La Lisboa de Pessoa: Chiado y Bairro Alto, de la librería más antigua al gigante Adamastor
Un paseo literario por Lisboa tras Fernando Pessoa, Camões, Eça de Queirós y Saramago: cafés, iglesias, periódicos, miradores y poetas de bronce entre el Chiado y el Bairro Alto
Lisbon · 11 stops · 27 min audio · Generated
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1. Livraria Bertrand
Rua Garrett 73, 1200 Lisboa, Portugal
Empuja la puerta de la Livraria Bertrand, en plena Rua Garrett, y entra sin prisa: estás en la librería más antigua del mundo que sigue abierta. Lo certificó el libro Guinness en 2011, pero a los lectores de Lisboa no les hacía falta ningún diploma... para ellos, la Bertrand siempre ha estado ahí, como el río o las cuestas.
La historia empieza en 1732, cuando un librero francés, Pedro Faure, abrió una tienda de libros en el barrio. Más tarde entró en el negocio la familia Bertrand, también francesa, y su apellido se quedó pegado al rótulo para siempre. Piensa en lo que significaba vender libros en el Portugal de entonces: la Inquisición revisaba lo que se imprimía y lo que llegaba de fuera, y un librero trabajaba con un ojo en el mostrador y otro en la censura.
Luego, la mañana del 1 de noviembre de 1755, la tierra tembló. El terremoto, el maremoto y los incendios que duraron días arrasaron buena parte de la Baixa y del Chiado, y la primera tienda quedó en ruinas. Los libreros volvieron a empezar, y hacia 1773 la casa se instaló en esta calle, que entonces se llamaba Rua do Chiado. Desde entonces no se ha movido. Las salas se encadenan una tras otra, estrechas y profundas, como los vagones de un tren muy lento.
La casa presume de clientes ilustres: por aquí pasaron Eça de Queirós, Fernando Pessoa y, mucho después, José Saramago. Y la propia calle lleva el nombre de Almeida Garrett, el poeta romántico que en el siglo XIX casi reinventó el teatro portugués. Fíjate en que en Lisboa la literatura no vive encerrada en un museo: vive en una tienda, con caja registradora, novedades sobre la mesa y gente que entra corriendo a comprar un regalo de cumpleaños.
Hoy vas a recorrer el Chiado y el Bairro Alto siguiendo a un hombre que nació a dos pasos de aquí y que escribió como si fuera muchos: Fernando Pessoa. Con él vendrán sus amigos, sus maestros y sus herederos. Sal de nuevo a la Rua Garrett y baja un poco hacia el sur, hasta la plaza que se abre frente al teatro de la ópera.
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2. Largo de São Carlos: casa natal de Pessoa
Largo de São Carlos, 1200 Lisboa, Portugal
Ponte en el centro del Largo de São Carlos, de espaldas al teatro de la ópera, y mira el edificio que tienes enfrente. En el cuarto piso, a la izquierda, nació Fernando Pessoa el 13 de junio de 1888... el día de San Antonio, la gran fiesta de Lisboa, cuando la ciudad entera huele a sardinas asadas.
El teatro que tienes detrás, el São Carlos, se inauguró en 1793, pensado a imagen de los grandes teatros de ópera de Italia. No es casualidad que la familia viviera justo enfrente. El padre, Joaquim de Seabra Pessoa, era crítico musical del Diário de Notícias y escribía sobre las óperas que se cantaban al otro lado de la plaza. El niño creció con el ruido de los carruajes de los estrenos bajo la ventana.
La felicidad duró poco. El padre murió de tuberculosis en 1893, cuando Fernando tenía cinco años, y al poco tiempo murió también un hermano pequeño. La madre se volvió a casar con el cónsul portugués en Durban, y el niño se fue a vivir a Sudáfrica. Allí estudió en inglés, ganó premios escolares en inglés, y sus primeros poemas fueron en inglés. Volvió a Lisboa en 1905, con diecisiete años, y prácticamente ya no volvió a salir de la ciudad.
Y aquí viene lo bonito. Desde esta plaza se oían las campanas de la Igreja dos Mártires, unos metros más arriba. Muchos lectores creen que son ellas las que suenan en uno de sus poemas más conocidos, el de la campana de mi aldea, un tañido lento que le llega al alma. Un poeta urbano hasta los huesos que llamaba aldea a un rincón del Chiado... y quizá tenía razón: para él, el mundo entero cabía en unas pocas calles de Lisboa.
Pessoa pasó la vida de habitación alquilada en habitación alquilada, sin casa propia, pero siempre volvía a estos barrios a escribir, a beber y a conversar. Murió en 1935, con cuarenta y siete años, dejando un baúl con decenas de miles de papeles que todavía hoy se estudian. Sube otra vez hacia la Rua Garrett y camina hacia el oeste, hasta la terraza de un café de principios del siglo veinte... allí te espera, sentado, el propio Pessoa en bronce.
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3. A Brasileira y la estatua de Pessoa, Largo do Chiado
Rua Garrett 120, 1200 Lisboa, Portugal
Delante de la terraza de A Brasileira hay una mesa de bronce que nunca queda libre: en una silla está sentado Fernando Pessoa, con sombrero, bigote y la pierna cruzada, y la otra silla espera a quien se atreva a sentarse a su lado. Haz cola si hace falta, porque todo el mundo quiere esa foto.
El café abrió en 1905. Lo fundó Adriano Telles, un portugués que había vivido en Brasil y quería vender en Lisboa café brasileño de verdad. La leyenda dice que de aquí viene la palabra bica, el café corto que piden los lisboetas: serían las iniciales de una frase que animaba a beberlo con azúcar. Los historiadores no se ponen de acuerdo... pero los camareros la cuentan encantados.
En los años diez del siglo pasado, este fue uno de los refugios de una pandilla de jóvenes que querían sacudir Portugal: Pessoa, el poeta Mário de Sá-Carneiro y el pintor y escritor Almada Negreiros. En 1915 lanzaron una revista, Orpheu. Solo salieron dos números, y la prensa se burló de ellos como de unos locos. Hoy esos dos números se consideran la partida de nacimiento del modernismo portugués.
La estatua, obra del escultor Lagoa Henriques, se colocó en 1988, cuando se cumplían cien años del nacimiento del poeta. Ese mismo año, el 25 de agosto, un incendio devoró varias manzanas del Chiado muy cerca de aquí; la reconstrucción se encargó al arquitecto Álvaro Siza, que conservó las fachadas y rehízo los interiores. Y mira la plaza de al lado, el Largo do Chiado: en el centro, un bronce de António Ribeiro, un fraile poeta del siglo dieciséis al que apodaban el Chiado. Según una de las teorías, el barrio entero heredó su mote.
Ironía final: Pessoa era más fiel a otro café, el Martinho da Arcada, junto al río, donde tenía mesa casi fija. Pero la estatua está aquí, y Lisboa ya ha decidido. Despídete de él y camina unos metros más hacia el oeste, hasta la gran plaza donde otro poeta, mucho más antiguo, te mira desde lo alto de un pedestal.
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4. Praça Luís de Camões
Praça Luís de Camões, 1200 Lisboa, Portugal
Estás en la Praça Luís de Camões, y en el centro, sobre un pedestal alto, el poeta se alza con la espada al cinto y un libro apretado contra el pecho. A su alrededor, más abajo, ocho figuras le hacen de guardia de honor: cronistas, poetas y sabios de los siglos en que Portugal vivía mirando al mar.
Luís Vaz de Camões tuvo una vida que parece una novela de aventuras. Perdió un ojo luchando en Ceuta, en el norte de África, acabó en la cárcel de Lisboa tras una pelea callejera y en 1553 se embarcó hacia la India. Pasó años en Oriente como soldado y funcionario. La leyenda cuenta que, al naufragar en la desembocadura del río Mekong, se salvó nadando con un solo brazo, mientras con el otro mantenía fuera del agua el manuscrito de su gran poema.
Ese poema es Os Lusíadas, publicado en 1572: diez cantos que cuentan el viaje de Vasco da Gama a la India como si fuera una nueva Odisea, con los dioses del Olimpo discutiendo en el cielo sobre aquellos marineros. Para los portugueses es lo que el Quijote para el mundo hispano... con la diferencia de que muchos se saben estrofas de memoria desde el colegio.
Camões murió en Lisboa en 1580, pobre y casi olvidado. Ese mismo año, Felipe II de España se hizo con la corona portuguesa, y durante sesenta años los dos reinos tuvieron el mismo rey. Hay quien dice que el poeta murió a tiempo para no verlo. El 10 de junio, fecha tradicional de su muerte, es hoy el día nacional de Portugal. La estatua llegó en 1867, a una plaza abierta sobre el solar de un palacio que el terremoto de 1755 había dejado en ruinas.
Un detalle para lectores de Saramago: en El año de la muerte de Ricardo Reis, el protagonista cruza esta plaza una y otra vez, y Camões, en bronce, siempre está ahí, como un vecino más que lo ve pasar. Volveremos a ese libro al final del paseo. Ahora deja la plaza por la Rua da Misericórdia, cuesta arriba hacia el norte, y busca a tu izquierda una iglesia de fachada tan sencilla que casi pasa desapercibida.
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5. Igreja de São Roque
Largo Trindade Coelho, 1200 Lisboa, Portugal
Delante de ti, la Igreja de São Roque tiene una fachada tan austera que podría pasar por un almacén. No te fíes: los jesuitas sabían esconder sus tesoros, y detrás de esa puerta está uno de los interiores más ricos de toda Lisboa.
La iglesia se levantó en el siglo dieciséis para la Compañía de Jesús, recién llegada a Portugal, en el lugar de una ermita dedicada a San Roque, el santo al que se rezaba contra la peste. Cuando la tierra tembló en 1755, el edificio aguantó mucho mejor que casi todo el barrio, y por eso conserva lo que tantas iglesias perdieron. Si entras, levanta la vista hacia el techo de madera pintada y luego busca, en un lateral, la capilla de San Juan Bautista.
Esa capilla es un capricho del rey João V, al que el oro de Brasil convirtió en uno de los monarcas más ricos de Europa. La encargó en Roma en 1742: allí se construyó, allí la bendijo el papa, luego la desmontaron pieza a pieza y la mandaron por mar a Lisboa, donde volvieron a montarla. Lapislázuli, ágata, amatista, mármoles de colores... y los cuadros no son cuadros: acércate y verás que son mosaicos de piedrecitas diminutas.
Pero a un paseo literario le importa otra cosa. Esta era la casa de los jesuitas en Lisboa, la orden del padre António Vieira, misionero en Brasil, diplomático y predicador del siglo diecisiete. Defendió a los indígenas y a los judíos conversos, y la Inquisición llegó a encarcelarlo. Sus sermones están entre la mejor prosa jamás escrita en portugués, tanto que Fernando Pessoa, en su libro Mensagem, lo llamó emperador de la lengua portuguesa.
Al salir, fíjate en la estatua de bronce de un vendedor de lotería en la plaza: la Santa Casa da Misericórdia, dueña de la iglesia, gestiona desde hace mucho la lotería nacional, y los lisboetas le dedicaron un monumento al cauteleiro, el que vende los billetes. Ahora sigue hacia el norte por la Rua de São Pedro de Alcântara, apenas un par de minutos, hasta el mirador con jardín que se asoma al valle.
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6. Miradouro de São Pedro de Alcântara
Rua de São Pedro de Alcântara, 1200 Lisboa, Portugal
Apóyate en la barandilla del Miradouro de São Pedro de Alcântara y deja que la ciudad se despliegue: al otro lado del valle, el castillo de São Jorge y las casas de la Graça trepando por la colina; abajo, la Baixa ordenada como un tablero de ajedrez. Es el mismo paisaje que los lisboetas del siglo diecinueve venían a mirar los domingos, vestidos de punta en blanco.
Ahora date la vuelta y busca en el jardín un monumento con un detalle precioso: al pie del busto de un señor con barba, un chaval de bronce corre con un fajo de periódicos bajo el brazo. El señor es Eduardo Coelho, que en 1864 fundó el Diário de Notícias; el chaval es un ardina, uno de aquellos niños que vendían el periódico a gritos por las calles.
Aquel periódico fue una pequeña revolución. Hasta entonces la prensa portuguesa era cara, de partido y para suscriptores. El Diário de Notícias nació barato, lleno de noticias y sin bandera política, y se vendía en la calle, número a número. Lisboa empezó a comprar el periódico como quien compra el pan. Y recuerda: en sus páginas escribía críticas musicales el padre de Fernando Pessoa.
Justo al lado del mirador llega el Elevador da Glória, el funicular que sube desde la zona de Restauradores desde 1885. El 3 de septiembre de 2025, uno de sus vagones descarriló en la cuesta y murieron dieciséis personas, una de las peores tragedias recientes de la ciudad. Si pasas junto a sus raíles, recuérdalo con respeto.
Un secreto más: hacia 1925, Pessoa escribió en inglés una guía de Lisboa para turistas, recorriendo la ciudad monumento a monumento como un guía cualquiera. Nunca la publicó; apareció entre sus papeles y no vio la luz hasta 1992. Ahora sigue por la Rua Dom Pedro V hacia el noroeste, entre anticuarios, palacetes y pequeñas tiendas, hasta la plaza del Príncipe Real.
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7. Praça do Príncipe Real
Praça do Príncipe Real, 1250 Lisboa, Portugal
Entra en el jardín de la Praça do Príncipe Real y ve directo al árbol que parece un paraguas gigante: un cedro de ramas extendidas en horizontal, sostenidas por una estructura de hierro, bajo cuya sombra caben decenas de personas. Muchas tardes, los vecinos juegan a las cartas debajo, como si fuera un salón al aire libre.
El nombre oficial del jardín es Jardim França Borges, en honor de un periodista republicano de principios del siglo veinte, director del diario O Mundo. En Lisboa hasta los jardines llevan nombre de periodista. Y la plaza tiene una historia rara: durante décadas el lugar se conoció como la Patriarcal Queimada, porque allí ardió en el siglo dieciocho una gran iglesia que se estaba construyendo. Lo que hoy es un jardín elegante fue mucho tiempo un descampado de escombros.
Bajo tus pies hay un secreto: el Reservatório da Patriarcal, un depósito subterráneo de planta octogonal terminado en el siglo diecinueve, con columnas que lo hacen parecer una pequeña catedral inundada. Repartía el agua del acueducto de las Águas Livres por los barrios del centro, y hoy forma parte del Museo del Agua.
Príncipe Real es hoy uno de los corazones de la Lisboa gay, y eso tiene su eco literario. En 1922 Pessoa reeditó, en su pequeña editorial, las Canciones de António Botto, un poeta que escribía sin disimulo sobre el amor entre hombres. Estalló un escándalo: hubo campañas contra la que llamaban literatura de Sodoma, se requisaron libros, y Pessoa salió en defensa de Botto por escrito. Años después, bajo el Estado Novo, Botto perdió su empleo público y acabó emigrando a Brasil, donde murió en 1959.
Mira los palacetes que rodean la plaza, como el neoárabe de arcos de herradura, levantado en el siglo diecinueve por una familia enriquecida. Este barrio fue el capricho de la burguesía que buscaba aire limpio por encima de la ciudad. Ahora sal por el lado sur de la plaza y baja por la Rua de O Século, una calle larga y tranquila que desciende entre palacios.
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8. Rua de O Século: Pombal y el periódico del milagro
Rua de O Século, 1200 Lisboa, Portugal
Camina despacio por la Rua de O Século y fíjate en los palacios de fachada sobria que la flanquean, con portones por los que entraba un carruaje. Es una calle que no presume, pero en ella nació el hombre que reconstruyó Lisboa... y en ella se hizo, durante casi un siglo, uno de los periódicos más poderosos del país.
La calle se llamaba antes Rua Formosa. En 1699 nació aquí, en la casa de su familia, Sebastião José de Carvalho e Melo, el futuro marqués de Pombal. Tras el terremoto de 1755 se le atribuye una frase famosa, enterrar a los muertos y cuidar a los vivos, aunque probablemente la dijo otro. Lo indiscutible es que él impulsó, con sus ingenieros militares, la Baixa de calles rectas que has visto desde el mirador.
Pombal fue también un gobernante implacable. Expulsó a los jesuitas, persiguió a la alta nobleza tras un atentado contra el rey y, en 1759, mandó ejecutar en público a varios miembros de la familia Távora. El hombre que levantó la ciudad nueva gobernó con mano de hierro, y Lisboa todavía discute si fue un genio, un tirano o las dos cosas a la vez.
Un siglo y medio después, la calle cambió de nombre por un periódico. O Século se fundó en 1880 y tuvo aquí su sede durante décadas. En octubre de 1917 envió a su redactor Avelino de Almeida a Fátima, donde una multitud esperaba un prodigio anunciado para el día 13. Era un diario republicano y anticlerical, y Avelino había escrito antes con sorna sobre las apariciones... pero su crónica de lo que vio, con el titular de que el sol había bailado a mediodía, dio la vuelta al país.
Piensa en la paradoja: el periódico más anticlerical de Lisboa acabó siendo el testigo más citado del milagro más famoso de Portugal. O Século dejó de publicarse a finales de los años setenta, pero la calle conserva su nombre. Al llegar al final, gira a la izquierda y métete en las callejuelas del Bairro Alto, buscando la Rua do Diário de Notícias.
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9. Bairro Alto, el barrio de los periódicos
Rua do Diário de Notícias, 1200 Lisboa, Portugal
Mira a tu alrededor en la Rua do Diário de Notícias: calles rectas y estrechas, casas bajas, ropa tendida, rótulos de bares que de día parecen dormidos. Por la noche el Bairro Alto es una fiesta enorme en plena calle; por la mañana, un pueblo tranquilo en mitad de la ciudad.
El barrio nació a principios del siglo dieciséis como una urbanización planificada, con trazado en cuadrícula, cuando Lisboa crecía con la riqueza de los viajes a Oriente. Fíjate en que las calles se cruzan casi en ángulo recto: es más de dos siglos anterior a la Baixa de Pombal, y sin embargo ya buscaba el orden. Aquí vivieron marineros, artesanos, nobles venidos a menos... y, muy cerca, los jesuitas de São Roque.
En el siglo diecinueve y buena parte del veinte, este fue el barrio de la prensa. Las imprentas ocupaban los bajos, las redacciones los pisos de arriba, y de madrugada, cuando salía la edición, los ardinas cargaban los fajos y bajaban corriendo hacia la Baixa. El Diário de Notícias tuvo aquí su redacción, y la antigua Rua dos Calafates acabó tomando el nombre del periódico.
Imagina la mezcla: tipógrafos con los dedos negros de tinta, periodistas que salían a cenar a medianoche, poetas que pasaban a dejar una colaboración o a cobrarla, y tabernas abiertas para todos. Pessoa publicó poemas, artículos y polémicas en decenas de revistas y periódicos, y muchos salieron de imprentas como estas. Bajo la dictadura del Estado Novo, cada página pasaba antes por el lápiz azul de la censura, y los periodistas aprendieron a escribir entre líneas.
La Revolución de los Claveles, el 25 de abril de 1974, acabó con la censura previa, y durante unos años la prensa vivió una explosión de libertad. Después, poco a poco, las redacciones se fueron a edificios modernos y los bajos de las imprentas se convirtieron en bares. Baja ahora hacia el sur por esta misma calle, cruza la Rua do Loreto junto a la plaza de Camões y desciende por la Rua do Alecrim hasta un pequeño largo a tu derecha.
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10. Estatua de Eça de Queirós
Largo do Barão de Quintela, 1200 Lisboa, Portugal
En el pequeño Largo do Barão de Quintela, un caballero con bigote se inclina sobre una mujer desnuda, apenas cubierta por un velo, que se abandona contra él. No es una escena de escándalo... o sí, un poco: es el monumento a Eça de Queirós, el gran novelista portugués del siglo diecinueve, y la mujer es la Verdad.
Busca la inscripción del pedestal. Dice, más o menos: sobre la desnudez fuerte de la verdad, el manto diáfano de la fantasía. Es la frase que Eça puso al frente de su novela La reliquia, y resume su manera de escribir: la verdad sin adornos, pero contada con imaginación. El escultor António Teixeira Lopes inauguró la obra en 1903, tres años después de que el escritor muriera en París.
Eça fue un provocador. En 1871, con un grupo de jóvenes intelectuales, organizó en un casino del Chiado unas conferencias que pretendían despertar a Portugal de su modorra; él habló del realismo en el arte. El gobierno las prohibió antes de que terminaran. Después pasó media vida fuera, como cónsul en La Habana, en Inglaterra y en París, mirando su país desde lejos con una mezcla de cariño e ironía feroz.
Su gran novela, Los Maia, se publicó en 1888, el mismo año en que nació Pessoa a pocas calles de aquí. Cuenta la decadencia de una familia rica de Lisboa, y sus personajes pasean por el Chiado, el Loreto y la orilla del río como tú hoy. En la última página, dos amigos acaban de convencerse de que en la vida no merece la pena correr por nada... y en ese mismo instante echan a correr para alcanzar un tranvía.
Fíjate en lo bien elegido que está el sitio: a un paso del Chiado que Eça retrató con tanta malicia, entre las mismas cuestas que subían sus dandis aburridos. Pessoa lo admiraba, aunque de jóvenes las generaciones siempre se peleen con sus padres literarios. Para el final, toma hacia el oeste por la Rua do Loreto y la Calçada do Combro, y luego baja a la izquierda hasta el mirador donde un gigante de piedra vigila el río.
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11. Miradouro de Santa Catarina y el Adamastor
Rua de Santa Catarina, 1200 Lisboa, Portugal
Llegas al Miradouro de Santa Catarina y lo primero que ves no es el río, sino a él: un gigante de piedra, mitad hombre, mitad roca, que parece querer arrancarse del bloque en el que está tallado. Es el Adamastor, y detrás de él se abre el Tajo, ancho como un mar, con el puente rojo del 25 de Abril cruzándolo a lo lejos.
El Adamastor sale del canto quinto de Os Lusíadas. Camões lo imaginó como el espíritu del cabo de las Tormentas, en el extremo sur de África: un gigante furioso que se alza entre nubes negras para amenazar a los marineros de Vasco da Gama por atreverse a entrar en sus mares. Es el miedo de toda una época convertido en monstruo. La escultura se colocó en el mirador en 1927.
Y ahora, el último giro literario del paseo. En 1984 José Saramago, que catorce años después ganaría el Premio Nobel, publicó El año de la muerte de Ricardo Reis. Ricardo Reis, uno de los heterónimos de Pessoa, regresa de Brasil a Lisboa a finales de 1935, justo después de la muerte de su creador. Acaba viviendo junto a este mirador, se sienta frente al Adamastor... y recibe las visitas del fantasma de Pessoa, al que le quedan unos nueve meses antes de desvanecerse del todo.
Saramago no eligió el año por casualidad. En 1936 el régimen de Salazar se endurece, empieza la guerra civil en España y Europa camina hacia la catástrofe. Reis, el poeta que solo quería contemplar la vida de lejos, ve pasar ante él periódicos, desfiles y hasta una revuelta de marineros en los barcos del Tajo. La novela se abre dándole la vuelta a un verso de Camões: donde el poeta escribió que la tierra se acaba y el mar comienza, Saramago escribe que aquí el mar acaba y la tierra empieza.
Has empezado en una librería de 1732 y terminas frente a un gigante inventado por un poeta, en el mirador donde un personaje inventado por otro poeta conversaba con el fantasma de su autor. Así es la Lisboa literaria: la ficción y la ciudad se confunden en cada esquina. Quédate un rato, mira cómo cae la tarde sobre el río y el puente, y deja que Lisboa termine el poema por ti.