Secretos Bohemios de Montmartre: Pintores, Cabarets y Molinos
Un recorrido legendario por la colina de los artistas, viñedos secretos y estudios donde nació el arte moderno
Paris · 7 stops · 14 min audio · Generated
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1. Place du Tertre: El Caballete del Arte Rebelde
Place du Tertre, 75018 Paris
Párate justo aquí, en el corazón adoquinado de la Place du Tertre, bajo la sombra de estos viejos tilos donde el bullicio de los caballetes nunca descansa. Estás a ciento treinta metros sobre el nivel del mar, en el punto más elevado de todo París. Mucho antes de que este rincón se llenara de retratistas para viajeros, en mil ochocientos setenta y uno, esta misma plaza fue el polvorín de la Comuna de París: los guardias rebeldes arrastraron hasta aquí cientos de cañones de bronce para defender la colina contra las tropas gubernamentales.
¿Por qué acudieron los grandes genios a este rincón olvidado? Porque hasta mil ochocientos sesenta, Montmartre no pertenecía a la ciudad de París. Era una aldea campesina libre de los asfixiantes impuestos sobre el vino y los alimentos que se cobraban a las puertas de la capital. Pintores sin un céntimo como Camille Pissarro, Auguste Renoir y Claude Monet subían la cuesta para beber barato y alquilar cobertizos destartalados por cuatro monedas.
Mira hacia la esquina oeste, donde abre sus puertas el histórico restaurante La Mère Catherine, fundado en mil setecientos noventa y tres durante el Terror revolucionario. Cuenta la leyenda popular que en mil ochocientos catorce, cuando los cosacos rusos ocuparon París tras la caída de Napoleón, golpeaban las mesas de madera de este mesón gritando con impaciencia bystro, bystro, que en ruso significa rápido, dando origen así a la palabra bistró que hoy define a los comedores parisinos.
Al atardecer, cuando los puestos de souvenirs recogen sus toldos, el suelo de piedra aún refleja la luz plateada que sedujo a los impresionistas. Cada adoquín que pisas conoció los zapatos rotos de hombres hambrientos que terminaron reinventando los colores del mundo entero.
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2. Basílica del Sacré-Cœur: El Voto Blanco en la Cumbre
35 Rue du Chevalier de la Barre, 75018 Paris
Mira hacia arriba ante esta colosal fachada de piedra nívea que parece flotar sobre las terrazas de París como un espejismo bizantino. La Basílica del Sagrado Corazón comenzó a construirse en mil ochocientos setenta y cinco como un voto de penitencia nacional, tras la aplastante derrota francesa frente a Prusia y los sangrientos disturbios de la Comuna. El arquitecto Paul Abadie diseñó un templo que rompiera deliberadamente con el estilo gótico de Notre Dame, buscando una presencia oriental y monumental.
¿Te has preguntado alguna vez por qué sus cúpulas se mantienen tan deslumbrantemente blancas a pesar del humo y la lluvia de la gran metrópoli? El secreto reside en la cantera: toda la basílica se edificó con piedra travertina procedente de Château-Landon. Cuando el agua de lluvia moja esta roca caliza, el sulfato disuelto reacciona y desprende una fina capa de polvo blanco, haciendo que el edificio se limpie solo con cada tormenta.
Para sostener sus miles de toneladas sobre una colina horadada por siglos de minas de yeso, los ingenieros tuvieron que hundir ochenta y tres pozos subterráneos de más de treinta metros de profundidad, construyendo una auténtica catedral subterránea de pilares invisibles. En el interior de su campanario cuelga La Savoyarde, una de las campanas más pesadas del mundo, fundida en mil ochocientos noventa y cinco con casi diecinueve toneladas de bronce puro.
Al pie de su escalinata, donde millones de personas contemplan la Torre Eiffel en la distancia, yace sepultada la sangre de los mártires cristianos del siglo tercero y de los últimos defensores obreros de la colina, fundiendo en un solo monumento el dolor militar y el misticismo de Francia.
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3. Le Bateau-Lavoir: El Taller Miserable del Cubismo
13 Place Émile-Goudeau, 75018 Paris
Fíjate en esta pequeña plaza inclinada y arbolada llamada Place Émile-Goudeau, frente al portal del legendario Bateau-Lavoir. A principios del siglo veinte, este edificio no era más que una siniestra fábrica de pianos reconvertida en laberinto de treinta talleres diminutos de madera y zinc. El poeta Max Jacob lo bautizó con ese nombre porque su estructura endeble y sus pasillos oscuros crujían como las barcazas donde las lavanderas limpiaban sábanas a orillas del Sena.
Imagina las condiciones en que vivían aquí dentro: no había electricidad, solo existía un único grifo de agua potable para todos los inquilinos y un retrete nauseabundo. En invierno el agua se congelaba en los vasos y en verano el calor bajo las chapas de zinc era insoportable. Sin embargo, en la primavera de mil novecientos cuatro, un joven español de veintidós años llamado Pablo Picasso se instaló aquí con sus pinceles.
Fue en una de estas buhardillas donde Picasso pasó el invierno de mil novecientos siete encerrado día y noche, pintando un cuadro monumental que horrorizó a sus amigos: Las señoritas de Aviñón. Cuando Henri Matisse y Georges Braque vieron por primera vez esas figuras angulosas de máscaras africanas, pensaron que el pintor se había vuelto loco; en realidad acababa de parir el cubismo y de romper con quinientos años de perspectiva renacentista.
En este mismo patio celebraron en mil novecientos ocho el legendario banquete al pintor aduanero Henri Rousseau, comprando comida fiada y bebiendo vino garrafón hasta el amanecer. Aunque un pavoroso incendio devoró la estructura original en mil novecientos setenta, el aura revolucionaria de aquellos jóvenes famélicos sigue flotando entre estas acacias centenarias.
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4. Le Moulin de la Galette: Las Aspas de la Alegría Impresionista
83 Rue Lepic, 75018 Paris
Levanta la mirada hacia la esquina de la Rue Lepic y observa esas aspas de madera oscura recortadas contra el cielo parisino. Estás frente al molino Radet, que junto al molino Blache formaba el mítico complejo del Moulin de la Galette. Durante el siglo diecisiete, más de treinta molinos de viento coronaban las colinas de Montmartre para triturar grano y machacar el yeso extraído de las canteras locales.
Pero este molino guarda una historia de heroísmo sangriento. En mil ochocientos catorce, cuando las tropas aliadas asediaban París, la familia Debray, propietaria del molino, defendió la posición con fusiles. Tras una resistencia feroz, los invasores rusos mataron al jefe de la familia y descuartizaron su cuerpo, clavando los restos en las cuatro aspas giratorias del molino como advertencia macabra a la población civil.
Años más tarde, los herederos transformaron la vieja molienda en un merendero popular. Servían una galette, un pequeño panecillo de centeno caliente horneado con harina propia, acompañado por una copa de vino agrio de la colina por solo tres monedas. Pronto se convirtió en el salón de baile al aire libre predilecto de las clases trabajadoras de París.
En el verano de mil ochocientos setenta y seis, Pierre-Auguste Renoir alquiló una choza vecina y transportó un lienzo gigantesco al jardín para pintar su célebre Baile en el Moulin de la Galette. Capturó los rayos de sol filtrándose entre las hojas, las muchachas sonrientes y los sombreros de paja en una fiesta de luz irrepetible. Aquel cuadro fue vendido por una miseria y hoy representa una de las cumbres pictóricas más valiosas y amadas de la humanidad.
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5. Au Lapin Agile: El Cabaret de Poetas y Forajidos
22 Rue des Saules, 75018 Paris
Acércate a esta pequeña casita de fachada rosada y contraventanas de madera que parece pertenecer a un remoto pueblo alpino más que a una capital cosmopolita. Es el legendario cabaret Au Lapin Agile, en pie desde mil ochocientos sesenta. Originalmente se llamó el Cabaret de los Asesinos, porque según la crónica negra una banda de forajidos asaltó el local y degolló al dueño en una noche de tormenta.
¿De dónde viene su curioso nombre actual del Conejo Ágil? En mil ochocientos setenta y cinco, el caricaturista André Gill pintó en el muro exterior un conejo saltarín escapando de una cazuela de cobre con una botella de vino bajo el brazo. Los vecinos comenzaron a llamarlo el conejo de Gill, que en francés sonaba como Lapin Agile, y el apodo se quedó para siempre.
Bajo la dirección del carismático tabernero Frédé Gérard, que tocaba la guitarra rodeado de su perro y su burro Lolo, el local se convirtió en el santuario de Guillaume Apollinaire, Max Jacob, Maurice Utrillo y Picasso. Aquí se gestó en mil novecientos diez la mayor broma artística de Montmartre: los bohemios ataron un pincel a la cola del burro Lolo, colocaron un lienzo detrás y le dieron de comer zanahorias mientras agitaba el rabo lleno de pintura fresca.
Bautizaron el cuadro como Puesta de sol sobre el Adriático y lo inscribieron en el prestigioso Salón de los Independientes bajo el seudónimo de un artista italiano ficticio. Los críticos alabaron la audacia de sus trazos modernos hasta que se reveló la farsa. Todavía hoy, cuando cae la noche, sus viejas vigas de roble retumban con canciones tradicionales francesas interpretadas a la luz de las velas.
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6. Vigne de Montmartre: El Viñedo Secreto del Clos
Rue des Saules esquina Rue Saint-Vincent, 75018 Paris
Detente un instante junto a la valla de hierro en la empinada esquina de la Rue des Saules con Rue Saint-Vincent y contempla estas hileras de cepas alineadas en la ladera norte. Estás ante el Clos Montmartre, el viñedo más antiguo y famoso que sobrevive en el tejido urbano de París. En la época romana, las colinas de esta zona ya estaban plantadas de uvas dedicadas al dios Baco, y en la Edad Media las monjas benedictinas de la abadía de Montmartre producían un vino blanco muy codiciado por los reyes.
¿Cómo logró sobrevivir esta parcela verde en medio de una voraz jungla de piedra y cemento? En mil novecientos treinta, unos promotores inmobiliarios compraron este terreno para construir bloques de apartamentos residenciales. Los vecinos de la colina, liderados por el pintor Francisque Poulbot, crearon una asociación rebelde y consiguieron que el ayuntamiento declarara el solar zona agrícola protegida para impedir la obra.
Para blindar la parcela, plantaron en mil novecientos treinta y tres cerca de dos mil cepas de uva gamay y pinot noir. Desde entonces, cada mes de octubre se celebra la tradicional Fête des Vendanges, la fiesta de la vendimia de Montmartre, que reúne a cientos de miles de parisinos en un desfile folclórico con trajes de época y cofradías vinícolas de toda Europa.
Cada año se elaboran alrededor de mil quinientas botellas en las bodegas del ayuntamiento de distrito. Aunque los enólogos reconocen con picardía que el vino es más bien ácido y ligero, cada botella se subasta por precios exorbitantes y toda la recaudación se destina a comedores sociales para niños desfavorecidos de la colina.
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7. Moulin Rouge: El Templo Rojo del Cancán y la Belle Époque
82 Boulevard de Clichy, 75018 Paris
Párate al final de tu descenso en el Boulevard de Clichy, justo enfrente de la fachada carmesí y las aspas encendidas del Moulin Rouge. Inaugurado el seis de octubre de mil ochocientos ochenta y nueve por Josep Oller y Charles Zidler, el mismo año de la presentación de la Torre Eiffel, este cabaret fue concebido como un palacio de la fiesta para mezclar a aristócratas con obreros y bohemios en una pista de baile sin prejuicios.
¿Qué fue lo que desató el delirio internacional por este local? El cancán francés. Lo que nació como un baile callejero revolucionario y prohibido por la policía por considerarse indecente, aquí se profesionalizó: bailarinas legendarias como La Goulue y Jane Avril saltaban por el aire levantando faldas de encaje negro al compás de la música frenética de Jacques Offenbach.
Noche tras noche, en una pequeña mesa redonda junto a la pista, se sentaba el aristócrata pintor Henri de Toulouse-Lautrec con un cuaderno de bocetos. Con sus carteles litográficos de colores planos y siluetas dramáticas, Toulouse-Lautrec no solo inventó el diseño publicitario moderno, sino que convirtió a las bailarinas del Moulin Rouge en íconos mundiales de la Belle Époque.
En el patio trasero del cabaret llegó a levantarse un gigantesco elefante de escayola de varios pisos de altura, en cuyo interior los caballeros adinerados subían por una escalera de caracol oculta en una pata para presenciar espectáculos privados de danza del vientre. Aunque un fuego devastador redujo el cabaret a cenizas en mil novecientos quince, renació con más fuerza para mantener viva la llama eterna de la noche parisina.