Viena del oro de Klimt: la Secesión, la Karlskirche y el Belvedere

Del repollo dorado de la Secesión a El beso de Klimt: arte vienés, la iglesia de un emperador que quiso ser rey de España y el palacio donde Austria recuperó su libertad en 1955

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  1. 1. Edificio de la Secesión

    Friedrichstraße 12, 1010 Wien, Austria

    Tienes enfrente un cubo blanco, casi sin ventanas, coronado por una esfera de miles de hojas de laurel doradas que brilla como un sol de metal. Los vieneses, con su cariño irreverente de siempre, la llaman el repollo dorado. Es el edificio de la Secesión, y con él empieza la historia del arte moderno en Viena.

    En 1897 un grupo de artistas jóvenes, con Gustav Klimt como primer presidente, abandonó la asociación oficial porque estaba harto de exposiciones conservadoras y de cuadros pensados para gustar. Necesitaban una casa propia, y Joseph Maria Olbrich se la construyó en apenas unos meses, en 1898. Sobre la puerta puedes leer su lema, en letras doradas: a cada época su arte, al arte su libertad. Fíjate también en las tres cabezas de gorgona sobre la entrada, que representan la pintura, la escultura y la arquitectura.

    A la ciudad no le gustó nada. Hubo quien lo llamó templo asirio, quien lo comparó con un mausoleo, y alguno hasta con un invernadero. Hoy es uno de los edificios más queridos de Viena, que es justo lo que suele pasar con los escándalos que sobreviven el tiempo suficiente.

    Pero el tesoro está abajo, en el sótano. En 1902 la Secesión dedicó una exposición a Beethoven, y Klimt pintó directamente sobre las paredes un friso de unos treinta y cuatro metros: caballeros dorados, monstruos, una gorgona, mujeres que flotan y, al final, un beso ante un coro de ángeles, inspirado en el himno de la Novena. Estaba pensado para destruirse al cerrar la muestra. Alguien lo salvó, pasó por varias manos, el Estado lo compró en 1973 y, tras una larga restauración, volvió a esta casa. En la inauguración de aquella exposición, por cierto, Gustav Mahler dirigió un fragmento de la Novena arreglado para instrumentos de viento.

    Ahora camina hacia el este por la Friedrichstraße, con el tráfico a tu derecha, y entra en la gran explanada de la Karlsplatz. Busca dos pequeños pabellones blancos y verdes, frente a frente, con girasoles dorados.

  2. 2. Pabellones de Otto Wagner en Karlsplatz

    Karlsplatz, 1010 Wien, Austria

    Ponte entre estos dos pabellones gemelos, frente a frente: un esqueleto de hierro pintado de verde, paredes de placas de mármol blanco y, por todas partes, girasoles dorados que trepan por la fachada. Parecen joyeros, pero eran simples estaciones de tren urbano.

    Los diseñó Otto Wagner, el gran arquitecto de la Viena de 1900, para el Stadtbahn, el ferrocarril metropolitano que la ciudad construyó a finales del siglo diecinueve. Wagner diseñó todo: puentes, viaductos, decenas de estaciones, barandillas y hasta los letreros. Esta de la Karlsplatz se abrió en 1899. Fíjate en la técnica: las placas de mármol no sostienen nada, van colgadas de la estructura de hierro como un vestido. Una forma de construir rápida, casi industrial, que anuncia la arquitectura del siglo veinte.

    Estuvieron a punto de desaparecer. Cuando en los años setenta se construyó el metro moderno bajo esta plaza, los viejos pabellones estorbaban, y hubo quien propuso demolerlos. La protesta de arquitectos y vecinos los salvó: se desmontaron pieza a pieza y se volvieron a montar un poco más altos, sobre la nueva estación. Hoy uno es un pequeño espacio de exposiciones dedicado a Wagner y el otro, un café.

    Hay una ironía deliciosa en este lugar. Wagner soñó durante años con construir en esta misma plaza un gran museo de la ciudad, y presentó proyecto tras proyecto. Se los rechazaron todos. Su frase más famosa decía que nada que no sea práctico puede ser bello, pero en la Viena imperial no bastaba con tener razón. El museo de la ciudad llegó, sí, medio siglo después de su muerte... y lo verás dentro de un momento.

    Ahora cruza el parque hacia el sur, en dirección a la gran cúpula verde con dos columnas gigantes delante. No tiene pérdida: es lo más alto de la plaza.

  3. 3. Karlskirche

    Karlsplatz 10, 1040 Wien, Austria

    Delante de ti, reflejada en el estanque, se levanta una iglesia imposible: un pórtico de templo griego, una cúpula verde ovalada y, a los lados, dos columnas gigantes cubiertas de relieves en espiral, como si alguien hubiera traído de Roma la columna de Trajano por duplicado. Es la Karlskirche, la iglesia de San Carlos.

    En 1713 la peste golpeó Viena, y el emperador Carlos VI prometió levantar una iglesia si la ciudad se salvaba. La dedicó a san Carlos Borromeo, el arzobispo de Milán que había cuidado a los enfermos durante otra peste, y que además llevaba su mismo nombre. La diseñó Johann Bernhard Fischer von Erlach, el gran arquitecto del barroco austriaco; las obras empezaron en 1716 y las terminó su hijo en 1737.

    Y aquí la historia se vuelve muy española. Antes de ser emperador, este Carlos fue proclamado rey de España como Carlos III por sus aliados durante la Guerra de Sucesión. Vivió en Barcelona de 1705 a 1711 y allí se casó. Pero en 1711 murió su hermano, el emperador José, y Carlos tuvo que volver a Viena para heredar. Sus aliados no querían ver de nuevo a un solo Habsburgo con España y el imperio a la vez, y la corona española acabó en manos del Borbón Felipe V.

    Por eso muchos historiadores leen así las dos columnas: son las columnas de Hércules, el emblema de Carlos V con el lema plus ultra, el símbolo de la monarquía española. El emperador que perdió España las puso delante de su iglesia. Nunca dejó de sentirse un poco rey de España: mantuvo en Viena el ceremonial de la corte española y acogió a cientos de partidarios exiliados, para quienes fundó incluso un hospital. Los relieves, eso sí, cuentan la vida de san Carlos Borromeo. Y en el estanque, una escultura de bronce de Henry Moore pone un toque moderno a todo este barroco.

    Ahora, de espaldas a la iglesia, gira a la derecha. A pocos pasos verás un edificio de líneas rectas con un piso nuevo que parece flotar encima.

  4. 4. Wien Museum

    Karlsplatz 8, 1040 Wien, Austria

    Junto a la iglesia barroca tienes un edificio de los años cincuenta, sobrio y rectangular, sobre el que parece flotar una planta nueva de hormigón. Es el Wien Museum, el museo de la ciudad, el que Otto Wagner soñó y nunca le dejaron construir.

    Al final lo levantó Oswald Haerdtl, y abrió en 1959, uno de los primeros museos que construyó Viena después de la guerra. Con los años se quedó pequeño y anticuado, y durante mucho tiempo se discutió si demolerlo o construir en otra parte. Al final se decidió respetarlo y ampliarlo: se cerró varios años y reabrió en diciembre de 2023, con ese piso añadido que sobrevuela el edificio original y una terraza que mira a la Karlskirche.

    Dentro está una de las mujeres más fascinantes de la Viena de 1900. Klimt la pintó en 1902 con un vestido largo y azul cubierto de adornos: Emilie Flöge. No era una modelo cualquiera, sino una diseñadora de moda que dirigía con sus hermanas una casa de costura en la Mariahilfer Straße, y que vestía a sus clientas con trajes amplios, sin corsé. Fue la compañera de Klimt durante décadas, y él le escribió cientos de postales. Si fueron amantes o solo almas gemelas, nadie lo sabe con certeza... y ella se encargó de que siguiera siendo un misterio.

    El museo guarda otras sorpresas para quien quiera entender la ciudad: el salón de la casa de Adolf Loos, el arquitecto que declaró la guerra al ornamento, montado tal cual estaba, y las habitaciones del poeta Franz Grillparzer, con sus muebles. Es como asomarse a las casas de los vieneses de otras épocas.

    Sal hacia el este por la calle que bordea el museo, la Lothringerstraße, y en pocos minutos llegarás a una plaza enorme con una fuente que lanza el agua muy alto. Párate junto a ella.

  5. 5. Schwarzenbergplatz: Hochstrahlbrunnen y monumento soviético

    Schwarzenbergplatz, 1030 Wien, Austria

    Escucha el rumor del agua: delante de ti, una fuente circular lanza chorros muy altos que el viento convierte en llovizna. Detrás, cerrando la plaza, ves un semicírculo de columnas y, sobre un pilar alto, un soldado con casco dorado y una bandera. Son dos monumentos que no podrían contar historias más distintas.

    La fuente es el Hochstrahlbrunnen, y se inauguró en 1873 para celebrar algo que cambió la vida de los vieneses: la primera gran conducción de agua de manantial, que traía el agua desde las montañas del Schneeberg y la Rax, a más de cien kilómetros, solo por gravedad. Hasta entonces, mucha gente bebía agua de pozos contaminados, y las epidemias eran frecuentes. Hoy, cuando abres un grifo en Viena, sigue saliendo agua de los Alpes. Se dice además que los chorros de la fuente representan los días, las horas y los meses del año.

    El monumento del fondo es el memorial a los soldados del Ejército Rojo caídos en la batalla de Viena, en abril de 1945, en la que murieron miles de ellos. Se inauguró ese mismo agosto, con la ciudad todavía en ruinas, y entre 1946 y 1956 esta plaza se llamó Stalinplatz. Para muchos vieneses, aquel soldado significaba a la vez la liberación del nazismo y el comienzo de diez años de ocupación, con sus abusos y su miedo. El tratado de 1955 obliga a Austria a conservarlo, y así sigue, incómodo y a la vista.

    Si te giras hacia el norte, verás en el otro extremo de la plaza a un mariscal a caballo: Karl Philipp von Schwarzenberg, que mandó a los aliados contra Napoleón en la batalla de Leipzig, en 1813. La plaza lleva el nombre de su familia, una de las más poderosas de Bohemia y de Austria, y su palacio está justo detrás de ti.

    Rodea la fuente y camina hacia el sur, hacia la verja del gran palacio barroco que asoma detrás de los árboles.

  6. 6. Palacio Schwarzenberg

    Schwarzenbergplatz 9, 1030 Wien, Austria

    Asómate a la verja y mira este palacio barroco de fachada curva, con su patio de honor y, detrás, un jardín que antes llegaba hasta el campo. Es el Palacio Schwarzenberg, y cuando se construyó, a finales del siglo diecisiete, esto estaba fuera de las murallas, entre huertos y viñas.

    Lo empezó en 1697 Johann Lukas von Hildebrandt para un noble de la corte, el conde Mansfeld-Fondi. Pocos años después lo compró Adam Franz von Schwarzenberg, uno de los hombres más ricos del imperio, y encargó terminarlo a los Fischer von Erlach, padre e hijo. Fíjate: en un solo palacio trabajaron los dos grandes rivales del barroco vienés. Y a pocos metros de aquí, Hildebrandt construiría su obra maestra para otro cliente, el príncipe Eugenio... la siguiente parada.

    La historia del dueño acabó de la forma más extraña. En 1732, durante una cacería en Bohemia, el emperador Carlos VI, el de la Karlskirche, disparó contra un ciervo... y alcanzó a Adam Franz von Schwarzenberg, uno de los grandes dignatarios de su corte. El príncipe murió al día siguiente. Se cuenta que el emperador, abrumado por la culpa, se ocupó desde entonces del hijo del difunto. Un monarca que había sido rey de España en Barcelona, que había levantado una iglesia contra la peste, y que cargó con la muerte de un amigo.

    La familia Schwarzenberg ha seguido muy presente en la historia de Europa central. Uno de sus descendientes, Karl Schwarzenberg, fue colaborador de Václav Havel y ministro de Exteriores de la República Checa, y murió en 2023. El palacio sufrió daños en la Segunda Guerra Mundial, fue restaurado y durante décadas funcionó como hotel, uno de los más elegantes de la ciudad, con su jardín barroco escondido tras la verja.

    Sigue ahora hacia el este hasta el Rennweg y, en pocos pasos, busca a tu derecha una portada que da a un patio largo y a un palacio sorprendentemente bajo.

  7. 7. Belvedere inferior y Orangerie

    Rennweg 6, 1030 Wien, Austria

    Cruza el patio y ponte frente a este palacio largo y bajo, de una sola planta, con estatuas en lo alto de la cornisa y un cuerpo central un poco más elevado. Es el Belvedere inferior, y aquí vivía uno de los generales más famosos de la historia de Europa.

    Eugenio de Saboya nació en París en 1663. Era pequeño, poco agraciado, y Luis XIV se negó a darle un mando en su ejército. Se ofreció entonces a los Habsburgo, y se convirtió en la peor pesadilla de Francia y del Imperio otomano: venció a los turcos en Zenta, en 1697, y en Belgrado, en 1717. Con el botín de su gloria se construyó este palacio entre 1712 y 1716, obra de Johann Lukas von Hildebrandt.

    Y en esa gloria hay mucha España. Durante la Guerra de Sucesión, Eugenio luchó junto al duque de Marlborough en Blenheim, en 1704, y libró Turín en 1706, para sentar en el trono de Madrid al archiduque Carlos. Ganó casi todas sus batallas... y aun así España se le escapó a su señor. Viena se quedó sin corona española, pero el príncipe se quedó con uno de los palacios más bellos del mundo.

    Dentro, la gente se queda boquiabierta en el salón de mármol, de dos alturas, y en el gabinete dorado, todo espejos y oro, donde un retrato podía multiplicarse hasta el infinito. A un lado está la Orangerie: en invierno se cerraba y se calentaba para que los naranjos y limoneros del príncipe sobrevivieran a las heladas vienesas. Hoy, sin naranjos, es una sala de exposiciones de arte. Eugenio tenía además, junto al palacio, una casa de fieras con animales exóticos. Nunca se casó, y murió en 1736 sin hijos; poco después, su sobrina vendió todo a la casa imperial.

    Antes de subir al jardín, sal un momento al Rennweg y camina unos pasos hacia la izquierda: verás la cúpula de una iglesia de monjas pegada al palacio.

  8. 8. Iglesia de las Salesas

    Rennweg 10, 1030 Wien, Austria

    Aquí, pegada al palacio del príncipe, tienes una iglesia de cúpula alta y fachada elegante, flanqueada por los muros de un convento. Pocos viajeros la miran dos veces, y es una pena, porque su fundadora es una pieza clave de nuestra historia.

    Era Guillermina Amalia de Brunswick, la esposa del emperador José I. En 1711 José murió de viruela, con solo treinta y dos años, y esa muerte cambió el mapa de Europa. Su hermano Carlos, que entonces luchaba en Barcelona por la corona española, tuvo que volver para ser emperador. Los ingleses y los holandeses, que no querían un Habsburgo con dos imperios, perdieron el interés por la guerra, y España quedó para los Borbones. Si alguna vez te has preguntado por qué en Madrid no reinan los Habsburgo, parte de la respuesta empieza con esta viuda.

    Guillermina Amalia no tuvo hijos varones que sobrevivieran, y su papel en la corte se desvaneció. Decidió entonces dedicarse a otra cosa: en 1717 fundó aquí un convento de la Visitación, de las monjas salesas, la orden de san Francisco de Sales, dedicado a educar a las hijas de la nobleza. La iglesia, terminada hacia 1730, la proyectó Donato Felice d'Allio, y su cúpula dialoga con los tejados del Belvedere vecino.

    La emperatriz se retiró a vivir entre estas paredes, lejos del ceremonial de la Hofburg, y aquí murió en 1742. No quiso descansar en la cripta familiar de los Habsburgo, sino en su propio convento, con sus monjas. Una emperatriz que eligió el silencio en lugar de la pompa... a pocos metros del palacio más ostentoso de Viena.

    Vuelve ahora al Belvedere inferior y sal por su lado sur al gran jardín. Empieza a subir por las escalinatas y las terrazas, entre cascadas y setos, hasta la mitad de la cuesta.

  9. 9. Jardines del Belvedere

    Belvederegarten, Rennweg 6, 1030 Wien, Austria

    Detente a mitad de la cuesta y date la vuelta. A tus pies, los parterres bajan en terrazas hasta el palacio inferior, entre cascadas, estanques y setos recortados, y más allá se abre Viena entera, con la aguja de la catedral recortada en el horizonte.

    El jardín lo trazó Dominique Girard, un francés formado con Le Nôtre, el jardinero de Versalles, que había trabajado también para el elector de Baviera. Es un jardín para pasear, pero también para leer. Según la interpretación más extendida, sus niveles cuentan un ascenso: abajo, el mundo de los elementos; en medio, el Parnaso de las musas; y arriba, el Olimpo, donde vive el héroe. El héroe, claro, era el príncipe Eugenio, que se reservó la cima.

    Esta vista tiene incluso su retrato oficial. Hacia 1759, el pintor veneciano Bernardo Bellotto, sobrino de Canaletto, se colocó en esta terraza y pintó Viena desde el Belvedere: los jardines, las cúpulas, la catedral, y unos jardineros trabajando en primer plano. Ese cuadro cuelga hoy en el Kunsthistorisches Museum, y si lo comparas con lo que ves, el perfil de la ciudad sigue siendo reconocible. De hecho, el nombre Belvedere, bella vista, se lo dio la corte de María Teresa después de comprar el conjunto.

    Fíjate en las esfinges que vigilan las rampas: cuerpo de león y cabeza de mujer, con un peinado muy de la época. Simbolizan la fuerza y la inteligencia juntas, justo las virtudes que el príncipe quería atribuirse. Llevan casi tres siglos aquí, mirando la misma ciudad, y han visto pasar a emperatrices, soldados de cuatro ejércitos y millones de paseantes.

    Sigue subiendo hasta lo más alto. Ante ti tienes la fachada del Belvedere superior, con tejados de cobre que recuerdan tiendas de campaña; acércate y busca el balcón central.

  10. 10. Belvedere superior: El beso de Klimt y el Tratado de Estado

    Prinz-Eugen-Straße 27, 1030 Wien, Austria

    Ya estás en la cima: frente a ti, el Belvedere superior despliega su fachada blanca, con los tejados de cobre verde escalonados como las tiendas de un campamento, quizá un guiño a las victorias del príncipe sobre los otomanos. Construido entre 1717 y 1723, no era una casa, sino un escenario para fiestas y recepciones.

    Hoy es un museo, y dentro te espera la pareja más famosa de Viena. El beso, de Gustav Klimt, pintado en 1907 y 1908: un lienzo cuadrado de casi dos metros de lado, cubierto de pan de oro, donde un hombre y una mujer se abrazan al borde de un prado de flores. Lo asombroso es que el Estado austriaco lo compró en 1908, en cuanto se expuso, cuando Klimt todavía era un artista polémico. El Belvedere guarda la mayor colección de Klimt del mundo y, entre otras joyas, una versión del Napoleón cruzando los Alpes de Jacques-Louis David.

    Pero este palacio guarda otro beso, el de un país con su libertad. El 15 de mayo de 1955, en el salón de mármol, los ministros de Exteriores de la Unión Soviética, Estados Unidos, el Reino Unido y Francia firmaron con el austriaco Leopold Figl el Tratado de Estado, que devolvía a Austria su plena independencia. Figl salió después al balcón y mostró el documento a la multitud que llenaba este jardín.

    Su frase célebre, Austria es libre, la pronunció en realidad dentro, en el salón, aunque la memoria popular la sitúa en el balcón. Detrás quedaban siete años de dominio nazi, una guerra, y diez años de ocupación por cuatro potencias. En octubre de ese año se marcharon los últimos soldados extranjeros, y el 26 de octubre Austria proclamó su neutralidad, que hoy es su fiesta nacional.

    Para la última parada, sal por la puerta sur del recinto, cruza con cuidado la gran avenida del Gürtel y entra en el parque que hay enfrente. Busca un pabellón de cristal y acero que parece suspendido en el aire.

  11. 11. Belvedere 21

    Arsenalstraße 1, 1030 Wien, Austria

    Termina el paseo frente a esta caja de cristal y acero que parece flotar sobre su base, ligera, transparente, como un pabellón de feria. Y es exactamente lo que fue: hoy se llama Belvedere 21, y es la casa del arte contemporáneo del Belvedere.

    El arquitecto Karl Schwanzer lo diseñó como pabellón de Austria para la Exposición Universal de Bruselas de 1958, la primera gran exposición universal después de la guerra. Al terminar, en lugar de desguazarlo, lo desmontaron, lo trajeron a Viena y lo volvieron a montar en este parque. Abrió en 1962 como Museo del Siglo Veinte, y los vieneses lo bautizaron enseguida con cariño como la casa del veinte.

    Piensa en lo que significaba ese edificio en 1958. Austria llevaba solo tres años libre, recién declarada neutral, y quería presentarse al mundo como un país moderno, abierto, sin sombras del pasado. Ese pasado, por supuesto, no se borraba con cristal, y el país tardaría décadas en mirar de frente su papel en los crímenes nazis. Pero la apuesta por la transparencia, literal, dice mucho de aquella generación.

    Tras una larga temporada cerrado, el arquitecto Adolf Krischanitz lo renovó y le añadió una torre de oficinas; reabrió en 2011 como 21er Haus, y en 2018 recibió su nombre actual. Aquí se exponen artistas austriacos e internacionales de nuestro tiempo, y muchas veces lo más interesante es ver cómo dialogan con este espacio diáfano, sin una sola pared que corte la luz.

    Mira el camino que has hecho: empezaste en 1898, ante un cubo blanco que gritaba que cada época necesita su arte, y terminas en 1958, en una caja de cristal que lo pone en práctica. Entre medias, un emperador que quiso ser rey de España, un príncipe que coleccionaba victorias, el oro de Klimt y la firma que liberó a Austria. La estación central de Viena está a pocos minutos a pie, por si el viaje continúa... y si no, el arte de esta ciudad siempre tiene otra puerta abierta.