Place du Tertre: El Caballete del Arte Rebelde

Why is it significant?

Párate justo aquí, en el corazón adoquinado de la Place du Tertre, bajo la sombra de estos viejos tilos donde el bullicio de los caballetes nunca descansa. Estás a ciento treinta metros sobre el nivel del mar, en el punto más elevado de todo París.

Key Facts

PlacePlace du Tertre: El Caballete del Arte Rebelde
AddressPlace du Tertre, 75018 Paris
Geo Coordinates48.88650, 2.34080
Audio Duration~2 min
Part of WalkSecretos Bohemios de Montmartre: Pintores, Cabarets y Molinos
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Párate justo aquí, en el corazón adoquinado de la Place du Tertre, bajo la sombra de estos viejos tilos donde el bullicio de los caballetes nunca descansa. Estás a ciento treinta metros sobre el nivel del mar, en el punto más elevado de todo París. Mucho antes de que este rincón se llenara de retratistas para viajeros, en mil ochocientos setenta y uno, esta misma plaza fue el polvorín de la Comuna de París: los guardias rebeldes arrastraron hasta aquí cientos de cañones de bronce para defender la colina contra las tropas gubernamentales. ¿Por qué acudieron los grandes genios a este rincón olvidado? Porque hasta mil ochocientos sesenta, Montmartre no pertenecía a la ciudad de París. Era una aldea campesina libre de los asfixiantes impuestos sobre el vino y los alimentos que se cobraban a las puertas de la capital. Pintores sin un céntimo como Camille Pissarro, Auguste Renoir y Claude Monet subían la cuesta para beber barato y alquilar cobertizos destartalados por cuatro monedas. Mira hacia la esquina oeste, donde abre sus puertas el histórico restaurante La Mère Catherine, fundado en mil setecientos noventa y tres durante el Terror revolucionario. Cuenta la leyenda popular que en mil ochocientos catorce, cuando los cosacos rusos ocuparon París tras la caída de Napoleón, golpeaban las mesas de madera de este mesón gritando con impaciencia bystro, bystro, que en ruso significa rápido, dando origen así a la palabra bistró que hoy define a los comedores parisinos. Al atardecer, cuando los puestos de souvenirs recogen sus toldos, el suelo de piedra aún refleja la luz plateada que sedujo a los impresionistas. Cada adoquín que pisas conoció los zapatos rotos de hombres hambrientos que terminaron reinventando los colores del mundo entero.

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