Varsovia renacida: la Ciudad Vieja y el Castillo Real, piedra a piedra
De la Columna de Segismundo a la plaza Krasiński: el castillo de la Constitución de 1791, la Sirenita armada, la casa natal de Marie Curie y una ciudad reconstruida a partir de los cuadros de Bellotto
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1. Plaza del Castillo y Columna de Segismundo
Plac Zamkowy, 00-277 Warszawa, Poland
Ponte al pie de la columna, en mitad de la plaza empedrada, y sube la mirada hasta arriba del todo: a unos veintidós metros, un rey de bronce sostiene una cruz en una mano y un sable en la otra. A su espalda, la fachada rojiza del Castillo Real; delante, la calle que se aleja hacia el sur, el arranque de la Ruta Real. Si quedas con un varsoviano en el centro, lo más probable es que te diga: nos vemos bajo Segismundo.
¿Y quién es este señor tan serio? Segismundo III Vasa, un príncipe sueco que fue elegido rey de Polonia en 1587 y que durante unos años llevó también la corona de Suecia. Fue él quien, a caballo entre los siglos dieciséis y diecisiete, trasladó la corte de Cracovia a Varsovia, una ciudad que quedaba a medio camino entre Cracovia y Vilna y donde ya se reunía el parlamento. Su hijo, Ladislao IV, levantó esta columna en 1644. Fue el primer monumento laico de una ciudad llena de santos: un hijo homenajeando a su padre en plena calle.
Y ahora un detalle que te va a sonar. Segismundo se casó dos veces, y las dos con hermanas: las archiduquesas Ana y Constanza de Austria. Una tercera hermana, Margarita, fue reina de España como esposa de Felipe III. O sea, que el rey de esta columna era cuñado del rey de España... la Europa de los Habsburgo era, en el fondo, un asunto de familia.
La columna que ves no es la original. El primer fuste, de mármol, se cambió por uno de granito en el siglo diecinueve, y el 1 de septiembre de 1944, en pleno Levantamiento de Varsovia, un disparo de un tanque alemán la derribó. La estatua cayó entre los escombros, dañada pero entera, y en 1949 volvió a subir a una columna nueva, cuando a su alrededor casi todo seguía en ruinas. Junto al muro del castillo todavía descansan, tumbados en el suelo, los trozos de los fustes antiguos.
Los varsovianos cuentan una leyenda: mientras el rey mantenga el sable en alto, la ciudad resistirá, y el día que lo baje, llegará la desgracia. Por si acaso, échale un ojo antes de seguir. Ahora date la vuelta y camina hacia la torre del reloj del castillo, la gran fachada que ocupa todo un lado de la plaza.
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2. Castillo Real de Varsovia
Plac Zamkowy 4, 00-277 Warszawa, Poland
Fíjate en la torre del reloj que corona la fachada, justo encima de la puerta principal. El conjunto parece llevar aquí cuatro siglos sin moverse... y sin embargo, casi todo lo que tienes delante tiene menos de cincuenta años. Este es el Castillo Real, y es probablemente el edificio más testarudo de Polonia.
Aquí vivieron primero los duques de Mazovia, y después de 1600, más o menos, los reyes, que lo convirtieron en un palacio de cinco alas alrededor de un patio. Pero su gran momento llegó el 3 de mayo de 1791. En la Sala del Senado, el parlamento aprobó una constitución escrita, la primera de Europa y la segunda del mundo después de la de Estados Unidos. Limitaba los privilegios, reforzaba el Estado... y asustó tanto a los vecinos que en apenas cuatro años Polonia desapareció del mapa, repartida entre Rusia, Prusia y Austria.
Y aquí entra España. A finales de 1806 Napoleón llegó a Varsovia y al año siguiente creó el Ducado de Varsovia. En la ciudad se formó un regimiento de caballería ligera polaca para su Guardia Imperial, los famosos chevau-légers. El 30 de noviembre de 1808, en el puerto de Somosierra, esos jinetes cargaron cuesta arriba contra los cañones españoles y abrieron a Napoleón el camino de Madrid. Para un madrileño de entonces fue una derrota amarga; para los polacos, una leyenda que todavía pintan y cantan.
El 17 de septiembre de 1939 la artillería alemana incendió el castillo, y el reloj de la torre se paró a las once y cuarto. Los conservadores del museo sacaron a escondidas todo lo que pudieron: cuadros, muebles, fragmentos de estuco. Después del Levantamiento de 1944, los alemanes lo volaron con explosivos. Quedaron unas pocas paredes y un sótano.
Durante más de veinte años, el solar estuvo vacío. La reconstrucción no empezó hasta 1971, y la pagaron en gran parte los propios polacos con donativos, desde jubilados hasta escolares. En 1974 volvieron a poner el reloj en marcha... exactamente a las once y cuarto, la hora en que se había detenido. Los interiores se terminaron en 1984. Ahora rodea el castillo por la derecha y baja hacia el río, a los jardines que se esconden a sus pies.
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3. Arcadas de Kubicki y Jardines del Castillo
Arkady Kubickiego, Plac Zamkowy 4, 00-277 Warszawa, Poland
Desde aquí abajo el castillo cambia de cara: ya no es una fachada sobre una plaza, sino un palacio colgado de un talud, apoyado sobre una larga hilera de arcos. Delante tienes jardines en terrazas, y más allá, la cinta gris del Vístula y la otra orilla, el barrio de Praga.
Esos arcos tienen nombre propio: las Arcadas de Kubicki, por Jakub Kubicki, el arquitecto que las construyó entre 1818 y 1821. Su función era muy práctica, sostener la terraza del castillo sobre el escarpe, que es el borde de la antigua terraza del río. Durante décadas fueron almacenes, cocheras y pasadizos oscuros. Hoy, restauradas, se usan para exposiciones, y los jardines que las rodean han recuperado el trazado de parterres y paseos.
Ahora haz un ejercicio de imaginación. Hacia 1770, Bernardo Bellotto, sobrino del célebre Canaletto y pintor de la corte del rey Estanislao Augusto, se plantó en la orilla de enfrente y pintó esta misma vista: el castillo, las torres de las iglesias, las casas apiñadas sobre el escarpe. Bellotto pintaba con una precisión casi fotográfica, y esa obsesión suya tendrá, casi dos siglos después, una consecuencia que nadie podía imaginar. Te la cuento en la plaza del Mercado.
Mira también la otra orilla con otros ojos. A mediados de septiembre de 1944, mientras la Ciudad Vieja ya había caído y el resto de Varsovia seguía luchando, el Ejército Rojo ocupó Praga, justo ahí enfrente, y se detuvo en la orilla derecha. Unidades del Primer Ejército polaco, que combatía bajo mando soviético, intentaron cruzar el río y sufrieron grandes pérdidas. El grueso del Ejército Rojo no cruzó, y el 2 de octubre el Levantamiento capituló. Desde estos jardines, la distancia entre las dos orillas se mide en cientos de metros... y en la historia, en una de sus páginas más amargas.
Antes de irte, busca el rumor del tráfico en la avenida que corre junto al río: por ahí pasaba antes el agua, mucho más cerca del castillo que hoy. Sigue ahora hacia el norte por la parte baja, al pie del escarpe, hasta encontrar una escalera de piedra que sube hacia la Ciudad Vieja.
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4. Kamienne Schodki, la escalera de piedra
ul. Kamienne Schodki, 00-272 Warszawa, Poland
Sube despacio: esta calle no tiene aceras ni calzada, porque toda ella es una escalera de piedra encajada entre fachadas de colores. Se llama Kamienne Schodki, que en polaco quiere decir sencillamente las escaleras de piedra, y es uno de los rincones más antiguos de la Ciudad Vieja de Varsovia.
Durante siglos, este fue el camino entre la plaza del Mercado y el Vístula. Por estos peldaños subían los aguadores con sus barriles, bajaban las lavanderas con cestos de ropa, y los pescadores traían el género fresco al mercado. Imagínate el esfuerzo: la ciudad estaba arriba, en lo alto del escarpe, segura frente a las crecidas, y el agua estaba abajo. Cada cubo que llegaba a una cocina había hecho este mismo recorrido, peldaño a peldaño.
El río, además, estaba mucho más cerca que hoy. Un poco más al norte, donde baja la calle Mostowa, cuyo nombre viene de la palabra puente, se inauguró en 1573 un puente de madera sobre el Vístula, el primer puente permanente de la ciudad y uno de los más largos de la Europa de su tiempo. Era obra del reinado de Segismundo Augusto. Duró apenas treinta años: en 1603 los hielos del deshielo lo destrozaron, y Varsovia tardó más de dos siglos en volver a tener un puente fijo.
Fíjate en las fachadas que te rodean. Parecen viejas, con sus portales gastados y sus ventanas desiguales, pero casi todas se levantaron de nuevo después de 1945, sobre los sótanos y los cimientos que sobrevivieron a la guerra. Los albañiles de la reconstrucción trabajaron con un cuidado casi de restauradores de cuadros, imitando hasta las irregularidades. Por eso esta escalera engaña tan bien: tiene la forma del siglo quince y la piel de los años cincuenta.
Cuando llegues arriba, te vas a encontrar de golpe con una de las plazas más bonitas de Europa central, rodeada de casas altas y estrechas pintadas de ocre, rojo y verde. Busca en el centro a una mujer con cola de pez, espada y escudo. Esa es la siguiente parada.
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5. Plaza del Mercado, la Sirenita y el Museo de Varsovia
Rynek Starego Miasta 28/42, 00-272 Warszawa, Poland
Colócate junto a la estatua del centro de la plaza: una sirena de bronce con la espada levantada y un escudo en el brazo. No es una sirenita melancólica sentada en una roca, sino una guerrera. Es la Syrenka, el símbolo de Varsovia, que aparece en el escudo de la ciudad desde la Edad Media.
La leyenda cuenta que dos sirenas hermanas nadaron desde el Báltico. Una se quedó en Copenhague, sobre su roca. La otra remontó el Vístula, y unos pescadores la atraparon porque les enredaba las redes. Un joven la liberó, y ella, agradecida, prometió defender la ciudad para siempre. De ahí la espada. La estatua que ves es una copia: la original, fundida en 1855 por el escultor Konstanty Hegel, se guarda dentro del museo que tienes en el lado norte de la plaza.
Ese museo es el Museo de Varsovia, que ocupa una fila entera de casas antiguas unidas por dentro, y dentro guarda miles de objetos cotidianos de la ciudad: letreros de tiendas, recuerdos, postales, juguetes, cosas rescatadas de las ruinas. Es la mejor forma de entender que Varsovia no es solo monumentos, sino gente.
Ahora mira las fachadas con otros ojos. En 1944, después del Levantamiento, la Ciudad Vieja quedó destruida casi por completo. Para reconstruirla, los arquitectos usaron fotografías, dibujos que estudiantes de arquitectura habían hecho antes de la guerra y algo inesperado: las vistas de Varsovia que Bernardo Bellotto pintó para el rey en el siglo dieciocho, tan detalladas que se podían contar las ventanas. Se dice que en algún caso se copió hasta lo que Bellotto había embellecido a su gusto.
Esta plaza se terminó en 1953, y en 1980 la UNESCO incluyó la Ciudad Vieja en su lista del Patrimonio Mundial como ejemplo excepcional de una reconstrucción casi total. Es la paradoja de Varsovia: un conjunto declarado patrimonio de la humanidad precisamente por ser una copia fiel. Sal de la plaza por la esquina sur, por la calle Świętojańska, y a pocos pasos verás una fachada gótica de ladrillo.
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6. Catedral de San Juan
ul. Świętojańska 8, 00-278 Warszawa, Poland
Delante de ti, una fachada de ladrillo rojo con un hastial escalonado y agujas finas, apretada entre las casas de la calle Świętojańska como si no quisiera ocupar demasiado sitio. Es la Catedral de San Juan, la iglesia más importante de Varsovia, y es mucho más modesta por fuera de lo que su historia haría pensar.
Empezó siendo una iglesia parroquial gótica en el siglo catorce, cuando Varsovia era la capital de un ducado de Mazovia, y solo se convirtió en catedral a finales del siglo dieciocho. Aquí fue coronado en 1764 el último rey de Polonia, Estanislao Augusto Poniatowski, y aquí fueron los diputados a jurar la Constitución del 3 de mayo de 1791, justo después de aprobarla en el castillo.
Mira hacia el castillo y busca el pasadizo que une los dos edificios por encima de la calle. Tiene una historia de novela. En 1620, en la puerta de esta iglesia, un noble llamado Michał Piekarski atacó al rey Segismundo III con un martillo de guerra. El rey sobrevivió con heridas, el agresor fue ejecutado, y poco después se construyó este paso cubierto para que el monarca pudiera ir a misa sin cruzar entre la multitud.
En agosto de 1944 la catedral fue un campo de batalla. Los insurgentes la defendían, y los alemanes lanzaron contra ella un pequeño vehículo oruga cargado de explosivos, dirigido a distancia. La explosión destrozó buena parte del muro. Rodea el edificio por la calle lateral y verás, empotrado en la pared, un trozo de oruga de aquel vehículo, dejado ahí a propósito como recuerdo.
Y un último detalle: la fachada que ves no es la de antes de la guerra. En el siglo diecinueve le habían puesto un frente neogótico al gusto inglés, y al reconstruirla se prefirió devolverle un aire gótico de Mazovia, más sobrio. En la cripta descansan, entre otros, el novelista Henryk Sienkiewicz, el autor de Quo Vadis, y el pianista y político Ignacy Jan Paderewski. Sal ahora hacia el oeste, por las callejuelas, hasta la línea de las viejas murallas.
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7. Las murallas y el Pequeño Insurgente
ul. Podwale, 00-252 Warszawa, Poland
Ahora estás entre dos muros de ladrillo, en el foso seco que separaba las dos líneas de murallas de la ciudad medieval. Y apoyada en la muralla, una figura que sorprende por su tamaño: un niño con un casco que le queda enorme y un subfusil casi más grande que él.
Empecemos por los muros. Varsovia se rodeó de murallas entre los siglos catorce y quince, con un doble anillo y torres a intervalos. Pronto se quedaron pequeñas e inútiles frente a la artillería, y la ciudad simplemente se las comió: los vecinos apoyaron sus casas en ellas, abrieron ventanas, construyeron encima. Durante siglos casi nadie sabía que seguían ahí dentro. Se redescubrieron y empezaron a reconstruirse en los años treinta del siglo veinte, y el trabajo se completó después de la guerra.
El niño es el Pequeño Insurgente, Mały Powstaniec, inaugurado en 1983. Recuerda a los chicos y chicas que participaron en el Levantamiento de 1944: muchos hacían de enlaces y repartían el correo de los insurgentes, otros llevaban munición, y algunos combatieron. La figura no glorifica nada; es pequeña a propósito, para que te detengas y pienses en la edad de quienes estuvieron aquí.
A pocos pasos, en la calle Podwale, verás también a un hombre de bronce con un sable alzado: es Jan Kiliński, un zapatero que en 1794 dirigió a los varsovianos en la insurrección contra la guarnición rusa. Durante la ocupación alemana, en 1942, los nazis retiraron su estatua y la encerraron en el sótano del Museo Nacional. Poco después, cuenta la historia, en una pared del museo apareció pintada esta frase: Pueblo de Varsovia, estoy aquí. Jan Kiliński. Era obra de jóvenes scouts de la resistencia, que convertían el humor en un arma.
Esa es una de las claves para entender esta ciudad: la resistencia no fue solo con armas, sino con tiza, con pintura, con bromas que costaban la vida si te pillaban. Sigue ahora el camino entre las murallas hacia el norte y verás aparecer una fortificación redonda de ladrillo con torreones.
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8. La Barbacana
ul. Nowomiejska 15/17, 00-271 Warszawa, Poland
Cruza el puentecito sobre el foso y detente en medio de la Barbacana, esta media luna de ladrillo rojo con almenas y torrecillas que parece sacada de un libro de caballeros. Hoy está llena de pintores que venden acuarelas y músicos callejeros, pero fue construida para una cosa muy concreta: impedir que un ejército entrara por aquí.
La levantó hacia 1548 un arquitecto italiano, Giovanni Battista de Venecia, para proteger la puerta que conducía hacia el norte, la Puerta de la Ciudad Nueva. Llegó tarde: para entonces los cañones ya hacían casi inútiles estos muros, y la Barbacana solo se usó en combate de verdad en contadas ocasiones. Con el tiempo la desmontaron en parte y la cubrieron de casas, hasta que en el siglo veinte se rescató, primero en los años treinta y después de la guerra, entre 1952 y 1954.
Y como estamos entre muros de soldados, hablemos de soldados polacos que llegaron muy lejos. En 1797, en Italia, el general Jan Henryk Dąbrowski formó unas legiones polacas al servicio de Francia, y de ellas nació una canción que hoy es el himno de Polonia: la Mazurca de Dąbrowski, que dice aquello de marcha, marcha, Dąbrowski, de la tierra italiana a Polonia. Los herederos de esas legiones, la Legión del Vístula, combatieron en España en los sitios de Zaragoza, en el bando de Napoleón.
Más de un siglo después, otros polacos volvieron a España, esta vez como voluntarios de las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil. Su unidad llevaba el nombre de otro Dąbrowski, Jarosław, un general polaco de la Comuna de París, y a sus miembros se les llamó los dąbrowszczacy. Dos visitas a España con ciento treinta años de distancia, en bandos y por razones completamente distintas... la historia polaca está llena de estas rimas extrañas.
Mira la puerta del otro lado de la Barbacana: al cruzarla dejas la Ciudad Vieja y entras en la calle Freta, que en otro tiempo era el camino de salida hacia el norte. Unos pasos más allá te espera la casa donde nació una niña que cambiaría la ciencia.
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9. Calle Freta y casa natal de Marie Curie
ul. Freta 16, 00-227 Warszawa, Poland
Busca en la calle Freta el número 16, una casa clara de tres pisos con una placa junto a la puerta. Aquí, el 7 de noviembre de 1867, nació una niña llamada Maria Salomea Skłodowska. El mundo la conoce por el apellido de su marido: Marie Curie.
Maria creció en una Varsovia que formaba parte del Imperio ruso, donde en las escuelas se enseñaba en ruso y la historia polaca estaba prohibida. Su padre era profesor de matemáticas y física, y la casa estaba llena de libros e instrumentos. Como la universidad no admitía mujeres, Maria estudió en la llamada Universidad Volante, unas clases clandestinas que cambiaban de piso en piso para que la policía no las descubriera.
En 1891 se marchó a París con muy poco dinero y mucha determinación. Allí estudió física y matemáticas, conoció a Pierre Curie y juntos se lanzaron a investigar la radiactividad, una palabra que ella misma ayudó a popularizar. En 1898 descubrieron un nuevo elemento, y Maria le puso de nombre polonio, por Polonia, un país que entonces no existía en los mapas. Fue su forma de poner a su patria en la tabla periódica.
Ganó el Premio Nobel de Física en 1903 y el de Química en 1911. Fue la primera mujer en recibir un Nobel y sigue siendo la única persona premiada en dos ciencias distintas. Hoy la casa alberga un pequeño museo dedicado a ella, abierto en 1967, cuando se cumplía un siglo de su nacimiento.
Mira ahora la calle en sí. Freta era el camino que salía de la ciudad amurallada hacia el norte, y su nombre se relaciona con la idea de un terreno libre, fuera de los muros. Por aquí pasaban carros, mercaderes y peregrinos. Como casi todo a tu alrededor, también fue reconstruida tras 1945. Sigue por Freta unos pasos más y se abrirá una plaza tranquila, menos visitada y con un aire casi de pueblo.
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10. Plaza del Mercado de la Ciudad Nueva
Rynek Nowego Miasta, 00-229 Warszawa, Poland
Entra en la plaza y fíjate en su forma: no es un rectángulo perfecto como la del Mercado de la Ciudad Vieja, sino un espacio irregular, con un pozo antiguo, árboles y casas más bajas. En una esquina, una iglesia barroca blanca con una cúpula verde. El ambiente es otro: menos turistas, más vecinos con el perro.
Y es que esto no fue siempre Varsovia. Hacia 1408 aquí nació una ciudad distinta, la Ciudad Nueva, con su propio ayuntamiento, su propio concejo y sus propias leyes. Durante casi cuatro siglos, la Ciudad Vieja y la Nueva fueron vecinas separadas por murallas, a veces rivales. Solo en 1791, el mismo año de la Constitución, se unieron oficialmente en una sola ciudad. El ayuntamiento de la Ciudad Nueva se derribó a principios del siglo diecinueve, y la plaza perdió su centro.
La iglesia de la cúpula es la de San Casimiro, de las monjas sacramentinas. La encargó la reina María Casimira, la esposa francesa del rey Juan III Sobieski, como agradecimiento por la victoria de su marido sobre los otomanos en Viena en 1683. La diseñó Tylman van Gameren, un arquitecto holandés que dejó su huella en media Varsovia barroca. Fíjate en su planta de cruz y su sobriedad casi clásica.
En agosto de 1944, durante el Levantamiento, el convento sirvió de refugio y hospital. Los bombardeos alemanes lo alcanzaron mientras dentro se refugiaban monjas y civiles, y murieron cientos de personas. Entre las víctimas había muchas de las propias monjas. Hoy, cuando ves a los niños jugando alrededor del pozo, cuesta imaginarlo... y precisamente por eso conviene saberlo.
Las casas que rodean la plaza tienen sus pequeños secretos: relojes de sol, figuras en las fachadas, portales con nombres antiguos. Tómate un momento para buscarlos. Después sal por la esquina que mira al río, hacia la calle Przyrynek, donde una iglesia gótica se asoma al borde del escarpe.
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11. Iglesia de la Visitación sobre el Vístula
ul. Przyrynek 2, 00-221 Warszawa, Poland
Asómate al murete junto a la iglesia: el terreno cae de golpe hacia el río y la vista se abre sobre el Vístula, sus puentes y la otra orilla verde. A tu lado, una iglesia gótica de ladrillo con un campanario separado, como un guardián al borde del precipicio.
Es la iglesia de la Visitación de la Virgen María, la parroquia de la Ciudad Nueva y una de las más antiguas de Varsovia. Según la tradición, la fundó a principios del siglo quince la duquesa Anna, esposa del duque Janusz de Mazovia, cuando Varsovia todavía no era capital de un reino, sino la residencia de unos duques regionales. Ese gótico de ladrillo sin adornos, que verás en toda la zona, es el estilo típico de Mazovia: macizo, rojo, práctico.
Mira el escarpe que tienes debajo. Es el borde de una antigua terraza del río, y explica toda la forma de Varsovia: arriba, a salvo de las inundaciones, se levantaron el castillo, las iglesias y las plazas; abajo, junto al agua, vivían los pescadores, los barqueros y los artesanos del río. Si alguna vez te preguntas por qué la Ciudad Vieja está donde está, la respuesta es este talud.
En 1944 la iglesia quedó en ruinas, como casi todo el barrio, y se reconstruyó después de la guerra siguiendo su forma gótica. Hoy es uno de los lugares más tranquilos del centro, con algo de iglesia de pueblo con vistas a una gran ciudad. Entra si está abierta: la nave es alta, desnuda y luminosa, y el silencio contrasta con el bullicio de la plaza del Mercado, a solo unos cientos de metros.
Quédate un minuto mirando el río. Se suele decir que el Vístula es uno de los pocos grandes ríos de Europa que conservan largos tramos casi salvajes, con islas de arena y orillas sin hormigón, y desde aquí se adivina un poco de esa naturaleza en plena capital. Ahora toca el último tramo: camina hacia el oeste por la calle Kościelna y luego por Długa, hasta una gran plaza con un monumento de bronce que parece salir de la tierra.
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12. Monumento al Levantamiento de Varsovia, plaza Krasiński
Plac Krasińskich, 00-207 Warszawa, Poland
Ponte frente al monumento y déjate impresionar por su escala: un grupo de insurgentes de bronce surge bajo una estructura que se derrumba, con armas en la mano, en plena carrera. Un poco aparte, otro grupo desciende por una boca de alcantarilla, uno detrás de otro, hacia la oscuridad.
El 1 de agosto de 1944, a las cinco de la tarde, el Ejército Nacional clandestino se levantó contra la ocupación alemana. Esperaban liberar la ciudad en pocos días. La lucha duró sesenta y tres días, hasta el 2 de octubre. Murieron entre ciento cincuenta mil y doscientos mil civiles, y unos dieciséis mil insurgentes. Tras la capitulación, la población que quedaba fue expulsada, y los alemanes se dedicaron a destruir la ciudad casa por casa, de forma planificada.
Esa boca de alcantarilla no es una metáfora. A principios de septiembre, cuando la Ciudad Vieja ya no podía resistir, miles de insurgentes la abandonaron por las alcantarillas, a oscuras, con el agua por la cintura, en silencio para que los alemanes no los oyeran desde arriba. Muy cerca de aquí estaba una de las entradas que usaron. Muchos heridos no pudieron hacer ese camino y se quedaron atrás.
Fíjate en la fecha del monumento: se inauguró el 1 de agosto de 1989, en el cuadragésimo quinto aniversario. Durante las décadas comunistas, el recuerdo del Ejército Nacional fue incómodo para el poder, y este homenaje llegó justo en el año del gran cambio político. El Museo del Levantamiento de Varsovia, en el barrio de Wola, abrió todavía más tarde, en 2004. Detrás tienes el palacio barroco Krasiński, hoy parte de la Biblioteca Nacional, y el edificio verde del Tribunal Supremo.
Y así se cierra el círculo de este paseo. Empezaste junto a un rey en su columna, derribada en 1944 y vuelta a levantar; has caminado por calles que parecen medievales y tienen setenta años; has visto la casa de Marie Curie, las murallas, el río. Todo lo que has recorrido existe porque, después de esta destrucción, una ciudad entera decidió reconstruirse a sí misma. Cada 1 de agosto, a las cinco de la tarde, suenan las sirenas y Varsovia se detiene un minuto. Si algún día estás aquí a esa hora, detente con ella.