Ámsterdam del arte: Rijksmuseum, Van Gogh, Museumplein y el Vondelpark
De la plaza de los teatros a la escultura de Picasso: La ronda de noche, los cuadros que salvó la cuñada de Van Gogh, la sala de conciertos sobre pilotes y una calle con una casa española
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1. Leidseplein y el Stadsschouwburg
Leidseplein 26, 1017 PT Amsterdam, Netherlands
Ponte en medio de la Leidseplein y deja que te envuelva el ruido: tranvías que giran chirriando, músicos callejeros, terrazas llenas y, presidiendo la plaza, un edificio de ladrillo rojo con arcos y un balcón. Es el Stadsschouwburg, el teatro municipal de Ámsterdam.
Durante siglos esta plaza fue, en la práctica, un aparcamiento. Aquí estaba la puerta de Leiden, por donde salía el camino hacia esa ciudad, y se cuenta que los carros de los campesinos debían quedarse fuera, porque dentro de Ámsterdam no podían circular. La puerta se derribó en el siglo XIX, pero el nombre se quedó, y los carros fueron sustituidos por tranvías. El canal que pasa junto a la plaza, la Singelgracht, era el foso exterior de las murallas: hasta aquí llegaba la ciudad.
El edificio del teatro es de 1894, pero Ámsterdam tiene teatro municipal desde 1638, cuando se inauguró con una obra de Vondel, el poeta al que encontrarás al final del paseo. Y ese balcón sobre la plaza tiene un uso casi sagrado: cuando el Ajax gana la liga, los jugadores salen a él y miles de aficionados llenan la Leidseplein de rojo y blanco. Arte y fútbol, en Ámsterdam, comparten fachada.
Junto al canal, en la esquina de la plaza, fíjate en el hotel de ladrillo con una torrecilla y grandes ventanales. Dentro está el Café Américain, abierto en 1902, una joya del modernismo holandés, con lámparas, vidrieras y techos que parecen de otro siglo... porque lo son. Durante generaciones fue el café de actores, escritores y periodistas que salían del teatro de enfrente.
Estás en una frontera. Detrás de ti queda la ciudad de los canales del Siglo de Oro; delante empieza el barrio que la burguesía del siglo XIX levantó para el arte, con museos, una sala de conciertos y un gran parque. En poco más de tres kilómetros vas a pasar de Rembrandt a Picasso. Ahora sube un poco por la Leidsestraat y gira a la derecha por la Kerkstraat, hasta la Nieuwe Spiegelstraat.
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2. Spiegelkwartier: la calle de los anticuarios
Spiegelgracht, 1017 JS Amsterdam, Netherlands
Camina por la Nieuwe Spiegelstraat hacia la Spiegelgracht y mira los escaparates: un reloj de pie del siglo XVIII, un plato de Delft azul, una porcelana china, un mapa antiguo con costas medio inventadas. Y al fondo de la calle, como un telón de teatro, la silueta de ladrillo y torres del Rijksmuseum.
Esto es el Spiegelkwartier, el barrio de los anticuarios: decenas de tiendas de arte, antigüedades y galerías en apenas unos cientos de metros. Fíjate en la perspectiva: la calle y el pequeño canal desembocan en el museo como un pasillo que lleva directamente al tesoro nacional. Spiegel significa espejo en neerlandés, y el nombre le sienta bien: en el agua quieta de la Spiegelgracht se refleja el museo entero.
En el siglo XVII los Países Bajos vivieron una fiebre del arte sin precedentes. Los viajeros extranjeros se asombraban de ver cuadros colgados en casas de panaderos, zapateros y campesinos. Se pintaron millones de obras, según algunos cálculos, y se vendían en ferias, en subastas y en tiendas no muy distintas de estas. La pintura holandesa dejó de servir solo a reyes y obispos y empezó a servir a la gente corriente: paisajes, bodegones, interiores, escenas de taberna.
Un consejo de amigo: aunque no pienses comprar nada, entra a mirar en alguna galería. Muchos de estos anticuarios son verdaderos eruditos, capaces de contarte durante media hora la vida de un jarrón. Y mira los precios de reojo solo si tienes buen corazón... aquí una cucharilla de plata puede tener más historia que tu bisabuelo.
Hay algo muy de Ámsterdam en esta mezcla: comercio y arte en la misma calle, como en el Siglo de Oro, cuando un cuadro era a la vez belleza e inversión. Rembrandt mismo compraba y vendía arte, y en parte se arruinó por coleccionar. Ahora sigue recto por la Spiegelgracht, cruza el último canal, la Singelgracht, y llegarás al museo. Antes de entrar, busca el túnel que lo atraviesa por debajo.
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3. Rijksmuseum: el túnel de las bicicletas y La ronda de noche
Museumstraat 1, 1071 XX Amsterdam, Netherlands
Entra en el pasaje que atraviesa el Rijksmuseum por debajo y escucha: timbres de bicicleta, pasos, a veces un músico callejero que aprovecha la acústica de la bóveda. Encima de tu cabeza, a pocos metros, cuelga uno de los cuadros más famosos del mundo.
Este es probablemente el único gran museo nacional que se puede cruzar en bicicleta. Durante la renovación, que duró una década y terminó en 2013, los arquitectos sevillanos Antonio Cruz y Antonio Ortiz quisieron usar el pasaje como gran entrada para peatones. Los ciclistas de Ámsterdam se rebelaron, hubo campañas y votaciones... y ganaron. El museo lo diseñaron unos andaluces; el túnel, al final, lo decidieron las bicicletas.
El edificio es de Pierre Cuypers y se inauguró en 1885. A muchos protestantes les pareció demasiado católico, demasiado parecido a una catedral gótica, y se cuenta que el rey Guillermo III lo despreció como un convento. Cuypers, por cierto, diseñó también la Estación Central: las dos grandes puertas de la Ámsterdam del siglo XIX llevan su firma.
Arriba, al final de la Galería de Honor, está la estrella: La ronda de noche, pintada por Rembrandt en 1642. No es una escena nocturna; el barniz oscurecido le dio ese nombre mucho después. Es el retrato de una compañía de la milicia ciudadana del capitán Frans Banninck Cocq, de esas que habían defendido las ciudades rebeldes en la guerra contra España. Rembrandt rompió la costumbre: en lugar de alinear a los milicianos como en una foto de grupo, los pintó en movimiento, con un tambor, un perro que ladra y una niña iluminada en medio del tumulto. Y el lienzo está recortado: en 1715, para que cupiera en una pared del ayuntamiento, le quitaron tiras por los lados.
Ha sobrevivido a casi todo. Durante la Segunda Guerra Mundial se escondió enrollado en cuevas cerca de Maastricht, y en 1975 un hombre lo atacó con un cuchillo. Desde 2019 se estudia y restaura a la vista del público, dentro de una gran vitrina de cristal. Ahora sal del pasaje por el lado sur, hacia la explanada, y mira a la derecha: el siguiente museo está a un paso.
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4. Museo Van Gogh
Museumplein 6, 1071 DJ Amsterdam, Netherlands
Frente a ti tienes dos edificios unidos: uno de líneas rectas y otro curvo, ovalado, como una piedra pulida por el agua. Es el Museo Van Gogh, que guarda la mayor colección del mundo de un pintor que en vida apenas vendió nada.
El edificio principal lo diseñó Gerrit Rietveld, el arquitecto de la famosa silla roja y azul de la vanguardia holandesa. Murió en 1964 y no llegó a verlo terminado: el museo abrió en 1973. El ala ovalada es del japonés Kisho Kurokawa, de 1999. Un museo para un holandés que soñaba con Japón, completado por un arquitecto japonés: a Vincent le habría gustado.
La colección existe gracias a una mujer: Jo van Gogh-Bonger, la esposa de Theo, el hermano de Vincent. Vincent murió en julio de 1890; Theo, apenas seis meses después. Jo se quedó con un hijo pequeño, cientos de cuadros que casi nadie quería y un montón de cartas. Y dedicó su vida a darlos a conocer: organizó exposiciones, vendió con astucia, publicó la correspondencia. Sin ella, quizá hoy no sabríamos quién fue Van Gogh.
Aquí cuelgan unas doscientas pinturas suyas, entre ellas Los comedores de patatas, la primera versión de El dormitorio y una de las versiones de Los girasoles, además de cientos de dibujos y de cartas a Theo. Vincent pintó durante apenas una década, de 1880 a 1890, y en ese tiempo hizo más de ochocientos óleos. Muchas semanas terminaba un cuadro al día. Acércate a las telas: en muchas la pintura es tan gruesa que cada pincelada proyecta su pequeña sombra.
Y una historia digna de película: en 2002 unos ladrones subieron al tejado con una escalera, entraron y se llevaron dos cuadros pequeños. Catorce años después, en 2016, la policía italiana los encontró en una casa de la Camorra cerca de Nápoles. Hoy vuelven a estar colgados aquí. Ahora sal a la gran explanada verde que se abre detrás del Rijksmuseum y camina hasta su centro.
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5. Museumplein: la plaza de los museos
Museumplein, 1071 DJ Amsterdam, Netherlands
Detente en el centro de la Museumplein, la gran explanada de césped, y date la vuelta despacio: a un lado el Rijksmuseum, al otro el Concertgebouw, y entre ellos dos museos más. Pocas plazas de Europa concentran tanto arte en tan pocos metros, y aun así aquí la gente se tumba en la hierba como en un parque de barrio.
Hace siglo y medio esto eran terrenos vacíos a las afueras de la ciudad. En 1883 se celebró aquí una gran Exposición Internacional Colonial y de Exportación, con pabellones de medio mundo, y el barrio de los museos creció después sobre ese escenario. Curiosamente, el Rijksmuseum le da la espalda a la plaza: su fachada principal mira al norte, hacia la ciudad antigua. La parte colonial de aquella feria, en la que se exhibió a personas traídas de las colonias como si fueran objetos, hoy se recuerda con vergüenza.
Durante décadas una carretera atravesó la plaza entre el Rijksmuseum y el Concertgebouw, y los amsterdameses la llamaban con sorna la autopista más corta de los Países Bajos. A finales de los años noventa se eliminó, y la plaza se rediseñó con césped, un estanque alargado y, escondidos bajo tus pies, un aparcamiento y un supermercado. En invierno, a veces, el estanque se convierte en pista de patinaje.
¿Buscas las famosas letras de I amsterdam? Ya no están. Durante años fueron el fondo de millones de fotos, hasta que el ayuntamiento las retiró en diciembre de 2018: se habían convertido en un símbolo del turismo masivo que la ciudad quería frenar. Hoy la plaza vuelve a ser, sobre todo, de los amsterdameses.
En un lado de la explanada hay también un monumento dedicado a las mujeres prisioneras del campo de concentración de Ravensbrück, inaugurado en 1975. Es fácil pasar sin verlo entre tanta alegría, pero está ahí, recordando que esta plaza tiene memoria. Ahora camina hacia el edificio de columnas con una lira dorada en el tejado: es el Concertgebouw.
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6. Concertgebouw: la sala que suena sobre pilotes
Concertgebouwplein 10, 1071 LN Amsterdam, Netherlands
Mira la fachada neoclásica del Concertgebouw, con sus columnas y su frontón, y sube la vista hasta el tejado: allí brilla una lira dorada. Si pasas cerca de la entrada de artistas, a veces se escapa algún compás de un ensayo, y la calle entera parece afinar.
La sala se inauguró en 1888, obra del arquitecto Adolf Leonard van Gendt, y su acústica se cuenta entre las mejores del mundo, junto a la del Musikverein de Viena o la del Symphony Hall de Boston. Lo curioso es que en el siglo XIX la acústica era más intuición que ciencia. Van Gendt no tenía fórmulas ni simulaciones; tenía buen oído, madera, yeso y algo de suerte. Dentro, en la Gran Sala, los nombres de los grandes compositores rodean a los músicos, escritos en las paredes como una alineación de ilustres.
Como casi todo en Ámsterdam, el edificio descansa sobre pilotes de madera, más de dos mil. En los años ochenta se descubrió que se estaban pudriendo y que la sala se hundía. La solución fue una operación de cirugía mayor: sustituir los cimientos por pilotes de hormigón mientras el edificio seguía en pie, sin tocar la sala, para no perder ni una nota de su sonido.
Si algún día asistes a un concierto, fíjate en cómo entran el director y los solistas: no aparecen por un lateral, sino que bajan una larga escalera a la vista de todo el público, desde lo alto de la sala hasta el escenario. Se dice que muchos músicos la temen más que al propio concierto... sobre todo con un violín de valor incalculable en la mano.
Gustav Mahler dirigió aquí varias veces a comienzos del siglo XX y encontró en Ámsterdam uno de sus públicos más fieles, y la orquesta de la casa, la Real Orquesta del Concertgebouw, figura siempre entre las mejores del mundo. Ahora vuelve hacia la explanada y busca, a tu izquierda, un edificio blanco con algo que parece una bañera gigante: es el Stedelijk.
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7. Stedelijk Museum: la bañera del arte moderno
Museumplein 10, 1071 DJ Amsterdam, Netherlands
Ahí la tienes: una enorme forma blanca, lisa y brillante, que parece flotar sobre la entrada, pegada a un edificio de ladrillo del siglo XIX con torrecillas. Los amsterdameses la bautizaron enseguida y sin piedad: de badkuip, la bañera.
El edificio antiguo es de 1895; la bañera, de 2012, del estudio Benthem Crouwel, y está hecha de un material compuesto de fibras, más parecido al casco de un barco moderno que a una pared. Dos siglos de arquitectura pegados con descaro: el Stedelijk siempre ha preferido provocar a pasar desapercibido.
Es el museo de arte moderno y contemporáneo de la ciudad: Mondrian, Malevich, del que guarda una de las mayores colecciones fuera de Rusia, Matisse, Chagall, los pintores salvajes del grupo CoBrA. Tras la guerra, su director Willem Sandberg, tipógrafo y antiguo miembro de la resistencia, lo convirtió en uno de los museos más audaces de Europa. Sandberg diseñaba él mismo los carteles y los catálogos, con papel de estraza y letras recortadas. En 1949 abrió las salas a los jóvenes del grupo CoBrA, y la exposición provocó un escándalo enorme: buena parte del público y de la prensa la tomó como una tomadura de pelo.
Pero su historia más extraña es la de un cuadro de Barnett Newman, Who's Afraid of Red, Yellow and Blue III: un enorme campo rojo con una franja azul y otra amarilla. En 1986 un visitante lo rajó con un cúter. La restauración desató otro escándalo: se acusó al restaurador de haber repintado el rojo con un rodillo. ¿Se puede reparar una obra que es casi solo color, sin convertirla en otra?
Dentro hay también diseño: sillas, carteles, objetos de la vida diaria, porque Sandberg pensaba que una silla bien hecha merecía tanto respeto como un cuadro. Busca la silla roja y azul de Rietveld, el arquitecto del museo de al lado. Ahora camina unos minutos hacia el norte, en dirección al Vondelpark, hasta la Roemer Visscherstraat: te esperan siete países en una sola manzana.
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8. Roemer Visscherstraat: siete países en una calle
Roemer Visscherstraat 20-30, 1054 EX Amsterdam, Netherlands
Recorre esta calle tranquila de casas burguesas hasta dar con una fila de siete casas que parecen escapadas de siete ciudades distintas. Una tiene una cúpula que recuerda a una iglesia rusa; otra, un aire de palacio italiano; otra, frontones de ladrillo muy holandeses. Los vecinos las llaman los Zeven Landen, los siete países.
Las levantó en 1894 el arquitecto Tjeerd Kuipers, y cada una representa un país: Alemania, Francia, España, Italia, Rusia, los Países Bajos e Inglaterra. Era la época en que Europa entera jugaba a coleccionar estilos, y un barrio nuevo para la burguesía podía permitirse este pequeño parque temático de la arquitectura, justo al lado del parque de verdad.
Busca la española, que es la que nos toca: arcos de herradura y franjas alternas de ladrillo rojo y piedra clara. Es una España soñada desde el norte, más Córdoba y Granada que Madrid o Bilbao, la misma España morisca que pintaban y cantaban los románticos del siglo XIX. Mira los arcos y piensa en la mezquita de Córdoba... en versión amsterdamesa, con timbre y buzón.
El nombre de la calle tiene su propia historia. Roemer Visscher fue un comerciante de grano y poeta que vivió entre los siglos XVI y XVII, autor de un libro de emblemas, Sinnepoppen, publicado en 1614. Su casa era un salón donde se reunían escritores y músicos, y sus hijas, Anna y Maria Tesselschade, fueron poetas, grababan cristal y estaban entre las mujeres más admiradas de su tiempo.
Por eso las calles de alrededor llevan nombres de escritores: la Tesselschadestraat, la Vondelstraat, la Constantijn Huygensstraat. Huygens, poeta y secretario de los príncipes de Orange, fue además uno de los primeros en descubrir el talento de un joven pintor de Leiden llamado Rembrandt. Todo el barrio es un homenaje literario que la mayoría de los vecinos recorre en bicicleta sin pensarlo dos veces. Ahora entra en el Vondelpark por la entrada más cercana: el poeta que le da nombre te espera en lo alto de su pedestal.
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9. Vondelpark: el poeta en su pedestal
Vondelpark, 1071 AA Amsterdam, Netherlands
Busca, entre el verde, un pedestal alto coronado por la figura de un hombre que contempla desde arriba a ciclistas, corredores y paseantes. Es Joost van den Vondel, el gran poeta de la lengua neerlandesa, lo que Cervantes o Shakespeare son para otros idiomas, según a quién preguntes.
El parque se abrió en 1865 con un nombre muy poco poético: Nieuwe Park, el parque nuevo. Lo pagó un grupo de vecinos acomodados que querían un lugar donde pasear a pie y a caballo. En 1867 colocaron esta estatua, obra de Louis Royer, y la gente empezó a llamarlo el parque de Vondel. El nombre se quedó, y hoy casi nadie recuerda el original.
Vondel nació en 1587 en Colonia, hijo de una familia menonita que había huido por motivos religiosos, y vivió hasta los noventa y un años. Vendía medias en una tienda de la Warmoesstraat, escribía en sus horas libres y, ya anciano, arruinado por las deudas de un hijo, tuvo que trabajar como empleado en el monte de piedad de la ciudad. El mayor poeta del país, contando prendas empeñadas.
Su obra más querida, Gijsbrecht van Aemstel, inauguró el teatro de la ciudad en 1638 y se representó cada Año Nuevo durante más de tres siglos, hasta 1968. Pero también conoció la censura: su tragedia Lucifer, de 1654, fue prohibida después de solo dos funciones. Vondel, que se había convertido al catolicismo en una ciudad oficialmente calvinista, pagó caro no esconder sus ideas.
Un siglo después de inaugurarse la estatua, a principios de los años setenta, el parque de este poeta severo se llenó de jóvenes que llegaban de toda Europa y dormían en la hierba con sus sacos, y la ciudad acabó por tolerarlo. Ahora sigue hacia el oeste y sal un momento por el lado norte del parque, a la Vondelstraat: detrás de un portal corriente te espera un palacio para caballos.
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10. Hollandsche Manege: un palacio para caballos
Vondelstraat 140, 1054 GT Amsterdam, Netherlands
Cruza el portal de la Vondelstraat y sigue el pasillo: al fondo te llega un olor a cuadra y el sonido sordo de los cascos sobre la arena. Estás entrando en la Hollandsche Manege, un picadero cubierto del siglo XIX en pleno barrio residencial.
El edificio es de 1882, obra de Adolf Leonard van Gendt, el mismo arquitecto del Concertgebouw, y se inspiró en la Escuela Española de Equitación de Viena. Sí, española: la de Viena se llama así por los caballos de raza española con los que nació, los antepasados de los famosos lipizanos. Así que, de rebote, también hay un poco de España en este picadero holandés.
Dentro, la pista está rodeada de columnas de hierro fundido, galerías y adornos con cabezas de caballo, todo con la elegancia de un salón de baile. Desde la galería superior se puede ver entrenar a jinetes y caballos, y la luz entra desde lo alto como en una estación de tren. Es arquitectura de hierro y cristal al servicio de algo tan antiguo como montar a caballo, y más de un siglo después sigue sirviendo para lo mismo que el primer día.
La escuela de equitación es mucho más antigua que el edificio: sus orígenes se remontan al siglo XVIII, cuando montar bien era cosa de caballeros y oficiales. Al salir, a pocos pasos, verás la torre de la Vondelkerk, una iglesia de Pierre Cuypers, el arquitecto del Rijksmuseum. En esta esquina de la ciudad, los grandes nombres del siglo XIX están literalmente puerta con puerta.
Es uno de esos lugares que la mayoría de los visitantes no encuentra nunca: una puerta corriente en una calle de viviendas, y detrás, otro mundo. Si tienes suerte, verás a algún caballo asomar la cabeza por encima de la puerta de su cuadra, con cara de saber más que tú de arquitectura. Ahora vuelve al parque y camina hacia el oeste, por los senderos junto a los estanques, hasta el corazón del Vondelpark.
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11. La escultura de Picasso en el Vondelpark
Vondelpark, 1071 AA Amsterdam, Netherlands
En una pradera del corazón del Vondelpark, entre árboles altos, se alza una gran escultura de hormigón gris con líneas grabadas: formas planas que se cruzan, como papel recortado y doblado. Rodéala despacio antes de decidir qué ves. Los amsterdameses la llaman simplemente de Vis, el pez. Su autor se llamaba Pablo Picasso.
El título oficial es Figure découpée l'Oiseau, figura recortada, el pájaro. ¿Pájaro o pez? Depende del lado desde el que la mires, y ese juego seguramente habría divertido a Picasso. Llegó en 1965, cuando el parque cumplía cien años, y el pintor la regaló.
Picasso no la talló él mismo. Hizo un modelo, y el escultor noruego Carl Nesjar la llevó a gran escala con una técnica de hormigón y grava en la que el dibujo se graba con chorro de arena. Juntos firmaron varias obras monumentales en Europa y en América, y esta es una de las pocas que se pueden tocar en medio de un parque, con niños dando vueltas alrededor.
Piensa en el camino recorrido: un paseo que empezó con Rembrandt y con una milicia de la época de la guerra contra el rey de España termina ante la obra de un malagueño. Picasso, que en 1965 seguía negándose a volver a la España de Franco, regaló arte a medio mundo, pero nunca volvió a pisar su país. Murió en Francia en 1973, sin ver el final de la dictadura, y por su expreso deseo el Guernica no viajó a España hasta 1981, cuando el país ya era una democracia.
Siéntate un rato en la hierba. Alrededor, la vida del parque sigue: perros que corren, alguien que toca la guitarra, ciclistas que pasan sin mirar a Picasso, porque para ellos es simplemente el pez de siempre. Y más allá de los árboles, aunque no se vea, está toda esa ciudad de canales, museos y salas de conciertos que acabas de atravesar. Aquí termina el paseo.