La Praga escondida: Petřín, Strahov y la Loreta

De las figuras de bronce de Újezd a un callejón de casitas junto al castillo: funicular, una iglesia de madera de los Cárpatos, la torre que imita a la Eiffel, bibliotecas barrocas y un carillón que canta cada hora en Praga

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  1. 1. Memorial a las víctimas del comunismo

    Újezd, 118 00 Praha 1-Malá Strana, Czechia

    Al pie de la colina de Petřín, justo donde la calle Újezd roza la ladera, unas figuras de bronce bajan por una escalinata hacia ti. La primera está entera, de pie, casi desafiante. Las que vienen detrás van perdiendo pedazos: un brazo, media pierna, un hueco abierto en el pecho... hasta que la última es apenas una silueta rota que se funde con la hierba.

    Es el Memorial a las víctimas del comunismo, inaugurado en 2002. Lo firmó el escultor Olbram Zoubek junto a los arquitectos Jan Kerel y Zdeněk Hölzel, y la idea es tan sencilla como despiadada: el régimen no siempre mataba de un golpe. A muchísima gente la fue gastando por dentro, año tras año, con interrogatorios, despidos, cárceles y miedo. Zoubek sabía de qué hablaba. En enero de 1969 fue él quien tomó la máscara mortuoria de Jan Palach, el estudiante que se prendió fuego para protestar contra la ocupación soviética.

    Ahora baja la vista hacia la franja de bronce que corre por el centro de los escalones. No es un adorno, son cifras. Más de doscientas cinco mil personas condenadas, 248 ejecutadas, unas cuatro mil quinientas muertas en prisión, 327 abatidas al intentar cruzar la frontera y más de ciento setenta mil que se marcharon al exilio. La placa explica que el memorial no es solo para los presos y los fusilados, sino también para aquellos cuyas vidas fueron arruinadas por el despotismo totalitario.

    Fíjate en lo que pasa a tu alrededor. Suena la campana del tranvía, la gente baja con bolsas de la compra, alguien pasea al perro. Muchos praguenses cruzan por aquí cada día sin mirar. Y quizá por eso funciona tan bien: la memoria no está encerrada en un museo, está en una esquina cualquiera, junto a una parada de tranvía, como estuvo el miedo durante cuarenta años.

    Este paseo te va a llevar por una Praga que casi todos tienen delante y casi nadie mira: una colina llena de rarezas, una iglesia de madera traída desde muy lejos, dos bibliotecas de película, un carillón que canta cada hora y un callejón que parece de juguete. Petřín sube unos ciento treinta metros sobre el río, así que vamos a ahorrarnos el primer tramo. Camina unos pasos hacia el norte por Újezd, hasta la estación inferior del funicular.

  2. 2. Funicular de Petřín: el tren que subía con agua

    Újezd, 118 00 Praha 1-Malá Strana, Czechia

    Delante de ti tienes una pequeña estación y, saliendo de ella, unos raíles que trepan en línea recta por la ladera, entre árboles y muros viejos. Cada pocos minutos un vagón inclinado baja hacia ti mientras otro sube al mismo tiempo. No es coreografía: los dos cuelgan del mismo cable, y uno no puede moverse sin el otro.

    El funicular de Petřín se inauguró en 1891, el año de la gran Exposición Jubilar, cuando Praga quería demostrar que era tan moderna como Viena o París. Y al principio no tenía motor. Funcionaba con agua. Arriba llenaban un depósito bajo el vagón que iba a bajar; el peso lo hacía descender y, a través del cable, tiraba del otro hacia arriba. Abajo vaciaban el depósito... y vuelta a empezar. Física de escuela, sin una gota de combustible.

    Más tarde llegó la electricidad, en los años treinta, y luego un silencio largo. En 1965 la ladera se movió. Petřín es una colina inquieta, de arcillas y capas de piedra que resbalan cuando llueve mucho, y los corrimientos de tierra dañaron la vía. El funicular estuvo parado veinte años. Volvió en 1985, y hoy forma parte de la red de transporte público de la ciudad, como un tranvía que se hubiera aficionado al alpinismo.

    Mira los muros de contención y los drenajes que asoman entre la hierba a los lados de la vía. Son la otra mitad de la historia, la que nadie fotografía: generaciones de ingenieros peleando para que la colina no se les vaya encima. Cuando ves a los niños pegados a la ventanilla del vagón, piensa que debajo hay más de un siglo de cálculos para que todo siga en su sitio.

    La línea mide algo más de medio kilómetro y tiene una parada a mitad de camino, algo poco habitual en un funicular. Esa parada es nuestro siguiente destino. Sube a bordo, o si prefieres las piernas, toma los senderos que zigzaguean entre los árboles. Nos vemos arriba, en Nebozízek, con toda Praga a tus pies.

  3. 3. Nebozízek: viñas, cerezos y piedra de Petřín

    Petřínské sady 411, 118 00 Praha 1-Malá Strana, Czechia

    Bájate del vagón en la parada intermedia, o detente aquí si has subido a pie, y date la vuelta despacio. A tus pies se abre de golpe toda la ciudad: los tejados rojos de Malá Strana, la cúpula verde de San Nicolás, el río con sus puentes en fila y, al otro lado, las torres puntiagudas de la Ciudad Vieja, como lanzas pintadas en un tapiz.

    Este rincón se llama Nebozízek, y en checo la palabra designa una barrena pequeña, una herramienta de carpintero. Por qué un trozo de colina lleva nombre de herramienta es algo que nadie ha sabido explicarme del todo. Lo que sí sabemos es que aquí, durante siglos, hubo viñas. En 1358 el emperador Carlos IV ordenó plantar viñedos en las colinas que rodean Praga, y estas laderas soleadas, que miran al este, se llenaron de cepas.

    Hoy las viñas casi han desaparecido, pero quedan los huertos. Petřín está salpicado de manzanos, perales y cerezos, y en primavera, cuando florecen, los praguenses suben con una manta y un termo a sentarse debajo. Es una especie de fiesta de los cerezos a la checa, sin que nadie la llame así, con estudiantes leyendo, abuelas con nietos y parejas que no leen nada.

    El propio nombre de Petřín guarda una pista. Muchos lo relacionan con la palabra latina petra, piedra, y tiene sentido: de las canteras de esta colina salió la piedra con la que se levantaron muchas iglesias románicas y góticas de Praga. Cuando pasees luego por la Ciudad Vieja y apoyes la mano en una pared medieval, piensa que quizá vino de aquí arriba.

    Ahora vamos a salirnos del camino de los turistas. Toma el sendero hacia el sur, cruza por una de las aberturas de ese muro almenado que baja por la ladera, del que te hablaré más adelante, y entra en el jardín Kinský. Allí, entre los árboles, te espera una iglesia que, en rigor, no debería estar en Praga.

  4. 4. La iglesia de madera de San Miguel Arcángel

    Kinského zahrada, 150 00 Praha 5-Smíchov, Czechia

    Entre los árboles del jardín Kinský aparece algo que no encaja con el resto de Praga: una iglesia entera de madera oscura, con tejados escalonados de tablillas y una torre puntiaguda que parece salida de un cuento de los Cárpatos. Ni ladrillo, ni estuco, ni mármol. Solo troncos, sombra y olor a bosque.

    Y es que no nació aquí. Es la iglesia de San Miguel Arcángel, levantada hace unos tres siglos en Velké Loučky, una aldea de la Rutenia subcarpática, en lo que hoy es Ucrania. Entre las dos guerras mundiales aquella región formaba parte de Checoslovaquia. Cuando la aldea se quedó con una iglesia nueva, la vieja fue desmontada pieza a pieza, trasladada hasta Praga y vuelta a montar en esta ladera en 1929.

    Para la capital era un gesto sentimental y político a la vez: traer al corazón del país un pedazo de su extremo oriental, de aquella república joven que se estiraba desde los bosques de Bohemia hasta las montañas de los Cárpatos. Esa república no duró. En 1939 Hungría ocupó la región, después de la guerra pasó a la Unión Soviética, y hoy pertenece a Ucrania. La iglesia se quedó aquí, como una fotografía de un país que ya no existe.

    El 28 de octubre de 2020, precisamente el día de la fiesta nacional checa, un incendio devoró buena parte de ella. Para muchos praguenses fue un golpe extraño y personal: ver arder una madera que había sobrevivido a guerras, fronteras movedizas y un viaje de cientos de kilómetros. Desde entonces se ha trabajado con paciencia de carpintero para devolverle su forma, con técnicas tradicionales.

    Cuando la mires, fíjate en cómo los tejados caen en cascada, uno sobre otro, para que la nieve resbale. Es arquitectura pensada para inviernos de montaña, plantada en un parque urbano. Ahora sube de nuevo hacia el norte, otra vez dentro del recinto de Petřín, rumbo a la cumbre. Busca unas cúpulas blancas entre los rosales.

  5. 5. Observatorio Štefánik y la Rosaleda

    Strahovská 205, 118 00 Praha 1-Malá Strana, Czechia

    Ahora estás en la Rosaleda de Petřín: parterres geométricos, arcos de hierro, miles de rosas que a principios del verano perfuman toda la cumbre. Y al fondo, unas cúpulas blancas que parecen setas gigantes brotando de un edificio: el Observatorio Štefánik.

    Lleva el nombre de Milan Rastislav Štefánik, y su vida parece una novela de aventuras. Era eslovaco, hijo de un pastor protestante, y astrónomo de verdad: subió a observar el Sol desde la cima del Mont Blanc. Luego se hizo francés, aviador y general en la Primera Guerra Mundial, y junto a Masaryk y Beneš fue uno de los tres padres de Checoslovaquia. Murió en mayo de 1919, cuando su avión se estrelló cerca de Bratislava, justo cuando volvía a casa.

    El observatorio abrió en 1928 con una idea preciosa: que el cielo no fuera solo cosa de catedráticos. Lo construyó la Sociedad Astronómica Checa para que cualquiera pudiera subir y mirar por un telescopio. Aún hoy, en plena ciudad, desde estas cúpulas se ven los cráteres de la Luna o los anillos de Saturno. Un general que observaba el Sol desde los Alpes no podía tener mejor homenaje.

    Y si vienes un primero de mayo, verás algo más terrenal. Las parejas suben a estos jardines a besarse bajo un árbol en flor, y muchas hacen cola junto a la estatua del poeta Karel Hynek Mácha, obra de Josef Václav Myslbek, que está en el parque. Mácha publicó en 1836 su poema Mayo, que empieza diciendo que era una tarde de mayo, tiempo de amor. Murió ese mismo año, con solo veinticinco. Los checos llevan casi dos siglos besándose en su honor.

    Fíjate en el muro almenado que pasa junto a la rosaleda, a tu espalda: es el mismo que viste bajar por la ladera. Pronto caminaremos a su lado. Ahora sigue el camino hacia el norte, siempre por lo alto. En unos minutos verás asomar entre los árboles una torre de hierro que te va a resultar sospechosamente familiar.

  6. 6. Torre mirador de Petřín y laberinto de espejos

    Petřínské sady 633, 118 00 Praha 1-Malá Strana, Czechia

    Ahí la tienes: una torre de hierro de celosía, de ocho lados, que sube entre los árboles más de sesenta metros. Sí, se parece a la de París. Y no es casualidad ni exactamente plagio... aunque tiene un poco de las dos cosas.

    En 1889 varios miembros del Club de Turistas Checos visitaron la Exposición Universal de París y volvieron fascinados con la torre de Gustave Eiffel. Decidieron que Praga necesitaba la suya, y la tuvo en 1891, para la Exposición Jubilar. La levantaron en apenas unos meses. Mide alrededor de una quinta parte de la original, y para llegar arriba hay que subir 299 escalones. A cambio, en un día claro, la vista llega muy lejos sobre Bohemia.

    El truco está en la colina. Como Petřín ya pone a la torre a más de trescientos metros sobre el nivel del mar, a los praguenses les encanta hacer la cuenta y presumir: la cima de su torrecita queda a más altitud que la de su hermana parisina, que arranca casi a orillas del Sena. Pequeña, sí, pero bien colocada.

    A unos pasos, un pabellón con aire de castillo gótico de juguete esconde el Laberinto de espejos. También nació para la exposición de 1891, y dos años después lo trajeron aquí. Su fachada imita una antigua puerta de Vyšehrad, la puerta Špička. Dentro hay pasillos de espejos donde te pierdes entre cien copias de ti mismo, espejos que te vuelven gigante o enano, y una sala con un gran diorama: la defensa del Puente de Carlos contra los suecos en 1648, en los últimos días de la Guerra de los Treinta Años, cuando estudiantes y vecinos frenaron al ejército sueco a las puertas de la Ciudad Vieja.

    Al lado está la iglesia barroca de San Lorenzo, y cuenta la leyenda que antes del cristianismo aquí, en lo más alto, hubo un santuario pagano. Colinas así siempre han atraído a dioses, astrónomos y turistas por igual. Ahora busca el muro almenado que corre por la cresta y síguelo hacia el norte, en dirección a Strahov.

  7. 7. El Muro del Hambre

    Petřínské sady, 118 00 Praha 1-Hradčany, Czechia

    Camina junto a este muro de piedra gris, con almenas como dientes, que recorre la cresta de la colina. A ratos se esconde entre arbustos, a ratos se alza a cuatro o cinco metros, y luego se descuelga por la ladera hacia el valle como una serpiente cansada. Es el Muro del Hambre, y tiene casi setecientos años.

    Lo mandó construir Carlos IV entre 1360 y 1362, como parte de las nuevas defensas de Malá Strana y del castillo por el lado sur. Pero el nombre cuenta otra historia. La tradición dice que en aquellos años hubo hambruna en Praga, y que el rey ideó la obra para dar trabajo a los pobres: piedra a cambio de pan. Un plan de empleo medieval, con almenas.

    Los historiadores son más fríos. Dudan de que hubiera una gran hambruna justo entonces, y ven en el muro, sobre todo, una obra militar para cerrar la ciudad por el lado de la colina. Pero la leyenda funcionó tan bien que nadie lo llama de otra manera. En checo es Hladová zeď, el muro hambriento, y el nombre ha sobrevivido a todas las explicaciones razonables.

    Piensa en lo que estaba pasando en Praga en ese momento. Carlos IV había fundado la Ciudad Nueva en 1348, la catedral de San Vito llevaba años creciendo en el castillo y en 1357 había empezado el puente de piedra que hoy lleva su nombre. Toda la ciudad era una obra gigantesca, con canteros, carreteros y andamios por todas partes. Este muro de más de un kilómetro era solo una pieza más del gran proyecto de un rey que quería hacer de Praga la capital del Imperio.

    Pon la mano en la piedra. Es irregular, de colores mezclados, y en algunos tramos se notan las reparaciones de siglos distintos, como cicatrices bien cerradas. Sigue el muro hacia el norte. Donde la colina se acaba, verás aparecer entre los árboles las torres blancas de un monasterio con casi nueve siglos de historia: Strahov.

  8. 8. Monasterio de Strahov y sus bibliotecas

    Strahovské nádvoří 1/132, 118 00 Praha 1-Hradčany, Czechia

    Entra en el patio del monasterio de Strahov: a un lado la fachada blanca y dorada de la basílica de la Asunción, al otro los largos edificios donde viven monjes desde hace casi novecientos años. Huele a piedra fresca y a cera. Pero lo que de verdad hace famoso este lugar son sus libros.

    El monasterio lo fundaron en 1143 el príncipe Vladislao II y el obispo Jindřich Zdík para la orden premonstratense, los canónigos de hábito blanco. En 1627 trajeron desde Magdeburgo las reliquias de su fundador, san Norberto, que reposan en la basílica. Y en esa misma iglesia, en 1787, un joven Mozart se sentó al órgano e improvisó para los monjes.

    La biblioteca tiene dos salas que parecen escenarios de cine. La Sala Teológica, de la segunda mitad del siglo XVII, es una bóveda baja cubierta de estucos y frescos, con globos terráqueos antiguos en medio. La Sala Filosófica, de finales del XVIII, es otra cosa: estanterías de nogal que suben dos pisos, traídas desde un monasterio de Moravia, y en el techo un fresco inmenso de Franz Anton Maulbertsch, pintado en 1794, sobre la historia del pensamiento humano. En conjunto, Strahov guarda unos doscientos mil volúmenes.

    Esas estanterías llegaron porque otro monasterio desapareció. En la década de 1780 el emperador José II cerró muchos conventos que no consideraba útiles. Se cuenta que Strahov se salvó precisamente por su prestigio como centro de estudio, y que aprovechó para quedarse con los muebles de un vecino menos afortunado.

    Los monjes no siempre tuvieron tanta suerte. En abril de 1950 el régimen comunista desalojó de noche los monasterios del país, y Strahov fue uno de ellos. Los premonstratenses no volvieron hasta después de 1989. Ahora sal por la puerta que da a la plaza de Pohořelec y sigue hacia la plaza de Loreto, hasta una fachada interminable de columnas.

  9. 9. Palacio Černín: la muerte de Jan Masaryk

    Loretánské náměstí 5, 118 00 Praha 1-Hradčany, Czechia

    Ponte frente a esta fachada y trata de abarcarla con la mirada: el palacio Černín se estira unos ciento cincuenta metros a lo largo de la plaza, con una hilera interminable de medias columnas gigantes. Es el palacio barroco más grande de Praga, y fue construido para impresionar a cualquiera que llegara al castillo.

    Lo empezó en 1669 el conde Humprecht Jan Černín, que había sido embajador imperial en Venecia y volvió con gustos italianos y mucha ambición. Las obras se alargaron durante décadas y la familia casi se arruinó pagándolas. Se cuenta que el emperador Leopoldo I, al verlo, lo comparó con un granero enorme. Con el tiempo fue cuartel, y desde el periodo de entreguerras alberga el Ministerio de Asuntos Exteriores.

    Y aquí ocurrió una de las muertes más oscuras de la historia checa. El 10 de marzo de 1948, dos semanas después de que los comunistas tomaran el poder, el ministro de Exteriores Jan Masaryk apareció muerto en el patio, bajo la ventana del baño de su apartamento en el palacio. La versión oficial fue suicidio. Mucha gente nunca lo creyó. Las investigaciones posteriores no han logrado cerrar el caso: una, a principios de este siglo, se inclinó por el asesinato sin poder señalar a ningún culpable; otra, años después, concluyó que no podía descartarse ninguna hipótesis. La pregunta sigue abierta.

    Jan Masaryk era hijo de Tomáš Garrigue Masaryk, el primer presidente de Checoslovaquia. Durante la Segunda Guerra Mundial habló por radio desde Londres a su país ocupado, con humor y con rabia, y millones lo escuchaban a escondidas. Era pianista aficionado, ingenioso, querido. Tras el golpe se quedó en el gobierno como el último gran nombre no comunista. Duró dos semanas.

    Los praguenses, con su humor amargo, hablaron a veces de una tercera defenestración de Praga, después de las de 1419 y 1618. Hoy el patio lleva su nombre. Date la vuelta: justo enfrente, al otro lado de la plaza, un campanario barroco está a punto de ponerse a cantar.

  10. 10. La Loreta: carillón, Santa Casa y una santa con barba

    Loretánské náměstí 7, 118 00 Praha 1-Hradčany, Czechia

    Frente al palacio se alza una fachada barroca mucho más delicada, con una torre llena de campanas. Si estás aquí a la hora en punto, quédate quieto: el carillón de la Loreta empieza a desgranar una melodía mariana, campana a campana, como si alguien tocara el piano desde el cielo.

    La Loreta nació en 1626 por voluntad de una aristócrata, Benigna Catalina de Lobkowicz. En el centro del claustro mandó construir una copia de la Santa Casa de Loreto, en Italia, que según la leyenda es la casa de Nazaret donde vivió la Virgen, llevada por los ángeles por los aires a finales del siglo XIII. Tras la derrota protestante de la Montaña Blanca, en 1620, copias así se multiplicaron por Bohemia: eran la bandera de la vuelta al catolicismo.

    El carillón es de 1694, lo fabricó un relojero de Ámsterdam y lo pagó un comerciante de Praga. Tiene veintisiete campanas. Y en el tesoro del santuario brilla la llamada Custodia de Praga, o Sol de Praga, de 1699, cubierta con más de seis mil diamantes. Se dice que muchos de ellos salieron del vestido de novia de la condesa que la donó.

    Pero el secreto está en un rincón del claustro: una capilla con la imagen de una mujer crucificada... con barba. Es santa Wilgefortis, a la que aquí llaman Starosta. La leyenda cuenta que era una princesa cristiana a la que su padre quería casar con un pagano; rezó para volverse fea y le creció barba. Su padre, furioso, la mandó crucificar.

    Y un hilo con tu lengua: otra dama de la familia Lobkowicz, Polyxena, nacida Pernštejn, era hija de la española María Manrique de Lara. En 1628 regaló a los carmelitas de Malá Strana una pequeña estatua de cera venida de España: el Niño Jesús de Praga, venerado hoy en medio mundo hispano. Su iglesia está ahí abajo, en la calle Karmelitská. Ahora baja por la calle Černínská, hacia el callejón más pequeño y encantador de Hradčany.

  11. 11. Nový Svět: el Nuevo Mundo de Hradčany

    Nový Svět, 118 00 Praha 1-Hradčany, Czechia

    Bienvenido a Nový Svět, el Nuevo Mundo: un callejón curvo de casitas bajas pintadas de amarillo, rosa y verde pálido, con faroles de hierro y adoquines donde casi nunca hay prisa. Estás a unos pasos del castillo más visitado del país, y aun así lo que se oye aquí son pájaros.

    El nombre suena pomposo para algo tan pequeño. En 1541 un gran incendio arrasó Hradčany y Malá Strana, y en los años siguientes estas casitas se levantaron o rehicieron para gente modesta: servidores del castillo, artesanos, familias sin escudo. Antes de que existieran los números, cada casa tenía nombre y emblema, y algunos siguen ahí, como la Pera de Oro.

    Hacia 1600, en una de estas casas vivió un tiempo Tycho Brahe, el gran astrónomo danés al servicio del emperador Rodolfo II. Su joven ayudante, Johannes Kepler, llegó a Praga ese mismo año para trabajar con él. Se cuenta que a Tycho lo desesperaban las campanas del convento de capuchinos de la esquina, porque le estropeaban la concentración... y que más de una noche maldijo a los frailes.

    Ese convento, el primero de los capuchinos en Bohemia, se fundó justo en 1600 y sigue a unos pasos. Durante siglos esta calle fue lo contrario del castillo: pobre, silenciosa, olvidada. Y precisamente por eso ha llegado casi intacta hasta hoy, mientras el poder cambiaba de manos allá arriba una y otra vez.

    Y aquí termina el paseo. Empezaste ante unas figuras de bronce que se deshacían al pie de Petřín, subiste en un tren que antes funcionaba con agua, viste una iglesia de los Cárpatos, una Eiffel en miniatura, un muro contra el hambre, bibliotecas que salvaron un monasterio, una ventana trágica y una santa con barba. Todo eso escondido a la sombra del castillo, a la vista de todos. Si te queda energía, baja hacia Malá Strana y busca al Niño Jesús de Praga. Y si no, quédate un rato aquí, escuchando los pájaros.