París imperial: del Arco del Triunfo a la Place Vendôme por los Campos Elíseos
Napoleón, una emperatriz granadina, los republicanos españoles de La Nueve, un zar y una guillotina: la gran avenida de París, de la Étoile a la columna de Austerlitz
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1. Arco del Triunfo: la promesa de Napoleón
Place Charles de Gaulle, 75008 Paris, France
Quédate en la acera y contempla el arco: cincuenta metros de piedra clara plantados en medio de una rotonda donde desembocan doce avenidas. Desde lo alto se entiende por qué los parisinos la llaman la Étoile, la estrella. Y fíjate en el tráfico: no hay carriles pintados, y cada conductor sobrevive como puede.
Napoleón encargó el arco en 1806, eufórico tras la victoria de Austerlitz, y prometió a sus soldados que volverían a casa bajo arcos de triunfo. No lo vio terminado. Las obras se arrastraron treinta años, entre caídas de régimen y cambios de planes, y el monumento se inauguró en 1836, con Luis Felipe en el trono. Napoleón pasó por fin bajo su arco en diciembre de 1840... dentro de un ataúd, cuando sus restos volvieron de Santa Elena.
Las paredes interiores están cubiertas de nombres de batallas y de generales del Imperio. Un oído español reconoce algunos con cierta incomodidad: mariscales como Soult o Suchet, que hicieron la guerra en la península. Y en el suelo, bajo la bóveda, descansa desde 1921 un soldado desconocido de la Primera Guerra Mundial. La llama que lo acompaña se encendió en 1923, y cada tarde, a la misma hora, una pequeña ceremonia la reaviva.
Ahora, la anécdota que no está en ninguna placa. En agosto de 1919, un piloto llamado Charles Godefroy atravesó el arco volando en su biplano, por debajo de la bóveda, para protestar porque a los aviadores los habían obligado a desfilar a pie en el desfile de la victoria. Hay película de aquel vuelo. Y en 1885 el arco fue capilla ardiente: el cuerpo de Victor Hugo pasó aquí una noche entera, bajo un enorme crespón negro, antes de un funeral seguido por una multitud inmensa.
Antes de bajar, gira la vista hacia el oeste, donde arranca la avenue Foch, la más ancha de París. Cuando se abrió, en 1854, se llamaba avenida de la Emperatriz, en honor de una granadina: Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III. Volveremos a encontrarla. Ahora toma el paso subterráneo y empieza a bajar por la avenida más famosa del mundo, los Campos Elíseos.
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2. Avenida de los Campos Elíseos: de huertas a pasarela
Avenue des Champs-Élysées, 75008 Paris, France
Camina por la acera ancha, entre escaparates y castaños, y mira avenida abajo: el asfalto desciende en una pendiente suave hasta el obelisco de la Concordia, y más allá se adivina el Louvre. Es una línea recta trazada a propósito, el gran eje de París. Hoy parece el lugar más inevitable de la ciudad... pero hace cuatro siglos aquí había campos, pantanos y huertas.
El responsable es André Le Nôtre, el jardinero de Luis XIV, el mismo de Versalles. Hacia 1667 prolongó la perspectiva del jardín de las Tullerías con una alameda para carruajes a la que llamaron el Gran Curso. El nombre de Campos Elíseos, el paraíso de los héroes en la mitología griega, llegó a principios del siglo dieciocho. Durante mucho tiempo fue un paseo a las afueras, oscuro de noche y con fama de peligroso.
Con los siglos, esta avenida se convirtió en el escenario donde Francia celebra y llora. El 26 de agosto de 1944, al día siguiente de la liberación de París, el general de Gaulle la bajó a pie entre una multitud enorme. Entre los primeros blindados que habían entrado en la ciudad la noche del 24 iba una compañía muy especial, La Nueve, formada sobre todo por republicanos españoles exiliados. Sus semiorugas llevaban nombres como Guadalajara, Teruel o Guernica, y en el desfile escoltaron al general.
Y cada verano la avenida tiene otro dueño: el Tour de Francia, que desde 1975 suele terminar aquí. Para los aficionados al ciclismo de habla hispana, este pavimento es sagrado. Pedro Delgado llegó de amarillo en 1988, y Miguel Induráin lo hizo cinco veces seguidas, de 1991 a 1995, algo que nadie había conseguido antes. Después, Carlos Sastre y Alberto Contador también ganaron el Tour.
Fíjate en la calzada: son adoquines, no asfalto, y los ciclistas los sienten en cada vuelta del circuito final. La avenida mide casi dos kilómetros de largo y unos setenta metros de ancho, y aun así en Nochevieja se llena hasta no caber un alfiler. Sigue bajando, con el obelisco al fondo, hasta el Rond-Point, donde los edificios dejan paso a los jardines.
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3. Avenue Montaigne: del paseo de las Viudas al New Look
Avenue Montaigne, 75008 Paris, France
Desde el Rond-Point, el gran cruce redondo con sus fuentes, asoma a tu derecha una avenida de castaños y fachadas impecables, con porteros de uniforme y escaparates que no enseñan ni un precio. Es la avenue Montaigne, la calle de la alta costura. Y su historia empieza con un nombre que tiene poco de glamuroso.
Hasta 1850 esto se llamaba la allée des Veuves, el paseo de las Viudas. La explicación más repetida es que era una alameda apartada y discreta, donde las viudas de luto podían pasear sin ser vistas... aunque las malas lenguas añaden que no siempre paseaban solas. Después llegaron las mansiones, los teatros y, con el siglo veinte, la moda.
El 12 de febrero de 1947, en el número 30 de esta avenida, un diseñador casi desconocido llamado Christian Dior presentó su primera colección: cinturas de avispa y faldas amplísimas que gastaban metros y metros de tela, en una Europa que todavía vivía con cartillas de racionamiento. La directora de Harper's Bazaar, Carmel Snow, lo bautizó al instante: el New Look. París volvía a mandar en la moda.
Y un nombre que nos toca de cerca: muy cerca de aquí, en la avenida George V, un guipuzcoano de Getaria, Cristóbal Balenciaga, abrió su casa de costura en 1937, en plena Guerra Civil española. Se cuenta que Dior lo llamaba el maestro de todos nosotros. Más abajo, en esta misma avenida, se alza el Teatro de los Campos Elíseos, donde en mayo de 1913 el estreno de La consagración de la primavera de Stravinski acabó en escándalo, con silbidos, gritos y peleas en el patio de butacas.
Queda un último fantasma, entre los jardines que bordean los Campos Elíseos al otro lado de la rotonda. Allí jugaba de niño Marcel Proust, y allí conoció a la muchacha que inspiraría a Gilberte en En busca del tiempo perdido. Cruza hacia esos jardines y sube por la avenue de Marigny, hacia el palacio donde vive el presidente de Francia.
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4. Palacio del Elíseo: Pompadour, Napoleón y Eugenia de Montijo
55 Rue du Faubourg Saint-Honoré, 75008 Paris, France
Desde la acera de enfrente verás una gran puerta con columnas, una verja negra y dorada, un patio de grava y guardias de gala inmóviles. Es el palacio del Elíseo, la residencia del presidente de la República. No esperes ver mucho más: la fachada principal queda al fondo del patio. Pero estas paredes guardan tres siglos de amores, abdicaciones y conspiraciones.
Se construyó hacia 1720 para un aristócrata, el conde de Évreux, como mansión entre patio y jardín, con un parque que baja hasta los Campos Elíseos. Décadas después lo compró Madame de Pompadour, la favorita de Luis XV. Ya en el siglo diecinueve vivieron aquí Joaquín Murat y Carolina Bonaparte, y en junio de 1815, después de Waterloo, Napoleón firmó en este palacio su segunda abdicación.
Y ahora, la historia que más nos toca. En 1848, Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del emperador, fue elegido presidente y se instaló aquí. En sus recepciones empezó a fijarse en una joven granadina de pelo rojizo: Eugenia de Montijo. Cuenta la anécdota que, cuando él le preguntó por dónde se llegaba a su alcoba, ella respondió: por la capilla, señor. Sea verdad o leyenda, en enero de 1853 se casaron, y la granadina se convirtió en emperatriz de los franceses.
Pero entre medias hubo un golpe de Estado. La Constitución impedía a Luis Napoleón presentarse a la reelección, y en la noche del 1 al 2 de diciembre de 1851 puso en marcha desde este palacio el golpe que lo hizo dueño de Francia. Un año después era Napoleón III y se mudó a las Tullerías. Cuando el Imperio cayó en 1870, Eugenia escapó de París con ayuda de su dentista estadounidense y se exilió en Inglaterra. Murió muy anciana, en 1920, en Madrid, en el palacio de Liria.
Con la República, el Elíseo volvió a ser la casa de los presidentes, y lo sigue siendo. Unos pasos más allá, en esta misma calle, está la residencia del embajador británico, que el duque de Wellington compró en 1814 a Paulina Bonaparte, la hermana de Napoleón. Ahora baja por la avenue de Marigny hacia el río, hasta un palacio de hierro y cristal.
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5. Grand Palais: la nave de cristal de 1900
3 Avenue du Général Eisenhower, 75008 Paris, France
Frente a ti se levanta una fachada de columnas de piedra, y por encima asoma una inmensa bóveda de cristal y hierro verde; en las esquinas del tejado, carros de bronce tirados por caballos parecen a punto de despegar. Es el Grand Palais. Si tienes ocasión de entrar, mira hacia arriba: su nave central es una de las mayores cubiertas de vidrio que se construyeron en Europa.
Nació para la Exposición Universal de 1900, igual que su vecino de enfrente, el Petit Palais, y que el puente Alejandro III. Para hacerles sitio se derribó el Palacio de la Industria de 1855. Varios arquitectos se repartieron el proyecto, y el resultado es una mezcla muy francesa: fachadas clásicas de piedra por fuera y, por dentro, una catedral de acero y vidrio, hija de la era industrial. Dicen que lleva más hierro que la torre Eiffel.
Aquí se escribió un capítulo de la historia del arte. En el Salón de Otoño de 1905, el crítico Louis Vauxcelles entró en la sala donde colgaban los cuadros de Matisse, Derain y Vlaminck, de colores violentísimos, vio en medio una escultura de aire clásico y soltó: Donatello entre las fieras. Las fieras, les fauves, se quedaron con el nombre. Acababa de nacer el fovismo.
Y el palacio nunca ha dejado de reinventarse: salones del automóvil, concursos hípicos, exposiciones gigantes... Durante años, Karl Lagerfeld montó bajo esta bóveda los desfiles más delirantes de Chanel: un iceberg, un supermercado, incluso un cohete que despegaba entre humo. Tras una larga restauración, el Grand Palais volvió a abrir a tiempo para los Juegos Olímpicos de 2024, en los que acogió la esgrima.
Al salir, fíjate en los mosaicos y relieves que celebran el arte y la ciencia, con la fe un poco ingenua de un siglo que empezaba convencido del progreso. Catorce años después llegaría la Gran Guerra, y durante el conflicto este palacio se convirtió en hospital militar. Ahora cruza la avenida Winston Churchill: justo enfrente te espera su hermano pequeño, que de pequeño solo tiene el nombre.
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6. Petit Palais: el museo de la puerta dorada
Avenue Winston Churchill, 75008 Paris, France
Ahora tienes delante una puerta monumental de hierro forjado y dorado, bajo un pórtico coronado por una cúpula, entre dos alas que se abren como brazos. Es el Petit Palais, el pequeño palacio. Pequeño solo en comparación con su vecino: es un edificio enorme, y uno de los museos más bonitos de París, aunque muchos visitantes pasan de largo.
Lo diseñó Charles Girault para la misma Exposición Universal de 1900. Aquella feria fue un delirio: recibió alrededor de cincuenta millones de visitas, presentó una acera mecánica que transportaba a los paseantes y coincidió con la inauguración de la primera línea de metro de París, en julio de ese año. Al terminar, casi todos los pabellones se desmontaron. Este se quedó, y en 1902 se convirtió en el Museo de Bellas Artes de la Ciudad de París.
Lo que pocos saben es que el edificio tiene planta de trapecio y esconde un tesoro en el centro: un jardín semicircular rodeado por una galería de columnas, con suelos de mosaico, plantas exuberantes y estanques. Es un pequeño claustro casi tropical en pleno barrio de los ministerios, uno de los rincones más tranquilos del distrito octavo. Girault cuidó cada detalle, desde los mosaicos del suelo hasta los techos pintados de las galerías.
Dentro, las colecciones van de la Antigüedad hasta 1900: vasos griegos, iconos ortodoxos, pintura flamenca y holandesa y, sobre todo, el siglo diecinueve francés, con Courbet, Delacroix, Monet o Cézanne. Hay también muebles y joyas art nouveau, el estilo de líneas vegetales que triunfó en aquella Exposición. Es el museo de la ciudad, no del Estado: una colección pensada para los parisinos, con la misma ambición que los grandes museos nacionales.
Al salir, levanta la vista hacia los relieves alegóricos de la fachada y la cúpula. Luego camina hacia el Sena por la avenida, con la cúpula dorada de los Inválidos al fondo, al otro lado del río, y detente a la entrada del puente más extravagante de la ciudad.
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7. Puente Alejandro III: el regalo del zar
Pont Alexandre III, 75008 Paris, France
Al llegar a la orilla, mira los cuatro pilares altísimos que custodian el puente, coronados por figuras doradas que sujetan caballos alados y brillan incluso en los días grises. Más abajo, faroles de bronce, querubines, guirnaldas y monstruos marinos. Es el puente Alejandro III, y es exageradamente bonito a propósito: fue un gesto diplomático, y la diplomacia de 1900 no conocía la sobriedad.
A finales del siglo diecinueve, Francia, aislada frente a Alemania, buscó un aliado y lo encontró en la Rusia de los zares: un matrimonio de conveniencia entre una república y una autocracia. Para sellarlo, el puente lleva el nombre del zar Alejandro III, y en octubre de 1896 su hijo, Nicolás II, colocó aquí la primera piedra. Al año siguiente, el presidente francés Félix Faure hizo lo mismo en San Petersburgo, con el puente de la Trinidad.
Lo más admirable es lo que no se ve. Se exigió que el puente fuera bajo, para no tapar la vista entre los Campos Elíseos y la cúpula de los Inválidos. Así que los ingenieros salvaron el Sena con un único arco de acero de unos ciento siete metros, muy rebajado y sin un solo apoyo en el agua. Para su época fue una proeza técnica, y se inauguró justo a tiempo para la Exposición de 1900.
Asómate a la barandilla en el centro del puente. En un costado del arco, un grupo de ninfas con las armas de Francia representa al Sena; en el otro, otras ninfas con las armas de Rusia representan al Neva, el río de San Petersburgo. Dos ríos que se dan la mano en bronce... aunque la alianza que celebraban se rompió en 1917, con la revolución y la caída de los zares.
Desde aquí tienes una de las vistas más completas de París: los Inválidos al sur, el Grand Palais a tu espalda y la torre Eiffel asomando río abajo. Vuelve a la orilla derecha y camina junto al río por el Cours la Reine, hacia la plaza más grande de París, donde rodaron las cabezas de un rey y una reina.
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8. Plaza de la Concordia: la guillotina y el obelisco
Place de la Concorde, 75008 Paris, France
Estás en la plaza más grande de París, un inmenso octógono rodeado de tráfico, con dos fuentes de bronce y, en el centro, una aguja de granito rosado cubierta de jeroglíficos. Gira despacio sobre ti mismo: arriba, el Arco del Triunfo; al otro lado del río, la Asamblea Nacional; al norte, la Madeleine. París entero parece ordenado alrededor de este punto.
La plaza nació para glorificar a un rey. La diseñó a partir de 1755 el arquitecto Ange-Jacques Gabriel, y en el centro se colocó una estatua ecuestre de Luis XV: se llamaba, claro, plaza Luis XV. En las esquinas, ocho estatuas representan grandes ciudades de Francia. Cuando Alemania se anexionó Alsacia en 1871, la estatua de Estrasburgo se cubrió de crespones negros, y así siguió, de luto, hasta 1918.
Luego llegó la Revolución. La estatua del rey se fundió, la plaza pasó a llamarse de la Revolución y aquí se instaló la guillotina. El 21 de enero de 1793 fue ejecutado Luis XVI; en octubre, María Antonieta. Después cayeron Danton y, más tarde, el propio Robespierre, que había enviado a tantos al cadalso. Más de mil personas murieron en esta plaza. En 1795, como queriendo pasar página, la rebautizaron con un nombre esperanzador: Concordia.
El obelisco es unos tres mil años más viejo que todo lo demás. Se alzaba ante el templo de Luxor, en Egipto, y fue un regalo del virrey Mehmet Alí a Francia. Traerlo costó años: un barco construido a propósito, la travesía del Mediterráneo y la subida por el Sena. El 25 de octubre de 1836 se levantó ante una multitud enorme y el rey Luis Felipe, y en su pedestal unos dibujos dorados explican las máquinas que lo izaron. La punta dorada, en cambio, es moderna: se añadió en 1998.
Mira ahora hacia el norte: dos palacios gemelos de columnas cierran la plaza, también obra de Gabriel. El de la derecha guarda una historia de joyas robadas... y hoy puede visitarse. Hacia allí vamos.
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9. Hôtel de la Marine: el robo de las joyas de la Corona
2 Place de la Concorde, 75008 Paris, France
Acércate a la columnata del palacio que cierra la plaza por el lado derecho: columnas corintias sobre una galería de arcos, idéntica a su gemela del otro lado de la rue Royale. Durante más de doscientos años fue un edificio de funcionarios cerrado a cal y canto. Desde 2021 cualquiera puede entrar y asomarse a la logia que domina la plaza.
Gabriel lo levantó a partir de 1757 para el Guardamuebles de la Corona: el gran almacén donde se custodiaban muebles, tapices, armas y objetos preciosos de los palacios reales... y también las joyas de la Corona. Cuando la corte necesitaba vestir un palacio para una fiesta, de aquí salían las lámparas y los tapices. Era, en cierto modo, el trastero más lujoso del mundo.
En septiembre de 1792, en plena Revolución y con el rey ya preso, una banda de ladrones trepó por la fachada varias noches seguidas y vació las vitrinas de las joyas de la Corona, entre ellas el Regente, uno de los diamantes más célebres del mundo. Fue uno de los mayores robos de la historia. Buena parte del botín se recuperó, el Regente incluido. Otras piezas desaparecieron, y se cree que el gran diamante azul de Luis XIV reapareció años más tarde, retallado, como el famoso diamante Hope.
Con la Revolución, el edificio cambió de inquilino: desde 1789 y durante más de dos siglos fue el ministerio de la Marina. Desde sus despachos se gobernaban los puertos, la flota y las colonias, y en 1848 se firmó aquí el decreto que abolió definitivamente la esclavitud en las colonias francesas, impulsado por Victor Schœlcher. Los marinos se marcharon en 2015, y tras una restauración minuciosa los salones dorados recuperaron el aspecto del siglo dieciocho.
Sube ahora por la rue Royale, la calle que pasa entre los dos palacios gemelos. Al fondo, cerrando la perspectiva, te espera un templo griego que nunca quiso ser iglesia... y que acabó siéndolo.
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10. La Madeleine: el templo de Napoleón que acabó en iglesia
Place de la Madeleine, 75008 Paris, France
Al final de la rue Royale, levanta la vista hacia ese templo griego enorme, rodeado de columnas por los cuatro lados, sin torre ni campanario. Parece salido de Atenas o de la Roma antigua. Y sin embargo es una iglesia católica dedicada a María Magdalena, y en su escalinata se sientan cada mediodía oficinistas con su bocadillo.
Su historia es un catálogo de cambios de opinión. Las obras empezaron en 1764 para una iglesia convencional, con cúpula. La Revolución las paró. Entonces llegó Napoleón y en 1806 decidió convertirla en un templo a la gloria de su Gran Ejército. Cayó el Imperio y la Restauración volvió a quererla iglesia. Y hacia 1837 hubo incluso quien propuso convertirla en estación de tren, la primera de París.
Al final, en 1842, se consagró como iglesia, con cincuenta y dos columnas corintias de unos veinte metros alrededor. Por dentro no tiene ventanas laterales: la luz entra por tres cúpulas escondidas en el tejado. Y si miras desde lo alto de la escalinata, verás que se enfrenta, rue Royale abajo y al otro lado de la Concordia y del río, a la Asamblea Nacional, cuya fachada de columnas se levantó en tiempos de Napoleón para hacerle de espejo.
La Madeleine es la iglesia de los grandes adioses parisinos. El 30 de octubre de 1849 se celebró aquí el funeral de Frédéric Chopin, y sonó el Réquiem de Mozart, como él había pedido. En 1975 despidió a Joséphine Baker con honores militares, la primera mujer de origen estadounidense en recibirlos en Francia, y en 2017 la multitud desbordó la plaza para decir adiós a Johnny Hallyday.
Chopin había muerto dos semanas antes del funeral, muy cerca de aquí. ¿Quieres saber dónde? Camina hacia el este por el boulevard de la Madeleine y gira por la rue des Capucines, hasta una plaza octogonal perfecta presidida por una columna de bronce.
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11. Place Vendôme: la columna de los cañones y la última casa de Chopin
Place Vendôme, 75001 Paris, France
Entra en la plaza y deja que te envuelva: un octógono de fachadas idénticas, con arcos en la planta baja y joyerías en los escaparates, y en el centro una columna de bronce de más de cuarenta metros, envuelta en un relieve en espiral, con Napoleón vestido de emperador romano en lo alto. Aquí todo está calculado para impresionar.
La plaza la diseñó Jules Hardouin-Mansart, el arquitecto de Versalles, a finales del siglo diecisiete, para enmarcar una estatua ecuestre de Luis XIV. Lo curioso es cómo se hizo: primero se levantaron solo las fachadas, como un decorado de teatro, y después se vendieron los solares de detrás para que cada comprador construyera su casa a su gusto. La estatua del Rey Sol, claro, la derribó la Revolución.
Napoleón puso en su lugar esta columna, terminada en 1810. Según la tradición, su bronce salió de los cañones capturados en la campaña de Austerlitz, y el relieve que sube en espiral narra aquella guerra, imitando la columna de Trajano en Roma. En 1871, durante la Comuna, los insurrectos la derribaron como símbolo del despotismo. Se culpó al pintor Gustave Courbet, y lo condenaron a pagar la reconstrucción. Murió en el exilio, en Suiza, sin haber pagado.
Y ahora, la promesa de la parada anterior. En el número 12 de esta plaza murió Frédéric Chopin el 17 de octubre de 1849, con solo treinta y nueve años, consumido por la enfermedad. Busca la placa en la fachada. Unos portales más allá, en el número 15, abrió en 1898 el hotel Ritz, donde Coco Chanel vivió durante décadas, y adonde, según una leyenda muy querida, Hemingway llegó en agosto de 1944 para liberar el bar.
Y así se cierra el círculo. Empezaste bajo el arco que Napoleón soñó para sus soldados y terminas junto a la columna que levantó con el bronce de su gran victoria. Por el camino, una emperatriz granadina, republicanos españoles en semiorugas, un zar, una guillotina y un diamante robado. París es así: cada piedra presume, pero todas guardan un secreto. Si te quedan fuerzas, la rue de la Paix te lleva en línea recta hasta la Ópera.