El Barrio Latino de París: de Saint-Michel al Panteón, la ciudad de los escritores

Dante, Rabelais, Hugo, Hemingway, Joyce, Rilke y Cortázar: un paseo literario por la Sorbona, la Dama del unicornio, unas arenas romanas y el jardín del axolotl

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  1. 1. Fontaine Saint-Michel: la puerta del Barrio Latino

    Place Saint-Michel, 75006 Paris, France

    Tienes delante una fuente que ocupa la fachada entera de un edificio: arriba, el arcángel San Miguel, con las alas abiertas, aplasta al demonio; abajo, dos dragones escupen agua en una pila de piedra. Es el punto de encuentro clásico del Barrio Latino, y lo más probable es que alguien a tu lado esté esperando a alguien.

    La fuente se construyó entre 1858 y 1860, en plena transformación de París por el barón Haussmann, y la diseñó el arquitecto Gabriel Davioud para tapar con elegancia la esquina de un bulevar nuevo. Se cuenta que al principio se pensó en poner arriba a Napoleón, y que al final se prefirió un arcángel, bastante menos polémico. Pero esta plaza nunca ha sido tranquila. En 1871 hubo barricadas de la Comuna, y en agosto de 1944 se combatió aquí durante la liberación: unas placas recuerdan a los que cayeron.

    El nombre del barrio, por cierto, viene de la lengua. Desde la Edad Media, esta orilla fue el territorio de la universidad, y los estudiantes, que llegaban de toda Europa, hablaban entre ellos en latín. Durante siglos, aquí se oía latín en las calles, en las tabernas y en las peleas.

    Y para quien lee en español, este barrio tiene otro dueño: Julio Cortázar. Vivió en París desde 1951 hasta su muerte en 1984, y en Rayuela sus personajes vagan por estos muelles, por los puentes, por los cafés y las librerías de viejo. La novela arranca con una pregunta que muchos lectores se han hecho caminando junto al Sena: ¿encontraría a la Maga? Mira hacia el río: las cajas verdes de los buquinistas, cerradas con candado o abiertas con sus libros viejos, son el mismo decorado.

    Nosotros vamos a perdernos un poco, como Oliveira. Métete por la calle de la Huchette, estrecha y siempre llena, y fíjate en el callejón del Chat-qui-Pêche, del Gato que Pesca, uno de los más estrechos de París. Al final, gira a la derecha: una iglesia gótica llena de gárgolas te espera.

  2. 2. Saint-Séverin: gárgolas y un pilar que se retuerce

    3 Rue des Prêtres-Saint-Séverin, 75005 Paris, France

    Rodea la iglesia y alza la vista: de lo alto del tejado asoman gárgolas de piedra con la boca abierta, perros, monstruos, figuras medio humanas que parecen a punto de saltar a la calle. Cuando llueve, escupen el agua lejos de los muros. Por eso existen. Y por eso tienen esa cara de mal humor.

    Saint-Séverin es una de las iglesias más antiguas de la orilla izquierda. Hubo un templo aquí desde muy temprano, pero lo que ves es sobre todo gótico tardío, el llamado flamígero, de los siglos quince y dieciséis, cuando la piedra se volvió encaje y llama. Fue durante siglos la parroquia de los estudiantes, los libreros y los copistas del barrio.

    Entra si está abierta y ve hasta el fondo, detrás del altar. En el deambulatorio hay una columna que no se parece a ninguna: el fuste se retuerce sobre sí mismo como una cuerda, y de su capitel salen nervios en todas direcciones, como las ramas de una palmera de piedra. Ese pilar retorcido fascinó a Robert Delaunay, que hacia 1909 le dedicó una serie entera de cuadros. Y en las capillas de alrededor brillan unas vidrieras abstractas de Jean Bazaine, de los años sesenta, que dialogan sin complejos con las medievales.

    El viejo cementerio parroquial, junto a la iglesia, guarda una historia que se repite desde hace siglos. Cuentan las crónicas que en 1474 un arquero condenado a muerte, que sufría terribles dolores de piedras, aceptó servir de conejillo de indias a los cirujanos de la ciudad. Lo operaron vivo, le sacaron la piedra, sobrevivió... y el rey le concedió el perdón y una buena bolsa de dinero.

    Sal por la calle Saint-Séverin, cruza la calle Saint-Jacques, que sigue el trazado de la vía romana de Lutecia, y entra en la calle Galande. A pocos pasos, una iglesia pequeñita y un jardín asomado al río te esperan con el árbol más viejo de París.

  3. 3. Saint-Julien-le-Pauvre y el árbol más viejo de París

    79 Rue Galande, 75005 Paris, France

    Junto a una iglesia pequeña de piedra gris, sin torres ni campanario a la vista, entra en el jardín que se abre hacia el río. Al otro lado del agua aparece Notre-Dame, y a tu lado, un árbol viejo, inclinado, apoyado sobre muletas de hormigón como un abuelo con bastón.

    Es una falsa acacia, un robinia, y está considerado el árbol más antiguo de París: lo habría plantado hacia 1601 el botánico Jean Robin, el jardinero del rey, que introdujo la especie en Francia y le dio su nombre. Más de cuatro siglos ha visto pasar este tronco, guerras, revoluciones, inundaciones... y sigue echando hojas cada primavera.

    La iglesia de Saint-Julien-le-Pauvre se levantó entre finales del siglo doce y principios del trece, al mismo tiempo que Notre-Dame, y es de las más antiguas de la ciudad. Durante siglos fue la sede de las asambleas de la universidad, hasta que en 1524 los estudiantes, en plena bronca, destrozaron parte del interior y les prohibieron volver. Desde 1889 la usan los católicos melquitas, de rito griego, y dentro hay un iconostasio de madera que te transporta a Oriente.

    Ahora una historia de poetas. Justo aquí al lado corre la calle du Fouarre, la calle de la paja, porque los estudiantes medievales se sentaban sobre haces de paja para escuchar a sus maestros. Dante la menciona en el Paraíso, y una vieja leyenda asegura que el propio poeta florentino vino a estudiar aquí y se sentó en esa paja. Nadie lo ha podido probar... pero en este barrio una buena leyenda vale casi tanto como un documento.

    Vuelve a la calle Saint-Jacques y súbela hacia el sur hasta el bulevar Saint-Germain. En la esquina te espera algo increíble: unas termas romanas de casi dos mil años pegadas a un palacio gótico, y dentro, la tapicería más misteriosa de Francia.

  4. 4. Museo de Cluny: termas romanas y la Dama del unicornio

    28 Rue du Sommerard, 75005 Paris, France

    Detrás de la verja, junto al bulevar, verás dos mundos pegados: unas ruinas romanas de ladrillo y piedra, altísimas, y a su lado una mansión gótica con torre de escalera, tejados afilados y ventanas de piedra labrada. Mil cuatrocientos años de diferencia, separados por un muro.

    Las ruinas son las termas de Lutecia, construidas entre finales del siglo primero y principios del tercero. Su sala fría, el frigidarium, conserva todavía la bóveda original, a unos catorce metros de altura: es el espacio romano más impresionante de París. Dentro se guarda el pilar de los Nautas, una columna dedicada a Júpiter por los barqueros del Sena en tiempos del emperador Tiberio. Es la escultura más antigua de la ciudad.

    La mansión se construyó a finales del siglo quince como residencia parisina de los abades de Cluny, la gran abadía de Borgoña. Desde 1843 es un museo dedicado a la Edad Media, y su tesoro más famoso cuelga en una sala circular en penumbra: la Dama del unicornio, seis tapices de hacia 1500 con fondo rojo sembrado de flores. Cinco representan los sentidos: el tacto, el gusto, el olfato, el oído y la vista. El sexto lleva una inscripción enigmática, A mi único deseo, y nadie se pone de acuerdo sobre qué significa.

    Y aquí entra la literatura. Los tapices estaban olvidados y comidos por la humedad en un castillo del centro de Francia cuando los vio en 1841 Prosper Mérimée, el autor de Carmen, que entonces era inspector de monumentos. George Sand los describió con pasión en sus escritos y los hizo famosos, y el museo los compró en 1882. Años después, Rilke les dedicó páginas inolvidables en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge.

    Al salir, sube por la calle de la Sorbonne, o rodea el museo hacia el sur, hasta una plaza en cuesta con fuentes bajitas y una cúpula blanca al fondo. Allí empezó todo: la universidad más famosa de Europa.

  5. 5. La Sorbona: de Robert de Sorbon a mayo del 68

    Place de la Sorbonne, 75005 Paris, France

    Estás en una plaza en cuesta, con fuentes bajitas a ras de suelo, tilos, librerías y estudiantes sentados en cualquier borde. Al fondo, cerrando la plaza, se alza una cúpula blanca con columnas: la capilla de la Sorbona.

    Todo empezó en 1257, cuando Robert de Sorbon, capellán del rey Luis IX, el futuro San Luis, fundó aquí un colegio para estudiantes pobres de teología. El nombre de aquel colegio acabó designando a toda la universidad. Y durante siglos la Facultad de Teología de la Sorbona fue también una especie de tribunal de libros: decidía qué era herejía y qué podía leerse. Rabelais se llevó su condena, y se vengó burlándose de los sorbonistas en sus novelas con una ferocidad deliciosa.

    En el siglo diecisiete, el cardenal Richelieu, que era el protector de la Sorbona, mandó reconstruirla, y su arquitecto Jacques Lemercier levantó esta capilla. Dentro está la tumba del cardenal. Durante la Revolución la profanaron y su cabeza momificada pasó de mano en mano durante décadas, como un objeto de curiosidad, hasta que volvió a su sepulcro a finales del siglo diecinueve. Hasta los poderosos acaban siendo personajes de novela.

    Y luego llegó mayo de 1968. El 3 de mayo, la policía entró en el patio de la Sorbona para desalojar una asamblea de estudiantes, algo casi impensable en un lugar que se creía sagrado. Fue la chispa. Siguieron noches de barricadas en las calles de alrededor, adoquines arrancados, gases lacrimógenos, y la Sorbona ocupada durante semanas. Las paredes se llenaron de frases que todavía se citan, como aquella de que bajo los adoquines estaba la playa.

    Después del 68, la vieja universidad se dividió en varias universidades distintas, pero el edificio sigue siendo el símbolo. Ahora sube por la calle Victor-Cousin hasta la calle Soufflot y gira a la izquierda. Al final de la cuesta verás una cúpula enorme, la más famosa de la orilla izquierda.

  6. 6. El Panteón: a los grandes hombres... y mujeres

    Place du Panthéon, 75005 Paris, France

    En lo alto de la colina de Santa Genoveva se levanta un templo griego gigante con una cúpula encima, y en el frontón, en letras doradas, una frase solemne: A los grandes hombres, la patria agradecida. Respira hondo, porque ahí dentro duerme media literatura francesa.

    El edificio no nació para eso. En 1744 el rey Luis XV cayó gravemente enfermo en Metz y prometió que, si se salvaba, levantaría una gran iglesia a Santa Genoveva, la patrona de París. Se salvó, y el arquitecto Soufflot dedicó el resto de su vida al proyecto. Murió sin verlo acabado. En 1791 la Revolución lo convirtió en panteón laico. El primero en entrar fue Mirabeau... y fue también el primero en salir, cuando se descubrió que había cobrado del rey en secreto.

    Voltaire y Rousseau llegaron en los años de la Revolución, y desde entonces la lista es un índice de la literatura. El momento más grande fue en 1885: el cuerpo de Victor Hugo pasó la noche bajo el Arco de Triunfo, y al día siguiente lo trajeron hasta aquí en el coche fúnebre de los pobres, como él había pedido, seguido por una multitud inmensa, de más de un millón de personas según las crónicas. Zola llegó en 1908, y Alejandro Dumas en 2002, escoltado por guardias vestidos de mosqueteros.

    Y bajo la cúpula oscila un péndulo. En 1851 el físico Léon Foucault colgó aquí una esfera de veintiocho kilos de un cable de sesenta y siete metros, y el público vio con sus propios ojos cómo el plano de oscilación giraba lentamente: era la Tierra la que se movía debajo. Hoy oscila una copia en el mismo lugar.

    Durante mucho tiempo, la frase del frontón fue literal. Marie Curie fue en 1995 la primera mujer en entrar por sus propios méritos, junto a su marido Pierre. En 2021 llegó Joséphine Baker, artista, resistente y luchadora por los derechos civiles: su cuerpo sigue en Mónaco, pero aquí tiene su lugar. Ahora mira a la izquierda de la fachada: casi pegada al Panteón, hay una iglesia que parece hecha por tres arquitectos que no se hablaban. Vamos allá.

  7. 7. Saint-Étienne-du-Mont: la escalinata de Medianoche en París

    Place Sainte-Geneviève, 75005 Paris, France

    Observa esta fachada con calma: un pórtico gótico, frontones renacentistas apilados uno encima de otro como capas de pastel, un rosetón, y al lado una torre campanario delgada que parece de otra iglesia. Se construyó durante más de un siglo, y se nota. Y sin embargo, funciona.

    Fíjate ahora en los escalones del lateral, en la calle de la Montagne-Sainte-Geneviève. En la película Medianoche en París, de Woody Allen, el protagonista, un escritor estadounidense perdido, se sienta ahí cuando dan las doce, y un coche antiguo se detiene y lo lleva a los años veinte, a las fiestas de Scott Fitzgerald, a las charlas con Hemingway y Gertrude Stein. Desde entonces, no pocos lectores se sientan a esperar en esos escalones a medianoche. El coche, de momento, no ha vuelto.

    Dentro te espera algo único: el jubé, una pasarela de piedra calada que cruza la nave de lado a lado, con dos escaleras de caracol que se enroscan en los pilares como hiedra. En la Edad Media casi todas las iglesias tenían uno, para separar el coro de los fieles. Este es el único que sobrevive en París. Y en una capilla se venera lo que queda de la tumba de Santa Genoveva: sus reliquias fueron quemadas en público durante la Revolución, en 1793.

    Para un paseo literario, esta iglesia es casi un cementerio de genios. Aquí está enterrado Blaise Pascal, el matemático y filósofo que escribió que el corazón tiene razones que la razón no conoce. Y aquí descansa también Jean Racine, el gran poeta trágico, el de Fedra. Dos de las plumas más afiladas del siglo diecisiete francés, a pocos metros una de otra.

    Ahora baja por la calle Clovis, donde todavía asoma un trozo de la vieja muralla medieval, y gira a la derecha por la calle del Cardinal-Lemoine. Busca el número 74: allí vivió un joven periodista estadounidense que todavía no había publicado ninguna novela.

  8. 8. Rue du Cardinal-Lemoine: Hemingway, Joyce y la Contrescarpe

    74 Rue du Cardinal-Lemoine, 75005 Paris, France

    Para delante del número 74: una puerta corriente, una fachada sin lujos y una placa. Aquí vivió, entre 1922 y 1923, un joven corresponsal de un periódico canadiense con su primera mujer, Hadley. Se llamaba Ernest Hemingway, tenía veintidós años y todavía no había publicado ninguna novela.

    El piso era pobre, sin agua caliente ni baño propio, y en la planta baja había un baile popular donde se tocaba el acordeón hasta tarde. Para escribir en paz, Hemingway alquiló una buhardilla a la vuelta de la esquina, en la calle Descartes, en el mismo edificio donde había muerto el poeta Paul Verlaine. Décadas después, en París era una fiesta, recordó estas calles con nostalgia, empezando por un café triste y lleno de humo de la plaza de la Contrescarpe, que tienes aquí al lado.

    Cruza la mirada a la acera de enfrente, hacia el número 71. En el verano de 1921, James Joyce vivió allí, en el piso que le prestó el escritor Valery Larbaud, y trabajó en los últimos capítulos del Ulises. La novela la publicó en febrero de 1922 una librera estadounidense, Sylvia Beach, porque ninguna editorial se atrevía con ella. Dos gigantes del siglo veinte, separados por el ancho de una calle.

    París fue también la ciudad de los poetas latinoamericanos sin un céntimo. César Vallejo llegó en 1923 y vivió años de hoteles baratos y buhardillas, escribiendo, enfermo y pobre. En uno de sus poemas más famosos anunció que moriría en París con aguacero, un jueves de otoño. Murió en París, en efecto, en abril de 1938... un Viernes Santo. Dicen que ese día llovía.

    Da unos pasos hasta la plaza de la Contrescarpe, con su fuente y sus terrazas; desde allí baja la calle Mouffetard, una de las más antiguas y animadas de la ciudad. Pero nosotros vamos hacia el este: toma la calle Rollin, donde vivió Descartes, baja sus escaleras hasta la calle Monge y busca un pasaje bajo un edificio. Detrás, hay un secreto de dos mil años.

  9. 9. Arènes de Lutèce: el anfiteatro escondido

    49 Rue Monge, 75005 Paris, France

    Atraviesa el pasaje y, de repente, el ruido de la ciudad desaparece: estás dentro de un anfiteatro romano, con gradas de piedra en semicírculo, los restos de un escenario al fondo y, en la arena, unos vecinos jugando a la petanca con toda la calma del mundo. Pocas ciudades esconden algo así detrás de un portal.

    Estas son las arenas de Lutecia, el nombre romano de París. Se construyeron en el siglo primero después de Cristo, en la ladera de la colina, y podían acoger a miles de espectadores, quizá unos quince mil. Tenían una particularidad: eran a la vez anfiteatro y teatro, con una arena para combates y fieras, y un escenario para comedias y espectáculos. Lutecia era una ciudad modesta, así que un solo edificio tenía que servir para todo.

    Con las invasiones de finales del Imperio, sus piedras se reutilizaron para fortificar la isla de la Cité, y el anfiteatro quedó enterrado y olvidado durante siglos. Solo una calle del barrio, la calle des Arènes, guardaba el recuerdo en su nombre.

    En la década de 1860, las obras de la nueva calle Monge y de unas cocheras para los ómnibus sacaron a la luz los restos. Hubo quien quiso construir encima sin más, pero se formó una campaña para salvarlas, y uno de sus defensores más ilustres fue Victor Hugo, que en sus últimos años escribió a las autoridades pidiendo que se conservaran. Ganaron. A finales del siglo diecinueve se abrió aquí un jardín público, y desde entonces las arenas pertenecen a los niños, a los jubilados y a las bolas de petanca.

    Siéntate un momento en las gradas. Hace casi dos mil años, alguien se sentó en esta misma ladera a mirar un espectáculo. Luego sal por el otro lado, hacia la calle de Navarre, y baja hacia el sureste por la calle Lacépède hasta la calle Geoffroy-Saint-Hilaire. Vas a ver un minarete aparecer entre los tejados de París.

  10. 10. La Gran Mezquita de París: un patio andalusí en la orilla izquierda

    2bis Place du Puits-de-l'Ermite, 75005 Paris, France

    Entre los tejados grises de zinc se recorta un minarete cuadrado, de unos treinta y tres metros, decorado con azulejos verdes y blancos. Si cruzas la puerta, el ruido del tráfico se apaga otra vez, como en las arenas: patios con fuentes, arcos de herradura, madera de cedro tallada y el olor de las plantas.

    La Gran Mezquita de París se construyó entre 1922 y 1926 como homenaje a los soldados musulmanes, del Magreb y de otras colonias francesas, que murieron por Francia en la Primera Guerra Mundial. Se inauguró en julio de 1926, en presencia del presidente de la República y del sultán de Marruecos. Fue la primera gran mezquita construida en la Francia metropolitana.

    Y si su estilo te resulta familiar, no es casualidad. Se la llama hispano-morisca: los artesanos que trabajaron en ella, muchos llegados de Marruecos, siguieron la tradición de al-Ándalus, la de la Alhambra de Granada y las grandes mezquitas de Fez. Los azulejos, las yeserías, los jardines de agua... es un trozo de la memoria andalusí en pleno París.

    Durante la ocupación alemana, el rector de la mezquita, Si Kaddour Benghabrit, se movió en una cuerda floja muy peligrosa. Varios testimonios cuentan que la mezquita dio refugio a resistentes y a algunos judíos, y que se entregaron documentos que los hacían pasar por musulmanes. Los historiadores siguen discutiendo cuántas personas se salvaron así; la historia inspiró en 2011 la película Les Hommes libres. Lo que es seguro es que hubo riesgo, y que hubo valor.

    Hoy la mezquita es lugar de oración, pero también de encuentro: tiene su patio de té, donde los parisinos de todos los orígenes van a tomar un vaso de té con hierbabuena entre gorriones descarados. Para el final del paseo, cruza la calle Geoffroy-Saint-Hilaire y entra en el Jardin des Plantes. Sube hacia el laberinto y la casa de las fieras: ahí nos esperan un poeta alemán, una pantera y un escritor argentino.

  11. 11. Jardin des Plantes: la pantera de Rilke y el axolotl de Cortázar

    57 Rue Cuvier, 75005 Paris, France

    Sube por el sendero en espiral entre los setos del laberinto, hasta el pequeño quiosco de hierro de la cima: la glorieta de Buffon, de finales del siglo dieciocho, una de las estructuras metálicas más antiguas de París. Desde aquí ves los árboles centenarios, los invernaderos de cristal y, abajo, los recintos de la vieja casa de fieras.

    Este jardín nació en 1635 como Jardín Real de Plantas Medicinales, por decisión de Luis XIII, y se abrió al público pocos años después. Su gran figura fue el conde de Buffon, que lo dirigió durante casi cincuenta años y escribió una enorme Historia natural con tanto estilo que entró en la Academia Francesa. Suya es la frase de que el estilo es el hombre mismo. Al pie del laberinto crece un cedro del Líbano que Bernard de Jussieu plantó en 1734; la leyenda dice que lo trajo desde Inglaterra dentro de su sombrero.

    La casa de fieras, la ménagerie, se creó en 1793 con los animales que quedaban de la colección real de Versalles, y es uno de los zoológicos más antiguos del mundo. En 1827 llegó aquí una jirafa regalada al rey Carlos X por el pachá de Egipto: hizo a pie el camino desde Marsella, y París entero se volvió loco por ella. Años más tarde, un joven poeta, Rainer Maria Rilke, pasaba horas mirando a una pantera enjaulada aquí, y escribió La pantera: una mirada tan cansada de barrotes que tras ellos ya no hay mundo.

    Y ahora el final que esperábamos. En el cuento Axolotl, Julio Cortázar cuenta la historia de un hombre que viene cada día al acuario del Jardin des Plantes a mirar a unos pequeños anfibios mexicanos, inmóviles, de ojos dorados. Los mira tanto, tanto, que un día se descubre al otro lado del cristal, convertido en uno de ellos. Es un cuento sobre mirar, y este paseo también lo ha sido.

    Empezaste en Saint-Michel, con la Maga, y terminas con un axolotl. Por el camino se cruzaron Dante, Rabelais, Pascal, Hugo, Joyce, Hemingway, Vallejo y Rilke. El Barrio Latino es eso: un barrio hecho de palabras. Quédate un rato en el jardín. Aquí, mirar despacio también es una forma de leer.