La Rambla y el Raval de Barcelona: conventos perdidos, ópera en llamas y el gato de Botero
De la fuente de Canaletes a las atarazanas medievales: el antiguo arroyo que se convirtió en el paseo más famoso de Barcelona y el barrio que creció a su sombra, entre hospitales góticos, mercados y museos blancos
Barcelona · 11 stops · 25 min audio · Generated
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1. Font de Canaletes: beber para volver
La Rambla 129, 08002 Barcelona, Spain
Busca, justo donde La Rambla empieza a bajar desde Plaça de Catalunya, una farola de hierro negro con cuatro grifos y un escudo de la ciudad. Parece poca cosa: una fuente de barrio rodeada de bancos y de gente que espera a alguien. Pero para los barceloneses es casi un santuario.
Dice la leyenda que quien bebe de la Font de Canaletes acaba enamorándose de Barcelona... y que, vaya donde vaya, siempre vuelve. Hay quien añade que el agua solo funciona si se bebe del grifo correcto, aunque nadie se pone de acuerdo sobre cuál es. Así que, por si acaso, muchos visitantes prueban los cuatro.
Antes de ser paseo, todo esto era un torrente. La palabra rambla viene del árabe y significa lecho de arena, el cauce seco de una riera que solo llevaba agua cuando llovía fuerte. Corría pegado a la muralla medieval, y durante siglos fue un camino polvoriento entre la ciudad amurallada, a tu izquierda, y los huertos y conventos del Raval, a tu derecha. Cuando la muralla cayó en el siglo XVIII, el cauce se convirtió en paseo con árboles, y Barcelona descubrió que le encantaba caminar arriba y abajo sin ir a ninguna parte.
La otra fama de esta fuente es futbolera. En los años treinta, cuentan, un periódico deportivo tenía su sede en este tramo y colgaba en una pizarra los resultados del Barça. Los aficionados se reunían aquí a esperarlos y a discutirlos. Aquella costumbre nunca se fue: cuando el club gana un título, miles de personas acaban precisamente aquí, cantando alrededor de cuatro grifos de hierro.
La Rambla no es una sola calle sino cinco tramos con nombre propio, y casi todos recuerdan un edificio que ya no existe. Este es el de Canaletes. Baja ahora unos pasos, por el lado derecho del paseo, hasta una iglesia barroca de piedra oscura en la esquina con Carrer del Carme.
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2. Església de Betlem y la Rambla dels Estudis
La Rambla 107, 08002 Barcelona, Spain
Fíjate en la fachada lateral de esta iglesia que da a Carrer del Carme: piedra tallada en rombos, como si alguien hubiera querido acolchar un muro. Es la Església de Betlem, una de las pocas iglesias barrocas que conserva Barcelona, una ciudad que fue muy gótica y luego muy modernista, y que en medio se saltó casi todo lo demás.
La levantaron los jesuitas entre finales del siglo XVII y principios del XVIII. Por fuera es sobria, casi severa. Por dentro llegó a ser uno de los interiores más ricos de la ciudad, lleno de retablos dorados, mármoles y pinturas. Y digo llegó a ser porque de todo aquello no queda casi nada.
En julio de 1936, en los primeros días de la Guerra Civil, la iglesia fue incendiada, como muchas otras en Barcelona. El fuego destruyó el interior entero. Lo que ves hoy dentro es una reconstrucción mucho más sencilla, y la fachada ennegrecida guarda todavía el recuerdo de aquellos días. Es uno de esos lugares donde la ciudad prefiere no dar explicaciones, y simplemente sigue celebrando misa.
Ahora mira el tramo de paseo que tienes delante: se llama Rambla dels Estudis. Aquí estuvo el Estudi General, la universidad de Barcelona, durante siglos. Tras la Guerra de Sucesión, Felipe V la cerró y trasladó los estudios a Cervera, una pequeña ciudad del interior, como castigo a la Barcelona que había luchado contra él. El edificio acabó derribado en el siglo XIX, y la universidad tardó más de cien años en volver. Lo único que sobrevivió fue el nombre del tramo.
Durante generaciones, este fue también el tramo de los pájaros, con puestos de jaulas que cantaban a cualquier hora. Ya no están, pero muchos abuelos todavía lo llaman así. Ahora entra en el Raval por Carrer del Bonsuccés y Carrer d'Elisabets, hasta una plaza blanca llena de monopatines.
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3. MACBA y CCCB: el Raval se pinta de blanco
Plaça dels Àngels 1, 08001 Barcelona, Spain
Escucha primero: el ruido seco de las ruedas de monopatín golpeando el suelo de piedra. Delante tienes un edificio blanquísimo, de rampas y cristal, que parece haber aterrizado en medio de un barrio de fachadas estrechas y ropa tendida. Es el MACBA, el Museu d'Art Contemporani de Barcelona, y su explanada es desde hace décadas una de las mecas del skate en Europa.
Lo diseñó el arquitecto estadounidense Richard Meier y abrió en 1995. Meier es famoso por un único color: blanco, siempre blanco. Por dentro, una gran rampa acristalada recorre la fachada y deja que la luz del Mediterráneo inunde las salas. Para muchos vecinos, al principio, fue una nave espacial. Hoy es parte del paisaje, tanto que los patinadores lo conocen mejor que los críticos de arte.
Para entender por qué está aquí, hay que recordar qué era el Raval. Fue el barrio de las fábricas textiles, de los obreros apiñados y, más tarde, de los callejones con mala fama. En los años veinte un periodista lo bautizó como Barrio Chino, y el nombre se le pegó durante décadas. A finales del siglo XX, la ciudad decidió abrirlo con cultura: museos, plazas, universidades. El MACBA fue la gran apuesta.
Justo detrás, gira la cabeza hacia el patio vecino: es el CCCB, el Centre de Cultura Contemporània, instalado en la antigua Casa de la Caritat, el gran hospicio donde Barcelona recogía a huérfanos y pobres. Al reformarlo, los arquitectos sustituyeron un ala por una enorme pared de cristal inclinada en lo alto. Si te colocas en el patio y miras hacia arriba, el cristal refleja los tejados y, a lo lejos, el mar. Un edificio de caridad del siglo XIX que, de pronto, mira al horizonte.
Y el bloque de piedra a un lado de la plaza es el antiguo Convent dels Àngels, del siglo XVI: tres épocas en una sola explanada. Sigue ahora hacia el sur por Carrer dels Àngels y Carrer del Carme, hasta un patio gótico con naranjos.
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4. Antic Hospital de la Santa Creu: libros donde hubo enfermos
Carrer de l'Hospital 56, 08001 Barcelona, Spain
Entra en el patio y deja que el ruido de la calle se apague: naranjos, bancos de piedra, gente leyendo, una cruz en el centro y alrededor galerías góticas de arcos apuntados. Cuesta creer que estás a dos minutos de La Rambla. Durante más de cinco siglos, este fue el lugar al que Barcelona traía a sus enfermos.
El Hospital de la Santa Creu se fundó en 1401, cuando la ciudad decidió reunir en uno solo los pequeños hospitales que tenía repartidos por las calles. Fue un proyecto enorme para su época: largas salas de piedra cubiertas con grandes arcos, donde cabían decenas de camas en fila. Y para pagarlo, el hospital tuvo durante siglos un privilegio curioso: los beneficios del teatro de la ciudad. Cada comedia que se representaba en Barcelona ayudaba a curar a alguien.
En junio de 1926, un anciano mal vestido fue atropellado por un tranvía en la Gran Via. Nadie lo reconoció. Cuentan que lo tomaron por un mendigo y que costó encontrar quien lo llevara. Acabó ingresado aquí, como un paciente más. Era Antoni Gaudí, el arquitecto de la Sagrada Família. Murió en este hospital el 10 de junio de 1926, tres días después del accidente, y según se cuenta rechazó ser trasladado a una clínica privada: quería quedarse donde estaban los pobres.
Pocos años después, el hospital se mudó a su nueva sede modernista de Sant Pau, y estas salas quedaron vacías. Desde 1940 alojan la Biblioteca de Catalunya. Donde antes se alineaban camas, hoy se alinean estanterías bajo los mismos arcos góticos, y en lugar de gemidos se oye pasar páginas. Es una de las salas de lectura más bellas de Europa, y casi nadie lo sabe.
Busca también, en el patio, la entrada a la antigua Casa de Convalecencia, con su vestíbulo cubierto de azulejos barrocos. Luego sal por la puerta de Carrer de l'Hospital y vuelve hacia La Rambla: te espera el mercado más famoso de la ciudad, por su puerta trasera.
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5. Mercat de la Boqueria: un convento convertido en mercado
La Rambla 91, 08001 Barcelona, Spain
Huele primero: fruta madura, jamón, pescado sobre hielo, especias. Bajo la gran cubierta de hierro, cientos de puestos compiten en colores, y en la entrada de La Rambla un arco de vidrios de colores anuncia el nombre oficial del mercado: Sant Josep. Aunque nadie en Barcelona lo llama así. Para todos, es la Boqueria.
Ese nombre oficial no es casual. Aquí se alzaba el convento de Sant Josep, de los carmelitas descalzos. En 1835, en una época de revueltas contra las órdenes religiosas, el convento ardió, y poco después el Estado expropió muchos bienes de la Iglesia. Sobre el solar vacío se construyó un mercado con soportales, y en 1914 llegó la gran cubierta metálica que ves sobre tu cabeza.
Pero se vendía comida en este punto mucho antes. Frente a una de las puertas de la muralla medieval, los campesinos del llano, cuentan que para no pagar los impuestos de entrada a la ciudad, montaban sus puestos al aire libre. Sobre el origen de la palabra Boqueria hay varias teorías; la más repetida la relaciona con la carne de boc, el macho cabrío, que se vendía por aquí. Sea cierta o no, el nombre ha sobrevivido a todos los intentos de cambiarlo.
Sal un momento al paseo y mira a la derecha del mercado: ese palacio elegante es el Palau de la Virreina, del siglo XVIII. Lo mandó construir Manuel d'Amat, que había sido virrey del Perú y volvió rico a su tierra. Se casó con una mujer mucho más joven y murió poco después de terminar la obra. Ella siguió viviendo allí, y la ciudad la recordó para siempre como la Virreina.
Un consejo de amigo: los puestos de la entrada son para fotos, los del fondo son para comprar. Este tramo del paseo se llama Rambla de Sant Josep, o de les Flors, por los puestos de flores que lo llenan desde hace generaciones. Sigue bajando unos pasos más, hasta un círculo de colores pintado en el suelo.
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6. Pla de l'Os y el Liceu: un Miró bajo los pies y una ópera dos veces en llamas
La Rambla 51-59, 08002 Barcelona, Spain
Mira al suelo, en mitad del paseo: un círculo de baldosas con rojos, azules, amarillos y unas formas negras que parecen pájaros o estrellas. Miles de personas lo pisan cada día sin darse cuenta de que caminan sobre un Joan Miró. El artista diseñó este mosaico en 1976 para el Pla de l'Os, como una alfombra de bienvenida para quien subía desde el puerto. Miró había nacido a pocos metros de aquí, en el Passatge del Crèdit, en 1893.
Ahora levanta la vista hacia la fachada sobria que tienes al lado. Parece un edificio cualquiera, y es el Gran Teatre del Liceu, una de las grandes casas de ópera de Europa. Abrió en 1847 y, a diferencia de muchos teatros europeos, no lo pagó un rey: lo financiaron accionistas, familias burguesas que compraban su palco como quien compra una casa. La ópera era el escaparate social de la Barcelona industrial.
Por eso fue también un blanco. El 7 de noviembre de 1893, durante una representación de Guillermo Tell de Rossini, un anarquista llamado Santiago Salvador lanzó dos bombas desde el piso alto hacia la platea. Solo una explotó, y mató a unas veinte personas. Aquel atentado marcó a toda una generación, y la ciudad tardó años en volver a sentarse tranquila en esas butacas.
Y el teatro ardió dos veces. La primera en 1861, poco después de abrir. La segunda, el 31 de enero de 1994: durante unas obras, una chispa prendió el telón y en pocas horas la sala entera desapareció. Barcelona entera salió a la calle a mirar el humo. La reconstrucción, con el mismo aspecto dorado y rojo de siempre, pero con tecnología moderna detrás, se inauguró en 1999.
Este tramo se llama Rambla dels Caputxins, por otro convento desaparecido, el de los capuchinos, que estaba al otro lado del paseo. Ahora cruza el paseo hacia el lado del Raval y entra en Carrer Nou de la Rambla: a pocos metros te espera la casa más oscura y misteriosa de Gaudí.
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7. Palau Güell: el palacio nocturno de Gaudí
Carrer Nou de la Rambla 3-5, 08001 Barcelona, Spain
Ponte frente a la fachada de piedra gris y fíjate en las dos puertas: dos arcos parabólicos enormes, cerrados con rejas de hierro forjado que se enroscan como algas. Entre ellas, un escudo de Cataluña coronado por un pájaro de hierro con las alas abiertas. Es el Palau Güell, una de las primeras grandes obras de Antoni Gaudí, y la única que levantó en el corazón de la ciudad vieja.
Su cliente fue Eusebi Güell, industrial textil, mecenas y, durante décadas, el gran protector de Gaudí. La casa se construyó entre 1886 y 1890. Y la pregunta que todos se hacen es: ¿por qué aquí, en una calle estrecha de un barrio obrero, cuando la burguesía empezaba a mudarse al elegante Eixample? La explicación más repetida es familiar: la casa paterna de Güell estaba en La Rambla, a dos pasos, y quiso quedarse cerca.
Por dentro, el palacio es un viaje vertical. En el sótano, Gaudí construyó unas caballerizas con columnas de ladrillo como setas gigantes, y una rampa para que los caballos bajaran. Arriba, el gran salón central sube varias plantas hasta una cúpula perforada por pequeños agujeros redondos. Con la luz del día, parecen estrellas en un cielo nocturno. Era el escenario de conciertos, misas privadas y reuniones de la alta sociedad.
Y luego está la azotea. Veinte chimeneas y ventiladores cubiertos de trencadís, fragmentos de cerámica de colores, como un pequeño bosque de árboles mágicos. Es aquí donde Gaudí empezó a jugar con lo que después haría famoso en el Park Güell y en la Pedrera. Desde 1984, el palacio forma parte del Patrimonio Mundial de la Unesco junto a otras obras suyas.
Con los años, la familia dejó el palacio, y el edificio pasó por épocas de abandono antes de quedar en manos de la Diputación de Barcelona, que lo restauró a fondo. Sigue ahora por Carrer Nou de la Rambla, alejándote del paseo, y gira a la izquierda: vas a salir a una rambla nueva, abierta hace solo un cuarto de siglo, presidida por un gato muy gordo.
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8. Rambla del Raval y el Gato de Botero
Rambla del Raval, 08001 Barcelona, Spain
Delante de ti, en medio de este paseo de palmeras, hay un gato de bronce del tamaño de un coche pequeño: barrigudo, con bigotes de alambre grueso y una cola que se levanta como un signo de interrogación. Los niños se suben encima, los mayores se hacen fotos con él, y su lomo brilla de tanto tacto. Es el Gat del Raval, obra del colombiano Fernando Botero.
Este gato ha tenido una vida más viajera que muchos barceloneses. La ciudad lo compró a finales de los años ochenta y lo colocó primero en el parque de la Ciutadella. Después fue cambiando de rincón por la ciudad, como un vagabundo que no encontraba casa. Hasta que en 2003 llegó aquí, y aquí se quedó.
Y es que este paseo también es nuevo. Donde ahora caminas había hasta finales de los noventa varias manzanas de casas viejas, estrechas y oscuras. El ayuntamiento las derribó para abrir una rambla y dejar entrar el aire y la luz en uno de los barrios más densos de Europa. La Rambla del Raval se inauguró en el año 2000. Para unos fue una operación necesaria de salud pública; para otros, la desaparición de un pedazo de memoria del barrio.
Hoy es la plaza mayor del Raval moderno. Escucha las lenguas: urdu, tagalo, árabe, bengalí, catalán, castellano... Buena parte de los vecinos llegaron de Pakistán, Filipinas, Bangladesh o el Magreb, y sus tiendas, sus oratorios y sus fruterías forman parte del barrio tanto como las tabernas antiguas.
Fíjate en el edificio alto y moderno de cristal y acero, a un lado: es un hotel construido en esa misma transformación, y su azotea se ha convertido en un mirador sobre los tejados del Raval. Ahora sigue hacia el sur, hasta Carrer de Sant Pau, y gira a la derecha: al final de la calle, entre palmeras, te espera la iglesia más antigua de la ciudad.
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9. Sant Pau del Camp: la iglesia del campo
Carrer de Sant Pau 101, 08001 Barcelona, Spain
Atraviesa el pequeño jardín y detente ante una iglesia de piedra rústica, baja y robusta, con una portada de arcos sencillos y unos relieves gastados: una mano que bendice, unos animales, figuras que el tiempo ha ido borrando. Después de todo el ruido del Raval, el silencio aquí es casi físico. Estás ante Sant Pau del Camp, el templo más antiguo que conserva Barcelona.
Su apellido lo dice todo: del camp, del campo. Cuando se fundó el monasterio, todo esto quedaba fuera de las murallas, entre huertos y caminos de tierra. Los monjes benedictinos vivían aislados, a una distancia prudente de la ciudad. Lo que hoy es un barrio densísimo era entonces campo abierto, de huertos y caminos.
El monasterio es anterior al año mil, pero la iglesia que ves es románica, levantada sobre todo en el siglo XII. Y su mayor tesoro está en el claustro: un patio diminuto, casi de juguete, rodeado de arcos lobulados, con un dibujo que recuerda al arte islámico. Es uno de los rincones más delicados de toda la ciudad, y muchos barceloneses nunca lo han pisado.
Aquí apareció también una pieza extraordinaria: la lápida funeraria del conde Guifré Borrell, hijo de Guifré el Pilós, el fundador legendario de la dinastía de condes de Barcelona. Murió en el año 911, y su epitafio es uno de los documentos más antiguos de la historia de la ciudad. Un conde de hace más de mil años, enterrado entre huertos, al que hoy rodean bloques de pisos y calles estrechas.
El monasterio sufrió saqueos, guerras y abandonos, tras la desamortización del siglo XIX llegó a usarse incluso con fines militares, y estuvo a punto de desaparecer. Que siga en pie es casi un milagro. Ahora vuelve hacia La Rambla por Carrer de Sant Pau o por las calles paralelas, en dirección al mar, hasta el tramo final del paseo y un antiguo convento convertido en centro de arte.
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10. Santa Mònica: el último tramo de La Rambla
La Rambla 7, 08002 Barcelona, Spain
Ya se nota el olor del mar. Estás en la Rambla de Santa Mònica, el último tramo del paseo, más ancho y más tranquilo que los demás, con pintores y retratistas instalados bajo los plátanos. A tu derecha, un edificio de piedra con una fachada moderna y una rampa: el Centre d'Arts Santa Mònica.
Por dentro esconde un antiguo convento de agustinos del siglo XVII, de muros gruesos. Se le suele considerar uno de los edificios más antiguos de toda La Rambla, porque casi todos los demás conventos que daban nombre a los tramos acabaron derribados o quemados. Recapitulemos: el Estudi General desapareció, el convento de Sant Josep ardió y se convirtió en mercado, el de los capuchinos dio paso a una plaza. Santa Mònica es el único superviviente de la familia.
No fue un destino casual. A lo largo del siglo XIX, con las revueltas contra las órdenes religiosas y la desamortización, la mayoría de los conventos de Barcelona cambiaron de manos. Este tuvo usos muy distintos a lo largo de los años, hasta que a finales de los años ochenta se rehabilitó como espacio de arte contemporáneo, en la misma ola que traería el MACBA al Raval.
Y este tramo tuvo su propia época dorada. Detrás de esas fachadas empezaba el Barri Xino portuario, con sus cabarets y music halls, y por la noche marineros, artistas y escritores bajaban hasta aquí. Hoy sobreviven retratistas y caricaturistas que te dibujan en diez minutos, y un museo de cera a un lado del paseo. La noche de este tramo sigue siendo más canalla que la de Canaletes, aunque mucho menos que hace un siglo.
Mira ahora al final del paseo: una columna altísima con un hombre de bronce que señala hacia el mar. Es el Mirador de Colom, levantado para la Exposición de 1888. Dicen que no señala hacia América, sino más bien hacia el Mediterráneo... pero eso ya es otra historia. Gira a la derecha antes de llegar a la columna: los muros de piedra larguísimos que ves son nuestro último destino.
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11. Drassanes Reials: las atarazanas donde nacían las galeras
Avinguda de les Drassanes s/n, 08001 Barcelona, Spain
Rodea los muros de piedra hasta la entrada y asómate al interior: naves enormes, una detrás de otra, cubiertas por arcos de piedra que se repiten como las costillas de un animal gigantesco. Parece una catedral sin altar. Y en cierto modo lo fue: el templo donde la Corona de Aragón construía su poder sobre el mar.
Son las Drassanes Reials, las atarazanas reales. Su construcción comenzó a finales del siglo XIII, en tiempos de Pere el Gran, y se amplió en el siglo XIV. Aquí se construían y se reparaban las galeras que llevaban las barras rojas y amarillas hasta Sicilia, Cerdeña, Nápoles y Grecia. Cuando ves un mapa del Mediterráneo medieval con la bandera catalana por todas partes, buena parte de esa historia se fabricaba entre estos muros.
Es uno de los astilleros medievales mejor conservados del mundo. Las naves eran tan altas y tan largas para que una galera completa pudiera construirse bajo techo, protegida de la lluvia, y luego salir directamente al agua, que en aquella época llegaba casi hasta aquí. Hoy el edificio alberga el Museu Marítim de Barcelona.
Dentro, la estrella es una galera de tamaño real: la réplica de la Galera Real de don Juan de Austria, la nave capitana de la batalla de Lepanto, en 1571. Según la tradición, la original salió de estas mismas atarazanas. La réplica se construyó en 1971, para el cuarto centenario de la batalla. Imagina a los remeros encadenados en esos bancos, varios por remo, y el ruido de los tambores marcando el ritmo.
Has caminado desde una fuente en lo alto de una riera hasta la orilla del mar, pasando por una universidad desaparecida, un hospital gótico, un mercado sobre un convento quemado y una ópera que renació de las cenizas. Detrás de ti, el Raval sigue cambiando, como ha hecho siempre. Y delante, al otro lado de la avenida, empieza el puerto. Si bebiste en Canaletes... ya sabes que volverás.