El Oltrarno secreto de Florencia: de San Frediano al Palazzo Pitti y Bóboli

Al otro lado del Arno: un puente rescatado del río, el barrio de los artesanos, frescos que enseñaron a pintar a Miguel Ángel, amores prohibidos en Via Maggio y el palacio que compró una duquesa española

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  1. 1. Ponte Santa Trinita y la cabeza de la Primavera

    Ponte Santa Trinita, 50125 Firenze FI, Italy

    Apóyate en el pretil, en mitad del puente, y mira la curva de sus arcos: tan rebajada, tan tensa, que parece que el puente apenas toca el agua. A un lado tienes el Ponte Vecchio con sus tiendas colgadas; al otro, el río abriéndose hacia las colinas. Muchos florentinos te dirán que el Ponte Santa Trinita es el puente más elegante del mundo.

    Lo diseñó Bartolomeo Ammannati y se construyó entre 1567 y 1569, después de que una crecida del Arno se llevara el anterior. Nadie sabe con certeza cómo trazó esas curvas; hay quien sospecha que se inspiró en ideas de Miguel Ángel, porque recuerdan a los sarcófagos de las tumbas mediceas. En 1608, para la boda del futuro Cosimo II, se colocaron en los extremos cuatro estatuas: la Primavera, el Verano, el Otoño y el Invierno.

    La noche del 3 al 4 de agosto de 1944, las tropas alemanas en retirada volaron todos los puentes de Florencia menos el Ponte Vecchio, y con él derribaron las casas medievales que lo rodeaban. El Ponte Santa Trinita se hundió en el río. Después de la guerra, la ciudad decidió reconstruirlo tal como era y donde estaba. Sacaron del lecho del Arno las piedras originales, abrieron de nuevo la cantera de Bóboli para tallar las que faltaban y estudiaron fotografías para copiar cada curva. Se inauguró en 1958.

    Pero a la Primavera le faltaba algo: la cabeza. Las estatuas habían sido rescatadas del agua, todas menos esa cabeza, y durante años la Primavera montó guardia decapitada. Hubo búsquedas, rumores y más de una pista falsa. Al fin, en 1961, unos trabajos de dragado la devolvieron a la luz, y volvió a su sitio. Busca la Primavera en uno de los extremos del puente: hoy parece que nunca hubiera perdido nada.

    Este puente es la puerta al Oltrarno, el otro lado del Arno, el barrio que los florentinos llaman de là d'Arno, más lento, más artesano, menos turístico. Ahora cruza al otro lado, gira a la derecha por el Lungarno y camina hacia el oeste, con el río a tu derecha, hasta una cúpula que se refleja en el agua.

  2. 2. Borgo San Frediano y San Frediano in Cestello

    Piazza di Cestello 4, 50124 Firenze FI, Italy

    Delante tienes una iglesia que parece haberse olvidado de vestirse: una cúpula elegante y, debajo, una fachada de ladrillo desnudo, con los huecos de la obra todavía a la vista. Es San Frediano in Cestello, reconstruida a finales del siglo diecisiete, y como tantas iglesias de Florencia, se quedó esperando un revestimiento de mármol que nunca llegó.

    El nombre esconde dos viajes. Frediano era un monje irlandés que llegó a ser obispo de Lucca en el siglo sexto, y a él se dedicó la puerta y el barrio. Cestello viene del Císter, la orden de monjes que tuvo aquí su convento. Un santo de Irlanda y unos monjes de Borgoña dando nombre a una esquina toscana.

    Detrás de la iglesia empieza el Borgo San Frediano, y con él el barrio más popular de la vieja Florencia. Aquí vivían los tejedores, los tintoreros, los curtidores, la gente que hacía funcionar la industria de la lana que enriquecía a los banqueros del otro lado del río. Los sanfredianini tenían fama de orgullosos, de lengua afilada y de no dejarse mandar. En 1949 Vasco Pratolini publicó la novela Le ragazze di San Frediano, las muchachas de San Frediano, y el barrio pasó a la literatura con su carácter intacto.

    Este barrio bajo y cercano al río sufrió como pocos la inundación del 4 de noviembre de 1966, cuando el Arno se desbordó y llenó de agua y barro los talleres y las casas. Los vecinos lo perdieron casi todo, y llegaron jóvenes de toda Italia y de medio mundo a sacar libros y obras de arte del lodo. Los florentinos los llamaron los ángeles del barro.

    Hoy San Frediano mezcla carpinteros, enmarcadores y restauradores con bares de vinos y jóvenes que vienen por la noche. Pero basta asomarse a cualquier taller para oír todavía el acento cerrado y la ironía de los de siempre. Ahora toma el Borgo San Frediano y síguelo hacia el oeste, entre talleres y tiendas de barrio, hasta que la calle choque con una puerta gigantesca.

  3. 3. Porta San Frediano: la puerta hacia Pisa

    Borgo San Frediano, 50124 Firenze FI, Italy

    Acércate a los enormes batientes de madera, cubiertos de clavos de hierro del tamaño de un puño, y levanta la vista hacia el arco de piedra. Son las hojas originales de la Porta San Frediano, y llevan casi siete siglos abriéndose y cerrándose sobre el camino de Pisa.

    La puerta se levantó en la década de 1330, en la última y más grande muralla de Florencia, y se atribuye a Andrea Pisano, el escultor de las primeras puertas de bronce del Baptisterio. Por aquí entraban las mercancías que subían del puerto de Pisa y de Livorno: sal, lana, cuero, especias. Cada carro pagaba su arancel, y los guardias apuntaban, contaban y cobraban.

    Fíjate en lo achatada que se ve la torre. No siempre fue así. Las puertas de Florencia eran altísimas, pero cuando llegó la artillería, aquellas torres se volvieron un blanco perfecto. En el siglo dieciséis, ante la amenaza de guerra, las rebajaron casi todas, como quien se agacha para esquivar un golpe. En 1529 y 1530, durante el largo asedio de la ciudad, Miguel Ángel trabajó en las fortificaciones de la república, aunque en otro sector, en la colina de San Miniato.

    Ahora mira hacia dentro, por el Borgo, y piensa en la cantidad de gente que ha pasado bajo este arco: peregrinos, mercaderes, soldados, contrabandistas y, cada mañana, los campesinos con sus verduras para los mercados. Las puertas se cerraban al caer la noche, y quien llegaba tarde tenía que esperar fuera, en las posadas del camino, hasta el alba. La ciudad era una caja que se cerraba con llave.

    Junto a la puerta todavía corre un tramo de la muralla, y es una de las pocas zonas donde se entiende cómo era la Florencia amurallada. Ahora vuelve hacia el interior del barrio y busca, unas calles al sudeste, una gran plaza con una iglesia de fachada desnuda. Dentro te espera la capilla donde aprendieron a pintar los mejores.

  4. 4. Santa Maria del Carmine y la Capilla Brancacci

    Piazza del Carmine 14, 50124 Firenze FI, Italy

    Atraviesa la amplia plaza, hoy medio aparcamiento, hacia esa fachada de piedra tosca sin adorno alguno. Nadie diría que detrás se esconde una de las capillas más importantes de la historia del arte. Así es el Oltrarno: lo mejor siempre detrás de una pared sencilla.

    Hacia 1424 el mercader Felice Brancacci encargó decorar la capilla de su familia a dos pintores: el veterano Masolino y un joven de veintitantos años llamado Masaccio. Masaccio pintó como nadie lo había hecho: cuerpos con peso, luz que viene de una ventana real, rostros de gente de la calle. Mira su Adán y Eva expulsados del Paraíso. Eva grita, con la boca abierta, y Adán se tapa la cara de vergüenza. Son seis siglos, y todavía duele mirarlos.

    Pero la historia se torció. Masaccio se fue a Roma y murió allí con unos veintisiete años. Y en la década de 1430 Brancacci, enemigo de los Médici, fue desterrado, así que la capilla quedó a medias durante medio siglo. La terminó Filippino Lippi en la década de 1480, imitando el estilo de Masaccio con tanto respeto que todavía hoy cuesta ver dónde empieza uno y acaba el otro.

    Generaciones de artistas vinieron aquí a copiar estas figuras. Entre ellos, un adolescente llamado Miguel Ángel. Según contó años después el escultor Pietro Torrigiano, Miguel Ángel se burlaba de los dibujos de los demás, y él, harto, le dio un puñetazo que le aplastó la nariz. Lo relata Benvenuto Cellini en su autobiografía. Si miras los retratos de Miguel Ángel, verás esa nariz rota para siempre.

    En 1771 un incendio devastó casi toda la iglesia, pero la capilla se salvó. Y en la restauración de los años ochenta se retiraron las hojas de parra que el pudor del siglo diecisiete había añadido a Adán y Eva, y los colores volvieron a brillar. Ahora sal de la plaza por Via Santa Monaca y sigue hacia el este, por calles estrechas, hasta la plaza más viva del barrio.

  5. 5. Piazza Santo Spirito y la basílica de Brunelleschi

    Piazza di Santo Spirito 30, 50125 Firenze FI, Italy

    Busca un banco a la sombra, junto a la fuente, y mira la fachada que cierra la plaza: un perfil curvo, color crema, sin una sola estatua ni una columna. Por la mañana hay puestos de fruta, por la tarde niños con balones, y por la noche la plaza entera se llena de conversaciones. Es Piazza Santo Spirito, el salón de estar del Oltrarno.

    Esa fachada tan sencilla esconde una de las iglesias más perfectas del Renacimiento. Santo Spirito es uno de los últimos proyectos de Filippo Brunelleschi, el de la cúpula de la catedral. Las obras empezaron en 1444, y él murió dos años después, así que otros la terminaron. Dentro, un bosque de columnas grises y casi cuarenta capillas iguales, como una música que se repite.

    Cuentan que Brunelleschi quería girar la iglesia para que mirara al Arno, con una gran plaza abierta hasta el río, de modo que quien llegara por barco viera la fachada desde el agua. Los propietarios de las casas no quisieron vender, y el sueño se quedó en papel. Y la fachada nunca recibió decoración: lo que ves es un enlucido del siglo dieciocho.

    En la sacristía se conserva un crucifijo de madera pintada, delicado, casi adolescente. Lo talló un Miguel Ángel de unos diecisiete años. El prior del convento le permitía estudiar anatomía con los cadáveres del hospital, en secreto y de noche, y el joven escultor se lo agradeció con esta obra. Durante siglos su autoría se olvidó, y hasta el siglo veinte no se reconoció su mano.

    Santo Spirito fue además el convento de los agustinos, uno de los grandes centros de estudio de la ciudad, donde se reunían los humanistas. El propio Boccaccio legó su biblioteca a este convento. Hoy, en algunos domingos del mes, la plaza se llena de puestos de antigüedades y artesanía. Ahora sal por la esquina sur de la plaza, por Via Mazzetta, y en un minuto llegarás a una plazuela donde vivieron dos poetas ingleses que se habían fugado juntos.

  6. 6. Casa Guidi: los Browning en Florencia

    Piazza di San Felice 8, 50125 Firenze FI, Italy

    Mira hacia el primer piso del palacio de la esquina, con sus ventanas altas que dan a la pequeña Piazza San Felice y a la iglesia de enfrente. Bajo ellas, una lápida en italiano habla de una poeta inglesa. Detrás de esos cristales vivió una de las parejas más famosas de la literatura.

    Elizabeth Barrett era, en el Londres de la década de 1840, una poeta célebre y una enferma crónica, encerrada en casa por un padre que había prohibido casarse a todos sus hijos. Robert Browning, seis años más joven, le escribió una carta de admiración, la visitó, y en 1846 se casaron en secreto. Una semana después huyeron a Italia. Su padre no volvió a dirigirle la palabra.

    En 1847 se instalaron en este piso de Casa Guidi, y aquí, lejos del frío inglés, Elizabeth revivió. En 1849 nació su hijo, al que llamaban Pen. Ella escribió aquí Casa Guidi Windows, un poema sobre lo que veía desde estas ventanas: los florentinos desfilando por la independencia y la unidad de Italia. Y también Aurora Leigh, una novela en verso que defendía que una mujer podía ser artista y dueña de su vida.

    Elizabeth murió aquí, en brazos de Robert, el 29 de junio de 1861. Florencia la despidió como a una hija: está enterrada en el Cementerio de los Ingleses, al otro lado de la ciudad. La lápida de la fachada, con versos del escritor Niccolò Tommaseo, dice que con sus poemas hizo un anillo de oro entre Italia e Inglaterra. Robert, destrozado, se marchó y no quiso volver a vivir en Florencia.

    Fíjate en la coincidencia: a pocos pasos, en Via Maggio, otra pareja fugada escandalizó a la ciudad tres siglos antes. Florencia parece tener debilidad por los amantes que huyen. Ahora camina hacia el norte por Via Maggio, la calle de los anticuarios, y busca un palacio con la fachada cubierta de dibujos grises.

  7. 7. Via Maggio y el Palazzo di Bianca Cappello

    Via Maggio 26, 50125 Firenze FI, Italy

    Busca el palacio de fachada estrecha cubierta de esgrafiados grises: grutescos, guirnaldas, figuras fantásticas dibujadas en el revoco, como un encaje. Estás en Via Maggio, la calle mayor del Oltrarno, llena de anticuarios. Esta casa perteneció a la mujer más odiada y más fascinante de la Florencia del siglo dieciséis.

    Bianca Cappello nació en una familia noble de Venecia. A los quince años, en 1563, se fugó con un joven florentino, Pietro Bonaventuri, empleado de un banco. Venecia la declaró proscrita y puso precio a la cabeza de él. La pareja se escondió en Florencia, pobre y perseguida... hasta que Bianca llamó la atención del heredero de los Médici, Francesco, hijo de Cosimo I y de Eleonora di Toledo.

    Francesco estaba casado con Juana de Austria, hermana del emperador, pero no tardó en convertir a Bianca en su amante oficial. La instaló en esta casa, muy cerca del Palazzo Pitti, y la hizo reformar con todo lujo. El marido de Bianca, mientras tanto, apareció asesinado en una calle de la ciudad en 1572. Nadie fue castigado.

    Cuando murió Juana, en 1578, Francesco se casó con Bianca apenas dos meses después, primero en secreto y luego con gran pompa. Los florentinos nunca la aceptaron. Y en octubre de 1587, en la villa de Poggio a Caiano, Francesco y Bianca murieron con apenas un día de diferencia. Unos hablaron de veneno, y señalaron al hermano de Francesco, el cardenal Ferdinando, que heredó el trono. Otros estudios recientes apuntan a la malaria. El misterio sigue abierto.

    Ferdinando no quiso que Bianca descansara junto a los Médici. La enterraron en un lugar que no se registró, y hoy nadie sabe dónde reposa. Solo queda esta fachada, coqueta y melancólica, en la calle de los anticuarios. Ahora cruza hacia el este por las callejuelas que bajan hacia Via de' Guicciardini: en un par de minutos darás con una placita minúscula con nombre de pájaro.

  8. 8. Piazza della Passera y los talleres del Oltrarno

    Piazza della Passera, 50125 Firenze FI, Italy

    Quédate en medio de esta plaza diminuta, rodeada de casas color ocre, y escucha: quizá oigas el golpe de un martillo o el roce de una lija desde algún taller cercano. Es Piazza della Passera, uno de esos rincones de Florencia que parecen guardados para los vecinos.

    Su nombre da que hablar. Passera significa gorriona, y la versión inocente dice que viene de un pájaro, ligado a alguna vieja historia del barrio que cada uno cuenta a su manera. Pero passera, en el habla toscana, también tiene un doble sentido bastante pícaro, y la otra versión recuerda que en estas calles, en la Edad Media, hubo casas de citas. Los florentinos, que adoran una buena ambigüedad, nunca han querido decidir.

    Lo que sí es seguro es que alrededor de esta plaza late el Oltrarno artesano. En Via Toscanella, en Via dello Sprone y en las calles vecinas trabajaban y todavía trabajan doradores, ebanistas, enmarcadores, restauradores de muebles y de pinturas. Muchos oficios llegaron aquí porque los grandes palacios de la nobleza estaban al lado y necesitaban quien cuidara sus marcos, sus sillas y sus techos.

    La inundación de 1966 puso a prueba esos oficios. Miles de obras de arte y de libros quedaron empapados de barro, y Florencia se convirtió de golpe en el mayor laboratorio de restauración del mundo. Muchas técnicas que hoy se enseñan en todas partes se perfeccionaron en esos años, en talleres como los de estas calles. Que una ciudad tan amenazada por el agua sea la capital de la restauración no es casualidad.

    A pocas calles de aquí, por encima de los tejados de Via de' Guicciardini, pasa además el Corredor Vasariano, el pasadizo elevado que unía el Palazzo Vecchio con el Palazzo Pitti, para que los grandes duques cruzaran el río sin mezclarse con la gente. Desde aquí abajo, la ciudad de los artesanos. Desde ahí arriba, la de los príncipes. Ahora sal a Via de' Guicciardini y síguela hacia el sur: enseguida se abrirá una plaza en cuesta frente a un palacio colosal.

  9. 9. Palazzo Pitti: el palacio que compró Eleonora

    Piazza de' Pitti 1, 50125 Firenze FI, Italy

    Sube un poco por la plaza en cuesta y date la vuelta para abarcar el frente entero: más de doscientos metros de piedra almohadillada, sin una concesión a la gracia. El Palazzo Pitti no quiere seducirte. Quiere que te sientas pequeño.

    Lo empezó hacia 1458 Luca Pitti, un banquero ambicioso que quería superar a los Médici. Cuenta la leyenda que exigió que sus ventanas fueran tan grandes como las puertas del palacio de Cosimo el Viejo. Pero Luca se metió en una conjura contra los Médici, perdió su influencia, y la obra se quedó a medias. Sus herederos, poco a poco, se arruinaron.

    Aquí reaparece nuestra duquesa española. En 1549 Eleonora di Toledo compró el palacio a los Pitti. Ella, educada en la corte de Nápoles, buscaba aire, luz y un jardín para sus muchos hijos, lejos del ambiente cerrado del Palazzo Vecchio. Con su dinero, la casa del rival se convirtió en la residencia de los Médici, y Ammannati la amplió con un patio monumental. En ese patio, por cierto, se cuenta que hay un pequeño homenaje en piedra a la mula que más trabajó acarreando materiales.

    Este palacio vio nacer algo más grande que una familia: en el año 1600, para la boda de María de Médici con Enrique IV de Francia, se representó aquí Eurídice, de Jacopo Peri, una de las primeras óperas de la historia. Más tarde vivieron aquí los Lorena, en tiempos de Napoleón fue la residencia de su hermana Elisa, y entre 1865 y 1871, cuando Florencia fue capital de Italia, fue palacio real de los Saboya.

    Y mira las casas de la plaza: en una de ellas, una lápida recuerda que Fiódor Dostoievski terminó allí su novela El idiota, entre 1868 y 1869, mientras miraba cada día esta misma fachada. Hoy el palacio alberga varios museos. Pero nosotros vamos a lo que Eleonora más quería: entra en el jardín y sube por detrás del palacio hasta el gran anfiteatro de hierba.

  10. 10. Jardín de Bóboli: el anfiteatro de la cantera

    Giardino di Boboli, Piazza de' Pitti 1, 50125 Firenze FI, Italy

    Siéntate en una de las gradas de piedra cubiertas de hierba y mira hacia abajo: un enorme hueco en forma de herradura, un obelisco egipcio en el centro y, al fondo, la fachada trasera del Palazzo Pitti. Parece un estadio para gigantes. Y en cierto modo lo fue.

    El secreto está bajo tus pies. Este hueco era la cantera de donde se sacó buena parte de la piedra para construir el palacio. Cuando Eleonora di Toledo encargó el jardín, a partir de 1549, el escultor y arquitecto Niccolò Tribolo vio la oportunidad: en lugar de rellenar el agujero, lo convirtió en escenario. Tribolo murió pronto, y continuaron Ammannati, Buontalenti y, en el siglo diecisiete, la familia Parigi, que dio al anfiteatro su forma actual de gradas.

    Aquí la corte celebraba sus fiestas más fastuosas. Para la boda de Cosimo III con Margarita Luisa de Orleans, en 1661, se montó en este anfiteatro un ballet de caballos con una multitud de figurantes, carros alegóricos y música. Imagina a los caballos danzando en la arena y a las damas con abanicos en las gradas, como si la cantera fuera un teatro del Olimpo.

    El obelisco es auténtico. Es egipcio, de granito rosa, de la época de Ramsés II, y llegó a Roma en la Antigüedad. Los Médici lo tenían en el jardín de su villa romana, y a finales del siglo dieciocho lo trajeron hasta aquí. Un monumento de tres mil años, viajero de Egipto a Roma y de Roma a Florencia, plantado en una antigua cantera.

    Bóboli fue uno de los primeros grandes jardines de corte de Europa, y muchas cortes lo tomaron como modelo. Pero para Eleonora era, ante todo, un lugar donde sus hijos corrían al aire libre y donde se cultivaban plantas y frutas. Ahora baja hacia el palacio y gira a la derecha, siguiendo la fachada, hasta la salida que da a Via Guicciardini. Junto a ella te espera la gruta más extraña de Florencia.

  11. 11. Grotta del Buontalenti: la gruta grande

    Giardino di Boboli, Piazza de' Pitti 1, 50125 Firenze FI, Italy

    Asómate a la boca de la gruta y deja que tus ojos se acostumbren a la penumbra: estalactitas que gotean de las paredes, rocas que parecen derretirse, cabras, ovejas y pastores medio atrapados en la piedra. Afuera hay columnas y estatuas clásicas; dentro, un mundo que se deshace.

    Es la Grotta Grande, que todos llaman la Gruta de Buontalenti, por Bernardo Buontalenti, el arquitecto que la transformó entre 1583 y 1593 para el gran duque Francesco I, el mismo de la historia de Bianca Cappello. Francesco era un príncipe raro, encerrado en su laboratorio, apasionado por la alquimia, la porcelana y los secretos de la naturaleza. Esta gruta es su retrato: la frontera entre lo que hace la naturaleza y lo que fabrica el arte.

    En las esquinas de la primera sala había cuatro Prisioneros de Miguel Ángel, esas figuras que parecen luchar por salir del bloque de mármol. Los originales se trasladaron a la Galería de la Academia en 1909, y aquí quedan copias, pero el efecto sigue intacto: hombres que nacen de la roca, igual que los animales de las paredes. En el techo había una pecera de cristal con peces de verdad, y la luz del cielo atravesaba el agua para bañar la sala.

    En la última estancia, la más escondida, te espera una Venus saliendo del baño, esculpida por Giambologna, que mira por encima del hombro como si alguien la hubiera sorprendido. Rodeada de sátiros que la espían desde el borde de la fuente, es una broma refinada para los invitados del gran duque.

    Y aquí termina el paseo. Has cruzado un puente que la ciudad rescató del río, has caminado por el barrio de los tejedores, has visto dónde aprendió a pintar Miguel Ángel y dónde vivieron poetas y amantes fugados. Y has acabado en el palacio y el jardín de Eleonora di Toledo, la duquesa española que eligió este lado del Arno para vivir. Muy cerca, junto a la gruta, desemboca el Corredor Vasariano. Sal por Via Guicciardini y, en pocos minutos, estarás otra vez frente al río.