas del Rin y Berlín Occidental era una isla rodeada por la RDA. Desde 1994 es la residencia oficial principal del presidente: fue de las primeras instituciones federales en instalarse en Berlín tras la reunificación. Junto al palacio, en el parque, se alza un edificio elíptico de piedra oscura de 1998, la oficina presidencial, que los berlineses llaman el huevo del presidente.

    Lo curioso es que el presidente alemán tiene poco poder ejecutivo: firma las leyes, propone al canciller, recibe a reyes y jefes de Estado. Su arma principal es la palabra, y algunos discursos presidenciales han cambiado la manera en que Alemania se mira a sí misma. Ahora camina hacia el sur por el Spreeweg hasta la gran rotonda donde una mujer dorada vigila la ciudad desde lo alto.

  8. 8. Gran Estrella y Columna de la Victoria

    Großer Stern 1, 10557 Berlin, Germany

    Estás en el Großer Stern, la Gran Estrella donde confluyen cinco avenidas, y en el centro se alza una columna de casi setenta metros coronada por una figura dorada con alas, una corona de laurel en la mano y un estandarte en la otra.

    Es la Columna de la Victoria, la Siegessäule, inaugurada en 1873. Celebra tres guerras ganadas por Prusia en menos de una década: contra Dinamarca en 1864, contra Austria en 1866 y contra Francia en 1870 y 1871, la guerra que dio nacimiento al Imperio alemán. Fíjate en las estrías de la columna: están decoradas con cañones tomados al enemigo y dorados como trofeos. Una columna hecha, literalmente, con las armas de los vencidos.

    La figura de arriba es Victoria, obra del escultor Friedrich Drake, de más de ocho metros de altura y unas treinta y cinco toneladas de bronce dorado. Los berlineses, irreverentes como siempre, la bautizaron Goldelse, la Elsa dorada. Y no estaba aquí: la columna se levantó primero delante del Reichstag. En 1938 y 1939 los nazis la trasladaron a este cruce, como parte del gran eje monumental de su futura capital Germania, y le añadieron un tambor más para hacerla todavía más alta.

    Luego llegó el cine. En 1987 Wim Wenders sentó a sus ángeles sobre los hombros de la Victoria en El cielo sobre Berlín, observando una ciudad partida desde lo alto. En 2008, un candidato llamado Barack Obama habló a sus pies ante unas doscientas mil personas. Y durante años la Love Parade, el gran desfile de música tecno, convirtió esta rotonda en una pista de baile para cientos de miles de personas.

    Si tienes piernas y ganas, por dentro una escalera de caracol de 285 escalones sube hasta un mirador bajo los pies de la diosa. Desde allí, el Tiergarten parece un mar verde y entiendes por qué las avenidas son tan rectas: fueron trazadas para impresionar. Ahora cruza la rotonda por los pasos subterráneos y toma el Großer Weg hacia el sureste, adentrándote en lo más hondo del parque.

  9. 9. La isla de Rousseau y el bosque que se convirtió en leña

    Großer Weg, 10557 Berlin, Germany

    Detente junto a este estanque tranquilo, con patos y sauces, y busca en la islita una columna sencilla de piedra rematada por una urna. Pocos visitantes llegan hasta aquí, y casi ninguno sabe a quién está dedicada.

    Es la isla de Rousseau, la Rousseauinsel, un homenaje al filósofo ginebrino Jean-Jacques Rousseau creado a finales del siglo XVIII. Imita la isla de los Álamos de Ermenonville, al norte de París, donde Rousseau fue enterrado en 1778, entre el agua y los árboles. En plena Ilustración, los jardines sentimentales a la inglesa se llenaron de guiños como este: el paseante debía detenerse, emocionarse y pensar en la naturaleza.

    En la década de 1830, el gran paisajista Peter Joseph Lenné rediseñó el Tiergarten y le dio la forma que, en esencia, todavía ves: caminos curvos, estanques, arroyos, claros que se abren de repente detrás de un grupo de árboles. Era un parque pensado para todos, no solo para la corte. Los berlineses lo adoptaron como su salón al aire libre, con coches de caballos, parejas de enamorados y niñeras empujando cochecitos.

    Y entonces llegó 1945. Tras la batalla de Berlín, el parque era un paisaje de cráteres. En los terribles inviernos de la posguerra, sin carbón ni calefacción, los berlineses talaron casi todos los árboles para hacer leña y convirtieron los claros en huertos de patatas y verduras. Del viejo bosque quedó muy poco en pie. Cuentan quienes lo vivieron que desde el centro del parque se veía la Puerta de Brandeburgo a lo lejos, sin nada en medio.

    La replantación empezó en 1949, cuando el alcalde Ernst Reuter plantó un tilo simbólico, y llegaron árboles jóvenes donados desde ciudades de toda Alemania Occidental. Así que casi todo lo que te rodea, por viejo y majestuoso que parezca, tiene menos de ochenta años. Un bosque que parece eterno y es, en realidad, un acto de voluntad colectiva. Sigue ahora los senderos hacia el este, hasta una isla llena de flores dedicada a una reina.

  10. 10. La isla de la reina Luisa

    Ahornsteig, Großer Tiergarten, 10785 Berlin, Germany

    Cruza el puentecito y entra en un pequeño jardín de flores rodeado de agua: parterres de colores, bancos, setos recortados y, en el centro, una estatua de mármol blanco de una mujer joven con un vestido largo. Es la reina Luisa de Prusia, y en primavera la isla entera parece un ramo.

    Luisa de Mecklemburgo-Strelitz se casó en 1793 con el futuro rey Federico Guillermo III y se convirtió en la reina más querida de la historia prusiana. Era joven, espontánea, cercana con la gente, rompía el protocolo. Y su leyenda creció con la catástrofe: en 1806 Napoleón aplastó al ejército prusiano, entró en Berlín y la familia real tuvo que huir hasta el extremo oriental del reino.

    La escena más famosa ocurrió en Tilsit, en 1807. Luisa pidió reunirse con Napoleón para suplicar condiciones de paz más suaves para su país. El emperador la recibió, fue cortés, la elogió... y no le concedió casi nada. Pero aquel gesto de una reina que se humilla para salvar a su pueblo la convirtió en símbolo de la resistencia frente a Francia. Murió en 1810, con solo treinta y cuatro años, y Prusia entera la lloró.

    La estatua que tienes delante es de 1880, del escultor Erdmann Encke. A pocos pasos, su marido, el rey Federico Guillermo III, se alza sobre un pedestal cuyos relieves muestran escenas de paseantes y niños en el parque: es obra de Friedrich Drake, el mismo escultor de la Victoria dorada que acabas de ver. El rey y la reina se miran a través de los árboles, como en un retrato de familia al aire libre.

    Hay algo tierno en que la pareja real acabe aquí, entre rosas y tulipanes, lejos de las grandes avenidas militares. Uno de sus hijos, Guillermo, sería el primer emperador alemán... el de las guerras que celebra la columna. Ahora sal del parque hacia el sureste, cruza la Tiergartenstraße y busca un edificio dorado con tejados en pico, como una carpa de circo.

  11. 11. Kulturforum: la Filarmónica y la Neue Nationalgalerie

    Herbert-von-Karajan-Straße 1, 10785 Berlin, Germany

    Delante de ti, un edificio amarillo dorado de tejados en pico y formas asimétricas parece una carpa a punto de despegar. Es la Filarmónica de Berlín, y un poco más al sur distinguirás un templo de acero negro y cristal que flota sobre una plataforma de granito.

    La Filarmónica es obra de Hans Scharoun y se inauguró en 1963. Su revolución está dentro: la orquesta no toca al fondo de una caja, sino en el centro, rodeada por terrazas de público escalonadas como viñedos en una colina. Nadie queda lejos de la música. Herbert von Karajan dirigió aquí durante décadas a la Filarmónica de Berlín, y los berlineses, con su humor de siempre, apodaron el edificio Zirkus Karajani, el circo de Karajan.

    Lo que no se ve a primera vista es la ubicación. Cuando se construyó, este solar estaba en el borde de Berlín Occidental, a pocos pasos del Muro, en medio de descampados. La ciudad apostó a que aquí nacería un nuevo centro cultural, el Kulturforum, con museos, bibliotecas y salas de conciertos, mirando hacia un centro histórico que entonces quedaba al otro lado de la frontera. Durante casi treinta años fue una isla de cultura junto a una frontera de hormigón.

    El templo de acero es la Neue Nationalgalerie, la última obra de Ludwig Mies van der Rohe, inaugurada en 1968. Su techo de acero, de más de mil toneladas, se montó en el suelo y se levantó entero con gatos hidráulicos en una sola jornada de 1967. Tras años cerrada, reabrió en 2021 después de una restauración minuciosa dirigida por David Chipperfield, que desmontó y volvió a montar decenas de miles de piezas.

    Antes de marcharte, busca junto a la Filarmónica, en la acera de la Tiergartenstraße, una larga pared de cristal azul. Marca el lugar de la villa del número 4, desde donde se organizó el asesinato sistemático de personas enfermas y con discapacidad, la llamada Aktion T4: más de setenta mil víctimas solo entre 1940 y 1941. El memorial se inauguró en 2014. Ahora camina hacia el este unos minutos, hasta la plaza de los rascacielos.

  12. 12. Potsdamer Platz, la plaza que volvió de la nada

    Potsdamer Platz, 10785 Berlin, Germany

    Llegas a un cruce de avenidas rodeado de torres de ladrillo rojo, cristal y acero, y en medio, sobre una isleta, una extraña torre verde de cinco caras con relojes y semáforos. Es una réplica de la torre de tráfico instalada aquí en 1924, una de las primeras de Europa, cuando esta era una de las plazas con más tráfico del continente.

    En los años veinte, la Potsdamer Platz era el corazón eléctrico de Berlín: tranvías, autobuses, coches de caballos, una estación de tren, cafés enormes abiertos hasta la madrugada. Aquí estaba Haus Vaterland, un palacio del entretenimiento con restaurantes temáticos de distintos países, entre ellos una bodega española, y una terraza del Rin donde, cada hora, se simulaba una tormenta con truenos y lluvia. Berlín se divertía a lo grande, al borde del abismo.

    La guerra lo redujo todo a ruinas, y en 1961 el Muro pasó justo por aquí. Durante casi treinta años, el antiguo centro de la ciudad fue franja de la muerte: arena rastrillada, torres de vigilancia, alambre. En El cielo sobre Berlín, Wim Wenders filmó a un anciano que vaga por este descampado buscando la Potsdamer Platz que recordaba, sin encontrarla. Una de las plazas más famosas del mundo había desaparecido.

    Tras la caída del Muro, en julio de 1990, Roger Waters montó aquí un concierto gigantesco de The Wall ante cientos de miles de personas. Y en los años noventa este solar se convirtió en la mayor obra de Europa, con decenas de grúas a la vez. Renzo Piano trazó el plan de un sector, Helmut Jahn diseñó la gran carpa del Sony Center. En el suelo, una doble línea de adoquines recorre la ciudad y marca por dónde iba el Muro.

    Has caminado desde el parlamento hasta la plaza que volvió de la nada, pasando por memoriales, palacios y un parque talado y replantado. Berlín no esconde sus heridas: construye encima con cuidado y deja que se vean las costuras. Busca los fragmentos del Muro que quedan junto a la entrada de la estación, apoya la mano en el hormigón frío... y aquí termina el paseo.