Viena suena: tras los pasos de Mozart, Beethoven y Strauss

De la taberna del Querido Augustín a la Sala Dorada del Musikverein: la Viena donde se estrenó la Heroica, murió Mozart y nació el vals

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  1. 1. Griechenbeisl: la taberna del Querido Augustín

    Fleischmarkt 11, 1010 Wien, Austria

    Ponte frente a la vieja casa de la esquina entre Fleischmarkt y Griechengasse, con sus ventanas pequeñas, su fachada torcida por los siglos y un letrero de hierro que lleva cientos de años anunciando vino y comida. Al lado, la iglesia ortodoxa griega con su fachada de ladrillo y oro te da la primera pista: este rincón de Viena fue durante siglos el barrio de los comerciantes griegos, y de ellos viene el nombre de la taberna, el Griechenbeisl.

    La casa presume de que su historia como mesón se remonta a mediados del siglo quince. Pero su vecino más famoso no fue un mercader ni un noble, sino un músico callejero. Se llamaba Marx Augustin, tocaba la gaita y cantaba en las tabernas, y todo indica que existió de verdad. Lo que cuentan de él, en cambio, pertenece a la leyenda.

    En 1679 la peste arrasó Viena. Una noche, Augustin bebió tanto que se quedó dormido en la calle, y los sepultureros, que recogían cadáveres a carretadas, lo confundieron con un muerto y lo arrojaron a una fosa común. A la mañana siguiente despertó entre los cuerpos, empezó a tocar la gaita hasta que alguien lo sacó... y no se contagió. Dentro de la taberna, bajo una reja, una figura suya sigue en su pozo, recordando la historia.

    De ahí viene, según la tradición, una de las canciones más conocidas del mundo germánico: O du lieber Augustin, alles ist hin, oh querido Augustín, todo se ha perdido. Es una melodía que probablemente has tarareado sin saberlo, y que los niños vieneses aprenden antes que a leer. Fíjate en la paradoja: la primera canción de este paseo es una broma sobre la muerte cantada por un borracho... y Viena la convirtió en himno de supervivencia.

    La casa guarda además una sala cuyas paredes y techo están cubiertos de firmas de visitantes ilustres; la taberna asegura que entre ellos hubo músicos como Brahms o Johann Strauss y escritores como Mark Twain. Nadie puede jurar que cada firma sea auténtica, pero la idea dice mucho de esta ciudad, donde hasta una taberna quiere tener su lista de compositores. Ahora camina hacia el sur por las callejuelas estrechas hasta una plaza barroca donde un anciano Haydn escuchó su obra por última vez.

  2. 2. Aula de la Antigua Universidad: Haydn y la Séptima de Beethoven

    Dr.-Ignaz-Seipel-Platz 2, 1010 Wien, Austria

    Entra en esta plaza pequeña y solemne, cerrada por dos edificios que parecen mirarse en silencio: a un lado la iglesia de los jesuitas con sus dos torres, al otro un palacio de columnas y frontón que hoy alberga la Academia Austriaca de Ciencias. Ese palacio se construyó a mediados del siglo dieciocho, por orden de María Teresa, como aula magna de la universidad, y su gran salón tiene el techo pintado y una acústica que los músicos de la época adoraban.

    El 27 de marzo de 1808 se celebró ahí dentro un concierto que muchos vieneses recordaron toda su vida. Se interpretaba La Creación de Joseph Haydn, dirigida por Antonio Salieri, en honor del compositor, que estaba a punto de cumplir setenta y seis años. Haydn, ya muy frágil, entró sentado en un sillón llevado en brazos, entre trompetas y aplausos.

    Cuando el coro llegó al momento de la luz, ese acorde que estalla después de la oscuridad, la sala se puso en pie. Según los testigos, el anciano levantó la mano hacia el techo y dijo que aquello no venía de él, sino de allá arriba. Entre el público estaba su antiguo alumno, un tal Beethoven, que se inclinó para besarle las manos. Haydn se marchó en el descanso. Fue su última aparición en público; murió al año siguiente.

    Cinco años después, el 8 de diciembre de 1813, el alumno ocupó el mismo escenario. Beethoven estrenó aquí su Séptima Sinfonía, en un concierto benéfico para los soldados heridos en la batalla de Hanau. El público exigió repetir el segundo movimiento, aquel Allegretto que avanza como una procesión. El violinista Louis Spohr, que tocaba en la orquesta, contó que Beethoven, ya bastante sordo, se agachaba hasta casi desaparecer en los pasajes suaves y saltaba en el aire en los fuertes.

    Antes de irte, asómate si puedes a la iglesia de los jesuitas: su cúpula es una ilusión, pintada sobre un techo plano por el maestro del trampantojo Andrea Pozzo. Música y engaño óptico, puerta con puerta. Ahora camina hacia el suroeste, hacia la cabecera de la catedral, hasta la callejuela de Domgasse, donde Mozart vivió sus años más felices.

  3. 3. Mozarthaus: la casa de Las bodas de Fígaro

    Domgasse 5, 1010 Wien, Austria

    Recorre con la mirada esta calle estrecha y curva, a la sombra de la catedral, y detente ante la casa alta de fachada clara en el número cinco. Entre 1784 y 1787, en el primer piso, vivió Wolfgang Amadeus Mozart con su esposa Constanze. De los más de diez pisos que ocupó en Viena, mudándose sin parar, este es el único que sigue en pie.

    Era también el más grande y el más caro: varias habitaciones, cocina, y un alquiler que habría hecho palidecer a cualquier músico de la corte. Mozart tenía veintiocho años, era el pianista de moda, daba conciertos por suscripción y cobraba bien las clases. Le encantaba el billar, llegó a tener mesa propia, y vestía con un lujo que su padre consideraba una imprudencia.

    Aquí escribió Las bodas de Fígaro, la ópera que se estrenó en 1786 con un libreto basado en una comedia prohibida, donde un criado se burla de su señor. Y aquí, en febrero de 1785, ocurrió una escena que cualquier padre querría oír. Leopold Mozart había venido de Salzburgo de visita, y tras una velada de cuartetos Joseph Haydn se le acercó y le dijo, más o menos, que ante Dios y como hombre honrado, su hijo era el mayor compositor que conocía en persona o de nombre.

    Pero no todo era fiesta en estas paredes. En 1786 nació aquí un hijo, Johann Thomas Leopold, que murió con menos de un mes. Y el dinero, que entraba deprisa, salía todavía más rápido. En 1787 la familia dejó la casa por un piso más modesto en las afueras, y empezó la cuesta abajo económica de los últimos años.

    Desde 2006, cuando se cumplieron doscientos cincuenta años del nacimiento del compositor, el edificio es un museo dedicado a su vida en Viena. Cuando salgas, fíjate en lo cerca que queda la catedral: allí se casó Mozart en 1782, y allí lo despidieron nueve años después. Ahora baja hacia el sur por las callejuelas hasta una pequeña plaza con una fuente de Moisés y una iglesia que esconde el órgano más antiguo de la ciudad.

  4. 4. Franziskanerkirche: el órgano más antiguo de Viena

    Franziskanerplatz 4, 1010 Wien, Austria

    Siéntate un momento junto a la fuente de Moisés, en esta plaza diminuta que parece un escenario de teatro, y mira la iglesia que la cierra. Su fachada es alta, blanca, coronada por un frontón escalonado y puntiagudo, con aire de ciudad alemana del norte más que de capital barroca. Es la iglesia de los franciscanos, levantada a principios del siglo diecisiete, y es una de las pocas fachadas de estilo renacentista que quedan en Viena.

    La fuente también tiene su historia: el Moisés que hace brotar agua de la roca se colocó a finales del siglo dieciocho, cuando esta plaza era un pequeño mercado. Pero el verdadero tesoro de este lugar no se ve desde fuera. Hay que entrar, y sobre todo hay que escuchar.

    Dentro se conserva un órgano construido en 1642 por el maestro Johann Wöckherl. Es el órgano más antiguo de Viena, con sus puertas de madera pintadas que se abren como las alas de un retablo. Piensa en la fecha: Europa estaba todavía en plena guerra de los Treinta Años, Mozart tardaría más de un siglo en nacer, y este instrumento ya llenaba la nave de sonido.

    Un órgano así es una máquina de respirar. Fuelles, tubos de metal y de madera, registros con nombres de animales y de voces humanas. Antes de que existieran salas de conciertos, era en iglesias como esta donde los vieneses oían la música más compleja de su tiempo, y donde muchos futuros compositores aprendieron armonía tocando misas de domingo. Restaurado con cuidado, el instrumento sigue sonando, y escucharlo es lo más parecido a oír la Viena de antes de los Habsburgo barrocos.

    Hay algo conmovedor en la idea de que la ciudad de los grandes nombres guarde su voz más antigua en una iglesia de frailes, sin carteles luminosos ni colas. Toda la Viena musical que vas a recorrer, de Mozart a Strauss, descansa sobre siglos de música anónima como esta. Ahora toma la estrecha Ballgasse, que sale de la plaza, y síguela hasta Rauhensteingasse, donde terminó la vida de Mozart.

  5. 5. Rauhensteingasse: donde murió Mozart

    Rauhensteingasse 8, 1010 Wien, Austria

    Mira el muro moderno de los grandes almacenes que ocupa este tramo de Rauhensteingasse y busca la placa que recuerda lo que hubo aquí. No queda nada de la casa original: se derribó a mediados del siglo diecinueve. Y sin embargo, en este punto exacto de la calle, Mozart vivió su último año y murió.

    Se mudó aquí con Constanze en el otoño de 1790, con deudas y con una salud que ya fallaba. Y entonces, en vez de hundirse, escribió como nunca. Aquí nacieron el Concierto para clarinete, la ópera La clemenza di Tito y, sobre todo, La flauta mágica, estrenada en septiembre de 1791 en un teatro de barrio al otro lado de las murallas, con un éxito enorme.

    Ese mismo verano llegó un encargo misterioso: un Réquiem, pagado por un mensajero que no quiso dar el nombre de su señor. Hoy sabemos que era el conde Walsegg, que pensaba presentarlo como obra propia en memoria de su esposa. Pero Mozart, enfermo, llegó a creer que escribía su propia misa de difuntos. Según un testimonio tardío, la víspera de su muerte unos amigos cantaron con él fragmentos de la partitura junto a la cama.

    Murió aquí en la madrugada del 5 de diciembre de 1791, con treinta y cinco años. La causa exacta sigue siendo un misterio, y la historia del envenenamiento por Salieri es una leyenda, alimentada por Pushkin y luego por la película Amadeus. Tampoco es cierto del todo lo de la fosa de mendigos: lo enterraron en el cementerio de San Marcos en una tumba común, como mandaban entonces las normas de José II para la gente corriente. Nadie sabe hoy el lugar exacto.

    El Réquiem quedó inacabado, y lo terminó su alumno Franz Xaver Süssmayr para que Constanze pudiera cobrar el encargo. Cada vez que escuchas el Lacrimosa, estás oyendo uno de los últimos compases que Mozart escribió en esta calle. Ahora sigue hacia el oeste, cruza la animada Kärntner Straße y busca la pequeña Lobkowitzplatz, donde Beethoven desafió a un emperador.

  6. 6. Palais Lobkowitz: el salón de la Heroica

    Lobkowitzplatz 2, 1010 Wien, Austria

    Delante de ti se alza un palacio barroco de fachada clara y portada monumental, construido a finales del siglo diecisiete, cuando Viena acababa de sobrevivir al asedio turco de 1683. Hoy alberga el Museo del Teatro, pero su nombre sigue siendo el de la familia que lo habitó durante generaciones: los príncipes Lobkowitz, una de las grandes casas de la nobleza bohemia.

    A comienzos del siglo diecinueve, el dueño era Franz Joseph Maximilian von Lobkowitz, un príncipe que cantaba, tocaba el violín y tenía orquesta propia. Y tenía un protegido difícil, desaliñado y genial: Ludwig van Beethoven. En 1804, en el gran salón de este palacio, que hoy se llama Sala Eroica, la orquesta del príncipe ensayó y tocó por primera vez la Tercera Sinfonía.

    Imagina la sorpresa de los invitados. Una sinfonía de casi cincuenta minutos cuando lo normal era la mitad, con un primer movimiento lleno de choques y disonancias, y una marcha fúnebre en el centro. Nada había sonado así antes. Muchos historiadores sitúan en esa sala el momento en que la música entra en el Romanticismo.

    La obra iba a llevar otro título. Beethoven había pensado dedicarla a Napoleón Bonaparte, el héroe que parecía traer libertad. Según contó su alumno Ferdinand Ries, cuando supo que Napoleón se había coronado emperador, montó en cólera y tachó el nombre. En una copia que se conserva en Viena, el título está raspado con tanta rabia que el papel tiene un agujero. La sinfonía se quedó en Heroica, compuesta para celebrar el recuerdo de un gran hombre, y la dedicatoria fue para el príncipe Lobkowitz.

    El mecenazgo no fue solo de salón. En 1809 Lobkowitz, el archiduque Rodolfo y el príncipe Kinsky firmaron con Beethoven una renta anual para que no aceptara un puesto fuera de Viena. Años después el príncipe se arruinó, en parte por su generosidad con la música. Ahora camina hacia el este, cruzando de nuevo Kärntner Straße hasta Seilerstätte, donde un director de orquesta fundó la Filarmónica de Viena.

  7. 7. Casa de la Música y el nacimiento de la Filarmónica

    Seilerstätte 30, 1010 Wien, Austria

    Busca en Seilerstätte el palacio de fachada sobria y elegante que hoy anuncia la Casa de la Música, el Haus der Musik. Fue la residencia del archiduque Carlos, el vencedor de Aspern contra Napoleón, y en sus pisos vivió durante unos años un compositor y director alemán llamado Otto Nicolai. Su nombre no te sonará tanto como el de Mozart, pero lo que puso en marcha aquí lo conoce medio planeta.

    El 28 de marzo de 1842, Nicolai dirigió en el palacio imperial el primer concierto de una orquesta formada por los músicos de la ópera de la corte, que por fin tocaban sinfonías por su cuenta. Aquella Academia Filarmónica es la fecha de nacimiento de la Filarmónica de Viena. Nicolai murió joven, en Berlín en 1849, apenas dos meses después de estrenar su ópera Las alegres comadres de Windsor.

    La Filarmónica tiene una organización única. Sus miembros son los músicos de la orquesta de la Ópera Estatal, se gobiernan a sí mismos, eligen a sus directores invitados y desde 1933 no tienen director titular. Durante más de un siglo y medio solo admitieron hombres: la primera mujer entró como miembro de pleno derecho en 1997, una arpista.

    Esa misma independencia tiene su capítulo oscuro. En 1938, tras la anexión de Austria por la Alemania nazi, los músicos judíos fueron expulsados de la orquesta y varios murieron asesinados en los campos. La propia Filarmónica ha encargado a historiadores investigar ese pasado y lo ha publicado, y conviene recordarlo antes de entrar en las salas doradas que vienen.

    Desde el año 2000 este palacio es un museo del sonido, con un pequeño museo de la Filarmónica dentro. La sala más famosa te permite ponerte delante de una orquesta virtual y dirigirla con una batuta: si vas demasiado lento o demasiado rápido, los músicos se detienen y te lo reprochan. Es la forma más humilde de comprender lo difícil que es ese oficio. Ahora camina hacia el sur, cruza el Ring y busca un edificio color miel con figuras en el tejado: el Musikverein.

  8. 8. Musikverein: la Sala Dorada

    Musikvereinsplatz 1, 1010 Wien, Austria

    Detente frente a este edificio de color terracota y crema, con columnas, ventanas en arco y estatuas sobre la cornisa, como un templo griego que se hubiera dedicado a Apolo y a las musas. Es el Musikverein, la casa de la Sociedad de Amigos de la Música de Viena, fundada en 1812. Lo diseñó el arquitecto danés Theophil Hansen, y se inauguró el 6 de enero de 1870, en un terreno cedido por el emperador Francisco José.

    Dentro está la Sala Dorada, quizá la sala de conciertos más famosa del mundo. Es una caja de zapatos larga y alta, con unas mil setecientas butacas y sitio para unos trescientos espectadores de pie, columnas en forma de mujeres doradas y un techo pintado. Hansen no tenía fórmulas de acústica, y aun así acertó: madera, yeso, un suelo que vibra y proporciones justas hacen que cada pianísimo llegue hasta la última fila.

    Por esta casa pasaron todos. Brahms fue director artístico de la Sociedad en los años setenta del siglo diecinueve, y aquí se estrenaron obras de Bruckner, Mahler y del propio Brahms. El archivo de la Sociedad guarda manuscritos y documentos de Beethoven, Schubert y Mozart, un tesoro que pocos visitantes imaginan detrás de las paredes.

    Y cada 1 de enero, desde aquí, la Filarmónica toca valses y polcas de la familia Strauss para millones de personas por televisión. Hay que contar su origen con honestidad: el primer concierto de esta serie se dio el 31 de diciembre de 1939, en plena época nazi y con fines de propaganda y recaudación. Desde 1941 se celebra el día de Año Nuevo, y después de la guerra se convirtió en otra cosa, un ritual de alegría compartida.

    Al final llega siempre lo mismo: El Danubio azul, interrumpido por las felicitaciones de la orquesta, y la Marcha Radetzky, que el público acompaña con palmas siguiendo los gestos del director. En la sala, por cierto, el ensayo es casi tan codiciado como el concierto. Ahora camina hacia el este por Lothringerstraße, pasando junto al Beethoven de bronce sentado en su plaza, hasta el Konzerthaus.

  9. 9. Konzerthaus: la otra gran sala de Viena

    Lothringerstraße 20, 1030 Wien, Austria

    Ante ti tienes un edificio largo y blanco, con una fachada de líneas limpias y ornamentos discretos del modernismo vienés, muy distinto del templo griego que acabas de dejar atrás. Es el Konzerthaus, la segunda gran casa de la música de Viena, y su historia empieza justo donde termina la del Musikverein: en la sensación de que la ciudad necesitaba algo más.

    A principios del siglo veinte, los vieneses querían una sala para todo el público, no solo para la sociedad elegante que llenaba el Musikverein. El proyecto se encargó al estudio de Fellner y Helmer, autores de decenas de teatros por toda Europa central, junto con el arquitecto Ludwig Baumann. El 19 de octubre de 1913 se inauguró en presencia del anciano emperador Francisco José, y Richard Strauss estrenó para la ocasión una pieza escrita a propósito, su Preludio festivo.

    La fecha impresiona: menos de un año después estallaría la Primera Guerra Mundial, que acabaría con el imperio que acababa de cortar la cinta. El edificio nació con varias salas bajo un mismo techo, una grande para orquestas y otras más pequeñas para música de cámara, que hoy llevan nombres como Mozart y Schubert.

    Desde el principio el Konzerthaus fue más inquieto que su vecino. Por sus escenarios han pasado jazz, música contemporánea, músicas del mundo y cantautores, además del gran repertorio sinfónico. Los vieneses suelen hablar de una rivalidad amistosa: el Musikverein es la tradición dorada, el Konzerthaus la curiosidad. Y en invierno, justo al lado, la pista del club de patinaje de Viena se llena de gente que gira sobre el hielo, a veces con valses por los altavoces.

    El mismo complejo alberga también el Akademietheater, la segunda escena del Burgtheater, de modo que en una noche cualquiera puede haber una sinfonía, un cuarteto y una obra de teatro bajo el mismo tejado. Ahora camina hacia el norte, cruza el puente sobre el río Wien y entra en el Stadtpark, donde un violinista dorado te está esperando.

  10. 10. Kursalon y el Strauss dorado

    Johannesgasse 33, 1010 Wien, Austria

    Delante de ti, entre árboles y estanques, brilla una figura dorada: un hombre con bigote que toca el violín dentro de un arco de mármol blanco rodeado de ninfas. Es Johann Strauss hijo, el rey del vals, y es probablemente la estatua más fotografiada de Viena. Detrás, el edificio claro de estilo renacentista italiano es el Kursalon, el salón de baile y conciertos del Stadtpark.

    El Stadtpark se abrió en 1862, en los terrenos que quedaron libres al derribar las murallas, y fue el primer parque público municipal de la ciudad. El Kursalon se construyó poco después, a mediados de los años sesenta del siglo diecinueve, y en principio era un lugar de cura, donde los vieneses bebían aguas minerales. Muy pronto los vasos de agua dejaron paso a otra cosa: en 1868 Johann Strauss hijo dirigió aquí su orquesta, y el salón se convirtió en un templo del vals.

    La historia de los Strauss es un drama familiar. El padre, Johann Strauss, era ya famoso y no quería que su hijo fuera músico; le prohibió estudiar violín. El hijo practicaba a escondidas, con la complicidad de su madre, y en 1844 debutó con su propia orquesta en un casino de Hietzing, a las puertas de Viena, compitiendo abiertamente con su padre. Ganó la batalla y acabó eclipsándolo.

    En 1867 escribió El Danubio azul, primero como pieza para coro con una letra cómica que no entusiasmó a nadie. Unos meses después, en versión orquestal y en la Exposición Universal de París, fue un éxito arrollador, y hoy es casi un segundo himno austriaco. El monumento que tienes delante, obra de Edmund Hellmer, se inauguró en 1921, más de veinte años después de la muerte del compositor. No siempre brilló: pasó décadas sin dorado y volvió a dorarse en 1991.

    Fíjate en cómo lo representaron: no como un señor solemne con partitura, sino tocando, en movimiento, como dirigía él, con el violín en la mano. Ahora camina hacia el norte por los senderos del parque, junto al estanque, hasta un compositor de mármol que está sentado y no tiene ninguna prisa.

  11. 11. Monumento a Schubert en el Stadtpark

    Stadtpark, Parkring, 1010 Wien, Austria

    Busca entre los árboles, cerca del Parkring, a un hombre de mármol blanco sentado en un sillón, con gafas, un cuaderno en las rodillas y la mirada perdida en una melodía. Es Franz Schubert, y este monumento, obra de Carl Kundmann, se inauguró en 1872, pagado en buena parte por la Sociedad Coral Masculina de Viena, que le debía medio repertorio.

    Hay un detalle que lo hace especial en este paseo. Mozart vino de Salzburgo, Beethoven de Bonn, Haydn de un pueblo de la frontera húngara, Brahms de Hamburgo. Schubert, en cambio, nació en Viena en 1797, en un barrio de las afueras, hijo de un maestro de escuela. Es el gran compositor que la ciudad no tuvo que importar.

    Su vida fue corta y casi privada. Nunca tuvo un puesto fijo, vivió de favores de amigos y tocó sobre todo en casas particulares, en veladas que acabaron llamándose schubertiadas, con poesía, vino y canciones. Escribió más de seiscientas canciones, a menudo varias en un solo día. Admiraba a Beethoven hasta la veneración, llevó una antorcha en su entierro en 1827, y murió al año siguiente, en 1828, con solo treinta y un años.

    Mucha de su música quedó en cajones. En 1839, durante una estancia en Viena, Robert Schumann visitó al hermano de Schubert y encontró entre sus papeles la Gran Sinfonía en do mayor, que Mendelssohn estrenó poco después en Leipzig. Y la Sinfonía Inacabada no se estrenó hasta 1865, aquí en Viena, más de cuarenta años después de escrita.

    En este mismo parque descansan otros nombres: un busto de Bruckner, un monumento a Franz Lehár. Pero Schubert, sentado y pensativo, es el mejor final para este paseo. Empezaste con un gaitero que cantaba sobre la muerte en una taberna, pasaste por la casa de Fígaro, el salón de la Heroica y la Sala Dorada, y terminas ante el músico que convirtió la vida cotidiana de Viena en canción. Siéntate un momento en un banco, pon su música si quieres... y deja que la ciudad siga sonando.