Grotta del Buontalenti: la gruta grande

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Asómate a la boca de la gruta y deja que tus ojos se acostumbren a la penumbra: estalactitas que gotean de las paredes, rocas que parecen derretirse, cabras, ovejas y pastores medio atrapados en la piedra. Afuera hay columnas y estatuas clásicas; dentro, un mundo que se deshace.

Key Facts

PlaceGrotta del Buontalenti: la gruta grande
AddressGiardino di Boboli, Piazza de' Pitti 1, 50125 Firenze FI, Italy
Geo Coordinates43.76620, 11.25190
Part of WalkEl Oltrarno secreto de Florencia: de San Frediano al Palazzo Pitti y Bóboli
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Asómate a la boca de la gruta y deja que tus ojos se acostumbren a la penumbra: estalactitas que gotean de las paredes, rocas que parecen derretirse, cabras, ovejas y pastores medio atrapados en la piedra. Afuera hay columnas y estatuas clásicas; dentro, un mundo que se deshace.

Es la Grotta Grande, que todos llaman la Gruta de Buontalenti, por Bernardo Buontalenti, el arquitecto que la transformó entre 1583 y 1593 para el gran duque Francesco I, el mismo de la historia de Bianca Cappello. Francesco era un príncipe raro, encerrado en su laboratorio, apasionado por la alquimia, la porcelana y los secretos de la naturaleza. Esta gruta es su retrato: la frontera entre lo que hace la naturaleza y lo que fabrica el arte.

En las esquinas de la primera sala había cuatro Prisioneros de Miguel Ángel, esas figuras que parecen luchar por salir del bloque de mármol. Los originales se trasladaron a la Galería de la Academia en 1909, y aquí quedan copias, pero el efecto sigue intacto: hombres que nacen de la roca, igual que los animales de las paredes. En el techo había una pecera de cristal con peces de verdad, y la luz del cielo atravesaba el agua para bañar la sala.

En la última estancia, la más escondida, te espera una Venus saliendo del baño, esculpida por Giambologna, que mira por encima del hombro como si alguien la hubiera sorprendido. Rodeada de sátiros que la espían desde el borde de la fuente, es una broma refinada para los invitados del gran duque.

Y aquí termina el paseo. Has cruzado un puente que la ciudad rescató del río, has caminado por el barrio de los tejedores, has visto dónde aprendió a pintar Miguel Ángel y dónde vivieron poetas y amantes fugados. Y has acabado en el palacio y el jardín de Eleonora di Toledo, la duquesa española que eligió este lado del Arno para vivir. Muy cerca, junto a la gruta, desemboca el Corredor Vasariano. Sal por Via Guicciardini y, en pocos minutos, estarás otra vez frente al río.

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