Aula de la Antigua Universidad: Haydn y la Séptima de Beethoven

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Entra en esta plaza pequeña y solemne, cerrada por dos edificios que parecen mirarse en silencio: a un lado la iglesia de los jesuitas con sus dos torres, al otro un palacio de columnas y frontón que hoy alberga la Academia Austriaca de Ciencias.

Key Facts

PlaceAula de la Antigua Universidad: Haydn y la Séptima de Beethoven
AddressDr.-Ignaz-Seipel-Platz 2, 1010 Wien, Austria
Geo Coordinates48.20890, 16.37720
Part of WalkViena suena: tras los pasos de Mozart, Beethoven y Strauss
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Entra en esta plaza pequeña y solemne, cerrada por dos edificios que parecen mirarse en silencio: a un lado la iglesia de los jesuitas con sus dos torres, al otro un palacio de columnas y frontón que hoy alberga la Academia Austriaca de Ciencias. Ese palacio se construyó a mediados del siglo dieciocho, por orden de María Teresa, como aula magna de la universidad, y su gran salón tiene el techo pintado y una acústica que los músicos de la época adoraban.

El 27 de marzo de 1808 se celebró ahí dentro un concierto que muchos vieneses recordaron toda su vida. Se interpretaba La Creación de Joseph Haydn, dirigida por Antonio Salieri, en honor del compositor, que estaba a punto de cumplir setenta y seis años. Haydn, ya muy frágil, entró sentado en un sillón llevado en brazos, entre trompetas y aplausos.

Cuando el coro llegó al momento de la luz, ese acorde que estalla después de la oscuridad, la sala se puso en pie. Según los testigos, el anciano levantó la mano hacia el techo y dijo que aquello no venía de él, sino de allá arriba. Entre el público estaba su antiguo alumno, un tal Beethoven, que se inclinó para besarle las manos. Haydn se marchó en el descanso. Fue su última aparición en público; murió al año siguiente.

Cinco años después, el 8 de diciembre de 1813, el alumno ocupó el mismo escenario. Beethoven estrenó aquí su Séptima Sinfonía, en un concierto benéfico para los soldados heridos en la batalla de Hanau. El público exigió repetir el segundo movimiento, aquel Allegretto que avanza como una procesión. El violinista Louis Spohr, que tocaba en la orquesta, contó que Beethoven, ya bastante sordo, se agachaba hasta casi desaparecer en los pasajes suaves y saltaba en el aire en los fuertes.

Antes de irte, asómate si puedes a la iglesia de los jesuitas: su cúpula es una ilusión, pintada sobre un techo plano por el maestro del trampantojo Andrea Pozzo. Música y engaño óptico, puerta con puerta. Ahora camina hacia el suroeste, hacia la cabecera de la catedral, hasta la callejuela de Domgasse, donde Mozart vivió sus años más felices.

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