Ámsterdam con hambre: De Pijp, el mercado Albert Cuyp y el Amstel
Arenque con cebolla, stroopwafels recién hechos y cerveza con historia: un paseo por el barrio obrero que se convirtió en la despensa de Ámsterdam, de la vieja fábrica Heineken al Puente Flaco sobre el Amstel
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1. Heineken Experience: la cervecería de ladrillo rojo
Stadhouderskade 78, 1072 AE Amsterdam, Netherlands
Tienes delante un enorme edificio de ladrillo rojo con el nombre más famoso de la cerveza holandesa, justo donde el agua del Singelgracht separa el centro histórico del barrio de De Pijp. Durante más de un siglo, de aquí no salían turistas, sino barriles... millones de barriles.
La historia empieza en 1864, cuando un joven de veintidós años, Gerard Adriaan Heineken, compró con el dinero de su familia una vieja cervecería del centro llamada De Hooiberg, el Pajar. Se cuenta que le preocupaba lo mucho que se bebía ginebra en la ciudad y que quería ofrecer algo más ligero. El negocio creció tan deprisa que en 1867 levantó esta fábrica nueva, entonces en las afueras, donde había espacio, agua y sitio para crecer.
El verdadero secreto salió de un laboratorio. En 1886, un químico formado en la escuela de Louis Pasteur, Hartog Elion, consiguió aislar aquí un cultivo de levadura pura, la famosa levadura A. Hasta entonces cada cocción era una apuesta: una bacteria colada en la cuba podía estropear toda la partida. Con una sola levadura controlada, la cerveza sabía igual hoy que mañana, en Ámsterdam o al otro lado del océano... y en el siglo XIX eso era casi magia.
La fábrica funcionó hasta 1988. Para entonces la ciudad la había rodeado por completo, los camiones apenas cabían en las calles, y la producción se trasladó a plantas modernas fuera de Ámsterdam. Parte del complejo se derribó y en su lugar nació una plaza con viviendas, la Marie Heinekenplein, que queda justo detrás. Lo que se conservó, las salas de cobre y los viejos establos de los caballos de tiro, se convirtió en museo.
Piensa en lo que había al otro lado de este canal hace ciento cincuenta años: prados, molinos y huertas. La cervecería fue una de las primeras grandes construcciones de este lado, y detrás de ella llegaron las calles obreras que vas a recorrer, con su mercado, sus cocinas de medio mundo y su apetito. Bordea el edificio, toma la Ferdinand Bolstraat hacia el sur y, en un par de minutos, oirás los gritos del mercado.
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2. Albert Cuypmarkt: el mercado de 1905
Albert Cuypstraat 100, 1072 CV Amsterdam, Netherlands
Escucha antes de mirar: el roce de las lonas, un vendedor que canta sus ofertas, el chisporroteo de una plancha caliente. Ante ti se abre una calle larga y recta, con toldos de rayas a ambos lados hasta donde alcanza la vista. Estás en la entrada del Albert Cuypmarkt, el mercado callejero más conocido de Ámsterdam.
Nació casi por accidente. A finales del siglo XIX el barrio nuevo se llenó de familias obreras, y detrás de ellas llegaron los vendedores ambulantes con sus carros de fruta, pescado y telas, que se instalaban donde podían. Entre aquellos primeros comerciantes había muchos judíos del viejo barrio del centro. En 1905 el ayuntamiento decidió poner orden y convirtió esta calle en mercado oficial, y desde entonces algunos puestos han pasado de padres a hijos durante generaciones.
¿Y quién era Albert Cuyp? No era tendero ni concejal, sino un pintor del Siglo de Oro, nacido en Dordrecht en 1620, que pasó casi toda su vida en su ciudad natal. Lo que mejor pintaba eran vacas: vacas tranquilas junto a un río, bañadas en una luz dorada de atardecer que, un siglo después de su muerte, volvió locos a los coleccionistas ingleses. Que el mercado más ruidoso del país lleve el nombre del pintor de la calma rural tiene algo de broma holandesa.
Hoy son unos doscientos sesenta puestos, y la mezcla es el espectáculo. Quesos redondos como ruedas de carro junto a fundas de móvil, flores junto a especias, pescado plateado junto a calcetines de tres en tres. Es un mercado de vecinos tanto como de visitantes: aquí la gente del barrio todavía viene a por las patatas y las manzanas de la semana, y discute con el frutero como se ha hecho siempre.
Un consejo de amigo: no te lances sobre el primer puesto que veas. Recorre un tramo, mira, huele, compara... el mercado se saborea mejor despacio. Para empezar, sal un momento del bullicio: camina entre los puestos hasta la Gerard Doustraat, gira a la izquierda y encontrarás una placita llena de árboles y terrazas.
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3. Gerard Douplein: el Barrio Latino de los pintores
Gerard Douplein, 1072 VE Amsterdam, Netherlands
Esta placita, con sus árboles y sus terrazas apretadas, funciona como un salón al aire libre. Busca un hueco, quédate quieto un momento y mira las fachadas que la rodean: ladrillo oscuro, cuatro o cinco plantas, ventanas altas y estrechas, todas un poco parecidas. Bienvenido al corazón de De Pijp, la Pipa.
Nadie sabe con seguridad de dónde viene el nombre. La explicación más repetida dice que sus calles, largas, estrechas y rectas, parecían los tubos de una pipa o de una cañería. Lo que sí se sabe es cómo nació el barrio. A partir de la década de 1870, Ámsterdam se desbordó por fin fuera de su anillo de canales, y aquí, sobre antiguos prados, se levantaron a toda prisa bloques para obreros, artesanos y familias recién llegadas del campo.
Los construyeron especuladores, rápido y barato. Los holandeses llaman a ese estilo revolutiebouw, construcción revolucionaria, un nombre que no tiene nada de heroico: significa levantar casas a la velocidad a la que se podían vender. Pisos diminutos, oscuros, sin baño, con familias enteras en dos habitaciones. Precisamente por ser barato, el barrio atrajo a pintores sin dinero, estudiantes y escritores, y empezó a llamarse el Barrio Latino de Ámsterdam.
Ahora fíjate en los nombres de las calles. Ferdinand Bol, Govert Flinck, Jan Steen, Frans Hals, Van Ostade... casi todas recuerdan a un pintor del Siglo de Oro. Gerard Dou, el de esta plaza, fue el primer alumno de Rembrandt en Leiden y se hizo famoso por cuadros pequeñísimos, de un detalle obsesivo. Una anécdota antigua asegura que pasó días enteros pintando una escoba no más grande que una uña.
Hoy los pisos que nadie quería se cuentan entre los más buscados de la ciudad, y detrás de esas fachadas austeras se esconden cafés, cocinas de medio mundo y bicicletas aparcadas en tres filas. Vuelve al mercado por la Gerard Doustraat y sigue hacia el este entre los puestos: un olor a mar te avisará de la próxima parada.
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4. Arenque y kibbeling en el mercado
Albert Cuypstraat 200, 1073 BL Amsterdam, Netherlands
Sigue tu nariz: ese olor salado que flota entre los toldos viene de los puestos de pescado, con sus vitrinas de hielo y filetes plateados alineados como soldados. Ha llegado la prueba de valor de todo visitante en Ámsterdam: el arenque crudo.
Bueno, crudo... casi. El arenque holandés se limpia de una forma muy particular, el kaken: se le quitan las agallas y parte de las tripas, pero se deja una pequeña glándula cuyas enzimas lo maduran suavemente en la salmuera. La tradición atribuye el truco a un pescador del siglo XIV, Willem Beukelszoon. Sea leyenda o no, así el pescado aguantaba meses en barriles, y el arenque salado se convirtió en uno de los grandes negocios del país. Un viejo dicho asegura que Ámsterdam está construida sobre espinas de arenque.
La fiesta grande llega a principios del verano con el Hollandse Nieuwe, el arenque nuevo de la temporada, más graso y tierno. En otras ciudades holandesas se come sujetándolo por la cola y echando la cabeza hacia atrás, como un tragasables. En Ámsterdam, en cambio, lo cortan en trozos y lo sirven con cebolla picada y pepinillos, a veces dentro de un panecillo blando. Pruébalo así, como un vecino más.
Y si el arenque te impone, hay una salida digna: el kibbeling. En su origen eran las mejillas del bacalao, un recorte que los pescaderos aprovechaban; hoy son trozos de pescado blanco rebozados y fritos, servidos calientes en un cucurucho con salsa de ajo o salsa tártara. Nadie en este mercado te juzgará por elegirlo.
Observa un momento cómo trabajan los vendedores: un tajo, otro, y el filete queda limpio en segundos, con una destreza que se aprende en familia. La gente come de pie, sin plato y sin prisa, apoyada en el mostrador, y luego sigue con la compra como si nada. Continúa hacia el este, hacia el final del mercado: después de la sal, toca el dulce.
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5. Stroopwafels y queso: el lado dulce del mercado
Albert Cuypstraat 260, 1073 BN Amsterdam, Netherlands
Huele a caramelo y a mantequilla caliente. En una plancha de hierro con dibujo de rejilla, alguien prensa bolitas de masa que salen convertidas en obleas finísimas, las abre en dos como quien abre un libro y las rellena de sirope. Es el stroopwafel, el gofre de sirope, y aquí lo puedes ver nacer.
Su origen se sitúa en Gouda, la ciudad del queso, entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. La historia que se cuenta allí habla de un panadero que aprovechó migas y restos de masa, los unió con sirope barato y creó una golosina para los pobres. Lo que nació del aprovechamiento acabó siendo un símbolo nacional que hoy se empaqueta por millones y viaja en todas las maletas.
Truco de holandés: pon un stroopwafel encima de una taza de café o de té caliente y espera un minuto. El vapor ablanda el sirope, la galleta se curva un poco, y al primer mordisco el caramelo se estira como un hilo. Recién hecho en el mercado no necesita trucos: cómelo enseguida, y cuidado con los dedos.
Ahora mira las pirámides de quesos amarillos. Gouda y Edam no son marcas, sino ciudades: eran los mercados donde los granjeros llevaban sus quesos a pesar y vender, y los nombres viajaron con ellos por medio mundo en las bodegas de los barcos holandeses. Si te ofrecen probar, pide uno joven y otro muy curado. En el viejo notarás unos granitos crujientes... no es sal, son cristales que se forman durante los largos meses de maduración.
Fíjate también en lo que se vende a tu alrededor: especias de Indonesia, roti de Surinam, aceitunas, pan de pita. Este mercado cuenta la historia de quién ha llegado a Ámsterdam, plato a plato, y pronto volveremos sobre ella. Ahora gira a la derecha antes de salir a la Van Woustraat y busca, un par de calles al sur, el verde del Sarphatipark.
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6. Sarphatipark: el parque del doctor soñador
Sarphatipark, 1073 CZ Amsterdam, Netherlands
Entra en el parque y deja que el ruido del mercado se apague a tus espaldas: un estanque con patos, caminos que serpentean entre céspedes ondulados, árboles altos. En el centro, sobre una fuente con pináculos de aire gótico, te observa el busto de un hombre de patillas. Se llama Samuel Sarphati, y sin él Ámsterdam sería otra ciudad.
Sarphati era médico, de una familia judía de origen portugués, y vivió entre 1813 y 1866. Vio de cerca cómo los pobres morían de cólera entre basura y agua sucia, y llegó a una conclusión radical: la medicina no bastaba, había que cambiar la ciudad. Organizó la recogida de basuras, fundó una gran panificadora para abaratar el pan de los obreros e impulsó un enorme palacio de exposiciones de hierro y cristal, el Paleis voor Volksvlijt.
Sus planes eran todavía más ambiciosos: soñaba con un barrio nuevo y elegante justo en estos terrenos, con avenidas y un gran parque. Murió antes de verlo. Lo que se construyó al final fue De Pijp, mucho más pobre que su sueño... pero el parque sí llegó. Se trazó en la década de 1880 al estilo de los jardines ingleses, y en 1886 se inauguró este monumento en su honor.
Durante la ocupación alemana, en la Segunda Guerra Mundial, los nazis no toleraron que un parque de Ámsterdam llevara el nombre de un judío. Lo rebautizaron con el nombre de Bolland, un filósofo holandés conocido por sus comentarios antisemitas. Tras la liberación, en 1945, el parque recuperó el nombre de Sarphati, y hoy su cara vuelve a presidir las tardes del barrio.
En un día de sol, el Sarphatipark es la sala de estar de toda la Pipa: mantas en la hierba, cumpleaños infantiles, alguien que toca la guitarra junto al agua. Muchos de los que pican algo aquí lo han comprado hace diez minutos en el mercado. Sal por el lado de la Ceintuurbaan, crúzala y sigue hacia el sur, hacia la Nueva Pipa, buscando unas fachadas de ladrillo que parecen moverse.
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7. De Dageraad: el amanecer de la Escuela de Ámsterdam
Thérèse Schwartzeplein, 1078 MA Amsterdam, Netherlands
Mira cómo el ladrillo se ondula a tu alrededor: se curva en las esquinas, sube en pequeñas torres, baja en balcones redondeados, como si el edificio entero respirara. Las tejas caen por las fachadas como una cabellera. Estás ante De Dageraad, El Amanecer, una de las joyas de la llamada Escuela de Ámsterdam.
Se construyó entre 1918 y 1923 para una cooperativa de vivienda obrera, de ideas socialistas, que llevaba ese nombre tan optimista. La idea era revolucionaria: casas sociales para trabajadores, pero con una belleza que hasta entonces se reservaba a bancos y palacios. Los arquitectos fueron dos compañeros de generación, Michel de Klerk y Piet Kramer, que trataban el ladrillo como si fuera barro de escultor.
Compara todo esto con las fachadas que has visto en la Pipa vieja, apenas unos cientos de metros al norte. Allí mandaban la especulación y las prisas. Aquí, una ley de vivienda de 1901 y el gran plan de ensanche del sur, el Plan Zuid de Hendrik Berlage, obligaban a pensar la ciudad para la gente: patios, luz, ventilación, calles con forma. En apenas una generación, Ámsterdam pasó de amontonar a sus obreros a construirles pequeños castillos.
No a todo el mundo le gustó. Los críticos acusaban a estos arquitectos de hacer arquitectura de fachada: un decorado espectacular pegado delante de pisos bastante corrientes, y encima pagado con dinero público. Michel de Klerk no tuvo mucho tiempo para responder: murió en 1923, con solo treinta y nueve años, y el movimiento perdió a su talento más audaz.
Busca los detalles pequeños: una ventana que dobla la esquina, un ladrillo colocado en vertical, una figura escondida junto a una puerta. Aquí cada vecino vive, sin saberlo, dentro de una escultura. Ahora camina hacia el este, hasta la Van Woustraat, y gira a la izquierda: es hora de hablar de las cocinas que llegaron por barco.
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8. Van Woustraat: cocinas de Indonesia y Surinam
Van Woustraat 150, 1073 LT Amsterdam, Netherlands
Camina despacio por esta calle comercial, con sus tranvías, sus bicicletas y sus escaparates, y lee lo que te rodea. En De Pijp basta un paseo para cruzarse con palabras que no son neerlandesas pero que cualquier holandés usa a diario: toko, saté, sambal, roti.
Detrás de esas palabras hay más de tres siglos de historia colonial. A partir de 1602, la Compañía Holandesa de las Indias Orientales hizo de Ámsterdam la capital europea de la nuez moscada, el clavo y la pimienta del archipiélago indonesio, a menudo por la fuerza. Indonesia proclamó su independencia en 1945 y, tras años de guerra, los Países Bajos la reconocieron en 1949. En las décadas siguientes llegaron al país unas trescientas mil personas desde las antiguas Indias, y con ellas, sus cocinas.
El plato más famoso tiene una historia curiosa. La rijsttafel, la mesa de arroz, es una sucesión de pequeños platos de distintas islas alrededor de un cuenco de arroz. No era una tradición indonesia, sino un banquete inventado por los colonos para lucirse: docenas de fuentes servidas a la vez. Hoy es un plato muy holandés con raíces indonesias, y eso dice mucho de cómo se mezclan las historias.
Surinam guarda otro dato sorprendente. En 1667, con el Tratado de Breda, los holandeses se quedaron con Surinam y dejaron a Inglaterra Nueva Ámsterdam... la futura Nueva York. Las plantaciones surinamesas se trabajaron con personas esclavizadas traídas de África; la esclavitud se abolió en 1863, y después llegaron trabajadores contratados de la India y de Java. Por eso el roti surinamés, con su pollo al curry y su patata, habla con acento indio.
Cuando Surinam se independizó en 1975, decenas de miles de personas se trasladaron a los Países Bajos, y muchas echaron raíces en Ámsterdam. Cada 1 de julio la ciudad celebra Keti Koti, cadenas rotas, en memoria de la abolición. Sigue la Van Woustraat hacia el norte hasta la Ceintuurbaan y gira a la derecha: al final de la calle te espera el río que dio nombre a la ciudad.
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9. El Amstel: el río que dio nombre a la ciudad y a una cerveza
Nieuwe Amstelbrug, 1074 HM Amsterdam, Netherlands
Por fin, agua abierta. Asómate a la barandilla del puente: el Amstel corre ancho y tranquilo, con casas flotantes amarradas a la orilla y remeros que pasan casi en silencio. Respira hondo, porque este río es la razón por la que existe la ciudad.
Hacia el siglo XIII, unos pescadores y campesinos que vivían en su desembocadura levantaron un dique para frenar el agua del mar. Ese dique en el Amstel, Amstelredamme, acabó dando nombre a la ciudad, y estaba donde hoy se abre la plaza Dam, un par de kilómetros río abajo: por eso la plaza más famosa de Ámsterdam se llama, literalmente, el Dique. En 1275, el conde Floris V concedió a la gente que vivía junto a ese dique la exención de un peaje, y ese documento es la primera vez que el lugar aparece por escrito.
El río también dio nombre a una cerveza. En 1870 se fundó junto a sus orillas la cervecería Amstel, y se cuenta que en invierno cortaban bloques de hielo del río helado para enfriar sus bodegas. Durante casi un siglo fue la gran rival de Heineken, la fábrica con la que empezaste el paseo... hasta que en 1968 Heineken la compró. Los dos nombres más famosos de la cerveza de Ámsterdam acabaron bajo el mismo techo.
Rembrandt paseaba por estas orillas, más al sur, cuando todavía eran campo abierto, y dibujaba el río con unos pocos trazos de tinta: granjas, árboles, barcas varadas. Algunos de esos dibujos se conservan hoy en museos de todo el mundo, y en ellos el Amstel parece casi el mismo que tienes delante.
Mira las casas flotantes: en Ámsterdam hay unas dos mil quinientas, con jardines en macetas, gatos en la cubierta y bicicletas encadenadas en la orilla. Vivir sobre el agua aquí no es una excentricidad, es casi una tradición. Cruza el puente y camina por la otra orilla hacia el norte: al fondo verás un gran edificio blanco con aire de palacio.
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10. Amstel Hotel: el palacio junto al río
Professor Tulpplein 1, 1018 GX Amsterdam, Netherlands
Al final de la orilla se alza un gran edificio blanco, con tejados de pizarra y aire de palacio francés, mirando al río como si le perteneciera. Es el Amstel Hotel, abierto en 1867, y durante generaciones el hotel más elegante de Ámsterdam.
¿Recuerdas al médico del busto en el Sarphatipark? Este edificio también es idea suya. Samuel Sarphati pensaba que una capital moderna necesitaba un gran hotel a la altura de los de París o Londres, para atraer viajeros, dinero y prestigio. Murió en 1866, un año antes de la inauguración, y no llegó a ver encendidas sus lámparas.
El arquitecto fue Cornelis Outshoorn, el mismo que había levantado para Sarphati el Paleis voor Volksvlijt, aquel palacio de hierro y cristal del que te hablé. El palacio estaba en la Frederiksplein, a pocos minutos a pie, donde hoy se alza la sede del banco central holandés. Ardió en 1929 y desapareció; el hotel, en cambio, sigue aquí, casi igual que hace más de ciento cincuenta años. De los dos sueños de cristal y piedra del doctor, sobrevivió el más tranquilo.
Por sus salones han pasado reyes, jefes de Estado, actores de cine y estrellas del rock, y su terraza sobre el agua es uno de los rincones más fotografiados del río. Pero piensa en lo que era esto en 1867: el borde mismo de la ciudad, con prados al otro lado del agua. Construir aquí un palacio para viajeros ricos era una apuesta por el futuro, y la ciudad acabó creciendo hasta rodearlo.
Fíjate en la orientación del edificio: da la cara al río, no a la calle. En aquella época el Amstel todavía era una avenida de barcos, y la mejor vista era la del agua. Sigue la orilla hacia el norte unos cuatrocientos metros. Delante de ti aparecerá un puente blanco de madera, estrecho y elegante: la última parada.
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11. Magere Brug: el Puente Flaco
Magere Brug, Amstel, 1017 Amsterdam, Netherlands
Ahí lo tienes: un puente blanco de madera, con dos pares de brazos levadizos que se alzan sobre el Amstel como las alas de un pájaro dormido. Es la Magere Brug, el Puente Flaco, probablemente el puente más famoso de una ciudad que tiene más de mil quinientos.
Sobre su nombre circulan dos versiones. La leyenda habla de dos hermanas apellidadas Mager que vivían en orillas opuestas del río y mandaron construir un puente para visitarse cada día sin dar la vuelta. La explicación más sencilla es que mager significa flaco, y el primer puente que hubo aquí, a finales del siglo XVII, era tan estrecho que apenas cabían dos personas cruzándose. Elige la versión que prefieras... los de Ámsterdam suelen contar las dos.
El puente se ha rehecho varias veces; el que pisas es de 1934, y sigue siendo de madera. Cuando un barco alto necesita pasar, el puente se abre por el centro y sus dos mitades se levantan, mientras ciclistas y peatones esperan pacientes a cada lado. Al caer la noche, cientos de bombillas dibujan su silueta sobre el agua, y entonces entiendes por qué sale en tantas películas y postales.
Detente en el centro y mira hacia el sur, por donde has venido. Allí quedan el hotel blanco, el puente de la Ceintuurbaan y, más atrás, invisibles, el mercado, los puestos de arenque y el parque del doctor Sarphati. Todo el barrio que has recorrido nació cuando la ciudad se atrevió a salir de sus canales.
Has empezado en una cervecería y terminas sobre un río que da nombre a otra. Por el camino has probado el mar en un arenque, el caramelo de Gouda y el eco de Indonesia y Surinam, y has visto cómo Ámsterdam pasó de amontonar a sus obreros a construirles castillos de ladrillo. Si todavía te queda hambre, el mercado sigue ahí. Buen provecho, y hasta pronto.