Zeltenplatz: la pradera de las tiendas
Why is it significant?
Sal a esta pradera abierta y date una vuelta sobre ti mismo: hierba, robles y castaños, ciclistas que pasan, alguna pelota de fútbol olvidada. Parece el rincón más tranquilo y menos histórico de todo el paseo. Pues es justo al revés.
Key Facts
| Place | Zeltenplatz: la pradera de las tiendas |
|---|---|
| Address | Zeltenplatz, John-Foster-Dulles-Allee, 10557 Berlin, Germany |
| Geo Coordinates | 52.51740, 13.36260 |
| Part of Walk | Berlín del Reichstag al Tiergarten: cúpulas, memoriales y la plaza que volvió de la nada |
| Generated | Generated |
Sal a esta pradera abierta y date una vuelta sobre ti mismo: hierba, robles y castaños, ciclistas que pasan, alguna pelota de fútbol olvidada. Parece el rincón más tranquilo y menos histórico de todo el paseo. Pues es justo al revés.
Este lugar se llama Zeltenplatz, la plaza de las tiendas, y el nombre viene del siglo XVIII. En tiempos de Federico el Grande se permitió a unos comerciantes, según la tradición hugonotes de origen francés, montar aquí tiendas de lona para vender refrescos a quienes paseaban por el Tiergarten. Las lonas se convirtieron en pabellones, los pabellones en grandes cervecerías y salones de baile, y In den Zelten, en las tiendas, pasó a ser el destino de moda de los domingos berlineses.
Y donde hay gente reunida, tarde o temprano hay política. En marzo de 1848, cuando la revolución recorría Europa de París a Viena, miles de berlineses se congregaron aquí en asambleas populares para exigir libertad de prensa, derecho de reunión y una constitución. Pocos días después hubo barricadas y muertos en las calles del centro. Esta pradera tan inocente fue uno de los lugares donde Berlín aprendió a hablar en voz alta.
Todo esto ocurría dentro de un antiguo coto de caza. Tiergarten significa literalmente jardín de animales: desde el siglo XVI los príncipes electores de Brandeburgo cazaban aquí ciervos y jabalíes, en un bosque cercado a las puertas de la ciudad. Fue Federico el Grande quien, en el siglo XVIII, encargó a su arquitecto Knobelsdorff transformarlo en un parque de paseo, con avenidas, setos y estatuas. Del coto real nació el gran salón verde de los berlineses.
Cierra los ojos un momento e imagina el olor a cerveza y a salchichas, la música de una orquesta, los carruajes, los discursos de 1848... y luego, siglos después, solo el viento entre la hierba. Berlín tiene esa costumbre: borra los decorados y deja los nombres. Ahora sigue hacia el oeste por los caminos del parque hasta ver aparecer, tras una verja, un palacio blanco: allí trabaja el presidente de Alemania.