Sevilla en flor: el Parque de María Luisa y la Exposición de 1929
De la fábrica de las cigarreras al banco de Bécquer: pabellones de América, palomas en la Plaza de América, un monte con nombre africano y el jardín que un francés pintó con agua
Seville · 11 stops · 24 min audio · Generated
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1. Hotel Alfonso XIII
Calle San Fernando 2, 41004 Sevilla, Spain
Mira esa fachada de ladrillo rojo, con sus arcos, sus azulejos y sus rejas, que ocupa media calle San Fernando como si fuera un palacio árabe recién estrenado. No te dejes engañar: no tiene ni cien años. El edificio del Hotel Alfonso XIII se terminó en 1928, y nació con una sola misión: que Sevilla tuviera dónde alojar al mundo durante su gran Exposición.
La idea de esa Exposición venía de muy atrás. Hacia 1909 se empezó a hablar de una muestra hispanoamericana en Sevilla, una forma de reconciliarse con las repúblicas de América después de un siglo de independencias y de la derrota de 1898. Se fijó una fecha, luego otra, y otra más. Entre guerras, crisis y obras eternas, la Exposición Iberoamericana no abrió hasta el 9 de mayo de 1929.
Mientras tanto, la ciudad entera se reinventó. Se abrieron avenidas, se urbanizaron barrios nuevos, y los arquitectos se pusieron a imaginar cómo debía ser Sevilla. La respuesta fue este estilo que llamamos regionalismo: ladrillo visto, cerámica de Triana, hierro forjado, recuerdos mudéjares y barrocos, todo mezclado con mucha gracia y algo de teatro. El hotel, obra del arquitecto José Espiau, es uno de sus mejores ejemplos, con un patio central que es puro decorado de ópera.
Las obras empezaron en plena Primera Guerra Mundial y no terminaron hasta 1928, casi a la vez que todo lo demás. Los sevillanos, que somos muy de llegar justo a las citas, lo consideramos una tradición.
Todo lo que vas a ver en este paseo, los pabellones, la Plaza de América, las fuentes del parque, nació de aquella fiebre de los años veinte. Y la historia acabó con una paradoja: pocos meses después de la apertura llegó el crac de Nueva York, los visitantes fueron menos de los esperados y la ciudad quedó endeudada durante años. Sigue ahora por la calle San Fernando hasta la puerta monumental del edificio de al lado, el más grande de la calle... y uno de los más grandes de España.
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2. Real Fábrica de Tabacos, hoy Universidad
Calle San Fernando 4, 41004 Sevilla, Spain
Planta los pies delante de la portada principal y levanta la vista hasta lo más alto: una figura con alas toca una trompeta. Es la Fama, anunciando a los cuatro vientos lo que se hacía aquí dentro. Y lo que se hacía era dinero, mucho dinero, en forma de hojas de tabaco.
La Real Fábrica de Tabacos se construyó entre 1728 y 1770, más o menos, y se suele decir que fue el segundo edificio más grande de España, solo por detrás de El Escorial. Tenía foso, puente y garitas de vigilancia, como un cuartel. ¿Por qué tanta seguridad para unas hojas secas? Porque el tabaco era un monopolio de la Corona, y cada cigarro que salía de aquí pagaba impuestos. Las hojas venían de América, por el mismo río que acabas de dejar atrás.
En el siglo XIX trabajaban aquí miles de mujeres, las cigarreras. Liaban puros a mano, en naves calurosas, cantando, discutiendo y criando a sus hijos entre las mesas. Tenían fama de libres, de lengua rápida y de no dejarse mandar, y eran una fuerza en el barrio. De ese mundo sacó Prosper Mérimée a su Carmen, en 1845, y treinta años después Bizet la convirtió en una de las óperas más representadas del mundo.
Lo que la ópera no cuenta es lo duro que era el trabajo, los salarios por pieza, el olor que se pegaba a la ropa y a la piel. Las cigarreras también protagonizaron protestas y huelgas, y su historia es una de las primeras historias de mujeres obreras en España.
A mediados del siglo XX la fábrica se trasladó al otro lado del río y este palacio industrial pasó a ser la sede de la Universidad de Sevilla. Hoy, donde se liaban puros, hay aulas de Filología y de Geografía e Historia, y los estudiantes se sientan en los patios donde antes se secaba el tabaco. Rodea ahora el edificio por la derecha, hacia su fachada sur, donde te esperan un teatro con cúpula y dos pabellones de América.
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3. Casino de la Exposición, Teatro Lope de Vega y pabellones de Perú y Chile
Avenida de María Luisa s/n, 41013 Sevilla, Spain
Delante tienes un edificio blanco y ocre coronado por una cúpula, con aire de palacio barroco. Es el antiguo Pabellón de Sevilla de la Exposición de 1929, obra de Vicente Traver: a un lado el Casino de la Exposición, al otro el Teatro Lope de Vega. La ciudad anfitriona se construyó su propio pabellón, y lo hizo a lo grande.
El teatro sigue funcionando, y por su escenario han pasado desde zarzuelas hasta el mejor flamenco. En el Casino se celebraban bailes y recepciones mientras duró la Exposición, que no cerró sus puertas hasta junio de 1930. Fue, durante más de un año, el salón de recibir de toda la ciudad.
Ahora gírate hacia los edificios de enfrente. El de piedra labrada, lleno de figuras, es el Pabellón de Perú, de Manuel Piqueras Cotolí, un arquitecto español que vivió en Lima. Si te acercas, verás en la fachada animales y motivos andinos mezclados con el barroco colonial, como en las iglesias de Cuzco o de Arequipa. Hoy es la Casa de la Ciencia, un museo científico por el que pasan cada curso miles de escolares.
Un poco más allá asoma el Pabellón de Chile, con una arquitectura más sobria y moderna que la de sus vecinos. Hoy es una escuela de arte. Esa es la gracia de esta Exposición: los países americanos dejaron aquí sus pabellones, y Sevilla, en vez de derribarlos, los fue llenando de vida: museos, consulados, conservatorios, colegios.
Fíjate en que todos miran hacia el parque, como si la Exposición hubiera querido ponerse a la sombra de sus árboles. Y es que el Parque de María Luisa existía antes que todos estos edificios, y de hecho era el regalo de una infanta. Baja ahora hacia el Paseo de las Delicias, junto a la verja del parque, y busca una casita hexagonal con torrecillas. Tiene nombre de reina y una leyenda imposible.
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4. Costurero de la Reina
Paseo de las Delicias s/n, 41013 Sevilla, Spain
Mira esta casita de ladrillo de seis lados, con sus torrecillas en las esquinas y sus arcos de herradura, como un castillo de juguete que alguien olvidó en el borde del parque. La llamamos el Costurero de la Reina, y es uno de los rincones que más cariño despiertan en Sevilla.
La leyenda dice que aquí venía a coser y a pasar las tardes la reina Mercedes, hija de los duques de Montpensier, que se crio en el Palacio de San Telmo. Mercedes se casó por amor con su primo Alfonso XII en enero de 1878, y murió en junio de ese mismo año, con solo dieciocho. Toda España lloró aquella historia, y todavía se canta en los patios de colegio la copla de ¿Dónde vas, Alfonso XII?
Pero aquí viene lo bueno: el Costurero se construyó en 1893, quince años después de que muriera Mercedes. Así que la reina nunca pudo coser en él. Sevilla, que no deja que la verdad le estropee una buena historia, le puso el nombre de todos modos.
Lo que sí fue es la casa del guarda de los jardines de San Telmo, obra del arquitecto Juan Talavera y de la Vega, en ese estilo neomudéjar que treinta años después triunfaría en la Exposición. Y es que en 1893 pasó algo decisivo: la madre de Mercedes, la infanta María Luisa Fernanda, ya viuda, donó a la ciudad gran parte de los jardines del palacio. Ese regalo es el parque por el que vas a pasear ahora, y por eso lleva su nombre.
Antes de seguir, piensa en lo que eran estos jardines: huertas, paseos privados, un estanque, árboles traídos de lejos para una familia que quería sentirse en una corte. Hoy son de todos, y los sevillanos venimos aquí a correr, a hacernos fotos de boda y a dormir la siesta en un banco. Sigue por el Paseo de las Delicias hacia el sur; pasarás junto al pequeño pabellón de Guatemala y llegarás a una glorieta con una torre que parece de iglesia virreinal.
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5. Pabellón de Argentina
Paseo de las Delicias, Glorieta de Buenos Aires, 41013 Sevilla, Spain
Levanta la vista hacia esa torre con su cúpula de azulejos, que parece sacada de una iglesia de Potosí o del Alto Perú. Luego baja los ojos a la fachada y a su portada labrada. Estás frente al Pabellón de Argentina, uno de los más ambiciosos que dejó la Exposición de 1929.
Lo diseñó Martín Noel, un arquitecto argentino que defendía algo muy concreto: que América tenía que buscar su estilo en su propio pasado colonial, y no copiar París. Por eso el edificio mezcla el barroco andaluz con el de las ciudades virreinales, como si quisiera decir que Sevilla y América hablaban ya el mismo idioma en piedra.
Argentina vino a lo grande, porque en los años veinte era uno de los países más ricos del mundo, y Buenos Aires una capital llena de emigrantes españoles. Muchos de los visitantes de la Exposición tenían abuelos de Galicia, de Asturias o de Andalucía, y venir a Sevilla era también volver a casa por unos días. Dentro mostraba la riqueza de un país de trigo y de ganado, y la imagen de una nación moderna que miraba a España de igual a igual.
Hoy, si pasas por aquí a media mañana, quizá oigas un piano y el golpe seco de zapatillas contra el suelo: el pabellón es el Conservatorio Profesional de Danza. Donde se exhibía el trigo de la pampa, ahora ensayan bailarines de clásico, de contemporáneo y de flamenco.
La glorieta en la que está se llama Buenos Aires, y no es la única: las calles de esta zona se llaman Chile, Uruguay u Honduras, porque toda la Exposición quería ser un mapa de América dibujado en Sevilla. Desde aquí, sigue hacia el este, metiéndote en el parque, hasta una plaza enorme llena de palomas y cerámica. Allí te esperan tres palacios que miran a una misma plaza.
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6. Plaza de América: Museo Arqueológico
Plaza de América s/n, 41013 Sevilla, Spain
Entra en la Plaza de América y párate delante del palacio de aire renacentista, con sus torres, sus columnas y sus escudos. Lo construyó Aníbal González, el gran arquitecto de la Exposición, como pabellón de Bellas Artes, y hoy es el Museo Arqueológico de Sevilla.
Aníbal González es el hombre que dibujó buena parte de la Sevilla que la gente imagina. Suya es la Plaza de España, ese semicírculo gigante que verás asomar entre los árboles, y suya es esta plaza, con tres pabellones de tres estilos distintos: renacentista, mudéjar y gótico. Era una lección de historia del arte español puesta en ladrillo y cerámica.
Dentro guarda uno de los grandes tesoros de la arqueología española: el tesoro del Carambolo. En 1958, unos obreros que trabajaban en un cerro de Camas, aquí al lado, encontraron por casualidad un conjunto de joyas de oro: brazaletes, placas, un collar. Durante décadas se pensó que era el oro de Tartessos, el reino legendario de esta tierra. Hoy los arqueólogos creen que tiene que ver con un santuario de influencia fenicia, lo que no le quita ni un gramo de misterio.
Y está también la colección romana, sobre todo de Itálica, la ciudad fundada en el 206 antes de Cristo a pocos kilómetros de aquí, donde nacieron los emperadores Trajano y, probablemente, Adriano. Mármoles, mosaicos, dioses y emperadores que salieron de los olivares del Aljarafe.
Un consejo de sevillano: fíjate en los bancos y en los zócalos de la plaza, todos de azulejo, y en las palomas, que aquí se sienten dueñas. Generaciones de niños sevillanos han venido a darles de comer los domingos, y por eso mucha gente la llama la plaza de las palomas. Camina ahora hacia el extremo de la plaza, hasta el pabellón de aire gótico con pináculos: el que estaba pensado para la Corona.
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7. Pabellón Real
Plaza de América s/n, 41013 Sevilla, Spain
Ahora tienes delante el más pequeño de los tres palacios y quizá el más fino: el Pabellón Real, con su crestería, sus pináculos y sus ventanas que parecen encaje de piedra. Es gótico, pero gótico del siglo XX, un gótico de Exposición.
Aníbal González eligió para él el estilo isabelino, el de la época de los Reyes Católicos, el mismo de los grandes edificios de finales del siglo XV. No es casualidad. Para un pabellón destinado a la Corona en una Exposición dedicada a América, nada era más simbólico que el estilo de la reina que firmó las capitulaciones con Colón.
Esa es la idea que flotaba en toda la Exposición: presentar la historia común de España y América como una gran familia. Es una mirada que hoy se discute, porque cuenta la conquista desde un solo lado y deja fuera mucho dolor. Pero en 1929, para una España que había perdido sus últimas colonias treinta años antes, era una manera de seguir sintiéndose importante en el mundo.
Fíjate en los detalles de la cerámica y del ladrillo, porque aquí se ve la gran apuesta de Aníbal González: recuperar los oficios de Sevilla. Para la Exposición trabajaron cientos de ceramistas, herreros, carpinteros y canteros, muchos de ellos de Triana, y no pocos talleres trabajaron durante años para la Exposición. Sin ellos, este pabellón sería una maqueta de cartón piedra.
Desde aquí ves toda la plaza de punta a punta, con el pabellón renacentista a un lado y el mudéjar al otro, como un tribunal de tres estilos. Y si cierras los ojos, casi oyes las bandas de música de 1929. Al otro lado del parque asoma la Plaza de España, también de Aníbal González, pero ese gran semicírculo merece un paseo propio y hoy solo lo saludamos de lejos. Cruza ahora la plaza hacia el palacio de ladrillo y azulejos con arcos de herradura, el más sevillano de los tres.
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8. Pabellón Mudéjar: Museo de Artes y Costumbres Populares
Plaza de América 3, 41013 Sevilla, Spain
Mira los arcos de herradura, el ladrillo cortado, los paños de azulejos que brillan con reflejos verdes y dorados. Este es el Pabellón Mudéjar, y si los otros dos pabellones de la plaza hablan de reyes y de imperios, este habla de nosotros, de la gente.
El estilo mudéjar es una de las cosas más nuestras que existen, y hasta su nombre tiene historia: viene de una palabra árabe que suele traducirse como aquel al que se permite quedarse. Nació cuando, tras la conquista cristiana, los alarifes musulmanes siguieron construyendo para los nuevos señores con sus técnicas de siempre: el ladrillo, la madera labrada, el yeso, la cerámica. Sevilla está llena de ese mestizaje, del Alcázar a las iglesias de los barrios, y en la Exposición de 1929 se convirtió en bandera.
Dentro está el Museo de Artes y Costumbres Populares, y es un tesoro para entender cómo se vivía aquí. Hay trajes, bordados y mantones de Manila, cerámica, aperos de labranza, instrumentos y talleres de oficios que ya casi no existen. Es el museo donde una abuela sevillana se emociona señalando cosas que tuvo en su casa.
Los mantones de Manila, por cierto, son otra pista del viaje que empezó en el puerto. Venían de China a través de Filipinas, por la ruta del galeón de Manila, y las andaluzas los hicieron suyos hasta convertirlos en símbolo de lo andaluz. Lo más sevillano del mundo resulta que tiene flores bordadas en Cantón.
Fíjate antes de irte en la escalinata y en los bancos de cerámica de toda la plaza, cada uno con su dibujo. Buena parte de esa cerámica salió de los alfares de Triana, al otro lado del río. Es Sevilla presumiendo de lo que sabe hacer con las manos. Sal ahora de la plaza por el norte, hacia el interior del parque, y sigue el rumor del agua: unos leones te van a escupir, con mucha educación.
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9. Fuente de los Leones y Monte Gurugú
Parque de María Luisa, Avenida de Hernán Cortés, 41013 Sevilla, Spain
Siéntate junto al estanque y escucha: el agua cae de las bocas de los leones con un rumor que tapa los coches de la avenida. Es la Fuente de los Leones, y si has estado en Granada sabrás enseguida a quién quiere parecerse.
Este parque es obra de Jean-Claude Nicolas Forestier, un paisajista francés que había trabajado en los grandes paseos de París. La ciudad le encargó en 1911 transformar los jardines regalados por la infanta, y él hizo algo que nadie esperaba de un francés: en lugar de un jardín a la francesa, buscó inspiración en la Alhambra, en el Generalife y en los patios andaluces. Agua que corre por canalillos, fuentes bajas, glorietas, sombra y azulejo. El parque se inauguró en 1914.
Ahora gira la cabeza hacia esa colina que tienes al lado, con su cascada y su pequeño mirador arriba. Es el Monte Gurugú, y es una colina de mentira, construida a mano para dar altura a un parque completamente llano. El nombre es de verdad: viene del monte Gurugú, junto a Melilla, que en aquellos años salía en todos los periódicos por la guerra de Marruecos.
Esa guerra costó miles de vidas españolas y marroquíes, y muchos soldados andaluces lucharon en ella. Es curioso cómo un nombre de batalla acabó en el rincón más romántico del parque, donde hoy suben las parejas a hacerse fotos.
Sube por el caminito hasta arriba si te apetece; desde arriba se ve el agua caer y las copas de los árboles, plátanos, palmeras, naranjos, y algún árbol venido de América. Forestier quería que el parque se recorriera como una sucesión de habitaciones verdes, cada una con su sorpresa. Baja luego hacia el oeste hasta un estanque con una isleta en medio y un pequeño pabellón. Ya oirás a los patos antes de verlos.
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10. Isleta de los Patos
Parque de María Luisa, Avenida de Pizarro, 41013 Sevilla, Spain
Acércate a la orilla del estanque y mira la isleta del centro, con su pabellón pequeño y sus árboles inclinados sobre el agua. Alrededor, patos y, a veces, algún cisne nadando con esa dignidad de quien sabe que el parque es suyo.
Es la Isleta de los Patos, y probablemente el lugar del parque con más recuerdos por metro cuadrado. Aquí han tirado migas de pan varias generaciones de niños sevillanos, aquí se han hecho fotos de comunión y de boda, y aquí se han dado más de un primer beso. Pregúntale a cualquier sevillano por el parque y te hablará de los patos antes que de los pabellones.
Pero fíjate en cómo está pensado. Un estanque con una isla en medio es una idea muy antigua de los jardines: un paraíso dentro del paraíso, un lugar al que no se llega del todo. Forestier jugó con eso por todo el parque: estanques, canales, surtidores, y siempre el agua moviéndose, porque en Sevilla en verano el agua no es decoración, es supervivencia.
Este parque, además, es un pulmón de verdad. En los días de julio en que el termómetro pasa de cuarenta grados, aquí dentro se notan unos grados menos, y los árboles centenarios dan la sombra que falta en media ciudad. Cuidarlos no es fácil: algunos ejemplares han caído con los años por la edad o por las tormentas, y el parque se replanta poco a poco. Es un jardín vivo, y por eso cambia.
Busca un banco a la sombra, aunque sea un minuto. Si te fijas, oirás a la vez el agua, los pájaros y, a lo lejos, el trote de algún coche de caballos camino de la Plaza de España. Así suena el parque. Ahora sube hacia el norte por los paseos, hasta una glorieta con unas figuras de mármol sentadas en círculo. Allí te espera un poeta.
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11. Glorieta de Bécquer
Glorieta de Bécquer, Parque de María Luisa, 41013 Sevilla, Spain
Rodea despacio el monumento: tres mujeres de mármol sentadas en un banco, cada una con un gesto distinto, un Cupido de bronce y, arriba, el busto de un hombre con bigote y mirada triste. Es Gustavo Adolfo Bécquer, el poeta de Sevilla, y este es el rincón más romántico de todo el parque.
Bécquer nació en Sevilla en 1836, se quedó huérfano muy pronto y se fue a Madrid a buscar la gloria, que le llegó tarde, casi toda después de morir, en 1870, con solo treinta y cuatro años. Sus Rimas son probablemente los versos de amor más leídos en lengua española. En 1913 sus restos volvieron a Sevilla, y hoy descansan en el Panteón de Sevillanos Ilustres.
El monumento se inauguró en 1911, por iniciativa de los hermanos Álvarez Quintero, dos comediógrafos sevillanos que lo admiraban, y lo esculpió Lorenzo Coullaut Valera. Las tres figuras representan las etapas del amor: el amor ilusionado, el amor poseído y el amor perdido. Míralas bien: una sueña, otra se entrega, la tercera ya se ha quedado sola. Y todo el conjunto se dispuso alrededor de un gran taxodio, un ciprés de los pantanos, como si el árbol fuera parte de la escultura.
Los sevillanos dicen que si te sientas aquí con alguien y le recitas una rima, la cosa ya no tiene arreglo. No sé si es verdad, pero por si acaso, te dejo el verso más sencillo del mundo, el que todos aprendimos en el colegio: poesía... eres tú.
Y aquí termina el paseo. Has empezado en un hotel de los años veinte, has visto la fábrica de las cigarreras, los pabellones de América, la plaza de las palomas, los leones, el monte con nombre de guerra y la isla de los patos. Todo ese mundo nació de una infanta que regaló su jardín y de una ciudad que quiso enseñarle al mundo quién era. Quédate un rato en la glorieta. La Plaza de España está a un paso, pero eso ya es otra historia.