Mouraria y Graça: la Lisboa escondida del fado, las vilas obreras y los miradores

De la vieja morería donde nació el fado a las colinas de la Graça: azulejos, procesiones, patios obreros y los miradores más altos de Lisboa, hasta São Vicente de Fora

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  1. 1. Largo do Intendente y la fachada Viúva Lamego

    Largo do Intendente Pina Manique, 1100 Lisboa, Portugal

    Párate en mitad del Largo do Intendente, una plaza alargada con árboles y terrazas, y busca al fondo la fachada que brilla: un edificio entero vestido de azulejos, con figuras pintadas que te miran desde la pared. Es el mejor escaparate que una fábrica de cerámica podía inventarse.

    Esa fachada pertenece a la antigua fábrica de loza Viúva Lamego, es decir, de la Viuda Lamego. El negocio nació a mediados del siglo diecinueve, y el edificio se convirtió en su propio anuncio: azulejos de arriba abajo, con figuras y alegorías, como un catálogo a tamaño real. El nombre viene de la esposa del fundador, que siguió al frente cuando él murió, y la marca de la viuda sobrevivió hasta hoy.

    La plaza lleva el nombre de Diogo Inácio de Pina Manique, el temido intendente general de policía de finales del siglo dieciocho. Persiguió a masones, a liberales y a cualquiera que oliera a ideas francesas... pero también fundó la Casa Pia, una institución para niños huérfanos y pobres, y se le atribuye el primer alumbrado público de las calles de Lisboa. Un policía con alma de urbanista, o un urbanista con alma de policía.

    Hace no tanto, el Intendente era un lugar del que los lisboetas hablaban en voz baja: droga, prostitución, edificios cayéndose a pedazos. En 2011, el entonces alcalde, António Costa, trasladó su despacho a esta plaza para forzar su recuperación. Hoy hay cafés, músicos ensayando, turistas despistados... y los vecinos de siempre, que han visto pasar las dos caras del barrio y no se fían del todo de ninguna.

    Este paseo va de lo que Lisboa no enseña a la primera: la vieja morería, el fado que nació en sus tabernas, las vilas obreras escondidas tras un portón y unos miradores donde todavía no llegan todos los autobuses. Sal de la plaza hacia el sur por la Rua do Benformoso, y prepárate para cambiar de continente varias veces en pocos metros.

  2. 2. Rua do Benformoso

    Rua do Benformoso, 1100 Lisboa, Portugal

    Recorre la Rua do Benformoso con todos los sentidos abiertos: huele a especias, a cilantro, a incienso, a pescado seco. En los escaparates hay sacos de arroz, telas de colores, tarjetas telefónicas y verduras que en otros barrios de Lisboa nadie sabría nombrar, y a tu alrededor se oye bengalí, nepalí, urdu, criollo y portugués con todos los acentos del mundo.

    La Mouraria siempre fue el barrio de los de fuera. Su nombre ya lo dice. Tras la conquista cristiana de Lisboa en 1147, el rey Afonso Henriques obligó a los musulmanes que se quedaron en la ciudad a vivir fuera de las murallas, en esta ladera. Tenían su mezquita, sus jueces y sus oficios, y un estatus de minoría tolerada... pero vigilada.

    Esa tolerancia acabó a finales de 1496, cuando el rey Manuel I ordenó a judíos y musulmanes convertirse o abandonar el reino. Lo hizo, en buena parte, para poder casarse con una hija de los Reyes Católicos, que ponían esa condición. La morería se quedó sin moros, pero el nombre se quedó pegado a las piedras durante más de cinco siglos.

    Y la historia, de algún modo, ha dado la vuelta. Desde finales del siglo veinte llegaron a estas calles vecinos de Bangladés, la India, Pakistán, Nepal, China, Mozambique o Guinea, y hoy la Mouraria es una de las zonas más diversas de Portugal. Detrás de alguna puerta discreta hay salas de oración, de modo que, cinco siglos después del decreto de Manuel I, en la vieja morería se vuelve a rezar mirando a La Meca.

    Fíjate también en las casas: estrechas, de tres o cuatro plantas, con escaleras empinadísimas. La Mouraria sufrió con el terremoto de 1755 mucho menos que la Baixa, y por eso conserva el trazado irregular de calles que nadie planificó. Sigue bajando hasta el final de la calle, donde de repente el barrio se abre en una gran plaza moderna: Martim Moniz.

  3. 3. Martim Moniz y la Capela de Nossa Senhora da Saúde

    Praça Martim Moniz, 1100 Lisboa, Portugal

    Sales a la Praça Martim Moniz y el contraste es brutal: después de las callejuelas, un espacio ancho y abierto, con tráfico, tranvías y edificios grandes alrededor. Busca, a un lado, una capilla pequeña y blanca que parece haberse quedado ahí por despiste: es la Capela de Nossa Senhora da Saúde.

    La plaza lleva el nombre de un héroe de leyenda. En 1147, durante el asedio cristiano de Lisboa, cuenta la tradición que un caballero llamado Martim Moniz vio entreabierta una puerta del castillo y se lanzó contra ella, interponiendo su propio cuerpo para que los defensores no pudieran cerrarla. Murió aplastado, pero sus compañeros entraron. Los historiadores dudan de que pasara así; los lisboetas, no.

    Lo que ves, en cambio, es historia muy real. Hasta mediados del siglo veinte, aquí se extendía la parte baja de la Mouraria, un laberinto de callejuelas con su propia iglesia, la del Socorro. El régimen de Salazar lo consideró insalubre y lo derribó casi todo en los años cuarenta y cincuenta, para abrir una gran avenida que nunca llegó a completarse. Durante décadas, esto fue un hueco en el corazón de la ciudad.

    La pequeña capilla sobrevivió a todo: al terremoto de 1755 y a las excavadoras del siglo veinte. Su historia está unida a la peste que asoló Lisboa en la segunda mitad del siglo dieciséis, y de ella sale cada primavera la procesión de Nuestra Señora de la Salud, una de las más antiguas de la ciudad. Durante más de cuatro siglos, los vecinos han sacado a la Virgen a la calle para dar gracias por sobrevivir a una epidemia.

    Fíjate en que Martim Moniz es también la puerta del Lisboa de hoy: de aquí arranca el tranvía 28, y alrededor hay centros comerciales llenos de tiendas chinas, indias y africanas. Ahora entra en la Mouraria de verdad. Sube por la Rua da Mouraria, que nace junto a la capilla, y sigue cuesta arriba hasta la Rua do Capelão.

  4. 4. Rua do Capelão y Largo da Severa

    Rua do Capelão, 1100 Lisboa, Portugal

    Estás en la Rua do Capelão, una calle estrecha y empedrada que muchos lisboetas llaman la cuna del fado. Mira las fachadas: recuerdos de fadistas, una guitarra portuguesa esculpida, y a pocos pasos un pequeño ensanche que lleva el nombre de una mujer, el Largo da Severa.

    En esta calle vivió Maria Severa Onofriana, la primera gran estrella del fado. Nació en 1820, cantaba en las tabernas del barrio, tocaba ella misma la guitarra, y vivió un amor escandaloso con un aristócrata, el conde de Vimioso, que bajaba de su mundo de palacios a la Mouraria para oírla. Murió en 1846, con solo veintiséis años, probablemente de tuberculosis.

    Su vida corta se convirtió en mito: una obra de teatro, novelas, canciones... y en 1931, A Severa, la primera película sonora portuguesa. Se dice que el chal negro con el que muchas fadistas se cubren los hombros es luto por ella. Puede que sea leyenda, pero cuando una fadista cierra los ojos y se ajusta el chal, cuesta no creérselo.

    Fíjate en la forma de la guitarra portuguesa: un cuerpo redondo como una pera, doce cuerdas en seis pares y un sonido metálico, brillante, casi como un llanto. Desciende de la cítara inglesa del siglo dieciocho, que llegó con los comerciantes británicos, y en barrios como este se volvió algo completamente distinto. De la Mouraria salieron muchas otras voces: Fernando Maurício, al que llamaron el rey del fado, nació en el barrio en 1933, y Mariza, hoy una de las fadistas más conocidas del mundo, creció en estas calles.

    El fado nació así, en puertos y tabernas, entre marineros, lavanderas, chulos y señoritos que bajaban a escuchar. En 2011 la Unesco lo declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, pero aquí sigue sonando a lo que fue: la canción de la gente del barrio. Ahora callejea hacia el sur, ladera arriba en dirección al castillo, hasta el pequeño Largo dos Trigueiros.

  5. 5. Largo dos Trigueiros

    Largo dos Trigueiros, 1100 Lisboa, Portugal

    No busques un monumento: el Largo dos Trigueiros es solo un ensanche entre casas antiguas, con ropa tendida de ventana a ventana, macetas en los alféizares y algún vecino mirando la calle desde el balcón. Precisamente por eso has venido. Así era Lisboa antes de las postales.

    Fíjate en cómo se tuercen las calles. La Mouraria no tiene el trazado recto de la Baixa ni la cuadrícula del Bairro Alto: sus callejones, sus becos sin salida y sus escaleras siguen parcelas medievales, quizá incluso más antiguas. El terremoto de 1755 la castigó menos que al centro, así que nadie vino después a enderezarla.

    Vuelve aquí en junio y no lo reconocerás. En las fiestas de los Santos Populares, sobre todo la noche del 12 al 13, víspera de San Antonio, los largos de la Mouraria se llenan de guirnaldas de papel, parrillas con sardinas, música a todo volumen y vecinos bailando hasta el amanecer. Y por todas partes, los manjericos: macetitas de albahaca con un clavel de papel y un pequeño poema popular de cuatro versos clavado en ellas.

    Esas cuartetas tienen un autor inesperado entre sus admiradores. Fernando Pessoa, el poeta de los heterónimos, nacido precisamente un 13 de junio, escribió cientos de cuartetas al gusto popular, como las de los manjericos: versos sencillos, de amor y de barrio, que nadie esperaría del autor de los poemas más complejos de la lengua portuguesa.

    La Mouraria ha vivido décadas duras: pobreza, casas superpobladas, abandono y, en los años noventa, tráfico de droga. Hoy el riesgo es otro: los pisos turísticos, que suben los alquileres y empujan fuera a los vecinos de toda la vida. Si alguien te saluda desde una ventana, devuélvele el saludo: es parte del barrio que has venido a ver. Ahora baja unos pasos hacia el sur, hasta la iglesia de São Cristóvão.

  6. 6. Igreja de São Cristóvão

    Largo de São Cristóvão, 1100 Lisboa, Portugal

    En el Largo de São Cristóvão se levanta una iglesia de aspecto modesto, con la fachada gastada por los siglos, encajada entre casas como si fuera una vecina más. Rodéala y asómate a las escaleras que bajan a su lado, las Escadinhas de São Cristóvão.

    Esta iglesia guarda un pequeño milagro arquitectónico: es una de las pocas de Lisboa que el terremoto de 1755 dejó en pie. Mientras la ciudad baja se derrumbaba y ardía, sus muros aguantaron, y por eso conserva buena parte de su decoración del siglo diecisiete, con pinturas y tallas doradas que en otros templos acabaron entre los escombros.

    El santo también merece su historia. San Cristóbal, dice la leyenda, era un gigante que ayudaba a cruzar un río llevando a los viajeros a hombros. Una noche cargó con un niño que pesaba más y más a cada paso, hasta casi hundirlo; al llegar a la otra orilla, el niño le reveló que llevaba sobre sus hombros a Cristo y, con él, el peso del mundo. Por eso es el patrón de los viajeros... y de los conductores, que todavía llevan su medalla en el coche.

    Durante años la humedad y el abandono amenazaron sus pinturas, y fueron sobre todo los vecinos y las asociaciones del barrio quienes movilizaron a la ciudad para salvarla, con campañas de recogida de fondos. Es muy de la Mouraria: aquí las cosas se mantienen en pie porque alguien del barrio se empeña.

    Y ahora mira las escaleras: un gran mural rinde homenaje al fado, con cantantes y guitarristas pintados como en una taberna de otro tiempo. Es el último guiño al barrio antes de cambiar de colina. Ahora toca subir de verdad: dirígete hacia el este, ladera arriba, siguiendo las indicaciones hacia la Graça. Son algo más de quinientos metros de cuesta seria, así que tómatelo con calma; arriba te espera uno de los mejores miradores de Lisboa.

  7. 7. Igreja da Graça y Miradouro Sophia de Mello Breyner Andresen

    Largo da Graça, 1170 Lisboa, Portugal

    Recupera el aliento a la sombra de los pinos del mirador de la Graça. Enfrente tienes el castillo de São Jorge, casi a la altura de los ojos; abajo, los tejados de la Mouraria por la que acabas de subir; y al otro lado del valle, el Bairro Alto y el río brillando al fondo.

    Este balcón se llama oficialmente Miradouro Sophia de Mello Breyner Andresen, en homenaje a una de las grandes poetas portuguesas del siglo veinte, que vivió en este barrio. Sophia escribía sobre el mar, la luz, la Grecia antigua y la justicia, con una claridad que parece fácil y no lo es. En 1999 se convirtió en la primera mujer en recibir el Premio Camões, el mayor galardón de la lengua portuguesa.

    Fue también una voz contra la dictadura del Estado Novo. Cuando llegó el 25 de abril de 1974, escribió un poema breve que muchos portugueses se saben de memoria: habla de la madrugada que esperaba, del día inicial, entero y limpio, en que salieron de la noche y del silencio. Después fue diputada en la asamblea que redactó la nueva Constitución democrática.

    Detrás de ti está la iglesia y el convento de la Graça, de los frailes agustinos, fundado en el siglo trece y reconstruido tras el terremoto. Dentro se venera la imagen del Señor de los Pasos, Cristo cargando con la cruz, que desde finales del siglo dieciséis sale en procesión por las calles en Cuaresma. Es una de las procesiones más queridas de Lisboa, y la Graça entera se asoma a los balcones para verla pasar.

    Desde aquí, el barrio sigue subiendo. Cruza el Largo da Graça, por donde traquetea el tranvía, fíjate de pasada en el gran patio obrero de la Vila Sousa, y sube hacia el norte por las cuestas hasta el Miradouro da Senhora do Monte, todavía más alto. Será la última subida fuerte, te lo prometo.

  8. 8. Miradouro da Senhora do Monte

    Rua da Senhora do Monte, 1170 Lisboa, Portugal

    Llegas al Miradouro da Senhora do Monte y entiendes por qué valía la pena la cuesta: estás en uno de los puntos más altos de Lisboa, y la ciudad entera se extiende a tus pies. El castillo queda ahora por debajo de ti, a la izquierda; enfrente, la Baixa y su cuadrícula, y más allá, el río y los puentes.

    Busca a tu espalda la pequeña ermita de Nossa Senhora do Monte. Es de origen medieval, reconstruida después del terremoto, y guarda un objeto curioso: una silla de piedra que la tradición atribuye a São Gens, un obispo de Lisboa de los primeros siglos cristianos del que se sabe poco más que la leyenda.

    Y la leyenda es tierna. Se cuenta que las mujeres embarazadas venían a sentarse en la silla del santo para tener un buen parto, y que hasta algunas reinas subieron la cuesta para hacerlo. Es una de esas devociones discretas que sobreviven sin hacer ruido, lejos de las grandes catedrales.

    Ahora juega a reconocer la ciudad desde aquí arriba. A lo lejos, al oeste, está el Bairro Alto, con las torres de sus iglesias; a la izquierda del castillo, el río se abre hacia el mar; y si el día está claro, verás al otro lado del Tajo la orilla sur. Dicen que Lisboa, como Roma, tiene siete colinas. Los lisboetas discuten cuáles son, pero nadie discute que esta es una de las mejores para mirar.

    Recuerda que desde esta misma altura se vio arder la ciudad en 1755: el incendio que siguió al terremoto duró varios días y consumió la Baixa entera. Lo que hoy miras, esa cuadrícula ordenada, es la ciudad que nació de aquellas cenizas. Ahora baja hacia el este, por la Rua da Senhora do Monte y las calles de la Graça, hasta la Rua do Sol à Graça, donde se esconde un portón que no debes perderte.

  9. 9. Vila Berta

    Rua do Sol à Graça, 1170 Lisboa, Portugal

    Entra en la Vila Berta y baja la voz: es una calle privada, de vecinos, con dos hileras de casas que se miran de frente. Fíjate en los balcones de hierro forjado, en las galerías de madera pintada, en las macetas que lo invaden todo. Parece un decorado, pero aquí vive gente.

    Una vila, en Lisboa, no es un chalet: es un conjunto de viviendas construido alrededor de un patio o una calle interior, normalmente para obreros. A finales del siglo diecinueve, Lisboa se llenó de fábricas en su zona oriental, y miles de trabajadores llegaron del campo buscando un techo. Algunos industriales y propietarios levantaron estas vilas para alojarlos... y para cobrarles el alquiler, claro.

    La Vila Berta es de las más bonitas. La construyó a principios del siglo veinte un empresario, Joaquim Francisco Tojal, y la tradición dice que le dio el nombre de su hija. A diferencia de muchas vilas, pensadas solo para amontonar gente, esta quiso tener aire de pequeño barrio burgués, con decoración y cierto orgullo. En junio, en los Santos Populares, sus vecinos la llenan de guirnaldas y la calle entera se convierte en una fiesta.

    No todas fueron así. Muchas vilas eran patios estrechos con una fuente común, retretes compartidos y familias enteras en una sola habitación. Bajo el Estado Novo, el régimen presumía de casas para el pueblo mientras miles de lisboetas seguían viviendo en estos patios o en barracas en las afueras. Hoy las vilas que sobreviven son codiciadas, y el gran peligro vuelve a ser que sus vecinos de siempre no puedan pagarlas.

    Cuando salgas, recuerda la Vila Sousa del Largo da Graça, junto a la que pasaste antes: otra vila, que demuestra que el barrio entero se construyó así, patio a patio. Ahora vuelve hacia el sur, por la Rua da Graça, cruza el largo y baja por la Rua da Voz do Operário hasta un edificio con un nombre muy curioso.

  10. 10. A Voz do Operário

    Rua da Voz do Operário, 1100 Lisboa, Portugal

    Frente a ti, en la cuesta que baja de la Graça hacia São Vicente, se levanta un edificio grande y digno con un nombre que parece un eslogan: A Voz do Operário, la Voz del Obrero. Y eso es exactamente lo que fue.

    Todo empezó con un periódico. En 1879, un grupo de obreros de las fábricas de tabaco de Lisboa decidió que necesitaban su propia voz y fundó un semanario con ese nombre, pagado con las cuotas de los propios trabajadores. Pocos años después, alrededor del periódico nació una sociedad de ayuda mutua, y su gran proyecto fue la educación.

    Piensa en la Lisboa de entonces: la mayoría de los obreros no sabía leer, y sus hijos trabajaban desde niños. La sociedad abrió escuelas gratuitas para los hijos de los trabajadores, y llegó a tener miles de alumnos repartidos por la ciudad. Este edificio de la Graça, inaugurado en los años treinta del siglo veinte, se levantó como su gran sede: aulas, biblioteca, servicios para los socios. Fíjate en la fachada: no es la de una fábrica ni la de un palacio, sino la de una escuela que quiso parecer importante, porque para aquellos obreros saber leer era la forma más seria de dignidad, y la única herencia que podían dejar a sus hijos.

    Sobrevivir al Estado Novo no fue fácil. La dictadura desconfiaba de cualquier asociación obrera, vigilaba lo que se enseñaba y lo que se publicaba, y el lápiz azul de la censura pasaba también por las páginas del periódico. Aun así, la institución resistió, y después de 1974 recuperó toda su libertad. Hoy sigue funcionando como escuela y como centro de la vida del barrio, y el periódico todavía se publica.

    Es otro de esos tesoros que Lisboa no anuncia: no está en las postales, pero ha enseñado a leer a generaciones enteras de lisboetas. Sigue ahora bajando unos pasos, hasta que delante de ti aparezca una gran fachada blanca con dos torres. Es el final del paseo, y no podía ser más grandioso.

  11. 11. Igreja e Mosteiro de São Vicente de Fora

    Largo de São Vicente, 1100 Lisboa, Portugal

    Delante de ti se alza la fachada blanca y severa de São Vicente de Fora, con sus dos torres y su aire de palacio más que de iglesia. Si te recuerda a El Escorial, no es casualidad: la mandó levantar el mismo rey.

    Empecemos por el nombre. De fora significa de fuera: el primer monasterio se fundó fuera de las murallas, justo después de la conquista de 1147, por voluntad de Afonso Henriques, y en él se enterraron cruzados caídos en el asedio. Años más tarde llegaron las reliquias de San Vicente en un barco, y la leyenda dice que dos cuervos las acompañaron durante toda la travesía. Por eso hay un barco y dos cuervos en el escudo de Lisboa.

    El edificio que ves es otra cosa: lo reconstruyó desde 1582 Felipe II de España, que acababa de convertirse en rey de Portugal. Quería dejar su sello en la capital, y lo dejó: un templo monumental, sobrio, de líneas severas, que fija el gusto de toda una época en la ciudad. Un rey español firmando la gran iglesia de los lisboetas... la historia de la península tiene esas ironías.

    Si entras al monasterio, prepárate para los azulejos. Los claustros y los pasillos están forrados de paneles azules y blancos del siglo dieciocho, y entre ellos hay una serie dedicada a las fábulas de La Fontaine: el lobo, el cordero, la cigarra, la hormiga... y, cómo no, el cuervo y el zorro. Es como pasear por un libro ilustrado de cerámica.

    Aquí también reposan los reyes de la casa de Braganza, en un panteón real. Entre ellos, Carlos I y su hijo el príncipe heredero, asesinados a tiros en la Praça do Comércio en 1908, dos años antes de que cayera la monarquía. Has empezado el paseo entre los azulejos de una fábrica del siglo diecinueve y lo terminas entre azulejos de fábulas y tumbas de reyes, con la Feira da Ladra a un paso. Esa es la Lisboa escondida: la que solo se descubre subiendo cuestas.