Montjuïc, la montaña escaparate de Barcelona: de la Exposición de 1929 a los Juegos de 1992
De las torres venecianas de Plaça d'Espanya al castillo que vigila el puerto: fuentes mágicas, un pabellón que cambió la arquitectura, un pueblo de mentira, un estadio que esperó medio siglo y la memoria más dura de Barcelona
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1. Plaça d'Espanya: las torres venecianas y Las Arenas
Plaça d'Espanya, 08015 Barcelona, Spain
Ponte de espaldas al tráfico de la rotonda y mira hacia la montaña: dos torres de ladrillo rojo, altas y delgadas, enmarcan una avenida que sube en línea recta hasta un palacio con cúpula. Parece un decorado. Y en cierto modo lo es: todo lo que tienes delante se diseñó como la puerta de entrada a un gran espectáculo, la Exposición Internacional de 1929.
Las torres se conocen como las torres venecianas, y no por casualidad: su arquitecto, Ramon Reventós, se inspiró en el campanario de San Marcos de Venecia. Miden unos cuarenta y siete metros y no sostienen nada ni guardan nada. Su única función era decirle al visitante: a partir de aquí, entras en otro mundo. La plaza misma, una rotonda gigante, se urbanizó para la ocasión, y la fuente monumental del centro lleva la firma de Josep Maria Jujol, el colaborador más imaginativo de Gaudí.
Ahora gira la cabeza hacia el edificio circular de ladrillo con arcos de herradura: es Las Arenas, la antigua plaza de toros, inaugurada en 1900 en estilo neomudéjar. La última corrida se celebró en 1977. Durante más de treinta años el edificio quedó vacío, hasta que se transformó en centro comercial. Los arquitectos conservaron la fachada original, elevada sobre pilares, y le pusieron encima una cúpula y una terraza circular.
Te recomiendo subir algún día a esa terraza: desde allí ves la plaza entera, la avenida, las torres y la montaña de Montjuïc como en una maqueta. Es la mejor manera de entender lo que quisieron hacer en 1929: abrir una ciudad nueva, de palacios y jardines, en una montaña que hasta entonces era sobre todo canteras, huertos y un castillo militar.
Aquella Exposición fue también un acto político. Se celebró bajo la dictadura de Primo de Rivera y quiso presentar al mundo una España moderna e industrial. Se inauguró en mayo de 1929, apenas unos meses antes del crac de Wall Street. Pasa ahora entre las dos torres y sube por la Avinguda de la Reina Maria Cristina, desviándote un poco a la derecha: te espera una fábrica de ladrillo con torres de cuento. Sí, una fábrica.
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2. CaixaForum: la fábrica Casaramona
Avinguda de Francesc Ferrer i Guàrdia 6-8, 08038 Barcelona, Spain
Fíjate en este conjunto de naves de ladrillo visto, con almenas, arcos y dos torres esbeltas que parecen sacadas de un castillo medieval. Cuesta creerlo, pero fue una fábrica de hilados de algodón. Es la antigua fábrica Casaramona, una de las joyas industriales del modernismo, firmada por Josep Puig i Cadafalch.
El industrial Casimir Casaramona la encargó a principios del siglo XX, y se terminó hacia 1911. Puig i Cadafalch, que firmó también unas columnas que verás enseguida, la diseñó como una pequeña ciudad: naves de una sola planta separadas por calles interiores. Había una razón práctica. El gran enemigo de las fábricas textiles era el fuego, y separar las naves impedía que un incendio se extendiera. Las dos torres no son decorativas: escondían depósitos de agua.
Y sin embargo, su vida como fábrica fue cortísima. Cerró hacia 1920, menos de diez años después de abrir. Durante la Exposición de 1929 sirvió de almacén, y después de la Guerra Civil se convirtió durante décadas en cuartel y caballerizas de la policía. Un edificio pensado para hilar algodón acabó oliendo a caballo.
Una entidad financiera la compró, la restauró y la abrió en 2002 como centro cultural, CaixaForum. Para la nueva entrada llamaron al arquitecto japonés Arata Isozaki, que diseñó dos grandes marquesinas de acero y cristal en forma de árbol. Es un diálogo curioso: ladrillo modernista arriba, árboles de metal abajo. Guarda ese nombre, Isozaki, porque dentro de un rato lo vas a reencontrar, en lo alto de la montaña, debajo de un techo enorme.
Fíjate antes de irte en los detalles del ladrillo: nada es plano, todo forma dibujos, cenefas, juegos de luz y sombra. Puig i Cadafalch convertía una fábrica en catedral sin gastar mármol. Ahora vuelve hacia el centro de la avenida: allí te espera una fuente que, al caer la noche, se pone a bailar.
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3. Font Màgica y las Quatre Columnes
Plaça de Carles Buïgas 1, 08038 Barcelona, Spain
Delante tienes una gran taza de piedra escalonada, rodeada de chorros y estanques, con la escalinata del palacio detrás. De día parece una fuente grande y nada más. Pero vuelve una noche de espectáculo y la verás levantar columnas de agua de colores al ritmo de la música, ante miles de personas sentadas en los escalones.
Es la Font Màgica, obra del ingeniero Carles Buïgas, y se construyó para la Exposición de 1929 en un tiempo récord: menos de un año de trabajo, con miles de obreros. Buïgas era un mago de la luz. Además de la fuente, diseñó los focos que, detrás del palacio, lanzaban haces de luz al cielo, y toda una avenida de cascadas iluminadas. La gente de 1929 nunca había visto el agua comportarse así.
En los años ochenta, ya en democracia, se le añadió la música, y la fuente se convirtió en lo que es hoy. En octubre de 1988, en una gran fiesta junto a esta fuente, Freddie Mercury y Montserrat Caballé cantaron en directo Barcelona, la canción que acabaría convertida en himno no oficial de los Juegos. Mercury murió en 1991 y no llegó a ver la inauguración olímpica. Cada vez que suena en el espectáculo, alguien en las escaleras se emociona.
Ahora date la vuelta y mira hacia la avenida: verás cuatro columnas jónicas altísimas, de pie, sin sostener nada. Son las Quatre Columnes de Josep Puig i Cadafalch, el arquitecto de la fábrica Casaramona, levantadas en 1919 como símbolo de las cuatro barras de la bandera catalana. En 1928, justo antes de la Exposición, la dictadura de Primo de Rivera las mandó derribar, precisamente por lo que representaban. En su lugar se construyó... esta fuente.
Las columnas volvieron en 2010, reconstruidas muy cerca de su emplazamiento original. Así que hoy el símbolo y lo que vino a sustituirlo comparten avenida. Ahora camina hacia la derecha de la fuente, mirando hacia la montaña: un muro de mármol verde y un tejado plano te esperan. Parecen poca cosa. Cambiaron la arquitectura del siglo XX.
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4. Pabellón Mies van der Rohe: menos es más
Avinguda de Francesc Ferrer i Guàrdia 7, 08038 Barcelona, Spain
Acércate despacio: un tejado plano y fino que parece flotar, muros de mármol y ónice que no encierran ninguna habitación, cristales, un estanque quieto. No hay puerta principal, ni fachada, ni pasillo. Caminas y el espacio va cambiando a tu alrededor, como si el edificio respirara. Es el pabellón de Alemania de 1929, y para muchos arquitectos es uno de los edificios más importantes del siglo XX.
Lo diseñaron Ludwig Mies van der Rohe y Lilly Reich, su colaboradora, a quien la historia tardó demasiado en reconocer. Alemania, todavía en la República de Weimar, quería presentarse como un país moderno, democrático y abierto. Y lo curioso es que el pabellón no exponía nada: no había máquinas, ni productos, ni maquetas. El edificio era la exposición. Para recibir al rey Alfonso XIII, Mies diseñó además una silla de acero y cuero que hoy conoce todo el mundo: la silla Barcelona.
Fíjate en el gran muro de ónice dorado del interior: Mies buscó un bloque concreto de piedra, y según se cuenta calculó la altura del pabellón a partir de ese bloque. Y al fondo, en el pequeño estanque, una mujer de bronce levanta los brazos como si se protegiera del sol: es una escultura de Georg Kolbe, y es la única figura humana del lugar.
Lo más sorprendente es que el pabellón que estás viendo no es el original. Al terminar la Exposición, en 1930, se desmontó, y sus materiales se dispersaron. Durante medio siglo, uno de los edificios más influyentes del mundo existió solo en fotografías en blanco y negro. Entre 1983 y 1986, un equipo de arquitectos catalanes lo reconstruyó en el mismo lugar, con los planos, las fotos y piedras de las mismas canteras.
Mies hizo famosa una frase: menos es más. Aquí la entiendes sin necesidad de explicación. Ahora sigue por la Avinguda de Francesc Ferrer i Guàrdia, alejándote de la fuente: al final verás la muralla de una ciudad castellana. En Barcelona. Ya lo entenderás.
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5. Poble Espanyol: un país entero en una montaña
Avinguda de Francesc Ferrer i Guàrdia 13, 08038 Barcelona, Spain
Ahí la tienes: una muralla de piedra con dos torreones macizos y una puerta en arco, igual que la de una ciudad castellana. No te has equivocado de comunidad autónoma. Es la entrada al Poble Espanyol, y está inspirada en la puerta de San Vicente de las murallas de Ávila.
La idea, para la Exposición de 1929, era reunir en un solo recinto la arquitectura de toda España: un pueblo hecho de trocitos de otros pueblos. Lo proyectaron los arquitectos Francesc Folguera y Ramon Reventós, el de las torres venecianas, junto con el pintor Xavier Nogués y el crítico de arte Miquel Utrillo. Antes de dibujar una sola línea, recorrieron España durante meses, haciendo miles de fotografías de plazas, casas, iglesias y calles.
El resultado es un pueblo con más de cien edificios a escala real: una plaza mayor castellana, casas andaluzas encaladas, una calle aragonesa, un rincón gallego, arcos vascos. Pasear dentro es un poco como hacer un viaje en tren por la península, pero sin salir de una colina de Barcelona. Y todo está tan bien hecho que muchas fachadas parecen tener siglos.
Lo curioso es que no estaba pensado para durar. Como casi todo en las exposiciones, era provisional y debía derribarse al terminar. Pero tuvo tanto éxito que se quedó. Durante décadas sobrevivió como atracción turística, y hoy alberga talleres de artesanos, espacios de arte y fiestas. Lo falso, con el tiempo, se ha vuelto auténtico a su manera: casi cien años de historia propia tiene ya este pueblo de mentira.
Hay algo muy barcelonés en esto: construir un pueblo de cartón piedra y acabar cogiéndole cariño. Ahora vuelve hacia la avenida y sube por las escaleras mecánicas y las escalinatas hacia el gran palacio de la cúpula. Arriba guardan algo que viajó desde los Pirineos pegado a una tela.
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6. MNAC: los frescos que bajaron de los Pirineos
Palau Nacional, Parc de Montjuïc s/n, 08038 Barcelona, Spain
Recupera el aliento en la terraza y date la vuelta: toda Barcelona está a tus pies. La Font Màgica, las torres venecianas, la Plaça d'Espanya y, al fondo, la Sagrada Família y la sierra de Collserola. A tu espalda, el gran palacio de la cúpula: el Palau Nacional, el edificio estrella de la Exposición de 1929.
Se construyó como gran pabellón de la Exposición, y nadie pensaba que tuviera que durar. Pero en 1934 se instaló aquí el Museu d'Art de Catalunya, y hoy es el Museu Nacional d'Art de Catalunya, el MNAC. Su gran tesoro está en las salas del románico, y su historia empieza con un escándalo.
En 1919, unos marchantes compraron las pinturas murales de la iglesia de Santa Maria de Mur, en el Pirineo, las arrancaron y las sacaron del país. Acabaron en un museo de Boston. Barcelona se alarmó: decenas de iglesias de montaña, medio abandonadas, guardaban frescos del siglo XII, y estaban a punto de dispersarse por medio mundo.
La respuesta fue una operación asombrosa. Entre 1919 y 1923, con técnicos italianos especialistas, se arrancaron los frescos de muchas iglesias pirenaicas con una técnica llamada strappo: se pegaba una tela a la pintura con cola, se tiraba con cuidado, y la capa de color se desprendía del muro. Luego se trasladaba a Barcelona y se colocaba en una nueva pared. Dentro del museo verás ábsides enteros reconstruidos, a la altura original, como si estuvieras en la montaña. El más famoso es el Cristo en majestad de Sant Climent de Taüll, de 1123, con sus ojos enormes que te miran desde hace nueve siglos.
Hay quien todavía discute si fue un rescate o un expolio. Lo cierto es que, sin aquella operación, muchas de esas pinturas estarían hoy en colecciones extranjeras. Ahora rodea el palacio y sigue subiendo hacia el sur, hacia la explanada olímpica: busca en el cielo una aguja blanca que se inclina como un atleta.
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7. Torre de Calatrava y la Anella Olímpica
Carrer de Pierre de Coubertin, 08038 Barcelona, Spain
Levanta la vista: una aguja blanca de más de cien metros se inclina hacia el cielo, apoyada en una base curva, como un brazo que sostiene algo en alto. Es la torre de comunicaciones de Montjuïc, obra del arquitecto valenciano Santiago Calatrava, y desde 1992 forma parte del perfil de la ciudad.
Se construyó para una tarea muy concreta: transmitir por televisión los Juegos Olímpicos de 1992 a todo el planeta. Mide unos ciento treinta y seis metros. Mucha gente ve en ella la silueta de un atleta que levanta la antorcha, y otros, la de una figura arrodillada que ofrece algo. Se dice también que su inclinación no es casual y que, sobre la plaza, funciona como un gigantesco reloj de sol. Si te quedas un rato, puedes comprobarlo tú mismo con la sombra.
Todo lo que te rodea es la Anella Olímpica, el anillo olímpico: una gran explanada con estanques que une el estadio, las piscinas, la universidad del deporte y el gran pabellón cubierto. En el verano de 1992, por aquí pasaron miles de atletas y millones de miradas. Barcelona usó los Juegos para transformarse entera: abrió la ciudad al mar, construyó rondas y recuperó barrios.
Mira el pabellón de cubierta ondulada y gris: es el Palau Sant Jordi, del japonés Arata Isozaki, el mismo de la entrada del CaixaForum. Su enorme techo no se construyó arriba, sino en el suelo. Una vez terminado, lo elevaron poco a poco con gatos hidráulicos hasta su posición definitiva. Imagina la escena: una cubierta del tamaño de varios campos de fútbol subiendo centímetro a centímetro.
Hoy, el Palau Sant Jordi es una de las grandes salas de conciertos de la ciudad, y la explanada se llena de corredores y patinadores al atardecer. Ahora cruza la explanada hasta el gran edificio de piedra con columnas del otro extremo: es el estadio, y su historia es mucho más larga y más triste que la de la torre.
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8. Estadi Olímpic Lluís Companys: los Juegos que no fueron
Passeig Olímpic, 08038 Barcelona, Spain
Mira la fachada: piedra clara, columnas, esculturas de jinetes y atletas, un aire solemne de los años veinte. Parece un edificio antiguo, y lo es. Pero detrás de esa fachada hay un estadio de 1992. Cuando lo renovaron para los Juegos, conservaron el muro exterior y excavaron por dentro, bajando el terreno de juego para ganar gradas.
Se construyó para la Exposición de 1929, y desde entonces tuvo un sueño: unos Juegos Olímpicos. Barcelona se presentó a los de 1936, pero el Comité Olímpico eligió Berlín, que pronto quedaría en manos de Hitler. Como protesta, se organizó aquí una alternativa: la Olimpiada Popular, con miles de deportistas de muchos países, abierta a todos.
Debía inaugurarse el 19 de julio de 1936. La víspera estalló la sublevación militar que dio comienzo a la Guerra Civil. Los deportistas, que ya estaban en la ciudad, oyeron los disparos en las calles. La Olimpiada nunca se celebró. Algunos de aquellos atletas extranjeros, en lugar de volver a casa, se quedaron a luchar en el frente.
Hicieron falta cincuenta y seis años para que el sueño se cumpliera. El 25 de julio de 1992, en la ceremonia inaugural, el arquero paralímpico Antonio Rebollo disparó una flecha encendida hacia el pebetero, y la llama olímpica se encendió ante millones de espectadores. Muchos todavía discuten si la flecha entró de verdad o pasó por encima. Lo importante es que el pebetero se encendió, y que ese momento se convirtió en una de las imágenes más famosas de los Juegos.
El pebetero sigue ahí, en lo alto del graderío. Desde 2001 el estadio lleva el nombre de Lluís Companys, el presidente de la Generalitat cuya historia termina, muy cerca, en el castillo de esta misma montaña. Ahora toma la avenida hacia el este, hacia el lado del puerto: busca un edificio blanco de luces cenitales, que fue la casa de un pintor que jugaba con estrellas.
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9. Fundació Joan Miró: la casa blanca de un pintor
Parc de Montjuïc s/n, 08038 Barcelona, Spain
Tienes delante un edificio blanco y bajo, de patios y terrazas, con unas lucernarias curvas en el tejado que parecen olas congeladas. Nada de cúpulas ni columnas: después de los palacios de 1929, este lugar respira de otra manera. Es la Fundació Joan Miró, abierta en 1975.
Miró nació en Barcelona en 1893, en un pasaje cerca de La Rambla, y quiso dejar a su ciudad un lugar donde su obra se estudiara y donde trabajaran artistas jóvenes. Para el edificio llamó a un amigo de toda la vida, el arquitecto Josep Lluís Sert, que había vivido años en el exilio en Estados Unidos. Sert diseñó salas pensadas para la luz natural: esas curvas del tejado recogen la luz del cielo y la dejan caer suavemente sobre los cuadros.
Dentro hay una pieza que te recomiendo no perderte: la fuente de mercurio de Alexander Calder. Sí, mercurio de verdad, el metal líquido, que corre plateado por una escultura de chapa detrás de un cristal de protección. Calder la creó para el pabellón de la República Española en la Exposición de París de 1937, el mismo pabellón donde Picasso presentó el Guernica. El mercurio venía de las minas de Almadén, y la fuente era un homenaje a sus mineros en plena guerra.
En aquel mismo pabellón de 1937, Miró pintó un gran mural, El segador, un campesino catalán con la hoz en alto. Tras la exposición, aquel mural se perdió, y hoy solo se conoce por fotografías. Es una de las grandes ausencias de la historia del arte, y en esta casa se nota.
Miró murió en Palma de Mallorca en 1983, y está enterrado en el cementerio de esta misma montaña, al otro lado de la ladera. Ahora sigue por la Avinguda de Miramar hacia el este y luego sube hacia la estación del teleférico: hay un jardín tranquilo a sus pies.
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10. Jardins de Mossèn Cinto Verdaguer: la montaña de piedra
Plaça de Dante, 08038 Barcelona, Spain
Baja el ritmo y deja que el jardín te rodee: estanques con plantas acuáticas, terrazas de flores, bancales que bajan por la ladera, y arriba, las cabinas del teleférico que pasan en silencio hacia el castillo. Estos jardines llevan el nombre de Jacint Verdaguer, Mossèn Cinto, el poeta que en el siglo XIX devolvió al catalán su prestigio literario con poemas épicos como L'Atlàntida y Canigó. Cuando murió, en 1902, Barcelona entera salió a la calle para despedirlo.
Antes de ser parque, Montjuïc fue una cantera inmensa. La piedra arenisca de esta montaña construyó buena parte de la Barcelona medieval: murallas, palacios, iglesias. Cuentan que los bastaixos, los estibadores del puerto, cargaban a hombros los bloques desde aquí para levantar la basílica de Santa Maria del Mar. Si caminas por el Barrio Gótico, en cierto modo caminas sobre pedazos de esta ladera.
El nombre de la montaña también guarda una historia. Montjuïc significa, según la explicación más aceptada, monte de los judíos: en la ladera que mira al mar estuvo durante la Edad Media el cementerio de la comunidad judía de Barcelona. Tras el asalto al barrio judío en 1391, la comunidad desapareció, y muchas de sus lápidas acabaron reutilizadas como piedra de construcción. Algunas, con inscripciones en hebreo, todavía se pueden ver hoy en muros de la ciudad vieja.
Hay otra teoría, más clásica: que el nombre venga de Mons Iovis, el monte de Júpiter, de época romana. Los historiadores siguen discutiendo, pero la memoria judía de la montaña está documentada, y la ciudad la ha recuperado con los años.
Fíjate en el silencio. Es una de las pocas zonas de Montjuïc donde casi no se oye el tráfico. Ahora sube por los caminos del parque, o toma el teleférico si prefieres, hasta la cima: allí está el castillo, y con él, el capítulo más duro de esta montaña.
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11. Castell de Montjuïc: la fortaleza que vigiló la ciudad
Carretera de Montjuïc 66, 08038 Barcelona, Spain
Cruza el puente sobre el foso y asómate a las murallas: a un lado, el puerto, con las grúas, los cruceros y el mar abierto; al otro, la ciudad entera extendida hasta la sierra. Es la vista más amplia de Barcelona. Y durante siglos, quien estaba aquí arriba no la miraba para disfrutarla, sino para vigilarla.
El primer fuerte se levantó en 1640, durante la Guerra dels Segadors, cuando Cataluña se rebeló contra el gobierno de Felipe IV. En enero de 1641, las tropas catalanas resistieron aquí el ataque de un ejército real. La fortaleza que ves, en forma de estrella, es posterior: se reconstruyó a lo largo del siglo XVIII, con el diseño de los grandes ingenieros militares de la época.
Y a partir de entonces sus cañones apuntaron muchas veces hacia la propia ciudad. En 1842, durante una revuelta, Barcelona fue bombardeada desde este castillo. La fortaleza fue también prisión política durante más de un siglo. En 1909, tras la Semana Trágica, aquí fue fusilado el pedagogo Francesc Ferrer i Guàrdia, en un proceso que causó protestas en toda Europa.
El capítulo más recordado llegó en 1940. Lluís Companys, presidente de la Generalitat, se había exiliado en Francia al final de la guerra. Allí fue detenido por la policía alemana y entregado al régimen de Franco. Tras un consejo de guerra sumarísimo, fue fusilado en el foso de este castillo el 15 de octubre de 1940. Según los testimonios, se quitó los zapatos para morir tocando la tierra. Está enterrado en el cementerio de Montjuïc, al otro lado de esta montaña.
Durante décadas el castillo fue un museo militar. A principios del siglo XXI pasó a manos de la ciudad, que lo ha convertido en un espacio de memoria y de paseo. Has subido desde la puerta de una Exposición hasta la cima de una fortaleza: fiestas, arte, deporte, y también la historia que no se celebra. Tómate un momento en las murallas antes de bajar. Montjuïc, la montaña escaparate, también es la montaña que recuerda.